A poco más de dos kilómetros y medio, al occidente del Puesto de Avanzada. se encuentra el Pueblo X, un pequeño lugar habitado por digimon pero creado por humanos el cual consta de nueve edificaciones: cuatro casas a la izquierda del camino al Puesto de Avanzada y otras cuatro más a la derecha, mirándose celosamente de frente con las de la izquierda y distanciándose entre sí a eso de ocho o quizás diez metros. Al fondo se encuentra el edificio relativamente más grande, con una apariencia similar a la de una iglesia, pues en el centro de su estructura se erige un gran campanario que ostenta un reloj mirando hacia el oriente, así como una cruz en lo más alto, por encima del tejado. Que falte todo en esta vida, menos la fe cristiana.

Ese edificio sirve a la vez de lugar de culto como báculo administrativo del lugar, pues es ahí donde reside el alcalde digimon y el comandante del pueblo, delegado desde el Puesto de Avanzada. Al centro de todo el lugar, se encuentra una pequeña estatua de poco más de dos metros de alto, con una base de hormigón de cuatro por cuatro, en la cual, justo mirando a la entrada occidental, hay una placa en madera que dice: "Por un pasado cálido, por un buen presente y por un futuro en comunidad". La escultura de dos metros sobre la base de hormigón es la figura de un hombre con ropa de ciudad y la de un digimon, apretándose las manos al parecer, pues el digimon que figura ahí tiene garras; es un Gazimon.

Al fijarme en Gatomon, noto que analiza la estatua con una mirada cínica, mientras se mantiene erguida, con los brazos cruzados. Por otro lado, me doy cuenta que la estatua con forma humana se encuentra mucho más deteriorada que la del digimon: se ve considerablemente agrietada, como si el material que usaron para hacerla fuera más barato en comparación con la estatua del digimon, por otro lado, donde se supone que está su corazón, se evidencian múltiples grietas, como si la hubieran golpeado queriéndole arrancar el mismo.

De pronto, al percatarme de los pequeños puestos de mercado que circundan la estatua, veo que algunos digimon de la zona miran a Gatomon con curiosidad, como si no hubieran esperado ver a un ser así en este lugar. Es más: detrás de la estatua, frente a un puesto de frutas, hay una triada de Gazimon viéndola, mientras murmuran entre sí y la señalan sin el menor de los disimulos. Vaya, parece que no soy el único que se pregunta de lo peculiar que es, sin embargo, esas miradas no me hacen sentir para nada cómodo con estar aquí. Aún me duele la cadera.

— ¿Quieres ir a comer algo delicioso? Podríamos almorzar un poco antes si quieres. — Le pregunto a Gatomon. Sus ojos no se han apartado de la inerte figura, cielos, está molesta.

Al cabo de unos segundos, ella pasa sus patitas sobre su rostro, como si quisiese limpiarse la frente y, con una sonrisa, se dirige a mí.

— Algo de carne no estaría nada mal. — Dice, mientras se soba su vientre con ambas patitas.

Nos apartamos del lugar y nos dirigimos al primer edificio a la derecha de la "iglesia-ayuntamiento"; es el único bar del Pueblo, el lugar en el que más interactúan humanos y digimon. Pasamos las puertas corredizas estilo western de la entrada y tomamos asiento es una de las mesas a la derecha del lugar. Es de estilo rústico, pero algo hogareño, el lugar se encuentra decorado con varias banderas de diferentes naciones, representando así la mancomunidad erigida para esta guerra, así como las diferentes personas de varios países que se enlistaron a la Data Magna para combatir. Llega un Gazimon a tomar nuestra orden: pido para mí una hamburguesa de res, empero, al otro extremo de la mesa, Gatomon se encuentra meditativa.

— ¿Estás bien? No es cinco estrellas, pero puedes pedir lo que quieras. — Le digo, mientras ella dirige su mirada a la mía, con clara duda en sus ojos.

— ¿Estás seguro que puedo comer lo que quiera? — ¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Pero claro que ella puede elegir lo que quiera! En respuesta, asentí con mi cabeza su cuestión, sonriéndole, la cual ella corresponde con entusiasmo. Pese a eso, el Gazimon que nos toma la orden se dirige a nosotros.

— ¿Tú eres una Gatomon? — Pregunta, precavidamente. Ambos asentimos con la cabeza afirmativamente.

— ¿Una Gatomon? ¿Con un humano? ¿Al lado de ellos? ¿En serio? — Continúa preguntando, insistente, como si quisiese reclamarle algo. Gatomon dirige su mirada hacia la del Gazimon e, instantáneamente, sus ojos reflejan severidad y frialdad.

— Sí, estoy con él ¿Aún tienes dudas? ¿O quieres conocerme más de cerca? — Le responde, levantándose de la mesa, y sujetándolo del pequeño y sucio delantal blanco que tiene puesto. La criatura levanta sus garras al aire, mientras agacha su cabeza hacia el suelo en respuesta.

— ¡Perdón, lo siento, no me hagas nada! Si quieres el plato del día el filete es el que más han pedido. — Gatomon empuja al Gazimon al suelo en respuesta, mientras retoma su elegante postura, sentándose nuevamente.

— Suena bien. — Al acto, el Gazimon anota apresuradamente las órdenes en una pequeña libreta que sacó del bolsillito al centro de su delantal mientras se retira torpemente de nuestra mesa, fallando el evitar chocar con los puestos que le preceden.

Algunos clientes miraron la escena con algo de curiosidad, pero no levantó mayor sospecha, excepto por los demás Gazimon que atendían; son tres quienes atienden las mesas. Miran a Gatomon con gestos dubitativos, como si estuviesen decepcionados. No entiendo qué paso. Gatomon recuesta sus brazos sobre la mesa y se cubre el rostro con estos, lo mismo pasa con sus orejas, como si estuviese triste. Llevo menos de una semana con ella y ahora resulta ser toda una sensación en el pueblo.

— ¿Estás bien? — Le pregunto y responde que sí gesticulando la onomatopeya característica con la voz "ujum".

Sin decirle nada, esperamos los platos, los cuales llegaron al cabo de unos diez minutos. Esta vez quien nos trajo la comida fue otro Gazimon, el cual resulta bastante distinguible de los demás: Le hace falta su garra lateral izquierda en su pata diestra, y cuenta con una cicatriz que atraviesa el lateral derecho de su hocico y que continúa pasando por encima de su parpado derecho, aun así, su ojo luce intacto. Al dejar los platos, se queda por un momento observando a Gatomon, quien se percata de su presencia, se miran por un rato y luego se desentienden sin más. La comida luce muy bien, no lo pienso dos veces cuando tengo la oportunidad de degustar una buena hamburguesa. El filete de Gatomon luce jugoso, no obstante, ella luce distinguiblemente triste; se queda mirando el filete, apoyando su cabeza con sus patas, indecisa de comer o no. Ese último Gazimon, hizo algo con sus ojos, como si le hubiese dicho muchas cosas en ese limitado cruce de miradas.

