Ginoza
Ponerse a escribir un contrato suena bien… hasta que hay que hacerlo.
La idea de redactar un documento que pudiera competir con el de OWC parecía, en principio, una tarea lógica, un problema con una solución clara si se abordaba con la suficiente disciplina. Pero en cuanto nos sentamos a trabajar, en cuanto abrí los borradores, revisé mis notas y pensé en cómo estructurar las cláusulas para que fueran justas sin dejar lagunas legales, me di cuenta de que esto iba a tomar mucho más tiempo del que esperaba.
Alice suspira, pero no se queja. Solo se acomoda mejor en su asiento, con la terminal frente a ella, esperando que empiece a dictarle. No sé si se está preparando para una batalla mental o si solo está aceptando que esto es inevitable, pero lo importante es que no intenta negociar su salida de esta tarea.
—Bien —digo finalmente, acomodando mis propios documentos y asegurándome de que todo lo que hemos analizado hasta ahora tenga sentido. Alice va a escribir, yo voy a pensar. Es lo mejor, considerando que ella no entiende nada de leyes.
—Cláusula inicial —empiezo, midiendo mis palabras—"Las partes involucradas en el presente contrato acuerdan que todas las disposiciones aquí establecidas responden a los principios de equidad y transparencia, garantizando el desarrollo artístico y comercial de la agrupación musical Irohanabi sin perjuicio de su autonomía creativa."
Alice ya está tipeando cuando termino la frase. Lo hace más rápido de lo que esperaba. Sus dedos vuelan sobre la pantalla táctil de la terminal, sin dudar, sin necesidad de que repita nada. Eso facilita las cosas. Yo solo tengo que pensar, estructurar, asegurarme de que cada línea diga exactamente lo que quiero.
Seguimos así durante horas, yo dictando, Alice escribiendo. A veces se detiene para preguntar por algún término que no entiende, otras veces solo asiente y sigue tecleando, completamente concentrada en la tarea. No hace bromas, no intenta desviarse, no pierde el ritmo. Está comprometida con esto de una forma que me sorprende, considerando que su tolerancia a la burocracia suele ser mínima.
Los minutos se convierten en horas, las horas en la totalidad del día. No nos damos cuenta de cuánto tiempo ha pasado hasta que Akiho asoma la cabeza por la puerta.
—Tienen que cenar —dice, con su tono paciente pero firme.
No suena como una sugerencia. Es una orden disfrazada de recordatorio. Alice parpadea un par de veces, como si de repente recordara que existe un mundo fuera de este contrato. Yo simplemente exhalo y me quito las gafas por un instante, masajeando el puente de mi nariz.
—Ya vamos —respondo, pero Akiho no se queda a asegurarse de que cumplamos. Solo asiente con su calma habitual y se va de vuelta al comedor.
Alice se estira, gira la cabeza hacia mí y, sin previo aviso, se inclina y me besa en los labios.
Es un beso rápido, ligero, pero lo suficiente para romper por completo la línea de concentración en la que estaba.
—Vamos bien —murmura contra mi boca, con una sonrisa que me desarma más de lo que quiero admitir.
La cena transcurre en una mezcla extraña de sonidos metálicos de cubiertos contra la loza, conversaciones dispersas y la constante maraña de pensamientos sobre las cláusulas que aún faltan por redactar. No puedo desconectarme del contrato. Mientras corto un trozo de pescado con precisión mecánica, mi mente sigue estructurando los términos de exclusividad, los derechos de imagen, la manera en que debemos plantear la duración del acuerdo para evitar que OWC los amarre de manera indefinida.
Alice come con la tranquilidad de quien ha decidido que este asunto puede esperar hasta después de la comida, pero yo no tengo ese lujo. Cada punto es un riesgo si no lo planteo correctamente. La libertad creativa de la banda debe quedar garantizada en papel, pero sin que el lenguaje sea ambiguo, sin que OWC pueda interpretarlo de forma que les permita modificarlo a su conveniencia. Y luego está la cláusula de rescisión anticipada. Esa es clave.
Me llevo un sorbo de agua a los labios sin realmente registrar el sabor, todavía repasando mentalmente cómo limitar la posibilidad de que OWC bloquee la distribución de la música de Irohanabi si las cosas se salen de control. Si permitimos que tengan demasiada injerencia en el material, pueden frenar lanzamientos a conveniencia, y eso los dejaría atrapados. Pienso en la manera en que debo estructurar la sección financiera, en la compensación justa por regalías, en los términos de disolución del contrato en caso de un incumplimiento grave por parte de la compañía.
Alice me da un leve codazo en las costillas, lo suficientemente ligero como para parecer casual, pero lo bastante directo como para sacarme momentáneamente de mis pensamientos.
—Estás comiendo con cara de abogado —murmura, con esa media sonrisa que siempre usa cuando cree que me está sacando de una obsesión.
No le respondo de inmediato. Solo corto otro pedazo de pescado y lo llevo a mi boca, todavía dándole vueltas a la cláusula de confidencialidad que OWC incluyó en su contrato original. Tienen que eliminarla. No hay margen de negociación en eso.
Alice suspira con resignación y sigue comiendo, pero no me deja de observar. Sé que piensa que me estoy tomando esto demasiado en serio.
Pero este es su futuro. No voy a permitir que lo entregue a ciegas.
Alice
¿Nos pasamos toda la noche redactando un contrato?
Por supuesto que sí.
No debería sorprenderme. Estaba claro desde el principio que esto no iba a ser un trabajo de un par de horas. No cuando Ginoza estaba al mando, no cuando cada párrafo tenía que ser revisado, discutido, estructurado y modificado hasta alcanzar un nivel de precisión quirúrgica. No cuando todo el maldito contrato tenía que ser perfecto.
Al menos era la noche de un viernes.
No había clases al día siguiente, lo que significaba que no tendríamos que aparecer en la academia pareciendo zombis después de pasar toda la noche en esto. Pero eso no cambiaba el hecho de que eran las tres de la mañana y todavía estábamos aquí, con la luz de la terminal proyectando sombras sobre el escritorio, rodeados de papeles llenos de anotaciones.
Ginoza, con el ceño fruncido, seguía concentrado en la pantalla, sus dedos recorriendo el texto con la precisión de quien ha leído el mismo documento tantas veces que ya podría recitarlo de memoria. Yo, en cambio, estaba semi recostada sobre la mesa, con la cabeza apoyada en mi brazo, viendo cómo sus ojos se movían línea por línea, aun encontrando detalles que corregir.
—Nobu —murmuré, con la voz un poco arrastrada por el cansancio—Si sigues revisando esto, vas a encontrar errores donde no los hay.
Él no levantó la vista.
—Siempre hay algo que mejorar.
Rodé los ojos, demasiado agotada como para discutir.
—¿Y si lo revisamos cuando no estemos al borde del colapso?
—No podemos darnos el lujo de cometer errores.
Ahí estaba. La obsesión. No iba a dejar esto hasta que estuviera absolutamente seguro de que no había ninguna posibilidad de que OWC pudiera encontrar una brecha en nuestra versión del contrato.
Suspiré y me enderecé, parpadeando para despejarme un poco antes de acercarme más a él.
—Hemos estado en esto desde que terminó la cena. Llevamos casi ocho horas trabajando.
—Siete horas y cuarenta y cinco minutos.
Le di un golpe ligero en el brazo.
—Mi punto sigue en pie.
Por primera vez en la última hora, Nobuchika apartó la mirada de la pantalla y me estudió con una mezcla de cansancio y determinación. Podía ver en sus ojos que todavía no estaba listo para parar. Pero yo sí.
Me incliné sobre la mesa, hasta que estuve lo suficientemente cerca como para bajar la voz.
—Ya casi está listo.
Él inhaló lentamente, sus ojos aún fijos en los míos. Sabía que tenía razón. Pero aceptar que algo está "suficientemente bien" no es parte de su naturaleza.
Aun así, después de unos segundos, dejó escapar un suspiro largo y cerró la terminal.
No dijo que estaba de acuerdo. No tenía que hacerlo. El simple hecho de que se alejara del contrato por un instante ya era una victoria.
—Vamos a dormir —murmuré, tomando su mano sin darle tiempo a discutir.
No protestó. Lo tomé como otra victoria.
Ginoza
Al parecer, ahora la norma es que Alice se acurruca y me hace mimos en cuanto tiene la oportunidad. No sé en qué momento se estableció esta costumbre, si fue después de la reunión con OWC, después de pasar horas trabajando en el contrato o si simplemente desbloqueamos un nuevo nivel de relación sin que yo me diera cuenta. Tal vez está agradecida por lo que hice, por la manera en que la estoy protegiendo de los términos abusivos del contrato, por cómo me aseguro de que su banda no termine atrapada en una red de explotación disimulada. O quizás es simplemente Alice, amando como solo ella sabe hacerlo: sin miedo, sin contención, sin medidas.
No son caricias buscando otra cosa. No son insinuaciones disfrazadas de ternura ni provocaciones que escondan una segunda intención. Son solo gestos de amor puro, cálido, sinceramente desconcertantes en su suavidad, y la forma en que se acurruca contra mí, en cualquier momento que se lo permito, me deja en un estado que no sé si interpretar como satisfacción o como una completa derrota.
