Disclaimer: Esta historia está inspirada, en parte, en el universo de Harry Potter de J.K. Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a la autora. Yo solo los tomo, los mezclo y agrego cosas.
Aclaración: La siguiente es una historia que habla de sufrimiento y violencia de todo tipo hacia la mujer. Sugiero discreción. Aunque este fanfic está basado en el argumento de una novela turca, el siguiente Dramione tomará su propio rumbo dentro del universo de Harry Potter.
Dato: no me gusta deformar las palabras para mostrar que una persona tiene algún acento en particular, así que no lo haré. Sin embargo, siéntete libre de leer algunos diálogos con marcado acento búlgaro.
Capítulo 12: Corazón de Bruja
Comedor de Malfoy Manor
La mañana cayó sobre la Mansión Malfoy como una capa de niebla helada. No era una metáfora. El clima había cambiado, como si el aire adivinara lo que se avecinaba. Draco había pasado la noche en vela, o lo que quedaba de ella tras su regreso del refugio. El recuerdo de Hermione se colaba entre los pensamientos como un eco insistente. Su voz, su cuerpo, su abrazo, la forma en que lo había mirado, sin barreras, sin protección.
Draco cruzó el salón principal con el mismo andar elegante que aprendió desde niño, como si su vida no estuviera a punto de colapsar bajo su propio peso.
Lucius ya estaba allí, junto al ventanal, con una copa de licor en lugar de té. Algunas mañanas eran más duras que otras, y solo el licor lo ayudaba a sobrellevar su falta de magia. Narcissa se encontraba sentada en el sofá de respaldo alto, recta como una estatua tallada en mármol con uno de sus típicos atuendos de terciopelo verde botella. Aubrey estaba junto a ella, las manos cruzadas sobre el regazo, demasiado quieta para alguien tan joven. Y vestida como si hubiera sido criada por Narcissa.
El silencio lo recibió como un viejo amigo.
Draco no se sentó.
—Necesito hablar con ustedes —dijo. Su voz no tembló, pero tampoco tenía filo. Era una declaración, no un ataque. No iba con la intención de recibir opiniones, él simplemente estaba comunicándoles una decisión.
— No sabia que nos honrarias con tu presencia esta mañana —fue lo único que dijo Narcissa. No lo miró directamente.
—Lo lamento madre, tengo cosas que hacer. Solo vengo a decir que no voy a casarme con Aubrey. Necesito que hagas lo necesario para romper el compromiso, sin importar el costo.
El efecto fue inmediato, aunque nadie alzó la voz. Narcissa alzó apenas una ceja. Lucius giró la cabeza con lentitud. Aubrey apretó la mandíbula, y sus nudillos se volvieron blancos.
—¿Querés repetirlo? —preguntó Narcissa, con ese tono suave que usaba cuando ya había comenzado a planear cómo resolver un desastre sin levantar el abanico. Usualmente su fingida sordera era suficiente para que tanto su esposo como su hijo cambiaran de idea y decidieran dejar estar cualquier loca idea que tuvieran rondando en sus cabezas.
—No hay nada que repetir. No voy a casarme con alguien a quien no amo. Nunca quise este compromiso y lo sabés, madre. Debes admitir que te apresuraste, rompe los contratos que sean necesarios, no voy a casarme.
Aubrey bajó la vista. Sus pestañas temblaron, pero su voz no flaqueó.
— Sabía que no querías esto pero no esperaba que lo resolvieras sin hablar antes conmigo—dijo, casi con resignación—. Pensé que al menos respetarías lo que significaba este acuerdo. Para vos. Para mí. Para ambas familias.
Draco la miró. Por un instante, el remordimiento se deslizó por sus facciones. No por amarla, ni por decir la verdad. Sino porque ella también era una víctima del juego de sangre, de apellidos, de poder.
— Lo siento Aubrey, es mejor ahora, antes de la boda que hacerte pasar por un traumatico divorcio —dijo.
— No es justo —susurró Aubrey, y esa vez sí se le quebró la voz—. ¿Sabés lo que pasa con una bruja con una sangre no lo bastante pura, sin un anillo ni un escudo para protegerla? Mi abuelo me va a casar con algún vejestorio que tenga más oro que dientes si esto se rompe. Esa es mi realidad. Yo tampoco deseaba esto, pero la alternativa siempre fue peor.
Draco tragó saliva. Miró a Lucius.
Fue su padre quien habló.
—Es curioso —dijo Lucius, girando la copa en su mano como si observara su contenido en vez del drama familiar—. Pasé años intentando que fueras el heredero perfecto. Impecable, obediente, invulnerable. Pero resulta que, cuando finalmente decidís hablar, lo hacés por amor. Y no puedo reprochártelo.
Draco frunció el ceño, confundido.
Lucius levantó la vista y lo miró de frente.
—Amo a mi nieta. La adoro. Y puedo adivinar lo que Hemera representa para ti. Por ella. Por esta familia, aunque aún no sea lo que se esperaba de tí. Si romper este compromiso significa tanto para ti... que así sea. No cometeré el error de decidir por tí nuevamente.
—¿Lucius...? Como puedes! —empezó Narcissa, perpleja.
Él alzó una mano, suave, pero firme.
—Cissy. A veces, el mayor acto de lealtad es ceder.
Narcissa cerró los ojos por un segundo. Su rostro permaneció sereno, pero el aire a su alrededor se volvió más frío.
Aubrey se levantó con una gracia que desmentía lo rota que estaba por dentro. Sostenía la compostura como quien sostiene una copa de cristal rajada: con fuerza, sabiendo que, de soltarla, no quedaría nada. La noche anterior, cuando los vió en el balcón, se había jurado que lucharía pero ahora simplemente no tenía fuerzas y se rendía antes de siquiera plantarle cara a aquella familia.
—Te deseo suerte, Draco —dijo, sin mirarlo—. Espero que todo lo que encontraste en ella sea suficiente para vivir con el escándalo. Y con vos mismo.
No esperó respuesta. Salió del salón con el mismo silencio con el que había llegado a su vida.
Draco se quedó de pie, solo frente a sus padres.
Y por primera vez en años, sintió que había hecho algo que era suyo. Sin embargo, no permitiría que Aubrey volviera a casa de su abuelo. Se lo debía. La muchacha era demasiado joven e inocente como para caer en manos de un esposo aun peor que lo que él hubiera sido.
-o-
La mansión Malfoy, aún con la sombra de la reciente conversación con sus padres, seguía siendo el mismo lugar de siempre: frío, elegante, silencioso. Sin embargo, esa tarde Draco se sentó frente a sus amigos con una decisión tomada. Blaise y Theodore habían llegado casi a la misma hora, expectantes, sin saber bien qué esperar de él.
Draco, como siempre, no había tenido problemas en hablar de casi cualquier tema con ellos, pero esto… esto era diferente. Sentía el peso de sus palabras en el aire, como si cada frase pudiera cambiar su vida para siempre. Las palabras que estaba a punto de decir nunca habían cruzado su mente de manera tan clara. Hermione Granger.
—Voy a casarme con ella —dijo Draco, rompiendo el silencio.
Blaise lo miró fijamente, sus ojos oscuros brillando con incredulidad, mientras que Theodore frunció el ceño, observando a Draco como si hubiera perdido algo.
—¿Con Hermione? —preguntó Blaise, sin quitar los ojos de Draco. El tono de su voz era una mezcla de asombro y algo más oscuro, como si no pudiera creer lo que escuchaba. —¿La sangre sucia? Draco, no es como si no supieras lo que eso significa.
Draco no se inmutó. Su decisión ya estaba tomada, y el resto del mundo podría juzgarlo si quería. Esta vez, no tenía miedo de ser juzgado.
—Lo sé —respondió Draco, su voz baja y resuelta—. Pero me he enamorado de ella. Y eso cambia todo.
