Primavera de 2090

Naomi Carter

La cocina de la mansión Carter huele a café recién hecho y tabaco. El humo de mi cigarrillo Spinel se eleva en el aire antes de disiparse lentamente, como si esta casa tuviera la capacidad de borrar hasta la más mínima imperfección. Como cada mañana, la mansión Carter amanece siendo la máxima expresión de la opulencia vana y el derroche, un monumento absurdo a la necesidad de pertenecer a un lugar que nunca nos aceptará del todo.

Es una locura que hayan comprado la antigua Embajada de Italia solo para construir esto. Ni siquiera dejaron el edificio original, que era hermoso, con su arquitectura clásica y su historia impregnada en cada piedra. Lo derrumbaron sin titubear, lo redujeron a escombros, porque a Robert Carter nunca le interesó el pasado de este país, solo le interesa moldear el futuro a su antojo. Yo estuve allí el día en que pujó por este terreno, cuando arrojó millones de yenes contra Naoto Homura como si comprar esta tierra lo hiciera menos extranjero. Como si eso pudiera cambiar la forma en que los demás lo miran. Como si los Homura, los Togane, los Saionji, las familias que han estado aquí durante generaciones, no siguieran observándonos desde arriba con una superioridad que no existe, pero que de alguna forma pesa sobre nosotros en cada gesto.

El café está listo. Me sirvo una taza mientras dejo que el cigarrillo se consuma en el cenicero, observando cómo el reloj en la pared marca las once de la mañana. Alice debería estar en sus clases virtuales. No es como si pudiera escapar de ellas, no con el régimen que Adam impuso en su educación. Desde los cuatro años, ocho horas diarias, todos los días de la semana. Institutrices que la preparan en etiqueta, profesores de música y danza que vienen en persona a la mansión porque, por supuesto, nuestra hija no necesita salir al mundo.

Alice no tiene amigos. No tiene contacto con otros niños.

Y yo soy tan responsable de eso como Adam.

Sé que podría hacer algo, podría llevarla a un parque, buscar la forma de sacarla de este lugar, insistir o podría encontrar la manera de que Alice viva algo que no sea esta existencia asfixiante. Pero no lo conseguí hasta ahora.

El sonido de pasos pequeños interrumpe mis pensamientos. Me giro y la veo allí, en la entrada de la cocina, con su vestido lila que elegí esta mañana. Se ve hermosa. Su cabello es una maraña de rizos castaños cobrizos que rebotan con cada movimiento, su piel pálida contrasta con el color de la tela y sus ojos miel, esos que heredó de Adam, están llenos de lágrimas.

Apago el cigarrillo de inmediato. No quiero que me vea fumar, que piense que esto es normal, que su madre necesita de estos pequeños vicios para no quebrarse. No debería fumar, ni beber, ni hacer nada que ponga en riesgo mi estado mental, pero para eso están todos los malditos fármacos que mi terapeuta de cuidado mental me obliga a tomar. En este mundo, un ciudadano sano no fuma, no bebe alcohol, no permite que su Psycho-Pass se nuble. No puede permitírselo.

Me acerco a ella, agachándome hasta quedar a su altura.

—¿Qué pasa mi amor?

Su vocecita temblorosa apenas se eleva sobre el silencio de la cocina.

—No me gustan las matemáticas.

Sus mejillas están húmedas, sus labios temblorosos, sus pequeños puños apretados contra su vestido.

Y la entiendo. Dios, cuánto la entiendo.

Ningún niño de seis años debería estar lidiando con ecuaciones de primer grado. Pero Alice lo hace, porque Adam lo decidió, porque a los cuatro años ya tenía un régimen de educación estructurado, porque su tiempo es una línea recta de aprendizaje sin descanso, porque su infancia es un concepto secundario frente a la responsabilidad de ser la heredera.

Y Alice sufre.

Sufre cuando toca el violín y sus dedos terminan enrojecidos y adoloridos por la presión de las cuerdas.

—Tiene que formar el callo y las cuerdas no le molestarán más —dice su profesor de música con indiferencia.

Sufre cuando se pone las zapatillas de ballet y sus pies quedan marcados con moretones.

—Ya verá que se acostumbra pronto a las punteras —dice su instructora de danza con una sonrisa ensayada.

Y cuando intento hablar con Adam, cuando le ruego que pare, que le dé un respiro, que la deje ser una niña, él ni siquiera finge escucharlo.

—Es una niña. ¿Qué tiene que hacer, además de aprender?

Alice nunca ha sido una hija. Ha sido una heredera desde el día en que nació.

Me trago el nudo en la garganta, le acaricio el cabello con suavidad, la atraigo hacia mí y la envuelvo en mis brazos.

—No te tienen que gustar las matemáticas si no quieres, Alice.

