Verano de 2101

Alice

Pero qué día hermoso para tocar el piano en la sala de música, sin nadie alrededor, con el aire acondicionado funcionando a la perfección.

La temperatura del espacio es perfecta, activándose en cuanto alguien entra, lo que significa que el aire fresco me recibió en el instante en que puse un pie dentro. Es una bendición considerando el calor insoportable de esta época del año, y un motivo más para decidir que no pienso salir de aquí en un buen rato.

La sala está en silencio, salvo por la música. Mis dedos se deslizan sobre las teclas con precisión, siguiendo la partitura virtual, con proyecciones holográficas sobre las teclas. La pieza que toco es complicada, una composición con cambios de ritmo bruscos y secciones que requieren una velocidad absurda, pero ya la he tocado dos veces hoy. Ahora, en esta tercera repetición, fluye con una naturalidad que la hace parecer fácil.

Me dejo llevar. No tengo que pensar demasiado. No tengo que hacer esfuerzo. Mis manos recuerdan los movimientos antes de que mi mente lo haga, y por un rato, todo lo demás desaparece.

Hasta que el terminal empieza a vibrar. Maldigo, maldigo en serio.

No porque el sonido sea particularmente molesto, sino porque me saca de este estado de absoluta comodidad. Exhalo con resignación y dejo que mis dedos terminen la última frase de la pieza antes de levantar la mano y revisar la notificación.

El chat de los Once de Nitto está lleno de mensajes.

Me froto la sien con los dedos mientras leo los mensajes con rapidez. Kaede quedó en tercer lugar en tercer año. No es una sorpresa, pero me alegra saberlo. Le envío un mensaje de felicitaciones sin pensarlo demasiado.

Y luego, lo veo. Empaté con Shinya.

Levanto una ceja y, antes de darme cuenta, sonrío.

No porque me importe particularmente el puntaje, sino porque me gusta la situación. Me gusta la idea de que Kougami esté mirando ese 98 y que sepa que no ganó del todo. Me gusta imaginar su expresión al ver que no me quedé atrás, que, sin realmente intentarlo, terminé a su altura.

Honestamente, estudié de manera bastante vaga para estos exámenes.

No porque me descuidara o porque subestimara la importancia de los puntajes, sino porque no lo necesito. Las clases de Nitto, salvo escultura, dibujo y teoría del color, son más bien un recreo muy placentero para mí. Después de todo, comparadas con la educación estricta y exhaustiva que tuve desde que tenía cuatro o cinco años, esto no es más que un juego.

Recuerdo a Naomi discutiendo con Adam cada vez que él decidía "honrarnos con su presencia" en la mansión. Recuerdo su tono, siempre tratando de mantener la compostura, pero con el enojo contenido en cada palabra. No funcionaba, claro. Nunca funcionaba.

Pero aun así, ella intentaba hacerme la vida un poco más soportable.

Como cuando me sacaba de la casa y me llevaba al parque.

Hay una imagen borrosa en mi cabeza de esos momentos. No tengo recuerdos completamente definidos de esa época, pero sé que jugaba con alguien. Sé que había un niño que me llamaba caracol, por una razón bastante tonta. Sé que lo discutíamos. Sé que peleaba con él cada vez que lo decía, pero también sé que me gustaba estar allí.

No recuerdo su nombre. No recuerdo si alguna vez lo supe.

No importa ahora.

Lo que importa es que la educación que recibí fue tan estricta que ahora, no hay nada en Nitto que realmente sea un desafío para mí.

Cierro el terminal y dejo que la sensación de satisfacción se asiente en mi pecho. Empatar con Kougami es gracioso. Y ver cómo los Once de Nitto están exigiendo saber por qué no me molesté en ir a la ceremonia es aún más gracioso.

Porque, en retrospectiva, soy la mejor de segundo año. Y no me presenté.

Me recuesto ligeramente sobre el banco del piano, observando los mensajes seguir llegando. Me están esperando para que explique mi ausencia. Me están esperando para que diga algo, para que justifique lo injustificable.

