Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)
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Capítulo 28 No me arrepiento de nada (excepto de que no estés aquí)
Proverbios 21:15:
«Hacer justicia es alegría para los justos, pero terror para los que hacen el mal».
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Los ojos de Trunks estaban clavados en el pergamino flotante frente a ellos, incapaz de parpadear siquiera mientras las imágenes seguían desplegándose con hipnótica precisión. Gohan —ese Gohan que había sido su maestro, su inspiración, su héroe— había alcanzado un nuevo nivel que originalmente nunca logró. Su transformación superaba con creces el poder habitual de un Super Saiyajin, igual que su versión en la otra línea temporal había conseguido enfrentando a Cell.
El contexto era distinto, pero el peso de estar presenciando algo épico era igual de abrumador.
Una corriente de orgullo recorrió su cuerpo. Ver a Gohan acabar con los androides de forma tan rotunda, tan limpia, tan definitiva, sin titubear, lo llenaba de un gozo difícil de contener.
Sus manos, apretadas a los costados, temblaban levemente. Si no hubiera estado conteniéndose, probablemente habría estallado en un aplauso.
—Borra esa sonrisa de la cara, Trunks —saltó Chronoa, interponiéndose de golpe entre él y el pergamino como un torbellino diminuto.
Su tono estridente tenía más de niña molesta que de deidad ancestral. Sus brazos agitaban el aire como hélices descontroladas mientras sus ojos centelleaban con reproche.
—¡Lo que acaba de pasar es muy grave! ¡Muy, muy grave! —insistió, alzando la voz más de lo necesario.
—Ya lo sé —respondió él, intentando centrar nuevamente su atención en las imágenes y no en su caótica jefa.
—¡Pues no lo parece! —replicó, plantándose con firmeza y apoyando los puños en las caderas—. Estás feliz por Gohan, y lo entiendo. Pero… ¡Kioran ha cambiado el curso de la historia! ¡Rompió la regla más importante! Tú sabes lo que eso significa.
—Sí…
«Un juicio», caviló, mordiéndose el labio inferior con impaciencia. Eso era lo que le esperaba a su regreso: ser juzgada por Chronoa, Gosen Zosama y el jurado de ciudad Conton por haber intervenido en un evento que debía quedar intacto.
Con un gesto mecánico, se acomodó la espada como si necesitara enderezarla, un gesto habitual en él que a veces le ayudaba a manejar la ansiedad.
—Hay muchos atenuantes, Chronoa. El Imperio Oscuro puso esa trampa para mí, para que fuera yo quien cambiara el curso de la historia…
—Justo lo que ha hecho Kioran —lo interrumpió ella de inmediato, su voz bajando en intensidad, teñida ahora de preocupación sincera.
Un largo suspiro escapó de sus labios, como si de pronto cargara con todo el peso del tiempo mismo. Y tal vez así era.
—Trunks… por favor —pidió en tono más suave—. Envía a la guardia. Ahora que podemos abrir un portal a ese mundo, debemos traerla de vuelta.
La Kaio-shin del Tiempo había regresado a su papel con una solemnidad natural. A pesar de su apariencia juvenil, en ese momento su figura irradiaba la fuerza de quien conoce la importancia de sus decisiones y la responsabilidad que recae sobre sus hombros.
Trunks tragó saliva. No le gustaba lo que debía hacer, pero sabía que tenía razón.
—Está bien. Les diré que no es necesario usar la fuerza. Estoy seguro de que no va a resistirse al arresto.
—Yo tampoco lo creo… —murmuró Chronoa, desviando la mirada hacia el pergamino que seguía mostrando la historia modificada.
Trunks asintió con un movimiento breve y se dio la vuelta, saliendo de la Bóveda del Tiempo a paso firme, su silueta desvaneciéndose entre los destellos azules del umbral.
Chronoa se quedó sola frente al pergamino. Los colores de la escena seguían fluyendo, proyectando tenues reflejos sobre su rostro serio. El silencio se volvió aún más espeso.
«Un momento».
Avanzó dos pasos casi sin pensarlo, entrecerrando los ojos como si necesitara enfocar con mayor claridad… aunque veía perfectamente. Pero lo que veía no podía ser cierto.
Kioran, apresada por el único brazo de Gohan, temblaba. Había un rubor intenso en sus mejillas. Sus labios entreabiertos parecían balbucear algo que no terminaba de salir. Y lo más perturbador: sus ojos…
No proyectaban miedo, vergüenza o adrenalina por la batalla.
No, lo que había en ellos era pura adoración.
—No puede ser… —susurró para sí. El pensamiento, crudo y sin filtros, cruzó su mente como un relámpago—. Lleva muy poco tiempo en esa línea temporal. ¿Cómo podría…?
No se atrevió siquiera a terminar la idea en su propia mente. Lo que estaba viendo no tenía ningún sentido, sin embargo, lo que pudo atisbar no hizo sino aumentar todavía más su preocupación, complicando la situación de nuevas e inesperadas maneras.
Chronoa chasqueó la lengua, cerrando el pergamino al ver que la guardia había llegado para llevarse a Kioran.