Y ahora que nos hemos ido a dormir, ahora que la luz tenue de la habitación nos envuelve en una calma que rara vez experimentamos, ahora que ya no tengo los lentes y estoy finalmente relajado, Alice está enredada en mí. Su cuerpo se acomoda perfectamente contra el mío, su respiración es pausada, tranquila, completamente vencida por el sueño. Su peso contra mí no es una carga, sino un recordatorio de que, por alguna razón, estoy aquí, sosteniéndola, permitiéndome algo que nunca imaginé que tendría.
Quizás es algo bueno.
Ciertamente, cuando me imaginaba teniendo una novia, no era así. Me veía en citas en cafés o restaurantes, caminatas controladas en parques donde el contacto físico se redujera a lo estrictamente necesario. Me imaginaba conversaciones inteligentes sobre temas variados, debates con un ritmo moderado, interacciones calculadas y previsibles.
Definitivamente, esas citas, si sucedían, vendrían después de que hubiera tomado el examen de compatibilidad de Sibyl, después de que el sistema me dijera con absoluta certeza quién era mi pareja ideal, o mejor aún, la persona más apropiada. Porque, después de todo, las almas gemelas, la pasión desmedida… o casi todo lo que Alice me genera es peligroso para la estabilidad emocional.
Si debía tener una relación, lo correcto sería que fuera con vistas al matrimonio, porque no veo sentido en estar con alguien sin una intención clara. Y hasta casarme, no dormiría con la susodicha en el mismo lecho, ni compartiría este nivel de intimidad, porque soy un caballero y me tomo las cosas en serio…
…O al menos, eso pensaba antes de que Alice irrumpiera en mi vida.
Ella nunca sigue un plan preestablecido. No encaja en los esquemas lógicos, no se limita a lo que es socialmente aceptable o estratégicamente conveniente. Simplemente es. Y con esa forma tan suya de existir, terminó arrastrándome a su mundo sin darme la oportunidad de evitarlo.
Ahora conozco la pasión y la devoción. Sé lo que se siente que alguien te mire como si fueras el centro de su universo, que alguien te ame sin condiciones, sin limitaciones, sin esperar un momento "apropiado" para sentirlo. Y es difícil buscar otra cosa después de conocer esto.
Alice no es apropiada, ni eficiente, ni conveniente en el sentido en el que alguna vez pensé que debía ser una relación. Es un huracán, una tormenta incontrolable, una fuerza de la naturaleza que destruye cada una de mis reglas con la facilidad con la que sonríe. Y, aun así, me encuentro aquí, sosteniéndola entre mis brazos, sin la menor intención de soltarla.
Porque de alguna manera, en medio de todo esto, he encontrado placer en acompañarla en esta locura.
En esta banda que está despegando, en los contratos que redactamos, en el caos de su vida y en la forma en que me ha convertido en su refugio tanto como ella lo es para mí.
Y lo más increíble de todo es que, por primera vez, no quiero escapar.
La luz de la mañana entra suavemente por la ventana, iluminando la habitación con un resplandor tenue, suficiente para despertarme sin la brusquedad de una alarma. Mi cuerpo se siente más descansado de lo que esperaba después de haber trabajado toda la noche, pero no es la tranquilidad del sueño lo que me mantiene en la cama. Es Alice.
Duerme profundamente a mi lado, con la respiración pausada y su rostro relajado, completamente ajena al mundo. Su cabello está desordenado, cayendo en ondas suaves sobre la almohada, algunos mechones cubriendo su mejilla. Su expresión, libre de la energía inagotable que siempre la define, es tan serena que me sorprende lo adorable que se ve.
No me muevo de inmediato. Me permito unos minutos solo para observarla. No tengo razones para hacerlo, no es un análisis ni un cálculo lógico, es solo un momento de calma en el que puedo verla sin que intente desafiarme, provocarme o arrastrarme a su ritmo caótico. Aquí, dormida, parece casi irreal, una versión de Alice que pocos, si es que alguien más, han visto.
Pero tenemos que seguir trabajando.
Nos espera un contrato que no está terminado, reuniones que preparar, estrategias que definir. No podemos permitirnos perder más tiempo, pero despertarla bruscamente sería casi un crimen. Después de todo, he recibido demasiada ternura de su parte últimamente. Quizás debería devolverle algo a cambio.
Me inclino con cuidado, apoyando una mano sobre su cabello, apartando con suavidad los mechones que cubren su rostro. Paso los dedos por su mejilla en una caricia ligera, casi imperceptible, dejando que mi toque la traiga de vuelta a la realidad lentamente.
—Alice —murmuro, mi voz apenas un susurro, lo suficientemente suave como para no sacarla del sueño de golpe.
Ella se mueve un poco, frunciendo el ceño con una leve mueca de molestia antes de hundirse más en la almohada. Sonrío sin darme cuenta.
—Despierta —insisto, esta vez deslizando mis dedos por su brazo, recorriendo su piel con la misma suavidad con la que ella suele tocarme cuando cree que no estoy prestando atención.
Alice suspira, su respiración volviéndose más consciente, sus pestañas temblando antes de que finalmente abra los ojos. Me mira con la confusión propia de quien no está segura de en qué momento dejó de soñar.
—Nobu… —murmura con voz rasposa, su tono lleno de sueño, y no sé qué me desarma más, si la forma en que mi nombre suena en su boca o la manera en que su cuerpo se estira instintivamente para acurrucarse más contra el mío.
—Es hora de seguir trabajando —le recuerdo, aunque una parte de mí querría decirle que se quede así un poco más.
Alice exhala lentamente y cierra los ojos otra vez, pero su mano se desliza hasta mi cuello, sus dedos acariciando distraídamente la piel en un gesto que no puedo decidir si es perezoso o intencionalmente dulce.
—Cinco minutos más —murmura, con una sonrisa leve en los labios.
Y aunque sé que debería insistir, aunque sé que tenemos cosas que hacer, me encuentro cediendo.
—Cinco minutos —acepto, porque a veces, incluso yo, puedo permitirme una tregua.
Alice
Horas después, cuando la tarde ya ha avanzado más de lo que esperaba, tenemos un contrato que Ginoza aprueba.
No es poca cosa. Ginoza Nobuchika no aprueba nada a la ligera. Lo revisó con la misma precisión con la que desarma argumentos en un debate, marcó cada palabra con la severidad de quien no permite errores y, cuando finalmente dejó el bolígrafo sobre la mesa con una exhalación controlada, supe que habíamos llegado al punto en el que podía enviarlo.
No lo hago de inmediato. Me inclino sobre la terminal, repasando la estructura una última vez, dejando que mi mirada se deslice por las cláusulas que ahora parecen mucho más seguras que el desastre que OWC nos presentó originalmente. Luego, sin más demoras, envío el archivo al grupo de Irohanabi.
Alice: Este es el contrato corregido. Gino lo aprobó.
Espero exactamente dos segundos antes de que las notificaciones empiecen a explotar.
Souta: ¿Qué hicieron con respecto a la duración del contrato?
Alice: Reducimos el compromiso inicial a dos álbumes, con opción a renovar solo si ambas partes están de acuerdo.
Souta: Bien.
Akari: ¿Podemos firmarlo ya?
Cierro los ojos, masajeando mi sien. Por supuesto que Akari quiere firmar lo que sea.
Alice: Espera. Antes de emocionarte, déjame explicarte los problemas del contrato por defecto.
Akari: Dijiste que lo arreglaste.
Alice: Lo arreglamos. Pero quiero que entiendas por qué no podemos confiar en cualquier papel que nos pongan enfrente.
Kaede: Dejémosla hablar.
Respiro hondo, preparando mi argumento.
Alice: El contrato original de OWC nos ataba indefinidamente si ellos decidían que éramos rentables. No había una cláusula clara de disolución sin penalización grave. Si firmábamos, nos podrían haber tenido trabajando por años sin poder salir sin pagarles un rescate absurdo.
Souta: Exacto.
Alice: También querían controlar cómo manejamos nuestra imagen pública, incluyendo relaciones personales. En pocas palabras, querían decidir cómo nos comportamos fuera del escenario. Ahora, el contrato establece que nuestras decisiones personales no pueden ser reguladas por la empresa.
Haruto: Menos mal.
Akari: Bueno, pero ahora ya está corregido, así que podemos firmarlo.
Alice: Akari.
Akari: ¿Qué?
Alice: LEE EL CONTRATO.
Silencio.
Kaede: Akari…
Akari: Ugh. Está bien. Lo voy a leer.
Me recuesto contra la silla y exhalo con calma. Souta está de acuerdo con la estrategia, Kaede seguramente hará una segunda revisión, y si logramos que Akari se tome esto en serio, entonces estamos listos para la negociación final.
Y si OWC no lo acepta, bueno… tendremos que ver hasta dónde podemos llevarlos.
Kougami
Alice lanza una patada giratoria con más precisión de la que esperaba, obligándome a retroceder un paso para evitar el impacto. Es rápida. Más de lo que era antes. No es solo que ha mejorado en técnica, sino que su cuerpo se mueve con una agilidad innata, con la flexibilidad de alguien que ha convertido el movimiento en un arte. Pero sigue sin tener mi fuerza, sigue sin tener la resistencia que da entrenar todos los días en el tatami.
