3. Primera cita
No volvimos a casa hasta la madrugada así que no hubo fuerza celestial o del inframundo que me ayudara a presentarme al banco antes de las doce del mediodía.
Recuerdo haber temido por un instante que hubiera olvidado nuestro trato de la noche anterior o hubiera quedado anulado debido a mi tardanza, como Ludwig no había parado de vaticinar que sucedería durante toda la mañana.
Sobra decir que no fue así. Cuando llegué al banco, de nuevo las colas de gente eran interminables y aun así yo me sentía como una verdadera estrella al ir y buscar al director del banco, asegurando a cualquier empleado que tenía cita conmigo.
No salió exactamente como esperaba. Dijeron que mi hora de reunión había pasado y que no me podría atender de nuevo en todo el día.
Así que mientras discutía con su secretario los pormenores técnicos sobre el concepto primera hora de la mañana y su vaguedad intrínseca en cuanto a la precisión nos referimos, Vash llamó por teléfono.
Por lo que oí... y lo oí prácticamente todo, él ni siquiera sabía lo que estaba pasando, me habían aplicado el protocolo común entre los que llegaban tarde a las reuniones, pero... literalmente lo dijo, yo no era alguien común.
Así que, tras reprender al muchacho por teléfono durante un rato, pidió que me pasaran la llamada.
Estaba yo sonriendo con todo ese asunto, me gustaba tener razón y la importancia de mi persona parecía reflejarse en el modo de tratarme del director del banco.
Automáticamente todos los empleados se deshicieron en disculpas y lo que antes había sido un trato si bien no despreciativo del todo, si firme y de rechazo, ahora era todo amabilidad y cumplidos.
Me reí al teléfono y le aseguré que el teléfono era perjudicial para los oídos de los músicos, un artículo sensacionalista en algún periódico había leído al respecto.
Estaba substancialmente más relajado después de eso, parecía especialmente preocupado por si me había ofendido y al ver que no era así, todo su tono había tomado un cariz más calmado.
Dijo que no había pruebas médicas que corroboraran esa teoría, me costó un poco más aprender que él suele tomar todo de manera literal y le cuesta bastante entender cuando es una broma.
Aun así, pareció entender el mensaje y me hizo pasar a su despacho.
Era una sala grande y austera, con paredes oscuras pero grandes ventanales, sin apenas objetos personales o decoración más que algún cuadro pequeñito de paisajes bucólicos de montaña. Aun así, los pocos muebles que había eran grandes y de aspecto confortable.
Sonreí de nuevo porque su aspecto apurado y su actitud preocupada hacia mí a pesar de ser yo un demonio me hacían sentir importante y como si fuera yo una gran personalidad del mundo del espectáculo como siempre había querido ser.
Nunca en mi vida creí que lamentaría el día en que no tuviera una piel de armiño y unas gafas de sol.
De todos modos, aseguró que las advertencias de sus empleados eran ciertas, él había separado para mí las ocho de la mañana y ahora no tenía un solo segundo para discutir esto en todo el día, de hecho, estaba haciendo esperar a no sé qué otro magnate de la industria.
Le miré un poco desconsolado porque de nada servía toda nuestra actitud si a la hora de la verdad realmente no había ningún trato de favor ni ninguna reunión para explicarme.
Respondí con palabras comprensivas en un tono seco que volvieron a ablandarle un poco y me propuso que nos viéramos a la hora de la comida.
Volví a sonreír y accedí. Estaba empezando a entender porque es que no quería ver a la gente en persona si era tan fácil convencerlo de todo.
Un par de horas más tarde volvimos a vernos en un restaurante de aspecto elegante cercano al banco al que me llevó. Era la clase de lugar al que debía ir a todas sus comidas de trabajo. Con un pulcro y rápido servicio y una carta para todos los gustos.
Me sorprendió que eligiera uno de los platos menos elaborados de la carta, a base de queso, pero no hice ningún comentario mientras elegía la cerveza de un modo similar y me explicaba los entresijos de mis posibilidades económicas.
Le escuché lo más atentamente que pude, haciéndole preguntas sobre lo que no entendía.
Aunque mi madre nunca me había enseñado mucho sobre esos temas de administración del dinero al no ser materia de su devoción, sí me había enseñado matemáticas, pero al no haber ido nunca al colegio, no me sentía seguro y no quería parecer un simple paleto de pueblo así que pronto dejé de preguntar.