—Pero papá dice que sí.

Cierro los ojos por un momento, conteniendo la furia.

—Papá no sabe todo.

Ella se aferra a mi ropa, hundiendo su rostro contra mi pecho, buscando consuelo en el único lugar donde puede encontrarlo. Y yo solo puedo abrazarla más fuerte, deseando con cada parte de mí encontrar una manera de hacer algo.

Alice lloraba. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, hice algo sin pensarlo demasiado.

No llevé nada más que lo necesario. Solo tomé su manito pequeña en la mía y salimos de la mansión Carter antes de que la casa pudiera tragarnos de nuevo. No había plan, solo la certeza de que no podía dejar que mi hija pasara otro día atrapada en ese lugar, con las matemáticas que la hacían llorar, con las reglas de un mundo que no le permite ser una niña.

Tomamos el tren desde Minato, alejándonos lo suficiente como para que nadie nos reconociera. Alice, me miraba con esos ojos enormes llenos de curiosidad, aún con rastros de lágrimas en las mejillas. La limpié con el pulgar y le sonreí.

—Vamos a vivir una aventura —le dije.

Sus ojos brillaron un poco, el llanto olvidado por un momento.

—¿Aventura?

Asentí con gravedad, inclinándome un poco hacia ella.

—Pero en esta aventura, tenemos que llamarnos distinto. Nadie puede saber quiénes somos.

Alice frunció el ceño, intrigada, y me tomó con más fuerza la mano.

—¿Cómo me voy a llamar?

La observé por un instante. Su carita aún tenía rastros de tristeza, pero también una chispa de emoción infantil. Su vestido lila contrastaba con la luz del tren, con el reflejo del mundo que pasaba rápido por las ventanas.

—Sakura —dije finalmente— porque eres tan bonita como una flor de cerezo.

Alice sonrió.

—¿Y tú?

Inhalé lentamente antes de responder.

—Nakamura Chihiro.

No es un mal nombre. Me suena naturalizado, lo suficientemente común como para que nadie haga preguntas. Alice asiente, como si lo estuviera memorizando para nuestra gran aventura.

Cuando llegamos a Kita Senju, el aire es distinto. Más ligero. Menos sofocante que en la mansión. No hay estructuras de seguridad ni asistentes virtuales ni la frialdad de un mundo construido sobre órdenes automatizadas. Solo calles llenas de vida, niños corriendo, voces superpuestas de conversaciones ajenas. Y un parque. Un parque de verdad.

Alice se detiene a unos pasos de la zona de juegos, mirándolo con una mezcla de fascinación y timidez. Nunca ha estado en uno. Nunca ha visto otros niños jugando juntos, riendo, empujándose en los columpios sin una institutriz para regular cada uno de sus movimientos.

Y es ahí donde lo vemos.

Un hombre alto, de hombros anchos y cabello castaño en punta, con ojos verdes amables y una presencia que exuda tranquilidad. Camina con su hijo, un niño pequeño de cabello negro y ojos verdes enormes, cuya energía es completamente opuesta a la serenidad de su padre. Es un niño feliz, que claramente está acostumbrado a estar con su padre, a jugar, a ser libre.

El hombre se detiene a nuestro lado por casualidad, observando el parque con una sonrisa tranquila. Su hijo tira de su mano con impaciencia.

—¡Padre, vamos!

"Padre". No "papá". Es curioso.

El hombre le revuelve el cabello con cariño antes de dirigirnos una mirada amable.

—Parece que alguien está emocionado —dice con una risa leve. Luego se vuelve hacia Alice, que se esconde un poco detrás de mí, observando al niño con curiosidad—¿Es su primera vez en un parque?

No respondo de inmediato. Solo le sonrío y le doy un leve empujoncito a Alice para que avance.

—Sí.

Él asiente, como si entendiera más de lo que digo.

—Nobuchika, ¿por qué no juegas con la niña?

El niño, Nobuchika, se gira hacia Alice con el ceño levemente fruncido, analizándola con una seriedad poco común para su edad. Alice se mantiene en su lugar, observándolo en silencio. Finalmente, él parece decidir que no hay nada malo en ella y extiende la mano.

—Soy Nobuchika.

Alice lo mira, duda por un momento y luego toma su mano con delicadeza.

—Soy Sakura.

Él asiente con aprobación y sin decir más, comienza a guiarla hacia los juegos. Se detienen en los columpios y Alice observa cómo los demás niños se balancean antes de trepar torpemente al asiento, estudiando el movimiento.

Alice lo escucha atentamente. Nunca ha tenido otro niño que le explique algo. Es algo nuevo para ella.

En cuanto los veo perderse en su propio mundo, es cuando enciendo un cigarrillo con calma.

