Capítulo 6

No quiero volver a ignorarlo


Kyosuke Motomiya observaba anonadado la habilidad de Kurumi Ichijouji para matar zombies a sangre fría en aquel juego de realidad virtual. La primogénita de Miyako y Ken Ichijouji había elegido una partida ambientada en la época de los samurais y blandía su katana imaginaria como toda una espadachín experta directo en el cráneo de los muertos vivientes que se acercaban a ella.

Kyo tuvo incluso el impulso de cubrirle los ojos al pequeño Kotaro Ishida, afortunadamente su hermana fue más rápida en hacerlo.

—¿Ya sigue mi turno? —preguntó Kotaro aún enceguecido.

—Tendrás pesadillas —vaticinó su hermana mayor— y buscarás dormir con mamá.

—No quiero que la Tía Sora me vuelva a regañar —mencionó Kyo un tanto lívido. Sora podía ser bastante estricta con sus sobrinos postizos.

Motomiya y Kurumi, los mayores del grupo de pseudo primos, habían empezado a buscar salir más a solas últimamente. Apenas tenían 13 años, pero Miyako recordaba perfectamente lo que era atravesar esa edad, por lo que siempre que podía enviaba a Zetaro y a alguno otro niño a acompañar a los adolescentes.

No es que desaprobara a Kyo, el chico afortunadamente había heredado el sentido común del lado de su madre, pero aún no estaba lista para que su primogénita estuviera de novia. El tiempo no podía pasar tan rápido. Ken estaba completamente de acuerdo, por más que Daisuke ya estuviera imaginándolos como consuegros.

Zetaro, que ya se había separado del grupo, estaba por probar suerte en un juego de motocicletas cuando reconoció a Osen del otro lado del centro de juegos. La pelirroja parecía estar un tanto nerviosa pues miraba con cautela la ventana que daba hacia la banqueta.

—Hola Osen

—¡Zet-kun! ¿Qué haces aquí?

—Nos trajeron Kyo-kun y mi hermana —apuntó hacia el fondo donde Kurumi seguía descabezando zombies en la enorme pantalla—. ¿Y tú?

—Estoy esperando a Ben pero… —volvió a voltear la mirada hacia la calle.

—¿Ben, hijo de la tía Mimi? —Osen asintió con aprehensión— ¿Qué sucede?

Cuando Zetaro terminó de realizar aquella pregunta, ya había sido alcanzado por el resto del grupo. Kurumi tenía enredados en su cuello un montón de tickets de papel como recompensa de su excelente partida.

—¡O-chan! —Kurumi saludó pero rápidamente se alertó también—. ¿Qué pasa?

Osen no estaba segura si contarles su preocupación. Ben Barton había quedado de ir con ella al arcade esa tarde pero ya llevaba más de quince minutos de retraso y no contestaba los textos que la pelirroja le había mandado. Se supone que Ben usaría por sí solo el metro para llegar pero no había ninguna noticia de él hasta el momento. Osen miró a los mayores y tragó saliva, lista para confesar que por presionarlo a ser más independiente, Ben había sido secuestrado.

¡No el hijo de la señora Mimi! Su padre no se lo perdonaría, Osen sabía que la tenía en gran estima.

Estaba a punto de contar todo a sus primos cuando Ben abrió la puerta del lugar, haciendo sonar una pequeña campana electrónica. Aliviada, Osen se fue directo hacia él para recibirlo con un abrazo que en un santiamén se convirtió en un empujón sobre su hombro.

—¡¿Dónde estabas?!

Ben hizo una mueca de incomodidad.

—Me perdí al salir de la estación —confesó, subiendo la capucha de su hoodie en reflejo. Fue peor la humillación cuando vió al resto de la comitiva detrás de la pelirroja. Se le acercó para que al susurrar fuera escuchado solo por ella—. ¿Los invitaste también?

—No, ellos ya estaban aquí.

Ben suspiró derrotado. No es que le desagradara la idea pero no estaba dentro de sus planes socializar con otras personas. Con Osen estaba resultando ser cada vez más fácil ser él mismo pues empezaba a haber un tipo de complicidad que le inspiraba confianza. Con el resto de los chicos, hijos de los amigos de su madre, a veces hablaba de vez en cuando pero, debido a que sólo visitaba Japón por los veranos, para nada eran cercanos.

