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Abrió los ojos, como no queriendo siquiera pensar en hacer nada para ese día. La luz entre las aberturas de su dosel le obligó a dejar la comodidad de la almohada a la que yacía abrazando.
Estúpida servidumbre,habían dejado las cortinas corridas nuevamente.
Se incorporó a medias, las cobijas resbalaron de su pecho desnudo pero no le molestó el frío que pronto vino a contrastar el calor de su cama. Se quedó quieto, apoyado en sus rodillas, mirando a la lejanía, más allá de su habitación, hasta el mundo de sueños. ¿Qué había visto? ¿Qué bello recuerdo había resonado en su cabeza para desaparecer?
Se levantó, rumbo al minibar. Tomó un agua mineral, la frialdad de la sustancia recorrió su garganta, despejando su cabeza…
Entonces lo supo, había soñado de nuevo conella, se había perdido en su sonrisa, en sus ojos penetrantes y avasallantes como el mar… En el aroma de sus cabellos de seda, el azul celeste entre sus dedos, que desapareció en cuanto despertó.
Tragó lo que faltaba en su botella. Fue al baño, hasta el lavamanos y se empapó la cara. Se percató de que ya no hacía frío, su rostro le quemaba, tenía el estómago revuelto y se preguntó por qué.
Lo había oído una vez de su terapeuta, que sus sueños, recuerdos en realidad, eran la estrategia que su mente usaba para alertarlo de algo. Soñar conellaera darle forma a la consciencia, a su moral perdida hacía tantos años. Y eso era tan gratificante como problemático.
Se sonrió, mirando el reflejo de mejor ánimo frente a él. ¿Un tipo como él conconsciencia? Se secó la cara y se apresuró, otro día en la oficina le esperaba. El recuerdo de su velada, en esa estúpida presentación a la prensa, le devolvió algo de su ánimo corrompido.
Sólo necesitaba a una mujer, se dijo.
Hacía semanas desde la última vez que había retozado entre las piernas de una y su cabeza lo molestaba, necesitaba encontrar pronto donde descargar sus frustraciones y debía ser pronto. Tomó su celular de la repisa, el agua tibia para su ducha estaba lista. Encontró el número que necesitaba. Estaba más que seguro de que con sólo llamarla, sunoviacampesina asistiría a su oficina, fielmente, dócil y abnegada como lo estuvo haciendo el último año.
El recuerdo de su sueño vino de pronto, los ojos azules y duros, acusándolo…
Pero disuadió rápidamente esa palpitación… Porque para un hombre de su clase, hacía mucho que la moral y la buena voluntad sólo eran términos del diccionario.
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El Negocio Perfecto
-Capítulo 4: Dos caras, una moneda-
"El aspecto exterior pregona muchas veces la condición interior del hombre".
William Shakespeare.
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Mi noche había sido horrible, pero mi día no se quedaba atrás.
Desde la sala me llegaban los gritoneos de mi hermano, ¡era domingo y se había levantado temprano! En serio, quise estrangularlo. Pero me quedé en mi cama, viendo la televisión como seguramente ellos lo estaban haciendo. Mamá se le unió, la abuela también se alcanzaba a escuchar. Los tres parloteaban sin parar de lo que veían. ¡Ah, en qué hora se me ocurrió asistir a esta mentira! Todavía me ardía la mejilla derecha y estaba adolorida del pecho, la Medusa contemporánea pesaba más de lo que aparentaba, ¿quién lo diría?
—"Por si fuera poco, luego de su presentación, la muchacha fue atacada por una exnovia histérica. Aquí los detalles…"
Increíble, eran apenas las ocho de la mañana y los noticieros de espectáculos ya tenían una nota completa de lo ocurrido durante la noche en mi tonta presentación. Unas imágenes borrosas probaban que Pandora se me había echado encima, como la loca que afirmaban que era. Luego mostraban a dos hombres corriendo hacia nosotras, reconocí la cara de Lune en primer plano, conteniendo a todo mundo en las puertas de la terraza. A lo lejos, los dos sujetos que habían corrido, nos separaban. La pantalla se borraba entre la oscuridad, pero pude notar al señor Radamanthys y a mi jefe. La escena de nuestro beso era confusa, seguro sólo yo conseguí entenderla.
Eché un suspiro y me pareció de lo más estúpido, parecía una colegiala enamorada de su profesor. Me estruje el cabello, de por sí enredado… ¡Aah, malditas emociones! No tenía ningún sentido que me pasara todo esto. Yo odiaba con todas mis fuerzas a ese tirano esclavizador, ¡sólo era un mentiroso! Y ese beso, su confesión, era otra de sus palabrerías para darle directo en su orgullo a Pandora.
Sí, sólo era eso…
Porque luego de hacer que la sacaran del edificio, asegurándose de que todos vieran lo ridículo de su apariencia, él simplemente me soltó y me dejó en las manos de un médico que llegó poco después. Mientras atendían a mi mejilla y mi rodilla heridas, él no volvió a mirarme, ni siquiera pidió disculpas por haberme dejado sola, o por haber inventado todas esas tonterías sobre mi pasado. Eso me hizo entender: su estrategia para avergonzar a Pandora había resultado, y yo había sido la herramienta ideal para conseguirlo.
