Ginoza
La mañana siguiente, todos estábamos reunidos en un café cercano a las oficinas de Oriental World Company. La reunión era a las diez, pero Akari insistió en que debíamos vernos antes para llegar organizados, lo que en su idioma significaba desayunar mientras Alice intentaba no colapsar.
Alice, muy en personaje, pidió un café negro. Casi lo escupió. Akari se rió en su cara.
—¿Qué demonios es esto? —Alice miró la taza con absoluto desprecio.
—Café negro, como pediste, estrella de rock.
—Esto sabe a castigo divino.
—Dijiste que querías parecer seria.
Alice resopló y dejó la taza a un lado con fastidio. Yo, por mi parte, no me distraje.
Me aseguré de que mi corbata estuviera bien ajustada y mi chaqueta sin arrugas. Si iba a estar en esta reunión, iba a hacerlo bien. A diferencia de Alice y el resto de la banda, yo tenía que hacer un esfuerzo por parecer mayor. No iba a permitir que mi edad fuera un inconveniente, ni que me vieran como un agregado innecesario.
Cuando llegamos a las oficinas, Alice se transformó.
No era la Alice caótica de siempre, no era la chica que se quejaba de su café ni la que peleaba con Akari sobre cualquier cosa. Era la heredera Carter.
—Él es nuestro asesor legal, Ginoza Nobuchika.
Dijo mi nombre con una seriedad impecable, con un tono que nunca le había escuchado usar, en ningún contexto.
El ejecutivo, un hombre alto de traje oscuro llamado Kenta Nakamura, me estrechó la mano con la sonrisa cortés de quien sabía perfectamente quién era Alice Carter, pero no quién era yo.
—Es un gusto, Ginoza-san.
—El gusto es mío.
El apretón de manos fue firme, breve, evaluativo. Nakamura estaba midiendo a quién tenía delante. Yo hice lo mismo.
—Antes de discutir los términos del contrato, quiero mostrarles nuestras instalaciones. Tenemos un plan de formación para los talentos de la empresa, que puede implicar o no que dejen la academia, dependiendo de sus preferencias.
El peso de esa frase no pasó desapercibido.
Nos llevó por un pasillo largo y silencioso, con ventanales enormes que dejaban entrar la luz de la mañana. Las oficinas de Oriental World eran exactamente lo que esperaba de una empresa de entretenimiento con tanto poder. Modernas, pulcras, diseñadas para impresionar.
—Aquí es donde trabajaríamos con ustedes en su desarrollo.
Nos mostró las salas de ensayo, insonorizadas y completamente equipadas.
—Este es uno de nuestros estudios de grabación. Nuestros talentos tienen acceso exclusivo para producir su música bajo la supervisión de nuestros ingenieros de sonido.
Pasamos a las salas de baile, amplias, con espejos de pared a pared.
—Las clases de danza son opcionales, pero altamente recomendadas. La presencia escénica es crucial en esta industria.
Akari se emocionó por absolutamente todo, cada cosa que nos mostraban le sacaba un gritito de emoción. La primera vez la ignoré, la segunda vez la fulminé con la mirada.
La tercera vez, Alice le susurró algo al oído y Akari se calló. No sé qué le dijo, pero funcionó.
Finalmente, Nakamura nos llevó a una oficina elegante con una mesa de reuniones en el centro. Sobre la mesa, había varias carpetas organizadas con precisión.
—Bien, ahora hablemos de lo importante.
Nos sentamos en silencio, y Nakamura desplegó el contrato frente a nosotros.
—Estamos interesados en desarrollar su imagen y su proyección en la industria. Evidentemente, la viralidad que han alcanzado no es algo que se pueda ignorar.
Alice se mantuvo impasible, pero yo ya sabía lo que estaba pensando.
—Veo que hay un interés particular en mi imagen.
Nakamura asintió.
—No podemos negar que el peso de tu apellido es un factor importante.
Alice entrecerró los ojos.
—No soy Alice Carter en el escenario.
Nakamura la miró con curiosidad.
—¿Entonces quién eres?
Alice sonrió con calma.
—Ari. Ese es mi nombre artístico.
El ejecutivo no se inmutó, pero sabía que esto no estaba en su plan.
—Es un detalle que podemos discutir.
Yo interrumpí antes de que intentara suavizarlo.
—No es un detalle.
Nakamura me dirigió una mirada más seria.
—Tienen que entender que la imagen es crucial en esta industria.
Cruzando los brazos, sostuve su mirada sin dudar.
—Y ustedes tienen que entender que Alice Carter es una heredera de uno de los conglomerados más grandes del país. Si firmamos con ustedes, las condiciones deben ser equitativas.
Los ojos de Nakamura se afilaron apenas, midiendo mis palabras.
—Continúa.
Tomé una de las copias del contrato y la abrí, recorriendo con la mirada cada cláusula antes de hablar.
—Primero, la imagen de Alice no puede ser usada para promocionar a la banda sin el consentimiento de todos sus integrantes. No queremos que esto se convierta en "Alice Carter y su banda".
—Por supuesto.
—Segundo, los términos de duración del contrato tienen que ser negociables. No vamos a aceptar un acuerdo que los amarre por más de cinco años sin opción de revisión, es preferible que sea menos tiempo de duración incluso.
—Lo discutiremos.
—Tercero, el control creativo. No pueden decidir el tipo de música que van a producir ni imponer restricciones sobre su estilo.
Nakamura sonrió con la calma de quien ya esperaba resistencia.
—Eso depende de la dirección artística.
Lo miré fijamente.
—Depende de mis clientes.
El silencio que siguió fue pesado. Me sentí bien haciéndolo.
Sentí el control deslizándose en mis manos con la misma facilidad con la que controlo una estrategia en un debate académico. Sentí la fuerza de cada argumento, la forma en que cada palabra mía empujaba la negociación a nuestro favor. No importaba que tuviera dieciséis años, en esta sala, tenía el control.
Pero el contrato tenía demasiadas cláusulas disfrazadas de sugerencias.
Lo revisé varias veces con la paciencia de quien espera encontrar una trampa en cada párrafo, y, como era de esperarse, las encontré.
La discusión se intensificó en cuestión de minutos.
No fue inmediato, no fue un estallido de gritos ni un arrebato de emociones descontroladas. Fue una escalada meticulosa, una construcción progresiva de tensiones en la que cada palabra era un arma y cada cláusula una trampa disfrazada de oportunidad.
La discusión se intensificó en cuestión de minutos.
No fue inmediato, no fue un estallido de gritos ni un arrebato de emociones descontroladas. Fue una escalada meticulosa, una construcción progresiva de tensiones en la que cada palabra era un arma y cada cláusula una trampa disfrazada de oportunidad.
El contrato que Nakamura había puesto frente a nosotros no era malo en términos superficiales. Prometían infraestructura, equipo, visibilidad. Nos ofrecían recursos que cualquier banda independiente tardaría años en obtener. Pero a cambio, querían más control del que estábamos dispuestos a ceder y yo no iba a permitirlo.
—El tema de la educación es innegociable. —Mi voz sonó firme, sin margen para discusión—No esta explicito que se obligue a los talentos de la agencia a abandonar la academia, pero está claro que el sistema está diseñado para presionarlos a hacerlo.
Nakamura no lo negó. Era lo suficientemente inteligente para no mentir cuando sabía que lo tenía acorralado.