Tenía que ver el lado bueno, al menos no estaba Seiyuro Takaishi con ellos. Por alguna razón no terminaba de tragar al rubiesito sabelotodo.

—¿Ese es Ben Tachikawa? —Kyo se acercó para verlo más de cerca, como si no creyera en la coincidencia de encontrarle ahí también. Ben subió las cejas, un tanto extrañado de escuchar su nombre con el apellido de su madre—. ¡Qué bien! Ya estamos completos para una partida de equipos en el juego de realidad virtual.

Kurumi giró los ojos, viendo cómo otro primito indeseado se sumaba a su cita arruinada.


Mimi observaba ansiosa, ya por más de quince minutos, las dos opciones de atuendos que tenía desplegados sobre su cama pero la verdad es que ninguno parecía ser el adecuado. Suspiró frustrada por no haber prevenido esta situación y haber caído víctima de la impaciencia.

La noche anterior había acordado salir a cenar con Koushiro. No estaba segura si poder catalogarlo como una cita, pero después de aquel beso en su oficina, tampoco podía darse el lujo de ir vestida como si fuera un encuentro casual entre amigos. Y ahí yacía el problema: ¿hacía cuánto que Mimi no salía en una cita? Incluso hacer memoria estaba resultando ser todo un reto… Ben probablemente estaba terminando el preescolar.

Y no es que hubiese habido falta de pretendientes todos estos años pero Mimi simplemente se había abocado por completo a Ben, descuidando su vida amorosa en el proceso. Además, en Nueva York, Michael siempre estaba alrededor y aquello asustaba hasta a los más insistentes. Tampoco es que hubiese llegado alguien que le hubiera atraído lo suficiente para darle un poco de su escasa atención.

Recuerdos de su juventud se aglomeraron en su cabeza. No podía quejarse, se había divertido bastante en la escena romántica neoyorquina, y había conocido a personas increíblemente interesantes. Sin embargo, por alguna razón, sus relaciones nunca llegaban más allá de noviazgos fugaces en donde la emoción se disipaba por completo prácticamente en cuestión de semanas.

Ese era su problema, recordó, solía aburrirse bastante rápido. Y bueno, cuando tienes un hijo, no hay oportunidad de aburrirse. Además, Ben era más interesante que todas sus conquistas de juventud juntas. Prefería salir al parque a encontrarle formas a las nubes mientras ella y su pequeño se recostaban sobre el pasto en algún claro de Central Park, que escuchar alguna aburrida historia sobre algún jugador de los Yankees.

Mimi sonrió nostálgica y entonces le mandó un texto a Ben para asegurarse de que había llegado de una pieza con su amiga de los cursos vespertinos. Él le respondió con un emoji de un pulgar hacia arriba, haciendo que su madre empezara a refunfuñar, para luego mandarle un ícono de un corazón.

No se arrepentía de ningún segundo pasado a su lado.

Sin embargo, ahora que tenía que elegir entre sus dos mejores atuendos se daba cuenta que su guardarropa había mutado de uno glamoroso a otro sencillo y cómodo, perfecto para seguirle el paso a su pequeño pero no para impactar a Koushiro. Incluso sus opciones de ropa interior eran todo menos interesantes.

Pensar aquello último la llevó a otra crisis existencial. Quería convencerse que no importaba llevar un sujetador simple de algodón color blanco y pantis a juego, pero su mente reproducía como una sirena de advertencia la última vez que Koushiro y ella habían estado solos en su oficina.

¿Y si su no-cita se convertía en algo más? ¿Era posible? No, no podía ser, se decía, porque irían a cenar y ella tenía que volver temprano a casa para alcanzar a recibir a Ben. No había manera en que se repitiera lo de la otra noche pues simplemente las condiciones no eran las adecuadas.

Más que calmarla, pensar en todo aquello la decepcionó tremendamente, pero tenía que mantener la cabeza fría, se repitió.

Al final, decidió decantarse por el único vestido que aún guardaba. Era una pieza sobria que había adquirido en un aparador de Nueva York, incluso antes de que Ben naciera. No lo había usado mucho en sus veintes porque aún se decantaba por opciones más coloridas en ese momento, pero el azul marino del satin de aquel vestido ceñido acentuaba de una manera muy particular el color castaño de su cabello y el miel de sus ojos.