—¿Le molesta? —le pregunto al hombre.

Él niega con la cabeza.

—Mi compañero en la oficina fuma todo el tiempo. Estoy acostumbrado.

El humo se eleva en el aire, disipándose con la brisa del parque. El hombre se apoya contra una baranda con los brazos cruzados, observando a los niños sin prisa.

—Es raro ver a alguien nuevo por aquí —comenta con naturalidad— No me suena haberla visto antes.

Me encogí de hombros con una sonrisa ligera.

—Nos estamos quedando en la zona por un tiempo. Es bueno para Sakura salir un poco.

—Sí, es importante —dice con tono comprensivo— Que los niños jueguen, que interactúen con otros.

No respondo. Me limito a darle una calada al cigarro y a seguir observando a Alice. Su vestido lila resalta entre los demás niños. Se ha parado en el columpio, con los brazos extendidos para mantener el equilibrio, y Nobuchika está abajo, con los brazos cruzados, probablemente diciéndole que no es seguro.

—Yo soy Masaoka Tomomi —dice el hombre de repente, ofreciéndome la mano.

La estrecho con naturalidad.

—Nakamura Chihiro.

Algo en su mirada me dice que no me cree del todo. No de inmediato.

Pero tampoco insiste. Y eso es suficiente.

Masaoka Nobuchika

Los parques tienen reglas. No las que ponen los adultos en carteles de "No correr", "No gritar demasiado", "No trepar donde no se debe". Esas son reglas sin importancia, reglas que nadie sigue realmente. Las reglas de verdad son las que entiendes solo cuando pasas suficiente tiempo en un parque. Y yo las conozco todas.

Sé que los columpios no son de nadie, pero si alguien está en ellos y se baja, tiene exactamente diez segundos para reclamar su lugar antes de que otro lo tome.

Sé que en los toboganes el que sube por donde se baja es un idiota y que, si alguien lo hace, tiene derecho a ser empujado sin que nadie se enoje demasiado.

Sé que el sube y baja solo funciona bien si los dos niños pesan más o menos lo mismo, porque si no, el más ligero queda atrapado arriba hasta que alguien lo ayuda o hasta que salta y se hace daño.

Sé que, si alguien se cae y llora, pero no está sangrando, solo hay que esperar hasta que se le pase.

Sakura no sabe nada de esto.

Lo supe desde el momento en que la vi parada junto al columpio, observándolo como si no entendiera para qué servía. No se veía tonta ni asustada, solo… confundida. Como si nunca antes hubiera visto uno.

—Tienes que sentarte —le dije.

No me respondió, pero se subió al asiento con torpeza, como si no estuviera segura de cómo hacerlo. Sus piernas no alcanzaban el suelo bien y no se balanceaba por sí misma. Me puse de pie frente a ella y le señalé cómo debía moverse.

—Tienes que impulsarte con los pies. Así.

Me hice hacia atrás y luego adelante, mostrando el movimiento, pero ella no hizo nada.

—No te vas a mover si no haces fuerza —insistí.

Sakura no dijo nada. Solo me miró con esos ojos grandes y después intentó empujar el suelo con los pies, pero era demasiado pequeña y no lograba el movimiento correcto.

—¿Quieres que te empuje?

Se quedó en silencio un momento antes de asentir muy despacio.

Me coloqué detrás de ella y empujé con cuidado. El columpio se movió hacia adelante, luego hacia atrás, y sentí que su cuerpo se tensaba, pero no se quejó. No tardó en acostumbrarse, porque al poco rato dejó de agarrarse tan fuerte a las cadenas y se inclinó un poco con cada movimiento.

—¿Ves? No es difícil.

No me respondió, pero tampoco se bajó.

Después del columpio, la llevé al sube y baja. Era uno de los juegos más difíciles de entender si no sabías cómo funcionaba, porque si te sentabas y el otro niño no lo hacía bien, podías quedarte atrapado arriba sin forma de bajar.

—Si te subes, tienes que sujetarte fuerte —le advertí.

Sakura me miró con una expresión que no pude entender del todo, pero se sentó en el extremo opuesto y esperó. Yo me dejé caer en mi lado y ella se elevó de inmediato.

Se quedó inmóvil.

—Tienes que empujar el suelo con los pies cuando bajes —le expliqué.

Pero ella no se movió.

Me di cuenta de que estaba esperando a que yo lo hiciera primero, así que empujé el suelo con los pies y la hice subir otra vez. Después de tres o cuatro veces, ella empezó a imitarme, empujando con la misma fuerza, hasta que el sube y baja comenzó a moverse con naturalidad.

La vi sonreír apenas cuando bajó y sus pies tocaron el suelo.

Era una sonrisa pequeña, pero real. Después de eso, la llevé a los juegos más difíciles.

