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El Negocio Perfecto
-Capítulo 3: Vergüenza, mentira y sentimientos-
"La declaración lisonjera que más agrada al amor no está en lo que se dice, sino en lo que se escapa".
Ninon de Lenclos (1620-1705)
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La mañana de ese sábado fue fresca, ideal para un día de campo con la persona que amas...
Lo preparé todo. Iríamos al refugio de un árbol tranquilo, alejados del resto de paseantes. Almorzaríamos los panecillos y sándwiches que había preparado desde muy temprano. Luego, iríamos a pasear a la orilla del lago artificial que el parque central tiene y finalmente, en la tarde, retozaríamos a la sombra del fresco, con él en mi regazo...
Oh, ¡qué me llamen soñadora si quieren! Esta sería mi primera cita, con el hombre ideal, y sería perfecta.
O eso esperaba...
¿Cómo había pasado todo esto? ¿En qué parte de mi bello itinerario estuvo el apartado dedecepcionante?
Reflexionémoslo un poco...
Él llegó a casa a recogerme, minutos antes de las 10:00 como habíamos acordado. Su porte informal fue maravilloso, tenía el pelo revuelto, como si no se preocupara demasiado por aparentar perfección. Y eso lo hacía aún más perfecto. Los pantalones y la camisa eran del mismo color franela, su apariencia como de enfermero me trajo nostalgia...
—Buenos días, ¿llegué muy temprano? —saludó en cuanto abrí la puerta. Negué, mirando su atuendo, no era precisamente lo que esperaría de una cita.
—¿Quién es, Agasha?
Mamá se asomó por la apertura que había dejado entre la puerta y yo. Descubrió a mi pequeño secreto. Shion se presentó inmediatamente, mamá pareció desencantada por su apariencia. Me miró, recelosa y se acercó a murmurarme a la oreja.
—¿No tienes ya un novio, jovencita?
—¡Mamá! —abrí los ojos con molestia, Shion la había oído perfectamente.
—¿Qué pasa, qué pasa? —la abuela salió, seguida de mi hermano. Perfecto, sólo esperaba a papá y toda mi familia podría armar escándalo. La abuela examinó a Shion—. ¿Quién es este guapo enfermero?
Shion comenzó a reír, gracias al cielo y a su gentileza por no tomar a mi familia como unos entrometidos. Él volvió a presentarse.
—No soy enfermero, trabajo en una clínica pero en realidad soy veterinario.
—¡Un veterinario! —sollozó mi abuela—. Oh, mi Jorge era granjero, cuidaba tan bien a sus terneras y a sus ovejas. Oh, mi Jorge, en paz descanse mi Jorge.
Me di cuenta que Shion se sintió avergonzado, inmediatamente se disculpó con la abuela y trató de consolarla. Mamá seguía mirándome con ojos acusadores, mi hermano comenzó a canturrear algo como "Agasha tiene dos novios, pícara abusiva…"
¡Oh, cielos, esperaba que Shion no lo escuchara y que pudiéramos irnos de una buena vez!
—Eey, Shion...—miramos a la Pick up estacionada frente a mi casa, apenas me di cuenta de que estaba encendida, con el asiento del piloto ocupado: era Manigoldo—. ¿Cuánto tiempo estarás conversando? Tenemos que irnos.
Si la mente mal pensada de mamá no había sacado todo su quicio lo hizo en cuanto reparó en la presencia de ese chico de expresión furibunda. Shion se disculpó por centésima vez con la abuela y el resto de mi familia, el momento ideal para despedirnos y alejarnos de ellos. Mamá me tomó del brazo antes de dejarme ir. Fruncí el ceño, me trataba como a una niña.
—Basta, mamá —le dije entre dientes y me zafé de ella.
Pero no podía culparla, después de lo que rumoreaban todos los noticieros de espectáculos, podía entender el desconcierto de todos ellos...
Hice a un lado mis pensamientos y seguí a Shion. Qué pena fue descubrir que no viajaríamos solos. Me abrió la puerta de la camioneta y entré seguida por él. Manigoldo me saludó, farfullándonos que éramos muy tardados y que Shion tendría que invitarle el desayuno por eso. Apretada entre ambos, nos pusimos en marcha. Un barullo de ladridos atrajo mi atención.
—¿Qué es eso? —les pregunté.
Shion sonrió, apuntando hacia atrás con la cabeza. —La manada, somos nosotros quienes los llevan a la carpa de adopción.
—La apuesta es regresar con la caja vacía —completó Manigoldo.
Genial, mi primera cita empezaba en un camión llena de ladridos y olor a perro. Y antes de que me digan antiecologista, diré que no tengo nada en contra de los animales. Sólo que, tengan un poco de compasión... ¿Cómo esperar que algo romántico surgiera en un ambiente así?
—¿Qué tanto hacían hace rato? —Manigoldo me sacó de mis pensamientos. Nos miró de reojo a los dos.
—Agasha me presentaba a su familia —sonrió. ¿Presentársela? Habría preferido que nunca se enterara de su existencia.
Agaché la cara, avergonzada: —Lamento que hayan sido muy raros...
—¿Raros? Para nada, deberías conocer a la mía —soltó una risa, yo me paralicé. ¿Sería acaso una invitación a conocerlos? ¿Esto era un anuncio de que iba en serio conmigo? Su pierna rozando con la mía me llenó de más nerviosismo—. Por cierto, es verdad eso de que tienes novio, ¿no?
Otro sobresalto me llegó. Lo miré, ¿cómo interpretar su sonrisa? Manigoldo rio.
—Ah, claro que tiene novio. ¡Y vaya novio! —lo había dicho como si fuera la cosa más divertida del mundo—. Te vimos en televisión. Ya decía yo que había visto esa cara en algún lado.
Quería salir de ahí. ¡Qué va! ¡Quería morirme! He ahí, la novia estrafalaria que habían pintado con maestría los canales de espectáculos. He ahí la muchacha marginada que había caído en los brazos del magnate lleno de fama y dinero. Sólo era una niña que buscaba ganar renombre, era una heroína para unos, una aprovechada de las circunstancias para otros. Oculté mi rostro otra vez. ¡Estúpido hombre de negocios! Incluso aquí controlaba mi vida...