— ¿Te encuentras bien? — No responde, continúa observando su filete, mientras los jugos de la carne descienden lentamente. Lo cocinaron muy bien a pesar del lugar.

¿Qué pasó? Bueno, puedo comprender que el contexto en el que estamos inmersos es muy delicado como para aparentar normalidad, pero no me esperaba que el lugar la hiciera sentir tan mal. La hamburguesa está deliciosa, carnosa, jugosa, callejera, tal y como las que solía comer en la Tierra, aun así, el sentir a Gatomon así, afligida, atacada y al parecer, juzgada, me impide desenvolver el apetito que generalmente tendría frente a un plato así. Al rededor aún puedo sentir las miradas de los Gazimon que están atendiendo las mesas; caminan alrededor de estas, entre los comensales -quienes son todos humanos- y entre los espacios que hay entre los puestos, mirándola, analizándola, sospechando. Por si fuera poco, noto que también me están observando, no sólo las criaturas, sino también mis semejantes; uno, dos, tres… seis. ¿Qué verán en mí que les causa curiosidad? Muchos hacen parte del Puesto de Avanzada por el uniforme que llevan, otros tienen ropas de civiles; habitantes del pueblo; no distingo a ninguno, pero me miran también, me observan y, al igual que a Gatomon, parecen estar juzgándome. Poco me importa la verdad, no veo lo malo en comer una hamburguesa en el lugar de siempre, pero a ella, a ella sí le importa.

Se movió, Gatomon se incorpora nuevamente, deja los cubiertos a un lado y, en su lugar, utiliza sus garras para cortar el filete. Per se, parece que la carne la cocinaron muy bien, por lo que su corte no debería requerir esfuerzo alguno, aun así, al verla tajar la carne con sus zarpas me revuelve el estómago como en esta mañana, ¡Qué facilidad! En serio, en cualquier momento ella podría hacerlo, tajarme al igual que ese trozo de carne. Es tan extraño, pues, no me lo pregunto porque tema por mi vida -aun cuando no dudaría en temer por ella-, simplemente no lo entiendo, si se siente tan mal, si le cuesta ponerse máscaras para tolerar a la gente ¿Por qué seguir haciéndolo? ¿Por qué tolerarme a mí? Claro, ella ya dio sus puntos de vista y, por lo mismo, estos pensamientos no prestan utilidad alguna, empero, no comprendo porque continuar aparentando cuando ella no desea hacerlo.

No. No se trata de eso, no se trata de mi vida, no se trata de lo que ella pueda llegar a hacerme si ve la oportunidad; sólo quiero encontrar la forma de empatizar con ella, de entender el porqué al tener una posibilidad de desprenderse de todo eso, que, básicamente, implicaría mi muerte aprovechando mis "buenas intenciones" como un medio para dejar de convivir con el enemigo, y que, con todo y eso, sigue aquí, sometiéndose a la vista de todos sus semejantes, soportando las críticas y cediendo ante la sumisión de los invasores, lo cual se refleja en el frío y extraño collar que porta. Así y todo, así con todas las cosas malas que intuyo que puedan estar pasando en este momento – o incluso, en sus mismos pensamientos – ella sigue aquí, degustando el jugoso filete, como si no hubiera nunca degustado plato alguno. Ella sigue aquí, y eso, sólo eso, me hace querer hacer lo posible por entenderla, por comprenderla, por apoyarla. ¿Quizás sea eso lo que ven mis semejantes en mí? ¿Quizás humanizar a las criaturas que, en principio, se supone que estamos humanizando al haber creado este pueblo, es mi error? ¿O quizás sobre pienso mucho las cosas y ella ve el panorama de una manera más simple a pesar de sus desgracias? No lo sé, pero sí sé que puedo ser ingenuo a veces y que, en más de una ocasión, mi propia especie a utilizado eso para sacar ventaja a través de mí; por algo estoy en esta guerra. El hecho de que ella se dio cuenta de mi ingenuidad desde el principio y que no haya hecho nada al respecto me intriga y me cautiva a la vez.

Terminamos el plato, Gatomon luce satisfecha; no dejó nada, todo se lo devoró con marcada satisfacción. Me dirijo a la caja para pagar lo que consumamos y noto que me atiende Kara, a quien generalmente siempre delegan la administración de la caja.

— Hola Ken, ¡Tiempo sin verte! Me debes por todo $ 30. — Me extiende su mano, esperando su pago, emanando cordialidad con una pequeña sonrisa en su rostro.

— El santo hace el milagro. — Le pago con un billete de $ 50 esperando así mi cambio, cuando noto que mira sorpresivamente la mesa en la que estaba.

— ¡Increíble! — Exclama, mientras aún sostiene el dinero. — ¡¿Es tu digimon?! — Le dije que sí asintiendo con la cabeza.

— ¡Es precioso! En lo que llevo aquí nunca había visto un ser así. ¡Todos son lagartos y monstruos tenebrosos! Ah, bueno, y también los Gazimon que me ayudan con el negocio. — Y sí, en eso tiene razón.

— Es preciosa, querrás decir — Le digo, aun esperando mi cambio. —. Es una Gatomon, no sé mucho de ella, pero me la dieron, estamos conociéndonos apenas.

— ¡Perdón! ¡Mi error! No noto bien sus rasgos desde acá, pero te digo. — Finalmente, guarda el billete en la registradora, sacando uno de $ 20 en su lugar. —… Es la criatura más bella que he visto hasta el momento. ¡Felicidades! ¡Eso significa que ya tu pelotón entrará en misiones!

— Gracias, Kara. Así será. — Recibo mi cambio y, antes de voltearme, ella vuelve a llamarme la atención.

— Espera — Saca de su bolsillo un par de papelitos similares a los que utilizan los Gazimon para atender los pedidos, pero, al examinarlos, ya tienen escritos platos del menú, dicen: "vale por un filete" en ambos. —, toma, para cuando tengan mucha hambre en esos días de misiones duras o cuando quieras. Nuevamente, ¡Felicidades!

Agradecido con Kara, le replico una gran sonrisa mientras recibo su pequeño obsequio. Me devuelvo nuevamente a la mesa donde está Gatomon y procedemos a irnos del lugar.

— Acompáñame. — Le digo mientras asiente con su cabeza y nos apartamos un momento del pueblo, justo detrás del bar, adentrándonos entre los árboles que allí se encuentran.