Le enseñé que en el tobogán nadie espera demasiado tiempo arriba porque si lo haces, alguien te empuja.

Le mostré que los pasamanos no eran solo para colgarse, sino para moverse rápido sin tocar el suelo.

Le dije que el juego de la cuerda para escalar era más fácil si usabas los pies además de las manos.

Ella no hablaba mucho, pero me escuchaba. No era torpe, solo parecía que nunca había tenido la oportunidad de aprender estas cosas antes.

Después de un rato, nos sentamos en el borde del arenero, donde algunos niños jugaban con palas y baldes de colores.

El viento soplaba y los rizos de Sakura se movían como resortes. Nunca había visto un cabello como ese. Era brillante y enroscado, con mechones que parecían retorcerse por sí solos.

La observé un momento antes de decir lo primero que me vino a la mente.

—Tu pelo es como un katatsumuri.

Sakura parpadeó y me miró.

—¿Un qué?

—Un caracol.

Ella frunció el ceño, llevó las manos a su cabeza y trató de mirarse el pelo como si pudiera verlo por sí misma.

—No tengo un caracol en la cabeza.

Rodé los ojos.

—No un caracol de verdad. Digo que se parece.

Sakura frunció el ceño y me miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera tratando de descifrar si lo que acababa de decir era una ofensa o no.

—Mi pelo no es un caracol.

—Sí lo es —insistí, encogiéndome de hombros—. Se enrosca igual.

Ella llevó las manos a su cabeza de nuevo, agarrando un mechón y estirándolo, como si con eso pudiera probarme lo contrario.

—Pero si lo jalo, se estira.

—Sí, pero luego vuelve a enroscarse.

Sakura me miró fijamente, como si pudiera hacerme cambiar de opinión con la pura intensidad de su mirada.

—No soy un katatsumuri.

—Sí lo eres.

—No.

—Sí.

Se cruzó de brazos, claramente molesta, y giró la cabeza en otra dirección con un bufido, como si decidiera que no valía la pena seguir discutiendo conmigo.

—No me llames así.

—Ahora te voy a decir Katatsumuri.

Sakura me miró con los ojos bien abiertos, como si hubiera cometido la peor traición imaginable.

—¡No puedes hacer eso!

—Claro que puedo.

—¡No!

—Katatsumuri.

Sakura se puso de pie de golpe y me empujó ligeramente en el hombro, no lo suficiente como para hacerme caer, pero sí con la clara intención de demostrar su descontento.

—¡No me llamo así!

—Ahora sí.

—No es mi nombre.

—Pero es lo que eres.

Sakura infló las mejillas, cruzó los brazos y se quedó de pie frente a mí con la expresión más ofendida que había visto en toda la tarde.

—Voy a llamarte algo horrible.

—No puedes, porque no tienes imaginación.

Eso la hizo parpadear. Luego, entrecerró los ojos, claramente tomándose mi afirmación como un reto personal.

—Voy a pensarlo.

—Katatsumuri.

Sakura pateó un poco de arena hacia mi zapato y giró sobre sus talones, alejándose de mí con pasos firmes, como si estuviera en una misión importante.

La observé irse, mordiéndome la lengua para no reírme.

Definitivamente, la llamaría así cada vez que la viera.

El parque dejó de ser solo un parque cuando Katatsumuri apareció en él.

La vi varias veces después de aquel primer día. Siempre llegaba con su madre. No sé si vivían en la zona o si venían desde otro lugar, pero lo cierto es que ella siempre regresaba. Y aunque había otros niños con los que podía jugar, por alguna razón, siempre terminaba acercándose a mí.

No era el tipo de niña que corría sin rumbo, ni la que gritaba sin motivo. No tenía el desparpajo de los niños que estaban acostumbrados a estar rodeados de gente. Se movía con calma, estudiando el entorno, observando todo como si aún estuviera aprendiendo las reglas del mundo. Y, de alguna manera, yo terminé siendo el encargado de enseñárselas.

Ella nunca pensó en un apodo para mí. Ni siquiera intentó buscarme uno para vengarse de lo de Katatsumuri. Solo decidió que decir "Nobuchika" era demasiado largo y que no tenía sentido decirlo completo, así que un día, sin más, comenzó a llamarme "Nobu".

Nobu, vamos al tobogán.

Nobu, ¿quieres jugar en el sube y baja?

Nobu, ¿y si hacemos otra cosa?

El apodo era sencillo, pero contundente. Como si siempre me hubiera llamado así. Como si no hubiera existido otra posibilidad.

Me acostumbré rápido.

Le enseñé muchos juegos y ella siempre me escuchaba.

Yo era su sensei del parque, y eso me gustaba.

No es que Katatsumuri no cuestionara las reglas, porque lo hacía. Siempre lo hacía, pero solo después de entenderlas completamente. Primero me escuchaba, prestaba atención a cada instrucción con una seriedad inusual. Y luego, cuando ya había asimilado todo, venía la discusión.

—No puedes pisar la línea blanca del suelo. Si la tocas, pierdes.

—¿Por qué?

—Porque es lava.

—Pero no es lava de verdad.

—No, pero hay que imaginar que lo es.

—Si no es de verdad, no hay razón para evitarla.

—¡Sí la hay! Porque si la pisas, pierdes.

Katatsumuri entrecerraba los ojos y fruncía los labios, considerando la información. Luego, sin previo aviso, pisaba la línea blanca con un pie y me miraba desafiante.

—No pasó nada.

—Porque lo hiciste mal.

—No pasó nada porque no es lava.

—Porque no estás imaginando bien.

—Tal vez tú eres el que imagina demasiado.

Cada vez que discutíamos sobre un juego, nunca ignoraba las reglas, solo trataba de encontrarle una lógica que tuviera sentido para ella. Y cuando no podía, simplemente decidía que la suya era mejor.

Otro día, le enseñé a jugar a las atrapadas.

—Si te toco, te conviertes en el que persigue.

—Pero ¿y si no quiero perseguir?

—Entonces pierdes.

—Pero si solo estamos corriendo, nadie gana.

—Sí, gana el que no es atrapado.

Katatsumuri me observó con el ceño fruncido y cruzó los brazos.

—Es una tontería.

—¡No lo es!

—Sí lo es. Solo estás corriendo sin sentido.

—¡Es un juego!

—Los juegos deberían tener objetivos.

—Este tiene un objetivo. No ser atrapado.

Katatsumuri suspiró como si estuviera hablando con alguien que no entendía nada.

—Deberíamos agregarle algo.

—¿Cómo qué?

—Tal vez… el que gana puede pedir algo.

—¿Como qué?

—No sé. Algo.

Se quedó pensando y luego sonrió.

—Si gano, tienes que llamarme por mi nombre de verdad.

Yo me quedé en silencio, cruzando los brazos.

—No.

—¡¿Por qué no?!

—Porque eres Katatsumuri.

—¡No lo soy!

Me eché a correr antes de que pudiera golpearme en el brazo, riéndome cuando la escuché gritar mi nombre con furia.

Así era Katatsumuri.

Primero aprendía, luego discutía, luego decidía que podía mejorar las cosas y, si no lograba cambiar nada, simplemente jugaba igual.

No siempre nos quedábamos en los juegos tradicionales. A veces, cuando estábamos cansados, nos sentábamos en la arena y ella me hacía preguntas.

—¿Por qué los columpios se mueven con el viento?

—Porque están colgados y el aire los empuja.

—¿Pero por qué se mueven más si alguien estuvo en ellos antes?

—Porque todavía tienen movimiento de antes.

—Entonces los columpios recuerdan.

—No recuerdan, solo siguen moviéndose.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—Sí lo es.

A veces, sentía que discutía más con ella que con los niños de la escuela. Pero era divertido. Katatsumuri siempre encontraba formas de hacer que cada cosa tuviera otra perspectiva.

Un día, volviendo del parque, padre dijo algo que no esperaba.

—Te llevas bien con esa niña.

—Sí —respondí sin pensar demasiado, porque era cierto.

Padre sonrió de lado y sacó un cigarro del bolsillo.

—Creo que es tu novia.

Me quedé en silencio.

Lo miré, esperando que dijera que estaba bromeando, pero no lo hizo.

—¿Por qué dices eso?

—Parece que siempre te busca a ti.

—Porque le enseño a jugar.

—Aun así.

Miré mis pies mientras caminábamos.

—Las novias no juegan a las atrapadas.

Padre se echó a reír.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque las atrapadas no son un juego de novios.

—¿Y qué juegos juegan los novios?

No supe qué responder. Padre sonrió otra vez, como si ya supiera que no tenía respuesta.

—No importa. En unos años, entenderás.

No me gustó eso.

No me gustó la idea de que Katatsumuri fuera mi novia. No porque no me gustara jugar con ella, sino porque si era mi novia, significaba que tenía que tratarla de otra manera. Y yo no quería tratarla diferente.

Katatsumuri era mi amiga. Era la niña que se balanceaba en el columpio de pie, aunque le dijera que no era seguro, quién discutía cada regla antes de decidir que podía aceptarla y la que se quedaba conmigo en el parque, aunque hubiera otros niños con los que podía jugar.

No entendía mucho sobre novios y novias. Pero sí entendía que no quería que Katatsumuri dejara de ser mi compañera de juegos solo porque padre dijo que lo era.

