Alice

No me toma mucho tiempo hacer mi habilitación individual como artista. Es algo que sabía que tendría que hacer tarde o temprano, así que decido sacármelo de encima cuanto antes.

El sábado por la mañana me visto sin demasiada preocupación. Jeans gastados que encontré entre las cosas de Naomi, no rotos, pero con ese desgaste natural que los hace cómodos, una camiseta negra simple y una camisa de franela azul con negro que dejo abierta. Zapatillas negras en los pies. Nada llamativo. Me cargo la Gibson Les Paul a la espalda, asegurándome de que la correa esté bien ajustada, y salgo sin hacer demasiado ruido.

El tren no está lleno a esta hora, pero tampoco vacío. Apenas subo, noto las miradas. No son muchas, pero están ahí. Escucho murmullos entrecortados flotando en el aire, como susurros que intentan no ser evidentes pero que terminan siéndolo de todas formas.

¿Es Ari?

Sí, de Irohanabi.

Nunca antes me habían reconocido. No de esta forma, no con esta facilidad. Sé que es un efecto de la firma con OWC, de la sesión de fotos, de todo lo que está ocurriendo a una velocidad que todavía no he terminado de procesar. Pero escucharlo en tiempo real, en el tren, entre extraños que apenas me miraban hace una semana, es diferente.

Me pregunto si debería dejar de tomar el tren.

La idea me incomoda. Me gusta la rutina de moverme por la ciudad, de ver rostros al azar, de sentir que no estoy atrapada en una burbuja. Pero si esto sigue creciendo, si la gente empieza a acercarse más, a ser menos discreta, no voy a poder evitarlo.

El viaje hasta la dependencia más cercana del Ministerio de Bienestar es corto. No es un lugar que haya visitado muchas veces, pero es fácil de reconocer, con su arquitectura minimalista y la eficiencia fría que caracteriza a todos los edificios gubernamentales en esta ciudad. Al llegar, hago el check-in en una de las estaciones de autoservicio. No hay humanos en el proceso. No hay colas, no hay formularios en papel, solo pantallas que escanean mis datos y me indican dónde debo esperar.

La sala de espera es blanca, impersonal, con asientos alineados en perfecta simetría. No pasa mucho tiempo antes de que una notificación en mi terminal me indique que pase a la sala de evaluación. Cuando entro, un terapeuta ya está esperándome.

—Alice Carter.

No me sorprende que me llame por mi nombre completo. El sistema sabe exactamente quién soy. Me siento en la silla frente a él, cruzando los brazos sobre mi regazo mientras espero a que hable.

—Esto no es una evaluación en el sentido tradicional —dice con voz calmada, mientras revisa los datos proyectados en la pantalla frente a él—. En realidad, tu Psycho-Pass y todos los valores que lo componen ya determinan que tienes las aptitudes para ser artista.

Me quedo en silencio. No me sorprende. No debería sorprenderme.

—Comenzaré el pedido en el sistema —continúa—. El proceso de aprobación suele tardar unos minutos.

Lo veo deslizar los dedos sobre la pantalla táctil, enviando la solicitud con la eficiencia de alguien que ha hecho esto cientos de veces. No hay preguntas sobre mi motivación, sobre por qué quiero hacer esto, sobre cómo me hace sentir la música. Nada de eso parece importar.

Apenas pasan tres minutos cuando la notificación llega. Aprobada.

Lo miro, algo incrédula.

—¿Eso es todo?

El terapeuta asiente, sin apartar la vista de la pantalla.

—Sí.

Frunzo el ceño.

—¿No van a escucharme tocar? ¿No van a ver si realmente tengo talento? ¿No les importa si siento algo cuando toco?

Levanta la mirada por primera vez y me observa con una paciencia ensayada.

—No es una cuestión de talento. El talento es innegable en tu caso. Se trata de estabilidad mental, emocional y eficiencia. Y el único que puede medir eso es el Sistema Sibyl.