Blaise se echó atrás en su silla, mirando a Theodore antes de volver a dirigirse a Draco. Era evidente que no podía entender lo que Draco estaba diciendo. El sarcasmo no tardó en salir.
—¿Enamorado? Draco, vamos. ¿De una sangre sucia? ¿De una mujer que ni siquiera podría entrar a la cama sin beber un filtro de paz? No puedes esperar que eso sea... suficiente. Ella no va a responderte como tú quieres. Sus traumas... —Blaise hizo un gesto vago con la mano, claramente insinuando que esos "traumas" de Hermione serían una barrera difícil de romper—. No sé qué esperas de todo esto.
Draco lo miró, su expresión inmutable, pero la tensión en sus hombros no pasó desapercibida. Blaise había tocado una fibra sensible, pero eso no lo haría retroceder. No lo haría por nada ni por nadie.
—Supongamos por un minuto que realmente la amas y te casas con ella —continuó Blaise con una sonrisa cínica—, ¿crees que te daría lo que necesitas? Sabes cómo son las cosas, Draco.
Pero Draco no cedió.
— Se como son las cosas, Zabini, el que no sabe eres tú—dijo con calma, como si cada palabra fuera una sentencia— Si alguna vez hubieras amado realmente a una mujer, sabrías que verla feliz es suficiente. No necesito que me dé lo que quiero. Lo único que necesito es verla bien. El sexo no lo es todo. Que mi hija crezca sabiendo que tiene unos padres que están juntos, que se aman, y que tiene una familia que la protegerá de todo. No me importa si ella no puede... responderme de la manera en que otras lo harían. Eso no es lo que quiero de ella.
Blaise suspiró, claramente desconcertado.
El silencio en la habitación se hizo más pesado, como si las palabras de Draco pesaran en el aire. Blaise parecía más confundido que nunca, pero Theodore, siempre tan callado, tenía una expresión en su rostro que Draco no pudo leer.
Finalmente, fue Theodore quien rompió el silencio.
—Y Aubrey, ¿qué pasa con ella? —preguntó, su voz fría, pero con una nota de curiosidad.
Draco cerró los ojos por un momento, como si las palabras se le atascasen en la garganta. Cuando abrió los ojos, su mirada estaba llena de una mezcla de frustración y culpa.
—Aubrey está atrapada en una situación que ni ella ni yo controlamos. El compromiso era un arreglo de mi madre, y ella… ella siempre lo supo. Siempre supo que no significaba nada para mí. Pero aceptó porque si no su abuelo la casaria con un viejo horrible, uno de esos magos viudos, que ni siquiera la veria como algo más que una propiedad. Y ese es el problema, si no se casa conmigo, perderá todo: su independencia, su carrera como medimaga. Se convertirá en una simple ama de casa, en la mansión de algún mago millonario que la utilizará como una muñeca de adorno. No puedo permitir que eso pase. No quiero que pierda todo por mi culpa pero no voy a casarme con ella.
Se pasó una mano por el rostro, sintiendo el peso de la decisión.
Draco respiró hondo, dejando que la frustración se disipara un poco. Sabía que había tomado la decisión correcta al romper con Aubrey, pero eso no hacía que la situación fuera más fácil. Miró a sus amigos, buscando alguna respuesta, alguna solución que no implicara más sufrimiento, pero la mirada de Blaise era de pura incredulidad, y Theodore, en silencio, observaba cada uno de sus movimientos con una intensidad que resultaba casi incómoda.
—No se que hacer —continuó Draco, su voz temblando ligeramente por el peso de lo que aún no podía decir—. No quiero que Aubrey termine atrapada en esa vida, pero tampoco quiero engañarla. No la amo. Ni siquiera es justo para ella, pero si no la ayudo, su abuelo la destrozará. Ella... ella ya tiene demasiados sacrificios que hacer.
El sonido del crepitar del fuego llenó la sala, haciendo que el ambiente se volviera aún más opresivo. Blaise, que había permanecido callado durante un momento, frunció el ceño antes de hablar.
—Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó, su tono áspero, como si no terminara de entender la complejidad de la situación.
Draco se tensó. La pregunta lo golpeó de lleno, haciéndolo sentir aún más atrapado. Fue Theodore quien, sin previo aviso, dio un paso al frente, no pudiendo soportar el agobio que él sentia por esa situación.
—Draco —dijo en voz baja, como si estuviera convencido de lo que estaba a punto de decir—, no tienes que cargar con todo. Si te importa tanto lo que le pase a Aubrey. Yo puedo casarme con ella. De todas maneras, ya es hora de que lo haga.
Draco lo miró fijamente, sorprendiendo por completo. No estaba seguro de cómo reaccionar. Theodore, siempre tan callado, tan en su propio mundo, ofreciendo hacerse cargo de todo eso... ¿Qué significaba realmente eso? No lo entendía.
—¿Qué dices? — La voz de Blaise salió más fuerte de lo que había esperado. Theodore, como siempre, no mostró una pizca de duda en su rostro.
—Ella necesita una salida, y yo... puedo dársela. Si es lo que quieres, entonces yo me encargaré de que no la casen con algún viejo. Puede ser lo mejor para todos. Y yo... no tengo problema en quedarme con Aubrey.
La habitación quedó en silencio, mientras Draco procesaba las palabras de Theodore. Sabía que no quería casarse con Aubrey, pero la idea de que Theodore tomara la responsabilidad sobre sí mismo le daba un respiro. Era la única forma de asegurar que Aubrey no perdiera lo que tanto había luchado por construir, y al mismo tiempo, le permitía a Draco estar con Hermione y asumir su rol de padre de Enya.
Blaise, que no había vuelto a hablar en todo ese tiempo, miró a Theodore con sorpresa, como si estuviera procesando lo que acababa de oír.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó, aunque su tono no reflejaba dudas, sino más bien asombro ante la generosidad implícita en las palabras de Theodore. Quizá, solo quizás estuviera empezando a comprender lo que Draco quiso decir con eso de que amar implica querer ver feliz al ser amado.
Draco, sin embargo, estaba más preocupado por su propia sensación de alivio que por la sorpresa de Blaise. Esto no era lo que había esperado, pero tal vez era lo que necesitaba. Alguien más podría llevar esa carga.
—No quiero que Aubrey sufra, pero no puedo quedarme atrapado en un compromiso que no tiene sentido para mí —dijo, dejando que las palabras salieran con una claridad definitiva—. Gracias, Theo. Realmente no sé qué habría hecho sin ti.
Theodore asintió, su expresión tan seria como siempre, pero con una ligera suavidad en los ojos. No esperaba agradecimientos, no necesitaba que lo reconocieran. Estaba haciendo lo que sentía que era correcto para él, para ambos. Quizá Aubrey lo comprendiera y pudieran hacerse compañia, ya que ella había perdido a Draco también.
—Solo quiero que todos tengamos lo que realmente queremos —dijo, sin rodeos—. Tú tienes a Hermione. Y Aubrey... no tiene que quedar atrapada. Yo puedo hacerme cargo de eso.
Blaise miró a Draco, luego a Theodore, y finalmente volvió a su amigo con una sonrisa un tanto cínica, como si el asunto hubiera tomado una dirección inesperada.
Draco lo miró, agradeciendo la forma en que las cosas estaban comenzando a encajar, aunque el camino que quedaba por delante aún estaba lleno de incertidumbres. Pero al menos sabía que había una forma de equilibrar todo sin tener que sacrificar lo que realmente quería.
Al final, solo quedaba una cosa clara: tomar las decisiones correctas, aunque fueran difíciles, y confiar en que lo demás caería en su lugar.
-o-
La noche había caído y la luz tenue de las velas parpadeaba en las mesas de la casa de Nott. El aire fresco entraba por la ventana entreabierta, pero la atmósfera seguía cargada de algo denso, difícil de articular. Era un lugar menos formal que la mansión Malfoy, un refugio más íntimo y relajado. En ese ambiente, Blaise y Theodore se encontraban frente a una chimenea que crujía suavemente, con varias copas vacías sobre la mesa entre ellos.
Blaise, con la chaqueta desabotonada y el cabello un poco más desordenado de lo habitual, parecía cómodo, pero observaba a su amigo con esa mirada aguda que usaba cuando quería desarmarlo sin que lo notara. Había estado dejando caer comentarios durante toda la noche, como quien tantea un terreno desconocido, midiendo reacciones, esperando grietas.
—Te estás bebiendo esto como si quisieras olvidar algo que ni siquiera ha pasado aún —dijo Blaise con una media sonrisa, girando la copa en la mano—. ¿Estás tan seguro de que casarte con Aubrey es la mejor jugada? Porque para mí suena más a jaque mate que a apertura estratégica.
Theo se encogió de hombros, sin mirarlo directamente. Tenía los codos apoyados en los apoyabrazos del sillón orejero, los dedos entrelazados, y el fuego proyectaba sombras extrañas sobre su rostro.
—No se trata de jugadas —murmuró—. A veces uno solo... acepta el tablero tal como está.
Blaise lo estudió en silencio. Había algo en esa respuesta que no le gustó. Era demasiado resignada. Incluso para alguien como Theo.
—Siempre fuiste bueno con las metáforas —dijo, medio burlón—. Pero nunca te vi tan dispuesto a perder piezas importantes por conservar una torre.
Theo soltó una pequeña risa seca, sin humor.
— ¿Quien dijo que es una torre?, quizá sea el rey…
Nunca en su vida habia sido tan directo con otra persona. Siempre habia disfrazado su sentir con hostilidad y misantropia pero ahora, por alguna razón, habia decidido dejar de ocultarse.
—¿Y tú qué harías en mi lugar, Blaise? ¿Reventarias el tablero solo porque la reina no se mueve como quieres?
Blaise se inclinó hacia atrás, mirándolo con detenimiento.
—Yo no me dejaría consumir por algo que ni siquiera digo en voz alta.
El silencio que siguió fue espeso. Theo no respondió de inmediato. Blaise sabía que había cruzado una línea, pero también sabía que tenía que hacerlo. Si Theo no iba a decir lo que realmente pensaba, alguien tenía que empujarlo hasta el borde.
—No es cuestión de decirlo —respondió Theodore al fin, muy tranquilo, como quien ha pensado demasiado en algo y ha llegado al punto donde ya no duele repetirlo—. Es solo que... hay vínculos que no caben en ninguna definición cómoda. Que no necesitan confesiones. Existen, y ya. Como una herida vieja que no molesta, pero tampoco desaparece.
Blaise entrecerró los ojos, saboreando las palabras.
—Hablas de él como si fuera una especie de idea, no una persona.
Theo lo miró por fin, los ojos más brillantes de lo normal, quizás por el whisky, quizás por todo lo que no estaba diciendo.
—Quizá lo es. Una idea. O una constante. Hay gente que te acompaña así, incluso si nunca está realmente contigo. Hay presencias que no se tocan, pero que moldean todo lo demás.
El fuego crepitó suavemente entre ellos. Blaise, por un instante, se quedó sin palabras. No porque no entendiera, sino porque, por primera vez, sintió que lo entendía más de lo que quería admitir.
—Y aun así te vas a casar con alguien que no conoces —dijo en voz baja, sin reproche—. Con la esperanza de que el tiempo convierta la costumbre en otra cosa. ¿Realmente vale la pena?
Theo bajó la mirada. No parecía triste, solo cansado. Cansado de ser quien siempre tiene que pensar en lo que se espera, en lo correcto, en lo que no se dice.
—No me incomoda la compañía de una mujer, lo sabes. Nunca me ha incomodado —dijo con calma, sin defensas, Draco, Blaise y él habían estado en muchas fiestas como para que se dudara de su capacidad—. Tampoco necesito estar enamorado, soy un sangrepura y esto es lo que se espera de mí. Tal vez el amor o la costumbre vengan después. Tal vez no. Pero al menos sabré que estoy cumpliendo con algo. Que no me quedé suspendido esperando algo que nunca va a pasar.
Blaise lo observó largo rato. Finalmente asintió, aunque sus ojos tenían un leve brillo que no era del reflejo del fuego.
—Siempre supe que había algo que no decías —murmuró—. No por miedo... sino porque sabías que no te iban a entender del modo correcto. Ni siquiera yo.
Theo esbozó una sonrisa apagada, casi agradecida.
—Nunca necesité que lo entendieran. Solo que me dejaran quedármelo. El gran Theodore Nott padre lo sospechaba y por eso metió ese sin fin de muchachas en mi cama, mi madre lo sabía y se llevó el secreto hacia la tumba. No necesito comprensión ni compasión, solo que me dejen en paz.
Blaise sirvió otra ronda, esta vez sin hablar. Estaba más callado de lo normal. No por incomodidad, sino porque, por primera vez, entendía algo nuevo sobre su amigo. Y también, tal vez, sobre sí mismo.
—¿Sabes? —dijo finalmente, alzando la copa con pereza—. Creo que nunca he amado a nadie. No de verdad. Siempre pensé que eso me hacía más libre. Más práctico. Pero a veces los miro a ustedes... a ti, a Draco... y me pregunto si en realidad no soy yo el que está a la sombra de algo que no entiende.
Theo no respondió. Solo alzó su copa, y brindaron en silencio. Porque no todas las verdades se dicen. Algunas solo se comparten.
-o-
La tarde caía lenta sobre la mansión Malfoy. En el ala este, donde casi nadie pasaba ya, el salón pequeño era un rincón suspendido en el tiempo. El té humeaba entre las dos mujeres, pero nadie lo bebía. Hermione —o Hemera, como todos la conocían ahora— mantenía los dedos entrelazados en su regazo, la espalda recta, como si la rigidez le impidiera desmoronarse.
Aubrey, en cambio, se inclinó levemente hacia adelante, con los ojos fijos en los de ella, como quien ya ha llegado a una conclusión y solo espera que la otra parte tenga el valor de confirmarla.
—No voy a dar rodeos —dijo finalmente—. No soy tan ingenua como todos creen.
Hermione no respondió. Sus ojos bajaron hacia la taza que no había tocado.
—Sé que no eres quien dices ser.
—¿Perdón? —La palabra salió automática, casi por reflejo. No era sorpresa. Era instinto.
—No me malinterpretes. No sé tu verdadero nombre, ni me importa tanto. No soy una espía, ni una traidora. Pero no eres Hemera Black. Y tampoco eres una mujer común. Te delatas cada vez que alguien entra a una habitación por detrás y tú saltas como si esperaras una maldición. Lo veo en tus hombros, siempre tensos, en cómo respiras cuando nadie te mira. En las noches en que deambulas por los pasillos como un alma en pena. No duermes. No descansas. No estás aquí, aunque tu cuerpo lo esté.
Hermione tragó saliva. Sentía que las palabras le rasgaban algo por dentro.
—Yo... no entiendo de qué estás hablando.
—Soy medimaga mental —repitió Aubrey con voz firme, pero no cruel—. Trabajo con víctimas de tortura. Ex-prisioneros. Mujeres que vivieron demasiado tiempo en la oscuridad. No me hace falta un nombre para saber qué te hicieron. Reconozco el dolor aunque esté disfrazado de buenos modales.
Silencio. El tipo de silencio que no se rompe con excusas.
—No tienes que contarme nada —continuó Aubrey, más suave—. Solo quería que lo supieras. Que alguien lo sabe. Que no estás engañando a todo el mundo tan bien como crees.
Hermione apretó los labios, la garganta hecha un nudo.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque él va a casarse contigo —dijo Aubrey, sin rastro de dramatismo—. Porque, de una forma retorcida, fuiste tú quien ganó.
—Yo no quería ganar —murmuró Hermione.