Así que decidí que padre estaba equivocado.

Naomi Carter

El parque se convirtió en un ritual. Cada vez que llevaba a Alice, ella y Nobuchika terminaban juntos, como si la idea de jugar con otros niños fuera irrelevante. Desde el primer momento, se entendieron de una manera extraña. No se parecían en nada, pero quizás por eso funcionaban. Nobuchika tenía una estructura meticulosa para cada juego, reglas claras, estrategias, mientras que Alice, aún sin conocerlas, lo escuchaba siempre antes de decidir si quería seguirlas o romperlas.

Para Alice, él era Nobu. Nada más. Nunca intentó llamarlo por su nombre completo. No porque no pudiera, sino porque simplemente no quería. Para Nobuchika, ella era Katatsumuri. Lo decía con un tono serio, sin burlarse, como si simplemente fuera un hecho inamovible. Alice, por supuesto, discutió su apodo en cada oportunidad posible, pero nunca lo detuvo.

Yo observaba todo desde una distancia prudente, conversando con Masaoka mientras los niños se perdían en su propio mundo. Para cualquiera que mirara la escena, parecíamos dos padres que se conocieron por casualidad, compartiendo tardes en el parque mientras nuestros hijos jugaban. Nunca le dije quién era en realidad, y nunca lo preguntó. Para él, yo era Nakamura Chihiro y Alice era Sakura. Alice se acostumbró rápido al nombre, como si de verdad fuera suyo.

Un día, mientras los veíamos discutir sobre el juego del suelo de lava —Alice claramente estaba cuestionando la lógica de que un suelo sólido pudiera ser lava— Masaoka sonrió con diversión y dijo en tono ligero:

—Quizás deberíamos considerar un compromiso.

Lo miré con sorpresa, pero su expresión era relajada, como si de verdad no estuviera diciendo nada fuera de lo común.

—¿Un compromiso? —pregunté, divertida.

—Míralos. —Señaló con un gesto de la cabeza hacia Alice y Nobuchika. Alice tenía los brazos cruzados, frunciendo el ceño mientras Nobuchika le explicaba por qué sí importaba que las reglas fueran seguidas. Masaoka rió bajo— Si siguen llevándose así de bien, ¿quién sabe? En unos años, podríamos empezar a pensarlo.

La idea me pareció tierna. Alice Carter y Masaoka Nobuchika. Un futuro donde Alice no tuviera que casarse por conveniencia, donde pudiera enamorarse de alguien que la tratara como una persona y no como un activo de la empresa.

Pero sabía que era una mentira.

No importaba cuán bien se lleven o que tan natural fuera su relación. Alice nunca podría casarse con alguien como Nobuchika, porque Adam no lo permitiría.

El destino de Alice ya estaba escrito. Cuando fuera lo suficientemente mayor, sería comprometida con alguien de la alta sociedad. Una familia que tuviera el suficiente poder, el suficiente interés en sentar a su vástago en la silla de CEO de la empresa Carter. Alice no podría elegir, no tendría derecho a decidir con quién pasaría el resto de su vida.

No podrá tener una vida tranquila y feliz como la vida que le espera a Nobuchika.

Este parque, estos momentos de juegos infantiles y risas ocasionales, eran la única felicidad que podía ofrecerle a mi hija.

El pensamiento me llenó de una amargura que no pude disimular del todo.

Masaoka lo notó, pero no dijo nada.

Respiré hondo y traté de relajar mis facciones.

—Si siguen llevándose así de bien —dije con una media sonrisa— quizás podríamos considerarlo.

Masaoka rió bajo, como si supiera que solo estaba siguiéndole la corriente.

Saqué un spinel del bolsillo y lo giré entre mis dedos. No encajaba del todo con la imagen de la madre responsable que pretendía proyectar en este parque, pero ya me importaba poco.

—¿Te molesta?

Masaoka negó con la cabeza sin siquiera pensarlo.

—Ya sabes que no.

Lo encendí, dejando que el humo morado se elevara suavemente en el aire, disipándose con el viento.

Masaoka se acomodó en su asiento y miró a los niños.

—No he visto a Sakura con otros niños.

—No está acostumbrada.

—Se nota. —Me miró de reojo— Pero parece cómoda con Nobu.

La verdad es que sí.

Alice, que siempre había vivido en una burbuja, no se veía incómoda con Nobuchika. Con los adultos, sí. Con las nuevas experiencias, también. Pero con él, se adaptó rápido.

Apagué el cigarro apresuradamente cuando vi que Alice y Nobuchika volvían corriendo, con las mejillas sonrojadas por el esfuerzo. Alice no podía verme fumando.

—¿Están cansados? —preguntó Masaoka, sin levantarse del banco.

—¡No! —respondió Nobuchika de inmediato.