—Muchos de nuestros artistas prefieren rendir equivalencias porque la carga de trabajo es exigente. No queremos poner en riesgo su formación, pero hay que ser realistas sobre las prioridades.
Me reí sin humor.
—Las prioridades están claras. No van a dejar Nitto. Si eso no es viable para ustedes, entonces no sigamos perdiendo el tiempo.
Kaede asintió levemente, con la mirada afilada, sosteniendo la terminal donde había estado tomando notas durante toda la reunión. Souta, sentado a mi lado, se mantuvo en silencio, pero pude ver la forma en que su agarre en la mesa se volvió más firme. Esto era importante para él.
Nakamura estudió nuestras reacciones antes de cambiar de estrategia.
—Podemos ajustar los términos del contrato en ese aspecto.
Primer punto ganado. Aun así, sabía que lo más difícil estaba por venir.
—El control creativo se mantiene en manos de Alice. —Continué sin dejar que el silencio se instalara demasiado— Ninguna producción musical puede ser alterada sin su aprobación.
—Nosotros tenemos un equipo de producción altamente calificado que los puede asesorar para optimizar su sonido.
—Asesorar no es decidir.
Alice, que hasta ahora se había mantenido observando con una calma medida, se inclinó levemente hacia adelante.
—No soy una idol.
Su tono no fue agresivo ni arrogante. Fue una afirmación clara, innegable.
—Si quisieran fabricar una banda para que encajara en su modelo, lo habrían hecho desde cero. Pero vinieron a nosotros porque tenemos un sonido real, porque generamos impacto sin necesidad de su estructura.
Nakamura la observó con cautela.
—No vamos a cambiar su identidad como banda. Pero hay ciertos estándares de la industria que deben cumplirse.
Alice sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—¿Y quién decide esos estándares?
No le dio tiempo a responder.
—Porque les recuerdo que no necesitamos este contrato.
El aire en la sala cambió por completo. Todos en la mesa la miraron, esperando sus siguientes palabras. Alice Carter acababa de mostrar sus cartas.
—Soy una Carter. Si quiero financiar la carrera de los cinco con los mejores profesionales de la industria, puedo hacerlo sin pestañear. No los necesito.
El impacto de la declaración no pasó desapercibido. Souta parecía a punto de caerse de la silla.
Akari tenía la boca abierta, pero no dijo nada porque sabía que no era el momento.
Kaede, en cambio, no reaccionó en absoluto. Ella ya sabía lo que Alice estaba a punto de hacer.
—No estamos aquí porque necesitamos a Oriental World Company. Estamos aquí porque trabajar con ustedes hace las cosas más fáciles.
Nakamura no perdió la compostura, pero ahora estábamos en control.
—Si ese es el caso, entonces ¿qué buscan de esta negociación?
Me aseguré de que mi voz no dejara espacio para dudas.
—Condiciones equitativas.
Deslicé mi terminal sobre la mesa y reorganicé el documento del contrato en una versión ajustada con los términos que exigíamos.
—Los términos de duración deben ser de tres años con opción a revisión al final de cada ciclo.
—Las regalías deben ser distribuidas con equidad para cada miembro.
—El management se maneja con una jerarquía interna establecida por la banda.
—Y todos los derechos sobre la música se mantienen en posesión de Irohanabi.
El silencio en la sala se volvió pesado. Nakamura observó el documento con una expresión inescrutable.
—Es una propuesta fuerte.
No respondí. Solo esperé. Y luego Nakamura asintió.
—Podemos trabajar con esto.
No me moví, pero internamente sabía que habíamos ganado. Alice lo sabía también.
Souta dejó escapar una exhalación lenta, como si el peso de todo se le hubiera soltado de golpe. Kaede sonrió apenas. Akari nos miró con el brillo de la victoria reflejado en los ojos.
Esto era nuestro.
Akari
GANAMOS, MALDITA SEA, ¡GANAMOS!
Salimos de las oficinas de Oriental World Company con la energía de quienes acaban de ganar una batalla épica y están listos para gritarlo a los cuatro vientos. Souta tenía una expresión de alivio absoluto, Haruto seguía con su actitud tranquila, pero había un brillo de satisfacción en sus ojos, Kaede estaba reorganizando mentalmente cada punto de la negociación, y Alice… Alice estaba radiante.
Pero lo mejor de todo, lo más hermoso de todo, era Nobuchika. El mejor abogado del mundo.
Había visto negociaciones en películas, en dramas legales exagerados, en documentales sobre juicios históricos. Nada se comparaba con lo que hizo en esa sala.
Ese hombre, MI DIOS, ESE HOMBRE.
Era frío, meticuloso, implacable. Cada cláusula que intentaron meternos la destrozó con precisión quirúrgica. Cada término engañoso, cada intento de disfrazar condiciones abusivas, lo cortó con una lógica brutal. Nakamura intentó llevarlo a su terreno, pero no tenía oportunidad.
Y Alice… Alice estuvo perfecta.
Sabía que iba a hacer algo grande cuando soltó esa bomba en medio de la sala.
Reina. Diosa. ESTRELLA DEL ROCK EN ASCENSO.
—¡ALICEEEEEEEE! —exclamé en cuanto estuvimos lo suficientemente lejos de las oficinas como para gritar sin que nos arrestaran por alteración del orden público.
Alice ni siquiera tuvo oportunidad de reaccionar antes de que me lanzara sobre ella en un abrazo de victoria absoluta.
—¡Eres una maldita REINA! ¡ASÍ SE HACE!
Alice se rió, pero aún tenía la adrenalina en la piel.
—Creo que me salió bien.
—¡ME SALIÓ BIEN! ¡ALICE, DOMINASTE ESA SALA! ¡NUNCA HABÍA VISTO A ALGUIEN HACER CALLAR A UN EJECUTIVO TAN RÁPIDO!
—Fue la mejor parte. —Kaede sonrió con aprobación.
—La cara de Nakamura fue un espectáculo. —Haruto asintió con calma.
Souta exhaló y se pasó una mano por el cabello, parecía que acababa de quitarse un peso enorme de encima.
—Bien hecho, Alice.
Pero entonces, me giré hacia Ginoza. Porque sí, Alice es una reina, pero el MVP del día tenía que ser reconocido.
Me acerqué con una mirada llena de devoción absoluta y lo señalé como quien acaba de ver la segunda venida de Jesucristo.
—Nobuchika.
Él me miró con el ceño fruncido.
—No empieces.
—NO, NO, NO, CÁLLATE.
Me paré frente a él, mirándolo con toda la intensidad que merecía este momento.
—ERES EL MEJOR ABOGADO DEL MUNDO.
Ginoza me miró como si quisiera asesinarme.
—Tengo dieciséis años.
—Y AUN ASÍ DESTROZASTE A UN HOMBRE ADULTO QUE SEGURAMENTE LLEVA DIEZ AÑOS HACIENDO NEGOCIOS.
Alice, a mi lado, se mordió el labio para no reírse.
—Nobu, en serio, lo hiciste increíble.
—Gracias. —Suspiró con exasperación— Pero no soy abogado.
—EN DOS AÑOS LO SERÁS.
Ginoza rodó los ojos, pero en su mirada había algo más. Algo parecido a satisfacción. Alice lo notó.
Y lo más importante es que lo sabía, porque hoy no solo ganamos un contrato.