Estaba terminando de retocarse el labial cuando su teléfono vibró. Era un mensaje de Koushiro.

"Me acaban de llamar a una reunión de emergencia. Intentaré no tardar pero creo que no me dará tiempo de pasar por ti, ¿te molestaría que nos viéramos en el restaurante?"

"Sin problema. Puedo ir acercándome."

"Lamento no poder ir a recogerte."


Koushiro se apretó el puente de la nariz con frustración. No podía creer que acababa de pedirle a Mimi Tachikawa que lo encontrara en el restaurante donde había hecho la reservación, pero simplemente el tiempo no iba a ser suficiente.

Cuando el elevador se abrió, del otro lado apareció Taichi. Koushiro intentó tragarse su aprehensión. Si Tai estaba ahí, aquella reunión no sería cosa sencilla.

—¿Qué sucede? —ni siquiera se molestó en saludar al castaño, quien escribía como poseído en su teléfono inteligente.

—Una estupidez —contestó Tai sin despegar los ojos de su pantalla mientras ambos caminaban hacia la sala de reuniones—, una compañía china anunció que está por patentar su propio modelo de digivice. Una reverenda estupidez, pero tiene a todo mundo alborotado. Espero que haya café decente.

—Espero que no lleguemos a necesitarlo. Tengo planes. Necesito salir de aquí lo más pronto posible.

Tai finalmente levantó la vista de su móvil. Koushiro intentó no mantener contacto visual con su mejor amigo.

―¿Te toca cuidar de Osen esta noche?

Koushiro asintió levemente. Era una vil mentira pero tomaría la oportunidad y que su hija lo perdonara.

―Habla con Miya-chan. Cuando me llamaron tuve que pedirle que por favor recibiera a Taiki después de su entrenamiento de soccer. Me dijo que Kurumi y Zet habían salido con los hijos de Sora y que seguramente todo acabaría en pijamada de todas maneras.

Koushiro se mordió la lengua.

―Miya se volverá loca con tantos niños.

―Eso tienes que decírselo a Ken ―bromeó Taichi mientras seguía texteando de camino a la sala de juntas― ¡Dice que no hay problema!

―¡¿Enserio le dijiste?! -―medio pálido se asomó para observar la pantalla de Tai, donde el chat de Miyako mostraba un emoji de alguien levantando los hombros sin remedio.

Eso le pasaba por usar a su hija como excusa. Suspiró intranquilo, como si le faltaran problemas. Mientras el resto de la comitiva tomaba asiento, texteó rápidamente a la madre de Osen.

"Está en la sala de videojuegos con algunos de los hijos de tus amigos. Por mi no hay problema."

Y después texteó a su hija. Por azares del destino, y para su descanso, su pelirroja ya se encontraba con los hermanos Ichijouji. Le dijo que su madre iría a buscarla a la mañana siguiente y que ayudara a la señora Ichijouji siendo una buena chica.

Y entonces la sala fue llamada a iniciar cuando el sub ministro de defensa digital nipón hizo su arribo.


―¿Mom?

Mimi escuchó la voz de su hijo en la bocina. Atrás se escuchaba mucho ruido y aquello la alarmó.

―Ehmmm… quería pedirte permiso para ir a una pijamada esta noche.

Mimi no daba crédito a lo que escuchaba. Ben odiaba dormir fuera de su casa, ni siquiera le gustaba acampar con su padre en algún parque nacional.

―Ben, no lo sé. No conozco a tu amiga. No se en que clase de lugar vas a quedarte. No creo que sea la mejor idea.

Al otro lado de la bocina, oyó a su hijo suspirar.

―Espera un momento.

Mimi escuchó a su hijo renegar con alguien, no podía entender bien lo que decían pero rápidamente detectó la voz de un chico. Nuevamente se alarmó, Ben no le había dicho que estaba con otras personas y todo aquello no le estaba gustando.

―¡Benjamin! Vuelve al teléfono inmediatamente.

―Te veré en casa, mom ―le contestó con genuina decepción en su voz antes de colgar el teléfono.

Mimi estaba lívida. Subió la mirada para ver el mapa de la línea del tren en donde estaba y luego revisó la ubicación que Ben le había mandado por la tarde. Intentó dejarlo pasar pero no pudo, y lo sentía por Koushiro, pero la seguridad de su hijo era lo más importante. Salió del vagón en la siguiente estación y tomó un taxi hacia la sala de juegos.