Pero, honestamente, ni siquiera sé si tengo ganas de responder.

Ginoza

Esa chica debe estar en la sala de música.

Lo sé porque en lugar de hacer lo que se esperaba de ella, como siempre, decidió que no era necesario aparecer. Sé que está ahí porque Alice Carter, cuando quiere esconderse, no se queda en casa ni se mezcla con la multitud. Se va a un lugar donde se sienta cómoda, donde puede olvidar que el resto del mundo existe.

Y ahora, me va a escuchar.

Cruzo los pasillos de la academia con pasos firmes, sin detenerme, sin importarme si algunos estudiantes me miran de reojo. Aún no ha pasado demasiado tiempo desde la ceremonia y los rumores ya están corriendo. Alice Carter, la alumna número uno de segundo año, ni siquiera se molestó en aparecer para recibir su reconocimiento. Todos lo notaron y tienen algo que decir al respecto.

Abro la puerta de la sala de música sin anunciarme, sin molestarme en suavizar mi expresión. Alice está sentada frente al piano, con la espalda recta, los dedos aún sobre las teclas. No parece sorprendida de verme.

Levanta la mirada con calma, como si ya supiera lo que voy a decir.

—¿Por qué no fuiste?

No lo formulo como una acusación, pero no es una pregunta completamente neutral tampoco. Alice inclina la cabeza ligeramente, con la misma actitud de siempre, como si estuviera considerando la mejor manera de hacerme perder la paciencia.

—¿Dónde dice que era obligatorio estar?

Cierro los ojos un segundo y exhalo lentamente.

—Alice.

—Honestamente, tenía cosas más interesantes para hacer.

Lo dice con la facilidad de quien no está tratando de provocar, pero igual lo hace.

Alice siempre retuerce las reglas a su conveniencia. Siempre encuentra la manera de interpretarlas de forma que le den la razón, siempre tiene una respuesta lista. Nunca acepta algo solo porque sí. Siempre discute, siempre pelea, siempre es así.

—No se trata de si era obligatorio o no —digo, manteniendo el tono estable— Se trata de que era lo correcto.

Alice suspira y apoya el codo en el piano, descansando la barbilla en la palma de su mano.

—No es que no tome en serio la academia, o los exámenes. Sé lo importante que es todo eso. Sé cuánto te esfuerzas tú, sé cuánto se esfuerza Shinya.

Me mira, y por un momento, el tono de su voz no es desafiante. Es… honesto.

—Solo que no me gustan esas cosas.

No lo dice con orgullo ni con arrogancia. Lo dice con simpleza, como si fuera una verdad absoluta, como si no fuera algo que estuviera en discusión.

—Y estoy cansada de estar en la mira de todo el mundo.

Se queda en silencio después de decirlo y yo también.

No porque no tenga algo que responderle, sino porque, por una fracción de segundo, entiendo lo que quiere decir.

Ella ha estado en la mira del mundo desde el día en que nació. No como Kougami o como yo, que hemos luchado por destacar, por ser los mejores.

Ella no tuvo que luchar por la atención de nadie. La atención siempre estuvo sobre ella. Su vida no es privada. Su nombre no es solo suyo.

Pero eso no significa que pueda permitirse hacer lo que quiera.

Cruzo los brazos y la miro directamente.

—Vas a estar en la mira de todo el mundo y más a partir de ahora.

Alice parpadea, y por primera vez en esta conversación, parece sorprendida por mi respuesta.

—No puedes escapar de eso. No importa si odias las ceremonias, si te fastidia que la gente hable de ti. Es inevitable.

Ella baja la mirada, exhalando con cansancio.

—Lo sé.

—Entonces compórtate como alguien que lo sabe.

Alice me observa en silencio durante un largo momento. Y sé que no va a cambiar su actitud solo porque se lo diga. Sé que no va a empezar a actuar de la manera que se espera de ella solo porque yo lo quiero.