Hoy Alice reafirmó que Nobuchika Ginoza es su hombre.
Y a él no le quedó otra opción más que aceptarlo.
Ginoza
Nos quedamos solos un rato después de que la euforia de la negociación comenzó a calmarse. Alice aún tenía la sonrisa satisfecha de quien acaba de demostrarle al mundo de qué está hecha, de quien salió de una sala de juntas con la cabeza en alto y con más poder del que cualquiera esperaba que tuviera. Y con razón. Había dado vuelta una negociación sin ayuda, había controlado la situación con una naturalidad casi insultante, y ahora quería celebrar a su manera.
—Deberíamos ir a la mansión Carter.
La miré de reojo, con la mandíbula apretada.
—¿Para qué?
Alice se encogió de hombros con un gesto demasiado casual.
—Para estar solos. Solos de verdad.
Lo sabía. Sabía exactamente lo que quería decir. Alice no era de las que usaban rodeos innecesarios, no disfrazaba sus intenciones con palabras elegantes. Me estaba agradeciendo, y quería hacerlo como ella consideraba correcto.
Lo peor de todo era que yo quería que lo hiciera, por eso no podíamos ir a la mansión Carter.
Por eso, en lugar de subir a un auto y terminar en un lugar donde no habría excusas ni barreras, terminamos sentados en una banca de un parque con café en tazas descartables.
Alice no protestó demasiado. No necesitaba hacerlo. Me miró con esos ojos que siempre parecían estar planeando algo, como si supiera perfectamente por qué estábamos aquí y no en su habitación.
Y me besó. No fue un beso largo, ni urgente, ni de esos que me hacían perder la cabeza. Fue breve, contenido, pero no por eso menos significativo.
La observé con calma cuando se separó, con los labios apenas curvados en esa media sonrisa de satisfacción que usaba cuando sabía que había ganado.
—Lo hiciste bien.
Alice tomó un sorbo de su café sin dejar de mirarme.
—Lo sé.
No había arrogancia en su voz, solo certeza.
—Dijiste que querías hacerme feliz. —Las palabras salieron con más facilidad de la que esperaba— Y hoy, lo hiciste.
Vi cómo su expresión cambió apenas, cómo la burla en su sonrisa se desvaneció por un segundo. Alice Carter podía ser muchas cosas, pero cuando se trataba de mí, cuando se trataba de nosotros, nunca tomaba las cosas a la ligera.
—Eres el mejor, Nobuchika.
No respondí. Alice se inclinó apenas y dejó otro beso, más suave, en la línea de mi mandíbula. Si no estuviéramos en un parque, si no hubiera gente caminando a nuestro alrededor, sé que esto sería diferente.
Bebí un poco de café, dejando que el silencio entre nosotros fuera cómodo, dejando que Alice se acomodara contra mi hombro, sin prisa, sin presionar.
Después de unos minutos, le pregunté lo que había estado dando vueltas en mi cabeza desde que terminamos la reunión.
—¿Estás preparada para la certificación como artista?
Alice soltó una pequeña risa.
—Es un trámite.
—No lo es.
—Para mí, sí. —Se giró hacia mí con una expresión relajada, con la seguridad absoluta de quien no tiene dudas— Si a la mejor artista clásica de Japón no le dan la certificación como artista, ¿a quién se la darán?
No pude discutir eso, porque tenía razón. Si alguien merecía el reconocimiento, era ella.
Akari
El café estaba lleno, pero no de una manera molesta. El murmullo de conversaciones, el tintineo de tazas y el aroma a café recién hecho creaban un ambiente cómodo, casi acogedor. La tarde tenía esa luz suave de los días donde todo parece alinearse perfectamente. OWC nos había contactado. Irohanabi estaba avanzando. Y, sin embargo, la mayor parte del grupo se había dispersado después de la reunión. Excepto Souta.
Él se anexó a mí en el momento en que nos separamos del resto. No dijo nada al respecto, no hizo una gran declaración sobre su presencia. Simplemente empezó a caminar a mi lado y terminó en la mesa frente a mí, con una taza de café en la mano y esa sonrisa suya que siempre tenía cuando quería parecer despreocupado.
Hice como que no me di cuenta, como siempre.
No es que me molestara su compañía. Souta era… fácil de llevar. No exigía, no presionaba, solo estaba ahí. Y si ignoraba la forma en que a veces me miraba, la manera en que encontraba cualquier excusa para quedarse a mi lado, podía fingir que esto era solo una casualidad.
Di un sorbo a mi café y desbloqueé la terminal. Habíamos conseguido un hito enorme. Esto era algo que valía la pena celebrar. Pero más que eso, quería saber cómo lo estaba celebrando Alice.
Así que abrí el chat y escribí sin rodeos:
Akari: Alice, dime que estás festejando esto como corresponde.
No esperaba una respuesta inmediata. Sabía que Alice probablemente estaba ocupada, o ignorándome a propósito solo para fastidiarme. Pero tenía que preguntar, porque si después de todo esto, después de todo lo que habíamos logrado, Alice y Ginoza no estaban celebrando como se debía, iba a tener que intervenir.
Souta se removió en su asiento, removiendo el café con una lentitud innecesaria. Lo miré de reojo.
—¿Qué? —pregunté, arqueando una ceja.
Él levantó la vista, su sonrisa apenas perceptible.
—Nada.
Mentira. Pero no lo presioné. Como tampoco presioné el hecho de que aún seguía aquí conmigo, a pesar de que no habíamos hecho ningún plan para estar juntos después de la reunión.
Volví la vista a mi terminal, esperando la respuesta de Alice. Porque si había algo más importante que esta extraña tensión con Souta, era asegurarme de que nuestra líder musical estuviera haciendo lo correcto con su novio después de semejante logro.
Souta
Akari estaba demasiado obsesionada con la vida sexual de Alice como para darse cuenta de que yo estaba intentando algo aquí.
No debería sorprenderme. No era la primera vez. Probablemente tampoco sería la última. Pero eso no lo hacía menos frustrante.
Di otro sorbo a mi café, revolviendo el líquido con la cucharilla sin razón alguna, solo para hacer algo con las manos mientras Akari seguía absorta en su terminal, esperando la respuesta de Alice como si fuera una cuestión de vida o muerte.
—¿Qué? —preguntó sin mirarme, con el ceño levemente fruncido, como si acabara de notar que seguía aquí.
Sonreí de lado, inclinándome apenas sobre la mesa.
—Nada.
Mentira. Pero si Akari no quería verme, no iba a obligarla.
Ojalá pudiera decir que este era un momento aislado, que no era un patrón que se repetía una y otra vez. Pero lo era. Siempre terminábamos así. Yo, encontrando cualquier excusa para quedarme cerca. Ella, sin notarlo. O fingiendo que no lo hacía. A estas alturas no sabía cuál de las dos opciones era peor.
Exhalé suavemente, dejando la cucharilla sobre el platillo con un sonido seco. Podría irme. Podría darle el espacio que, claramente, no sabía que estaba ocupando.
Pero no lo hice, porque soy un idiota y no sé cuándo rendirme.
Y porque, aunque Akari no me miraba ahora, aunque su atención estaba completamente absorbida por la respuesta que Alice le debía, yo sabía que, en algún momento, por breve que fuera, volvería a verme.
