Zelda vivía con normalidad… con toda la normalidad que podía teniendo en cuenta que sus piernas no funcionaban. Su condición congénita atraía miradas y, en especial, pena. Lo que no le hacía ninguna gracia. Su madre era la única que parecía ser consciente de todo ello, porque hacía años que no acudía a su habitación para ayudarla a subirse a la silla de ruedas.

Zelda era más que capaz de hacerlo por sí misma. Así que, como cada mañana, se despertó desperezándose y sus ojos se enfocaron en su pequeño smartphone. Era casi mediodía. Aquella misma noche, la chica había estado trasnochando para ver un último episodio de su serie favorita.

Era la clase de cosas que podía permitirse durante sus vacaciones de verano. Se incorporó, alargó la mano hasta la silla y la colocó antes de deslizarse para sentarse. Tenía mucha fuerza en el tren superior, por lo que no resultaba un esfuerzo grande para ella. Mientras se paraba un segundo a mirar por la ventana, se percató de que hacía un día extrañamente bueno.

Aún en pijama y despeinada, Zelda se encaminó a la cocina. Su madre había un buen rato elaborando un desayuno nutritivo. Zelda simplemente la observó, consciente de que la había oído llegar debido al ruido de la silla. Helen Taylor era una mujer de recursos en lo que a las labores del hogar se refería. Lo que decía mucho de ella pues, siendo madre soltera, tenía que compaginar aquello con su trabajo.

— Buenos días, mamá. — Saludó Zelda. — ¿Qué tal la mañana?

— Ah, ya sabes… llamadas, correos… incluso desde casa, el trabajo es trabajo. — Comentó, negando con la cabeza. — Pero he sacado algo de tiempo para hacerte unos huevos con Bacon. Así que ponte frente a la mesa y come, jovencita. Y más vale que no te dejes nada… Voy a por el correo…

Lo cierto es que Zelda tenía buen apetito y no solía protestar con la comida, así que se sentó a comer tranquilamente. Le sorprendió, sin embargo, que su madre dejara una carta delante de su plato. Zelda la miró con cierta extrañeza, pero el destinatario no daba lugar a error.

Srta Z. Taylor

La habitación del piso de abajo,

20, Hatson Street,

Great London

Zelda tragó saliva. No estaba acostumbrada a recibir correo postal, ni siquiera acostumbraba a recibir demasiados emails… y mucho menos algo tan… invasivo. Sabían en qué habitación dormía…

— Debe ser alguna broma de alguno de mis compañeros de clase. — Suspiró, mientras ojeaba la carta. — Estimada señorita Taylor, nos complace informarle de que ha sido usted admitida en el colegio Hogwarts de Magia…

— ¿Magia? ¿En plan… trucos de salón? — Helen negó con la cabeza.

— Debe ser Spam. — Bufó Taylor. — Un Spam muy siniestro… No sé si quemarlo o guardarlo para llevarlo a la policía.

— Guardémoslo de momento… no quisiera saber siquiera qué clase de loco te ha enviado eso. — Bufó Helen.

El resto del día trascurrió con relativa normalidad. Zelda estuvo jugando a la consola hasta que su madre terminó con sus obligaciones, momento en el que se vistió para salir y dejó que Hellen tomase el control de la silla de ruedas para encaminarse al exterior. Zelda disfrutaba mucho de aquellos paseos. Le gustaba pasear por las calles de Londres mientras conversaba con su madre, sentir el viento en la cara e ir al parque a disfrutar del ambiente.

Cuando se tumbaba en la hierba era de los pocos momentos en los que nadie se fijaba en ella. Y los atesoraba enormemente. Entrecerraba los ojos y sentía el pasto que tenía debajo, entrando en una extraña comunión con el cosmos mientras dejaba pasar el tiempo. Siempre había pensado que estar en el vientre de su madre debería ser algo parecido a aquello, a la sensación que producía estar en aquel espacio infinito en su imaginación.

— Zelda… tenemos que irnos a casa, se hace tarde.

— Sí, mamá… — Respondió, emitiendo un suspiro.

Mientras la silla se dirigía de nuevo hacia su casa, Zelda tenía una extraña sensación de expectación, como si algo grande estuviera a punto de suceder, aunque no estaba segura de qué. Su plan era el mismo de siempre. Pasar la noche jugando o viendo alguna serie con el pijama puesto. Era como solía pasar todos los veranos salvo por alguna salida ocasional.

Pero aquella noche no iba a ser como el resto. Lo sintió en cuanto llamaron a la puerta. Normalmente, ella no abría la puerta, pero algo la empujó a hacerlo. Giró las ruedas de la silla y se encaminó hacia la puerta, abriéndola lentamente. Se quedó un segundo mirando a la persona que había al otro lado.