Pero por primera vez en esta conversación, parece que, al menos, lo está considerando.

La noche de verano es cálida, con el aire lo suficientemente pesado como para hacer que la caminata después del entrenamiento de kendo parezca una idea poco recomendable. Pero Alice tiene una habilidad natural para convencerme de hacer cosas que no planeaba, así que aquí estamos, caminando bajo las farolas de una calle tranquila, con la brisa nocturna aliviando un poco el calor acumulado del día.

—No está tan mal, ¿ves? —dice ella con su tono triunfal de siempre, como si hubiera ganado una discusión que en realidad solo tuvo con ella misma.

—Sigues sin ser una fuente confiable —respondo

Alice solo ríe y sigue caminando a paso ligero, como si la noche fuera suya. No sé a dónde se supone que estamos yendo hasta que la veo detenerse abruptamente. Frente a nosotros hay un pequeño parque, vacío a estas horas, iluminado por la luz amarillenta de las farolas. Es un parque simple, con un arenero, un par de toboganes, estructuras para trepar y columpios.

Alice deja escapar un sonido que está entre un jadeo y una exclamación de emoción genuina.

—¡Columpios!

Parpadeo.

—¿Y eso qué?

Ella se gira para mirarme con una expresión de absoluto escándalo.

—Me encantan los columpios, Nobu. Desde que era niña.

Camina hacia ellos sin esperar una respuesta, como si el solo hecho de que estén ahí fuera suficiente motivo para cruzar el parque y subirse a uno de inmediato.

La observo mientras se sienta en uno de los columpios con la facilidad de alguien que ha hecho esto muchas veces antes. No es la imagen que esperaría ver de Alice Carter, la heredera de Carter Corp., la chica que ha crecido rodeada de riqueza y expectativas.

—Es extraño que te hayan dejado ir a un parque, siendo quién eres —comento, apoyándome contra uno de los postes de metal que sostienen la estructura.

Alice sonríe, pero es un poco más suave que de costumbre.

—Naomi encontraba maneras.

No necesito preguntar quién es Naomi. Ya hablamos de su madre en anteriores veces.

No demora mucho en comenzar a balancearse, empujándose con los pies contra la tierra hasta que el movimiento se vuelve más fluido, más natural. La luz de la farola ilumina su rostro a intervalos, haciendo que su cabello parezca cambiar de tono con cada oscilación. Es casi entrañable verla así, emocionada por algo tan simple como un columpio.

Hasta que lo arruina completamente.

—Alice —digo con un tono de advertencia

Ella ni siquiera me mira.

—¿Qué?

—Te vas a caer.

—No me voy a caer.

—Eso dicen todas las personas antes de caerse.

Alice ignora mi comentario por completo y aumenta la velocidad con cada oscilación. Su cabello se mueve con el viento, sus brazos se tensan alrededor de las cadenas y, por primera vez en mucho tiempo, la veo sin preocupaciones. Está viviendo el momento de su vida.

Y yo no entiendo por qué, pero siento que esto ya lo he visto antes.

Es un reflejo fugaz. Algo borroso, sin forma, sin contexto. Solo un instante en el que mi mente, sin permiso, me lanza un recuerdo que no había considerado en años.

Un parque. Un columpio.

Una niña con el cabello enredado y los ojos llenos de desafío. Katatsumuri.

El apodo surge en mi cabeza con la naturalidad de algo que nunca olvidé del todo. La veo frente a mí, pero no es Alice. Es una niña que discutía conmigo sobre si el suelo podía ser lava, que insistía en pararse en los columpios, aunque yo le dijera que no era seguro.

Una niña que nunca respetaba las reglas hasta que las entendía por completo.

¿Sakura?

No sé por qué mi mente recupera ese nombre, pero lo hace.

Fue hace demasiado tiempo. Antes de que todo cambiara, antes de que el mundo decidiera que yo no podía relacionarme con el resto en paz. Antes de que todo se volviera una competencia constante, antes de que cada relación que tuviera fuera un juego de fuerzas y resistencias.