Una mano se posó en mis puños crispados. Shion volvió a verme con pesar.
—Lo lamento. No tienes que explicarnos ni decirnos nada...
Manigoldo estuvo dispuesto a objetar pero él lo hizo callar. El resto del camino lo hicimos en silencio. Llegamos al parque a eso de las diez y media. El encargado los reconoció de inmediato y les permitió meter el camión hasta el área asignada para su carpa. Bajé con ellos y les ayudé a instalar la tienda de lona bajo la que estaríamos. Los seguí hasta la parte trasera de la Pick up.
—Bueno, hora de trabajar.
Manigoldo abrió las puertas y subió. Atravesó las dos filas paralelas conformadas por jaulas medianas. El bullicio de aullidos aumentó en cuanto lo vieron. Abrió la primera puertita y sacó un ejemplar de raza desconocida a mi ignorancia canina. Shion me lo dio y me pidió que lo esperara hasta tener uno en sus brazos. Luego lo seguí hasta la carpa, me enseñó dónde dejarlo amarrado para continuar. Seguimos durante media hora, él se hizo cargo de los perros que fuesen demasiado enormes para mí. Al final, eran más de diez los que quedaron removiéndose en el suelo desconocido para ellos, olisqueando y ladrando a los niños que pronto llegaron.
El ambiente cambió. Mi pesadumbre por la plática en la camioneta desapareció cuando vi los rostros emocionados de las familias que se acercaban interesadas a preguntar por los simpáticos amigos caninos. Consideré la opción de llevar uno a casa, quizá a mi hermano le daría por dejar de molestarme si tenía un perro al cual cuidar. Les preguntaría y adoptaría uno la semana siguiente.
Sin notarlo, perdí mi mal humor. Ayudé en las tareas que Shion y Manigoldo me asignaron. La carpa de adopción no se dedicaba solamente a entregar perros a buenos amos, también daban talleres gratuitos de primeros auxilios para mascotas. Cuando Shion me pidió ayuda para sostener a un perro voluntario mientras lo entablillaba, no dudé en decir que sí. Dejé levantada su patita trasera, cuidadosa. Los ojos del público miraban emocionados y con atención. Hicieron preguntas que él respondió con profesionalismo.
—Eres buena en esto —me dijo cuando terminamos—. Debiste ser veterinaria.
Oh, si él supiera...
Amos con sus propias mascotas llegaron también, querían preguntar los mejores cuidados para cierto tipo de razas. Manigoldo les enseñó algunas formas de evitar malos comportamientos, cómo dominar actitudes negativas y cómo sostener la correa en un paseo. Me usó como conejillo de indias.
—Sostenlo —y me pasó la cuerda que afianzaba a un enorme gran danés. Obedecí, temerosa, si ese bólido se atrevía a correr...
—¿Cuál es el error ahí? —preguntó alguien.
Manigoldo alzó mi mano, aferrada al final de la soga metálica: —Si este amigo corriera sin duda te llevaría como su cometa. Un perro de este tamaño nunca se lleva por el extremo de la soga, siempre hay que sostenerlo de cerca —enrolló la correa hasta dejar sólo un corto tramo entre mi mano y el cuello del perro—. Así. Y nunca se queden fisgoneando si tienen que pasear a un gran danés —susurró, pillándome en el momento exacto en el que estaba mirando a Shion a corta distancia.
Ya imaginarán mi sonrojo...
Pasando el mediodía, fueron tan sólo un par de perritos los que quedaron en espera de un nuevo amo. Me acerqué a ellos, curiosa. Examiné el pelo largo que tapaba los ojos de uno, su apariencia me trajo recuerdos. Con aquella mata grisácea en la frente, evitar la comparación con el señor Minos fue inevitable. El perro me gruñó cuando me acuclillé... ¡Hasta tenían el mismo mal humor!
—¿Todavía nos quedan ellos? —Shion se agachó a mi lado. Tenía la ropa llena de pelos y suciedad pero, ¿cómo podía verse tan bien?—. Espero que no tengamos que llevarlos de regreso.
Entendí su expresión entristecida.
—¡Yo les buscaré dueño! —me levanté.
Shion negó. —No es tan sencillo, Agasha. Si ellos no vienen es porque no les interesa.
—¡Puedo hacerlo! —tal vez estaba siendo demasiado emotiva, pero me sentía decidida y convencida. Shion me regaló otra de sus sonrisas.
—Está bien. Vamos, te acompañaré.
Desamarró a ambos de los pestillos que los aferraban al suelo. Me pasó una de las sogas, parecían dispuestos a corretear si acaso los soltábamos. Shion le contó el plan a Manigoldo.
—¿No vienes?
El muchacho negó efusivamente, estaba saboreando uno de mis panecillos: —Estoy ocupado.Buona Fortuna!—levantó un pulgar. Me di cuenta de su sonrisa cómplice antes de que comenzáramos a alejarnos.
Estuvimos caminando por varios minutos. Elpequeño señor Minosjalaba de su correa, negado a dejarse guiar por mí. Shion rio cada vez que me veía zigzagear para controlarlo. Una pareja de ancianos empezó a susurrar con encanto al ver al ejemplar que él tenía. ¡He ahí uncompradorprospecto! Le dije que nos acercáramos a ellos. Les ofrecí al simpático perrito, anuncié todos sus beneficios: vacunado, desparasitado, de menos de un año y amante de los lugares silenciosos (era el más callado de todos los que habíamos traído con nosotros). Mis clientes dudaron, pero seguían mirando con ojos de hechizo al perro que movía y movía la cola para ellos. ¡Todo estaba listo para la estrategia!
—Si no consigue un amo para esta tarde, no sobrevivirá.
Hice mi mejor rostro de pesar. Los dos ancianos arrugaron el entrecejo, conmovidos. Dijeron que sí efusivamente, Shion solicitó sus datos para llevar un registro y los invitó a asistir a su nueva mascota con atención médica en la clínica donde él trabajaba. Nos alejamos de allí, oyendo el gozo de los nuevos amos a nuestra espalda.