Al entrar a aquel establecimiento sintió que la cantidad de luces y sonidos la abrumaban en demasía. Tanto que incluso tuvo que pestañear varias veces para volver a concentrarse. Caminó hacia la isla central donde se encontraban los encargados pero en el camino rápidamente encontró al grupo de primos jugando en las consolas de carreras de motocicletas. Allí estaban Kurumi, Kyosuke, Zetaro, Mayumi, Kotaro, Osen y Benjamín. Todos riendo divertidos.

No estaba segura de que iba la mentira, se sentía herida, pues la sinceridad era lo más importante que Ben y ella compartían. Luchó contra las lágrimas que empezaban a acumularse en las comisuras de sus ojos y entonces dio media vuelta para salir al exterior del local y huir de todo el ruido.

Ya en la banqueta volvió a marcar el número de Ben. Su hijo atendió al tercer tono.

―Mom, lamento haberte colgado…

―Estoy afuera del arcade. ¿Puedes salir un momento?

Unos minutos después, Ben había logrado escabullirse del grupo y la buscó fuera del local.

―¿Qué estás haciendo aquí? ―preguntó algo ofendido de que hubiera venido a espiarlo.

―Viendo como me mientes, Benjamin Barton. ¿Se puede saber que está pasando aquí?

Ben bajó las defensas cuando notó que su madre estaba verdaderamente molesta. Rápidamente aceptó su derrota, no había más opción, pensó.

―Osen es mi amiga de los cursos vespertinos ―confesó con las palabras entre los dientes, como si estuviese confesando un secreto de estado―. Yo no quería mentirte, pero ella me pidió no decirte nada.

―¿Y eso como por qué?

Entró en pánico por un momento de pensar que tal vez no era del agrado de la hija de Koushiro. Moriría si eso era verdad.

―Honestamente no estoy muy seguro ―Ben intentó recordar de que iba todo ese juego; ahora que se lo confesaba a su madre todo le parecía bastante tonto―. Solo se que Osen no quiere que su padre sepa que esta tomando clases extras.

―Eso no tiene ningún sentido.

―¡Te juro que es la verdad! ―se defendió rápidamente; su madre jamás había dudado de su palabra. Todo aquello empezó a hacerlo enfadar, sobre todo con Osen―. Dijo algo como que el señor Izumi no tenía tiempo de lidiar con ello. Fue muy insistente y yo solo estaba protegiendo su estúpido secreto.

Mimi notó el cambio de humor de su hijo y se sintió terrible. Bajo la guardia también y se acercó a Ben para abrazarle.

―De acuerdo. Te creo, sweetheart ―se agachó para quedar a la misma altura que él―. Lamento haber venido pero entiéndeme tú también a mi. Tenia que saber que estabas bien, esa es mi responsabilidad como tu madre. Y quiero que comprendas algo muy bien: no debes ocultarme nada, mucho menos cuando alguien te lo pide.

―¿Vas a decirle todo al señor Izumi?

―¿La madre de Osen sabe de la escuela vespertina?

―Si, mom.

Mimi suspiró. Si ella estuviese en lugar de Koushiro querría saberlo todo, pero al mismo tiempo tenía que demostrarle a Ben que confiar en ella valía la pena. No estaba del todo convencida pero supuso que mientras su madre supiera al respecto, no había peligro alguno para Osen.

―Entonces no diré nada. Esto parece ser un problema entre Osen y su padre y no me meteré ―Ben suspiró aliviado―. Como su amigo deberías aconsejarle que mentirle a sus padres no le traerá nada bueno.

―Créeme, lo intento.

Mimi sonrió. Igualmente estaba aliviada.

Era extraño pensar en Ben protegiendo los secretos de Osen Izumi. Según recordaba no eran los más cercanos, pero sí el resto de lo que Ben le contaba era verdad, parecía ser que ellos dos se habían vuelto buenos amigos en las últimas semanas.

―¿Dónde es la pijamada?

―En casa de Zetaro.

Mimi no pudo evitar reírse. Ben la miró como si hubiese perdido la cordura.

―Ay, Ben ¿No se te ocurrió pensar que la tía Miyako me contaría que estarías en su casa?

Barton giró los ojos. Por supuesto que no había tomado en cuenta ese pequeño detalle. Él solo quería asistir y ya. Rápidamente se sonrojó, producto de su bochorno.

