Capítulo 7
Lo que fue
—¡Ya voy!
Mimi se acomodó el bolso sobre el hombro mientras esperaba a que Miyako atendiera la puerta. Miró su reloj de pulsera y rebotó su tacón sobre la baldosa decorativa que daba la bienvenida a la casa Ichijouji.
Estaba nerviosa, había llegado a recoger a Ben más tarde de lo planeado y ni siquiera tuvo oportunidad de volver a casa a cambiarse de ropa o de retocar su maquillaje. Se inventó algo durante el trayecto en tren, usando un lipstick como rubor y sombra cremosa para sus párpados.
Estaba aún ocupada revisando su reflejo en su espejito de mano que saltó asustada cuando la puerta finalmente se abrió de golpe y una atarantada Miyako la recibió.
—¡Mi salvación! —exclamó, tomándola de la mano y jalándola hacia adentro—. ¡No sabes lo que es sobrevivir a una mañana con seis niños y una pre-adolescente!
—¿Seis niños? —las cuentas no le estaban dando.
—¡Taichi también me enjaretó a Taiki de último momento! Aquí durmieron anoche: Ben, Osen, Kotaro, Mayumi y Taiki; además de mis hijos. ¡Y Kurumi que se rehusó a compartir habitación con las chicas! Tuve que poner a los chicos en la sala de televisión para que Mayumi y Osen tuvieran un poco de privacidad. Por supuesto que eso hizo que ese maldito traste sonara hasta altas horas de la madrugada. Taiki es un vago de los videojuegos y arrastra a mi Zetaro con él.
Mimi soltó una carcajada mientras seguía a Miyako directamente hacia la cocina.
—¿Ben se portó bien?
—Créeme que Ben fue el menor de mis problemas. Tienes un príncipe, Mimi. Deberías darle consejos de crianza a Taichi, no se porque se rehúsa a escuchar los míos.
En cuanto Miyako dijo aquello, Kurumi pasó frente a ellas como un fantasma, escondida bajo una hoodie negra y con sus audífonos puestos con el volumen tan alto que Mimi reconoció la canción al instante.
—¡Saluda a la tía Mimi! —pero en cuanto Kurumi alcanzó las escaleras hacia la segunda planta, desapareció—. Chiquilla malcriada.
Tal vez Taichi tenía un punto, pensó Mimi.
Miyako se resignó a dejar ir a su primogénita intacta y continuó hacia la cocina. Mimi se detuvo un momento en el salón para ver hacia el patio de los Ichijouji donde los niños seguían conviviendo. Al parecer ella había sido la primera madre en aparecer esa mañana. En cuanto observó que Ben tenía todas sus extremidades en su lugar, decidió volver con la anfitriona de la casa. No quería interrumpirlo, no cuando se encontraba jugando animadamente con todo el grupo.
—Voy a preparar café —anunció Miyako en cuanto Mimi le dio alcance en la cocina.
—De acuerdo, no me vendría mal un poco—dijo Mimi, tomando asiento alrededor de la pequeña isla que su amiga había adaptado para su cocina.
Miyako no tardó ni medio minuto en darse cuenta de que había algo diferente en ella. Mimi tenía una sonrisa difícil de disimular y una energía que no coincidía del todo con su apariencia. Era raro ver a Mimi un tanto ojerosa, con el cabello recogido de una manera muy improvisada y con un atuendo que desencajaba con la situación. ¿Quién se ponía un vestido como ese un sábado por la mañana? Definitivamente no Mimi.
—¿Y tú qué?
—¿Qué de qué?
—¿No me vas a decir de dónde vienes? ¿O por qué no puedes dejar de sonreír? Y, ¿Qué le pasó a tu cabello?
Mimi se mordió el labio inferior mientras intentaba construir una historia lo suficientemente creíble para que Miyako no le diera rienda suelta a su imaginación. Sin embargo, su mente solo podía reproducir flashasos de la noche anterior, uno tras otro.