Bloqueo su siguiente ataque y me giro sobre mi propio eje, usando su propio impulso en su contra, desestabilizándola apenas antes de atraparla con un agarre que la obliga a frenar. Alice chasquea la lengua con frustración, su cuerpo tenso contra el mío por un segundo antes de que logre zafarse y retomar la distancia. Su respiración es pesada, sus ojos brillan con el desafío que nunca desaparece cuando pelea conmigo, como si cada golpe que intercambio con ella fuera parte de una batalla que ni siquiera sé cuándo empezó.
—No está mal, Carter. —Levanto las manos en posición de guardia de nuevo, evaluando cómo se mueve, cómo ajusta su postura con una precisión que no tenía antes.
—No necesito que me elogies.
Se lanza de nuevo, esta vez con un golpe bajo, intentando derribarme desde los tobillos, pero ya estoy listo para eso. Me aparto en el último segundo y aprovecho el espacio para lanzar un directo a su costado, que logra bloquear, aunque la empuja unos centímetros hacia atrás. No me da la satisfacción de dejarlo notar, pero sé que lo sintió.
—El contrato de OWC está terminado, ¿no? —pregunto, manteniendo el ritmo del combate, sin dejar que el silencio se asiente entre nosotros.
—Sí. Gino lo revisó un millón de veces. Si lo rechazan, juro que quemo el edificio.
Sonrío apenas, lanzando un jab para ver su reacción. Alice se aparta a tiempo, pero no con la misma seguridad con la que suele moverse. Está cansada, pero no lo va a admitir.
—¿Y lo van a aceptar?
—Si tienen dos neuronas funcionales, sí.
Su respuesta me dice que no lo sabe con certeza, que aún hay margen para que esto no salga como espera, pero no lo va a decir en voz alta. No cuando ya decidió que va a ganar esta pelea, con OWC o conmigo.
Alice se mueve con rapidez, lanza una serie de golpes que me obligan a defenderme, a no subestimarla, porque, aunque su fuerza no puede competir con la mía, su velocidad sí. Me mantengo firme, absorbiendo el impacto de sus ataques, permitiéndole creer por un segundo que tiene el control antes de que vuelva a girar sobre ella y la atrape por la cintura. Esta vez no escapa.
Nos quedamos así, respiraciones entrecortadas, su espalda contra mi pecho, sus músculos aún en tensión bajo mi agarre. Alice deja escapar una exhalación frustrada, pero no se rinde del todo. Nunca lo hace.
—Ya casi lo tienes, Carter.
—No necesito que me lo digas.
Alice se retuerce en mi agarre, usando su flexibilidad para intentar liberarse, pero aprieto el bloqueo con precisión, manteniéndola en su sitio. Todavía le falta fuerza. No importa qué tan ágil sea, si no tiene el poder suficiente para romper un agarre, no va a ganar esta pelea. Pero no puedo subestimarla, porque ya no pelea como alguien que solo quiere defenderse. Ahora pelea como alguien que realmente quiere ganar.
Siento su respiración acelerada contra mi piel cuando se impulsa con sus piernas y logra girar parcialmente dentro de mi agarre. Su codo se alza rápidamente, buscando impactarme en el costado, pero anticipo el movimiento y la empujo hacia atrás antes de que logre conectar el golpe. Se desliza sobre la lona con facilidad, cayendo en una postura estable, con los ojos fijos en los míos, evaluando la distancia, midiendo su siguiente ataque.
—Si rechazan el contrato, ¿cuál es el plan? —pregunto, sin bajar la guardia.
Alice sonríe, aunque su pecho sube y baja con cada respiración pesada. Sabe que esto no ha terminado, pero no va a apresurarse.
—No hay plan B.
—Mentira.
Se lanza de nuevo, esta vez con una combinación de golpes más agresiva, obligándome a retroceder para esquivar, para bloquear, para evitar que me tome por sorpresa. Mejoró. No al punto de vencerme, pero sí lo suficiente para que cada vez tenga que esforzarme más en mantener la ventaja.
—Está bien. —Exhala entre golpes, su voz estable, aunque su cuerpo ya está alcanzando el límite. —Si rechazan el contrato, yo me encargo.
Me muevo rápido, intercepto su siguiente ataque y la obligo a inclinarse hacia un lado. La desbalanceo justo lo suficiente para atraparla de nuevo, pero esta vez no la inmovilizo completamente. Solo la sostengo, obligándola a mirarme de cerca.
—¿Te encargas cómo?
—Sabes cómo.
Alice me mira con esos ojos que no tienen miedo de nada, con la seguridad de quien siempre encuentra una salida, sin importar las circunstancias. Y, claro, porque es Alice Carter, la heredera de una de las familias más poderosas de Japón.
—¿Vas a pagar todo de tu bolsillo? —presiono, aunque ya sé la respuesta.
—Si es necesario.
Cierro la mandíbula, tensando el agarre por un instante antes de soltarla. No sé qué me molesta más. Que ella esté completamente tranquila con la idea de financiar una banda con su propio dinero o que sé que lo haría sin dudarlo.
—Eso es una locura.
Alice da un paso atrás, sacudiéndose como si no acabara de estar atrapada entre mis brazos hace un segundo. Pero su sonrisa no desaparece.
—Bienvenido a Irohanabi.
Y luego se lanza contra mí otra vez. Esta vez, la dejo conectar el golpe.
Souta
La sala de música estaba en silencio, excepto por el golpeteo errático de los dedos de Akari contra la mesa, un ritmo sin patrón definido, solo un reflejo de su energía inquieta. Yo no tenía la misma facilidad para distraerme. Mi pie marcaba un compás invisible contra el suelo, un movimiento automático que intentaba canalizar la ansiedad que llevaba días acumulándose en mi pecho.
Estábamos solos, pero la presión de la espera era una presencia más en la habitación. OWC aún no daba una respuesta, el contrato de Ginoza estaba en revisión y, aunque había hecho todo lo posible por mantener la calma, esta semana había sido demasiado. Tanto que tuve que ir a cuidados mentales, escuchar a un terapeuta que me habló con el mismo tono paciente con el que se le habla a alguien a punto de desmoronarse, y salir de ahí con un estabilizador de tono que debía empezar a tomar desde ahora.
—No entiendo por qué te pones así, Souta. —Akari suspiró, sin levantar la mirada de su terminal—Nobuchika ya lo aprobó. No veo el problema.
Cerré los ojos un instante, intentando recordarme que Akari nunca se preocupaba por estas cosas. Para ella, todo era un juego, una emoción pasajera, algo que se resolvía con voluntad y talento. Para mí, esto era real. Esto podía definir nuestro futuro, nuestro trabajo, nuestra vida en los próximos años.
—Porque estas cosas son importantes. —Mi voz salió más seria de lo que esperaba, más firme de lo que Akari seguramente estaba acostumbrada a escuchar de mí—Tienes que leerlo antes de firmarlo.
Ella se rió, no con burla, sino con la ligereza de quien no siente el peso de la situación en sus hombros.
—Nobu ya lo leyó. ¿Acaso crees que él dejaría que nos jodan?
Su confianza era absoluta. En Ginoza, en el proceso, en el destino o lo que fuera. Pero yo no podía permitirme ese lujo. No cuando sabía lo que podía pasar si esto salía mal.
—No se trata solo de eso. —Me pasé una mano por la nuca, sintiendo la tensión instalada en mis músculos, la presión que ni los ejercicios de relajación habían podido disipar del todo—Akari, no puedes firmar cualquier cosa solo porque estás emocionada.
Ella me miró por primera vez desde que empezó esta conversación, con una ceja arqueada y esa media sonrisa suya que me hacía sentir como si estuviera exagerando todo.
—¿Por qué estás tan preocupado, Souta?
Abrí la boca para responder, pero las palabras que tenía listas no salieron. No podía hablar solo del contrato, porque la verdad era que esto no se trataba solo del contrato. No se trataba solo de OWC o de los términos que Ginoza había negociado o de lo que significaba firmar con una compañía de ese nivel.
Se trataba de ella. Se trataba de que, aunque Akari quisiera firmar cualquier cosa por la emoción del momento, yo no podía quedarme tranquilo sabiendo que ella podía perderse en un mundo que no iba a tratarla con la misma alegría con la que ella lo trataba todo.
—Porque me importa. —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, pero ya no iba a retractarme—Porque si algo sale mal, no voy a poder evitar pensar que pude haber hecho algo.
Akari parpadeó, pero no intervino. No todavía. Esperó.
Yo no. Ya había esperado demasiado.
—No quiero que terminemos jodidos —Exhalé, sintiendo que finalmente estaba diciendo lo que tenía que decir—No quiero que la mujer que amo termine atrapada en algo de lo que no pueda salir, solo porque en este momento todo parece brillante y emocionante.
Su expresión cambió. Apenas. No fue una transformación dramática, no fue un impacto evidente, pero hubo algo en sus ojos que me dijo que entendía lo que acababa de decirle.
Pero no me quedé para escuchar su respuesta.
Me puse de pie sin darle la oportunidad de reaccionar, sin esperar que dijera algo que me hiciera arrepentirme de haber sido honesto. Akari no me veía de esa manera, yo lo sabía. Sabía que le gustaban los tipos como Kougami, no por su temperamento, sino por su físico. Yo no era eso.
Y aunque sabía que no tenía sentido, seguía intentándolo. Pero hoy no pude.
Hoy no iba a esperar su respuesta. Porque lo único que me importaba era que lo supiera.
Akari
Algo se movió dentro de mí. En serio.
No fue una sensación pasajera, no fue una sorpresa superficial que pudiera disipar con una risa o una burla rápida. Fue algo más profundo, algo que no esperaba, algo que no sé cómo procesar. Souta me dijo que me ama.
Souta, que siempre está, que siempre encuentra la manera de quedarse a mi lado sin presionar, sin exigir, sin hacer de su presencia una carga.
Souta, que me miró con una seriedad que nunca le había visto antes y que, por primera vez, no me dejó escapar.
Estoy acostumbrada a tontear con todos, a girar entre conversaciones y personas como si todo fuera un gran juego. No es que sea una estrategia, es simplemente mi forma de ser. Me gusta coquetear sin intenciones, me gusta la atención, me gusta la energía de una conversación cargada de tensión divertida. Pero nunca lo vi así.
Nunca lo vi tan seguro, tan decidido a decir lo que sentía sin darme margen para reírme, para desviar el tema, para convertirlo en algo liviano y sin peso.
Pero no es que no me guste Souta.
Nunca lo pensé. Nunca me detuve a verlo de esa manera, pero eso no significa que no pueda hacerlo ahora.
Mis manos reposan sobre las teclas del piano sin presionarlas, mis dedos apenas rozando la superficie, esperando un impulso que no llega. Esto es ridículo. Si cualquier otro chico me hubiera dicho algo así, ahora mismo estaría corriendo hacia Hinata para contarle cada detalle con gritos histéricos, para analizar cada palabra, para revivir el momento una y otra vez con una emoción desbordante.
Lo hice todas las veces anteriores. Pero ahora, no puedo moverme.
Solo puedo quedarme aquí, mirando la puerta por donde Souta se fue hace unos minutos, sintiendo un peso extraño en el pecho, una sensación que no reconozco del todo.
Algo se movió dentro de mí. Y no tengo idea de qué hacer con eso.
Kaede
Kougami está estudiando solo.
La mayoría de la gente lo ve como alguien que solo brilla en combate, en la academia física, en cualquier prueba de resistencia. Pero yo sé que no es así. Lo veo ahora, con el ceño levemente fruncido, el bolígrafo girando entre sus dedos mientras revisa el material de lenguaje con una concentración firme, de esas que no se ven a menudo. No está solo memorizando, está analizando cada palabra, cada estructura, desmontándola en su cabeza.
No debería estar aquí mirándolo. Sé bien cómo es esto. Sé que no hay chances de nada.
No porque Kougami no sea atractivo, porque lo es. Es el tipo de persona que captura la atención sin intentarlo. No porque no sea interesante, porque claramente lo es. Pero porque Kougami está enamorado de Alice.
Lo sé desde hace tiempo. Desde que vi cómo la miraba, cómo la sigue con los ojos incluso cuando parece estar enfocado en otra cosa. Sé que está esperando la compatibilidad de Sibyl con ella, que pasaron cosas entre ellos, que la historia entre Alice y Kougami no es solo tensión acumulada y competencia, sino algo más profundo, más contenido, más imposible de ignorar.
Y, sin embargo, no puedo con esto.
No esperaba, en ninguno de los universos posibles, que Kougami me notara. Pero lo hizo.
Levanta la mirada de sus notas, su bolígrafo se detiene por un instante y sus ojos oscuros se posan directamente en los míos. No es una mirada desafiante, ni incómoda, solo... consciente. No sabía que podía ser así.
Antes de que pueda decidir si desviar la mirada o no, se mueve. Se levanta de su asiento y, sin ninguna advertencia, se sienta frente a mí.
No dice nada al principio. Solo está ahí.
Es extraño. No somos cercanos. Pero ahora sí nos conocemos, gracias a Alice, gracias a los almuerzos compartidos, gracias a que su presencia ya no es algo que solo pertenezca a su propio mundo, sino que se ha entrelazado con el nuestro.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunta finalmente, sin levantar la vista de sus notas.
No sé si se refiere a este momento exacto o a la forma en que he estado observándolo sin darme cuenta.
—No mucho —respondo, aunque no sé si es una mentira o no.
Kougami asiente con un gesto breve y sigue revisando su libro de lenguaje. Puedo ver que hay algo que no termina de encajar en su mente. Su dedo se desliza sobre una línea subrayada, el bolígrafo tamborilea contra la mesa, y por algún motivo que no alcanzo a explicar, abro la boca antes de pensarlo demasiado.
—Si subordina esa oración con una concesiva, la estructura del párrafo tiene más fluidez.
Kougami levanta una ceja. Claramente no esperaba que dijera nada.
—¿Sí?
Toma su hoja y la gira apenas para que pueda ver la parte que está revisando. Es un error menor, pero lo noto.
—Si usas "aunque", mantiene mejor la coherencia con la oración anterior —digo, señalando la parte problemática.
—Tiene sentido.
Corrige la línea sin dudar, como si mi observación fuera completamente válida, como si no le importara que yo sea una de las mejores estudiantes de tercer año y él apenas esté en segundo. No hay orgullo en él, solo concentración.
No es gran cosa, no es una conversación profunda ni un acercamiento intencional. Pero, por alguna razón, cuando regresa su atención a sus notas, aún con la expresión seria, aún con esa postura relajada pero atenta, me doy cuenta de que esto es algo que tampoco esperaba.
Kougami y yo no tenemos mucho en común. Pero por alguna razón, hoy se sentó aquí. Y eso, por ahora, es suficiente.
Ginoza
El aire en la sala de reuniones es denso, cargado de una tensión que ni siquiera los gestos corteses y la falsa calma de los abogados de OWC pueden disipar.
Apenas si he dormido, pero mi tono es estable. Pasé varios días asegurándome de que mi preparación legal sea impecable, consulté a cada profesor de Nitto que estuvo dispuesto a escucharme, incluso algunos ofrecieron venir en persona si la negociación se tornaba demasiado hostil. No soy abogado. Ni siquiera he terminado la academia. Pero estoy aquí, enfrentándome a un equipo legal de una de las mayores compañías del país.
Y Alice está a mi lado.
No la miro, no tengo que hacerlo. Sé que está ahí porque su presencia es tangible, una barrera infranqueable que no permite la menor vacilación. Es una Carter y lo está demostrando con cada segundo que pasa en esta sala. Su postura es perfecta, su expresión indescifrable, su mirada fija en Nakamura y en su equipo de abogados como si estuviera esperando que intentaran engañarnos. No la han intimidado ni una sola vez en toda la reunión.
Nunca la había visto así.
Los miembros de Irohanabi están en silencio, atentos, pero no intervienen. Confían en mí. Souta, Kaede y Haruto no han dicho una palabra, pero su confianza pesa sobre mis hombros. Akari, en cambio, ha intentado hablar más de una vez, y Alice la silenció con una sola mirada.
—Hemos considerado los términos adicionales que mencionaron en la última reunión —dice uno de los abogados de OWC, un hombre de mediana edad con una voz medida y pausada—Pero seguimos sosteniendo que la cláusula de rescisión unilateral por parte de Irohanabi sin penalización no es viable.
—Sí lo es. —Mi voz sale con más firmeza de la que esperaba, porque ya hemos hablado de esto antes, porque no pienso dejar que este punto sea un obstáculo.
Uno de los abogados alza una ceja y mira a Nakamura, esperando que intervenga, pero él solo se acomoda en su asiento y entrelaza los dedos sobre la mesa.
—¿Podrías desarrollar tu argumento?
Alice no dice nada. Aún no.
—La cláusula de rescisión original nos ponía en una posición de indefensión contractual. Tuvieron que modificarla cuando la discutimos en la última revisión, pero el problema sigue siendo el mismo: si OWC considera que la banda no es rentable, pueden liberarnos sin consecuencias, pero si es Irohanabi quien decide que la relación no es favorable, hay penalizaciones abusivas.
—Es un estándar en contratos de este tipo —interviene otro abogado—La compañía invierte en el artista y necesita protegerse.
—Entiendo la necesidad de protección, pero la banda también se está comprometiendo con OWC. El riesgo tiene que ser equitativo.
El abogado abre la boca para responder, pero Alice lo interrumpe con la calma de quien ya ha ganado la discusión antes de empezarla.
—Si su inversión en nosotros no es suficiente para respaldar términos equitativos, entonces no somos el tipo de banda con la que deberían trabajar.
El silencio que sigue es casi incómodo. No es lo que esperaban de ella.
Me obligo a no sonreír. Alice no se deja intimidar por nadie.
Y eso me da la fortaleza para seguir adelante.
—Aceptaremos una cláusula de rescisión mutua sin penalización si ambas partes acuerdan que el contrato no puede continuar por razones económicas —agrego, apoyando el punto de Alice sin permitir que la discusión se disuelva en una mera diferencia de perspectivas.
Los abogados intercambian miradas, evaluando la propuesta. Sé que no es lo que quieren, pero también saben que tienen pocas opciones.
Nakamura es el primero en asentir.
—Podemos ajustar esa sección.
Tomo nota mentalmente. Uno menos.