Él siguió hablando a pesar de todo en lo que parecía un tema que realmente le apasionaba, para mí era más sencillo saber qué cara debía poner o en qué debía estar de acuerdo o no solo por su tono de voz que por sus palabras en sí, aunque empezaba a temer que usar conceptos tan complejos era una estrategia para conseguir un trato más beneficioso para él.
Y aunque a estas alturas ya estaba seguro de que el tipo tonto no era, aun me seguía pareciendo que en realidad no era para nada una mala persona, ni que tuviera en realidad ningún interés en aprovecharse de mí. Eso le hacía casi más peligroso aún.
De todos modos, prefería hablarlo con Ludwig antes de hacer ninguna transacción. Él era el demonio más exitoso que conocía gracias al esfuerzo y una buena gestión del dinero.
Vash no parecía muy contento con ello, pero tampoco podía oponerse, así que tras la comida decidimos volver a vernos en un par de días después que yo hubiera valorado las opciones.
Esta vez con la promesa de si estar a la hora a cambio de que la cita fuera a las doce.
Me personé en el banco con Ludwig y mi dinero en una bolsa como si acabara de venir de pedir de la calle con la funda del violín o lo trajera en una hucha en forma de cerdito.
Nunca en mi vida había tenido un banco cerca o sabía que tanto se utilizaba en la ciudad. Ludwig casi me arranca la cabeza cuando la abrí sobre el escritorio de Vash.
Él daba por hecho que yo tenía una cuenta en algún lado y se puso a chillar sobre la irresponsabilidad y que podrían haber entrado a robarnos por tener todo eso guardado bajo el colchón de la cama.
Pero bueno, también estuvo protestando por haber pedido cita a las doce de la mañana y tener que cerrar el club.
Vash, en cambio, se mantuvo mucho más impertérrito, estaba mucho más acostumbrado a la gente haciendo esa clase de cosas e incluso peores.
Finalmente le di todo mi dinero para cuenta corriente salvo un pico para pagar comida y comprarme un par de cosas y me entregó mi primera tarjeta de crédito, aunque no confiaba mucho en esa forma de pago al principio no me costó acostumbrarme.
Y por algún motivo, a la hora de irnos, sentí un ligero desazón al saber que no había otra cita al día siguiente, aunque era un tipo al que conocía hacía solo tres días, disfrutaba de su compañía por algún motivo incomprensible.
Se trataba de una persona extremadamente seria y parca en palabras, creo que también me recordaba a mi padre de algún modo.
De todos modos, nos despedimos con la promesa de que el banco me mandaría cartas constantemente para seguir el progreso de mis inversiones y que podía acercarme a sacar dinero cada vez que quisiera.
Yo le invité a venir a mi próximo espectáculo importante con la idea preestablecida de que no iba a ir y probablemente de ahora en adelante unos de los empleados del banco, todos muy confiables y competentes, se harían cargo de mi caso, así que probablemente era la última vez que le veía.
Tal como había prometido, las cartas fueron constantes y precisas durante los siguientes meses y podía ver como trabajaba con mucha efectividad con el dinero, que además crecía a menudo con las actuaciones que seguían en el club Beildschmidt.
Hasta que cierta noche, se acercó a mí un ángel que se presentó como productor y caza talentos en España proponiéndome hacer una gira en ese país.
La idea me atraía, la verdad, nunca había viajado mucho, cada vez que podía aprovechaba para ir a ver a mis padres y había estado con los hermanos Beildschmidt y Elizabetha en Budapest un fin de semana, pero el mayor viaje de mi vida había sido ir del pueblo a la ciudad.
Hubiera preferido empezar con algo más local, una gira por Austria tal vez, pero la idea de salir y conocer el mundo sonaba muy interesante.
De nuevo discutimos con Ludwig, que parecía cada vez más haber tomado el papel de manager y custodio mío. No se fiaba del español como no se fiaba de la mayoría de ángeles.
Pero Elizabetha dijo que podía ser una oportunidad única en la vida y cuando se ofreció a acompañarme Ludwig no pudo hacer otra cosa que resignarse.
Además, Feliciano dijo que tenía un pariente viviendo en España al que podíamos acudir si teníamos cualquier problema.
Todo parecía salir a pedir de boca. Elizabetha y yo nos pusimos en contacto con el español y le propusimos nuestro plan.
Al principio con los problemas de siempre, la mezcla de un ángel y un demonio siempre trae problemas, incluso aunque solo sea en el escenario.
La gente que nos viera podía imaginarse cosas raras y seguramente nos rechazarían antes de empezar. Eso nos decían todos cada vez que queríamos hacer una colaboración. Bastante raro ya era que viajáramos juntos.
Así que de nuevos nos resignamos, aunque ella igualmente me acompañó a España.
Nunca había estado en un lugar como ese, aunque apenas si tuvimos tiempo libre en realidad de ver muchas cosas, pero recuerdo esa primera gira con especial cariño.
Conocimos a un montón de gente y algunos le ofrecieron contratos a Elizabetha también. Incluso conocimos al que resultó ser el hermano de Feliciano que nos acogió en su casa y nos preparó una deliciosa comida en compañía de su encantadora familia. Hasta tiene una hija, no tenía ni idea.
Recuerdo que en Barcelona encontramos de nuevo a Vash por casualidad.
Era nuestro final de gira. Elizabetha y yo estábamos AGOTADOS y aunque todo había sido espléndido y nos había hecho un tiempo maravilloso, lo único de lo que teníamos ganas era de vacaciones.
Él estaba en viaje de negocios y cuando vio los carteles con mi nombre compró entradas sin demora.
Imagina mi sorpresa cuando estando en el camerino de aquella sala de conciertos, me avisan de que Vash Zwingli desea entrar a saludar.
Desde luego que le permití pasar, sonriendo y recuerdo que Elizabetha me hizo cierta mirada de complicidad que no terminé de entender mientras decía que prefería dejarnos a solas.
Vash entró de nuevo con flores y con su característica afabilidad seca me explicó cuanto se había sorprendido al ver mi nombre en los carteles en este lado del mundo y porque hacía tiempo que no se hablaba de mí en Viena.
Dijo que no podía perder la oportunidad de ir a ver a una de las estrellas de su banco. Eso me provocó cierto desengaño puesto creía que estaba ahí por mi música y no por agasajarme como cliente.
De todos modos, pronto me repuse de ello mientras le contaba nuestras aventuras en el país del sol... me pasó el tiempo volando y apenas si había llegado a contarle nuestra llegada que me llamaron para salir a escena.
Vash educadamente se disculpó por arruinarme el ensayo previo a mi actuación, a lo que yo le dije que yo nunca ensayaba una hora antes de salir a escena.
Me deseó buena suerte, más relajado con ello y aseguró que seguiríamos esa conversación en un momento más propicio.
Tal vez fueron las flores, esa promesa o lo cómodo que me sentía con él, pero estaba ahora más relajado y me permití proponerle que eso fuera después de la actuación, cenando en algún lugar del puerto.
Accedió casi de inmediato, aunque parecía un poco sorprendido por mi elección de lugar.
Le confesé que se debía a que nunca antes en mí vida había visto el mar. Su cara cambió de repente, dijo que eso no podía permitirlo y me aseguró que lo arreglaría.
Con esa perspectiva es que salí a actuar. Estaba bastante emocionado con el pronóstico e hice una actuación magnífica. Me sentía como si la música me envolviera y palpitara con mi corazón de un modo en el que no lo había hecho hasta ahora.
No sabría exactamente cómo describirlo, supongo que tiene que ver con la vibración. Una sensación parecida a cuando se entona en perfecta armonía con otra voz.
Tanto fue así que todo el mundo me felicitó efusivamente tras ella y Elizabetha fue la primera en venir a buscarme.
Le expliqué que había decidido cambiar de planes y había invitado a cenar con nosotros a Vash, ella se rio y dijo que por nada del mundo iba ella a entorpecer mi cita romántica... —me río un poco moviendo la cola porque sé que esta idea es el problema en todo este asunto, pero aún me hace gracia.
—De nuevo yo no sabía aun porqué decía eso —continúo—. Así que lo tomé como una broma sin hacerle mucho caso, ella solía ser así, haciendo comentarios que en círculos abiertos se considerarían escandalosos y que no tenían mucho sentido de todos modos. Los hacía constantemente con los hermanos Beildschmidt.
Esperé a que me recogiera en el camerino, tal como habíamos quedado y por lo menos esta vez sí recordó decir que las flores eran para mí a la vez que me felicitaba por mi actuación.
No creo que las trajera por nada concreto más allá de que es habitual agasajar a los artistas de ese modo.
Le agradecí el gesto y le pedí a alguien que me las conservara porque regresaría a por ellas mientras salía a la calle con él.
Pensé que iríamos a buscar su coche, pero el lugar de eso dijo que la playa estaba lo bastante cerca para dar un paseo y que si no estaba muy cansado la ciudad valía la pena.
Accedí a caminar con él, aunque estaba un poco preocupado por las miradas de la gente. Yo estaba acostumbrado a que nos las echaran cuando iba con Elizabetha, pero no sabía si él...
De todos modos, tal vez al ser Vash un hombre, o debido a que él también parecía perfectamente acostumbrado o que me encontraba absorto en la conversación, apenas si las sentí en esa ocasión.
Me estuvo contando sobre su reunión en Barcelona y los negocios que tenía ahí justamente con la gente del Palau de la Música donde había sido mi actuación —aseguro vagamente porque al principio no me di cuenta, pero más tarde parecían asuntos turbios de evasión de impuestos y no necesitábamos más problemas en todo esto—. Pero como no entendía demasiado, la cosa pronto se fue hacia temas más personales.
Me contó que era suizo de nacimiento, que su madre era enfermera que tenía una hermana menor y que abrir un negocio bancario en su país natal no era muy fácil y había emigrado después de la universidad, aunque se arrepiente desde entonces.
Resultó que no había nada mucho más interesante en su vida, había ido a una escuela privada de ángeles, nunca se había casado y a pesar de haber vivido siempre en ciudades se sentía muy atraído por la vida rural y la tranquilidad y paz de los pueblos. Hasta había deseado tener cabras.
Me pareció bastante irónico, yo estaba enamorado de mi vida en la ciudad a pesar de haber nacido en un pueblo y él era justo lo contrario.
Era bastante adorable igualmente hablando de cabras y verdes praderas con ensoñación. Confesó tener una casita de madera en los Alpes y la imaginaba bastante distinta a lo que resulto ser más tarde.
Desde luego hablamos del día en que me llevaría ahí y yo le aseguré que nunca, nunca en la vida iba a conocer mi casa. Por aquel entonces aun me sentía avergonzado de mis orígenes humildes y aún más frente a un exitoso ángel que había vivido toda la vida en la ciudad por mucho que dijera que prefiriera la vida del campo.
Pero pensé que era solo una de esas cosas que se dicen a la gente. Después de cenar finalmente fuimos a la playa como me había prometido, pero mientras íbamos me preguntó cómo me imaginaba que sería en realidad el mar.
Así que en una aproximación le describí las imágenes que había visto. Algo parecido a la vista desde la orilla del Danubio, pero sin casas al otro lado.
Me tomo de la mano antes de llevarme hasta el borde del paseo marítimo. Debo decir que en la oscuridad de la noche era muchísimo menos impresionante que lo que me había imaginado.
Ni siquiera el cielo parecía muy espectacular con todas las luces de los locales de fiesta y comida del paseo.
Así que, en honor a la verdad, estaba más sorprendido por el gesto en sí que por las vistas.
Era la primera vez que alguien que no fuera de mi familia me tomaba de la mano de ese modo. Ni siquiera Elizabetha se atrevía a hacerlo... en parte porque no dejo que nadie me estreche siquiera la mano.
Demasiado delicadas e importantes para que cualquier estúpido pueda echarlas a perder debido a su ímpetu incontenible... pero, aunque lo pensé, algo me impidió pedirle que me soltara, en vez de ello se la sostuve todo el tiempo.
Incluso cuando me preguntó si acaso estaba demasiado sobrecogido por la situación cuando se la apreté más fuerte, pero negué con la cabeza.
Parecía un poco decepcionado en realidad con el mar nocturno él también y se disculpó un montón de veces, así que terminé bromeando sobre que, si esto le parecía tan maravilloso, debía ser fácil de impresionar y que tal vez debía sentirme menos alagado por sus palabras amables y comentarios a mis actuaciones.
Eso solo logró preocuparle más asegurándome una y mil veces que no era así y que sí debía sentirme alagado, que por favor no me dejara hundir por esto, que desde luego mi música era cien, no, mil veces mejor que esto y así siguió deshaciéndose en halagos hasta hacerme reír.
Aun puedo ver su cara de desconcierto con ello, sigue haciéndola por unos instantes cada vez que me río sin que se lo espere.
A pesar de todo insistió en la veracidad y seriedad de sus impresiones durante todo el camino de vuelta a mi hotel.
Debo decir que los halagos también funcionaban mejor de lo que yo podría haber previsto siquiera.
Cuando llegamos a la puerta y al momento de la despedida estaba nervioso, aunque entonces no podía saber por qué y también lo estaba él, lo notaba en su corazón.
Aun así, tras varias vacilaciones y repetir de nuevo nuestros planes de permanencia en España a pesar que ya habíamos hablado durante la cena que yo volvía a Viena al día siguiente mientras que él iba a quedarse en Barcelona durante toda la semana siguiente.
Nos prometimos volver a repetir esto sin poner fecha cuando ambos volviéramos a estar en casa y a mí de nuevo me sonó a una de esas promesas vacías que tan fácil son de romperse, pero de repente se hizo un silencio extraño entre los dos.
Y ahí, en las puertas de ese hotel, le miré a los ojos dándome cuenta por primera vez que los tiene verdes —sonrío un poco con ensoñación deteniendo la historia y jugando con un eslabón de mi cadena por unos instantes.
Luego miro a Williams, esperando encontrar el habitual desagrado y rechazo hacia este relato, por considerarlo antinatural como hacía todo el mundo. No solo dos hombres, un ángel y un demonio.
Sin embargo, Williams solo me mira con genuino interés, echado adelante en su silla y apoyado en la mesa.
—¿Y le besó?
—Was?
—¿Le besó? —vuelve a preguntar—. Está claro que eso era lo que esperaba.
—Nein... en realidad, en ese momento ni siquiera me di cuenta de que eso era lo que esperaba.
—Ah, ¿no?
Niego con la cabeza.
—Como ya le he contado antes, yo había pasado mi infancia estando rodeado de ángeles de los que debía esconderme y luego rodeado de ángeles que me despreciaban y odiaban. Nunca había encontrado a alguien con sentimientos de ese tipo hacia mí. Ni tampoco había tenido ocasión de tenerlos yo mismo.
—Pero... yo creía...
—Que yo le había seducido a él, sí, lo sé. Es lo que todos creen, pero en realidad yo no tenía ni la más remota idea de cómo seducir a alguien.
—¡No! Que usted y Elizabetha...
—Was? Nein! Nein, nein, nein, nein... En realidad no me sorprende que lo piense. Gilbert, el hermano mayor de Ludwig solía decírnoslo también y hasta Vash en alguna ocasión lo había insinuado. Pero desde luego para nosotros era obvio que era tabú y habría sido bastante raro, a pesar de lo cómodos que estábamos uno en compañía del otro.
—Oh... ¿Está usted seguro?
—¿Por qué lo duda?
—Bueno, alguien podría pensar que no quiere ponerla a ella en un aprieto también dadas las circunstancias.
—Mire... Ella podía ser muy liberal y en realidad no considerar todo esto tabú y antinatural, pero si tenía alguna atracción fatal de ese estilo, desde luego no era conmigo.
—¿Y con quién era?
—Con un ángel muy apuesto de grandes alas y ojos azules, por supuesto —miento sonriendo cínicamente, desde luego que no iba a embarrar a Elizabetha en todo esto.
—Oh... Oh. V-Vale. ¿Qué sucedió entonces con usted y... ehm... el señor Zwingli?
—Nada, me parece que alguien salió o entró del hotel cortando nuestro contacto visual y tras un ligero asentimiento de cabeza, cada uno se fue por su lado —me encojo de hombros y Williams tuerce un poco el morro—. Así que Elizabetha puso una cara parecida a la suya cuando le conté lo sucedido en la cena durante nuestro viaje de regreso.
Y me parecía en extremo molesta su insistencia sobre la parte romántica de todo esto, que además yo me negaba a ver, aun pensando sobre el tabú y lo antinatural de todo.
Y más molesta se hacía a medida que pasaba el tiempo y tal como yo pensaba, no volvía a tener noticias sobre Vash.