—Esto va de mal en peor…
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Dos días después de su detención, Kioran se vio de pie en medio de la imponente sala del juzgado de ciudad Conton. No pudo evitar una sonrisa irónica al haberse vestido ese día con el uniforme de la Patrulla por primera vez. La razón por la que llevaba esas ropas no era precisamente una forma de ganarse la simpatía de su público, sino que respondía a una necesidad: su armadura había quedado hecha trizas tras la brutal batalla contra el androide Diecisiete, y la única alternativa que le dieron fue el atuendo oficial que utilizaban los patrulleros, algo a lo que se había negado por el orgullo de querer portar siempre su armadura saiyajin.
Era casi una burla del destino. ¿Cómo no reírse de la ironía? Se suponía que esas vestiduras representaban el deber y la ley, y ahora estaba allí para ser juzgada por haber roto la regla primordial: no interferir en el curso de una línea temporal.
El uniforme ceñido, con sus tonalidades verdosas, le resultaba ajeno y extraño. Echaba de menos la libertad que le daba su armadura; sentía como si estuviera rígida, demasiada tela cubriendo su piel. Sin embargo, en ese momento no tenía más opción. Como estaban las cosas, no le facilitarían una armadura en mucho tiempo.
Frente a ella, la vasta sala del juzgado se extendía, con Chronoa, la Kaio-shin del Tiempo, y Gosen Zosama, el Kaio-shin anciano («Miren al viejo pervertido, tan serio que se muestra», pensó enarcando una ceja), sentados a espaldas de ella en sus respectivos estrados. A Kioran se le antojaron como sombras silenciosas que aguardaban el momento de hablar. Frente a ella, los asistentes, buena parte de los trabajadores de la Torre de Control de los Patrulleros mezclados con simples civiles, se distribuían en filas de asientos que la rodeaban. Los murmullos que habían llenado la sala cuando entró se habían desvanecido por completo. Ahora, todas las miradas estaban fijas en ella, expectantes. Una marea de ojos que parecía pesarle como una losa sobre los hombros.
La atmósfera solemne hacía que cada segundo transcurriera con una lentitud insoportable. No se trataba solo de la presión del juicio, sino de la magnitud de su actuar. Pero nada de eso iba a hacer que se arrepintiera; ¿cómo podría arrepentirse de haber salvado a Gohan?
Mientras el silencio continuaba reinando en la sala, Kioran echó un último vistazo a las ropas que llevaba. Era casi simbólico que la primera vez que se pusiera la indumentaria de la Patrulla del Tiempo fuera para enfrentar su castigo.
—Empecemos con los datos básicos, como dicta el protocolo —anunció Chronoa—. Por favor, nombre completo.
—Kioran —respondió ella, orgullosa.
—¿Edad?
—Veinticinco —pronunció tras vacilar un segundo, pues había cumplido un año más mientras estuvo atrapada dentro del pergamino.
Sin poder evitarlo, recordó algunas ocasiones en las que Gohan le preguntó por su edad y ella se negó a responderle. Si hubiera sabido en ese momento lo importante que habría sido conversar sobre sus edades…
Chronoa asintió levemente a su respuesta.
—¿Raza?
—Saiyajin —afirmó sin vacilar, orgullosa de nuevo.
—¿Cuánto tiempo viviste dentro del pergamino del tiempo, Kioran? —preguntó, y su tono inquisitivo parecía revelar sutilmente que esa pregunta tenía un serio trasfondo.
Kioran abrió la boca para responder, pero antes de poder formular una palabra, la puerta del juzgado se abrió y vio entrar a Trunks. La sorpresa fue tal que se quedó con la boca abierta, interrumpida por la aparición inesperada de alguien a quien no veía desde antes de su misión.
«Príncipe…» El apodo flotó en su mente, y por un breve instante todo lo demás desapareció. Incluso el tiempo pareció ralentizar sus pasos, permitiéndoles conectar sus miradas luego del tiempo que pasaron separados.
Una imperceptible sonrisa curvó los labios de la guerrera. No había cambiado nada, se veía tal y como lo recordaba antes de quedar atrapada en el pergamino: la misma postura recta, el ceño fruncido que le hacía tan parecido al príncipe Vegeta; los ojos del mismo increíble tono azul de Bulma que le recordaban al mar en verano, y la espada… Esa espada de la que ahora conocía el origen…
A lo lejos, Trunks afinó la mirada. Lo que vio en el pergamino era real; sí que se veía en mejor forma física, como si hubiera alcanzado un nuevo nivel de poder que se traducía en las líneas de su cuerpo, ahora más afiladas, que su uniforme de Patrullera no podía esconder sino que parecía destacarlas aún más. Estaba seguro de que el cambio no era solo visual.
Asintió brevemente a modo de saludo, y ella replicó el gesto, sacudiendo luego la cabeza para volver a la realidad y a la pregunta de Chronoa.
—Un año —dijo con firmeza, intentando apartar la distracción que había traído la presencia de Trunks.
Chronoa y Gosen Zosama intercambiaron miradas, una expresión de desconcierto apareció en sus rostros. Trunks también la miraba como si no pudiera creer lo que había dicho. Kioran frunció el ceño. La tensión volvió a comprimir sus músculos, esta vez por un sentimiento de irritación.