Y ahora, aquí estoy.

Alice sigue balanceándose, sigue aumentando la velocidad, sigue sonriendo con esa expresión de libertad que pocas veces le he visto. Y yo solo la observo, con la extraña certeza de que, de alguna manera, siempre me han gustado las chicas complicadas.

Antes fue Katatsumuri, ahora es Alice.

Definitivamente tengo un tipo.

Alice

Música a todo volumen. Un estudio de baile enorme. Un instructor con demasiada energía. Y yo, vestida de morado de pies a cabeza, intentando no matarme con esta coreografía.

Es un día más en OWC. O, mejor dicho, el primer día de entrenamiento de baile para Irohanabi. Akari está enamorada del lugar, Kaede parece haber entrado en estado de negación, y yo… bueno, yo me estoy divirtiendo más de lo que pensaba.

—¡Desde el principio! —grita el instructor, aplaudiendo con fuerza para llamar nuestra atención— ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Más marcados esos pasos, más energía!

Hice clic con este tipo desde el principio. Tiene una vibra que encaja con Akari, un entusiasmo exagerado, pero no es insoportable. Nos trata con la dureza necesaria, pero sin ser condescendiente, y eso me basta.

Giro. Extiendo el brazo. Apoyo el peso en el pie derecho. Flexiono. Giran las caderas.

—¡Alice, más proyección con el torso, más intención en los movimientos! ¡Haz que se vea real, no que parezca que solo sigues los pasos!

Si supiera que no tengo que esforzarme en eso. Si supiera que ahora me permito hacer estupideces porque descubrí que la gente lo ama.

Antes me contenía más. Antes me preocupaba demasiado por si me veía ridícula. Pero resulta que a la gente le encanta la Alice que no se toma en serio a sí misma. Les gusta que me ría mientras bailo, que haga expresiones exageradas, que me mueva como si no me importara un carajo lo que piensen.

Y me he dado cuenta de que me gusta también.

Así que cuando el instructor repite el conteo y dice que quiere más actitud en la expresión facial, soy la primera en exagerar un gesto de diva mientras marco el movimiento. Las chicas de idols trainee nos están mirando desde la otra esquina del estudio, y sé que algunas lo hacen con desprecio.

Perfecto. Que miren.

—¡Bien, Alice! ¡Esa es la actitud! ¡Pero no la quemes toda ahora, que aún falta toda la sesión de la tarde!

Akari aplaude como si hubiera ganado algo. Kaede sigue a mi lado, pero la intensidad de la coreografía la tiene perturbada. Se mueve bien, pero no es su mundo. Y lo peor es que lo está notando en tiempo real.

—Esto no es natural —murmura entre pasos, intentando seguir el ritmo sin perder la dignidad en el proceso— ¿Por qué es tan… intenso?

—Es OWC, Kaede —le digo con una sonrisa torcida mientras giramos al mismo tiempo— La intensidad es el requisito mínimo.

Aquí todo está calculado hasta el último detalle, incluyendo nuestra ropa. Desde que entramos al edificio, todo lo que llevo puesto es morado, igual que todo lo que Akari usa es rojo y todo lo que Kaede usa es azul.

No es opcional. No es coincidencia.

Nos han dicho que pueden grabarnos en cualquier momento, y, de hecho, lo hacen.

No hay un solo instante del día en que no estemos bajo observación. Es como un zoológico de talentos en el que estudian cada movimiento que hacemos.

El instructor nos da cinco minutos de descanso, y Akari los usa para despotricar contra las chicas que nos miran con mala cara.

—No sé qué les pasa —dice, tomando agua de su botella con exageración— ¡Ni que fuéramos nosotras las que decidimos firmar con mejores términos que ellas!

Kaede le lanza una mirada plana.

—Ese es el problema.

Ah, claro. La envidia.

No sé si es porque negociamos un contrato hecho a medida, si es porque piensan que estamos aquí sin habernos ganado el lugar, o si es porque somos la única banda que ha visto usar colores asignados como si fuéramos fichas de ajedrez.