¡Idiota, barbaján,abogado! Qué frustrante era sentirme así de humillada, como si me sintiera engañada por alguien de quien esperaba mucho… Nada podía recibir de una persona así, ¡qué estúpida haberlo creído al menos un momento!
—¿Agasha? —era mamá al otro lado de mi puerta.
Me quedé callada, fingiendo que aún estaba dormida. Ella insistió, abrí la puerta y la vi saltar como si hubiera visto al ser más horroroso del mundo. ¿Tan feo aspecto tenía?
—Ay, hija… ¿Estás bien?
—Sí… ¿Qué pasa? —creo que mi voz sonó más espectral de lo necesario.
—Bueno, pensé que querrías que te despertara temprano…
¿Despertarme temprano? ¡En domingo! A punto de decirle que me dejara en paz, comprendí. ¿Hacía cuánto que no me levantaba tarde un fin de semana? Con mi amado jefe y su esclavizadora forma de trabajar, los días de descanso se habían agotado desde hacía tiempo.
Al menos ahora obtenía una recompensa de todo este caos lleno de mentiras…
—¿Quieres desayunar? Preparé hot cakes, tu papá trajo mermelada de frambuesa de su último viaje… ¿Agasha?
Salí a toda prisa. No, no por la mermelada, aunque era maravilloso saber que desayunaría algo dulce. Me metí al baño y me lavé la cara, ¡fuera de aquí ojeras asquerosas! ¡Era mi primer domingo sin ser rebajada y nadie me iba a quitar el placer de vivirlo como era debido! Le grité a mamá que en seguida bajaría a desayunar con ellos. Bajé después de una buena ducha y vestida con ropa fresca a pesar de la temporada. Mi abuela aduló mi atuendo, mi hermano se rio de mí como el chiquillo inmaduro que es.
—¿De dónde sacaste eso? —mamá siempre preocupándose. Les solté que minoviohabía tenido la gentileza de remodelar mi guardarropa.
—Aay, hija… De eso queríamos hablarte. ¿Estás segura de todo esto?
Fruncí el ceño, ¿quién podía entenderlos? Primero gorgoreaban porque la chica de la casa tenía un amante millonario… Y ahora querían tener mucha moral. Mundo loco es éste. Alcé el mentón, untando una doble capa de mermelada a mis hot cakes.
—Descuida, mamá. Todo está bajo control, ese tip… mi novio, es un hombre de bien.
—¿Cómo te enamoraste de él? Creíamos que lo odiabas…
Sonreí, abnegada: —Me equivoqué, mamá. Es una buena persona y cuando me di cuenta, él ya me quería…
Mi nariz pudo haber crecido y hacer un hoyo en el techo. Suerte que me había aprendido la estúpida historia que Lune me había dado.
—Pero él mintió sobre ti, hija. Lo vimos ayer, tu abuela prendió la tele para verAmor sin condicióncuando de repente apareciste atrás de él. ¿Qué fueron todas esas cosas de que tú no tuviste estudios? No, hija… No, no, no. Esto no me parece tan confiable como tú piensas.
Agaché la cara, echando humo por las orejas… Esa tontería de mi pasado miserable. Aah, qué vergonzoso. Si papá hubiese estado en casa para verlo habría sacado el revolver que guarda bajo la cama para ir a dispararle a mi novio mentiroso… Aunque, considerando la idea, no parecía tan malo que llegara a enterarse.
—Mamá, por favor… Eso lo hizo porque no quiere que los medios se entrometan en mi vida. Pensó que lo mejor sería engañarlos para que me dejaran tranquila…
—Y para que cuando te bote no tengas mucho pasado qué contar a nadie.
Ese había sido mi hermano, echó una carcajada que cambió a queja cuando le soné un golpe en el brazo.
—¡Qué agresiva eres, Agi! Tu novio debe sufrir mucho si tiene que soportarte. Golpeas como un luchador… —lloriqueó, sobándose el brazo.
—Y tú te quejas como una niña —estuve a punto de atinarle otro. Pero la abuela murmuró a mamá algo que no pude ignorar.
—Otra vez está vibrando esa cosa, Maguerit. Ya me tiene harta.
Era mi celular, estaba en el centro de la mesa, junto al azúcar y el café. Lo había dejado allí en la madrugada. Apenas notaba que vibraba.
—¡Oh, no! —lo agarré a toda prisa—. ¿Cuánto tiempo tiene haciéndolo?
—Desde que me levanté a hacer el desayuno… ¿Agasha, a dónde…?
Me fui corriendo a mi habitación. No había alcanzado a contestar. La pantalla me espetó en la cara más de diez llamadas perdidas, las primeras de mi amo esclavizador, las últimas tres de Lune. El teléfono cimbró otra vez en mis manos.
—Ya era hora—fue el saludo de Lune, me disculpé—.Basta, deja de parlotear… El señor Minos quiere verte en su oficina. Más te vale no tardar, hacerlo esperar lo puso de mal humor. Byaku irá a por ti.