—¿Por qué tienen esas caras tan raras? —preguntó con un toque de molestia en su voz, tras dar vistazos hacia atrás y comprobar que los dos Kaio-shin también se veían confundidos.
Gosen Zosama fue quien respondió, en ese tono que solía ser sugerente pero ahora estaba lleno de cautela.
—Señorita, fuera del pergamino solo han pasado unos tres meses, no más que eso.
Ella parpadeó varias veces, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Su ceño se frunció aún más, la confusión llenando su mente. Miró alrededor de la sala, buscando alguna señal de que todo esto era una broma de mal gusto, pero solo encontró rostros serios.
—Eso no puede ser —dijo finalmente, su voz impregnada de incredulidad—. Yo estuve un año dentro de ese mundo. No miento.
Chronoa intervino, levantando una mano de forma conciliadora.
—No estamos dudando de tu palabra, Kioran —dijo con mucha calma—. Lo que intentamos entender es qué pudo haber pasado para que el tiempo se distorsionara de esa manera.
—La misma corrupción que me dejó encerrada en ese mundo, para empezar —razonó, convencida de su argumento.
La Kaio-shin continuó observándola con atención, asintiendo ligeramente, pero sin responder directamente a su comentario. En lugar de eso, decidió continuar con las preguntas.
—Vamos a seguir avanzando con la declaración —anunció, enderezándose en su asiento—. Kioran, por favor, explica en tus propias palabras por qué estás siendo procesada en este momento.
La pregunta no sorprendió a Kioran, quien se volteó de nuevo hacia el público, manteniendo el mentón en alto. No vaciló un solo instante antes de responder, su voz clara y decidida.
—Estoy aquí porque impedí la muerte de Son Gohan —declaró, con una firmeza que resonó en toda la sala—. Sabía que al hacerlo iba a ser castigada, pero no me importa. Gohan era un guerrero que merecía ser salvado, y no me arrepiento de nada de lo que hice. —Hizo una pausa breve, sin quitarle la mirada a los presentes—. Aceptaré mi castigo sin ninguna protesta.
El eco de sus palabras llenó la sala, su convicción clara como el cristal. Los asistentes intercambiaron miradas silenciosas, algunos moviendo ligeramente la cabeza, impresionados por su seguridad.
Luego de una pausa que se extendió por algunos segundos algo tensos, Gosen Zosama tomó la palabra nuevamente.
—Ya has expuesto que actuaste con plena conciencia de las consecuencias. Sin embargo, ahora necesitamos que expliques claramente por qué tomaste esa decisión. —Sus ojos se clavaron en la espalda de Kioran, expectantes—. ¿Por qué salvarlo? ¿Qué te llevó a correr ese riesgo? Sabes muy bien lo peligroso que es jugar con el conocimiento del futuro…
Las palabras de aquel dios flotaron en el aire por unos segundos, y la tensión en la sala aumentó. Kioran descruzó los brazos lentamente, y su cola, que había estado inmóvil hasta ahora, comenzó a moverse con inquietud detrás de ella. Sus ojos se clavaron en el suelo, y su mandíbula se apretó. Sabía exactamente lo que sentía, pero encontrar las palabras adecuadas era un desafío mayor del que había anticipado. No quería desbordarse en una lluvia de emociones confusas que no harían más que exponer su vulnerabilidad.
Otra pausa densa se extendió en el juzgado, hasta que levantó la vista de nuevo y, sin quererlo, cruzó nuevamente miradas con Trunks. Él la observaba con una expectación palpable, como si sus ojos también buscaran respuestas. Ese contacto la desestabilizó un poco más. Volvió a desviar la vista, ahora mirando a un punto indefinido, y comenzó a balbucear.
—Lo hice porque… ese mundo lo necesitaba… ese Trunks lo necesitaba —aclaró, diferenciándolo del Trunks presente en la sala—. Gohan… Gohan no merecía morir. No cuando aún tenía tanto por hacer. Es el guerrero más fuerte del universo, lo vi desatar su increíble poder. Esos humanos lo necesitaban vivo…
Evitó cualquier referencia personal, cualquier indicio de cuánto ella lo necesitaba vivo también. Se forzó a centrarse en lo que creía que ellos querían oír.
Cada palabra que salía de su boca era un esfuerzo por mantener el control, por ocultar todo lo que realmente la había impulsado a desafiar las reglas. Sabía que, si se dejaba llevar, comenzaría a hablar de lo que significaba Gohan para ella. Pero no podía permitirse caer en ese abismo emocional; quizás lo hiciera en algún momento, para así comprender de una vez por todas el huracán de sensaciones sin control que él le provocaba… Pero eso no sería allí, en el juzgado, frente a todos esos observadores casuales.
Continuó balbuceando por unos segundos más, repitiendo de manera torpe y fragmentada las mismas ideas. Sus palabras se enredaban una y otra vez en los mismos puntos, incapaz de avanzar o aclarar todavía más lo que realmente había motivado su decisión.
Gosen Zosama, notando su dificultad, levantó una mano para detenerla.