―Bien. Yo iré a recogerte mañana y después seguiremos hablando de todo esto. Ahora, regresa con tus amigos antes de que se pregunten en dónde estás.

Ben nuevamente la abrazó, contento de haber resuelto todo aquel asunto incómodo. Recibió un sonoro beso en su mejilla de parte de su madre y entonces volvió a entrar al local. Mimi lo vio reunirse con el resto del grupo y se sintió finalmente tranquila…

…hasta que recordó que tenía otro asunto pendiente. Sacó su teléfono celular y, al notar la hora, su estómago se hundió hasta sus rodillas.

―Maldición…


"Tuve un inconveniente con Ben y se me hizo tarde. No lograré llegar a tiempo para alcanzar la reservación. Lo siento, Koushiro. Me iré a casa, tal vez podamos intentarlo de nuevo en otra ocasión."

Mimi caminaba de regreso a la estación del tren derrotada. Intentó ver el lado amable de posponer su cena: podría ir de compras, tal vez incluso cortarse el cabello. Además, Koushiro parecía que no saldría de su reunión pronto, tal vez se estaba ahorrando una bochornosa espera.

Estaba por cruzar los torniquetes cuando su celular vibró. Era la respuesta de Koushiro.

"Cenemos en mi apartamento. ¿Qué dices?"

"¿Tardarás mucho?"

"Di que sí y saldré para allá."

Mimi giró los ojos, imitando la expresión que su hijo había hecho unos momentos antes, pero su sonrojo se debió a las palabras de Koushiro Izumi. ¿Cuando se había vuelto tan coqueto? No pudo evitar abanicarse con la mano para disipar el calor de sus mejillas.

"Está bien."

Koushiro le texteo la dirección y código de acceso y entonces Mimi se dirigió hacia allá, aún abanicándose.


―Caballeros, mi recomendación es muy clara. De mi parte puedo asegurarles que ningún dispositivo hecho por el hombre puede acceder al digimundo. Los digivices que reciben los niños elegidos son registrados y podemos detectar mal uso de inmediato. Tecnológicamente no hay más que podamos hacer, el digimundo está protegido tal cual el acuerdo firmado, nada sale y nadie entra. Ahora, si me disculpan, tengo que retirarme.

Koushiro no esperó a que la comitiva aceptara su salida. Tapó su pluma fuente, la guardo en el bolsillo interior de su saco y se puso de pie. Se sentía libre hasta que escuchó a Taichi salir tras de él.

―¿Enserio vas a irte? Pensé que el asunto de Osen estaba resuelto.

―Tengo planes, Tai.

―¡Es por una mujer! ―finalmente su mejor amigo entendió de que iba tanta insistencia por huir.

Claro que sabía que estas reuniones exasperaban al pelirrojo, pero Koushiro aguantaba las maratónicas sesiones porque quedarse al margen de las conversaciones era algo mucho peor.

Koushiro seguía dándole la espalda.

―Sí, es por una mujer. Lamento haberte mentido pero…

―¿Qué?

―No es solo eso. No se, Tai, tal vez realmente no estoy hecho para esto.

―¿De qué hablas?

―Todo este trabajo. Cuidarle la espalda a políticos que no tienen idea de siquiera cómo funciona el digimundo no era lo que imaginaba cuando empezamos el centro de investigación.

Tai suspiró cabizbajo.

―Ve a tu cita, Koushiro. Ya hablaremos de esto en otra ocasión.

Koushiro asintió y le regaló una sonrisa cómplice a Taichi, quien volvió a la sala de juntas en cuanto vio a su mejor amigo desaparecer tras las puertas del elevador.


―¿Mimi?

Koushiro llamó por ella al entrar al apartamento. Casi se desmaya cuando la vio en la isla de su cocina picando verdura.

―¡Oh! Hola, Kou. Decidí adelantarme un poco y husmear en tu nevera, espero no te moleste ―Mimi intentó sonar lo más casual que pudo. Evitó decir que decidió cocinar para distraerse de las ansias de la tan esperada cena a solas.

En su apartamento.

Con Ben pasando la noche en casa de Miyako.

―¿Qué es eso?

Koushiro colocó las bolsas que traía con él sobre la encimera.