Detrás del bar, pasando más o menos unos treinta metros, atravesamos un pequeño sendero marcado en tierra que se distingue en el bosque que circunda al pueblo. Al finalizar, llegamos a un pequeño río, le indico a Gatomon que se siente sobre una de las piedras grandes cerca a la orilla del cuerpo acuático y así, ambos tomamos asiento mientras ella me mira con consternación al haberla traído a este lugar.

— Ahora si — Abro un momento mi maleta y saco un par de manzanas. —, ¿Qué sucede? ¿Qué paso con esos Gazimon?

Gatomon recibe su manzana, sin embargo, su reacción a mi pregunta resulta clara: no se siente muy conversadora. Desciende sus orejas y gira su rostro dirigiendo su mirada al suelo.

— Por lo general, nosotros los digimon nos dividimos en tres tipos: vacuna, virus y datos, — Le da un pequeño mordisco a su manzana y continua. — Yo soy una vacuna.

Sus palabras me hacen rememorar los primeros días de entrenamiento cuando estaba recién llegado a este mundo, en ese entonces nos enseñaron las características de los digimon, a lo cual, señalaron esos mismos tipos que dice ella y también otros como libres, variables y desconocidos. El instructor en su momento nos decía que los digimon tipo vacuna son los depredadores naturales de los digimon tipo virus y por otro lado, los tipos vacuna eran susceptibles a los tipo datos. Le digo a Gatomon lo que me dijeron en aquel entonces, a lo cual, ella sacude su cabeza mientras desprende un gran suspiro.

— ¿Recuerdas que te había dicho que los digimon tipo virus eran aquellos que alteran el entorno que los rodea? Bueno, digimon como yo deben evitar que este tipo de cosas sucedan y, en un sentido más amplio, hacer lo posible por que prevalezca el bien, lo bueno, lo correcto — Gatomon mira fijamente su manzana, con frustración, a la vez que una creciente tristeza en su rostro comienza a erigirse; pequeñas lagrimas salen de sus brillantes ojos, formando una delicada estela sobre sus mejillas. —. Todo ha salido tan mal, no sólo para mí, sino para todos quienes me rodean; ellos esperan tanto de mí, y yo lo único que he hecho ha sido fallar, y estoy cansada de eso, pero, sobre todo, cansada de que se espere tanto de seres como yo y a la vez tenga que seguir contemplado desgracias y cosas tan, tan malas.

» Perdí mi anillo, perdí contacto con mis amigos, perdí gran parte de mi fuerza y ahora me veo cohibida a estar del lado de quienes me han hecho daño, ¿Por qué? Porque no he sido capaz, porque, a pesar del digimon quien soy, no he hecho nada de lo que se supone debería hacer y, contrario a lo que parece, he causado más mal que bien. Entonces, ¿Preguntas qué sucede? Pues, bien, sucede que ellos esperan a que haga algo, a que actúe en virtud de lo que se supone es mi naturaleza, pero no, simplemente no, desde que ustedes llegaron a este mundo, he tendido a dudar de todo, incluso y sobre todo, respecto de mi naturaleza.

Atónita, deja caer su manzana al suelo, dirige sus patas hacia su rostro y sus pequeñas lagrimas se tornar más abrasivas; ella inclina sus rodillas hacia su cabeza, se abraza y comienza a soltar pequeños jadeos, dejándose guiar por su tristeza, soltando así un delicado y pronunciado llanto.

Sin dudarlo, me postro en frente suyo, la sostengo de los hombros, acercándola hacía mí y atrapándola con un abrazo, al momento, siento como ella me corresponde, abrazando mi cuello y pegando su rostro a mi pecho, desprendiendo su tristeza en mí, permitiéndome ser el canalizador de su sentir. Sabía que las ideas de muerte que he tenido a lo largo de todo el día no han sido efecto de la incertidumbre nada más; algo no cuadraba y ella, en algún momento, tendría que desquitarse de todo esto, francamente, al sentirla tan cerca y al sentirla así, me crea un enorme alivio, así como una gran curiosidad.

Tomo a Gatomon con mis brazos, deslizando mi mano derecha debajo de sus rodillas mientras la abrazo con mi mano izquierda, levantándola así mientras me siento en el suelo y recuesto mi espalda sobre la gran roca en la que estaba, sentándola sobre mi regazo. Así nos quedamos, juntos, abrazados, sintiéndonos y desglosándonos. Al cabo de unos minutos, su llanto comienza a ceder a la par que su respiración comienza a ser menos agitada y, poco a poco, siento como su cuerpo cede en general; relaja sus piernas y se acomoda mejor sobre mi regazo, guía su cuerpo hacia mi pecho, apoyándose sobre él y acomodándose, optando por cambiar mi cuello por abrazar mi brazo izquierdo, con el cual aún continúo rodeándola mientras le acaricio suavemente en su espalda. Honestamente, no me esperaba que reaccionaria así, pero debo reconocer que se siente muy bien; su pelaje es en extremo suave, delicado, y agradable al tacto; el calor que emana su cuerpo es relajante, tranquilizador, tal como si su sola presencia sirviera para calmar las tensiones que pasan por la cabeza… Y bueno, también influye su figura, su apariencia, la ternura y la curiosa belleza que de ella emana, es algo muy bonito y que, en gran medida, me toma por sorpresa.

Gatomon rompe el abrazo, apartando lentamente mi brazo con sus patitas, se acomoda sobre mi regazo para verme de frente y, al percatarme de ello, las cosas en mi cabeza comienzan a sentirse peculiares: verla tan cerca de mí, cara a cara, sobre mis piernas, apreciando sus caderas; su delgado y marcado vientre, la curvatura del mismo empatando armoniosamente con la forma de sus piernas; su firme y elevado pecho; la firmeza de sus brazos que, a pesar de lucir delgados a la vista, se sienten suaves y firmes, mientras reposa sus patitas sobre mi pecho. Todo eso magnificado al momento de centrar mi vista directamente con la suya, tan de cerca, apreciando la figura de sus orejas, de sus brillantes y azulados ojos rejuvenecidos del amargo momento para dar lugar, claramente, a esa sonrisa, esa sonrisa que últimamente he notado tanto.

Retraído por el panorama frente a mí, no me di cuenta en qué momento puse mis manos sobre las caderas de Gatomon. Como si fuera reflejo de su cuerpo, desliza sus patitas sobre mis brazos y las empata con mis manos, sujetándolas suavemente, como si quisiera asegurarse de que estuvieran bien puestas. Siento la firmeza de su figura; los ligeros movimientos de su vientre sincronizados con su respiración, se siente agitada, jadeante, estimulada, es una sensación sedante; el movimiento de su cadera, que influye en cada extremidad, como si todo su cuerpo le obedeciera desde ese punto. Su mirada cambia, no deja de verme, aun así, luce tranquila, gustosa, algo apenada de la pequeña situación que nos involucra, luce… ¿Seducida? La veo entrecerrar sus ojos, volteando su mirada a un lado mientras suelta un pequeño y disimulado suspiro, liberando un poco de presión al parecer.