Aubrey soltó una risa seca, sin humor.
—Ninguna de nosotras quería competir. Pero aquí estamos. Y lo cierto es que yo nunca tuve una oportunidad real. Draco no me miraba como te mira a ti. No me buscaba en los pasillos, no se inquietaba si me dolía algo. Contigo es distinto. Te observa como si fueses lo último bueno que le queda. Y tú te escondes como si creyeras no merecerlo.
Hermione cerró los ojos. Sentía que las palabras eran manos. Manos que abrían con precisión quirúrgica sus heridas más profundas.
—¿Y qué quieres que haga?
Aubrey suspiró, bajando por fin la vista a su té, aunque no lo tocó.
—Trabaja en ti. No por él. Por ti. Por esa niña que vive contigo. Por la mujer que podrías llegar a ser si dejas de vivir como un reflejo quebrado.
—No es tan fácil.
—¿Lo es para alguien? —Aubrey sonrió, esta vez con una ternura melancólica—. ¿Crees que yo no tengo miedo? Si tú te casas con él, mi familia me entregará al mejor postor. A un viudo con tierras y dinero. Y aún así... prefiero eso antes que ser una carga para un hombre que ama a otra. Y tú… no deberías ser la mujer que ama a medias porque sigue peleando con fantasmas que no tienen derecho a quedarse.
Hermione respiró hondo. Le temblaban las manos. Y aún así, no las escondió.
—No sé quién soy ahora.
—Entonces empieza por ahí —dijo Aubrey, poniéndose de pie—. Pero no finjas que no eres alguien roto. Estás rota. Eso no es una vergüenza. La vergüenza es quedarse así cuando tienes una segunda oportunidad.
Se detuvo antes de cruzar la puerta. Su perfil recortado contra la luz era sereno, fuerte.
—Él no es un buen hombre. Lo sabes. Tiene demonios propios. Pero está intentando. Por ti. Dale algo a cambio que valga la pena.
Y se fue.
Hermione se quedó sola.
El reloj del salón hacía un tic-tac suave, como un corazón que apenas se atrevía a latir. Se levantó lentamente y se acercó a la ventana. Afuera, los jardines se extendían como un territorio que no le pertenecía. El reflejo en el vidrio la miraba con la sombra de una mujer que no sabía si sobrevivía o solo seguía viva por costumbre.
"Aún no soy yo", pensó. "Pero tampoco soy ella. Ni Hemera. Ni Granger. Soy lo que queda."
Le dolía pensarlo. Pero había algo liberador en esa aceptación silenciosa. La idea de que no tenía que fingir más, al menos ante sí misma.
Recordó los dedos de Draco sobre su muñeca cuando Enya lloró. Cómo la sostuvo. Cómo no preguntó nada, solo se quedó allí. No con lástima, sino con paciencia. Como quien espera a que el otro quiera quedarse, por fin, en el presente.
Aubrey tenía razón.
Draco no era perfecto. No era bueno. Pero estaba tratando.
Y quizá, solo quizá… había llegado el momento de hacer lo mismo.
Empezar. Aunque doliera. Aunque costara.
Empezar a reconstruirse.
Aunque no supiera del todo quién era la mujer que saldría al final.
-o-
La noche había caído suavemente sobre la mansión Malfoy. Desde la ventana del dormitorio de Enya, se veían las luces de los jardines como luciérnagas lejanas. Todo estaba en calma. Por primera vez en mucho tiempo, la niña no había pedido a su madre para dormir.
—Hoy tú —había dicho, con los brazos cruzados y la barbilla en alto—. Tú me vas a leer. Pero yo elijo el cuento.
Draco no discutió.
Hermione lo miró desde el umbral, dudando, pero cuando Enya volvió a repetir la orden, con el tono terco que solo una niña maltratada puede sostener sin pestañear, asintió. Era un avance.
—Ten paciencia —le murmuró Draco antes de irse con la niña—. Cuando está nerviosa, actúa como si gobernara el mundo.
—No debería —dijo Hermione, entre celosa y sorprendida de la actitud de su hija.
—A mí me suena bastante familiar —respondió él, sonriendo apenas.
La habitación de Enya tenía una calidez discreta. Nada en ella hablaba de linaje o de pureza de sangre. Solo de una niña que, poco a poco, estaba aprendiendo que el miedo no tenía que ser una constante.
Draco se sentó junto a ella en la alfombra, mientras Enya hojeaba su libro con dedos pequeños pero seguros.
—Este. El del cazo saltarín. Me gusta ese.
—Buena elección —dijo Draco, tomando el cepillo de madera con cerdas suaves que Hermione había dejado junto a la cama—. Tú lees. Yo peino.
Era una rutina que ambos conocían bien. La habían formado cuando Hermione aún no estaba con ellos, cuando el único consuelo que Enya encontraba era en la voz de Draco y en el acto repetitivo de sentir cómo desenredaba, con infinito cuidado, cada nudo de su cabello. Como si deshiciera también los nudos de sus días.
Enya comenzó a leer. Lo hacía bien, con pausas y entonación, aunque a veces se inventaba palabras cuando no las comprendía. Draco no la corregía. Solo escuchaba, y peinaba.
Al llegar al final del cuento, Enya cerró el libro con un suspiro.
—¿Por qué ese cazo salta tanto? —preguntó, bostezando—. ¿Por qué no deja de hacer ruido?
—Porque escucha lo que los demás no quieren oír —dijo Draco, sin pensarlo demasiado—. Y lo que escucha lo carga. Y lo que carga lo grita.
Enya lo miró por encima del hombro, pensativa.
—Como mamá —susurró.
Draco se quedó inmóvil un segundo. Luego dejó el cepillo a un lado.
—Enya —dijo, con cuidado—. ¿Puedo preguntarte algo?
Ella asintió, acurrucándose en su almohada.
—Quiero pedirte permiso —empezó él, sintiendo cómo las palabras le temblaban en la garganta—. Para casarme con tu mamá.
La niña lo observó, muy seria.
—¿La amas?
La pregunta cayó como una piedra en el agua. Draco asintió.
—Sí. Mucho.
—Mi papá también decía eso —replicó ella, en voz baja—. Y después la hacía llorar.
Draco tragó en seco.
—¿Llorar cómo?
Enya bajó la mirada, empezó a jugar con el borde de la manta.
—Se encerraban en la habitación. Y ella gritaba. Pero no como cuando te golpeas las rodillas. Era un grito raro. Como si se le rompiera algo por dentro.
El silencio se espesó. Draco apenas respiraba.
—Yo me escondía entre los juguetes —continuó Enya, con voz suave—. Con mi osito sin ojo y Rowena. Me tapaba los oídos pero igual lo escuchaba todo. A veces, cuando oía a papá irse, le pedía a la puerta de la habitación de mamá que se abriera. Le rogaba. Y a veces lo hacía.
Un temblor le recorrió la voz, pero siguió.
—Ella estaba en la bañera. El agua ya no tenía burbujas. Tenía los ojos así… —se señaló los suyos— …rojos como fuego apagado. Se refregaba con una esponja dura. La que raspa. Muy fuerte. Como si quisiera sacar algo malo de encima. Yo la peiné. No dije nada. Solo peiné.
Draco sintió que algo profundo se rompía dentro de él. Una furia muda. Un dolor que no tenía cómo consolarse.
—Yo nunca haría eso —dijo finalmente, con la voz baja pero firme—. Nunca le haría daño a tu mamá. Ni siquiera si estoy enojado. Cuando uno ama a alguien… no se supone que lo haga sufrir.
—¿Y Aubrey? —preguntó Enya, repentinamente alerta—. ¿Ella se va?
—Sí —respondió Draco con suavidad—. Ella sabe que tu mamá es la persona que quiero a mi lado. No está contenta, pero lo entiende. Y no se va porque tú lo pidas, pequeña serpiente. Se va porque es lo correcto.
Enya asintió lentamente.