Los próximos puntos son técnicos, ajustes en los plazos de entrega de material, en la gestión de regalías y en la transparencia de los informes financieros. Cada palabra, cada modificación es una pequeña batalla que se gana o se pierde en la manera en que se plantea.
Cuando finalmente nos acercamos a la parte final de la negociación, Alice se inclina ligeramente hacia adelante, su tono suave pero afilado.
—Falta una cláusula.
Todos los abogados levantan la vista.
—¿A qué te refieres?
Alice desliza un dedo sobre el documento impreso y señala una parte en la que debería haber un punto más.
—En esta reunión se planteó que, si en un mes luego de la firma la banda no es aprobada por el sistema como grupo y cada miembro individualmente como artista, el contrato se considerará nulo ¿verdad?
Las expresiones en la otra parte de la mesa cambian sutilmente. No lo habían agregado.
—No es una práctica común incluir algo así en contratos de nuevos artistas —comenta uno de los abogados, con el tono paciente de quien pretende que el otro no entiende la industria.
Alice le sostiene la mirada sin parpadear.
—No somos artistas comunes.
El peso de la afirmación es irrefutable.
Sé que Nakamura lo entiende, porque suspira suavemente, como si supiera que está perdiendo margen de negociación.
—Lo agregaremos.
Anoto otro punto en mi cabeza. Hemos ganado. Pasan unos minutos más con ajustes menores, con correcciones que ya no son batallas sino simples formalidades.
Cuando la reunión termina, el equipo legal de OWC nos informa que tardarán aproximadamente una hora en redactar la versión final del contrato. Nos llevan a una sala de descanso para artistas, un espacio amplio y moderno con sofás cómodos y una zona de refrigerios que, por lo que entiendo, es compartida por todos los talentos que están bajo el sello de la compañía. Lo que para mí es simplemente un área de espera, para Akari es la antesala del Olimpo.
En cuanto entramos, la contención que mantuvo durante toda la negociación se desmorona en cuestión de segundos. Sus ojos recorren la sala con la precisión de un depredador que acaba de encontrar a su presa.
—No puede ser. —Akari me agarra del brazo con una fuerza absurda, pero su mirada está fija en un grupo de personas al otro lado de la habitación—No. Puede. Ser.
No sé a qué se refiere hasta que empieza a señalar con emoción contenida.
—¡Ese es Hayato Renji! ¡Y allí está Keisuke Fujiwara! ¡Dios santo, ¿es Riku Hoshino?! ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?
No tengo la más mínima idea de quiénes son. Son solo tipos bebiendo café, probablemente parte de la gran maquinaria de idols y artistas que OWC maneja como si fueran productos perfectamente envasados para el consumo masivo. Hasta hoy, la industria del entretenimiento me ha parecido completamente irrelevante. No sé quién lidera los charts, no me importan los rankings de popularidad ni las boybands del momento. Pero para Akari, esto es como abrir la puerta de un templo sagrado y encontrar a los dioses del pop en su hora de descanso.
Alice la observa con una media sonrisa, divertida ante su reacción.
—Tranquila. En cuanto firmemos el contrato y estemos aquí casi todos los días, te vas a hartar de verlos.
Akari se gira hacia ella con horror genuino.
—¡¿Cómo podrías hartarte de ver a Hayato Renji en persona?! ¿Sabes cuántas veces me vi su último concierto en el Tokio Dome?
Alice se encoge de hombros con total indiferencia y toma un sorbo de café, como si el fanatismo de Akari no estuviera descontrolándose frente a sus ojos.
Yo, en cambio, me quedo en silencio, procesando lo que acaba de decir.
"En cuanto firmemos el contrato y estemos aquí casi todos los días."
Eso significa que Alice va a tener mucho menos tiempo libre del que tiene ahora. OWC quiere que Irohanabi entre en su programa de formación para artistas, lo que básicamente implica que van a tratarlos como idols en entrenamiento. Clases de baile, técnicas para conectar con el público, entrenamiento vocal, estrategias de marketing… todo lo necesario para convertirlos en productos perfectos de la industria. Alice va a pasar horas en estas instalaciones, lejos de Nitto, lejos de la biblioteca, lejos del dojo donde entreno kendo, lejos del tatami donde siempre está cuando peleo, mirándome como si lo que hiciera fuera digno de ser admirado.
Lejos de mí.
No soy parte de esta ecuación. Soy el representante legal del grupo. Mi trabajo termina en cuanto firmen el contrato, lo que significa que, en menos de una hora, si todo sale bien, ya no tendré nada que hacer aquí. La próxima vez que me necesiten será cuando haya que renegociar el contrato. Si es que para entonces Irohanabi no ha conseguido un abogado de verdad.
Alice va a estar rodeada de idols masculinos durante todo el día. Idols masculinos que van a querer estar cerca de ella, no solo porque es hermosa, sino porque potenciar sus carreras al lado de la heredera de Carter Corp. es un movimiento estratégico. OWC sabe que una relación entre dos talentos emergentes es rentable. No importa si es real o no. Y Alice, con su apellido, con su presencia, con su carisma natural, es la mejor opción posible para cualquier artista que quiera asegurarse un futuro brillante.
Idols masculinos que, si soy completamente honesto, son probablemente más atractivos que Kougami. Y eso es un problema.
Porque Kougami es objetivamente considerado de los tipos más atractivos de Nitto. Lo sé. No soy ciego. Akari y Hinata —y un montón de chicas más— lo acosan en el gimnasio solo para verlo entrenar. Si incluso Kougami tiene ese efecto en las idiotas de la academia, ¿qué puedo esperar de los tipos que OWC selecciona y entrena específicamente para ser perfectos?
Alice no va a estar en la biblioteca. No va a verme entrenar. No va a acostarse en mi cama como si fuera su hogar. No va a pasar horas jugando con Dime ni perdiendo el tiempo en conversaciones sin sentido que de alguna manera siempre terminan siendo importantes.
Va a ser lo que siempre imaginé que sería tener una novia.
Cuando era más joven, cuando pensaba en cómo sería una relación, siempre asumí que sería algo estructurado. Salidas ocasionales, conversaciones lo suficientemente largas como para conocerse, pero sin perder demasiado tiempo, la cantidad justa de afecto físico para considerar que todo avanzaba en la dirección correcta. Algo estable. Algo funcional. Algo que eventualmente llevaría al matrimonio con la pareja adecuada.
Nada como lo que tengo con Alice.
Nada como la manera en que ella llena cada espacio, en que se cuela en cada rutina hasta que se vuelve parte de mi día sin que me dé cuenta. Nada como la forma en que me mira cuando entreno, con esa devoción descarada que me hace querer ser mejor solo para que siga mirándome así. Nada como la manera en que se mete en mi cama sin pedir permiso, como si tuviera derecho a estar ahí, como si fuera el lugar al que pertenece. Nada como la intensidad con la que nos besamos cuando sabemos que no hay tiempo, que tenemos que separarnos, pero ninguno quiere hacerlo.
Alice no va a tener tiempo para nada de eso.
Cuando los llaman para regresar a la sala de reuniones, me pongo de pie con la misma calma de siempre. La pantalla frente a mí muestra la versión digital del contrato. Lo reviso con la precisión meticulosa con la que he hecho todo este trabajo. Busco cada cláusula, cada detalle. Me aseguro de que todo esté exactamente como lo negociamos.
Está perfecto.
Alice toma el bolígrafo y firma primero. Akari la sigue con una sonrisa enorme. Luego Souta, Haruto y Kaede.
Y cuando todo está hecho, cuando OWC nos da la bienvenida formalmente, cuando sé que mi trabajo ha terminado, Alice se gira para mirarme y sonríe con esa luz en los ojos que siempre tiene cuando está a punto de comenzar algo nuevo.
—Lo logramos, Nobu.
Asiento con un leve movimiento de cabeza.
Sí. Lo lograron. Y yo acabo de perderla un poco más.
Alice
Cuando Nakamura dice que ahora nos tienen que preparar para la foto oficial, sé que no hay escapatoria. No estoy segura de qué esperaba que pasara después de firmar el contrato, pero definitivamente no era esto. Nos llevan directo a la zona de estilistas como si fuéramos ganado en fila, y en el proceso, Nakamura se gira hacia Ginoza con su calma habitual.
—Los llamaremos cuando el grupo esté listo para la sesión. Puede venir a verla si lo desea.
Ginoza apenas tarda un segundo en responder.
—Iré.
No sé por qué me sorprende. En teoría, su trabajo ya terminó, pero supongo que no va a irse sin asegurarse de que todo esté en orden. Es típico de él. Aun así, cuando nuestras miradas se cruzan, algo en su expresión me dice que esto no es solo cuestión de responsabilidad.
Pero no hay tiempo para pensar en eso. Porque en el segundo en que cruzamos las puertas de la zona de estilistas, nuestra existencia deja de ser nuestra.
Un ejército de gente se nos viene encima. Estilistas, asistentes, maquilladores, personas que nos escanean de arriba abajo con la precisión de cirujanos antes de empezar a separarnos como si fuéramos proyectos de restauración en un museo. Akari se deja llevar con emoción, Kaede sigue el proceso con la paciencia de quien ya asumió su destino, Souta y Haruto parecen incómodos, pero al menos se resignan. Yo, en cambio, siento que acabo de meterme en una trampa de la que no voy a salir.