Me quedo en silencio, procesando sus palabras.

No le gusta cómo me siento cuando toco. No le importa lo que significa para mí. No tiene que escucharme ni verme. Sibyl ya lo sabe.

Asiento lentamente y me levanto.

—Gracias por su tiempo.

El terapeuta asiente en respuesta, sin emoción. Ya está pasando a la siguiente tarea, a la siguiente persona, a la siguiente evaluación sin evaluación. Salgo de la sala con una sensación extraña en el pecho, algo parecido a la frustración, pero sin la energía suficiente para convertirse en enojo.

Esto no me gusta.

Pero al menos ya está hecho. Ya tengo la aprobación. Ahora soy, oficialmente, una artista aceptada por Sibyl.

El chat de Irohanabi está más activo de lo normal. Supongo que es lógico, después de todo lo que ha pasado en los últimos días. Entre la firma del contrato y la sesión de fotos, todos tenemos demasiado en qué pensar, demasiadas cosas que asimilar.

Alice: Ya hice el trámite para la aprobación individual.

Souta: ¿Tan rápido?

Akari: ¡Bien Alice!

Haruto: ¿Cómo fue?

Me acomodo en la cama y resoplo antes de escribir.

Alice: Una porquería. No tuvieron que escucharme tocar, no les importó si realmente sé lo que hago. Solo revisaron mi Psycho-Pass, apretaron un botón y listo.

Kaede: ¿En serio?

Alice: En serio. Literalmente, lo único que importó fue que Sibyl ya sabía que era apta.

Akari: Bueno… obvio.

Frunzo el ceño.

Alice: ¿Cómo que "obvio"?

Akari: Bueno, todos en Nitto ya demostramos ser aptos para ser artistas antes de entrar.

Eso me hace detenerme un momento.

Alice: ¿A qué te refieres?

Kaede: Los consejeros nos evalúan desde la primaria. Miran nuestras aptitudes y habilidades para saber qué camino recomendar.

Souta manda un emoji de encogerse de hombros.

Souta: Sí. En realidad, el sistema ya tiene claro quién es bueno en qué desde hace años. Por eso en secundaria ya te sugieren en qué deberías especializarte.

Me quedo mirando la pantalla sin saber qué responder.

Desde la primaria, con consejeros…

A mí nadie me evaluó. Nunca nadie me recomendó qué camino tomar ni tuve reuniones con un consejero que me dijera cuáles eran mis aptitudes o qué opciones tenía.

No puedo decir eso ahora. Quizás nunca pueda.

La conversación sigue, y yo me obligo a actuar como si nada pasara.

Alice: ¿Y si alguien sin talento es aprobado?

Akari: No pasaría.

Alice: Pero… si solo miran valores numéricos y eficiencia, ¿qué pasa si alguien que no tiene habilidad real logra pasar?

Akari: Si Sibyl te aprueba, tienes talento.

Haruto: Y si no sabes hacer algo…

Akari: Para eso están lugares como OWC.

No respondo de inmediato.

Mi guitarra, mi música, todo lo que creía que era una elección, ¿ya estaba decidido antes de que yo siquiera lo supiera?

Cierro el chat sin despedirme. No puedo seguir esta conversación ahora.

Ginoza

Los días siguientes a la firma con OWC fueron… tranquilos, o al menos, lo más tranquilos que pueden ser cuando uno es parte de la vida de Alice Carter. No hubo más reuniones interminables, ni fotógrafos queriendo captar cada ángulo posible, ni estilistas intentando moldearla en algo que no es. No hubo contratos que revisar ni discusiones sobre derechos de imagen. Solo la rutina habitual de la academia, la que durante un tiempo pareció estar en peligro de desaparecer, pero que ahora regresaba con una familiaridad reconfortante.