—Tienes habilidad para convencer a las personas.
Su halago me hizo sonreír, el pecho me ardió de orgullo. ¡Al fin mi carrera servía para algo! Y puede ser que estudiar Comercio sea para mucho más que sólo vender, pero, ¿qué egresado de ahí podría sentirse tranquilo si no era capaz de convencer a alguien de adoptar un perro?
Temblé en mis adentros... Comenzaba a parecerme a mis estúpidos amos capitalistas.
—Me alegra que nos acompañaras hoy, Agasha —musitó Shion. Mi corazón se movió como la cola de un perro emocionado—. Nos ayudaste mucho, gracias.
Una gran sonrisa se formó en mis labios. Negué, tratando de imitar su naturalidad, pesé a sentir a mi cuerpo retumbar.
—No, no, gracias a ti por...
Algo me aferró la pierna. ¡Condenado perro con peinado de magnate famoso! ¿A qué hora se enredó en mi tobillo? Lo escuché chillar asustado cuando lo pisé sin darme cuenta, el sonido quitó toda mi armonía. Tropecé para no pisarlo de nuevo y caí de rodillas contra el asfalto del caminito.
Menos mal, habría podido caerme de bruces y quedar embarrada en el piso.
Shion se inclinó de inmediato, le gritó al perro que se había zafado y que ya corría para huir. Qué bien, que huyera y pronto, porque si llegaba a atraparlo...
—Agasha, ¿estás bien? —se quedó a mi lado. Oh, Dios, no quería ver su cara, qué vergonzoso.
—Qué torpe... yo... lo siento mucho, Shion. Iré a buscarlo, perdona...
Seguí balbuceando, mi boca de nuevo decía cosas sin mi permiso. Si la tierra se hubiese abierto para tragarme, en serio que lo habría agradecido. Shion me ayudó a levantarme, no sé cómo llegamos a una de las bancas de concreto que colocaron hace tiempo en el camino del parque. El dolor de mi vergüenza se esfumó cuando sentí su mano en mi rodilla.
—No parece demasiado serio —examinó mi piel mallugada, ¿en qué momento se me ocurrió la brillante idea de llevarme pantalones cortos? —. Te vendaré cuando regresemos... ¿Agasha?
Me sentí fatal. Ya no era una niña, la herida ni siquiera me dolía tanto. Entonces... ¡por qué estaba llorando como una chiquilla de cinco años! Oh, era tan penosa mi situación. Había hecho que mi cita ideal fuera una tontería... No, la verdad es que nunca creí que un momento romántico como el que imaginaba pudiera existir, no para mí.
—Lo lamento —le repetí de nuevo, una y otra vez hasta cansarme—. Lo lamento, lo lament-o...
—Ssssh...
Me paralizó. Sus manos sostuvieron mi rostro y lo levantaron, aquel sonido suave era el mismo que usaba para tranquilizar a sus pacientes. Para mí fue como un vendaje dispuesto a calmar mis heridas. Me quitó las lágrimas hasta que ya no surgió ninguna. Sonrió, protector.
—Así está mejor...
Reparé en la atmósfera tan diferente a la de esa mañana y la de minutos antes. Diferente sin duda a la atmósfera que siempre me había rodeado, lúgubre y sin gran visión por el futuro. Oí el tronar calmo del lago frente a nosotros, la brisa fresca de la tarde de otoño. Mis puños se aferraron a mi ropa y oí a mi mente temblar con ideas bobas sobre mi porvenir con ese amable hombre frente a mí. Bobas, sí, pero al fin y al cabo, mis ideas...
Abrí la boca, dispuesta a decírselo. Una sacudida a mi lado me calló antes de decir nada, ambos miramos a mi bolso. Elringtonese hizo más fuerte. Bufé cuando abrí y tomé el celular. Me levanté con dificultad para alejarme un poco.
—¿En dónde estás?
Lindo saludo, señor. —En el parque —contesté simplemente. Oí un resoplido...
—Quédate ahí. Byaku irá a recogerte, te traerá alVergonnianpara que almuerces conmigo. No me hagas esperar.
Colgó. La brisa fresca me pareció más un aire gélido que cortaba todo a mi alrededor.
—¿Era tu novio? —Shion estaba a mi lado. Asentí.
—Tengo que irme —apreté los labios.
—Entiendo...
—Te ayudaré a buscarlo —me refería al perro malicioso que había arruinado mi cita. Pero Shion negó, me quitó la soga de las manos.
—Descuida, yo lo haré. Pero sánate esa herida cuanto antes, ¿quieres? —apuntó a mi rodilla—. ¿Puedes marcharte tú sola?
Sonreí, tratando de no llorar de nuevo. Le dije que estaba bien y que alguien iría a recogerme. Shion se acercó a mí, me contempló con sus serios y amables ojos color almendra, el temblor que su mirada me provocaba era muy diferente al que resentía ante la del señor Minos.
—Adiós, Agasha —me apretó el hombro y se alejó. Yo tuve que quedarme así, sin atreverme a volverme y verlo marchar. El aire hizo que me ardiera la rodilla raspada, mi orgullo se sentía igual de dolido. Qué importaba, lo que yo sintiera jamás importaría...
Cojeando y llorando en silencio, recibiendo las miradas de aquellos que ya habían visto mi cara en televisión, caminé hasta la salida donde vería a Byaku para así ir a cumplir otro día de trabajo.
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ElVergonnianera el restaurant principal de un hotel que llevaba el mismo nombre. Creo que no es necesario decir que sólo es capaz de recibir a los súper ricos. Así que, admito que siempre tuve una quisquillosa curiosidad de saber cómo era por dentro. En mis clases durante la carrera, eran muchos los profesores que hablaban de ese lugar...
Lo triste, tal vez irónico, fue que al momento de saber que por fin iría a conocerlo, mis ansias de hacerlo estaban extintas. Y considerando mi situación en el parque, ¿cómo no sería así?