El resto de los trainees, los que sí están aquí para ser idols, usan conjuntos blancos y negros.

Nosotras somos las únicas con esta estética corporativa de "identidad visual". Y eso, claramente, les molesta.

—¿Sabes qué? —dice Akari, cruzándose de brazos mientras mira a un grupo de chicas en la otra esquina del estudio— Si tantos problemas tienen, que nos lo digan en la cara.

Kaede suspira, agotada de la energía combativa de Akari.

—No lo harán. Solo seguirán mirándonos mal y fingiendo que no existimos.

—¡Ah, pero sí existimos! —Akari se estira, como si se estuviera preparando para otra ronda de baile— Somos Irohanabi. Somos el futuro. Y lo saben.

No puedo evitar reírme.

Akari vive para este drama.

Yo, en cambio, solo quiero ver hasta dónde puedo llegar antes de que me llamen la atención por hacer las cosas a mi manera.

El estudio de práctica de guitarra en OWC es un espacio frío y clínico, diseñado para la precisión más que para la inspiración. No hay nada acogedor en estas paredes insonorizadas, en las luces blancas que no permiten sombras, en la forma en que cada amplificador y pedal de efectos está perfectamente alineado en su lugar. Es funcional, es eficiente, pero no tiene alma.

Kaede y yo somos las únicas de Irohanabi aquí hoy. Souta y Haruto están en otras salas, practicando con sus propios instrumentos, y Akari está probablemente en algún lugar amando cada segundo de su entrenamiento vocal. Pero nosotras estamos aquí, en la práctica de guitarra, rodeadas de otros músicos que OWC tiene bajo su ala.

Guitarristas de distintos estilos, cada uno con su propia manera de tocar, con su propia visión de lo que significa estar en esta industria. Hay algunos que vienen del mundo del rock tradicional, otros que claramente fueron moldeados para encajar en el estilo de OWC. Algunos han estado aquí por años. Nos observan con curiosidad mientras nos acomodamos en nuestros lugares, evaluándonos antes de siquiera escucharnos tocar.

Kaede, como siempre, recibe una guitarra cualquiera. No tiene una propia. Por suerte, ella puede tocar con cualquier cosa y hacer que suene increíble, pero a mí no me gusta eso.

No me gusta que tenga que conformarse con lo que le den y definitivamente no me gusta que aquí la traten como si su sonido no necesitara identidad.

Yo, en cambio, tengo mi Gibson Les Paul conmigo. No voy a cometer el error de dejar que me den otra guitarra de reemplazo, como en la sesión de fotos. Esa estupidez no va a repetirse.

Con cuidado, saco la guitarra de su estuche.

Y en cuanto lo hago, todo el mundo ve la pegatina.

—¿Eso qué es? —pregunta uno de los guitarristas, con curiosidad.

Miro la pegatina de yin-yang de gatos que brilla levemente bajo la luz blanca de la sala. No es un simple adorno. No es una marca cualquiera.

Levanto la vista y sonrío con calma.

—Es porque mi guitarra no es cualquier guitarra —respondo, con un tono que deja claro que la conversación se acaba aquí— Es mi guitarra y es diferente a todas las demás.

Nadie dice nada más después de eso. Todos lo entienden.

Pero lo que no entienden, lo que nadie sabe, es que esa pegatina es un maldito tesoro para mí.

Porque me la dio Kougami, es el único objeto físico que lleva su marca en mi vida, algo que no me quitó la prensa, que no fue impuesto por una imagen corporativa. Algo que es solo nuestro.

"Cuando sea una estrella de rock, quiero que esto me recuerde a ti."

Lo dije ese día sin pensarlo demasiado. Pero ahora, me acuerdo de Kougami todo el tiempo.

Porque Kougami es mi musa.

Es la persona que siempre me ha impulsado a crear, a componer, desde que lo conocí. Desde el primer momento, fue el fuego en mi sangre, la chispa en cada nota que toco, el motivo por el que cada canción que compongo tiene una parte de él en ella.