—Pasó algo anoche
—¿Qué clase de "algo"? —dijo Miyako, dejando el café a medio preparar. La realización le llegó de inmediato—. Te acostaste con alguien.
Mimi aún no estaba segura de que compartir esa información con Miyako fuese buena idea, sobre todo si quería guardar discreción al respecto pero, al mismo tiempo, necesitaba discutir sobre su situación con alguien. Mimi reflexionaba mejor en voz alta.
Fuck it, se decidió.
—Sí, con Koushiro.
—¡¿Lo hiciste con quién?!
—¡Shhh! ¡Los niños! —definitivamente no había sido una buena idea.
—¡Lo siento! Fue el shock inicial. Pero, ¿me estás hablando en serio? ¿Te acostaste con Koushiro Izumi? ¿Con nuestro Koushiro?
Justo en ese momento, Mayumi, la hija mayor de Sora, entró a la cocina. Mimi dejó caer el rostro entre sus manos para evitar el contacto visual con su sobrina postiza.
—Hola tía Mimi. Tía Miyako, ¿me das más jugo de zanahoria?
—Toma, todo tuyo.
Miyako le entregó el cartón entero y un vaso de plástico y la sacó de la cocina lo más rápido posible.
Mimi y Miyako se miraron. La segunda resopló impaciente.
—Habla ya. Dame detalles. Oh, por Dios —como si hubiera sido iluminada por Dios, se dejó caer dramáticamente sobre la silla frente a Mimi— Dime que fue sobre su escritorio.
—¡Miyako! —Mimi regañó, aunque aquello la hizo recordar la noche de su primer beso, justo en ese lugar. Realmente no podía juzgar a su amiga por fantasear sobre esa oficina, era realmente imponente—. Baja la voz, ¿quieres?
—Lo siento, lo siento —Miyako practicó un par de ejercicios de respiración para encontrar su centro nuevamente, los había aprendido cuando Kurumi inició la pre-adolescencia—. Por favor, continúa.
Mimi estaba por iniciar el chisme más jugoso del siglo cuando nuevamente otro niño entró a la cocina.
—Mamá, ¿podemos comer más cereal de chocolate? —Zetaro preguntó con voz somnolienta y restregándose los ojos. Demasiada pantalla la noche anterior había frito sus córneas.
—¡No, ya comiste demasiado! —Miyako recapacitó de inmediato—. Bueno sí, haz lo que quieras, pero compártelo con los demás.
Zetaro tomó la caja antes que su madre se arrepintiera y salió saltando como chapulín.
—Esto nos va a tomar una eternidad —suspiró Mimi.
—No, no, no. Ya verás que nadie más viene —dijo Miyako, pensando que atrancaría la puerta de la cocina con una silla si era necesario. Le empujó una taza de café a su atormentada amiga como una ofrenda para que continuase.
Mimi se resignó a que ya no había escapatoria. Respiró hondo y de nueva cuenta una sonrisa tímida pero radiante se instaló en su rostro.
—Fue… Dios, fue demasiado…
¿Demasiado? ¿Qué demonios significaba eso? Miyako pensó mientras se inclinaba sobre la isla como si estuviera en un interrogatorio policiaco, lo había aprendido de su marido. Notó que a Mimi le estaban faltando las palabras y decidió ayudarla.
—¿Demasiado tipo "me destruyó el sistema nervioso y ahora tengo que volver a aprender a caminar" o algo, ya sabes, más romántico?
—¡Miyako!
—¡Vamos! Estamos hablando de Koushiro Izumi. ¿Sabes cuántas veces tuve que escuchar su voz monótona explicando actualizaciones de red? Es difícil que la mente de uno no construya fantasías para sobrevivir a esas maratónicas sesiones —Mimi no podía creer sus oídos. ¿Miyako estaba realmente confesando que había fantaseado con Koushiro?—. Además, tengo la teoría que los genios son los mejores amantes, no por nada me casé con Ken y como es que no tenemos ya ocho hijos es un misterio para mí.