Traté de no tambalearme mientras caminaba aparentando lo más posible mi cojera. Byaku me dijo que buscara amiseñor en la mesa más alejada de la entrada y de la opinión pública. Por tanto, tuve un buen recorrido entre mesas y comensales, sus murmullos a mi apariencia fueron bastante claros a mis oídos. Reconocí el cabello blanco de mi jefe y me apresuré.
Se levantó, sonriendo, ¡vaya falsedad! Pero su vulgar alegría desapareció cuando me examinó.
—¿Qué demonios te ocurrió? —me hizo sentar a su lado, cerca, para que sólo yo oyera su quejas.
—Fui al parque y tuve un accidente —al menos Byaku se había compadecido de mí y ofreció venda y agua oxigenada de su botiquín.
—¿Al parque? ¿Y quién te ha dado el permiso de presentarte en público de esa manera?
Mis dientes me dolieron cuando los apreté.
—Usted nunca dijo que tendría que quedarme en casa como una ermitaña, señor —musité.
Su sonrisa me sorprendió, esperaba haberlo molestado. Pero pasó su brazo por mis hombros, pegándome a su costado. Su voz fue un susurro amenazante que me electrizó la columna.
—¿Así que debo enseñartepersonalmentecómo cumplir nuestras reglas, pequeña?
Me besó el cabello, algo repugnante. Un mesero se acercó a nuestra mesa, mi jefe ordenó por los dos. No me quejé, no habría sabido qué pedir de todas maneras.
Un platillo estrafalario llegó luego de un rato. Después de unas cuantas cucharadas y con el hambre que tenía, ya no supo tan extraño. Comimos en silencio. Si él habló fue sólo para contestar algunas llamadas, perecía dispuesto a ignorarme por atreverme a contestarle de forma "irrespetuosa". Eso me tranquilizó, era desagradable sentir su mirada, y que estuviera entretenido en sus negocios fue una gran oportunidad para observarlo sin ser descubierta.
Así de cerca era diferente. Era atractivo, sí, lo admito, su perfil afilado le daba un aire de poder, nadie podría quebrantar un gesto tan frío. Él era el más adusto de los tres hermanastros, era seguro. El señor Radamanthys era cruel, calculador, tenía los ojos de un gánster salido de alguna película. El señor Aiakos, aunque también un tirano, solía ver a los demás con desenfado, la gente decía que había que evitar mirarlo por demasiado tiempo si no querías resentir que una especie de psicópata te había estado observando. Mi jefe en cambio, aunque sí tenía algo de esas dos miradas, parecía más sumido en un gélido tempano. Verlo a tan poca distancia, contestando a sus clientes o quién sea que estuviera al otro lado de la línea, me había mostrado algo que nunca antes había notado. Que ahí, tras la capa de hielo, se ocultaba algo.
Pero, ¿qué?
Nuestro mesero regresó con el postre, encargado también por él. Mis ojos brillaron emocionados; como amante de lo dulce ese pudin de chocolate con fresas fue todo un sueño. Mi jefe hizo a un lado el suyo, ¿se atrevería a rechazar algo tan delicioso? Tal vez le preguntaría si podía dármelo... Consideré la idea cuando estuve a punto de acabar con el mío. Pero su mano aferrando la mía me detuvo de todo. La cuchara se cayó de la mesa cuando la solté, sorprendida por su toque.
Me sonrió, tomando mi servilleta para llevarla a mis labios.
—Más vale que te acostumbres a esto,cariño... Sucederá siempre que haya gente observando.
Limpió mis comisuras, sonriéndome con dulzura todo el tiempo. ¡¿Cómo lo conseguía?! ¿Cómo podía decir y hacer todo eso con tanta hipocresía!
Aah, claro, teníamos un abogado aquí…
—¿Compraste otro vestido con el dinero que te di? —tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para ponerle atención sin resentir sus dedos entre los míos. Asentí—. Tendrás que usarlo hoy. Preparé una cena para presentarte oficialmente a la prensa, así que trata de ir en mejores condiciones...
Cualquiera pensaría que hablábamos de temas ultra románticos. Tomados de la mano, uno cerca del otro... ¡Yo sólo temía molestarlo y que hiciera algo contra mí usando sus ojos oscuros! Pero... un momento. ¿Había dicho que me presentaría ante la prensa?
—Soy mala hablando en público —confesé.
Él soltó una risa: —Como si fuese a dejarte hablar... Tú sólo estarás a mi lado, no tienes qué preocuparte por nada más.
Aunque había sido claramente ofensivo, tuve que sentirme agradecida. Mientras no me obligara a estar frente a un presídium, por mí podía decir todo lo que se le antojara.
Su teléfono volvió a sonar. ¡Gracias a Dios me soltó al fin! Lo oí parlotear apenas unos segundos, giró el rostro hacia atrás, como aguardando. No tuve el valor de imitarlo, mi mano seguía hormigueando. Una presencia se posó a mi espalda.
—Pensé que no llegarías —de alguna forma, mi jefe había cambiado su tono de voz. El nuevo invitado se sentó frente a nosotros. Era Lune, su asistente.
—El evento de esta noche me tiene ocupado —dijo después de disculparse. Echó una mirada escrutadora sobre mí. Le sonrió sólo a él: —Así que lo dejo dos semanas y lo encuentro con otroscompromisos,¿señor?
Mi jefe sonrió, pasó su brazo sobre mis hombros nuevamente, paralizándome. Sin molestarse en presentarme, bebió un sorbo de vino.
—¿Cómo va todo? ¿Está listo? —le preguntó. Su asistente bebió también.
—Envié las invitaciones y el salón está preparado. Me aseguré de que ninguna televisora quedara sin enterarse. Estarán ahí, descuide.
—Veloz como siempre, Lune. Incluso con una pierna rota...
Era cierto, había llegado con muletas y un yeso enorme en la pierna izquierda. Al menos no sería la única tullida en esta reunión.
Lune sonrió, agradecido. Su respeto me recordó a Byaku, no parecía fingido. Pero se tornó preocupado.
—Sólo hay una cosa que me angustia, señor. Algo me dice que Pandora se enteró del evento. Tengo la certeza de que asistirá aunque no haya recibido invitación.