Cada vez que toco mi Gibson desde que la compré con él, siento ese calor en el pecho, esa certeza de que la música es lo único real en este mundo.

Y ahora, voy a mostrar de qué estoy hecha.

Conecto la guitarra al amplificador y el sonido resuena con fuerza en la sala. Las notas llenan el espacio como si no pertenecieran aquí, como si fueran demasiado grandes para este lugar.

La práctica es intensa.

El instructor nos hace tocar escalas, nos hace improvisar sobre bases de acompañamiento, nos obliga a seguir patrones de ritmo imposibles. Es exigente, pero no es condescendiente. Nos trata como músicos de verdad, como gente que tiene algo que demostrar.

Y yo lo hago.

Mis dedos se mueven sobre las cuerdas con precisión quirúrgica, pero no es mecánico. Es natural. Es como respirar.

Kaede me sigue sin esfuerzo, sus acordes complementando mi melodía sin que tengamos que hablar. Nos entendemos perfectamente.

El resto de los guitarristas nos miran con una mezcla de curiosidad y respeto. No esperaban esto.

No esperaban que Irohanabi pudiera tocar con esta intensidad, con esta presencia.

Pero que lo esperen o no, no cambia el hecho de que esto es solo el principio.

Kaede

Termina la jornada en OWC y, en cuanto salimos de la sala de práctica de guitarra, Alice y yo nos dirigimos a los vestidores. Es un alivio salir de ahí, salir del espacio blanco e impersonal donde todo está monitoreado, donde cada movimiento que hacemos está siendo registrado para un análisis futuro. OWC no es solo una empresa, es un ecosistema de control disfrazado de oportunidad, y lo sabemos.

Alice respira tranquila cuando se pone su ropa. Es como si, al deshacerse de la camisa morada y los pantalones ajustados que nos obligan a usar aquí, pudiera recuperar algo de sí misma. Ahora lleva una camiseta blanca simple, un par de jeans rotos en lugares estratégicos y esos borcegos que parecen haber sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. No sé cómo siguen enteros.

Cuando termina, se vuelve a colgar el estuche de la Gibson en el hombro y me mira.

Y lo sé. Mi hermana menor tuvo una idea de las suyas.

Alice no necesita hablar para que yo lo sepa. Lo veo en su postura, en la manera en que juega con la correa del estuche, en el brillo que se le instala en los ojos cuando está a punto de hacer algo que probablemente pondrá en jaque la paciencia de más de una persona en OWC.

—Tenemos que solucionar el asunto de la guitarra —dice con naturalidad, como si estuviéramos a punto de comprar un café y no a desafiar el delicado equilibrio de poder dentro de la empresa más grande de la industria musical.

La miro, sin responder de inmediato. Lo sé. Lo sé perfectamente.

No es que no quiera un instrumento propio. Es que hasta ahora no pude permitírmelo.

Con mis ahorros no puedo costear una guitarra del nivel que necesito. Durante mucho tiempo, me las arreglé con los instrumentos de otras personas. Cuando tocábamos en la casa de Kenta, aprovechaba que había una Fender Stratocaster en su familia, un instrumento que nunca fue mío pero que aprendí a manejar como si lo fuera.

Pero si sigo así, si sigo permitiendo que OWC me dé cualquier guitarra de su catálogo, van a terminar definiendo el sonido de la banda sin que nos demos cuenta.

Porque OWC no improvisa. Cada decisión, cada detalle, cada instrumento que nos entregan está minuciosamente pensado para influir en el sonido final de Irohanabi.

Y Alice lo sabe.

Alice, con su manía de adelantarse a las estrategias de los demás, con su convicción de que nadie va a manipularnos sin que lo notemos, sabe que no podemos dejar que esto siga así.

Cuando me doy cuenta, se acaba de poner un lollypop en la boca.

Muerdo el interior de mi mejilla.

—¿En serio?

Ella sonríe con descaro.