Era una mujer de mediana edad, de piel pálida y el cabello lacio y oscuro, con una mirada inteligente en sus ojos. Llovía, y llevaba un paraguas negro a juego con su traje de ejecutiva. En aquel momento emitía un olor terroso, como si hubiera pisado barro en un bosque hacía poco, lo que no tenía sentido teniendo en cuenta que estaban en mitad de la ciudad.

— Deduzco que tú eres Zelda. ¿Recibiste mi carta? — Preguntó. Zelda se mordió el labio. — Tomaré eso como un sí. ¿Puedo hablar con tu madre?

— Mamá… — Llamó Zelda.

Helen se acercó a la puerta y se quedó sobrecogida al verla. Aquella mujer parecía haber devorado la habitación con su presencia a pesar de que ni siquiera había llegado a entrar en ella. Helen tragó saliva, intentando no sentirse pequeña y perder la voz.

— ¿Podría decirme quién es usted?

— Por supuesto. — Sonrió. — Soy Augustine Morgan, subdirectora del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería… Aunque intuyo que tendré que darle una explicación mayor para tomar como cierta mi palabra.

— Usted envió la carta de esta mañana. — Susurró Helen. — Descubrirá que resulta difícil creer que usted enseñe magia en una escuela.

— Así es. — Repitió, a sabiendas de que Helen no había oído su leve intercambio con Zelda. — Verá su hija ha nacido con un preciado don… y es mi labor y la de mis compañeros cultivarlo.

Augustine metió la mano en su americana y extrajo una pequeña varita de madera, la agitó y la chimenea, que se encontraba tras ellas, se inflamó con un cálido fuego azul que caldeó la estancia muchísimo más rápido que el fuego común.

— ¿Me permite pasar, señorita Taylor? — Preguntó, mirando a Helen.

La mujer miró un instante a su chimenea, luego a la desconocida de la puerta, luego a su hija, y finalmente asintió. Augustine entró y cerró la puerta tras ella de forma totalmente silenciosa. Zelda se preguntó si había sido magia también o realmente había cerrado la puerta con tanto cuidado.

— Entiendo que para alguien que no ha experimentado la magia, esta revelación puede ser muy chocante, pero lo cierto es que Zelda es una bruja y debe ser educada como tal.

— Zelda… ¿Puedes irte a tu habitación un segundo? Me gustaría hablar con esta mujer a solas.

— Sí, mamá. — Zelda se moría de curiosidad, pero el tono de su madre le dejó claro que no había lugar a dudas. En cuanto se quedaron a solas, Helen encaró a Augustine.

— Dígame, señora Morgan. — La señaló con el dedo. — Si por un momento acepto toda esta historia de que la magia existe… ¿Puede prometer que en su colegio mi hija estará cómoda?

— Debo admitir que nunca hemos tenido a ningún alumno en su particular situación… pero le prometo que nos adaptaremos.

— He escuchado palabras como esas antes, ¿Sabe? — Le insistió. — Tuvimos que mudarnos a esta casa porque esas palabras cayeron en saco roto.

— Estoy convencida de que la persona que se las dijo no tenía mis capacidades.

— Con esas capacidades o sin ellas, no voy a arriesgar la integridad física ni la salud mental de mi hija.

— Lo estaría haciendo si no le permite asistir.

— ¿Disculpe?

— La magia es una energía muy poderosa, señorita Taylor. Hay un importante motivo por el cual es tan importante que se enseñe correctamente. Si su hija no aprendiese… podría haber consecuencias. — La mirada de Augustine se ensombreció. — Consecuencias que podrían llegar a ser fatales.

— ¿Quiere decir que si no aprende magia podría…?

— Me temo que sí. —Augustine se mantuvo firme. — Por eso mismo le doy mi palabra de que nos ocuparemos de acomodar a Zelda.

— ¿Tiene usted hijos, señora Morgan? — Dijo, mirando, y no por primera vez, el anillo de casada de Augustine.

— Tengo dos hijas. Estudian en el colegio. — Helen asintió lentamente.

— Tiene mi permiso… pero tendrá usted que convencerla a ella también.

Augustine expresó una sonrisa misteriosa mientras se encaminaba hacia el dormitorio de Zelda. Tocó en la puerta lentamente con los nudillos.

— Pase.

— Curioso… — Comentó, mientras entraba en la habitación. — Habría apostado un galeón a que estarías escuchando tras la puerta.

— ¿Qué es un galeón?