—Suficiente, señorita.
Chronoa intervino de inmediato, con un tono didáctico y formal.
—Es importante tener en cuenta —comenzó a explicar de manera que, por un instante, no parecía una niña a pesar de su apariencia— que normalmente las interacciones de los patrulleros con los habitantes de los pergaminos del tiempo son esporádicas y breves. No se espera que desarrollen lazos emocionales; al contrario, está prohibido. La orden siempre es cumplir con la misión y retirarse de inmediato. Tu caso ha sido distinto, pues estuviste atrapada allí durante un año entero. Es comprensible el apego que desarrollaste hacia ese mundo, y por supuesto, sabemos que fue sin mala intención. Es un error en el cual no tienes completa responsabilidad, dado que existe el factor atenuante de no haber tenido otra opción más que seguir viviendo en ese lugar…
Kioran asintió lentamente, sus ojos enfocándose en un punto indefinido en el suelo, como si estuviera reuniendo fuerzas para hablar. Se giró hacia los dos Kaio-shin para complementar un poco más su versión de lo ocurrido.
—Al principio, no quería involucrarme con nadie —afirmó—. Sabía que mi lugar no estaba allí. Pero cuando creí que mi llegada había impedido la muerte de Gohan, pensé que tenía la responsabilidad de asegurarme que el pequeño Trunks cumpliera su destino. Creí que, de alguna manera, hacer eso evitaría más cambios. Que Gohan me ayudaría a asegurarme de que el mocoso siguiera su camino sin desviarse más.
Se detuvo un momento, mordiéndose el labio, como si temiera continuar.
—Mi error más grave… —murmuró, su voz casi inaudible—. Por una torpeza de mi parte, no me di cuenta de que había llegado un año antes de lo planeado. Solo lo noté cuando a Gohan le quedaba un mes… —su tono era sombrío, como si reviviera esos momentos—… y ya no pude permitir que muriera. Pero —matizó, variando la entonación hacia una que denotaba orgullo—, como les dije antes, no me arrepiento de lo que hice. Rompí una regla, pero la rompí por alguien que lo merecía de sobra. Volvería a hacerlo sin dudar ni un instante.
Las últimas palabras resonaron en la sala con un peso que nadie podía ignorar. La convicción de Kioran era palpable, y a pesar de que sabía que había violado las reglas, su decisión de salvar a Gohan tenía una fuerza que todos en la sala, incluso Chronoa y Gosen Zosama, podían sentir.
Trunks observaba a Kioran mientras hablaba, reflexionando en silencio sobre cuánto había cambiado desde la última vez que la vio antes de quedar atrapada en el pergamino. Su forma de expresarse era distinta, más calmada. Al parecer, ya no utilizaba palabras bruscas ni groserías innecesarias para imponerse. Sus gestos, antes toscos, ahora eran casi controlados. Todo en ella parecía más… sí, esa era la palabra correcta: más civilizado.
Esa estancia de un año junto a su madre, Gohan y su versión más joven había hecho mella en Kioran de una forma que él, en los cerca de nueve meses que compartieron antes de aquel incidente, no había logrado. Trunks nunca creyó posible que algo o alguien pudiera pulirla de esa manera, pero allí estaba, transformada de una manera que daba gusto ver.
Al menos, eso fue lo primero que acudió a su mente, porque tras un rato de escucharla, sintió que había algo más tras esas palabras tan cuidadas…
Luego de la impetuosa declaración, ambos Kaio-shin intercambiaron miradas cargadas de significado, como si se comunicaran sin necesidad de palabras. Gosen Zosama fue el primero en romper el silencio, y con voz firme, preguntó:
—Señorita, ¿sabes que podríamos vernos obligados a borrar el pergamino del tiempo que modificaste para evitar problemas mayores en el futuro?
Kioran se quedó inmóvil. El impacto de esas palabras fue como un golpe directo al estómago, dejándola sin aliento. Sintió que el tiempo se detuvo por completo. El ruido del juicio, las voces de los Kaio-shin, todo comenzó a desvanecerse en sus oídos, como si un zumbido ensordecedor cubriera el mundo a su alrededor. Su mente quedó en blanco durante unos segundos eternos, mientras sus pensamientos intentaban procesar lo que acababa de escuchar.
«¿Borrar el pergamino? ¿Destruir ese mundo? ¿Destruir… a Gohan?».
El terror la golpeó como una ola imparable. El aire de la sala de juicios pareció volverse pesado, sofocante, y su respiración se volvió caótica, errática, como si cada inhalación fuera insuficiente para llenar sus pulmones. Su pecho se contrajo con fuerza, mientras la angustia se enroscaba como una serpiente alrededor de su garganta, impidiéndole hablar, impidiéndole siquiera pensar con claridad. El pánico comenzó a crecer en su interior, un caos voraz que amenazaba con devorarla por completo.
Su visión se tornó borrosa, su corazón golpeaba con furia contra sus costillas, y en su mente solo existía una frase: «No puedo perderlo».