—¿Qué?

—Sabes que, si algún ejecutivo de OWC te ve con eso, te va a asesinar.

Alice se encoge de hombros.

—Es solo un poco de azúcar.

No insisto porque ella hará lo que le dé la gana, como siempre.

Pero entonces me mira directamente, con esa determinación que no deja espacio para negociaciones.

—Vamos a solucionar esto hoy mismo.

Parpadeo.

—¿Qué?

Antes de que pueda procesarlo del todo, Alice ya está sacando su terminal y coordinando algo con el tono más natural del mundo.

—Sube al auto de OWC conmigo.

No entiendo a qué se refiere hasta que ya estamos dentro del vehículo y le pide al conductor que nos lleve a la calle de la guitarra en Ochanomizu.

Conseguir una guitarra no puede ser tan difícil.

¿Verdad?

En el mundo de Alice Carter, nada es tan simple. Nada puede dejarse al azar, todo debe ser analizado hasta la obsesión, porque Alice es relajada con muchas cosas, pero no con la música. Con la música, es una maniática obsesiva que no deja un solo detalle sin contemplar.

Cuando llegamos a la tienda de música, entiendo al instante que este no es un lugar cualquiera.

Es una de las mejores tiendas del país, especializada en instrumentos de alta gama. Alice me lleva directo al mostrador como si estuviera entrando en su segunda casa, y el dueño, un hombre de edad indefinida con el cabello desordenado y una mirada de alguien que ha visto demasiado, la reconoce de inmediato.

—Alice Carter —dice con una sonrisa cansada, apoyando los codos en el mostrador— Déjame adivinar. ¿Cuerdas?

Alice sonríe.

—Siempre.

Me quedo de pie a su lado mientras ella empieza a explicarle lo que realmente estamos buscando. No hemos venido solo por cuerdas. Alice nunca compra solo cuerdas.

—Estamos aquí para algo más importante —dice, cruzándose de brazos con su tono de "voy a hacer algo exagerado y no puedes detenerme".

El dueño arquea una ceja con un interés moderado.

—¿Y qué sería eso?

Alice sonríe, apoyando las manos sobre el mostrador.

—Encontrar el sonido de Irohanabi.

No sé qué esperaba, pero el hombre nos observa por un segundo y, sin más, cierra la tienda.

Pone el cartel de "cerrado" en la puerta y baja un poco las persianas, sin siquiera cuestionarlo. Porque venderle algo a Alice Carter justifica cerrar la tienda.

No es una cliente casual.

Cuando Alice compra algo, no es solo una guitarra o unas cuerdas. Es una inversión, un acto deliberado que implica horas de selección, de pruebas, de asegurarse de que lo que se lleva es exactamente lo que necesita.

Y, por lo visto, hoy el proyecto soy yo.

El dueño nos lleva hasta la parte trasera, donde hay un pequeño espacio de prueba con amplificadores alineados contra la pared y un sofá desgastado donde probablemente se han sentado más músicos de los que se pueden contar. Alice se acomoda en el suelo como si estuviera en su sala de estar y me hace un gesto para que empiece.

—Tienes toda la tienda para probar lo que quieras —dice el dueño, como si esto fuera lo más normal del mundo.

Alice asiente con satisfacción y se sienta en el suelo, sacando otro lollypop de su bolsillo -porque el primero se le termino y estaba masticando el palito- y metiéndoselo en la boca con la expresión más desafiante posible.

—Ahora tenemos que encontrar el sonido —dice, con la voz ligeramente amortiguada por el caramelo.

—¿Vas a provocar la ira de todos los ejecutivos de OWC por esto?

—Por supuesto.

Resoplo y tomo la primera guitarra que me ofrece el dueño de la tienda.

Y entonces comienza el proceso. Pruebo una, luego otra, luego otra más. Alice escucha cada acorde, cada nota, con la concentración de un cirujano en medio de una operación. Cada vez que algo no suena exactamente como quiere, hace un gesto con la boca y descarta la opción de inmediato.