El señor Minos sonrió, tranquilo: —Más le vale asistir. Quiero que dé un buen espectáculo. No descansaré hasta hacerla regresar de rodillas... Será divertido.
Dijo eso último mirándome, una sonrisa digna de un maniaco controlador. Justo lo que él era.
—Acerca de eso... —volvimos a Lune—. Hay algo que he querido decirle desde hace algunas semanas. Hay rumores de que Pandora planeaba romper su compromiso. La excusa que usted dijo ella usó para hacerlo, no fue más que la oportunidad que ella esperaba.
Mi jefe frunció el ceño, su brazo se tensó en mis hombros, inquietándome a mí también.
—¿Estás seguro?
—No del todo. Pero, conociendo a la familia Heinstein, y a Pandora, no me parece una idea tan absurda. Considero que debemos tener cuidado con ella.
—Está bien, Lune. Si lo que Pandora busca es una guerra de ese nivel, no me negaré a darle lo que quiere...
Lune no sonrió esta vez. Le miró, serio.
—Sabe que no sólo es por Pandora, señor. También me preocupa lo queélpiense de todo esto...
El señor Minos detuvo un instante la copa en sus labios, observándolo, de pronto muy pensativo. Yo traté de desentrañar algo de ese extraño comportamiento pero ambos continuaron como las duras rocas que eran. ¿"Él"? ¿De quién hablaban?
—Si eso pasa, Lune, entonces deja que yo me haga cargo.
Lo sentí erguirse sobre su silla, ¿acaso estaba nervioso? Si lo estuvo, logró aparentarlo y suprimir cualquier temor rápidamente. Le pidió al mesero que llenara su copa de nuevo.
—¿Qué me dices de las encuestas? —dijo después de un trago. Lune se vio más calmado también.
—Aún es muy rápido para saberlo, pero si nos guiamos por lo que dicen de la empresa en televisión, creo que la meta se consiguió. La mayoría está seguro de que todo esto es una farsa, sin embargo, procuran conocer todos los detalles como si desentrañaran un secreto nacional.
Me dirigió una ojeada, antes de volver a mirarlo.
—Ahora, sólo falta llenar de esa misma efusividad a nuestros clientes más adeptos. Conociéndolos, un circo como éste los entretendrá bastante bien…
¿Un circo? Fruncí el ceño. Incluso así, mantuve la boca cerrada. El brazo sobre mi hombro jaló hacia la izquierda, el señor Minos había descubierto mi enfado y no podía más que divertirle. Su rostro se acercó al mío, su aliento rozó mi nariz.
—¿Qué pasa? ¿Hay algo que te moleste? —comencé a temblar cuando lo vi saboreando mis labios con la mirada—. Habla, pequeña… Te escucharé atentamente.
Cerré los ojos, no, no, no esperando. ¡Eso no podía ser una escena de amor en lo absoluto! Apreté los parpados, mi cara comenzó a arder. Y él… ¡el maldito sólo echó una risa! Se alejó de mí, oí que su silla se recorría cuando se puso de pie. Mis manos seguían aferradas a mi pecho, conteniendo mi respiración.
—Vámonos. Tengo audiencia en media hora y no quiero llegar tarde. Llévala al evento, asegúrate de que aprenda lo necesario antes de presentarse.
Pasó su tarjeta por la terminal portátil que el mesero trajo consigo. Lune se levantó y se colocó en las muletas. Sentí sus miradas en mi cabeza. La presencia de ese monstruo hipócrita se quedó en mi espalda, su boca se pegó a mi oreja.
—Dije, "vámonos" —suficiente para que todo el aire de romance de se esfumara. Me puse de pie, volvió a tomarme de la mano para dirigirme entre las mesas, pero ya no pude ni quise objetar nada.
Byaku nos esperaba a la puerta. Lune entró primero, el chofer metió sus muletas en la cajuela en cuanto estuvo seguro en el asiento. Mi jefe me miró, supe que era mi turno. Quedar entre ambos trajo el recuerdo de mi viaje en la Pick up. Pensar en Shion me provocó pesar. Ni siquiera puse atención a la charla que mispreciadosacompañantes tuvieron. Levanté la cabeza solamente cuando vi que nos deteníamos. Byaku le pasó un portafolios al señor Minos.
—Es bueno tenerte de vuelta, Lune —aduló, yo sólo esperaba que se olvidara de mí. Mala suerte: volvió a tomarme de la mano, su sonrisa se curveó ante mi enojo—. Y fue un placer desayunar contigo. Tendremos que repetirlo, sin duda.
Bajó del auto, antes de que pudiera tener el valor de tronarle un buen golpe. Lo vimos subir las enormes escaleras de la Suprema Corte. Ahí estaba, el buen y distinguido Minos Van der Meer, recibiendo saludos de colegas y admiradores. ¡Ah, qué sujeto tan entrañable! ¡Cuánto deseé que resbalara y se cayera rodando por esas escaleras! Que hiciera un ridículo aparatoso, como el que yo había hecho en el parque. Pero esta vez no hubo justicia para mí…
—Y bien… —Lune carraspeó, recordé que seguía allí conmigo—. ¿Tienes idea del gran lío en el que te has metido?
Aunque su voz era mucho más simple que la del señor Minos, algo hubo en su mirada que me recordó a él. Pero su pregunta me desarmó. Era algo que seguía cuestionándome desde el oscuro día en que acepté fingir esta tontería. Lune sacó una carpeta de su itinerario de piel, un paquete de hojas tamaño carta quedó en mis manos. Miré el documento.
—¿Qué es esto? —hojeé rápidamente.
—Es un guión. La historia de cómo tú y el señor Minos llegaron a convertirse en… eso que ahora dicen ser. Por supuesto, no tienes que aprenderlo todo de memoria. Pero es tu obligación conocer al menos las ideas básicas de lo "ocurrido" desde hace un año.
Negué, incrédula, leyendo esas bobadas que ni a mi mente falta de creatividad pudo habérsele ocurrido.