Así que, con la certeza de quien está condenado a seguir intentando, volví a empujar suavemente la conversación en la dirección correcta. En la dirección en la que ella tendría que verme.
—¿Sabes? —dije con calma, como si esto no fuera más que un comentario casual—Si seguimos celebrando así, voy a empezar a pensar que solo querías compañía para esperar la respuesta de Alice.
Su ceja se arqueó apenas, pero todavía no levantó la vista.
—Sí. Es exactamente eso.
Sonreí, incliné la cabeza y la observé con más atención.
—Podríamos celebrar de otra forma.
Ahí. Ese segundo en el que se detuvo. Fue apenas un pestañeo, un mínimo retraso en el movimiento de sus dedos sobre la pantalla. Pero fue suficiente.
Levantó la vista, con una expresión que decía que ya me conocía demasiado bien, pero que aun así no terminaba de decidir si debía tomarme en serio o no.
—¿Sí? ¿Cómo?
La miré, midiendo mi respuesta. Porque sabía que, si decía lo que realmente quería decir, Akari se reiría, lo minimizaría o lo haría desaparecer con una broma rápida.
Pero también sabía que, si no lo decía, si no seguía intentándolo, me quedaría esperando otro momento. Y otro. Y otro.
Así que, con la certeza de quien ya ha aceptado su destino, pero no tiene intención de rendirse, sonreí con lentitud y respondí:
—Podrías mirarme, por ejemplo. Solo un rato. Como si estuviera aquí.
Y esperé. Porque sabía que, en algún momento, Akari tendría que decidir si seguía fingiendo que no lo notaba o si finalmente lo hacía.
Akari
Quizás debería mirarlo.
Después de todo, quiero un novio, ¿no?
No lo digo en voz alta, no lo digo ni siquiera en mi cabeza de una manera demasiado seria. Pero lo pienso. Lo pienso cuando veo a Alice con Ginoza y cómo, a pesar de todo, tienen algo estable. Lo pienso cuando Shiori se enreda en sus proyectos y parece perfectamente satisfecha con su vida. Lo pienso cuando Kaede, tan meticulosa como siempre, parece no tener tiempo para este tipo de cosas, pero, si quisiera, podría tener a quien quisiera.
Y yo… yo estoy aquí. Con Souta, que siempre está aquí.
No me mira con intensidad arrolladora como Kougami mira a Alice, ni con la precisión calculada de Ginoza. Él solo está, siempre. Sin pedir permiso, sin anunciarse demasiado, solo instalándose en mi vida con la persistencia de quien no sabe rendirse.
Y ahora me pide algo tan simple como que lo mire.
No en el sentido superficial. No en el "sí, te veo, te reconozco, estás aquí".
Me está pidiendo que lo vea, que lo elija.
Mis dedos tamborilean sobre la mesa, aunque no al ritmo de ninguna canción. Me distraigo con la terminal para no responder de inmediato, aunque la pregunta no era difícil.
¿Podría mirarlo? Sí.
¿Podría dejar de fingir que no noto su insistencia? También.
¿Podría hacer algo con ello?... Tal vez.
Levanto la vista, pero no del todo. Lo suficiente para medir su expresión, para ver si está esperando demasiado, si hay una trampa en sus palabras, si voy a caer en algo de lo que después no podré salir. Pero no la hay. Souta nunca pone trampas. Es su maldita ventaja. Es lo que lo hace tan peligroso.
Lo miro de verdad. Y por un segundo, un instante, la posibilidad de algo se instala entre nosotros. Podría intentarlo. Podría decidir que sí, que Souta es la persona que he ignorado por demasiado tiempo. Podría dejarme llevar, simplemente tomar lo que quiero.
Pero no sé qué quiero.
Así que ruedo los ojos y vuelvo a mi café con una sonrisa ladina, como si no hubiera considerado la idea. Como si no acabara de preguntarme si lo que estoy buscando ha estado frente a mí todo este tiempo.
—¿Cuánto rato exactamente? —pregunto, fingiendo indiferencia.
Porque si Souta no ha dejado de intentarlo hasta ahora, tampoco va a dejar de hacerlo después de esta respuesta.
Souta
Es el momento.
Lo sé por la forma en que Akari me miró. No fue una mirada rápida, de esas que lanza sin pensar mientras se burla de algo, ni una de sus miradas de juicio, ni siquiera una de esas que parecen evaluarlo todo como si el mundo estuviera bajo su control. Fue otra cosa. Algo más lento, más pesado. Algo que no me esperaba, que me hizo sentir que, por primera vez, no era yo quien insistía, sino ella quien se estaba permitiendo pensarlo.
Y eso es suficiente.
Porque si Akari lo pensó, si hubo un solo instante en el que realmente consideró mirarme en serio, entonces tengo una oportunidad.
Mis manos descansan sobre la mesa, quietas, aunque mi corazón va a un ritmo diferente. Me conoce demasiado bien como para no notar la tensión en mis hombros, el leve tamborileo de mi pulgar contra el borde de la taza. Pero no desvío la mirada.
Porque si ella me está viendo, yo voy a asegurarme de que no pueda ignorarlo.
La sonrisa que me da después es una salida. Una oportunidad para que finja que no pasó nada, que esto no significó nada, que puede seguir esquivándome como lo ha hecho hasta ahora. Pero no quiero darle esa salida. No esta vez.
Así que no me río. No me burlo. No sigo el juego.
En cambio, me inclino un poco más sobre la mesa, acortando la distancia entre nosotros, atrapándola en el espacio que ella misma abrió.
—El tiempo que necesites —respondo, y mi voz suena más seria de lo que esperaba.
Akari no parpadea. No se mueve.
Ella nunca se inmuta, nunca pierde la compostura, pero ahora está atrapada en la posibilidad de este momento tanto como yo.
Y aunque sé que en cualquier instante puede romperlo con una risa, con un comentario casual, con una de sus bromas que lo diluyen todo, esta vez no lo hace.
Así que espero. Porque si ella no se aparta, significa que, por fin, lo está considerando.
Kougami
Alice y Ginoza no estaban en clases.
No era algo que me importara demasiado, pero era extraño. Podía entender que uno de los dos faltara en algún momento, porque, aunque eran metódicos hasta el extremo, la vida siempre tenía margen para imprevistos. Pero que los dos faltaran el mismo día… eso era otra historia.
Las clases se sintieron diferentes sin ellos. Respondí algunas preguntas en matemáticas y lenguaje, porque alguien tenía que hacerlo, pero no era lo mismo. Nadie estaba compitiendo por ver quién respondía primero, nadie intentaba corregirme con una precisión obsesiva, nadie en la clase tenía el nivel de Alice y Ginoza. No era divertido.
Podrían estar ocupados con algún asunto de pareja, pero no, Ginoza no cedería a ese nivel. Puedo imaginármelo aplazando su tiempo con Alice hasta que los dioses del control absoluto le concedieran un calendario adecuado para la interacción romántica. No iba a faltar a clases por algo tan mundano como una relación. Si los dos estaban fuera al mismo tiempo, era por algo más.
Cuando llegó el receso, las cosas se volvieron aún más extrañas.
Ryota, Kenta, Nao, Miyu, Hinata y Shiori estaban en su mesa habitual. Pero el resto no. Eso ya era demasiada coincidencia.
Sin pensarlo demasiado, me senté con ellos. No porque tuviera una razón en específico, sino porque quería ver qué estaba pasando.
Hinata no me sacaba los ojos de encima, como si estuviera tratando de procesar el hecho de que estaba allí. Shiori, en cambio, fue más práctica. Me observó por un instante y pareció deducir que yo no tenía la menor idea de nada, porque soltó un leve suspiro y explicó con una tranquilidad absoluta:
—Irohanabi tuvo la reunión con OWC. Ginoza fue como su asesor legal.
Parpadeé.
—¿Qué?
Ryota soltó una risa baja, como si la situación le hiciera gracia, mientras Nao rodaba los ojos con algo de exasperación.
—Así como lo oyes —continuó Shiori—Aparentemente, Alice decidió que un estudiante de dieciséis años puede ser el asesor legal de una banda en ascenso.
Me crucé de brazos, procesando lo que acababa de escuchar.
Era ridículo. Ginoza tiene dieciséis años. Por más meticuloso que sea, por más que sea un obsesivo del control y la exactitud, no puede ser el asesor legal de una banda.
…O sí.
Alice
Mi bebé se estira a mi lado en la cama, soltando un suspiro de absoluto bienestar, su cabeza apoyada en mi pierna como si fuera el ser más mimado y perfecto del mundo, porque lo es.
No hay criatura en este universo que supere su nivel de preciosidad. Le paso la mano por el pelaje con lentitud, sintiendo su respiración acompasada, mientras mis ojos se deslizan por la pantalla de mi terminal.
En el otro lado de la habitación, Nobuchika está en su hábitat natural: corrigiendo compulsivamente el contrato que acabamos de imprimir.
Lo observo por el rabillo del ojo. No es solo que lo está revisando, es que lo está diseccionando. Ha pegado post-its de diferentes colores en varias secciones, marcando notas con su letra precisa y ordenada, haciendo modificaciones en su terminal al mismo tiempo que sigue con un bolígrafo rojo sobre el papel.
Me da gracia. Porque esto es exactamente lo que esperaba que hiciera.
Cualquiera de nosotros habría leído el contrato en diagonal, Kaede quizás con más cuidado, pero él... lo va a leer hasta la última coma. No va a dejar que firmemos algo sin asegurarse de que todo esté en orden. No porque desconfíe, no porque crea que nos están estafando, sino porque está cuidando de nosotros. De mí.
Sigo acariciando a Dime, con una sonrisa ligera en los labios mientras deslizo la pantalla de mi terminal. Porque, por supuesto, ya nos sacaron fotos saliendo de OWC.
Ahí estamos. Irohanabi al completo.
Las imágenes están nítidas. Demasiado nítidas. Los fotógrafos —o quien sea que haya tomado estas fotos— sabían lo que hacían. Akari gesticulando animadamente, Souta con esa sonrisa de quien ya estaba disfrutando la atención, Haruto serio, pero con el aire de quien sabe que se viene algo grande, Kaede elegante y tranquila como siempre, y yo...
Por supuesto que hay fotos mías mirando a Ginoza como si fuera una reliquia invaluable.
Cierro los ojos un segundo, dejando caer la cabeza contra la almohada mientras exhalo con resignación.
Por supuesto que captaron justo eso.
No es que pueda evitarlo. Nobu es mi persona. Lo miro así sin darme cuenta, porque para mí es invaluable. Y ahora todo internet tiene material para especular como si no lo hicieran ya con todo lo que hago.
Las teorías son... variadas.
"¿Irohanabi va a firmar con OWC?"
"Alice Carter, alias Ari, está con un tipo misterioso. ¿Su manager? ¿Su guardaespaldas?"
"No se sabe nada de su vida privada, pero esta es la primera vez que la captan con un posible novio."
"Por supuesto que tenía novio. ¿Qué esperaban, que estuviera soltera?"
"Si no era yo, no quería saberlo."
"Maldita sea, ¿por qué los dioses la alejaron de nosotros?"
Me quedo viendo la última línea con una mezcla de incredulidad y diversión.
¿De verdad hay gente molesta porque tengo pareja?
Los comentarios oscilan entre idolatría extrema, negación, drama y una cantidad absurda de usuarios que estaban esperando alguna confirmación de mi estado civil porque, de alguna manera, creían que tenían una posibilidad conmigo si estaba soltera.
Internet nunca decepciona.
Al menos no han averiguado quién es Nobu. No saben su nombre, ni tienen idea de su historia. No saben cuánto ha hecho por mí. Y prefiero que siga así.
Sigo deslizando la pantalla, viendo cómo las especulaciones crecen, los debates se arman, la gente teoriza sobre todo menos sobre lo que realmente importa. Lo que realmente importa es que Irohanabi está en el radar de OWC. Que estamos haciendo algo real.
Pero a la gente le fascina el morbo.
Acaricio el pelaje de Dime con más lentitud, dejando que su respiración tranquila me relaje. No importa lo que digan. No importa lo que crean.
Ginoza
Este contrato es usurero.
No lo noté de inmediato en la reunión inicial porque, por supuesto, la presentación fue impecable. Estaba diseñado para sonar como una oportunidad, un acuerdo razonable, un paso lógico en la evolución de una banda que había explotado en popularidad dos veces en un lapso de meses. Pero ahora que lo tengo en mis manos, que estoy analizo cada cláusula con detalle, es evidente que OWC no está ofreciendo un contrato: está exigiendo una cesión de derechos disfrazada de acuerdo profesional.
Los términos financieros son desproporcionados. El porcentaje de regalías que les ofrecen es irrisorio en comparación con lo que la compañía se llevará por producción, distribución y promoción. Los costos de marketing los pagan ellos, sí, pero a cambio, la banda estará atada a OWC por un número de álbumes que no está definido con claridad. Se menciona una cláusula de "evaluación de viabilidad comercial" después del tercer lanzamiento, lo que básicamente significa que OWC puede extender el contrato si considera que la banda sigue siendo rentable. No hay una salida fácil.
Mis ojos recorren la cláusula sobre relaciones personales.
"Los artistas firmantes se comprometen a ejercer extrema confidencialidad con respecto a cualquier relación personal sostenida con individuos fuera del medio artístico. Se recomienda discreción en la exposición pública de relaciones personales que puedan afectar la imagen de la banda o generar interferencias en la estrategia de promoción. En caso de que una relación con una persona ajena al medio se haga pública de manera imprevista, la compañía se reserva el derecho de asesorar y gestionar la narrativa en los medios de comunicación."
Es ridículo. No es una prohibición directa, pero es un intento claro de control. Una forma sutil de decir: pueden salir con quien quieran, pero mejor no lo hagan, y si lo hacen, lo manejarán como OWC quiera.
Alice está tumbada en la cama con Dime a su lado, deslizándose por su terminal con la expresión despreocupada de quien no se inmuta ante el caos. Yo, en cambio, estoy irritado. No porque no haya previsto que un contrato con una empresa de este nivel tendría condiciones restrictivas, sino porque la banda no tiene margen de negociación real. La oferta es buena en términos de exposición y oportunidades, pero el precio que tienen que pagar es absurdo.
—Este contrato es ridículo —gruño, marcando otra anotación en el papel, pegando un post-it al margen con más modificaciones—La cantidad de control que OWC quiere sobre sus carreras es excesiva. No solo en términos de música, sino en imagen, entrevistas, presentaciones… incluso en su vida personal.
Alice no levanta la vista de su terminal.
—Ah, sí. Medio Japón ya está debatiendo si estoy de novia contigo o no.
Cierro los ojos un segundo. Por supuesto.
—¿Perdón?
Alice me muestra su terminal con un gesto perezoso. Las fotos. Ahí estamos. Irohanabi saliendo de OWC. El grupo completo, caminando con la confianza de quien está a punto de conquistar el mundo. Y, por supuesto, estoy al lado de Alice, con ella mirándome como si fuera un objeto de valor incalculable.
Me llevo una mano a la cara, exhalando con frustración.
—No quería esto.
No quería que nos vieran así. No quería que mi relación con Alice se convirtiera en un tema de especulación masiva, que las redes sociales explotaran con teorías absurdas, que gente que ni siquiera nos conoce opinara sobre algo que no les incumbe. Pero debería haberlo previsto. No solo es la líder de una banda en ascenso. Es Alice Carter.
Ella me observa, aún tranquila, aún con esa expresión de quien ya lo aceptó y no tiene intención de estresarse por ello.
—Nobu, relájate.
Aprieto los labios. No puedo relajarme. Pero tampoco puedo hacer nada al respecto. Lo único que me queda es aceptar la realidad: esto iba a pasar tarde o temprano. Si no era ahora, habría sido más adelante. Porque no soy solo el novio de Alice, la vocalista de Irohanabi.
Soy el novio de Alice Carter, la heredera. Esto podía haber ocurrido en cualquier momento, con cualquier otra situación.
Alice estira un brazo y me toma de la muñeca con suavidad, su tacto ligero, pero intencional.
—Ven aquí.
—Estoy revisando el contrato.
—Puedes seguir revisándolo después.
Dime, sin moverse un centímetro de su lugar, lanza un suspiro pesado, como si estuviera de acuerdo con Alice. Maldito traidor.
Exhalo lentamente, pero dejo el bolígrafo sobre el escritorio. Me deslizo hasta la cama con reticencia fingida, aunque la verdad es que estoy demasiado agotado como para seguir peleando contra esto. Alice me recibe con esa facilidad suya, con el tipo de confianza que dice que sabe que va a ganar esta discusión sin siquiera intentarlo.
Cuando me tumbo a su lado, Alice se mueve con una lentitud meticulosa. Levanta una mano, me toca la mejilla con la suavidad con la que se toca algo frágil, y luego, con una delicadeza que me desarma por completo, me quita los lentes.
Mi respiración se detiene un segundo.
No porque Alice no haya hecho esto antes. Sino porque lo hace como si me conociera mejor que yo mismo, como si supiera exactamente cómo quebrarme.
Me observa en silencio por un instante, sus ojos miel fijos en los míos sin nada que nos separe. Y lo entiendo. Este es su punto de ventaja. Siempre la dejo verme con los lentes puestos, con la barrera intacta. Sin ellos, no tengo cómo ocultarme.
Alice sonríe, pero es una sonrisa pequeña. Una sonrisa de alguien que ya sabe que ganó.
Y luego me besa.
No es un beso apresurado. No es algo robado, ni fugaz. Es lento, pausado, profundo. Como si estuviera marcando algo en mí. Como si quisiera asegurarse de que sintiera cada segundo de esto.
Sus labios se amoldan a los míos con una facilidad aterradora, como si besarme fuera la cosa más natural del mundo. Y yo, que no quería esto, que no quería estar en el centro del ojo público, la beso de vuelta como si no pudiera evitarlo.
No hay prisa. Solo Alice, quien sigue jugando con mis límites, porque siempre los encuentra.
La tengo entre mis brazos, con su respiración cálida todavía acariciando mi piel, su cuerpo acomodado contra el mío con la facilidad de quien ya sabe exactamente cómo desarmarme. Y lo peor es que lo sabe. Sabe que la quiero, sabe que la necesito, y sabe que con un solo beso puede hacer que olvide la cantidad de cláusulas abusivas que acabo de leer.
Pero solo por un momento.
Porque cuando la sensación de su boca contra la mía se asienta en mi sistema y vuelvo a recordar lo que está en juego, la realidad me golpea de nuevo.
El contrato sigue en mi escritorio, lleno de anotaciones, con post-its pegados en los márgenes, con cada trampa legal marcada en rojo. No es un contrato, es una sentencia de esclavitud cuidadosamente disimulada. OWC no les está ofreciendo un camino a la fama. Les está pidiendo que vendan su autonomía por una oportunidad.
Exhalo lentamente y paso una mano por su espalda, pero mis pensamientos siguen en lo mismo.
—Este contrato es inviable, Alice. No puedo permitir que lo firmen.
Ella no parece sorprendida. Solo me observa con la calma de quien ya esperaba que dijera eso.
—Entonces escribe uno que sí lo sea.
La miro, esperando que desarrolle su punto, porque no puede ser tan simple. Pero para Alice, lo es. Ella nunca se deja encerrar en la idea de que algo es imposible.
—Redacta el contrato que mejor nos convenga. Algo justo, claro está. Preséntalo, y si OWC no lo acepta…
Se detiene apenas un segundo. Lo suficiente para que entienda lo que está por decir.
—Si no lo acepta, me encargo yo.
Me tenso de inmediato. No porque no crea que Alice tenga los medios, sino porque sé exactamente lo que significa.
—Alice.
Ella suspira y apoya la frente contra mi clavícula por un instante antes de levantar la cabeza.
—No quiero hacerlo así, Nobu. Sé que tengo dinero, pero organizar todo sería un esfuerzo extra que preferiría que hicieran otros.
Eso es lo peor de todo. Que Alice no está diciendo esto desde la arrogancia. No está presumiendo que puede pagar lo que quiera y salirse con la suya. Lo está diciendo con la realidad de quien sabe que tiene los recursos, pero prefiere evitar la molestia de usarlos.
Y eso no debería ser tranquilizador. Pero lo es.
Porque Alice no quiere comprar la carrera de Irohanabi. Quiere hacer esto bien. Quiere que OWC acepte un trato justo, que haya una estructura detrás, que no sea su dinero el que solucione todo.
Pero si tiene que hacerlo, lo hará.
La miro en silencio, intentando procesar lo que esto significa.
—¿Quieres que redacte un contrato nuevo?
Alice asiente sin dudar.
—Sí. Quiero ver qué tan lejos podemos llegar negociando. Si OWC se niega… bueno.
Me sonríe con la misma expresión con la que ha torcido mi destino desde el primer día que la conocí.
—Siempre es bueno tener un plan B, ¿no?
Me paso una mano por la cara y dejo escapar un suspiro. No hay escapatoria con ella. Pero si quiere un contrato justo, se lo daré.
Pero Alice no me deja ponerme a trabajar de inmediato. Ella vuelve a tomar mi cara entre sus manos y vuelve a besarme.
Alice
El peso de Nobuchika sobre mí es insoportable, pero no quiero que se aleje. Sus labios devoran los míos con una urgencia que nunca había sentido en él, como si el control que siempre lo gobierna se hubiera roto por completo. Su respiración es irregular, caliente contra mi piel, y cada vez que se mueve, cada vez que su cuerpo roza el mío, siento que voy a perder la cabeza.