En las materias específicas, la competencia entre Alice, Kougami y yo volvió a la normalidad, es decir, a una constante guerra fría por responder correctamente antes que los otros dos. No hay tregua en las clases, ni un instante en el que alguno de nosotros no esté esperando la oportunidad de demostrar que es el mejor. El profesor de ciencias ya ni siquiera intenta disimular su resignación ante nuestras batallas diarias, y la clase de matemáticas ha vuelto a convertirse en el espectáculo favorito de los alumnos que no entienden cómo podemos convertir cada ejercicio en una disputa personal.

Las tardes las pasamos estudiando en la biblioteca, preparándonos para los exámenes de medio término. Alice siempre aparece con comida y café, sin falta, como si fuera un ritual que no puede romperse. De alguna manera, se ha convertido en parte de la dinámica. Al principio, pensé que era por ella misma, pero después de unos días noté que traía café extra y el doble de comida para Kougami. Lo cual tiene sentido, considerando que Kougami es básicamente un pozo sin fondo cuando se trata de comer. No sé de dónde saca la energía para existir con la intensidad con la que lo hace, pero la cantidad de comida que consume explica muchas cosas.

Lo más extraño es que, a pesar de todo lo que pasó, la normalidad también regresó de otras formas. Alice sigue yendo a verme entrenar en el dojo, sentada con su mochila abierta y un libro en las manos, como si realmente estuviera estudiando en lugar de solo usarlo como excusa para observarme. No lo dice, pero sé que sigue pensando que ver kendo es una de las cosas más entretenidas del mundo. La veo esbozar una sonrisa cuando bloqueo un golpe con precisión, cuando avanzo con una estocada limpia, cuando mis movimientos son exactos. Me mira como si hubiera algo fascinante en lo que hago, como si cada desplazamiento tuviera un significado más allá de la técnica.

Incluso encontramos tiempo para pasear con Dime algunas tardes. Salimos sin destino fijo, caminando hasta que el sol se vuelve insoportable y terminamos refugiándonos en algún lugar con aire acondicionado, Dime jadeando a nuestro lado con la lengua afuera, mirando a Alice con súplica silenciosa hasta que ella le compra algo frío para beber. El calor en esta época es imposible, pegajoso, agotador, de ese tipo que se siente en la piel incluso cuando hay sombra. Pero de alguna manera, todo sigue en equilibrio.

Por ahora, al menos.

Alice

El aula de teatro huele a madera y polvo, con ese eco particular que solo tienen los espacios donde las palabras flotan antes de perderse. Estoy en el centro del escenario improvisado, respirando hondo, dejando que la última línea del monólogo se asiente en el aire. No me tiembla la voz, no me falta el aliento, no me cuesta sostener la mirada al frente. Mis músculos siguen tensos, mis dedos siguen cerrados en puños, mi pecho aún siente el peso de la emoción que acabo de proyectar.

Y entonces, los aplausos.

No es que no sean comunes en esta clase. Aplauden cuando alguien lo hace bien, cuando alguien consigue transmitir algo real. Pero no suelen aplaudirme a mí. No solían hacerlo, al menos, hasta ahora.

Los observo sin decir nada, con la mandíbula apretada, mientras algunos de mis compañeros de clase siguen golpeando las manos con entusiasmo. No me miran con desdén, no con la indiferencia que solían mostrar cuando llegué a la academia y era solo una estudiante más en la sección de arte, pero tampoco los reconozco en este repentino entusiasmo. Nunca me llevé bien con ellos. Algunos son músicos, otros son escultores, pintores, ilustradores, todos obsesionados con sus propios mundos y con poco interés en el mío. Hasta la semana pasada, apenas cruzaban palabras conmigo fuera de lo estrictamente necesario.

Pero ahora que firmé con OWC, todo ha cambiado.

Ahora prestan atención. Ahora me miran con otra intención, ahora hay sonrisas de reconocimiento cuando paso por los pasillos, como si de repente fuera digna de existir en su esfera. No me gusta.

—Eso fue increíble, Alice —dice Satsuki, una de las mejores en teatro, su voz brillante de emoción.