La idea de que Gohan simplemente... desapareciera, borrado como si no fuera alguien imprescindible, era demasiado como para soportarlo. Se sentía como si estuviera cayendo al vacío, un abismo de desesperación donde no había forma de detenerse. El peso de la culpa, de la impotencia, se acumulaba en su espalda como si toneladas de presión la aplastaran.
—Por favor... no... no lo destruyan... —jadeó con dificultad, su cuerpo temblando de pies a cabeza—. No toquen ese pergamino... por favor...
Cada palabra que decía era una lucha. Sus pensamientos, normalmente claros y directos, se habían transformado en una maraña de emociones descontroladas, y apenas lograba mantenerse en pie. Sentía que el suelo bajo sus pies se desmoronaba, que estaba a punto de caer, hundiéndose en un agujero sin fondo donde solo existía el dolor. Su piel estaba fría, el miedo le recorría cada célula, como si una sombra oscura la envolviera por completo.
La idea de perderlo para siempre era insoportable…
La imagen de Gohan, su mirada, su sonrisa, su fuerza… todo lo que había logrado, todo lo que representaba para ella… se proyectaba ante sus ojos como un espectro, una visión que podría desaparecer para siempre…
—Acepto cualquier castigo que me impongan —volvió a balbucear, su voz apenas un susurro—, pero... por favor, ese pergamino… Se los suplico...
Desde su posición, Trunks no alcanzaba a escuchar todo lo que Kioran balbuceaba, pero sí detectó varios «por favor», una frase que jamás había pronunciado con él. Y le llamó profundamente la atención.
Gosen Zosama la observó con la misma calma inquebrantable y, tras una pausa, repitió con seriedad:
—El castigo hacia ti es inevitable, pero no puedo prometer que el pergamino no sea sacrificado si así lo requiere la situación.
El cuerpo de Kioran tembló ante esas palabras. Su mente buscaba una salida, una solución, pero no encontraba nada. Solo el abismo del terror y la impotencia absoluta. Y entonces, de pronto, se sintió como si se estuviera ahogando, el aire cada vez más escaso. El pecho le dolía con cada respiración entrecortada.
«No, Gohan… No puedo perderlo...»
Fue entonces cuando Chronoa, con la misma suavidad que solía mostrar cuando algo se tornaba delicado, interrumpió al Kaio-shin anciano, poniendo una mano en su brazo para detenerlo con sutileza. Miró a Kioran con una expresión empática y casi dulce.
—No tomaremos ninguna resolución apresurada, te lo prometo. Mientras estemos en proceso de recopilar todas las pruebas, el pergamino seguirá intacto.
Kioran parpadeó, como si esas palabras fueran el primer rayo de sol que entraba en una habitación oscura. La realidad volvió a ella, y aunque el miedo seguía presente, una pequeña chispa de esperanza iluminó la oscuridad en su mente. Levantó los ojos y vio en la mirada de Chronoa firmeza y confianza, y eso la ayudó a recuperar el control, a estabilizarse.
Respiró profundamente, sintiendo cómo su corazón comenzaba a calmarse, aunque todavía dolía. Gohan seguiría allí... por ahora. Pero sabía que no quería volver a sentir esa desesperación, ese pánico abrumador que casi la había hecho caer.
Jamás.
Así que, si antes fue en contra de todos por salvarlo, ahora haría lo mismo, pero para mantenerlo a salvo.
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El juicio se extendió por un rato más después de las palabras tranquilizadoras de Chronoa. Kioran mantenía firme su decisión: haría cualquier cosa para evitar que el pergamino fuera destruido. Mientras escuchaba con atención las palabras de los Kaio-shin, su mente comenzaba a trazar posibles estrategias, buscando alguna propuesta que pudiera distraer a los jueces de la idea de sacrificar ese fragmento del tiempo. Algo tendría que ocurrírsele, estaba segura.
Cuando la audiencia finalizó, Kioran fue conducida de vuelta a su celda. Allí, una vez sola, se preparó para dormir por un rato, aunque su mente aún bullía con planes e ideas que no terminaban de encajar. Esperaba no tener pesadillas por la presión, aunque se había acostumbrado a dormir bien en los últimos meses —sin contar aquellos terroríficos días luego de saber que no estaba en el año correcto—, un detalle que no había llegado a cuestionarse, pero que ahora, al detenerse a pensar, la desconcertaba. Después de todo, antes de quedar atrapada en el pergamino sus noches eran inquietas y muy seguido concluían con el sueño recurrente de su mamá despidiéndose con el sol («No era el sol…», se recordó suspirando) brillando en el fondo.
El secreto del que Kioran no tenía conocimiento era que esa mejoría en su descanso no había sido una mera coincidencia. Desde el intercambio de memorias que compartió con Gohan, él la acompañó en secreto casi todas las noches. Cada vez que la encontró durmiendo afuera de su casa cápsula, se quedó a su lado, en silencio. A veces, Gohan también se durmió junto a ella, y si notaba que comenzaba a agitarse, sumergida en una de sus pesadillas recurrentes con su madre, se inclinaba cuidadosamente y, con gestos de infinita ternura, le acariciaba la cabeza o la espalda, arrullándola suavemente como a una niña asustada hasta que volvía a la calma. Era un secreto que Gohan había decidido llevarse a la tumba.