Alice solo sacudió la cabeza, mirándolo con el mismo aire desafiante de siempre.

Masaoka se rió bajo y sacó una bolsa de su bolso.

—Miren lo que traje.

Abrió la bolsa y sacó varios manjū, redondos y perfectamente alineados en su envoltorio. El rosto de Nobuchika se iluminó al verlos. Sus ojos verdes enormes brillaron y una sonrisa surcó su rostro.

—¡Manjū!

Alice, en cambio, los miró como si fueran un objeto extraterrestre.

—¿Qué es eso? —preguntó, observando uno con el ceño fruncido.

Masaoka le pasó uno con calma.

—Es un dulce relleno. Pruébalo.

Alice lo tomó con cuidado, como si aún no confiara del todo en el concepto. Nobuchika ya estaba mordiendo el suyo, demasiado concentrado en disfrutarlo como para prestarle atención.

Alice le dio una pequeña mordida, su expresión pasando de la duda a la sorpresa en cuestión de segundos.

—¡Está bueno!

Masaoka rió.

—¿Ves? Te dije que te iba a gustar.

Alice le dio otra mordida, más grande esta vez, sin preocuparse por la elegancia. Nobuchika le lanzó una mirada de superioridad.

—Tardaste mucho en darte cuenta.

Alice lo ignoró, demasiado concentrada en comer.

Masaoka me miró con una sonrisa ligera.

—Siento que hoy hicimos algo importante.

Le devolví la mirada con una expresión enigmática.

—Tal vez.

Pero en el fondo, sabía que no cambiaría nada. Este parque era un refugio, un escape momentáneo de la realidad.

Pero la realidad siempre regresa.

Masaoka Tomomi

El día comienza como cualquier otro en la oficina común de la División 03 de la Oficina de Seguridad Pública. Las luces frías del techo parpadean levemente, como lo hacen cada mañana antes de encenderse por completo, y el sonido de terminales encendiéndose y café sirviéndose en vasos desechables llena el espacio con la monotonía de la rutina. Me acomodo el abrigo mientras cruzo la entrada y me acerco a mi escritorio, disfrutando por un momento de la sensación de normalidad.

Yahiro está en su lugar habitual, sentado con los pies sobre la mesa, fumando esos cigarrillos horribles que siempre le he criticado. Peace. Nunca he entendido cómo puede soportar ese olor, fuerte, seco, que impregna el aire con una persistencia desagradable. Exhalo con cansancio antes de soltar un comentario sobre sus pésimos gustos, pero él ni siquiera me deja abrir la boca.

—¿Te enteraste de lo que pasó anoche? —pregunta sin preámbulos, su tono más serio de lo habitual.

Frunzo el ceño. No tengo idea de qué está hablando.

—No. Me dormí temprano.

Lo cual es cierto. No soy de trasnochar, no como algunos de los más jóvenes en la oficina. Después de acostar a Nobuchika, pasé un rato en el sofá tomando té con Sae. Ella se rió cuando le dije que no duraría más de media hora despierto y tuvo razón. Para cuando ella terminó de leer su novela, yo ya estaba en el quinto sueño.

Yahiro chasquea la lengua y aparta los pies de la mesa. Su terminal brilla en la penumbra de la oficina aún sin llenar. Me la muestra con un movimiento de muñeca, deslizando la pantalla en mi dirección.

—Mira esto.

Tardo unos segundos en procesar lo que estoy viendo. La imagen de la noticia no es particularmente gráfica, porque los medios evitan mostrar detalles que puedan afectar el tono de los televidentes, pero el titular lo dice todo.

"Naomi Carter, esposa del dueño de Carter Corp., asesinada en su residencia durante la noche."

Pero cuando veo la foto de Naomi en la parte inferior de la pantalla, siento cómo el frío me sube por la espalda.

Mi primer pensamiento es que debe haber un error. El segundo es que no puede ser ella.

Pero es ella. Su nombre no era Chihiro Nakamura, pero es la mujer con la que compartí tardes en el parque mientras nuestros hijos jugaban.

Naomi Carter.

El nombre cae como una sentencia en mi mente. Me quedo inmóvil, con la pantalla de Yahiro frente a mí, mientras las piezas comienzan a encajar de una manera en la que nunca quise que lo hicieran. Siempre supe que me había mentido sobre su nombre, es un gaje del oficio. Algo en su forma de hablar, en su forma de moverse, en la manera en que evitaba dar demasiados detalles sobre su vida. Pensé que era por seguridad, o porque sí pero nunca me podría haber imaginado algo así.

—La División 02 tomó el caso —continúa Yahiro, sin notar mi estado— Me dijeron que fue un baño de sangre.

Levanto la mirada con lentitud.

—¿Qué?