—Deberías hacer más escenas dramáticas —agrega Renji, que en realidad es violinista, pero tomó teatro para mejorar su presencia en el escenario.

Los demás asienten, intercambiando miradas de aprobación como si yo no estuviera ahí, como si mi existencia fuera de repente parte de una narrativa que ellos también quieren construir.

No respondo. Solo salgo del centro del aula y vuelvo a mi asiento, sintiendo el peso de sus ojos sobre mí.

Es lo mismo en otras clases. En escultura, por ejemplo, donde ya todos deberían saber que hacer grupo conmigo es prácticamente un suicidio artístico. Mi capacidad para moldear arcilla o cualquier otro material es nula, mis intentos de crear algo que no parezca salido de una pesadilla siempre terminan en fracasos memorables. Y, aun así, cuando el profesor nos indica que armemos equipos para el nuevo proyecto, Satsuki, Renji y otro chico llamado Tomoya se giran hacia mí como si de repente yo fuera la mejor opción.

—¿Te unes a nuestro grupo? —pregunta Tomoya con una sonrisa relajada.

Me quedo en silencio un momento. No quiero estar en ningún grupo, pero tampoco quiero pasar las siguientes semanas lidiando con esto.

—Saben que hacer equipo conmigo es un camino directo a tener una aberración en arcilla, ¿verdad?

Renji suelta una risa como si hubiera dicho algo gracioso.

—Seguro no es tan malo.

Es peor. Es mucho peor.

Pero al parecer, ya no importa. Porque soy Alice Carter. Porque ahora formo parte de OWC. Porque de repente, mi torpeza en escultura y mi habilidad en teatro son irrelevantes en comparación con el hecho de que mi nombre está en un contrato con la compañía de entretenimiento más grande del país.

Aprieto los labios y asiento.

Si quieren ver lo que pasa cuando me dan arcilla, no voy a detenerlos.

Cuando el profesor nos da la señal para comenzar, tomo la arcilla entre mis manos con la certeza absoluta de que esto va a terminar mal. No es que no lo haya intentado antes. De verdad me gustaría ser capaz de hacer algo decente, algo que no parezca un insulto a la humanidad y al arte en general. Pero la realidad es otra. No tengo paciencia para esto. No tengo la precisión ni el control. Todo lo que toco en escultura termina deformado, torcido, irreparable.

Renji y Satsuki están ocupados con sus propias piezas, moldeando la arcilla con facilidad, hablando entre ellos sobre proporciones y estructura. Tomoya, en cambio, me observa con algo parecido a la curiosidad. Es un buen ilustrador, uno de los mejores de la clase, pero claramente subestimó la magnitud del desastre en el que acaba de meterse.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta con tono despreocupado, mientras mueve la arcilla entre sus dedos con la naturalidad de quien sabe lo que está haciendo.

Levanto una ceja y miro la masa amorfa frente a mí.

—Voy a dejar que la arcilla decida su propio destino.

Tomoya se ríe, creyendo que es una broma. No es una broma.

Empiezo a trabajar la arcilla con la misma metodología que siempre: ninguna en absoluto. Intento hacer algo abstracto, porque al menos eso me da margen para justificar la deformidad inevitable, pero ni siquiera así se salva. Lo que en mi mente iba a ser algo vagamente inspirado en una silueta humana termina pareciendo una criatura salida de un delirio febril.

Satsuki mira de reojo y frunce el ceño.

—¿Eso es… una persona?

—Podría serlo —respondo, examinando la figura desde otro ángulo.

Tomoya ladea la cabeza, tratando de encontrarle sentido.

—¿O es un animal?

—Podría serlo también.

Renji se asoma desde su lado de la mesa, limpiándose las manos en el delantal antes de mirar mi obra con genuina confusión.

—Alice… ¿qué demonios es eso?