No, no, no no, no. No. ¿Qué es esto?, aparto mis manos de su cadera, cruzando mis brazos en su lugar y distanciando mi mirada hacia el río contiguo a nosotros, disimulando lo que no se estaba disimulando. Lateralmente puedo sentir como ella también logra entrar en sí y como, al parecer, lleva sus patitas hacia su rostro, sorprendida. Al acto, reacciona y se aleja de mi regazo levantándose, sin cambiar su expresión, dándome la espalda en su lugar. Veo el río fluir como siempre, tranquilamente, imperturbable ante las rocas y figuras que yacen dentro de él, preguntándome, ¿Qué carajos fue eso? ¿Qué sucedió? ¿Qué clase de tensión fue esa? En principio, quise cobijarla para hacerla sentir bien, para que centre sus sentimientos en mí y pueda descargarse, pero esto fue muy diferente, fue, en efecto, como si la intensión fuera diferente; más íntima, más destinada a algo relativo a los instintos. Miro mis manos preguntándome en qué momento la sujete así, tan sugerentemente, cuando en mi mente profundiza el hecho de que, aun con lo hecho, ella parece no sólo haberlo consentido, sino propiciarlo, al sujetar mis manos, muy conscientemente de que estaban ahí puestas. Siento que mi cuerpo aprovechó su momento de vulnerabilidad para intuir algo fuera de lugar a mis intenciones. No sé cómo procesar esto lógicamente en este momento.

Me levanto, me sacudo la ropa con las manos, apartando los rastros de tierra y polvo del fértil suelo, ahí sigue, de espaldas, cubriéndose su rostro con sus patitas, mientras su cola revolotea ligeramente por el aire.

— ¿Quieres caminar un rato? Este bosque es muy lindo. — Le digo, intentado romper el hielo. Ella se voltea rápidamente, sorprendida y con un ligero rubor sobre sus mejillas, cuando, al momento, me responde que sí, mostrándome su gentil sonrisa.

Caminamos sobre la orilla del pequeño río por un rato, pretendiendo ignorar lo que sucedió hace un momento mientras hablábamos de todo un poco, conociéndonos un poco más del uno y del otro. Le reafirmo que me encantan las hamburguesas, sin importar su procedencia, es el plato que más se adapta a mi necesidad, también le comento que me gusta caminar en mis tiempos libres, leer uno que otro libro, y pasar el tiempo con gente de confianza; mis amigos, a quienes, desde que estoy dentro de todo este lío, echo muchísimo de menos. Ella, por su lado, menciona su comida favorita: los camarones, dice que fue amor a primera vista, a pesar que no ha logrado volver a degustarlos; también le gusta mucho la naturaleza, explorar, descubrir cosas nuevas, agregando que ello ha sido la principal razón por la que ha solido meterse en problemas; destaca también que solía relacionarse mucho con la gente y sus semejantes, sobre todo, defenderlos siempre que algo fuera injusto o malo, tanto para ella como para los demás, pero debido a la extensa guerra y a ciertas cosas que sucedieron en su pasado, su perspectiva ha cambiado, así, entre todo lo que hablamos, resalta que su percepción de lo bueno y lo malo ha sido «Mutilado brutalmente» y que hace mucho tiempo le cuesta distinguir las cosas.

Caminamos tanto que terminamos por tomar un pequeño descanso sobre un par de rocas cerca a la orilla, similar a como llegamos al río por primera vez, mientras satisfacemos nuestro gañote con un poco de agua que traje de las botellas que guardé en mi maleta antes de irnos. Gatomon luce ensimismada en sus propios recuerdos mientras observa el río fluir hacia el oriente.

— ¿Puedo preguntarte algo? — Le digo, ella dirige su mirada a mí, esperando la pregunta. — Hace un rato, dijiste que perdiste un anillo, ¿Puedes hablarme de eso?

Sin cambiar su postura, a la par que el agua del río fluye y sin dejar de verlo, me responde.

— Poco antes de la invasión en la zona costera donde residía, tenía un anillo sagrado; lo tenía desde que evolucioné, pero me lo fue arrebatado. Ese anillo proveía una gran parte de mi poder y, ahora, que no lo tengo, me veo limitada en muchos aspectos. Era demasiado importante, pero supongo que ahora es parte del pasado como todo lo demás.

— Espera — La interrumpo, confundido sobre lo que dice. Sin mover su rostro, arquea sus ojos, haciendo notar mi paréntesis. —… Perdón, no quería interrumpirte, pero, ¿Recuerdas exactamente cómo lo perdiste?

Gatomon frunce el ceño, arqueando sus ojos y fijando su mirada en mí, manifestando molestia con mi pregunta.

— Yo lo único que recuerdo fue que estaba peleando contra un gran grupo de humanos en la playa, eran demasiados. Recuerdo más precisamente pelear con un par de humanos que contaban con unas armaduras muy extrañas; metálicas, casi como si fueran maquinas en su totalidad. Eran muchísimo más fuertes que los que tenían uniformes como el tuyo. De repente, una gran fuerza me envistió por detrás, dejándome aturdida.

»Antes de perder la conciencia y de involucionar, recuerdo que la figura que me noqueó por detrás era grande, negra, con una melena gris y de un gran tamaño, como un Guilmon pero mucho más grande, mientras los dos individuos con los que me encontraba peleando se acercaban a mi alrededor. Luego desperté, en medio de la playa, conmocionada, caos, muerte alrededor, y mi anillo… perdido. Eso fue un par de meses antes de que Jay me recogiera.

Gatomon, en un acto de ira, arroja la botella con agua al río, la cual choca contra la tranquila corriente y termina por perderse en su caudal. Pese a su reacción, mantiene su postura: sentada de rodillas sobre la roca, contemplando aún el flujo del agua, con sus ojos perdidos en este. Algo en su actuación me parece simbólica, fuera como si, de repente, al arrojar la botella allí, quisiera cambiar el curso del agua, aún sabiendo que no puede hacerlo; a pesar de su reacción y de la voluntad implícita con la que arrojó la botella, sabe que no pasará nada y que el río sigue siendo el mismo, fluyendo, como corresponde a su naturaleza. Todo esto en virtud de sus mismas palabras, de reconocer que es un ser que está destinado a repeler el mal, aún cuando, en su mejor intento, termina sucediendo lo contrario, agravando más las cosas, como si el mal fuera el verdadero estado natural de las cosas y que, por mucho que lo intente, la estática persevera y los cambios no relucen; quizás ve que las manifestaciones de bondad y justicia, que se supone hacen parte de su naturaleza, son momentos más no principios rectores que rijan la vida en su totalidad.