Otras veces, antes de dormirse, la acompañaba ya fuera conversando o simplemente compartiendo el silencio. A esas alturas, Kioran siempre se sentía cómoda con él, y esos momentos le habían empezado a brindar una tranquilidad hasta entonces desconocida.
En una ocasión, durante una de esas conversaciones a la luz de las estrellas, ella le preguntó cuándo se había ido a su casa la noche anterior.
—Tan pronto te escuché roncar —respondió Gohan con una sonrisa amplia, casi burlona. Omitió deliberadamente que la había acompañado en sus sueños casi toda la noche; ese pequeño detalle no tenía por qué saberse.
Kioran le lanzó una lluvia de dagas con los ojos.
—Yo no ronco —afirmó con la mandíbula apretada, como si estuviera haciendo una declaración de guerra.
Gohan soltó una carcajada, incapaz de contenerse ante la vehemencia de su respuesta.
—Sí, sí roncas —insistió, riéndose con más ganas.
—¡Que yo no…! —empezó a repetir, deteniéndose de golpe porque ahora estaba dudando.
«¿Será verdad?» pensó, un tanto aturdida. Podía ser, después de todo. Eso explicaría por qué a veces se despertaba con la garganta seca y la voz rasposa. Ofendida, le dirigió una mirada fulminante mientras él seguía riéndose como un niño, sus carcajadas llenando el aire de una calidez inesperada.
—¡B-bueno… nadie te obliga a quedarte escuchando! —gruñó, con las mejillas ardiendo. Sentía que era su deber zanjar la discusión, y no se le ocurrió otra cosa que decirle.
—¡Lo siento, no pude evitarlo! Sonabas como un tigre ronroneando… o como una motocicleta descompuesta. —Y las risas volvieron a subir de volumen.
Kioran, que rara vez permitía que ese tipo de bromas afectaran su fachada imperturbable, tuvo que luchar con todas sus fuerzas contra la tonta sonrisa que amenazaba con asomarse en su rostro. Antes de que Gohan pudiera notarlo, se levantó bruscamente balbuceando que iba al baño, mientras las carcajadas de él la seguían hasta el interior de su pequeña casa. Esas risas, agudas y sinceras, se le quedaron grabadas, envolviéndola en una sensación que no podía describir del todo. La hacían sentir… francamente bien.
«Oh, mierda…», pensó, fijando la vista en la pared, ya que la diminuta celda en la que estaba no tenía ni una mísera ventana por la cual mirar hacia el exterior. «¿Por qué tuve que vivir una época tan feliz, solo para terminar perdiéndolo todo…? No, no es cierto», se corrigió mientras adoptaba su postura habitual, encogida en un rincón de la celda. «Lo que viví fue increíble. Estuve a punto de morir cuando llegué, pero no cambiaría nada. Si estos recuerdos me duelen tanto… es porque son reales».
Y, por dios, cómo dolían. Tenían que ser completamente reales, a juzgar por cómo se le estrujaba el corazón de solo recordar ese asombroso año junto a Gohan, Trunks y Bulma: las comidas en la Corporación Cápsula que apenas sobrevivía al estropicio de ese mundo; las disputas con el «pequeño príncipe» que ya estaba echando de menos, los entrenamientos, las competencias por cualquier motivo, los silencios, las conversaciones, las risas… los momentos en los que ella no sabía qué hacer con lo que sentía y Gohan se hacía cargo de todo, guiándola por medio de esa sabiduría inexplicable en alguien tan joven…
El sonido de la cerradura láser abriéndose la sacó bruscamente de sus pensamientos. Kioran alzó la cabeza...
—¡Príncipe heredero! —exclamó, más sorprendida que otra cosa.
No esperaba verlo tan pronto, considerando que aún no podía recibir visitas. Pero él, como líder de la Patrulla del Tiempo, debía tener ciertos privilegios.
Trunks ingresó rápidamente, cerrando la puerta tras de sí y quedando a solo unos pasos de ella. Kioran se puso de pie de inmediato. Ambos se observaron durante unos instantes, reconociéndose tras la separación. Para él, solo habían pasado unos meses; para ella, un año. Aunque no eran desconocidos, algo había cambiado y parecía haber una cautela que antes no existía.
—Kioran… la trampa de ese pergamino era para mí —anunció el joven de golpe.
Ella pegó un respingo. Su rostro se tornó serio mientras repasaba los eventos de aquel día lejano cuando, por puro aburrimiento, vigilaba a los trabajadores de la torre de control esperando algo de acción… y vaya que la tuvo.
—Ya entiendo, por eso eligieron atacar justo en ese momento —murmuró, llevándose una mano a la barbilla, un gesto tan característico de Gohan que no pasó desapercibido para Trunks—, querían obligarte a elegir entre salvar al híbrido o dejarlo morir…
—¿Híbrido? —preguntó, confundido.
—Eh… así llamo a Gohan —respondió Kioran bajando la mirada, visiblemente incómoda.
Trunks enarcó una ceja. La palabra tenía un matiz rudo, pero la forma en que Kioran la pronunció le quitaba cualquier rastro de aspereza, haciéndola sonar casi como un apodo afectuoso. Qué extraño.