¡¿Qué yo me enamoré delSeñor Van der Meerdesde la primera vez que lo vi?! Y… y… y este apartado donde Agasha Eminreth le confesaba sus sentimientos a un hombre abnegado, noble y gentil que dudó por primera vez de su afecto por Pandora Heinstein gracias a esa revelación amorosa. ¡A quién demonios se le ocurrió algo como eso!
—El señor Minos ya ha leído todo, él está preparado por si acaso olvidas algo.
Ah, ¡qué cortesía! Así que ni siquiera me creía con la suficiente capacidad para aprenderme ese estúpido guión… Continué leyendo, conteniendo mis ganas de arrojar esa basura por la ventana. El apartado que anunciaba en negritasEl pasado de Agasha Eminrethme obligó a leer con más detenimiento.
Mi ojo tembló igual que mis entrañas.
—Yosíterminé la universidad —lo miré, pidiendo una explicación—. Y no soy la mayor de seis hermanos… ¡apenas y tengo uno!
Pese a que podría estrangularlo en ese momento, Lune ni siquiera cambió su tono pasivo.
—El señor Minos pensó que lo mejor sería sobreexponer cualquier rasgo que te condicionara como una mujer de baja categoría social. Después de presentarte esta noche, él prohibirá cualquier indagación no autorizada que se haga hacia tu persona. Como puedes ver, el señor Minos preparó todo para que nadie dude de esta historia.
El señor Minos… El señor Minos, ¡El señor Minos!Los papeles se arrugaron en mis manos.
—¡Al carajo con tu señor Minos! Él nunca me mencionó nada de esto, ¿ahora también debo soportar que me presente como una pobre idiota que encontró en él a su salvador? ¿Por qué no son sinceros de una vez y me dicen que esto es sólo para entretenerlos a ustedes mismos? ¡Claramente puedo ver que no soy más que una diversión para estos ricos estúpidos, incluido tu señor Minos!
Mi pecho retumbó. Me callé, apretando la mandíbula y los puños, tratando de recuperar aire. Por primera vez sentí el contraste del aire acondicionado y mi propia temperatura. Si alguien me hubiese tocado la frente habría notado que escocía. Me di cuenta de la mirada de Byaku en el retrovisor, ajeno a participar en nuestra charla pero bien atento a nosotros.
Lune recogió el documento del piso a donde lo había lanzado de un manotazo.
—Parece que el señor Minos tenía razón… Eres nada más una niña malcriada e ignorante.
Lo fulminé con los ojos, pero él también tenía una expresión afilada. Lo había hecho enojar, estaba segura, pero sabía controlar muy bien sus emociones.
—Tú eres la representación idónea del pensamiento de cada ciudadano en este país. Piensas que tus problemas son terribles en comparación con los de los demás. Y crees que losricos, como tú los llamas, son personas que viven en la risa y la diversión… —apretó los labios y atajó—. Vaya niña estúpida.
—Lune… —Byaku quiso intervenir.
Pero era tarde, Lune se adelantó, encajó sus dedos en mi nuca para atraerme a él. Sus ojos brillaron como liquido hirviente.
—¿Crees que conoces al señor Minos? Trabajaste para él un año y piensas que lo sabes todo, ¿no? Y no sólo eso, te consideras superior a él. Pero tú, torpe niña de bajo rango, tú no podrías hacer siquiera una de las cosas que él ha hecho para mantener a salvo a su familia. Si llegaras a conocerlo como nosotros, estarías en el piso, ofreciéndote como una alfombra para sus pies…
Se detuvo, inspeccionando mi cara llena de terror. Su expresión volvió a la calma, casi como si estuviera aburrido.
—Pero qué importa. No eres más que una marioneta que no tiene porqué entender nada de esto. Sólo cumple con tu trabajo, tal como todos aquí lo hacemos. Después, serás libre y podrás seguir parloteando toda tu sabiduría como la hija del Idealismo que eres —puso el documento en mis piernas—. Te esperaremos aquí.
Apenas noté que el auto se había detenido, mi casa estaba frente a mí. Bajé, con la cabeza hecha un desastre, igual que mis rodillas… Mi corazón. Le informé rápidamente la situación a mi familia; "tendré que volver a salir, no es necesario que me esperen para cenar"… bla, bla, bla. La actitud psicópata de Lune se quedó pegada a mí, haciéndome estremecer mientras terminaba de vestirme con otroTarik Ediz. ¿Qué razón tendría para comportarse peor que un fanático religioso? Pensar en eso me causaba más intriga que temor… Sí, mi curiosidad no podía ser refrenada, ni siquiera por la amenazante mirada violácea que Lune tenía, tan parecida a la de su propio amo a quien tanto defendía.
Sus palabras latieron en mi mente. Mientras que yo sólo veía a un rico altanero al que bien golpearía en la cara si tuviera la oportunidad, Lune parecía dispuesto a arremeter a todo aquel que pensara así de él. ¿Dónde estaba la lógica? Si tan sólo en esa semana en la que logré acercarme más a su señor Minos, me bastó para reiterar cuán desagradable era en realidad.
"No eres más que una marioneta…", Lune podía ser tanto o más ofensivo que mi jefe. Recordar sus adjetivos para sobajarme, me hizo entender que si él veía en el señor Minos a una buena persona, era porque él mismo estaba creado con el mismo molde. Y justo esa era la razón por la que tanto se esmeraba en defenderlo.
~O~
El evento preparado para presentarme estuvo mucho mejor organizado que aquel en donde mi amado jefe tuvo la gran idea de empezar esta pesadilla.
Ocurrió en un gran edificio, al este del condado, en el último piso donde estaba construida una terraza. Como el evento fue preparado para iniciar tarde, los invitados pudieron deleitarse con la vista del sol ocultándose tras el paisaje citadino. Cuando yo llegué y vi aquel escenario lleno de lo mejor de la crema y nata, quise salir corriendo. ¡Incluso olvidé que detestaba al sujeto que me tenía tomada del brazo! Me replegué al costado del señor Minos, mientras él sonreía de lo más fresco. Sus conocidos, amigos, y la larga lista de farándula que asistió, lo interceptaron uno a uno. Me concedió unas breves palabras de presentación –qué amable–, antes de apretarme de la mano y pasarnos al siguiente grupo.