Miro mi creación, el desastre informe que he logrado con mis propias manos. Lo examino con toda la seriedad del mundo antes de responder.

—Un error.

El grupo entero estalla en carcajadas. Yo no.

—Es un insulto a la escultura —continúa Satsuki, cubriéndose la boca con una mano.

—Es un insulto al arte en general —añade Tomoya, sin poder dejar de reír.

Renji toma aire y trata de recomponerse.

—No sé qué esperaba, pero esto superó mis expectativas.

Les dejo reírse. Me da igual. Aún tengo arcilla en las manos y una completa falta de intención de corregir lo que acabo de hacer.

—¿Qué hacemos con esto? —pregunta Tomoya, mirando la figura con mezcla de horror y fascinación.

Lo pienso por un momento antes de responder.

—Podemos fingir que fue una decisión artística deliberada.

—O podemos quemarlo —dice Satsuki.

—Sería un favor a la humanidad —admite Renji.

Tomoya se inclina sobre la mesa, observando mi aberración como si estuviera analizando un objeto maldito.

—Es tan horrible que… tiene carácter.

Cruzo los brazos y asiento con gravedad.

—Eso mismo pensé.

Y así es como mi pieza no termina destruida, sino colocada en un rincón de la clase como un recordatorio de lo que sucede cuando me dan arcilla. Cuando el profesor se acerca a revisarnos, mira la figura con una expresión indescifrable antes de suspirar profundamente y seguir de largo.

Creo que eso lo dice todo.

Kougami

La biblioteca de Nitto es el único lugar en la academia donde el tiempo parece desacelerarse. El resto del campus está siempre envuelto en un ruido constante, conversaciones, discusiones acaloradas en los pasillos, el eco de las clases de música. Pero aquí dentro, todo es más contenido, más calculado. Es por eso que paso tantas horas aquí, repasando material, adelantando lecturas, preparando las competencias académicas con Alice y Ginoza.

Últimamente, sin embargo, he comenzado a notar una presencia constante en mis horas de estudio: Kaede Shiranagi.

No es que la haya estado evitando antes, simplemente nunca coincidimos lo suficiente como para interactuar más allá de lo necesario. Pero desde que Alice decidió que Kaede es su hermana mayor adoptiva y la incluyó de lleno en su círculo de amigos, me resulta inevitable encontrarla en distintos momentos del día. La biblioteca es uno de ellos.

Kaede es tranquila, metódica y, por lo visto, una de las mejores estudiantes de tercer año. Su estilo de estudio es disciplinado, eficiente, sin la intensidad competitiva de Alice o Ginoza, pero con una constancia que resulta admirable. A diferencia de la mayoría de los alumnos de artes, ella no se distrae con facilidad, no tiene la necesidad de llenar el silencio con conversaciones triviales. Y cuando habla, lo hace con precisión, con ideas bien estructuradas, con una calma que contrasta con la forma en que la mayoría de mis amigos se expresan.

No es que no hable de estas cosas con Alice, pero Alice elige ficción antes que cualquier otra cosa. Le gustan las distopías, pero nunca ha leído a Stephen King porque dice que le da miedo. No me cree cuando le digo que las distopías de King no son de terror, que en realidad están llenas de crítica social, que algún día debería darles una oportunidad. Alice solo se ríe y dice que lo hará "algún día". Sé que ese "algún día" podría nunca llegar.

Kaede, en cambio, lee de todo. Filosofía, ensayo, literatura clásica. Cuando nos encontramos en la biblioteca, a veces terminamos discutiendo sobre lo que estamos leyendo. No son charlas constantes ni demasiado largas, pero son interesantes. Kaede tiene un enfoque pragmático de la vida, analiza todo con la precisión de alguien que siempre mide su entorno antes de actuar. Supongo que por eso Alice la eligió como su hermana mayor no oficial.