Pero ya habría tiempo para averiguar lo ocurrido. En ese momento, Trunks quería avanzar hacia algo que le parecía más importante.
—Vine porque… quiero agradecerte por lo que hiciste —dijo, acercándose un poco más.
—No hay nada que agradecer —respondió Kioran, mientras un calor comenzaba a subir por sus mejillas. Se sintió avergonzada de su reacción.
—Claro que lo hay —disintió el mestizo, gesticulando para dar más peso a sus palabras—. Si yo hubiera entrado al pergamino, probablemente habría tomado la misma decisión que tú… Y no solo eso: me habría visto incapacitado de defender ciudad Conton. El Imperio Oscuro buscaba aislarme mientras lanzaban un ataque sorpresa. Podríamos haber sufrido pérdidas invaluables, pero tú tomaste ese riesgo. Tú y los otros dos patrulleros que lamentablemente fallecieron.
Un incómodo silencio siguió a esas palabras.
—También quiero preguntarte por qué lo hiciste, por qué entraste al pergamino —continuó—. Chronoa me explicó algo, pero… quisiera que me lo digas directamente.
Kioran alzó lentamente la mirada hacia él. Su cola, inquieta como siempre, se movía de un lado a otro.
—Te lo debía, príncipe —respondió, enredando los dedos a la altura de su regazo, retorciéndolos mientras hablaba—. Me diste una nueva vida cuando me reclutaste. Me ofreciste algo que nunca tuve: un propósito, un lugar. Sentí que tenía que hacer algo a cambio.
Trunks ya negaba con la cabeza antes de que terminara su explicación.
—¿Recuerdas lo que te dije la primera vez que nos vimos? —Kioran lo miró, confundida—. Sí, sé que para ti ha pasado mucho más tiempo… —Suspiró, tratando de ordenar sus ideas—. Lo que yo te di fue solo una oportunidad. No me debes nada. Tú fuiste quien la aprovechó.
Ella desvió la mirada, enfocándose en un punto detrás de Trunks. Luego asintió lentamente, aunque su expresión apenas cambió.
—De todos modos iba a hacerlo, con independencia de que esté de acuerdo contigo o no.
Él la observó en silencio, reafirmando que la mujer frente a él no era la misma que conoció antes de su tiempo atrapada en el pergamino. No solo había cambiado su forma de hablar, sino también la manera en que mantenía su compostura, cómo elegía sus palabras. Pese a lo que decía, parecía haber una conexión más profunda con todo lo que había pasado. La Kioran de antes habría respondido con un comentario sarcástico o despectivo, pero esta versión de ella era más serena, más centrada.
No pudo evitar experimentar una ligera punzada de celos, a pesar del orgullo que había sentido por ella durante la audiencia.
Celos, porque se preguntaba si él, en un año, habría logrado llegar tan lejos. Si habría sido capaz de apaciguar a la depredadora que conoció y transformarla en esa mujer más reflexiva y equilibrada.
Reconociendo lo absurdos que eran esos sentimientos, los reprimió de inmediato.
Quizás lo que realmente le molestaba era que, en el fondo, extrañaba a la Kioran más salvaje y desinhibida, la que decía lo primero que pensaba sin preocuparse por las consecuencias.
Pero, tras reflexionar un poco más, concluyó que no podía quejarse del resultado. Aunque más refinada, Kioran seguía siendo ella misma. Había crecido y evolucionado, sí, pero conservaba esa esencia rebelde y fuerte que siempre la caracterizó. Y de alguna manera, eso le bastaba.
—Creo… que lo de Gohan lo hiciste por mí —caviló Trunks, la voz teñida de agradecimiento—, porque sabías lo que significaba en mi vida. Y lo que me dolía no haber podido evitar su muerte… Fue así, ¿verdad?
Ella apretó la boca para no ponerse a gritar. Trunks estaba en lo cierto, aun cuando su especulación solo correspondiera a una parte más bien pequeña de sus motivos… No, ¿a quién quería engañar? ¿Qué sentido tenía seguir diciéndose que lo hizo principalmente por el pequeño Trunks cuando en realidad era ella quien no podía soportar la idea de vivir en un mundo sin ese híbrido? Había tratado de reprimir con una determinación casi obsesiva los verdaderos motivos de su intervención, como si intentara convencerse tanto a sí misma como a los demás de que su decisión no fue impulsada por un profundo egoísmo. Ni siquiera a solas lo admitía, tampoco lo haría frente a Trunks, y menos aún en la audiencia ante todos los demás.
Al no recibir respuesta, ni siquiera una reacción que indicara lo contrario, Trunks decidió continuar:
—Hablaré con Chronoa e intentaré convencerla de que lo mejor es dejar las cosas como están —dijo, apretando los puños—. No parece que hicieras más cambios, y yo he vigilado el pergamino hasta que Gohan alcanzó ese nuevo nivel de Super Saiyajin y destruyó a esos malditos androides.