— Gatomon — La llamo, mientras me acerco un poco más hacia ella. —, ya podrás intuir que deseo que nos llevemos bien, por ello, debo preguntarte nuevamente: ¿Quieres hablar de lo que te aflige conmigo? Sé que no he pasado por tu camino, pero quisiera saber si pudiese ayudarte en alivianar un poquito de ese peso, si te animas, claro, a querer compartirlo conmigo.

Gatomon desvía su vista del río y dirige su mirada a la mía, luce triste, confundida, reprimida, molesta y cansada, veo tanto en ella que prefiero limitarlo a que luce melancólica. Con todo, logro dilucidar como al verme, su pequeña sonrisa aparece poco a poco, cambiando así la expresión de sus ojos en algo más esperanzador, como si fuera… confianza. Ella se pone de pie, estira sus brazos y su cuello, como si se levantase de un sueño pesado y, al terminar, se dirige a mí, de frente, juntando sus patitas la una con la otra sobre su vientre.

— Ha pasado mucho tiempo desde que he hablado tanto con alguien. Me disculpo, no quiero que pienses que tiendo a ser errática. Es sólo que me cuesta procesar las cosas por las que he pasado y a la vez es muy pronto para hablar de ello — Se detiene por un momento, mientras sus ojos delatan su indecisión al mirar a varios lugares a la vez. Toma un gran suspiro, y continua. — Puede que sea muy pronto, aún tenemos que conocernos mejor, pero, puedo decir, que eres una persona muy linda conmigo. Agradezco tus intenciones.

Inesperadamente, se acerca a mí, y me brinda un delicado y muy suave abrazo, sujetándome de mi cuello y apoyando su rostro sobre mi pecho.

— Sabes, sentirte es bastante agradable. — Me dice, murmurándome a mi oído derecho tiernamente.

Resulta curioso pensar como últimamente cada interacción con ella concluye en algo que termina sorprendiéndome. No dudo en contestar su abrazo, rodeándola con mis brazos gentilmente, sintiendo nuevamente lo cálido y plácido que es su pelaje.

— Cuentas conmigo. — Le replico, murmurándole de la misma forma que ella a mí.

Nos levantamos, planeando regresar al pueblo y tomar camino nuevamente al Puesto de Avanzada. El camino de regreso fue más largo en comparación con el camino de ida, pues resulta que caminamos una gran extensión del río hasta que, a eso de una hora mas o menos logramos encontrar la entrada por donde llegamos al mismo. Al llegar allí, notamos que un par de Gazimon se encuentran sentandos sobre la gran roca en la que estábamos sentados al principio: es el Gazimon con la cicatriz en el hocico, acompañado, al parecer, del Gazimon que nos atendió de primeras cuando llegamos al bar, además, ambos usan los delantales que utilizan en el bar. Las criaturas divisan nuestra presencia mientras venimos del oriente, pegan un salto desde su asiento y se paran, uno detrás del otro, esperando nuestra llegada. Gatomon luce igual de prevenida que yo, sólo que, a diferencia de mí, los ve como si quisiera erradicarlos. Manteniendo la distancia, nos miramos frente al par de Gazimon que, aparentemente, nos esperaban en la zona, el de la cicatriz da unos pasos al frente.

— Lamento lo sucedido en el bar — Dijo. Su voz es rasgada y profunda, simétrica con su desgastada apariencia. —, es sólo que nadie se esperaba la aparición de alguien como tú en este lugar. — Señala a Gatomon.

Con extrañeza, Gatomon frunce el ceño, señalandolo a él en su lugar.

— ¿Quién eres tú? ¿Te conozco? — Le pregunta, exclamando con exigencia.

— Te recuerdo de Costa Azul, eras la Angewomon que protegía el lugar.

Exaltada, Gatomon suspira, recogiendo sus manos en su pecho, a la par que yo me pregunto: ¿Angewomon? ¿Qué es eso? Ella queda en shock, el Gazimon la desarmó, dejándola sin palabras, mientras ella, inmersa en el precipitado descubrimiento nos da la espalda a todos. El Gazimon retoma sus palabras.

— No esperaba que alguien como tú terminara del lado de ellos — Le reclama, recorriéndola con su mirada. —. A juzgar por el collar que tienes puesto, estas en contra de tu voluntad.

— ¡Eso no importa, Jefe! — Exclama el segundo Gazimon que lo acompaña, resignado al verla. — ¡Nos ha traicionado! ¡Es indignante que una digimon sagrada termine del lado de ellos!

¿Dijo sagrada? ¿En qué aspecto? ¿Cómo, religiosa? El lacerado Gazimon voltea a mirar a la joven criatura que lo acompaña, se le acerca y, en un acto de lo más inesperado, le brinda una fuerte cachetada, arrojándolo al suelo en instantáneamente. Al terminar, se dirige nuevamente a nosotros, retomando su firme postura una vez más.

— Él es joven, discúlpenlo — Dice, esbozando una disimulada risa. —. Vimos que se dirigían aquí justo después de dejar el bar y veníamos a disculparnos con ustedes, no queremos problemas con los soldados.

Al ver que Gatomon aún se encuentra ensimismada con la presencia de este ser, opto por dirigirme a la criatura por mi cuenta.

— Usted, ¿Cómo la conoce? ¿Cómo la distingue? ¿A caso no duda que pueda ser otra Gatomon? — Le pregunto.

— Fácil, porque ella no lleva su anillo — Me responde, señalándola mientras apunta a su cola. Gatomon, en un fugaz momento de sorpresa, retrae su cola y la esconde con sus patitas, rompiendo así su postura, quedando frente al agrisado Gazimon nuevamente. —. Yo recuerdo el día que lo perdió; ella llegó al asentamiento después de la batalla en la costa, herida, tambaleando, lamentando su perdida. Ese día lo recuerdo muy bien. — El Gazimon se toma una pausa mientras, levantando su diestra, señala con sus garras izquierdas la garra lateral izquierda que le fue arrebatada ese día al parecer.

Gatomon se acerca lentamente al lacerado Gazimon, a quien, frente a este, toma gentilmente su garra izquierda con ambas patas, permaneciendo cabizbaja.

— Lo lamento tanto — Le dice, cerrando sus ojos, evitando fallidamente llorar. —. Lamento todo tu dolor. Todo lo que has tenido que pasar, tú, y los demás — Suelta amablemente la garra del lacerado Gazimon mientras se dirige al joven detrás de este, quien permanece sentado en el suelo desde su castigo por el mayor. Gatomon se dirige a él, se inclina de rodillas, articulando en su menester una reverencia. —. Lo siento tanto. Perdónenme.

El lacerado Gazimon se acerca hacia Gatomon, agachándose, mientras acerca su garra izquierda sobre la espalda de ella, queriendo reconfortarla. El joven, comprendiendo las intenciones de quien le acompaña, se acerca también a ella y replica a su mayor, intentando así alentar a la pequeña de su dolor. Al cabo de unos segundos, ella se levanta lentamente del suelo, agradeciendo el apoyo de sus semejantes, mientras la ayudan a incorporarse del suelo. Al ver que las aguas se mantienen tranquilas entre nosotros, decido acércame, mientras Gatomon, al notar mis pasos, me mira con una leve sonrisa, indicándome que se encuentra bien. Entrados en un poco de confianza, el Gazimon mayor se dirigirme nuevamente a mí, juntando sus garras detrás de su espalda, erguido, seguro de sí, emanando empirismo en su sola postura.

— Yo lo he visto pasar por el bar frecuentemente — Me dice, soltando una gentil carcajada. A diferencia del otro Gazimon que lo acompaña, su voz suena mucho más grave, aparentando así mucha más madures. —, le gustan mucho las hamburguesas, ¿Verdad?

— Sí señor, ¡Ustedes hacen unas muy buenas! — Le respondo con una sonrisa. Francamente, en lo que llevo acá, no me he percatado mucho de mi entorno, mucho menos de los seres que habitan el lugar, pero este ser, resulta ser bastante agradable, por eso, lamento mucho no reconocerlo como él a mí en este momento.

— ¡Oh! ¡Lo lamento! Me tomo mucha confianza con usted y seguro usted no sabía de mi presencia. ¡Qué bárbaro de mi parte! — Me dice, soltando esta vez una carcajada más pronunciada.

— No pasa nada, señor, al contrario, gracias por el voto de confianza. — Nuevamente, le respondo, sonriéndole mientras él, algo sorprendido, esboza una carcajada un poco más pronunciada que la anterior.

— ¡Qué educado! Parecía un sueño que un humano me llamara señor en este lugar. — El Gazimon entrecierra sus ojos, resaltando en su rostro una gran sonrisa. — Parece ser que lo que dice Kara es cierto; usted es alguien diferente. Eso lo respeto.

¿Kara? ¿Será que ellos hablaron con ella antes de ir a buscarnos? Curioso, aun así, me siento mal en no reconocer al amable Gazimon después de tanto tiempo pese a que él sí lo hace. Le agradezco sus palabras mientras nos fijamos en Gatomon, quien se encontraba hablando con el joven Gazimon, quien al parecer también entró en confianza, pues de estar resignado y hostil a su presencia, ahora se encuentra riendo fuertemente, entretanto que ella le replica el gesto con leves sonrisas. El Gazimon más grande se dirige esta vez a Gatomon, quien, en reciprocidad, se posa delante suyo, atenta a sus palabras.

— No somos muchos quienes logramos salir de Costa Azul, sin embargo, aún hay gente que te recuerda — El Gazimon busca algo en el bolsillito al centro de su delantal, saca un pequeño sobre de papel doblado y se lo entrega a ella. —. Cuando tengas un poco de tiempo, échale un vistazo.

Gatomon toma la arrugada hoja y, agradecida, se inclina ante el Gazimon, nuevamente, en reverencia.

— No es para tanto, yo no soy el arcángel aquí. — Dice, mientras suelta una carcajada más fuerte que las anteriores. — Tenemos que marcharnos, espero volver a verlos pronto.

Detrás de él, el más joven interviene, reverenciándose ante mí y Gatomon.

— Discúlpeme, ojalá los vuela a ver para poder conocernos mejor.

Ambos Gazimon se alejan, encaminándose al pueblo, agitando sus brazos gentilmente conforme se van alejando de nosotros. Replico su gesto despidiéndome de igual manera, cuando noto a Gatomon mirar la hoja de papel que le entregó el Gazimon más grande. Al paso de unos segundos, ella se detiene a mirarme, atónita, intrigada, mostrándome la nota a mí, la cual, al leerla, contiene lo siguiente: «Hemos soportado mucho por algo que nos permita volver a recordar nuestra fe; hemos luchado por mantener nuestros espíritus firmes antes las adversidades que nos rodean; hemos aguantado el hambre y el dolor en vigor de algo que nos acerque a la tranquilidad; hemos rezado, meditado y esperando por alguien como tú. ¡Por favor! ¡Encuéntrame a la media noche detrás del bar del pueblo!»

— Gatomon — me dirijo a ella, contagiándome de su intriga. — ¿Qué clase de digimon eres tú?

Ella dobla la hoja de papel en su posición original y la guarda debajo de su guante derecho, se mantiene firme, erguida, mientras levanta su pecho y a la vez, levantando su rostro, direccionando su mirada con la mía, me observa con determinación.

— Soy una digimon sagrada — Me responde. Atónito, me alejo un par de pasos hacia atrás. — desciendo directamente de las bestias antiguas, por eso, ellos me distinguieron. Francamente, al estar capturada y al ahora compartir contigo, no pensé que mi presencia fuera notada.

Nada de lo que me está diciendo lo estoy entendiendo. ¿Digimon sagrada? ¿Bestias antiguas? ¿Qué clase de mundo es este? ¿Qué no todo está hecho de unos y ceros como todo programa de informática? ¿Qué está pasando? No sé que decirle. Aparto mi mirada a los bosques, tomando un poco de aire fresco intentando procesar lo que me está diciendo. De pronto, Gatomon se posiciona nuevamente frente a mí, posando sus brazos en jarra sobre sus caderas.

— ¿Estás bien? — Me pregunta. No, no sé que decirle. Sólo me limito a verla, a detallar todo su cuerpecito, su forma felina; su femenina y antropomórfica apariencia; su estatura que no puede ser más de un metro; sus grandes orejas; su cola que detrás revolotea con el aire; su sonrisa… ¿Digimon sagrada?

Recuerdo que, en lo que hablábamos con los dos Gazimon, se refirió a ella de otra forma.

— ¿Tú también te llamas Angelwomun? — Le pregunto, ella rompe su pose, soltando una marcada, pero sutil risa, cubriendo su boca con su patita diestra.

— No, esa es mi evolución. En esta forma me puedes llamar Gatomon. — Responde, agregando. — Por cierto, es Angewomon, no "Angelwomun".

— ¿Acaso ustedes no se dan nombres para distinguirse? — Ella, en respuesta, vuelve a reírse, quizás encontrando mi confusión divertida.

— No, nosotros no utilizamos nombres, sólo sabemos distinguirnos. Si quieres llamarme de una forma, puedes hacerlo… Con tal de que esté de acuerdo con el nombre ¿Eh? — Contesta mi interrogante mientras, jovialmente, me da una palmada sobre mi brazo.

— No… No entiendo nada de lo que esta pasando. ¿Jay sabe de esto? — Le pregunto nuevamente, ella sacude su cabeza, negando haberse expuesto tanto a la Teniente Jay.