Una tarde de calor insoportable, cuando el estudio en la biblioteca se vuelve sofocante incluso dentro del aire acondicionado, terminamos en un café cercano, tomando algo frío. El ambiente es relajado, sin tensiones, sin la presión de las clases o los exámenes. Kaede es tranquila y agradable, no en el sentido de alguien que intenta caer bien, sino en el de alguien que no necesita esforzarse para ser una buena compañía.

—En verano vamos a estar prácticamente a tiempo completo en OWC —comenta en algún momento, removiendo el hielo en su vaso con la pajilla.

Levanto una ceja.

—¿Full time?

—Es lo más probable. Los entrenamientos van a ser intensivos en vacaciones. Si quieren que salgamos debutando con fuerza, tienen que asegurarse de que estemos preparados.

No me sorprende, pero tampoco me gusta del todo la idea. Alice no mencionó nada sobre esto, pero sé que OWC no los va a soltar fácilmente ahora que los tienen en sus manos.

—Alice no dijo nada.

Kaede me mira con una expresión neutra, pero sus ojos me estudian con atención.

—Tampoco dijo nada cuando aprobó su certificación como artista.

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

—Sí, hace unos días. Fue a hacer el trámite sola.

Me tomo un momento para procesarlo. Alice nunca mencionó nada, ni siquiera dejó entrever que había ido a hacer el trámite.

—¿Por qué no lo dijo?

Kaede se encoge de hombros.

—No salió muy contenta.

No necesito preguntar más. Sé exactamente por qué Alice no lo mencionó.

El sistema Sibyl no evalúa el talento, evalúa la eficiencia. Para alguien como Alice, que siente la música como parte de su identidad, ser aprobada sin que nadie la escuchara tocar debió haber sido una experiencia frustrante.

No digo nada, solo tomo otro sorbo de mi bebida fría y dejo que el hielo se derrita en mi boca mientras pienso en ello. Alice no me lo dijo.

No porque no confiara en mí, sino porque quizás, en el fondo, no quería que nadie más supiera que todo su talento fue reducido a un número en un informe.

Ginoza

La ceremonia de cierre del primer semestre es una formalidad, un evento envuelto en discursos sobre excelencia, perseverancia y el prestigio de la Academia Nitto. Para la mayoría de los alumnos, es un trámite más, algo que deben soportar antes de poder iniciar las vacaciones de verano. Para mí, es otra cosa.

Estoy sentado entre mis compañeros de la facultad de leyes, con quienes las cosas han estado cada vez más tensas. No necesito escuchar sus comentarios para saber lo que piensan, lo leo en la forma en que me miran, en las conversaciones a medias que se cortan cuando paso cerca. Desde que se corrió la voz de que fui yo quien negoció el contrato de Alice con OWC, solo con el consejo de algunos profesores, la distancia entre nosotros se volvió aún más pronunciada.

No es que me importe su opinión. Sé lo que hice y sé lo que significa. No fue un acto de valentía ni de arrogancia. La verdad es que, si no fuera por Alice, jamás me habría prestado a algo así. No habría tomado la responsabilidad de llevar adelante una negociación de ese calibre, con implicaciones legales reales y con el futuro de una banda entera en juego. Sé que lo mejor para Alice habría sido contratar a un abogado con experiencia, alguien con años en la industria y con el conocimiento suficiente para garantizar que todo estuviera blindado.

Pero Alice no quiso a otro. Quiso que lo hiciera yo. Y, contra todo lo lógico, lo hice.

El director de la academia sube al estrado y comienza su discurso, el mismo que recita cada semestre con ligeras variaciones, exaltando la importancia de la excelencia, la dedicación y la responsabilidad. Su voz resuena en el auditorio, pero no le presto demasiada atención. Quiero saber los resultados.

Sin embargo, antes de los anuncios más esperados, revelan los puntajes de tercer año.

—En tercer lugar, de la generación de tercer año… Kaede Shiranagi.

La sala se llena de aplausos, pero la reacción más escandalosa viene del sector de los alumnos de arte. Una exclamación estruendosa atraviesa el auditorio.