Kioran desvió la mirada de inmediato. Así que Trunks no había visto cómo Gohan la mantuvo fuertemente cogida de la cintura antes de marcharse… y, aparentemente, tampoco vio ese abrazo de despedida que aún ardía en su cuerpo. Si cerraba los ojos, todavía podía sentir el aroma a bosque que impregnaba su piel, el calor de su torso, la amplitud de su espalda cubriéndola… y otros detalles como esa voz y entonación tan infantiles que, de alguna manera, había llegado a necesitar. Sus bromas inocentes, su infinita paciencia, ese tono calmado, su risa sincera, su determinación implacable... Había tanto que enumerar que, por un momento, se perdió en sus pensamientos. Se obligó a regresar a la realidad cuando notó lo lejos que había ido su mente.
—No hice más cambios. —Su voz emergió floja, monótona—. Gohan sabe que debe vigilar al pequeño príncipe para que, cuando llegue el momento, pueda viajar al pasado con la medicina de Kakarot.
Trunks alzó las cejas, reconociendo el apodo de su versión más joven.
«Pequeño príncipe…». Había algo en la forma en que lo pronunció, con un afecto que llevaba un matiz de ternura, que no pasó desapercibido para él. El destello fugaz en su mirada al hablar de su «pequeño príncipe» fue suficiente para confirmarlo. Quizás eso explicaba por qué la mirada de Kioran había cambiado tanto al posar sus ojos en él. Antes, siempre veía en ellos una chispa traviesa, una provocación juguetona, esa diversión que compartían cuando estaban juntos; deseo sexual por sobre todo, inclusive. Pero ahora… todo eso parecía haberse desvanecido. Lo único que quedaba era el respeto que le profesaba, y nada más.
El líder de la Patrulla puso los ojos en blanco, hastiado consigo mismo por pensar tanto. Era obvio que las cosas cambiaran, mal que mal, pasó más tiempo en ese mundo que como patrullera junto a él. Su forma de relacionarse había cambiado. Esperaba que solo fuera algo temporal…
—Voy a honrar el sacrificio que hiciste —proclamó con firmeza—. Impediré que Chronoa elimine el pergamino del tiempo, cueste lo que cueste. No permitiré que todo por lo que luchaste sea borrado.
Kioran, que había permanecido en silencio, levantó la mirada y notó la determinación en los ojos de Trunks. A pesar de todo, esas palabras no la aliviaban. Ya había aceptado que todo lo que había hecho no fue por él, ni por ningún sentido de deber, sino por ella misma, por su propia necesidad de que Gohan siguiera vivo. El peso de esa realidad la hacía sentir que no merecía la gratitud que le estaba ofreciendo.
Entonces, él añadió con un tono más suave:
—Pero antes de irme, quería decirte que… confíes en mí. Estoy de por vida en deuda contigo.
Kioran abrió la boca para protestar, y en ese momento, sucedió algo que la dejó sin palabras.
Trunks, que parecía dispuesto a marcharse, se detuvo en seco y, en un movimiento repentino, la abrazó con fuerza.
Ella se quedó completamente paralizada, sin saber cómo reaccionar. Su cuerpo, casi por instinto, quería rechazar el gesto no solo porque los abrazos de por sí la incomodaban, sino porque su alma clamaba el nombre de Gohan. La comprensión de que solo deseaba ser abrazada por él la golpeó con dureza, llenándola de confusión. Trunks era importante para ella, por supuesto que sí, pero no de la misma forma. Se sentía como… un camarada, un hermano de armas. Y ahora que lo sabía con certeza, su reacción la dejó completamente desorientada.
Por suerte para ella, Trunks no pareció notar su incomodidad. Después de unos segundos la soltó, ajeno al torbellino de emociones que atravesaba.
—Confía en mí, ¿sí? —dijo, con una media sonrisa que tenía más de promesa que de simple ánimo—. Me encargaré de arreglar todo.
Sin esperar una respuesta, Trunks se dio la vuelta y salió de la celda, dejando a Kioran sola con sus pensamientos.
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N. de la A.:
¡Feliz sábado de Más allá!
Feliz pascua también para los creyentes y los no creyentes que aprovechamos los feriados. Hacía falta un poco de descanso, la verdad, creo que es el primer feriado desde enero (creo).
Como siempre, todo mi agradecimiento por seguir la historia en cada entrega, por querer a Kioran, por gozar la transformación de Gohan… y bueno, lo que se viene.
Se me hace raro ver al Kaio-shin anciano actuando como debería hacerlo y no intentando agarrarle el trasero a Kioran o cualquier cosa xD Chronoa no lo permitiría, pero ambos están llevando un juicio de forma… responsable, ya que ella también suele ser bastante infantil XD
¿Qué pasará después? ¿Destruirán el pergamino y, por consiguiente, a Gohan? ¿Se lo robará Kioran para impedir que lo destruyan? ¿La ayudará Trunks, o su posición como líder le impide actuar de ninguna manera? Cuéntenme sus teorías, yo feliz de leerlas ^_^
Por cierto: ya estamos en la recta final de la historia. Este es el último arco. Casi no puedo creer el camino que hemos recorrido desde ese 1º de noviembre de 2024…
Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!
Nos vemos en el siguiente…
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