—Demasiado opaca.

—Muy metálica.

—Esto es una pesadilla.

Después de media hora, el sonido de la puerta abriéndose nos distrae. Es Haruto.

Alice se ilumina al verlo entrar.

—¡Justo a tiempo!

Haruto, que claramente fue arrastrado a esto sin mucha opción, suspira y se acerca con calma.

—Pensé que ibas a comprar una guitarra, no a hacer una disección.

—Si vamos a hacer esto, lo hacemos bien.

Haruto se sienta en el suelo junto a Alice y le pasa una botella de agua sin que ella tenga que pedirla. No sé cómo funcionan, pero a veces parecen tener un lenguaje propio.

Luego, Haruto conecta su bajo a otro amplificador y entre Alice y él comienzan a tocar juntos para ver cómo encaja cada guitarra que pruebo con los instrumentos que ya tenemos.

Y así es como terminamos los tres, debatiendo durante casi dos horas sobre lo que Irohanabi necesita.

Alice tiene sus ideas, yo tengo las mías. Haruto, con su precisión de bajista, interviene cada tanto con comentarios sobre el equilibrio del sonido y la proyección de las frecuencias graves. El dueño de la tienda, que ha visto todo tipo de discusiones sobre sonido, solo nos observa con paciencia, interviniendo cuando es necesario para darnos información técnica sobre los modelos que probamos.

Después de muchas pruebas, después de demasiado análisis, después de sentir que el concepto del sonido de la banda ha sido diseccionado hasta el infinito, llegamos a la conclusión inevitable.

Tenemos que mantener la Fender Stratocaster.

Alice exhala como si acabáramos de resolver una crisis internacional.

—Sabía que íbamos a terminar en este punto —dice, moviendo el lollypop de un lado a otro en su boca.

Haruto asiente.

—Pero fue entretenido verlas debatir.

Me paso una mano por el cabello y finalmente dejo la guitarra en su soporte.

—Bien. Ahora solo queda elegir el color.

El dueño nos guía hasta la sección donde tienen distintas opciones. Me cruzo de brazos y observo los colores, sintiendo que este debería ser el paso más fácil, pero sabiendo que, con Alice aquí, nada es fácil.

—Negro es clásico —digo, probando una.

Alice frunce el ceño.

—Mi guitarra ya es negra. Y además es el color que todos usan… y tú eres única, Kaede.

—Blanco sería elegante.

—Demasiado puro para ti.

—Rojo es llamativo.

—No eres Akari.

Resoplo.

—¿Quieres elegirla tú?

Alice sonríe como si acabara de ganar una batalla.

—Sunburst.

Haruto suelta una carcajada.

—Deberíamos haberlo visto venir.

—Sunburst no —digo de inmediato.

—¿Por qué no?

—Porque no.

Alice entrecierra los ojos con diversión.

—Entonces, elige algo mejor.

Mi mirada recorre las opciones y, después de un momento, una me llama la atención.

—Azul medianoche.

Alice y Haruto la observan.

—Buena elección —dice Haruto.

Alice ladea la cabeza, inspeccionándola como si pudiera leer algo más allá del color.

—No está mal.

Lo tomaré como una victoria. Alice saca su terminal y sin dudarlo, compra la guitarra.

Con todos los accesorios. Y el amplificador.

El dueño sonríe con satisfacción, porque sabe que cuando Alice Carter compra algo, compra en serio.

Me coloco la guitarra al hombro con la correa ajustada a mi medida. Se siente bien. Se siente como si realmente fuera mía.

El amplificador será enviado a mi casa, porque no hay forma de que cargue todo esto ahora.

Cuando salimos de la tienda, Alice me da un leve codazo en el costado.

—Misión cumplida.

—Misión tardamos dos horas en cumplir.

—Los grandes proyectos llevan tiempo.

Suspiro, pero no puedo evitar sonreír.

Alice siempre hace las cosas de manera exagerada. Pero esta vez, estoy agradecida por ello.