Qué insoportable. Por todos los cielos, mis rivales en la secundaria eran menos arrogantes que esas personas. ¿No podían fingir mejor su desprecio? Me sonreían, alababan mi atuendo, y en cuanto mi jefe se distraía, afilaban sus miradas para escanearme con desdén.
"Miren a la chica marginada… Trata de vestirse elegante pero sigue siendo una corriente mujer de clase baja".
Ah, casi podía escuchar sus pensamientos.
Y aun así estaba obligada a sonreírles, ¡tenía que agradecer sus adulaciones!
—Qué belleza, señor Van der Meer —continuó canturreando una señora muy maquillada, la había visto alguna vez en televisión. Me sonrió, con las cejas enarcadas—. No cabe duda de que su elección fue sabía… Oooh, y déjeme decirle que nos conmovió totalmente. No hay nada más noble en nuestros días a que un hombre de su rango se congenie con una muchacha tanlinda. Felicidades, querida. Felicidades a los dos.
—Agradezco su gentileza. Por favor, disfruten la noche —mi jefe se inclinó suavemente. Si no fuera tan detestable, le habría dado las gracias por sacarnos por fin de ahí. Nos sentamos en una mesa exclusiva para su familia. Descubrí su puño cerrado bajo el mantel, tenía los ojos clavados en el tumulto de personas que reían y bailaban.
—Cada vez ocultan menos su descaro…
Fue un murmullo tan tenue que probablemente sólo ocurrió en mi mente. Pero estaba casi segura de que fueron sus labios los que se movieron. No pude averiguarlo.
Sus hermanastros llegaron en pocos minutos. El señor Aiakos se carcajeaba sin discreción de los trajes exagerados de algunas mujeres. Frente a él, el señor Radamanthys permaneció mudo, quieto como una estatua de ceño fruncido. Ninguno me miró una sola vez. Una mujer acompañaba al hermano de cabello azul, pero estuvo tan callada todo el tiempo que me olvidé rápidamente de su presencia. Lune era una figura que iba y venía dando indicaciones, era rápido a pesar de las muletas. La cena se sirvió en tres tiempos, esta vez pude probar cada platillo aunque no disfruté ni uno sólo.
La mano de mi jefe se levantó mientras degustábamos el postre. Tomó un mechón de mi cabello y lo dejó detrás de mi oreja. Sonreía, tan íntimo que cualquiera podría creerle. Me quedé quieta, resintiéndolo como una amenaza. Se acercó a murmurarme delicado.
—¿Podrías al menos sonreír? Cualquiera diría que te molesta estar aquí…
¡Y claro que me molestaba! Ladeé el rostro, me sinceré: —Lo siento, estoy un poco nerviosa.
Se apartó un poco, me acarició el cabello mientras me miraba con una extraña mezcla de compasión y burla.
—Pobre ovejita… Sientes a los lobos olfateándote y te llenas de temor, ¿verdad? Quieres correr, pero antes de que te des cuenta, te tendrán en sus fauces… —me sonrió, acarició mis mejillas y volvió a susurrarme—. Pero, cariño, olvidaste un pequeño detalle: Que yo estoy aquí para protegerte.
Se alejó. Sus ojos regresaron a su dureza, mirando a los presentes. Pero sus palabras permanecieron en mí, igual que su roce. ¿Por qué…? Si solo era un mentiroso, sólo era un vulgar abogado con buena labia y poder de convencimiento.
La música dejó de oírse, me miró nuevamente, ya no había complicidad, sólo poderío.
—Ya es hora.
Tragué hondo, siguiéndolo entre la multitud. No pude ver a nadie, me quedé con la cabeza agachada, contemplando los adornos de la alfombra cuando llegamos al estrado donde un micrófono esperaba. Las luces de los flashes opacaron la del reflector que nos apuntó directo. Mi amo tomó la palabra, inició su discurso con gratitudes. Comenzó a contar la romántica y absurda historia de la que Lune me había dado aviso. Traté de ignorar todo, pensando en cualquier cosa menos en escucharlo.
¡Oh, cuánto lo odié! Lune se equivocaba, este hombre frente a mí no era un ángel bondadoso, era un manipulador, ¡había hecho mi vida un infierno los últimos meses y ahora hablaba de mí lleno del amor más cursi que se haya visto! Que vinieran todos los premios, Minos Van der Meer era el mejor actor del mundo.
Alargó su brazo para ponerme a su lado, y yo –fiel, sumisa, idiota– obedecí, aún con la cabeza gacha y la furia palpitándome.
—Pero sobre todo, esta reunión fue planeada para hacer claro algo importante —estaba finalizando toda su palabrería—. Que aunque pueda parecer un mero espectáculo, estoy dispuesto a demostrarles que mi interés por ella es más serio de lo que imaginan. Y no pienso dejar que nadie se interponga, y menos aún que la lastimen. A quien sea que se atreva a hacerlo, conocerá en carne propia las razones de mi fama como abogado… —breves segundos de silencio y conmoción. Luego su sonrisa—: Gracias nuevamente por estar aquí.
El salón se llenó de aplausos. Alguien sugirió un beso, una tontería que estaba segura el señor tan discreto a mi lado no…
Mis especulaciones fueron infundadas.
Su boca estaba en la mía. Rápido, pesado, sin ninguna delicadeza. El contacto duró apenas unos segundos. Las risas y la emoción se incrementaron. Bajamos del entarimado, los periodistas nos rodearon. Mala idea, mi cabeza estaba tan hueca que no podría ni saludar. Mi jefe se interpuso, contestó a sus preguntas con elocuencia. La música había recomenzado, yo sólo escuché a mi corazón latir igual a un tambor azteca. Me ardía la cara con la misma fuerza.
No podía ser…
Mi primer beso oficial y con el hombre más odioso. Años guardándome, huyendo de los idiotas que no querían nada serio… Y ahora, vería mi cara en las revistas, con esa expresión de susto que dejé ante el contacto repentino de nuestros rostros. Pero, ¿por qué me sorprendía? ¡¿No era esto parte de mi trabajo?!