Gatomon se acerca más hacia mí, lentamente, cuando al momento, sujeta mi mano derecha con ambas patitas, serenamente.

— Ha pasado mucho en tan poco, ¿No crees? — Me dice, mientras, con sus zarpas, roza cuidadosa y gentilmente la superficie de mi mano. — Sé que es mucha información, pues, en gran medida, tampoco me esperaba todo esto. Pero lo más importante de todo es que sigues aquí, conmigo. Cualquier otro humano sabiendo esto no duraría en delatarme.

— ¿Y cómo sabes que yo no lo haría? — Le pregunto, seriamente. Ella sólo me mira a los ojos, y suelta nuevamente su leve pero marcada risa.

— Así como tú pensaste en por qué no te he hecho daño para salir de aquí, yo me he preguntado por qué tiendes a ser tan considerado conmigo a pesar de ser un humano ¿Por qué crees que esos Gazimon lucían tan sorprendidos contigo? ¿Acaso crees que están acostumbrados a que los humanos de este lugar los traten bien?

No tengo más palabras. Me siento impresionado, asombrado y, francamente, algo preocupado. Si alguien se llega a enterar de su verdadera naturaleza, no sólo podría estar en un gran aprieto, si no que nuestras vidas podrían estar en riesgo. Me agacho para estar a la altura de Gatomon, sujetando sus hombros mientras la miro fijamente a sus ojos. Ella, entendiendo mi sentir en la mirada que le dirijo, cambia su expresión, desvanece su sonrisa y centra su vista con la mía, esperando mis palabras.

— Yo ya te lo dije antes: cuentas conmigo. Sin embargo, toda esta información nos pone en una situación en la que debemos ser demasiado prudentes. ¿Comprendes? — Ella asiente con su cabeza en respuesta. — Ok, primero, regresemos a nuestra cabaña, luego hablaremos de los demás.

Me levanto y me dirijo al camino de regreso, cuando, pensando que Gatomon sigue mis pasos, en su lugar, se queda inmóvil, manteniendo su pose. Ella se voltea y me mira, con la determinación que deslumbró hace un momento.

— Yo no puedo ir — Dice, cruzando sus brazos a la vez. —. Tú mismo viste la hoja, debo verme con quien sea que me esté necesitando.

Deslizo mis manos sobre mi rostro, consternado ¿Es que acaso no entendió lo que le acabé de decir?

— No podemos quedarnos acá más tiempo, debemos volver a la base y te juro que allí hablaremos sobre qué podemos hacer. — Miro mi reloj y apuntan las 17 horas con 30 minutos. A pasado mucho tiempo desde que llegamos acá. El sol se está poniendo.

Gatomon se molesta, cruza sus ojos y desvía su mirada de mí.

— Mira — Me dirijo a ella nuevamente, acercándome y agachándome nuevamente frente a ella. —, entiendo lo que dice el mensaje que te dejaron, pero debes entenderme a mí también. Todo esto es demasiado arriesgado como para hacerlo tan de repente. Ellos entienden tu situación y, por lo mismo, quien sea que te haya escrito eso, deberá comprender que no logres cumplir con la cita.

Gatomon levanta sus brazos y aprieta sus garras, dirigiendo súbitamente su mirada a mí con severidad y crudeza, acercándose agresivamente hacia mí.

— ¡¿Crees que no lo sé?! ¡¿Acaso crees que soy estúpida?! Yo sé que tú tienes tus problemas, pero entiende que no puedo ignorar esto. ¡Es mí naturaleza! ¡¿O acaso quieres que ignore esto como si nada?!

— Gatomon… — Intento interrumpirla, detener su ira, apelar a sus sentidos, pero ella continúa.

— ¡Cinco meses atrapada! Viendo lo que ustedes hacen a los demás, como si nada, como si fuéramos nada. — Exclama, exaltada, furiosa. Entrecerrando sus dientes de la ira. — ¿Y pretendes que muestre la otra mejilla y ya? ¿Aceptando las cosas, así como así? ¡Bien sabes que no puedo!

En medio del álgido momento, Gatomon me empuja al suelo y, al momento de chocar en él, escucho un fuerte estruendo. Conmocionado, me levanto sobre mis brazos para darme cuenta que, con su sola garra diestra, agrietó el suelo, creando un hoyo de no menos de medio metro de diámetro alrededor de su posición. Agitada y jadenado, ella se tumba sobre sus rodillas, conforme la ira que la envolvió en un momento muta en lagrimas y en un pronunciado llanto, cubriendo su rostro con sus patitas, sucumbiendo así ante la emoción del momento.

Siento el cambio en mi presión sanguínea, el cómo mi corazón galopa más rápido y el sudor del pequeño momento de furor desciende sobre mi rostro, mientras la veo, asombrado no sólo por la fuerza con la que me empujo poco más de metro y medio, sino por la acentuada cicatriz que marcó sobre el suelo. El dolor en mi cadera regresa mucho más fuerte, el empujón propinado por Gatomon sumado al impacto de mi cuerpo sobre el suelo reactivó la estremecedora sensación, puedo tolerarlo, pero costará más esfuerzo después de esto. Con un poco de tambaleo, logro levantarme mientras intento acércame a la pequeña criatura que allí yace, triste, decepcionada y frustrada, logrando incorporarme nuevamente de rodillas frente a ella, como estaba en un principio. Paso mi mano derecha sobre su mentón, entre tanto que, con mi mano izquierda, aparto amablemente sus patitas de su rostro, no deja de llorar, de consumirse en la tristeza. Utilizo mi pulgar para apartar las estelas de lagrimas que descienden sobre sus mejillas y, al percatarse de ello, ella abre sus ojos, dirigiendo una vez más su mirada a la mía, cediendo sus quejas y su jadeante respirar, conforme entra en sí con las caricias que le brindo. Ella sujeta mis brazos con sus patitas, esta vez, como si quisiera asegurarse que mis manos no irán a ningún lado que no sea ella. Luce vulnerable, frágil, tal como hace dos noches, que la conocí, aún cuando, en realidad, es uno de los seres más fuertes que he visto en toda mi vida. Abstracto por el momento, y en gran parte por el dolor en mi cadera, no puedo evitar sonreír al verla, al apreciar cómo en mi vida resurge algo tan impresionante al simple paso de unos cuantos días. Su llanto cede, su respiración poco a poco retorna a la normalidad y, sin quitarme la vista, detenidamente, esa sonrisa, esa sonrisa que tanto he tenido en cuenta, vuelve una vez más a resurgir.