— Oh, es dinero… lo entenderás más tarde. — Sonrió. — ¿Y bien? ¿Tienes ganas de ser bruja?

— No lo sé… — Respondió. — ¿Qué puede hacer la magia?

— Casi cualquier cosa… — Sonrió Augustine. — En las manos apropiadas, claro.

— ¿Podría levantarme de esta silla?

Era una pregunta que Zelda no podía evitar hacerse. Después de todo estaban hablando de magia, hechizos y conjuros.

— ¿Cómo pasó? — Preguntó Augustine.

— Nací así…

Augustine bajó la cabeza y suspiró.

— Escucha, no soy sanadora, así que no te puedo asegurar nada, pero… no tendría muchas esperanzas en eso, Zelda. — Respondió, sincera. — Por otro lado… No necesitas correr si puedes volar.

— ¿Volar?

— ¿Quieres que te lo enseñe?

Zelda asintió lentamente. Augustine entonces se encogió sobre sí misma. Su cuerpo pareció empezar a reducirse poco a poco, oscureciéndose y cubriéndose de plumas. Momentos después, sobre su cama, en lugar de la mujer, se encontraba un cuervo. Se elevó por los aires y dio un par de vueltas a la habitación antes de volver a adoptar su forma humana.

— ¿Puedes hacer eso cuando quieras? — Preguntó, con los ojos como platos.

— Sí, aunque te advierto que no es nada fácil… la mayoría de magos no lo consigue. Pero sólo es una forma… lo que quiero decir es que… aunque no puedas curar tus piernas… la magia tiene otros caminos. Otros que se te han vedado hasta ahora. Y mucho más que ofrecerte además de eso. Si te interesa.

— Me interesa… — Susurró Zelda.

— Bien, entonces… Tienes todo lo que necesitas en la carta. Pero vendré a buscarte dentro de una semana, cuando hayas aclarado tus ideas. Tu madre puede acompañarnos… Oh, y lo más importante. No podéis contarle a absolutamente nadie lo de la magia… es muy importante. Hay leyes al respecto, ¿Entiendes?

— Entiendo… — Susurró Zelda.

Durante la siguiente semana, Zelda no durmió bien. No dejaba de pensar en lo que Augustine le había mostrado. Ver a la bruja volar por su habitación la había afecto más de lo que quisiera admitir. Mientras dormía, soñaba con que volaba sobre Londres con los brazos extendidos, viéndola desde lo más alto, pero el sueño se transformaba en una pesadilla en la que caía directamente al suelo y despertaba sudorosa y aterrada.

Helen y su hija acudieron al lugar acordado a la semana siguiente. Era un día despejado y tranquilo, que auguraba muchas cosas. Zelda estaba extrañamente callada sabiendo que aquel lugar era en el que conocería el mundo mágico por primera vez.

Parecía una calle de lo más común, aunque Zelda mantenía la vista fija en un local que parecía curioso. Un local llamado "El caldero chorreante". Había algo en el que le llamaba la atención, aunque no estaba segura de qué.

— ¿Habías visto ese bar antes, mamá?

— ¿Qué Bar?

— Ese de ahí, el caldero chorreante… — Helen le mostró una expresión confusa.

Zelda estaba a punto de señalarle el local cuando escuchó un aleteo y aquel olor terroso le llenó las fosas nasales. Elevó la vista y vio a un cuervo apoyándose en el letrero del local. Reconoció instantáneamente los brillos verdes que tenían los bordes de las plumas y se lo señaló a su madre.

— Tenemos que entrar ahí.

— Zelda… sólo veo una pared ahí… ¿Estás segura de lo que me dices?

— ¿De verdad no lo ves? — Helen asintió. — Supongo que será cosa de magia. Confía en mí.

La impresión de Helen fue mayúscula cuando entró en el local y comprobó que no sólo existía, si no que era bastante específico. El cuervo entró volando tras ellas y adoptó el aspecto de la profesora. Nadie aparte de Helen y Zelda pareció sorprenderse. De hecho, el barman la saludó animadamente.

— ¿Qué tal, Augustine? ¿Un etiqueta negra?

— Oh no, estoy trabajando, Tom… pero gracias. — Se volvió hacia madre e hija. — Me alegra ver que habéis llegado sin problemas.

Lo cierto es que era la primera vez que Zelda estaba tan interesada en mirar a las personas con la misma intensidad que la gente la miraba a ella. Los atuendos de la gente la hacían sentir que estaba en una feria medieval. Magos y brujas, vestidos como en las historias que había leído y visto en la televisión de niña. Estaba incluso más sorprendida que Hellen.

— Bueno, si me acompañáis… Os mostraré el callejón Diagón.