—Qué entrañable discurso…
Me giré. Mis lamentos desaparecieron cuando encontré al manicure y el maquillaje perfectos. Lune había acertado: Pandora estaba en la fiesta. Se me acercó, traté de leer algo en su gesto lleno de soberbia.
—Me pregunto cuánto de lo que oímos será verdad —sonrió—. Pero, linda… Quita esa cara que das miedo. Iré a tomar un poco de aire, ¿vienes conmigo?
Calculé la situación, miré atrás; mi jefe seguía ocupado, ajeno totalmente a nosotras. Recordé las palabras de advertencia de Byaku.
—¿Vienes? —insistió, su mentón apuntó al señor Minos—. Él seguirá con ellos por un tiempo, nada le gusta tanto como aparecer en televisión.
Eso me intrigó. La Medusa contemporánea parecía tener la misma opinión que yo tenía respecto a él. La seguí, ¿qué daño podría hacer una señorita recatada? No se atrevería a nada con tal de no maltratarse sus bonitas uñas…
Salimos hacia la terraza y subimos a un borde donde el viento acariciaba y se escuchaba silbar. Nos sentamos cada una en los sillones blancos de acabado moderno. Pandora encendió un cigarrillo, no había más luz que esa y la del salón a varios metros. Soltó el humo, viendo a la negrura de la ciudad.
—¿Sabes algo? Te compadezco… Ellos te están utilizando, Minos en especial.
Me volteó a ver, yo negué inmediatamente: —No sé de qué…
—Aay, por favor… No finjas que no entiendes —me calló—. Todo esto es una mentira y tú lo sabes. ¿Cuánto te ofreció? ¿Un lugar permanente en la empresa? ¿Dinero? Lo más patético es que al final él te botará. Acabará con tu reputación y cuando ya no le sirvas, simplemente te dejará. Luego volverá a mí, cuando se dé cuenta de que todo esto no me afecta en lo más mínimo.
—Si eso piensas… —me encogí de hombros. Ella continuó.
—Lo que me desconcierta es por qué elegir a una mocosa sin clase que ni siquiera sabe caminar con zapatos altos. Podría haber elegido a otras que no fueran tan corrientes…
Eché una fuerte carcajada para que se callara.
—¿Lo dice alguien que vino a una fiesta sin ser invitada? —me erguí en mi silla, estaba tan acostumbrada a esas lisonjas presuntuosas que ya no me dolían.
Pandora abrió mucho los ojos. —Oh, querida, parece que ya aprendiste las frases y modos de Minos. Te tiene bien entrenada.
—Lo suficiente para saber que tratarías de molestarme —me puse de pie—. Pero no te preocupes, me alegro de que hayas venido, ahora puedo comprobar la razón por la cual él se alejó de ti. Porque si yo soy una mocosa corriente debo preguntarme, y tú también, qué hay en mí que tú no tienes para que él prefiriera quedarse conmigo. Así que, gracias por visitarnos.
Caminé al salón, con la cabeza en alto. ¡Qué victoria! Después de tanta humillación, había sabido tan bien escupirle esas verdades… Claro que, deverdadtenían poco, pero aun así, ¡me sentí tan plena!
Escuché los pasos de sus tacones, frenéticos hacia mí. Su mano se agarró a mi nuca, grité asustada cuando me tiró al suelo. Traté de levantarme, pero el vestido se atoró entre mis pies. Resbalé, caí en mis rodillas, el raspón de esa mañana me quemó, abierto de nuevo. Pandora volvió a sujetarme del cabello, lanzaba maldiciones y aullidos, totalmente perturbador, monstruoso. Le solté un golpe, creo que le atiné en la frente. Pero ella me aventó de nuevo al piso y me arañó la cara.
¡Vaya recato el de esta mujer! Y eso que yo era la chica sin clase…
Grité por ayuda hasta que me dolieron los pulmones. Pensé que la endemoniada harpía me mataría hasta que su peso sobre mí se fue. La escuché gritando todavía, alguien me levantaba.
—Maldito, bastardo imbécil… ¿Quién te crees para tratarme así? —siguió diciéndole a quien me ayudaba. El aroma de ese traje me ayudó a reconocer al señor Minos.
El señor Radamanthys era quien sujetaba a la bruja enloquecida.
—¿Te crees muy listo, Minos? —chilló, su cabello era un desastre—. ¿Crees que con esto me humillaste? ¡Nadie cree en tu maldita historia de amor, imbécil! —se carcajeó, loca, loca, loca—. Nadie cree en esas palabras, tu ego es demasiado grande para declararle amor a alguien sin que haya una cámara cerca.
Se zafó de las manos del señor Radamanthys, temí que viniera de nuevo. Un brazo me rodeó la espalda, protegiéndome. Pandora se rio.
—Aah, mírenlos, son tan tiernos… ¡Tan falsos!—buscó mis ojos—. Disfrútalo, disfrútalo chiquilla ingenua. Esa mentira es lo único que tendrás…
De pronto mi alrededor se llenó de silenció. Dejé de escucharla, puede ser que realmente se haya callado. No lo sé, no pude preguntarle a nadie… Ahí, en esa terraza oscura, con los invitados retenidos aún en el salón por el mando de Lune, sólo fuimos nosotros cuatro los que oyeron al viento silbar.
Y fuimos nosotros cuatro los únicos que atestiguamos el momento en el que el señor Minos emitió una voz queda, suave como la brisa. Una voz que me erizó la piel.
—Agasha… —acarició mi mejilla herida, me miró con devoción al decir—: Te amo.
Sí, el silencio sólo puede reinar en momentos así.
Sus ojos se cerraron, los míos lo imitaron. Mi cuerpo dejó de temblar un instante para recibir sus labios. Había mentido antes: éste tendría que ser mi primer beso oficial. Y tal vez nunca sabré si los pocos presentes pudieron creerlo, o si pudieron ver algo de honestidad en sus palabras y sus actos.
Pero yo… yo tendré que ser sincera…
Yo sí creí en todo aquello.
Aunque fuera tan sólo en ese mínimo y precioso instante, reteniendo su aliento contra el mío…