Mis manos exploran su espalda con desesperación, deslizándose bajo su camisa, sintiendo el calor de su piel tensa bajo mis dedos. No quiero quedarme quieta, no quiero esperar a que él decida si esto es demasiado, porque ya es demasiado y aun así no quiero que se detenga. Mi respiración se quiebra cuando su peso se acomoda mejor entre mis piernas, cuando su cuerpo se ajusta al mío sin ningún espacio entre nosotros, sin ninguna barrera que me impida sentirlo del todo.
Desabroché su camisa sin pensarlo, deslizándola por sus hombros con un gesto inocente, como si no estuviera haciendo nada, como si no estuviera quebrando una frontera peligrosa. No me detuvo. No me miró con la severidad con la que suele hacerlo cuando algo se le escapa de las manos. Solo siguió besándome, más fuerte, más profundo, más desesperado.
Él no me ha quitado ni una prenda, pero su cuerpo sobre el mío me consume más que si lo hubiera hecho. La sensación de su piel bajo mis dedos, la forma en que su respiración se quiebra contra mi boca, la tensión de sus músculos cuando me presiono contra él… todo en esto es insoportable, todo me hace arder.
Y luego lo siento.
No se aleja, no se tensa, no retrocede. Su erección está ahí, dura y firme contra mi vientre, y en lugar de alejarse, en lugar de disculparse o fingir que no es lo que es, se hunde más contra mí.
La cabeza me da vueltas y suelto un gemido ahogado contra su boca, sin poder evitarlo, sin querer evitarlo. No sé si lo hago porque lo deseo más de lo que jamás he deseado algo en mi vida o porque sé que él también está en ese punto, que Nobuchika está al borde tanto como yo. Lo noto en la forma en que su mano se aferra a mi cintura con más fuerza, en la forma en que su beso se vuelve más desesperado, en el ligero temblor de su respiración.
Voy a rogarle, a decirle que lo haga, que no hay nada que pensar, que no me importa nada más que esto. Nunca le he pedido nada en mi vida, nunca me he permitido ser tan vulnerable con alguien como para dejarlo ver cuánto lo quiero, pero estoy a punto de suplicarle que me tome, que no se detenga, que acabe con esta locura de una vez.
Y entonces, Dime decide que ya es suficiente.
No escuché sus pasos, ni su respiración, ni el momento exacto en que se lanzó sobre nosotros con la determinación de quien ve la perversión ante sus ojos y se niega a permitirla. Solo siento treinta kilos de husky siberiano arrollándome con la fuerza de un proyectil.
Nobu me suelta de golpe y el aire regresa de manera violenta a mis pulmones cuando el peso del perro se interpone entre nosotros. Dime nos empuja con un gruñido bajo, su cabeza enorme enterrándose entre nuestros cuerpos con una terquedad inquebrantable, como si su deber moral fuera separar esta abominación antes de que ocurra algo irreversible.
Mi cerebro tarda unos segundos en procesar lo que acaba de pasar, pero cuando lo hago, quiero asesinar al maldito animal.
—Dime —gruño, intentando apartarlo con las manos, pero el traidor se acomoda sobre mí, aplastándome con su peso como si mi sufrimiento fuera su recompensa.
Miro a Nobu con frustración, con el deseo aun ardiendo en cada centímetro de mi cuerpo, pero ya no está en el mismo lugar.
Él parpadea un par de veces, como si la lucidez lo hubiera golpeado de golpe, como si de repente recordara exactamente quién es y qué demonios estaba a punto de hacer. Se pasa una mano por el rostro y exhala, cerrando los ojos un segundo antes de enderezarse por completo, dejándome con Dime pegado a mí como un escudo de pureza.
—Maldito seas —murmuro, sabiendo que esto ya se perdió, que no va a haber otra oportunidad.
—Alice… —Ginoza suspira, pasándose una mano por el cabello, todavía agitado, todavía intentando recuperar la compostura que estuvo a segundos de perder.
Lo observo fijamente, con el pecho subiendo y bajando por la respiración entrecortada, con la certeza absoluta de que, si pasaba ahora, no va a suceder hasta que nos casemos.
Porque él ya volvió a su claridad habitual y Ginoza Nobuchika no va a ceder dos veces.
Dime, el peor de los traidores, apoya su cabeza sobre mi pecho con satisfacción.
Ginoza
¿Qué carajos estuve a punto de hacer?
Mi respiración aún es irregular, mi cuerpo todavía siente la presión de Alice debajo de mí, la calidez de su piel a través de la ropa, el sonido entrecortado de su voz enredándose en mi cabeza. No debería haber permitido que esto llegara tan lejos, no debería haber dejado que la tensión acumulada, el deseo latente, la manera en que me miraba como si fuera lo único que importara en el mundo, me empujaran al borde del abismo. Pero lo hice, y si no hubiera sido por Dime, que irrumpió con la fuerza de un guardián sagrado, no sé si habría tenido la voluntad para detenerme a tiempo.
El perro sigue ahí, acostado entre los dos, con su peso firme sobre Alice, respirando con calma, sin mostrar remordimiento alguno por haber destrozado el momento. No lo aparto, no intento moverlo, porque es lo mejor que pudo haber pasado, porque la verdad es que no quiero hacer esto ahora, no de esta manera.
Lo mínimo que puedo aceptar para hacer esto es que estemos comprometidos, lo ideal sería que estemos casados, con la certeza de que esto es algo definitivo, algo construido con la solidez que quiero para ella, para nosotros.
Pero Alice no va a dejar que eso pase fácilmente. Sé que en cuanto le dé el anillo, en cuanto haya un compromiso formal entre nosotros, no va a querer esperar ni un minuto más. Va a decidir que es suficiente, que cualquier razón que me quede para postergar este paso es inútil, y probablemente intente llevarme a la cama antes de que termine la noche. Tal vez debería asegurarme de hacerlo en un lugar privado, sin distracciones, sin una salida inmediata, porque conociéndola, va a querer consumar la situación cuanto antes.
Me paso una mano por el rostro, intentando ordenar mis pensamientos, pero es imposible con Alice todavía mirándome como si pudiera convencerme de volver a donde estábamos hace un minuto. Mi camisa sigue desabrochada, su piel todavía arde bajo mis dedos, su respiración aún es inestable, y sé perfectamente que cualquiera en mi lugar habría seguido adelante. No es un pecado, no es algo que se condene, no es algo que siquiera se juzgue en la sociedad en la que vivimos.
Pero yo no soy así.
Soy un hombre metódico, un hombre de principios, alguien que hace las cosas bien, que no deja nada al azar, que no se deja llevar por impulsos incontrolables. Y esto, mierda, esto fue demasiado. Alice me lleva al límite, me empuja más allá de mi autocontrol, me obliga a enfrentar lo mucho que la deseo con la certeza absoluta de que, si me dejo arrastrar, ya no habrá vuelta atrás.
Dime sigue en su lugar, inmóvil, firme en su decisión de protegernos de nosotros mismos. Lo entrené bien, lo eduqué para que entendiera lo que está bien y lo que no, pero no sé si esto es solo un instinto protector o si sus celos le impidieron tolerar la idea de compartir a Alice de esta manera. Quizás entiende más de lo que creemos. Quizás, en su mente de perro, sabe que lo que estamos haciendo tiene un peso del que no podemos retroceder.