—No me gusta. No porque sea mala. Pero no te mira como mamá te mira. Ni tú a ella.
Draco sonrió, sin saber si reír o llorar.
—¿Y cómo nos miramos?
—Como si el otro escondiera el chocolate más rico.
Draco bajó la cabeza, sin poder contener la emoción que le apretaba el pecho.
—Gracias, Enya. Por leerme. Por dejarme peinarte. Y por contarme esas cosas difíciles.
La niña se encogió de hombros.
—Eres mejor que la mayoría de los adultos. Aunque seas muy rubio.
Draco soltó una risa baja.
—Duerme bien, pequeña bruja. Te quiero.
Se levantó, con una floritura de su varita apagó la luz, y cerró la puerta con el corazón latiendo en un ritmo nuevo. Más firme. Más comprometido. Más decidido a ser el hombre que ambas merecían.
—Yo también te quiero, papi…
El leve quejido de la ancestral puerta de la habitación de niños ocultó la respuesta, pero no faltarían oportunidades para que ambos, mago y niña, se dijeran la verdad.
-o-
Hermione no esperaba a nadie cuando escuchó el leve crujido de la puerta. No se giró. Sabía que era él.
Se encontraba sentada frente al antiguo tocador de madera, la luz suave de la lámpara bañando su figura envuelta en una gruesa pijama de franela azul oscuro. El estampado de pequeños lunarcitos blancos apenas se distinguía en la penumbra. Era cálida, excesiva para agosto en Wiltshire, pero Hermione no buscaba comodidad, sino protección. Las mangas largas, el cuello cerrado, los puños abotonados… Cada centímetro cubierto era una forma de decirle al mundo aquí no tocas.
Draco se detuvo en el umbral, observándola en silencio. Su cabello, ahora negro como la tinta, caía hasta la mitad de su espalda en una cascada espesa. Ella lo desenredaba con paciencia, con movimientos lentos, como si domarlo fuera una meditación.
—¿Sabes que eso debería estar prohibido con este calor? —bromeó suavemente, apenas cruzando la puerta.
—No he dormido sin mangas desde que tenía dieciocho. —respondió sin mirarlo, con la voz tranquila.
Draco se acercó sin decir más y le tomó el peine con una delicadeza reverente. Ella soltó el mango sin resistirse, y por un instante, sus dedos se rozaron. Hermione sintió el calor de su piel como una chispa inadvertida, pero no la evitó.
Draco comenzó a peinarla desde la nuca, separando mechones con una suavidad que parecía estudiada. Como si temiera hacerle daño incluso con el aire que movía al respirar.
Hermione alzó la mirada y encontró la suya en el espejo. Se miraron. Con la misma mezcla de anhelo y ternura con la que Enya, un momento antes, había descrito su vínculo: como si el otro tuviera el mejor chocolate del mundo. Y supieran que solo había una pieza.
—hablé con ella —dijo él, sin apartar los ojos de su reflejo—. Enya.
Hermione parpadeó una vez, lentamente. No dijo nada, pero su cuerpo se tensó apenas.
—le pregunté si podía casarme contigo.
Un silencio cayó entre ambos. Draco siguió peinando, dejando que el sonido de las cerdas deslizándose le diera ritmo a su respiración. En ningún momento él le había propuesto matrimonio de manera formal pero parecía que ambos lo habían dado por hecho y estaban cómodos con eso.
—¿Y qué dijiste?
—Que te amo. Que quiero ser bueno. Que nunca te haré daño.
Ella tragó saliva.
—¿Y ella te creyó?
—No del todo. Me hizo preguntas. Algunas… difíciles. Pero al final, me miró como lo haces tú cuando no quieres confiar, pero lo haces igual. A su manera, me dio permiso.
Hermione bajó la vista al tocador, donde estaban sus pequeños frascos de esencias, sus horquillas, las pociones medicinales que aún debía tomar para no despertar gritando en medio de la noche.
—¿Te dijo algo más?
Draco hizo una pausa. Separando cuidadosamente los rizos mas grandes con los dedos.
—Que no le gusta Aubrey —respondió al fin, eligiendo las palabras con calma—. Y que tú llorabas en la bañera.
El silencio que siguió fue espeso.
Hermione cerró los ojos. No lloró. Pero un leve temblor recorrió sus hombros, como si la mención del agua fría le recordara un cuerpo que ya no era suyo. Draco no insistió. No hacía falta.
— A veces encontraba la forma de colarse en la habitación cuando Viktor se iba, aunque estuviera cerrada, y se sentaba junto a mi en el baño, hasta que podía salir de allí para jugar con ella.
—Ya no más —murmuró Draco.
Hermione volvió a mirarlo en el espejo. Esta vez, sus ojos no tenían defensas. Solo la vulnerabilidad de alguien que se pregunta si el amor puede ser, alguna vez, un refugio y no una trampa.
—¿Sabes peinar trenzas? —preguntó de pronto, con una sonrisa cansada.
Draco alzó una ceja.
—Soy un Malfoy, no un duende de jardín.
—Lo tomaré como un no.
Draco soltó una risa baja, y sin pedir permiso, comenzó a separar el cabello en tres partes, intentándolo. Sus dedos eran torpes, pero pacientes.
—¿Y si no soy capaz de darte lo que esperas de una esposa? —preguntó Hermione, con la voz apenas audible—. ¿Si no puedo... responder como tú mereces?
Draco detuvo sus manos. Luego apoyó la frente en la coronilla de su cabello trenzado.
—No quiero que seas una esposa. Quiero que seas tú. Con todo lo que traes, con todo lo que aún duele. No estoy aquí para cambiarte. Estoy aquí para quedarme.
Hermione cerró los ojos otra vez, pero esta vez, no era por miedo.
Y cuando él terminó la trenza —algo desigual, ligeramente torcida—, ella no se rió. Solo la tocó con cuidado, como si fuera un puente que no sabía que podía cruzar.
—Gracias —susurró—. Por querer quedarte.
Draco no respondió. Solo se quedó allí, de pie detrás de ella, con las manos sobre sus hombros, como si pudiera sostenerla incluso cuando ella no sabía cómo sostenerse a sí misma. Luego dio un paso atrás, como si ya hubiera permanecido demasiado tiempo, como si temiera empujar los límites de la confianza que ella apenas le estaba otorgando.
—Bueno —murmuró—, será mejor que me vaya. No quiero incomodarte.
Hermione giró en su asiento, lo miró directamente y negó con la cabeza.
—Draco.
Él se detuvo, con la mano ya en el pomo de la puerta.
Hermione se puso de pie, el pijama cayendo como una tela pesada hasta sus tobillos. Se acercó con pasos silenciosos. Y sin previo aviso, se alzó un poco sobre la punta de los pies y le dio un beso.
Fue apenas un roce. Una caricia temblorosa en los labios. Pero Draco se quedó completamente quieto, como si ese gesto lo hubiera anclado en el lugar.
No hubo pasión. No hubo deseo urgente. Solo un instante en el que el mundo pareció suspenderse, y dos personas heridas se encontraron en la mitad del camino entre el miedo y la ternura.
Hermione bajó la vista, nerviosa.
—Quédate —le dijo.
Draco no preguntó nada. No hizo alarde. Solo asintió, se quitó los zapatos y se tendió junto a ella con el mismo cuidado con el que uno acomoda una flor entre las páginas de un libro.
Ella se recostó de espaldas a él, pero al sentir su calor, su respiración profunda, su mano apoyada de forma protectora en la curva de su cintura, se permitió algo que no había hecho en mucho tiempo: descansar.
Y aunque al principio sus sueños fueron oscuros —respiraciones agitadas, agua fría, puertas cerradas, sensaciones viscosas—, cada vez que se agitaba, Draco murmuraba palabras sin sentido y pasaba su mano con ternura por su espalda, como si supiera exactamente cómo guiarla de regreso a la calma.