Antes de que pueda hacer algo, dos personas se presentan frente a mí con sonrisas listas para la televisión.
—Soy Itsuki —dice el chico, que no parece mucho mayor que yo, quizás veinte, veintiuno a lo sumo. Su cabello es decolorado y alborotado con la precisión caótica que solo los estilistas pueden manejar—A partir de ahora, trabajaré contigo en cada preparación importante.
—Y yo soy Saya —interviene la chica, con una energía demasiado entusiasta para mi gusto—Es un honor ser la estilista de una Carter.
Ya la detesto.
No hago ningún esfuerzo en ocultarlo, pero ella ni siquiera parece notarlo. Su sonrisa es tan plástica que podría ser un accesorio.
—Trabajaremos codo a codo de ahora en adelante —continúa Saya, con esa voz melosa que me pone los nervios de punta—Cuando haya que prepararte para conciertos, entrevistas, sesiones de fotos, lo que sea necesario. Así que podemos considerarnos casi amigos.
—No recuerdo haber pedido amigos nuevos —respondo sin emoción, pero eso no la detiene. Saya se ríe como si acabara de decir algo adorable y me toma de los hombros con demasiada familiaridad.
—Eres divertida.
Me esfuerzo por no poner cara de fastidio, pero no estoy segura de lograrlo. Itsuki, por otro lado, parece más relajado, como si esto fuera solo otro trabajo. Lo prefiero.
Me sientan en una estación y las siguientes dos horas son una pesadilla de conversaciones forzadas. Los estilistas hablan y hablan, y yo intento hacerme la muerta para ver si me dejan en paz, pero no funciona. Saya especialmente parece convencida de que este es el mejor día de su vida y que necesitamos compartir cada maldito detalle.
—Tu cabello tiene un color precioso ahora —comenta, pasando los dedos por los mechones sueltos. Mi cabello es castaño oscuro con reflejos cobrizos porque el tinte negro casero que me hice está desvaneciéndose—Pero podemos hacer que se vea aún más sofisticado.
No me dan opción. Cuando terminan, mi cabello es el mismo pero mejor. Como si nunca hubiera cometido el error de teñírmelo yo misma en el baño de la mansión Carter. Me veo… más pulida, más perfecta. Como si realmente perteneciera a este lugar.
—Tu perfume es increíble —dice Saya en algún momento, mientras me hacen las uñas con un tono nude que nunca habría elegido por mí misma.
—Es el perfume insignia de la familia Carter —respondo, sin darle importancia.
Saya se emociona como si acabara de revelar la clave para la paz mundial.
—¡Entonces deberías traer una botella para tener aquí en OWC! Es parte de tu imagen.
Me detengo y la miro con el cansancio de quien ha peleado demasiadas batallas en el mismo día.
—En OWC no soy Alice Carter. Soy Ari, la guitarrista de Irohanabi. Y Ari no usa el perfume insignia.
Desde otra estación, Akari interviene con su tono burlón habitual.
—No seas tan dramática, Alice.
Sé exactamente por qué lo dice.
Pretender que puedo separar a Alice Carter de Ari es una ilusión ridícula. La empresa sabe quién soy. El mundo sabe quién soy. No importa cuánto me esfuerce, nunca podré deshacerme del peso de mi apellido.
Pero eso no significa que vaya a rendirme tan fácil.
Cuando terminan con mi cabello, maquillaje y uñas, llega el momento de la ropa. Saya está más emocionada que nunca.
Nos visten a todas con el mismo conjunto: un pantalón de traje negro, stilettos igualmente negros, una blusa blanca y un blazer de color. A mí me dan uno morado, a Akari rojo, a Kaede azul.
—Esto es elegante, Alice —dice Akari, ajustándose el puño de su blazer con un aire de satisfacción—Te ves increíble.
No respondo. No porque no sea cierto, sino porque me cuesta reconocerme en el espejo.
A los chicos los visten de manera similar, pero con pantalón, camisa y zapatos negros. El blazer de Souta es amarillo, el de Haruto, verde. Nos ponen accesorios, pulen cada detalle hasta que nos vemos como si fuéramos versiones mejoradas de nosotros mismos.
No sé cómo sentirme al respecto.
Cuando finalmente nos llevan al set para la sesión de fotos, noto que todo se siente diferente. No somos los mismos que entraron en la sala de reuniones hace unas horas. Nos hemos transformado en algo más, algo que no sé si me pertenece todavía.
Souta, que rara vez se preocupa por su apariencia, se pasa una mano por el cabello con una mueca incómoda.
—Nos vemos ridículamente bien.
Akari le da un codazo con una sonrisa radiante.
—Bienvenidos a la gran liga.
Kaede no dice nada, pero su mirada es calculadora, analizando cada ángulo, cada detalle. Haruto, por su parte, simplemente se encoge de hombros con su actitud tranquila de siempre.
Nos posicionan para la foto. Las luces se encienden, los fotógrafos nos dicen cómo colocarnos, qué expresión tener.
Y entonces, de repente, lo entiendo. Esto es real.
No somos solo un grupo de estudiantes tocando en una sala de ensayo. No somos solo un grupo de amigos jugando a ser músicos.
Ahora somos Irohanabi. Y no hay vuelta atrás.
Itsuki Tanaka
Lo primero que pensé cuando Nakamura me asignó a Irohanabi fue: genial, otra banda viral que va a durar lo mismo que una tendencia. Estaba seguro de que no me iban a sorprender. Una heredera como líder —probablemente insufrible, probablemente llena de caprichos, probablemente sin talento— y un grupo de adolescentes con más presencia en redes que experiencia real. No tenía tiempo para otra colección de promesas vacías con deadline emocional. Ya tuve suficientes estrellas en ascenso que terminaron estrelladas en mi agenda de 2100.
Así que no me hice ilusiones. Preparé el kit básico, llevé dos botellas de agua con electrolitos, el perfume neutralizador por si la energía se volvía insoportable, y una sonrisa ensayada que podía desactivarse en tres segundos si detectaba idiotez irreversible.
Y ahí estaba ella.
El ícono, el problema.
Alice Carter.
La chica que se supone que iba a liderar una banda con actitud. Que tenía apellido, talento y la atención de medio Japón… y que no podía disimular ni una pizca de fastidio.
Antes de que pudiera organizar mis primeras impresiones, Saya se adelantó con la energía de siempre —demasiada— y una sonrisa que ya estaba cinco tonos por encima del nivel permitido.
—Soy Itsuki —dije, como quien lanza una advertencia disfrazada de presentación. Mi tono fue neutral, profesional. Nada de entusiasmo. Nada que pudiera interpretarse como adoración ciega—. A partir de ahora, trabajaré contigo en cada preparación importante.
Saya, por supuesto, no pudo resistirse a agregar su propia introducción, con el entusiasmo de una presentadora de concursos.
—Y yo soy Saya. Es un honor ser la estilista de una Carter.
Su voz tenía esa dulzura empalagosa que provoca alergia en la gente con gusto. Yo ya había empezado a anotar mentalmente cuánto tiempo iba a tardar Alice en detestarla.
La respuesta no se hizo esperar.
—Trabajaremos codo a codo de ahora en adelante —continuó Saya, ignorando cualquier señal de incomodidad como quien ignora un semáforo en rojo—. Cuando haya que prepararte para conciertos, entrevistas, sesiones de fotos, lo que sea necesario. Así que podemos considerarnos casi amigos.
—No recuerdo haber pedido amigos nuevos —dijo Alice, con una serenidad demoledora.
Internamente, me arrodillé.
Saya, claro, se rio como si acabara de escuchar una anécdota encantadora.
—Eres divertida.
Yo no dije nada. Todavía. La estaba observando. Estaba midiendo el margen entre diva en construcción y desastre desinteresado. La postura: aceptable. El tono de voz: perfecto. El lenguaje corporal: defensivo, pero elegante. No estaba intentando caerle bien a nadie, y en este lugar, eso ya era un acto revolucionario.
La sentaron en la estación y comenzó la tortura estándar. Cabello, uñas, maquillaje, escaneos. Saya hablaba sin parar. Alice estaba en modo piedra. Literalmente. Parecía una escultura tallada en dignidad y resignación.
Y yo sabía que, si Saya seguía cinco minutos más, la íbamos a perder. Alice ya nos había archivado a todos en la carpeta de "gente que no escucho" y yo, por asociación, estaba en riesgo.
—Tu cabello tiene un color precioso ahora —comentó Saya, pasando los dedos por los mechones aún húmedos—. Pero podemos hacer que se vea aún más…
No digas sofisticado, no digas sofisticado, no digas sofisticado...
— sofisticado.
Lo dijo.
Alice no respondió. No necesitaba hacerlo. Su cara hablaba por ella.
Y yo me moví.
Me acerqué por detrás, aparté suavemente las manos de Saya de su cabeza, como quien reacomoda una pieza de porcelana que alguien está a punto de romper.
—Saya —murmuré, sin necesidad de elevar el tono—. Déjame esto.
Ella parpadeó.
—¿Estás seguro?
La miré.
—Completamente.
Saya retrocedió con una sonrisa profesional y se fue a ocuparse de Akari, que, para su fortuna, adoraba toda esta producción como si fuera una princesa en un especial de temporada.
Me giré hacia Alice.
—¿Te molesta el perfume del aerosol? —pregunté, sin adornos.
Ella negó con la cabeza.
—¿Te gustan las puntas rectas o con ligera caída?
—Rectas.
—Bien.
Y trabajamos.
En silencio.
No porque no hubiera nada que decir, sino porque ya estaba todo dicho.
No sé cuándo fue que sentí el cambio. Quizás fue cuando pasé el peine por su cabello con el mismo respeto con el que un restaurador toca un lienzo. O cuando dejé que su perfume me alcanzara, ese aroma que no había sido diseñado para seducir, sino para quedarse. Manzana caramelizada, frambuesa madura, y algo más que no podía identificar pero que sabía que no iba a olvidar.
—Tu perfume es increíble —dijo Saya desde el fondo, aun insistiendo en participar.
—Es el perfume insignia de la familia Carter —respondió Alice, como si le hablara a una pared.
—¡Entonces deberías traer una botella para tener aquí en OWC! Es parte de tu imagen.
Alice se detuvo. La vi girar lentamente, con esa expresión que solo una Carter puede tener cuando está por poner en su lugar a alguien sin levantar la voz.
—En OWC no soy Alice Carter. Soy Ari, la guitarrista de Irohanabi. Y Ari no usa el perfume insignia.
Silencio.
Saya se encogió en su entusiasmo. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, sonreí.
Ella era real. Era cruda. No tenía el barniz social que todos esperaban de una heredera. No estaba intentando agradar. Estaba intentando no explotar.
Y yo supe, en ese momento, que si no la perdíamos, si sobrevivíamos al marketing, al protocolo y a Saya, íbamos a lograr algo.
—Ari, entonces —dije, terminando de alisar su flequillo con un gesto suave—. ¿Te molesta si lo acomodo hacia la izquierda? Marco menos el rostro y da más ángulo para cámara.
Me miró por el espejo. Por un segundo, creí que me iba a mandar al diablo.
—Está bien. Pero no me pongas rubor.
—Ni loco —respondí, y vi la comisura de su labio subir, apenas.
El primer resquicio.
La primera grieta en la armadura.
Continuamos en silencio, lo justo para que Saya no intentara retomar la conversación desde el otro lado del salón. No porque no pudiera manejarla —he trabajado con estrellas más temperamentales que un bulldog sin siesta—, sino porque sabía que Alice necesitaba ese silencio como quien necesita oxígeno. No para calmarse, sino para mantenerse entera.
Ajusté el ángulo del espejo. No para ella, para mí. Necesitaba ver lo que estaba haciendo con más detalle, pero también… necesitaba observarla sin que lo notara directamente. La forma en que se obligaba a no tensar la mandíbula cuando alguien la tocaba, cómo miraba su reflejo sin pestañear, sin evaluarse como "bonita" o "lista para cámara", sino como si estuviera leyendo un informe de situación. Toda ella era una barricada, una de esas perfectamente construidas, sin una costura suelta, sin una grieta a la vista.
Y sin embargo, justo cuando terminé de peinar su cabello hacia la izquierda, justo cuando me alejé un paso para ver cómo caía la línea de su flequillo sobre la frente, Alice habló.
—¿Y tú?
—¿Yo qué? —respondí, sin apartar los ojos de su reflejo.
—¿También me vas a decir que debería sonreír más? ¿Ser más amable? ¿Hacerme más vendible?
Me detuve. No porque no supiera qué decir, sino porque… no quería mentirle.
—No —dije, al fin, con honestidad quirúrgica— Yo solo quiero que sobrevivas.
Ella alzó la vista, esa mirada miel afilada con la que debe haber sacado de quicio a más de un ejecutivo.
—¿Sobrevivir qué?
—A ellos —respondí, señalando vagamente con el mentón al resto de la empresa, las cámaras, las luces, las expectativas disfrazadas de oportunidades— A esto.
El espejo nos devolvía una imagen demasiado bien hecha. Su piel sin imperfecciones, el brillo exacto en los labios, la sombra colocada con precisión para no parecer evidente. Pero sus ojos… sus ojos seguían siendo suyos. Exhaustos. Orgullosos. Reacios a rendirse.
—No necesito que me protejan —dijo, con voz baja.
—No —asentí—. Pero necesitas que alguien te recuerde que no tienes que pelear todas las batallas sola.
Ella bajó la mirada. No como quien se rinde, sino como quien anota algo para usar después.
—Has trabajado con otras chicas antes, ¿no?
—Sí.
—¿Y?
—La mayoría terminaron convertidas en productos. Algunas en fantasmas. Y las que sobrevivieron… bueno, ninguna era tú.
Alice apretó los labios, sin expresión.
—Entonces ya decidiste que soy especial.
—No, Ari. Decidí que no voy a dejar que te rompan solo porque eres distinta.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Saya, gracias al universo, estaba entretenida con Akari, que ya posaba frente a su propio espejo como si hubiera nacido para estar frente a una cámara. En otra estación, Kaede discutía con una asistente de vestuario sobre el tipo de botón apropiado para un blazer de gala. El resto de Irohanabi se dejaba manejar con diversos grados de resignación.
Pero Alice seguía ahí, rígida y todavía incómoda.
Terminé de perfilar los mechones laterales de su cabello y recogí una pequeña horquilla plateada que había dejado a un lado.
—Voy a usar esto —dije—. Solo para sostener un poco el marco. No te va a doler.
Ella asintió sin decir nada, y cuando me acerqué para fijarla en su lugar, sentí cómo exhalaba, apenas, como si todo su cuerpo cediera un milímetro.
—¿Qué esperas de mí, Itsuki?
Su pregunta me tomó por sorpresa. No porque no la viera venir, sino porque nunca pensé que me la haría tan pronto.
Terminé de asegurar la horquilla antes de contestar.
—Que no seas perfecta —respondí—. Solo real. Pero con estilo.
Ella se rio. Baja, suave, casi con incredulidad.
—¿Y si eso no es suficiente?
Levanté una ceja. Me apoyé en el respaldo de la silla, cruzando los brazos, y la miré directamente a través del espejo.
—Entonces los hacemos arder.
Alice se giró levemente, sin dejar de mirarme.
—¿Contigo?
—Claro. —Sonreí—. Soy muy bueno en eso.
Ella me miró un segundo más. Y luego asintió, con la seguridad de alguien que acababa de elegir a su compañero de crimen.
No lo dijo en voz alta. No tenía que hacerlo. Pero en ese momento, mientras Saya chillaba algo sobre "colores de temporada" al fondo y un fotógrafo preguntaba por la paleta de luces, Alice Carter decidió que yo iba a ser suyo.
Su estilista. Su aliado. Su cómplice.
Y si tengo que elegir una musa que me arrastre al infierno, que sea ella. Porque si va a arder, quiero estar ahí para vestirla mientras lo hace.
Ginoza
Cuando Nakamura me llama al set, camino con calma, sin prisa, sin demostrar ninguna emoción particular. Sin embargo, en cuanto llego y veo a Irohanabi saliendo del área de estilismo, sé que hay algo que ya me molesta. No sé exactamente qué es al principio, pero cuando reparo en los colores que les han asignado, lo comprendo de inmediato.
Alice es el morado. Haruto el verde oscuro. Kaede el azul, Souta el amarillo y Akari el rojo. Es tan predecible que casi me ofende, como si hubieran decidido asignarles personalidades basadas en una teoría del color que cualquier estudiante de diseño podría haber armado en diez minutos. Incluso alguien como yo, que nunca ha pensado demasiado en la armonía de colores, puede notar que la intención es construir una imagen específica para cada uno.
Quizás se supone que Alice sea la misteriosa, la que no se muestra completamente, la que mantiene cierto aire inalcanzable. Haruto, con su verde profundo, probablemente encaje en el rol del callado, el pensativo, el de presencia serena. Kaede, azul, la meticulosa y precisa, la estratega, Souta el amarillo, el enérgico, el alma del grupo, Akari en rojo, la apasionada, la chispa. Todo es tan obvio que me resulta molesto, pero al menos han tenido la decencia de elegir colores que realmente les quedan bien.
El fotógrafo los acomoda en formación, los hace posar juntos y luego por separado, cada uno en distintos ángulos y posturas. Alice sigue las instrucciones sin quejarse demasiado, pero no está cómoda. Su lenguaje corporal la delata, su rigidez en las poses, la forma en que cada vez que la obligan a cambiar de expresión necesita un segundo más que los demás para adaptarse. No está hecha para esto, para fingir, para adaptarse a una imagen prefabricada sin cuestionarla.
En un momento, nuestros ojos se encuentran. Es un instante fugaz, un reconocimiento silencioso en medio de todo este montaje. Alice me ha dicho muchas veces que mis ojos verdes van a matarla, siempre con esa mezcla de adoración y burla que la caracteriza, pero ahora su mirada es distinta. No hay ironía, no hay provocación. Es genuina, como si en este momento se olvidara de dónde estamos y solo me viera a mí. El flash de la cámara estalla en su rostro y el instante se rompe en mil pedazos.