—¡KAEEEEDEEEEEE!

Es Akari. No podía ser otra persona.

El grupo de artes se levanta en un festejo caótico, celebrando como si Kaede hubiera ganado un premio internacional en lugar de quedar en tercer lugar en las calificaciones. Kaede, por su parte, se mantiene serena, con esa compostura impecable que la caracteriza, pero cuando sube al escenario, hay un destello de satisfacción en su mirada.

La ovación se prolonga unos segundos más antes de que el director haga un gesto para devolver el orden.

Ahora viene lo importante.

Los resultados de segundo año.

El silencio en el auditorio se vuelve más pesado, cargado de expectativas.

—Y ahora, los tres mejores estudiantes de segundo año…

El aire se siente más denso. Mi mandíbula se tensa. Sé que di lo mejor de mí en estos exámenes. Sé que la competencia con Kougami y Alice es brutal, que no hay margen para errores.

—En primer lugar, con un puntaje de 98 sobre 100…

Mi respiración se contiene por un instante.

—Carter Alice.

—Y también en primer lugar, con 98 sobre 100… Kougami Shinya.

No hay silencio después del anuncio. Hay un grito inmediato, agudo y explosivo.

—¡¿QUÉEEEEEEEEEEEEEEE?!

Akari otra vez.

Las voces se disparan por todo el auditorio, los murmullos se convierten en una ola de reacciones. La gente se gira, algunos aplauden, otros simplemente tratan de procesar lo que acaban de escuchar.

Alice y Kougami empataron en primer lugar.

El director espera que la conmoción se calme un poco antes de continuar.

—Y, en segundo lugar, con 97 sobre 100… Ginoza Nobuchika.

El aplauso es automático, pero yo apenas lo registro. Mi mirada sigue fija en la pantalla donde los puntajes aparecen en números fríos y claros. 97 sobre 100.

Un punto de diferencia. Otra vez.

Respiro lentamente, manteniendo mi expresión bajo control. No me sorprende, en el fondo lo sabía. Kougami y Alice no iban a dejarme el primer lugar tan fácilmente. Pero ver el empate en la pantalla, saber que esta vez ambos están por encima de mí, no deja de irritarme.

Escucho otra exclamación de Akari en la distancia, pero ya no estoy prestando atención a nada más. Porque sé que esto no ha terminado. No mientras siga en Nitto. No mientras Kougami y Alice sigan compitiendo conmigo. No mientras yo siga buscando ser el mejor.

Kougami

Cuando el director pronuncia el nombre de Ginoza, el auditorio se llena de aplausos. Nobuchika se levanta de su asiento y camina hacia el escenario con su postura recta y medida, el mismo aire de disciplina con el que enfrenta cada cosa en su vida. No parece sorprendido, pero lo conozco lo suficiente para notar la tensión en su mandíbula, el peso de lo que acaba de suceder. No ganó.

Alice tampoco.

Ella y yo empatamos en primer lugar con 98 sobre 100, un resultado que debería significar algo, pero en este momento solo resalta una cosa: Alice no está aquí.

No se levantó de su asiento para ir al escenario. No porque estuviera evitando la ovación, no porque se sintiera incómoda con la atención. Simplemente no está.

Miro alrededor del auditorio, esperando encontrarla en algún rincón apartado, sentada con los de artes, con Akari y su grupo, pero su asiento está vacío. Es ahora cuando me doy cuenta de que no la vi en toda la ceremonia. No está en su lugar habitual, ni en ninguna de las filas cercanas. Ni siquiera tengo que pensarlo demasiado para saber que ni siquiera vino.

Alice, que nunca pasa desapercibida, que incluso cuando no quiere atención termina robándola, simplemente decidió no estar.