Mimi se tapó la cara, riendo sin poder evitarlo. Normalmente podía seguirle el ritmo a su amiga, no le daba pudor hablar de sexo, pero hoy se sentía especialmente vulnerable porque definitivamente había más que descomprimir que el tema fisico. Trató de iniciar contextualizando el día anterior.
—Ayer quedamos en salir a cenar, habíamos estado mensajeando por varios días ya. Te juro que no pensé que llegaríamos a tanto porque tuvo retrasos en el trabajo pero un momento me encontraba preparándole una cena sorpresa en su apartamento y al siguiente ya estaba sentada sobre él.
—¡Eso! —Miyako dio una palmada al aire para sacar su emoción de su sistema—. ¿Sofá? ¿Pared? ¿La mesa? ¿La alfombra? ¿Se dejó la corbata? Dime qué se dejó la corbata.
—Le quité la corbata… aunque pensándolo mejor tal vez hubiera sido mejor que se la hubiera dejado—exclamó Mimi, sonrojada—. Y sí, primero fue en el sofá y luego en su cama y luego hoy por la mañana en la ducha.
Miyako levantó ambas manos al cielo como si agradeciera a los dioses del chisme por tan maravilloso regalo.
—Ay Miyako, y tiene unas manos... Fue todo tan… delicado, pero pasional al mismo tiempo. Sabía exactamente lo qué estaba haciendo y donde se encontraba todo. Y mientras me volvía loca con algún roce de sus dedos, con la otra palma me acariciaba el cabello de la manera más tierna.
Miyako abrió la boca casi hasta tocar el suelo.
—¡Lo sabía! Siempre supe que ese hombre guardaba fuego debajo de la camisa. Yo lo vi una vez en junta, empujándose las mangas mientras explicaba un error básico de código a unos internos idiotas y supe que tenía potencial.
Mimi entendía absolutamente nada de lo que hablaba Miyako, pero no podía negar que estaba divirtiéndose. Su nerviosismo empezaba a aminorar.
—Vamos, sigue. ¿Lo hizo en silencio o dijo algo?
Mimi desvió la mirada, mordiendo su labio.
—Fue…verbal, sí. Me preguntaba si me sentía bien o más bien si aquello o lo otro se sentía bien, pero no como un adolescente molesto que necesita validación. Era con una voz contenida, concentrado, tratando de asegurarse de que lo estás pasando igual de maravilloso que él.
—…Ok. Eso ha sido lo más sexy que he escuchado en años. ¡Qué envidia!
—¡No puedes decir eso, estás casada!
—¡Estoy felizmente casada pero no soy de piedra! Además, esto es chisme técnico, no atracción personal. No te vayas a encelar que no te va.
Mimi no pudo contener la risa mientras sacudía la cabeza en negación que su conversación matutina hubiera llegado a esto. Tal vez lo mejor hubiera sido esperar a que Sora llegase y tratara de equilibrar esta conversación. Miyako igual se rio mientras intentaba tomar de su taza de café sin ahogarse.
De pronto, un montón de gritos resonaron desde el patio.
—¡Mamá! ¡Taiki empapó de jugo a Osen y ahora la están persiguiendo un grupo de abejas!
Miyako cerró los ojos como si rezara en silencio.
—¿Qué clase de ritual está ocurriendo allá afuera? —murmuró, saliendo a asomarse por la ventana que daba al patio y gritó: —¡Solo quédense quietos! ¡Esas abejas saben que no vale la pena morir por ustedes! ¡Si es necesario usen la manguera para limpiar a Osen!
Cerró la ventana con dramatismo y se volvió a sentar. Mimi levantaba una ceja, genuinamente preocupada.
—Te juro que no sé cómo lo haces —Mimi sabía que Miyako lidiaba con la horda de sobrinos postizos más comúnmente de lo que debería ser legal.