Colgó. Sin duda, amo y sirviente eran igual de desesperantes, e impacientes. Pero no quería que mi jefe se perturbara demasiado por esperarme en mi ¡primer domingo libre! Claro, había sido demasiado hermoso pedir ese día para no poner un pie en la oficina de ese monstruo… Era mucha libertad para él, al parecer.
Vi llegar alMercedesa través de mi ventana. Le expliqué a mi mamá las cosas y salí. Entre el tráfico provocado por los arreglos en avenidas y banquetas, los treinta minutos que solía hacer en subterráneo se transformaron poco a poco en cuarenta, cincuenta…
—¿Se encuentra bien, señorita? Luce angustiada.
Byaku seguía observando a mi semblante que iba convirtiéndose poco a poco en la cara de una histérica.
—Creo que el señor Minos se molestará mucho hoy…
Tragué hondo. Byaku rio.
—Habla de él como si fuera un monstruo o algo parecido.
¿Y que no lo era? Una vez lo hice esperar, en el tiempo cuando aún era una secretaria olvidada; los documentos que me había solicitado demoraron más de lo esperado en llegar. El desgraciado me hizo transcribirlos cuando llegara a casa en la tarde. ¡Eran más de 800 páginas! No dormí nada esa noche, su amenaza era despedirme y no dejar que ninguna empresa de prestigio me contratara.
¿Monstruo? El término le quedaba corto…
—Tranquila… —Byaku me sacó de cavilar—. Suele ser un tanto impaciente, pero es comprensivo si se le sabe tratar.
—¿Tratar? ¿Con qué? ¿Millones de dólares?
Byaku no rio como habría querido. Olvidaba que era uno de los fieles más adeptos de mi señor Minos. Ignoré su mirada en el espejo. Cuando llegamos, lo vi bajar rápidamente, abrió mi puerta para ayudarme a salir.
Tomó mi mano: —Algunas personas necesitan ser comprendidas antes de ser juzgadas… Hablar no es tan difícil, inténtelo.
¿Cómo hablarle a alguien que sólo sabe mirar a los demás por encima del hombro? Suspiré… Byaku era un buen muchacho, no era como Lune, altivo y cruel, ¿qué podía motivarlo a defender a mi jefe? Me metí al edificio de la compañía, ignoré a Markino y sus adulaciones. La espera en el elevador me pareció eterna. Descubrí a Conner, la nueva secretaria, desparramada en el escritorio. La moví del hombro.
—¿Conner?
De pronto alzó la cabeza, tenía unas ojeras terribles bajo los que un día fueron unos lindos ojos azules. El cabello rubio estaba desacomodado.
—Te hizo limpiar su oficina, ¿cierto?
Ella gimió algo como un "sí". Me pregunté cuánto tiempo resistiría ese ritmo… Estiré mi brazo al conmutador, ya que ella no parecía tener la suficiente vida para anunciarme.
—¿Qué pasa?—su voz me congeló, se oía molesto.
—Soy yo, señor. Agasha.
—Oh…—algo cambió—.Pasa ahora mismo.
Empujé las puertas y cerré tras de mí. La oficina estaba limpia, sí, pero había desorden en los estantes y había basura todavía debajo de los muebles.
Dejé mi inspección a los alrededores, me acerqué.
—Buenos días, señor Minos.
Levantó su vista del ordenador. Sus ojos me recordaron nuestra velada. La calidez se había ido, me miraba ahora con atención, pensativo.
—Siéntate, ¿quieres?
Intuí que algo fuerte se acercaba, en cambio, le obedecí. Se quedó un rato en silencio, observándome como si fuera uno de sus clientes.
"¿Qué provecho sacaré hoy de ti, torpe ovejita…?",no podía haber otra frase a su mirada. Se puso de pie y rodeó la habitación, lo sentí en mi espalda pero no quise volverme.
—Tardaste demasiado, Agasha… —bien, aquí íbamos—. ¿Para qué demonios quieres un celular si no lo contestarás?
Su voz era un cuchillo ahusándose. Tragué pesado.
—Lo lamento, ayer lo dejé sobre…
—Excusas, sólo excusas —me calló. Sus manos estaban en el respaldo de mi silla—. No me interesa escuchar tus razones, sólo sirven para evadir tu responsabilidad.
Qué horror. Hacía un momento estaba pensando de él con toda mi burla, y ahora no podía ni moverme. Las acciones de Lune en el auto llegaron para mayor temor, si así era el sirviente, ¿cómo actuaría el amo?
Sentí su mano sobre mi cabeza, acariciándome. Me encogí, esperando que no fuera demasiado cruel. Que terminara rápido para ir a casa y nunca regresar…
—Parece que no te quedarán marcas.
Alcé la mirada, ¿cuándo se había movido? Estaba frente a mí, sentado en la mesa del escritorio. Sus ojos habían cambiado, no eran precisamente los del ogro asesino que imaginé. Acarició mi mejilla herida.
—¿Y? ¿Qué tal fue tu primera fiesta en sociedad? —me sonrió, afable…
¿Qué? ