XXV. La maldición de La Historia Interminable. Corazones jóvenes.
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"Lo que he comenzado debo terminarlo. He ido demasiado lejos para dar marcha atrás. Independientemente de lo que pueda pasar, tengo que seguir adelante".
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Las cosas no mejoraron con los días, con las semanas, porque extrañamente Suguru parecía no notar que algo inherente a él le mantenía cerca de Nanami, para charlar, para intercambiar opiniones, se sentía en tranquilidad con él, y a su vez, Satoru se volvía loco porque no podía evitar sentirse un mar de celos.
Para él era más que obvio.
Y aunque nunca lo llegó a increpar, sí que le daba vueltas al asunto en su blanquecina cabeza.
Tenía sujetadas ambas muñecas por sobre la cabeza, porque eso sí, lo hacían con todo el lujo del sometimiento, sólo porque sí, sólo porque era un juego, todo era un juego. Se respiraban contra los labios, el aliento de los dos se fundía el uno contra el otro.
Las piernas no le obedecían, Gojo se sentía un trapo, un trapo entre las manos de Suguru, un hilacho incapaz de responder y de defenderse, porque tampoco quería hacerlo. A lo único que obedecía era a sus instintos más básicos, los más elementales. Y ese instinto le decía que eso era todo lo que tenía: a él.
—Suguru…
—¿Qué sucede…?
—Realmente… tú… quiero decir, ¿alguna vez te has preguntado si te gusta alguien… más? —Le soltó sin delicadeza alguna, en medio de los besos y mordidas.
—¿Te refieres a… alguien más como una mujer… u otro hombre?
—Sí…
—Tú… —respondió observando aquellos ojos azules tan profundos.
El otro se entregó al éxtasis entre sus piernas y simplemente se agazapó contra aquellos brazos y esa espalda perfecta, quería dejar de pensar, pero eso para Satoru era imposible, porque dentro de sí sabía que más bien él era el único que sentía un especial apego a ese otro hombre, era el único.
Nunca hablaron de sus preferencias, ni de uno ni de otro, simplemente las cosas eran así y ya.
Para Satoru, él era el único hombre en su vida, y aunque las mujeres le gustaban, en ese momento de su vida, no existía nadie más que Suguru Geto. Sin embargo, era más que obvio que Suguru era bisexual y que él no era el único que le llamaba la atención. Cierto era que estaba ahí, con él, como su igual, como su par… pero sería una mentira decir que era el único que lo atraía.
Y bajo las emociones infantiles y poco maduras de Gojo, aquello se sentía como una pequeña traición.
Igual guardó silencio. Porque lo amaba. Lo amaba más de lo que dudaba, más de lo que sus celos y su autoestima elevada, destruida con tan poco, le decían que hiciera arder el mundo.
Era lógico, él, que nunca tuvo nada, nada suyo, hoy sentía aquello como una afrenta personal.
Y las cosas continuaron escalando hasta que todo acabó con un gran escándalo protagonizado por Satoru Gojo, como siempre, en realidad dos escándalos.
Durante una de las clases, mientras fingían que estaban revisando el capítulo que les indicó el profesor Masamichi, el joven Gojo aprovechó para mandarle un mensaje al celular al otro
"Oye, dice Shoko que si vamos a un karaoke o bar o tugurio, algo así…"
"Bueno, pero… ¡Tú ni siquiera bebes! ¿Vas a tomar refresco?"
"Grandísimo idiota, da igual. Dice que irá también Utahime."
"¿No estaba enojada contigo?"
"Sí, creo, pero no importa, ¿vamos?"
"Bueno, la verdad es que yo tampoco es que haya ido a muchos bares, vamos."
"Yo menos. Aquí el vago eres tú."
"¡Já! Claro que no. Oye, ¿por qué se enojó Utahime contigo? Nunca me dijiste…"
"Porque… nada, quedé con ella un día, lo olvidé, ella se puso furiosa, desde entonces vive furiosa conmigo, yo creo que es su manera de ser conmigo…"
"Ummm… no parece algo muy educado ¿Sabes? ¿Te disculpaste?"
"¡No empieces!"
"Deberías ser más… educado…"
"¡Bah! ¿Vamos o no?"
"Ok, vamos…"
La cosa empezó medianamente bien. Tan bien como en el caso de cualquier adolescente que estaba por salir por ahí de noche, la clase de cosas que todos hacían, todos menos ellos, porque sus vidas estaban consagradas a otra virtud que tenía más bien que ver con toda la humanidad y el peso de esta sobre sus jóvenes hombros.
Shoko y Utahime se habían adelantado, porque para variar, Satoru estaba castigado por una de las muchas cosas que olvidó hacer, así que lo enviaron de incursión exprés a un templo no muy lejano donde una maldición se había apoderado del lugar y estaba creando bastantes problemas entre los habitantes y entre aquellos que decidían acudir a rezar.
Bastante alegres salieron los dos de la escuela, escabulléndose, tomaron un taxi, aunque hubiesen podido correr y saltar de aquí para allá, como gatos, pero… querían vivir toda una experiencia de normalidad, como tantos jóvenes. Y el problema fue que al llegar a una de las calles principales, se toparon con el tránsito despiadado que era capaz de desesperar hasta al más paciente.
—Vamos caminando, no es tan lejos —le pidió Satoru llevando una mano a la rodilla del otro, como que no queriendo la cosa. Nunca perdía la oportunidad de tocarlo.
—Pero…
—Nah, vamos —dicho lo cual, acabó por pagarle al conductor y bajar corriendo en medio de la calle llena de autos protestando mediante las bocinas.
Suguru, para variar, acabó siguiéndolo a toda velocidad, corriendo por en medio de la calle, sin importarles un cacahuate que estaban en medio del arroyo vehicular. En medio de risas bobas.
De pronto Satoru tiró de él, de su mano y lo metió en un callejón solitario, no había nada más que un par de gatos peleando al fondo, y un ratón que corrió en cuanto los vio llegar, al fondo, en una calle aledaña se escuchaba una protesta estudiantil.
—¡Eh! ¿Qué haces…?
—Nada, aprovecho el tiempo antes de meternos al lugar…
—¿Cómo…?
—¿Lo has hecho alguna vez así… en un lugar público? —Preguntó con un dejo de perversión.
—No jodas, Satoru, sabes que no… además…
—¿Qué esperas…? Rápido… un poco… no me digas que no te dan ganas porque sé que entre tus piernas algo ya reaccionó antes que tú —le respondió con ese cinismo tan peculiar y esa sonrisa arrolladora.
—Nos pueden ver —pero aquello sonaba sin siquiera el más mínimo dejo de convencimiento.
Gojo le dio la espalda, lo atrajo por la cadera, se adhirió a él, cada centímetro de su piel pulsando y su corazón desbocado, por única respuesta el aliento de su amante en su oído y el gemido ahogado de él mismo mientras sus sentidos se disparaban… y unos pisos más arriba, en el edificio de enfrente… una cámara que alguien sostenía estaba grabando el evento fortuito en ese callejón aparentemente vacío…
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Tokyo Radio FM 96
Young hearts, run free
Never be hung up, hung up like my man and me ("umm, my man and me")
Young hearts, to yourself be true
Don't be no fool with
When loving is all, there is ("say that don't love you")
Young hearts run free, Kym Mazelle.