―Pasé por comida china. Se que no es lo más elegante, pero este local es excelente. Lo último que esperaba es que te tomaras la molestia de cocinar esta noche.

Koushiro se encontraba frente a ella, peligrosamente cerca. Lentamente tomó el cuchillo de sus manos y lo colocó junto a las bolsas.

Mimi tragó saliva.

―Sabes que no me molesta, amo cocinar.

―Aún así ―Koushiro tomó su muñeca con suavidad y acarició la longitud de su palma―. Quería que nuestra primera cita fuese especial, lo siento.

Escuchar la palabra «cita» de boca de Koushiro casi le vuelve gelatina las rodillas a Mimi, sin contar los estragos que su suave toque estaba causando en ella. Le sonrió lo más segura que pudo.

―¿Tuviste un día muy complicado hoy?

―Algo. Ya está mejorando ―dijo, al tiempo que subió su mano por el brazo de Mimi todo el camino hasta su rostro, ahora acariciando su mejilla con ternura.

Mimi no pudo soportarlo más. Se echó a reír nerviosa.

―¿Cuando te volviste tan…?

―¿Tan qué?

―¿seductor? ¿Coqueto? ¿Encantador?

―¿Crees que soy encantador?

Mimi nuevamente se rio. Koushiro la había roto definitivamente.

―¿Qué sucede? ―preguntó Koushiro ahora genuinamente preocupado. Tanto como para suspender las caricias en el rostro de su invitada―. ¿Estoy incomodándote?

―!No! ¡No! !Para nada! Es solo que…

Nuevamente Koushiro se colocó peligrosamente cercano a ella. Mimi observó su rostro dubitante que estudiaba el suyo como si fuera todo un enigma. Sus ojos oscuros la analizaban, sus cejas se encorvaban al enfocarse en su boca y podía ver como su pecho parecía acelerarse cuando ella se relamió los labios.

Sin pensarlo más, Mimi lo tomó de las solapas de su saco y acortó la distancia. El choque de sus labios no fue para delicado, pero justamente eso era lo que ella necesitaba. El encanto de Koushiro no le hacía desear tomarse las cosas con calma ni con suavidad. Rápidamente retomaron la pasión que había sido interrumpida aquella noche en la oficina de él: besos húmedos, voraces, lenguas danzando sin ningún miramiento; y las manos, buscándose mutuamente, como si ambos decidieran tratarse como un regalo a ser abierto en navidad.

Koushiro la dirigió a la sala de estar y pronto cayeron sobre el mullido sofá. Mimi ahora yacía aprisionada bajo el cuerpo de Koushiro, cuyos labios ya se encontraban explorando el rincón tras su lóbulo y bajando por su cuello mientras sus manos apretaban con ímpetu su cintura.

Mimi no pudo evitar gemir sin vergüenza cuando la lengua de Koushiro encontró un punto sensible en la delicada piel de su clavícula. Extrañamente aquello provocó que Koushiro se detuviera.

―¿Qué pasa? ―preguntó Mimi, jadeando.

Koushiro se incorporo, tomando asiento sobre su sillón. Acalorado, se aflojó la desaliñada corbata.

―Kou…

―Mimi, si esto sucede… las cosas no podrían volver a ser como antes.

―¿A qué te refieres?

―No podríamos ser simplemente amigos. Tal vez debamos tomarnos un momento aquí antes de decidir… es decir, quiero que estemos seguros.

Mimi lo observó sin entender cómo de ser tan irresistiblemente encantador como lo estaba siendo unos momentos antes, ahora estuviera frente a ella tan nervioso. Como si de pronto, su jadeo, hubiese disipado la niebla del deseo y le hubiera mostrado lo real en que todo estaba tornándose.

Mimi le tomó la mano, ahora suavemente, y le sonrió un tanto nerviosa también.

Le estaba costando demasiado encontrar claridad en la vorágine de sentimientos que le inundaban en ese momento. Sin embargo, algo sí tenía muy claro.

―No quiero que las cosas sean como antes, Koushiro.

El pelirrojo la miró manteniendo la respiración. Las palabras salieron de la boca de Mimi sin que nada pudiera evitarlo.

―Siempre me has gustado y ahora que lo he descubierto, no quiero volver a ignorarlo.

Koushiro se sonrojó violentamente cuando Mimi retomaba lo que habían pausado al sentarse a horcajadas sobre él.