—Me aferro al café, a los doramas y ahora a este chisme —Miyako rápidamente retomó el hilo antes de que Mimi volviera a sentirse pudorosa—. Entonces, recapitulando, dos veces en la noche y una por la mañana. ¡Pobre Koushiro! Debe estar deshidratado.
—Ni que lo digas.
Mimi volvió a su café y si Miyako preguntó algo más, definitivamente no lo escuchó. Su mente volvió a inundarla de los recuerdos de la noche anterior: las manos de Koushiro rodeándole la cintura con firmeza, pegándola contra su cuerpo lo más que podía. La forma en que bajó la cabeza para besarle el torso con lentitud. Su lengua húmeda y suave delineando la curva de su cuello. Su voz, ronca, apenas audible, cuidándola y demostrándole mucho que él también estaba disfrutando de ella. Y esa última vez antes de sucumbir al sueño, más lenta, más profunda, con los ojos abiertos por más cansados que estuvieran, mirándola como si quisiera memorizarla entera.
Miyako se llevó una mano al corazón al ver a su amiga completamente ensimismada en sus pensamientos.
—No te voy a mentir… creo que todo esto me acaba de hacer ovular. Alejen a Ken Ichijouji de mi.
Y así, con sus ocurrencias, Miyako acabó con los flashbacks de Mimi. Ambas se rieron estruendosas aunque cuando poco a poco el silencio fue cayendo, Miyako se dedicó a estudiar el rostro de su amiga con cuidado. Jamás la había visto así y se alegraba; siempre le había parecido injusto e ilógico que Mimi no hubiera encontrado aún a su príncipe azul y sentía que, de hecho, Koushiro Izumi podría ser justo lo que Mimi necesitaba.
En ese momento, el celular de Mimi vibró sobre la mesa. Miyako arqueó una ceja en cuanto la notificación con el nombre de su amigo apareció en la pantalla. Mimi, sin apurarse ya de la presencia de su amiga, desbloqueó el teléfono.
"No puedo dejar de pensar en ti. Incluso olvidé que tenía una llamada importante agendada hoy por la mañana. Taichi está furioso."
Mimi rio. La idea de que incluso estuviera afectando la vena trabajólica del pelirrojo la hacía sentir poderosa.
Llegó otro casi de inmediato.
"Te extraño. ¿Cuándo nos volveremos a ver?"
—Me muero —susurró Miyako—. Ya está listo para más.
Mimi sonrió traviesa y empezó a preparar su respuesta. Quería mantener un poco ese sentimiento de poder y además la conversación con Miyako la había dejado un tanto… inquieta. Su anfitriona decidió darle un poco de privacidad y aprovechó para empezar a atacar la montaña de trastes por lavar.
"Yo también quiero volver a verte pronto… tal vez valga la pena visitarte otra vez en tu oficina uno de estos días. Tenemos un asunto pendiente ahí."
Justo cuando apretó "enviar", escuchó sonar el timbre.
Miyako resopló.
—Si es Taichi lo pondré a lavar el resto de los platos. Me lo debe.
Mimi no prestó atención al principio. Miraba la pantalla, esperando los tres puntos suspensivos que le advirtieran que la respuesta de Koushiro estaba cocinándose. Ojalá le siguiera el juego.
Pero entonces escuchó el tono de voz de Miyako cambiar al abrir la puerta.
—¡Oh! Hola… no esperaba verte tan temprano.
—¿De qué hablas Miya-Chan? Es casi medio día.
Mimi alzó la cabeza, alerta. No reconoció la voz al instante pero eso solo podía significar una cosa; si no se trataba de Sora, Yamato o Taichi, la que había llegado no podía ser otra que la madre de Osen.
Uy, ¿Cómo se llamaba?
Lo único que recordaba es que era amiga de Miyako desde la universidad. De hecho, Miyako misma se la había presentado a Koushiro. Mimi la había visto tal vez dos o tres veces en el pasado, en reuniones de grupo o cumpleaños de los niños. La recordaba como una mujer cordial, aunque no siempre se esforzaba por integrarse a la conversación. No podía juzgarla, su grupo era un tanto difícil de penetrar.