Alice resopla con frustración, pasándose una mano por el cabello, irritada con Dime, pero incapaz de enojarse con él. Lo adora demasiado, no puede discutir con su adorable traidor, incluso si acaba de arruinar el momento exacto en el que ella podría haberme convencido de hacer lo que quiere. Me mira con un deje de desafío, como si estuviera midiendo cuánto me queda de voluntad antes de intentarlo otra vez.
Pero no voy a ceder. Hoy flaqueé, estuve al borde, hoy casi me pierdo en ella.
No va a volver a pasar.
Alice cree que el momento volverá, que en cualquier otro instante podré dejarme llevar y caer sin pensarlo. Pero sé que, si no fue ahora, si no fue con la euforia de lo que logramos hoy, con la emoción del éxito empujándonos al desastre, entonces no va a ser hasta que todo esté en su lugar.
Voy a esperar. Alice, aunque aún no lo sabe, va a tener que esperarme también.
Alice
Me siento en la cama con los brazos cruzados y la mirada fija en el traidor que sigue acostado, sin una pizca de culpa en su enorme cuerpo.
Dime, el gran saboteador. El destructor de momentos.
El enemigo número uno del progreso emocional y físico en mi relación con Nobuchika.
Me devuelve la mirada con sus ojos desiguales, brillantes con la serenidad de quien ha cumplido su misión sagrada. Su cola golpea la cama con un ritmo pausado, confiado, como si esperara que lo elogiara en lugar de recriminarlo.
—¿Puedes explicarme qué carajo hiciste? —digo con seriedad, mirándolo como si realmente esperara una respuesta lógica.
Dime bosteza, un sonido profundo y satisfecho, mostrando todos sus colmillos con la tranquilidad de quien se siente completamente justificado en sus acciones.
—¿Crees que esto está bien? —insisto, señalándolo con un dedo.
Dime levanta la cabeza, ladeándola apenas antes de soltar un aullido corto, grave y melodramático, como si estuviera explicando pacientemente sus razones.
—No quiero excusas —reprendo, y él vuelve a aullar, esta vez más bajo, como si estuviera argumentando su punto.
Nobuchika, evidentemente, ha vuelto al contrato. Lo escucho hacer anotaciones en su terminal, deslizar páginas, ajustar márgenes, porque por supuesto que después de lo que pasó, su única reacción es enterrarse de nuevo en algo estructurado y racional.
Dime me observa, su enorme cabeza inclinada con expresión de juicio.
—No me mires así. Estás castigado.
Él gruñe en un tono bajo, no agresivo, solo en evidente desacuerdo con mi dictamen.
—Oh, sí. Completamente castigado. Nada de bocadillos extra. Nada de carne cuando Nobu no está mirando.
Dime se incorpora un poco, con las orejas erguidas, como si no pudiera creer la gravedad de lo que acabo de decir.
—Ni siquiera pollo.
Dime gruñe de nuevo, esta vez más largo, casi una queja exasperada.
—Tampoco jamón.
Un aullido corto y ofendido.
—Ni siquiera un bocado de sushi.
Ahora sí, Dime reacciona. Se pone de pie, sacude el cuerpo con indignación y suelta una sucesión de sonidos que parecen una combinación entre un lamento y una protesta legítima. Su drama es digno de un actor.
—Ah, pero claro, ahora sí entiendes lo que hiciste mal, ¿verdad?
Dime baja la cabeza y deja caer el peso de su cuerpo sobre la cama otra vez, emitiendo un suspiro largo y trágico.
—No voy a perdonarte.
Él me mira con esos ojos irresistibles, pestañea lentamente y, como si supiera exactamente cómo manipularme, gira sobre su espalda, exponiendo su panza para que lo rasque.
—No voy a caer en eso —digo con firmeza.
Dime levanta una pata y la deja caer con dramatismo.
—Alice, no malcríes al perro.
Levanto la vista. Ginoza sigue con el contrato, pero evidentemente ha estado escuchando.
Lo miro con escepticismo, cruzando los brazos.
—¿No crees que llegas un poco tarde a esa batalla?
Porque Dime ya duerme en la cama.
Solo cuando yo estoy, sí. Solo porque Ginoza se cansó de discutir conmigo sobre eso, sí. Pero el punto es que duerme en la cama, y Ginoza lo permitió.
Él suelta un suspiro frustrado, apartando la vista del contrato lo suficiente para dedicarme una mirada severa.
—La disciplina de Dime es importante.
—Entonces habla con él, porque evidentemente cree que es su responsabilidad asegurarse de que lleguemos puros al matrimonio.
Dime suelta un bufido, como si le diera absolutamente la razón.
—Alice, Dime es un perro que cuida a su dueño y a los intereses de su dueño. Está mal castigarlo por hacer lo que cree que es correcto.
Levanto la vista de la bola de pelos que ahora yace sobre mi regazo, completamente satisfecho consigo mismo, respirando con esa calma de quien ha cumplido con su propósito en la vida. Dime ni siquiera se molesta en defenderse. Sabe que tiene el apoyo de Ginoza. Lo sabe y lo usa en mi contra, quedándose inmóvil, disfrutando cada caricia que le doy, como si no fuera el mayor traidor que he conocido.
—¿En serio? —arqueo una ceja, deslizándome un poco en la cama, aun acariciando distraídamente el lomo de Dime. El condenado se acomoda mejor, como si esperara que esto se prolongue. —¿Ahora resulta que defender la abstinencia prematrimonial de su dueño es parte de sus deberes como perro?
Ginoza no levanta la vista del contrato, pero su tono es completamente serio.
—Dime cuida lo que es importante.
Suelto un suspiro largo y dramático, dejando caer la cabeza contra la almohada mientras Dime se acomoda con satisfacción sobre mi vientre, todavía con su aire de victoria moral.
—Lo entrenaste demasiado bien.
—Lo entrené para que entienda lo que es correcto.
—Entonces, según tu lógica, ¿yo no tengo intereses en esto?
Ahora sí levanta la vista, ajustándose los lentes con su expresión más irritantemente estoica.
—Dime cuida los intereses reales. No los impulsivos.
Mi mandíbula se tensa.
—Voy a matarlo.
—No.
—Voy a ponerle un moño en la cabeza y dárselo a Kaede.
—No.
Dime suelta un bostezo enorme, completamente indiferente a mi rabia.
—Voy a hacerle ver cada documental sobre la revolución sexual que exista.
—Alice.
Suelto un gruñido bajo, cruzándome de brazos.
—No puedes estar más de su lado que del mío.
—Claro que puedo.
Me giro completamente, apoyando un codo en la cama, estudiando su expresión con atención.
—¿Y si Dime no nos hubiera detenido?
Ginoza no dice nada. Lo piensa.
Y eso me dice todo.
—Lo ves. Sabes que ya estábamos en un punto sin retorno.
Él suspira, pasándose una mano por la cara, volviendo la mirada a los papeles, como si pudiera refugiarse en las palabras impresas para no mirarme a los ojos.
—No habría sido lo correcto.
Me río, porque esto ya no tiene solución.
—Así que ahora estamos esperando al matrimonio, ¿eh?
Nobuchika no lo confirma en voz alta, pero su silencio me lo dice todo.
Cierro los ojos, dejo caer la cabeza contra la almohada, y acepto mi destino.
Voy a esperar. Pero, por Dios, Dime va a pagarlo de alguna manera.