El fotógrafo parece satisfecho, incluso emocionado. Dice que fue una toma perfecta, que la expresión de Alice fue exactamente lo que querían. No sé si eso es cierto o si simplemente está tan acostumbrado a encontrar significado en cada imagen que ya ni siquiera se cuestiona si es real. La sesión sigue, cada uno tiene que posar con su instrumento, lo cual, en teoría, debería hacer que Alice se relaje, pero en su caso, solo empeora las cosas.
A Souta lo llevan a otra sección del set, donde una batería lo espera, pero el resto tiene que conformarse con instrumentos proporcionados por OWC. Kaede, Akari y Haruto aceptan sin problema, pero cuando traen la guitarra de Alice, sé que algo va a salir mal. Es una Gibson Les Paul exactamente igual a la suya, la misma forma, el mismo color, pero sin la pegatina en forma de yin-yang de gatos que brilla en la oscuridad.
Alice la mira con una expresión de absoluta incredulidad. No es su guitarra. No es su instrumento. No es su identidad.
—No quiero sacarme fotos con esto —dice, sin molestarse en suavizar su tono.
Nakamura interviene antes de que la situación escale.
—Alice, a partir de ahora seguirás tocando con tu Gibson de toda la vida en los conciertos y grabaciones. Pero para las fotos, usaremos una sin pegatina. Ya sabes cómo han sido las controversias en redes.
Alice se cruza de brazos y lo mira sin pestañear.
—Será solo en esta sesión. Por contrato, tengo derecho a decidir sobre mi imagen.
Me gusta que no ceda. No sonrío, no muestro ningún gesto de aprobación, pero me agrada que mantenga su postura. Nakamura tampoco insiste, lo cual significa que sabe que Alice tiene razón. Pero al final, acepta tomarse las fotos con la guitarra prestada, aunque cualquiera que la conozca lo suficiente puede notar que lo hace a regañadientes.
El problema real viene después.
El fotógrafo le indica que adopte una postura más relajada, que incline la cabeza de cierta forma, que baje los párpados solo un poco. No tarda mucho en ser evidente lo que intenta hacer. Quiere que Alice luzca sensual. No lo dice explícitamente, pero la intención está clara en cada instrucción que le da, en cada comentario sobre cómo su expresión debería ser "más intensa".
Alice ni siquiera lo piensa.
—No.
El fotógrafo parpadea, sorprendido por la negativa directa.
—Alice, solo intenta—
—No.
El tono de Alice no deja espacio a la discusión, pero el fotógrafo duda, como si no estuviera seguro de si tiene derecho a insistir. Antes de que intente algo más, intervengo con la voz lo suficientemente firme como para que todos en el set me escuchen.
—Por contrato, pueden negarse a hacer poses con las que no estén cómodos.
El fotógrafo no discute. Nakamura tampoco. Es un punto que ya está cerrado, y aunque Alice no me mira, sé que sabe que estuve atento. La sesión continúa sin más problemas, pero el malestar no se disuelve del todo.
Cuando finalmente terminan, cuando las luces se apagan y los flashes dejan de cegarla, Alice baja la guitarra con una expresión que no necesita palabras.
Esto es solo el comienzo. Y lo sabe.
Akari
Nací para esto.
Desde el momento en que los flashes comienzan a iluminarme, sé que pertenezco aquí. La luz me encuentra y yo la devuelvo con una sonrisa radiante, con la seguridad de quien sabe que la cámara la adora. Puedo sentir el calor de los reflectores sobre mi piel, el peso delicioso de la mirada de todos puestos en mí, el click constante de la cámara capturando cada pose, cada gesto, cada momento en el que soy la protagonista.
Poso como si hubiera hecho esto toda mi vida. Porque, en cierto modo, lo he hecho. Siempre supe que estaba destinada a brillar. Siempre fui la primera en subir al escenario en cualquier festival, la que organizaba coreografías en la primaria, la que se probaba vestidos frente al espejo imaginando cómo se verían en la portada de una revista. No hay nada más natural para mí que esto.
Cuando el fotógrafo me pide que cante, no dudo ni un segundo. Abro la boca y dejo que la voz fluya, no importa que no haya un micrófono ni música de fondo, porque la cámara no necesita sonido, solo la ilusión de él. Me muevo con la melodía invisible, mis labios forman palabras que nadie puede escuchar pero que se sienten. Mi cuerpo sigue el ritmo, mis manos se elevan, mis ojos reflejan emoción. Cantar es mi lenguaje, y la lente lo entiende a la perfección.
—Increíble, Akari —dice el fotógrafo, casi maravillado.
Por supuesto que lo es.
Cuando me piden sensualidad, la entrego sin reservas. Juego con las expresiones, con la mirada, con la postura de mi cuerpo. Un leve arqueo de la espalda, un toque de los labios con la yema de los dedos, una inclinación perfecta del cuello. No es exagerado, no es burdo. Es arte, es precisión. Sé exactamente qué ángulo funciona mejor, cómo girar la cabeza para que mi cabello caiga de la manera justa, cómo entrecerrar los ojos para sugerir sin mostrar demasiado.
Estoy en control absoluto.
Y la cámara me ama.
Cada vez que el flash estalla, sé que estoy inmortalizando un momento perfecto. No hay nervios, no hay dudas. Solo la seguridad absoluta de que nací para brillar, para que el mundo me mire, para que cada fotografía cuente una historia donde yo soy la estrella.
Y esto es solo el principio.
Ginoza
El grupo sale del edificio de OWC en autos polarizados, una medida que pretende evitar que la prensa capture imágenes de ellos después de la firma. Es una estrategia lógica, casi obvia, diseñada para mantener el control sobre la narrativa. No se les verá desordenados después de una sesión agotadora, no habrá fotos incómodas ni especulaciones innecesarias. Todo estará perfectamente calculado hasta que la empresa decida lo contrario.
El auto en el que Alice y yo viajamos avanza sin prisa por las calles iluminadas de Tokio hasta detenerse frente a la mansión Carter. No hace falta que nadie nos anuncie, los drones de seguridad ya han registrado nuestra llegada y las puertas se abren sin demora. Entramos en silencio, cruzando el vestíbulo sin una palabra, dejando atrás el mundo perfectamente diseñado de OWC y adentrándonos en este otro espacio, igual de imponente, igual de controlado.
Alice sigue vestida como en la sesión de fotos. Su cabello está perfectamente peinado, su maquillaje intacto, la ropa ajustada a su cuerpo con una precisión milimétrica. Se ve como una artista, como alguien que ha sido moldeado para encajar en la industria del entretenimiento. Es Alice, pero al mismo tiempo no lo es.
Intento convencerme de que todo esto está bajo control. No hay razón para estar molesto. Alice está logrando lo que quería, firmó con una de las compañías más grandes de la industria, tendrá oportunidades que la mayoría de los artistas ni siquiera pueden soñar. Todo esto es positivo, beneficioso. No hay motivo para sentir esta incomodidad que se instala en mi pecho, esta sensación de que algo está cambiando demasiado rápido y que no puedo hacer nada al respecto.
Los drones de servicio, programados para anticiparse a cualquier necesidad, preparan un tentempié. A los quince o veinte minutos de estar sentados en el sofá de la sala de estar, aparecen con una bandeja perfectamente organizada. Una selección de bocadillos delicados, una tetera humeante, tazas de porcelana fina. Alice toma su taza con la misma calma de siempre, sin apuro, sin incomodidad, como si todo esto fuera una noche cualquiera y no el primer día del resto de su vida.
El silencio es absoluto.
Alice bebe su té con elegancia estudiada, como si estuviera acostumbrada a que la observen incluso en los momentos más simples. Yo no toco nada. No tengo hambre, no tengo sed, no tengo paciencia para pretender que este momento no está pesando sobre mí más de lo que debería.
—Comenzamos fuerte —dice Alice finalmente, rompiendo el silencio con un tono que no sé si es una afirmación o una invitación a responder.
No sé qué decir.
Podría estar de acuerdo, asentir y dejarlo así. Podría decirle que fue una jornada productiva, que ahora todo lo que viene es aprendizaje y crecimiento, que lo ha hecho bien. Pero las palabras no salen, porque todo eso, aunque cierto, no es lo que realmente estoy pensando.
Alice me observa por encima del borde de su taza y deja que el silencio se prolongue unos segundos más antes de volver a hablar.
—¿Pasa algo?
No respondo de inmediato. No quiero arruinarle esto, no quiero ser yo quien le ponga peso a un día que, para ella, debería sentirse como una victoria. No quiero decirle lo que realmente estoy pensando, que todo esto me resulta demasiado, que la idea de verla inmersa en el mundo de OWC, rodeada de personas que van a moldearla a su conveniencia, me inquieta más de lo que quiero admitir.
Pero Alice nunca se queda con el silencio.
—Nobu. —Su voz es más suave esta vez, pero no menos firme—¿Qué te pasa?
Sus ojos me buscan, exigiendo una respuesta, y sé que, si no le digo algo ahora, no va a dejarlo pasar. Así que elijo la verdad más inofensiva que puedo encontrar, la que no encienda alarmas ni provoque preguntas más profundas.
—Solo… no pensé que la imagen de la banda estaría tan planeada desde el inicio.
Alice me observa con atención, sopesando mis palabras, analizando si es una verdad sincera o solo un desvío calculado. No sé si le basta como respuesta, pero asiente levemente y vuelve a tomar un sorbo de su té.
Por ahora, es suficiente.