Mimi sintió el teléfono vibrar de nuevo. Koushiro le había respondido:
"Me fascina la idea. No te mentiré al decir que desde ese día no he podido concentrarme en mi oficina como antes."
Mimi tragó saliva. El contraste entre lo que estaba leyendo y lo que escuchaba afuera de la cocina la descolocó. Fue peor cuando oyó pasos acercándose.
Mimi bloqueó el celular y lo puso boca abajo sobre la isla prácticamente al mismo tiempo que la madre de Osen (¡tenía que recordar pronto su nombre!) y Miyako llegaron.
—Oh, Tachikawa-san, que sorpresa.
—Hola, hola. ¿Cómo estás? —con los ojos le pidió piedad a Miyako quien tan solo pudo subir los hombros sigilosamente.
—Muy bien, gracias. Supe que te mudaste de vuelta a Tokio hace no mucho. ¿Cómo te va con el cambio?
Mimi estaba en blanco. Todo empeoró cuando su teléfono volvió a vibrar, haciendo temblar toda la isla.
—Ehm, pues ya te podrás imaginar —definitivamente no podría hacerlo, pensó Miyako—, Ben es al que más le está costando adaptarse.
—Eso me recuerda que iré a ver a los niños y a traer a Osen. Han estado demasiado callados. Ya vengo, Satomi —Miyako hizo énfasis en el nombre de su amiga, tal vez más del necesario, antes de salir de la cocina y empezar a cazar niños.
Satomi sonrió divertida, definitivamente lo había notado para bochorno de Mimi, aunque le agradecía que no dijera nada al respecto. A decir verdad, ninguna más continuó la conversación y el silencio empezaba a ahogar a Mimi, sobre todo porque su celular seguía vibrando cada treinta segundos prácticamente.
—¿Me regalas un momento? —Satomi igual sacó su teléfono para contestar algunos mensajes. Mimi aprovechó para ver las respuestas del ex de esa mujer.
"Aún puedo recordar tu falda subiendo lentamente cuando te sentaste al borde de mi escritorio."
"Quiero verte inclinada sobre él."
"Lo siento, no sé de dónde vino eso. Me siento como un desconocido."
"Aunque es un sentimiento agradable."
—Listo, entonces, ¿me decías que Ben está teniendo dificultades para adaptarse? Es una lástima. Osen me contó algo al respecto.
Mimi casi suelta su teléfono como si estuviera en llamas cuando escuchó la voz de Satomi intentando recuperar la conversación.
¡¿Dónde estaba Miyako?!
No estaba en sus planes acabar frente a frente con la madre de Osen justo ese día. De hecho, su plan original era saludar rápidamente a Miyako y huir con Ben lo más rápido posible justo por esa razón, pero el chisme pudo más.
Satomi era de altura baja, tal vez le llegaba un poco más arriba del hombro a Mimi, pero con una presencia mucho más contenida y tranquila que la de ella. En todos los años que esa mujer compartió con Koushiro como su pareja no habían tenido una conversación tan larga como la de ese momento ni habían compartido una habitación a solas por tanto tiempo.
Sin embargo, aquella última frase le ayudó a distraerse del hecho que la ex del hombre que la había hecho alucinar la noche anterior estaba frente a ella.
—¿Qué cosa dijo Osen? —No era común que Ben se sincerara tan fácilmente con otras personas. A comparación de ella, era bastante reservado.
—Ehm, algo como que Ben extrañaba Nueva York. Me preguntó si esa ciudad era más grande que Tokio. Nunca he viajado hacia allá así que no supe qué decirle.
Mimi asintió con una sonrisa débil y volteó el rostro hacia la ventana que daba al patio para buscar a Ben, pero ninguno de los niños estaba allí ya. Su corazón se encogió un poco, Ben estaba pasando por una temporada difícil y después allí estaba ella, a punto de enamorarse si es que no lo estaba ya, el contraste le hizo sentirse culpable, más de lo que ya lo hacía con anterioridad.