—La mujer estaba apuñalada. Más de veinte puñaladas en todo el cuerpo, según el laboratorio de análisis.

Veinte puñaladas.

Siento el peso de esas palabras en mi garganta. No fue un asesinato rápido, no fue un acto de impulso con un solo golpe letal. Fue personal.

Pero entonces, un pensamiento aún peor me golpea.

La niña. Alice.

No Sakura, la niña que solía ver correr por el parque con mi hijo, sino Alice Carter, la hija del hombre que lidera la empresa tecnológica más grande del país. Su nacimiento fue televisado hasta el cansancio, convertido en un espectáculo nacional, como si fuera el nacimiento de una princesa.

Y ahora, se quedó sin madre.

Me paso una mano por la cara, pero la sensación de pesadez en mi pecho no se disipa.

—¿Y la niña?

Yahiro hace una mueca, como si el tema le pareciera demasiado macabro incluso para él.

—La encontraron junto al cuerpo.

Cierro los ojos por un segundo.

—¿Estaba viva?

—Sí. Pero dicen que era... extraño. No entendía del todo lo que pasaba.

El aire en la oficina se siente más denso de lo habitual. Imagino la escena en mi mente, aunque no quiero hacerlo. Una niña pequeña al lado del cadáver destrozado de su madre.

Murmuro casi sin pensarlo.

—Entonces es una criminal latente ahora.

Es lo lógico. Cualquiera que pase por un evento así, cualquier niño que experimente ese nivel de trauma, vería su Psycho-Pass ensuciarse. Es lo que sucede siempre.

Pero Yahiro niega con la cabeza.

—Al parecer, no.

Lo miro con incredulidad.

—¿Cómo qué no?

—La atendió un equipo médico y su coeficiente se mantiene estable.

Eso no tiene sentido.

Incluso un adulto en esa situación terminaría con su Psycho-Pass contaminado. Un niño de seis años, viendo algo así, debería haber colapsado mentalmente. Pero si lo que dice Yahiro es cierto, si el sistema determinó que Alice Carter estaba "bien", entonces solo hay dos explicaciones posibles.

O no entendía lo que estaba viendo. O no lo procesó como algo traumático en absoluto.

No sé cuál de las dos opciones es peor.

Miro la foto de Naomi en la pantalla por última vez antes de que Yahiro apague la terminal.

Es un día normal. Un día como cualquier otro en la División 03. Pero de repente, todo se siente diferente.

Masaoka Nobuchika

Katatsumuri nunca más volvió al parque.

Ya no se sube mal al columpio, no discute conmigo sobre cómo el suelo no puede ser lava, no frunce el ceño cuando le digo que tiene que seguir las reglas.

No está ahí para llamarme Nobu porque Nobuchika es demasiado largo para su gusto.

No está ahí para desafiarme en cada juego después de escuchar todas mis explicaciones con paciencia.

El columpio en el que solía pararse sigue en su lugar, moviéndose apenas con el viento, pero nadie lo usa como ella. Me siento en la arena, miro a los otros niños y me doy cuenta de que ninguno de ellos es Katatsumuri.

La primera vez que volví y no la encontré, pensé que tal vez llegaría más tarde. La segunda vez, me dije que tal vez estaba enferma. La tercera, que tal vez su madre la había llevado a otro lugar. Pero después de varios días, entendí que no volvería. El vacío que sentí cuando me di cuenta de eso fue molesto, profundo, inexplicable. Tal vez Katatsumuri sí era mi novia después de todo.

Durante la cena, mientras padre y madre hablan sobre cosas de adultos que no me interesan, me escucho preguntar algo sin pensarlo demasiado.

—¿Dónde está Katatsumuri?

Padre levanta la vista del plato, madre también. Ella parpadea con curiosidad y sonríe.

—¿Quién es Katatsumuri?

—Una niña del parque.

—¿Katatsumuri? —ríe suavemente— ¿Por qué la llamas así?

—Porque su pelo es como un caracol.

Madre me mira con paciencia, como si esperara más detalles, pero yo sigo comiendo, como si no hubiera nada más que explicar. Padre se queda en silencio por un momento y noto que deja los palillos sobre la mesa, con un gesto que no hace normalmente. Parece que quiere decir algo, pero no lo dice de inmediato.

—No va a volver, Nobu.

Dejo de masticar por un momento.

—¿Por qué?

—Porque… su madre ya no puede traerla.

No entiendo. Me quedo en silencio, con la cuchara en la mano, mirando a padre. Su expresión es extraña, su voz es más baja que de costumbre. No lo entiendo, pero algo en la forma en que lo dice me hace sentir que no quiero preguntar más.

Katatsumuri nunca más volvió al parque. Y ahora sé que nunca lo hará.