El auditorio sigue lleno de murmullos, algunos sorprendidos por el empate, otros comentando sobre la competencia habitual entre nosotros tres. Escucho algunos susurros sobre Ginoza, sobre cómo negociando el contrato de Irohanabi con OWC demostró que está en otro nivel. Es cierto. Pero también es cierto que él debe estar sintiendo lo mismo que yo.

Alice ni siquiera se molestó en venir.

Ginoza sube al escenario con la calma de siempre. Recibe el reconocimiento, estrecha la mano del director, mantiene la compostura. Desde donde estoy, veo la manera en que aprieta la mandíbula apenas, casi imperceptible para cualquiera que no lo conozca bien. No le gusta este resultado. No le gusta estar debajo de Alice y de mí.

Pero creo que le gusta aún menos el hecho de que Alice ni siquiera está aquí para reconocerlo.

Y si yo también lo noto, significa que algo está mal.

Ginoza

Alice no se molestó en venir.

No debería sorprenderme, pero de todas formas lo hace. Lo hace porque, aunque sé que la academia, los puntajes, la competencia—todo lo que representa Nitto—nunca le importó tanto como a Kougami y a mí, aún esperaba que al menos hiciera acto de presencia. Pero no. Ni siquiera eso.

Alice Carter ya no está aquí.

Físicamente, sí, sigue inscrita en la academia, sigue en nuestras clases, sigue apareciendo en la biblioteca con café y comida, sigue mirándome entrenar kendo como si de verdad estuviera estudiando. Pero su mente está en otro lado. Su mundo ahora es otro. OWC, los entrenamientos, las preparaciones, la industria en la que se acaba de meter y que la absorberá por completo en cuanto las vacaciones de verano comiencen.

Alice ya tiene un futuro. Y fui yo quien la ayudó a asegurarlo.

Esa verdad me pesa más de lo que quiero admitir.

Es indudable que su camino es ser una artista, por más que me cueste aceptarlo, por más que prefiera pensar que Alice debería hacer algo con más sustancia, con más profundidad que convertirse en la imagen moldeada de una industria. Pero no aparecer en una ceremonia formal, ni siquiera por protocolo, ni siquiera por educación, es inadmisible. No puede hacer esto. No debería hacer esto.

Y me están mirando.

No solo por las razones de siempre. No solo porque soy el hijo de un criminal latente, porque nunca deberían haberme permitido llegar tan lejos en una academia como esta, porque soy Ícaro volando demasiado cerca del sol y todos están esperando el momento en que caiga. Me miran porque soy el novio de Alice Carter.

Alice Carter, la estrella.

Alice Carter, la que empató con Kougami Shinya en los exámenes finales de este semestre, probablemente porque su cabeza ya no está aquí, porque su mente está en otra parte, en su futuro brillante y no en las peleas académicas que a Kougami y a mí nos siguen importando demasiado.

Alice Carter, la que ni siquiera se dignó a venir a la ceremonia de cierre.

A nadie le pasa desapercibido que soy su novio. Nunca les pasó desapercibido.

Y de alguna manera, esto se siente humillante.

No porque Alice haya ganado. No porque empatara con Kougami. No porque yo haya quedado un punto por debajo de ellos. Lo que me humilla es que ni siquiera consideró que esto fuera importante.

Lo que es peor, siento que tengo la responsabilidad de corregirlo.

A Alice nunca le importaron estas cosas. Nunca le interesó ganarnos. Kougami y yo la arrastramos a esta competencia porque nosotros sí queríamos ganar. Porque nos volvemos insoportables cuando competimos en clase, porque ninguno de los dos puede aceptar quedar por debajo del otro. Ella nunca jugó ese juego, solo se acomodó en el espacio que dejamos para ella y, cuando se cansó de todo, nos demostró que podía vencernos sin pestañear.

Lo hizo el año pasado en los exámenes finales. Pero al menos, apareció en la ceremonia.

Ahora ni siquiera eso.

Me bajo del escenario con el reconocimiento en la mano y con la mandíbula apretada.

Voy a encontrarla. Y Alice va a escucharme.