—Puedes decirle que de hecho Tokio es más grande y tiene más gente —respondió la pregunta de Osen todavía con el corazón en la garganta—. Gracias por decírmelo. Osen está siendo un gran apoyo para Ben.
Satomi asintió, un tanto incomoda por haber entristecido a Mimi pero también orgullosa de su hija. Quiso decirle a Mimi que igual Ben lo estaba siendo para Osen pero no estaba en su naturaleza airar los problemas de su familia. No quería entrar en detalles de lo melancólica que había estado su Osen desde que había anunciado su compromiso.
Justo en ese momento, Miyako entró en la cocina junto con todos los chiquillos a su cargo. Taiki, Ben y Zetaro vestían una toalla en su cabeza. Kotaro, Mayumi y Osen llegaron atrás celebrando su victoria.
—Lo siento, se tomaron la idea de la manguera muy seriamente.
—Mom —Ben fue directo a darle un abrazo a Mimi, esperando que no reparara en su playera mojada—. No sabía que ya habías llegado.
—¡Estás empapado Ben! —más que reproche, Mimi se rió cuando lo dijo mientras continuaba secándole el rostro a su hijo.
Osen, que aún olía a jugo de zanahoria, sonrió al ver la postal. Ben se había divertido en la pijamada a la cual ella le había invitado y eso le agradaba. Vaya que podía ser muy divertido cuando estaba de buen humor.
Satomi miró a Mimi un momento más de lo necesario cuando ella se agachó a terminar de secar a Ben. Había algo distinto en esa mujer, pensó. Una cercanía distinta con su hijo. Se dijo que probablemente era porque prácticamente era extranjera, con costumbres más sueltas o espontáneas. Y aunque le pareció algo lindo de presenciar, no podía entenderlo.
—Bien, creo que es hora de irnos —Satomi tomó de la mano a Osen y se despidió de todos los presentes en la cocina—. Muchas gracias por todo Miyako. Adiós, Tachikawa-san.
Mimi también la observó al salir. A pesar de su cordialidad, hubo algo en esa despedida que no terminó de gustarle del todo. Satomi era amable, sí. Pero Mimi no pudo evitar notar lo poco que había dicho Osen al entrar a la cocina y como Satomi solo la había tomado de la mano para irse.
También notó el anillo de compromiso. Discreto, elegante. Y, se preguntó: ¿cómo fue que una relación tan larga como la de Satomi y Koushiro no terminó en matrimonio y esta nueva sí? ¿Y Osen como estaba con todo ello? ¿Cómo estaba Koushiro?
Recordó lo que Osen le había pedido guardar como secreto a Ben y suspiró, un poco intranquila. No era su lugar sacar conclusiones. Tal vez solo estaba siendo más observadora porque ahora se sentía más cercana a Koushiro. Tal vez ver a Satomi le había recordado que Koushiro ya tenía una historia a cuestas.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando la puerta principal volvió a abrirse. Taichi apareció en la cocina como si fuera su propia casa, con la despreocupación de siempre. Traía bolsas con pan y una botella de vino en las manos.
—¡Miya-chaaan~! No te enfades, traje snacks y tu botella favorita —canturreó, entrando con las bolsas por delante del rostro. Por eso tardó un poco en ver a Mimi—. ¡Oh! ¡Hola, Meems!
Miyako lo miró como un halcón mientras el moreno le daba un beso sonoro en la cabeza a Mimi.
—Te va a costar mucho más que eso pagarme este favor —le advirtió, lanzándole el delantal y un par de guantes de plástico.
—¡Pero Miya! ¡Sora tampoco ha venido por sus hijos! ¿Por qué yo?
Mientras Miyako arrastraba a Taichi rumbo a la tarja de la cocina, Mimi se agachó para acariciar el cabello húmedo de Ben.
—¿Te divertiste?
—Mucho —respondió él sin dudar.
Y Mimi pensó que, por ahora, eso era suficiente.