— Eres muy fuerte, Gatomon — Le digo, suavemente, mientras continúo secando lo poco que queda de sus lagrimas con mis pulgares, a la par que sujeto cuidadosamente su mentón. —, y sé que necesitas esto. Déjate confiar en mí, porque yo confió en ti. Vamos al Puesto de Avanzada y pensamos qué hacer, ¿Sí?

Sin decir nada y, articulando un asentimiento, consiente mi propuesta. Ambos nos levantamos del lugar y, sin más palabras a lugar, decidimos irnos.

Llegamos al Puesto de Avanzada alrededor de las 18 horas con 35 minutos. Entramos a la cabaña sin habernos cruzado muchas palabras en el camino de regreso y, al llegar y sin dudarlo, tomo asiento en el comedor. El dolor en mi cadera ha cedido, pero aún se siente mucho más a como se sentía esta mañana, abro un poco la cremallera de mi mono militar para frotar mi cadera con mis manos, parece aligerarse un poco el malestar al hacerlo. De pronto, Gatomon llega a mi lado izquierdo, mientras poco a poco, comienzo a sentir algo muy frío justo donde se encuentra el malestar, Ella frota la zona afectada con una improvisada bolsa con hielo que sacó del mini refrigerador. No había notado que también tenía congelador. La sensación es intensa, y el ardor del frío hielo comienza a entumecer un poco mi piel, pero el dolor disminuye enormemente.

— Has salvado mi vida. — Le digo, sonriéndole, mientras froto su cabecita con mi mano izquierda.

— Lo siento, esto es mi culpa, al salir no te sentías así. ¿Llevas todo este tiempo disimulando el dolor? — Me pregunta, mirándome algo preocupada. No dudo en reírme del aprecio y del cuidado que ella tiene hacia mí.

— No pasa nada, soy un hombre, y como hombre, debo resistir el dolor. Ya sanará. — Le digo, a manera de broma.

— ¡Qué hombre tan fuerte! Seguro atraes a muchas mujeres, ¿No? — Gatomon suelta una pequeña risa, mientras me mira, esperando mi respuesta.

No dejo de pensar en la nota que le dieron y en qué pasaría si se cumple esa cita. Una gran parte de mí quiere desmoronarse en la cama y no saber de la vida sino hasta mañana, pero, otra parte sabe perfectamente que no puedo dejarla sola y que ella necesita sentirse de utilidad después de tanto tiempo; ella necesita cambiar su percepción del bien y el mal y que, el destino que en ella está implícito, es tangible, y no una superficialidad. Gentilmente aparto a Gatomon, mientras intento incorporarme sosteniéndome sobre el comedor.

— Discúlpame, iré a hacer una cosa, no demoro, ¿Vale? — Ella, en respuesta, asiente con su cabeza, y sí, ahí está, esa sonrisa rodeando su rostro una vez más.

— No tardes mucho, necesitas descansar. — Me dice, sentándose en la silla donde me encontraba, haciéndome gestos cariñosos, indicándome con ello que me apurara.

Salgo de la cabaña y me dirijo a las barracas a encontrar a la persona que menos quisiera ver en este momento, pero que debo ver porque, sin ella, lo que tengo en mente no será posible. Al llegar, noto como los novatos se encuentran ingresando a la gran estructura para retirarse a sus aposentos cuando, en medio de la muchedumbre, ahí está, justo en el centro de la entrada, esperando a que la fila de rasos entre en su totalidad a cada uno de sus puestos.

— ¡Sargento primero, señor! — Me dirijo a mi sargento primero, evocando a la vez el saludo militar de la Data Magna. Al escucharme, lentamente sube su dedo índice derecho sobre su oído, pasándolo dentro de este y apartando la suciedad que de allí sale, como si escuchara algo desagradable. Al cabo de unos segundos, se voltea, determinando mi presencia con un distinguible malestar.

— Descanse, soldado. — Termino el saludo, manteniéndome lo más erguido que puedo, pues ahí está, el dolor otra vez. — ¿A qué se debe este desagradable placer?

— Señor, me ofrezco junto con mi digimon para patrullar el pueblo esta noche. — Su cara lo dice todo, el piensa que estoy jugando con él. Suelta una estrepitosa carcajada, tan fuerte es, que los soldados que se encuentran entrando a las barracas giran súbitamente sus rostros al escuchar lo que nunca pensaron posible: la risa del sargento primero. Al cabo de unos segundos se detiene, mirándome con incredulidad.

— ¡Vaya! ¿Qué vio por allá que lo hace querer volver de noche? Usted está incapacitado. — Dice el sargento primero, recreando una extraña sonrisa en su frívolo y condescendiente rostro.

— Sólo quiero patrullar para ejercitarme del día que perdí hoy señor. — No se me ocurrió nada más que decirle, así que le dije lo primero que se me vino a la cabeza. El sargento primero vuelve a su mirada de siempre: severa y vengativa, mientras se acerca hacía mí un poco más en lo que parece un intento por intimidarme con su tétrica apariencia. Está funcionando… Cuando, de repente:

— Muy bien. — El sargento primero accede, sacando de su bolsillo pechero una libreta y un esfero, anota unas cuantas cosas para luego arrancar un trozo de papel de esa libreta y extenderla con su mano hacía mí, dándome lo que escribió. — Llegue al lugar a las 2200 horas, ni un minuto tarde.

— ¡Señor, gracias señor! — Me despido de mi superior evocando nuevamente la pose militar y apartándome del lugar cuando, antes de dar dos pasos de vuelta, me llama, me volteó a verlo nuevamente elevando la pose una vez más, el dolor se está tornado muy irrisorio.

— Señor Kenneth, me esperaba de todo menos este tipo de comportamiento de usted. — Me dice, sin perder su compostura, aunque noto algo de sorpresa en el tono de su voz, asombrosamente, ciento un par de palmadas sobre mi hombro. — ¡Siga así y puede que mi impresión sobre usted cambie! ¡Descanse!

El sargento me da la espalda, retirándose con su característico caminado. En mi vida he conocido un tipo dan disciplinado. ¡Qué bien! ¡Al menos con eso me quito de encima los señalamientos de "marica" por un tiempo! En medio de la impresión, tomo el papel que me dio para ver su contenido, el cual dice: «Permiso de descanso día viernes por patrullaje nocturno en sector "X"» y termina con su firma: "Karl"; no logro ver cuál es su apellido pues no entiendo del todo su caligrafía. ¡Vaya! ¡Es humano después de todo! ¡A demás se llama Karl!

Al llegar a la cabaña, Gatomon saca rápidamente la improvisada bolsita de hielo que armó para mis heridas. Victorioso, le indico que la guarde.

Guárdalo, mejor mañana, porque esta noche tenemos que patrullar el pueblo — Gatomon gira rápidamente su rostro hacia el mío, mirándome con sorpresa y reluciendo una gran sonrisa. — ¿No tienes una cita a media noche?