En la mañana, Hermione despertó antes que él. Aún entre sus brazos. Con el corazón tranquilo.
Y solo cuando fue al tocador a tomar sus medicinas, se dio cuenta de que no había bebido la poción para dormir sin sueños la noche anterior. Tampoco había usado el filtro de paz.
Solo Draco.
Solo sus latidos.
Solo el calor de una presencia que no exigía nada, pero lo daba todo.
Y por primera vez en años, se preguntó si esa era, tal vez, la sensación de estar a salvo.
-o-
¿Campanas de boda en la Mansión Malfoy?
Por Celandina Featherquill, desde la sección "Pócimas y Pasiones"
¡Agárrense los sombreros, lectoras queridas, porque lo que vi en el Callejón Diagon hará que más de una derrame el té (y el filtro amoroso)! Este martes, bajo el sol dorado de la tarde, el siempre impecable y enigmático Draco Malfoy, heredero de una de las fortunas más antiguas del mundo mágico, fue visto caminando nada más y nada menos que... ¡tomado del brazo de una mujer misteriosa!
Pero no cualquier mujer, no no no. Una morena de piel de alabastro, mirada profunda, pasos suaves y un aire de tragedia poética, como si saliera de un poema oscuro de Thaddeus Rhyme. ¿Su nombre? Nadie lo sabe con certeza, pero una lechuza muy bien informada (y muy bien alimentada con pastel de calabaza) nos susurra que podría tratarse de una prima lejana de los Black —una tal Hemera, llegada del extranjero, y muy íntima con la familia Malfoy.
¿Lo más jugoso? Fuentes cercanas a la mansión aseguran que los elfos domésticos están lustrando la vajilla de boda. ¿Será que el soltero de oro finalmente sentará cabeza? ¿Estaremos a días de un compromiso oficial? ¿Y qué fue de la dulce Aubrey Fawley, que hasta hace poco parecía la elegida?
Corazón de Bruja no afirma... ¡pero tampoco desmiente!
Manténganse atentas, brujas mías, que el amor siempre tiene un precio... y a veces viene con apellido antiguo.
El crujido del papel al ser rasgado resonó como un hechizo de ruptura en la estancia silenciosa.
Viktor Krum apretó los dientes mientras los pedazos de la revista caían a sus pies como cenizas. La lámpara flotante tembló ligeramente por la ráfaga de magia densa que brotó de su furia contenida.
—Así que Draco Malfoy cree que puede esconderla —escupió, con el acento búlgaro marcado por la rabia—. Cree que puede tomar lo que es mío y pasearse con ella como si fuera su trofeo.
No gritó. No lo necesitaba. Sus hombres, que lo miraban desde la sombra, sabían que la calma en su voz era peor que un rugido.
—Preparen todo —ordenó, sin alzar la voz—. Nos vamos esta noche. A Londres. Que vigilen los callejones, los bares, las casas viejas. Encuéntrenla. Y a él.
Uno de sus hombres, el más joven, titubeó.
—¿Y si está con él por voluntad propia?
Krum lo miró, tan frío como el acero de una daga.
—Ella no tiene voluntad. No sin mí.
Y con un giro brusco de su capa negra, Viktor desapareció en la penumbra de su castillo oculto, dejando tras de sí la promesa de una tormenta que se aproximaba… y no traía misericordia.
-o-
El invernadero de los Malfoy parecía vivir ajeno al clima de Wiltshire. Mientras fuera el sol castigaba con su luz blanca y seca, dentro reinaba una penumbra húmeda y perfumada. Las glicinas colgaban como lágrimas violetas y el aire estaba cargado del zumbido leve de las abejas encantadas que polinizaban sin descanso.
Aubrey estaba de pie, junto a una mesa cubierta de macetas con mandrágoras recién trasplantadas. Había llegado unos minutos antes. Puntualidad profesional. Vestía su túnica de trabajo color vino, de corte limpio y discreto, aunque un alfiler de mariposa dorada decoraba el cuello, un detalle pequeño que no podía evitar permitirse.
Cuando Theo entró, lo hizo en silencio. Su andar era el de siempre: lánguido, medido, como si el mundo le resultara un trámite algo tedioso. Sus ojos recorrieron el espacio como si ya supiera exactamente qué encontrar, y al verla, no sonrió. Pero tampoco frunció el ceño. Simplemente se detuvo frente a ella, con las manos cruzadas a la espalda.
—Gracias por venir —dijo Aubrey, sin rodeos—. Sé que esta conversación es un formalismo, pero... me parece justo.
—Es necesario —asintió él—. Y funcional.
La palabra quedó flotando un momento entre las plantas. Aubrey respiró profundo.
—Entiendo que reemplazarás a Draco en el contrato matrimonial.
Theo no respondió. Asintió una vez, muy levemente. No fue necesario más.
Aubrey no insistió. No porque no tuviera curiosidad —la tenía, aguda e insistente como todo lo que pasaba por su mente analítica—, sino porque comprendía que preguntar sería inútil. Nott era una fortaleza sin portón visible.
—Entonces... nos casaremos. —Fue más una constatación que una pregunta.
—Sí. Y antes de que lo preguntes, no tengo condiciones, salvo una. —Theo se sentó en una de las sillas de hierro negro junto a una enredadera que palpitaba—. No me pidas opinión sobre los detalles de la boda. No me interesan los manteles, ni las flores, ni la música. Elige lo que desees. Todo. Solo dime la fecha y el lugar y me aseguraré de estar allí.
Aubrey se permitió una sonrisa muy breve.
—Perfecto. Prefiero que no interfieran. Me relaja trabajar sola.
Hubo un silencio que se alargó. Theo no lo llenó, y Aubrey supo que sería ella quien debía llevar el ritmo.
—Sé que no te atraigo —dijo, con voz serena—. No es un reproche. Solo un hecho. Puedo manejarlo.
Él ladeó la cabeza.
—¿Y tú? ¿Te atraigo?
—No —respondió, demasiado rápido—. Me atraía Draco. Por un tiempo. Luego entendí que... no era mutuo.
Aquello era verdad, pero no toda. Una parte de ella —pequeña, obstinada— aún soñaba con una boda distinta. Una elección libre. Una sonrisa sincera en el altar, no un contrato disfrazado de celebración. Había imaginado amor, no estrategia.
Pero era medimaga mental. Sabía cómo curar una mente rota. Y cómo cerrar una puerta en la suya propia.
Por otro lado, Theo entendía muy bien el sentimiento de Aubrey. Draco tenía cierto magnetismo que hacía imposible pasar tiempo con él sin amarlo u odiarlo por completo.
—Te ofrezco esto, entonces —dijo, cruzando una pierna sobre la otra, con una postura impecable—. Seré una esposa eficiente. Correcta. Mantendré las apariencias. Podré acompañarte a eventos, reír cuando sea necesario y desaparecer cuando no me necesites. No interferiré con tu vida privada. Y no te juzgaré, si no me juzgas.
Los ojos de Theo brillaron apenas.
—¿Tu…?
—Sospecho. Pero no necesitas confirmarlo. No es necesario.
Theo bajó la mirada hacia sus propias manos.
—Gracias.
—Si... necesitas ayuda para cumplir con el "deber" —continuó ella, más seria ahora—, hay pociones. Afrodisíacas. También multijugos. Puedo adoptar una apariencia más... cómoda. Si eso te facilita el proceso. El cuerpo es una herramienta. No un templo. Lo único que me interesa conservar es mi autonomía, mi trabajo y, con el tiempo, una cierta tranquilidad.
No había ironía en su tono. Solo una oferta limpia, profesional, como si hablara de un tratamiento médico.
—No será necesario. No eres desagradable a la vista. Cumpliré, es lo que se requiere.
—Un heredero varón, preferentemente —añadió Aubrey, mirando una planta de tallo espiralado.
—Preferentemente —repitió Theo.
Ninguno dijo nada durante un largo momento. Afuera, el sol hacía crujir las hojas del jardín. Dentro, solo se escuchaba el suave roce de las glicinas contra el vidrio.
Aubrey se puso de pie con gracia ensayada. Desde que se había mudado a Malfoy Manor había optado por intentar adoptar los modales de Narcissa y parecía estarse acostumbrando a ellos.
—Entonces me encargaré de todo. La boda será discreta. Con clase. Sin sentimentalismos. La señora Malfoy podría ayudarme.
Theo se levantó también, mirándola con una expresión que no era respeto ni afecto, pero tal vez algo más valioso: reconocimiento.
—Serás una gran aliada, Aubrey.
Ella lo miró un instante.
—Y tú un esposo... conveniente.
Ambos sabían que no habría amor. No el tipo de amor con el que Aubrey había soñado de niña, ni el que Theo escondía detrás de su misantropía cuidadosamente elaborada. Pero entre acuerdos bien trazados y silencio respetuoso, tal vez pudieran construir algo más duradero que muchas pasiones reales: una alianza invulnerable.
—Y por favor, no me despiertes temprano —dijo Theo, casi como una posdata casual—. Soy de sueño frágil y mal humor por las mañanas. Si necesitas algo antes del desayuno, tendrás que esperar.
Aubrey asintió con una leve inclinación de cabeza.
—Perfectamente razonable. No suelo necesitar compañía al amanecer.
Hubo una pausa. Theo tomó una rama de lavanda y la giró entre los dedos, como si el aroma pudiera distraerlo de lo que iba a decir.
—No me interesa lo que hagas en tu tiempo libre. Si decides tener... compañía, mientras seas discreta, no tendré objeciones.
Aubrey alzó una ceja, muy levemente.
—¿Y tú?
Theo se encogió de hombros.
—No lo creo. Pero si alguna vez lo hiciera, tampoco lo haré público. No busco escándalos.
Ella bajó la mirada. Sabía que había algo más en sus palabras, algo que no se atrevía a nombrar. Lo había intuido desde hacía tiempo. No le ofendía. Solo lamentaba que aún tuvieran que fingir. Que él tuviera que fingir.
—Te ofrezco lo mismo —dijo, sonriendo—. Si alguna vez encuentro a alguien que me despierte curiosidad, te avisaré.
El silencio se volvió casi confortable. Como si, al trazar los límites, hubieran encontrado también un poco de libertad.
—Puedo hacer un esfuerzo en público —añadió Theo—. Fingir afecto. Ser... cortés, incluso cariñoso, si eso te resulta útil con tus amistades o tus colegas.
Aubrey negó con la cabeza de inmediato.
—Prefiero la verdad. Si fueras cálido de repente, todos sabrían que es mentira. No necesito caricias ni teatralidades. Me basta con que me trates con respeto.
—Lo haré —dijo él—. Y si logramos una amistad funcional, creo que ambos saldremos ganando.
—Sí. Una amistad funcional es más de lo que tienen muchos —dijo ella, casi con una sonrisa triste.
Theo pasó una mano sobre las orquídeas que flotaban suavemente cerca de un pequeño estanque artificial.
—Dormiremos en habitaciones separadas. Salvo cuando... sea el momento apropiado para intentar concebir.
Aubrey no se inmutó.
—Lógico. Planificaré un calendario fértil y te lo haré saber con antelación. Puedo usar pociones que garanticen el éxito si lo deseas..
Él asintió sin vergüenza. La conversación no tenía rastros de incomodidad; era casi quirúrgica.
Aubrey pensó, en silencio, que alguna vez había soñado con una boda en primavera, con enredaderas blancas y música suave. No con esta alianza pulida y sin grietas. Pero al mirar a Theo, supo que podía confiar en su palabra, y en un mundo como el suyo, eso también era una suerte de amor.
Uno frío, sin flores. Pero duradero.
-o-
Blaise se recostó en la cama, mirando al techo con la luz de la madrugada filtrándose por la ventana. A su lado, dos mujeres dormían plácidamente, una rubia de piel dorada y una pelirroja de cabello largo y desordenado. Ambas desnudas, una al lado de la otra, con las sábanas arrugadas a sus pies. Blaise las observó sin el más mínimo interés, como si fueran sombras vacías que apenas se diferenciaban de la oscuridad que las envolvía. No recordaba sus nombres, ni cómo había llegado a tenerlas en su cama. El sexo habia sido bueno, siempre lo era, porque sabia que hacer para complacer a una dama, o dos. Pero no era nada nuevo, nada memorable. Solo un escape fugaz de lo que realmente le pesaba.
No sentía satisfacción. Solo el vacío familiar que lo envolvía siempre después de cada encuentro. Algo que había aprendido desde niño: gratificación inmediata. Un regalo que su madre le había mostrado en cada uno de sus matrimonios, en cada hombre rico y distante con el que se casaba, sin amor, solo por dinero. Desde que tenía memoria, había visto a su madre ir de un hombre a otro, siempre buscando una forma de llenar su propio vacío, pero nunca encontrando lo que realmente quería. Ella había tratado de llenarlo con lujos, con grandes cenas, con regalos caros, pero jamás con algo que lo tocara profundamente. Así había aprendido a ver el mundo: todo era intercambiable, todo tenía un precio.
Su madre había sido el ejemplo perfecto de lo que no debía ser. Había vivido rodeada de hombres que nunca le habían dado lo que realmente necesitaba, solo lo que podían ofrecerle en el momento. Nada de amor verdadero, solo una satisfacción temporal. Y él, Blaise, había seguido ese camino sin cuestionarlo. ¿Por qué lo haría? Era lo que conocía, lo que siempre había visto.
Draco siempre le decía que era un prostituto, aunque nunca cobraba por ello. Pero la verdad era que Draco tenía razón, en el fondo. Él solo intercambiaba su cuerpo y su compañía por algo momentáneo. No era amor lo que buscaba, ni siquiera placer duradero. Solo una forma de llenar el vacío que sentía, aunque sabía que nunca duraría.
Volvió a mirar a las mujeres en la cama. La rubia se movió levemente, entrelazando su cuerpo desnudo con el de la pelirroja. Blaise suspiró y se levantó, sin querer despertar a ninguna de ellas. Caminó hacia la ventana, donde las luces distantes de la ciudad le ofrecían una imagen borrosa de lo que era el mundo exterior. Nada de lo que había vivido hasta ahora le parecía suficiente. ¿Era esto lo que quería para siempre? ¿Más gratificación instantánea sin propósito? No lo creía.
Pensó en sus mejores amigos. En Draco, en lo que él tenía. En cómo el amor que sentía por Hermione y por su hija Enya era profundo y verdadero. Un amor que no pedía nada a cambio. Un amor por el cual Theo estaba dispuesto a sacrificar su propia felicidad. Blaise no comprendía completamente ese sacrificio, pero no podía evitar admirarlo.
Y entonces se preguntó: ¿por qué él no podía tener eso? ¿Por qué no podía encontrar un amor que lo atara, que lo hiciera sentir más allá del deseo efímero de una noche? ¿Sería tan difícil amar y ser amado de una manera real, en lugar de solo buscar la siguiente distracción?
Suspiró, apoyando las manos contra el cristal frío de la ventana. Se sentía perdido, atrapado en un ciclo que no sabía cómo romper. No entendía lo que Draco tenía, pero empezaba a desearlo más que nada en el mundo.
Quizás, algún día, encontraría alguien que lo mirara como Draco miraba a Hermione. Alguien que lo quisiera con la misma intensidad. Pero, por ahora, solo quedaba lo que siempre había conocido. La gratificación inmediata, el vacío profundo que quedaba después. Y la constante pregunta de si algún día algo real lo llenaría de verdad.
-o-
—¿Tienen idea de lo que han hecho?
La voz de Narcissa cortó el aire como un cuchillo de plata, resonando entre las paredes del salón principal. La revista, arrugada y temblando en su mano, se sacudía al ritmo de su furia contenida. El titular, en letras doradas, titilaba como una burla: "¿Campanas de boda en la Mansión Malfoy?".
Lucius bebía su té con la resignación del hombre que ha presenciado demasiadas tormentas para asustarse por una más. Hermione permanecía sentada, rígida en un sillón que parecía demasiado grande para ella, la mirada baja, los dedos cruzados con tensión sobre el regazo. No había dicho una palabra desde que comenzó la discusión. Y no pensaba hacerlo.
—Los contactos del Ministerio ya están murmurando —Narcissa seguía, implacable—. ¿Y si creen que se ha roto el compromiso con Aubrey? ¿Y si piensan que llevas una doble vida? ¿Crees que ellos, o la prensa, perdonarán semejante humillación? ¡La familia Malfoy no puede permitirse ese tipo de escándalos!
—Entonces diremos la verdad —interrumpió Draco con firmeza. Había estado callado, de pie junto a la chimenea, pero su voz se alzó como un hechizo certero—. Digamos que me casaré con Hemera Black. Para que nuestra hija tenga lo que le corresponde. Un hogar. Un apellido fuerte. Una familia.
El silencio se volvió denso. Hermione alzó los ojos un segundo, sorprendida, pero Draco no la miró. Aún no.
—¿Y Aubrey? —Narcissa preguntó con suspicacia, aunque su voz ya había bajado una octava—. ¿Estás seguro de que podremos transferir el contrato con los Nott? pobre niña…
—Aubrey y Theodore anunciarán su compromiso pronto —contestó Draco, con una certeza que parecía casi cruel—. Blaise ha estado haciendo control de daños. Solo habrá algunos murmullos, nada que no puedas manejar, madre.
La mujer lo observó por unos instantes, como si estuviera buscando una grieta en esa máscara de determinación. Pero Narcissa era, sobre todo, práctica. Y sabía cuándo una batalla estaba perdida.
Se giró hacia Lucius, dispuesta a soltar un último reproche, cuando la atmósfera cambió.
Una vibración seca, un crujido sordo en el corazón mismo de las protecciones mágicas de la casa.
La alarma de runas antiguas se disparó haciendo que las paredes vibraran en un tono rojizo que indicaba peligro.
Antes de que todos en la sala supieran que pasaba, Draco ya había girado sobre sus talones, corriendo hacia el vestíbulo, varita en mano. Hermione lo siguió sin pensar. Narcissa y Lucius intercambiaron una mirada antes de apresurarse detrás de ellos.
La puerta principal se abrió ante la presencia de su legitimo heredero, revelando el campo desierto más allá de las rejas encantadas. Y, más allá, justo al borde de la línea mágica, en el portal, Viktor Krum.
Vestía de negro. Su abrigo largo se movía con el viento como alas pesadas. Sus ojos, oscuros y hundidos, estaban fijos en la casa con una mezcla de deseo, rabia y desesperación.
—¡Malfoy! —gritó—. Devuélveme a mi mujer.
Draco apretó la varita entre los dedos. Secretamente había rogado porque estuviera muerto o agonizando en su guarida búlgara pero era demasiado pedir. Incluso que hubiera olvidado a Hermione era una idea absurda.
—No tienes ninguna mujer aquí, Krum. Y nunca la tuviste. Vete por donde viniste—. Contestó apuntando la varita a su garganta para hacerse oir a lo lejos.
—¡Ella me pertenece, Malfoy!
Lucius levantó una mano, con un gesto de advertencia que pedía silencio y estrategia, pero Draco ya había hablado.
—¡No tienes ninguna mujer aquí, bastardo! Y nunca la tuviste.
El eco de sus palabras retumbó entre las colinas, una sentencia que pareció sacudir la tierra. El aire se tensó como una cuerda demasiado estirada. Los pájaros en el bosque callaron. Y entonces, los hombres de Viktor se movieron.
Del grupo surgió una figura pequeña. Uno de los hombres lo sostenía por el brazo con rudeza, como si no se tratara de un niño.
Pequeño, delgado. Cabello negro con rizos revueltos, ojos grises inmensos. Confundido, parecía tambalearse entre la realidad y un sueño.
Hermione lo miró. Y algo dentro de ella —más profundo que el pensamiento, más hondo que el recuerdo— se quebró.
El corazón se le desbordó en el pecho.
Su respiración se hizo frágil, entrecortada. Cada paso del niño era una aguja clavándose en su pecho. Sus piernas temblaban, pero no retrocedió.
Draco sintió cómo el mundo se reordenaba en su mente. Los fragmentos del pasado, de aquel sueño compartido mientras huían, el doloroso relato en la penumbra... todo cobraba sentido.
Ese niño no era un espejismo. Era real. De alguna forma, estaba vivo.
—¿Lo reconoces, pequeña? —dijo Viktor con una sonrisa que pretendía ser amable, pero goteaba veneno.
Hermione no respondió. No podía.
—Cuando te desmayaste luego de darlo a luz, cuando creíste que había muerto… —continuó, con un tono casi tierno— lo reanimaron. Apenas unos minutos. El corazón volvió a latir. Lloró como un gato herido. No quise que lo criaras tú. No después de la manera en la que te estabas comportando. No eras una buena esposa en esa época. ¿Recuerdas?. Así que se lo di a mis hombres. Lo entrenaron, lo cuidaron. Lo alimentaron. Aprendió a leer antes que a hablar. Es muy inteligente…
Hablaba como si estuviera orgulloso. Como si estuviera describiendo una mascota exótica.
—No le contaron quién eras. No sabía nada de ti. Nunca te mencioné. Pero míralo ahora… —dio un paso hacia la reja—. ¿Puedes decir que no lo reconoces? ¿Puedes, Hermione? ¿Dime que Alek no se parece tanto a Enya que podrían ser gemelos?
sus palabras le cayeron como un cubo de agua helada.
—Si vuelves conmigo, te lo dejaré. Podrás quedarte con él. Seremos una familia. Tú, Aleksandar… y yo. Como debió ser siempre.
La dulzura se quebró de repente, se deformó.
—Pero si no vienes… —alzó la varita, lentamente—. Si te atreves a desafiarme otra vez… esta vez no volverán a reanimarlo. Esta vez será definitivo.
La varita descendió, hasta posarse en el cuello del niño.
Un hilo de sangre apareció.
No mucho. Lo suficiente para que los Malfoy y Hermione se horrorizaran.
Hermione ahogó un grito. Draco la sujetó del brazo, sintiendo que podía perderla.
—No tienes que hacerlo —susurró—. No sin un plan. No sin ayuda..
Hermione se volvió hacia Draco.
Su mirada estaba cargada de un amor terrible. Uno que dolía más que la pérdida.
Lo besó. Apenas un roce. Pero en ese instante se dijo tantas cosas que las palabras jamás alcanzarían.
Y antes de moverse, lo miró con los ojos húmedos, vulnerables.
—Cuida de Enya —le pidió con voz trémula—. Haz lo que yo no podré hacer… si no regreso.
Draco apretó la mandíbula, los ojos brillando con ira y desesperación.
Ella le acarició la mejilla como si se despidiera del único lugar en el que se había sentido segura en años…
Y cruzó.
La barrera mágica chispeó, como si el mundo entero protestara.
Draco avanzó un paso, pero Lucius lo detuvo con un gesto seco. No lo dejaría precipitarse hacia una muerte segura.
Del otro lado del portal, Viktor tomó a Hermione por el brazo con una sonrisa satisfecha y desapareció junto con el niño.
-o-
¡Hola a todos y todas! Aquí les traigo un nuevo capítulo, más largo de lo habitual para compensar mi demora. Espero que lo disfruten. Gracias por cada comentario; son lo que me motiva a seguir con esta historia, aunque el tiempo, a veces, sea un tirano. ¡Nos vemos en el próximo!
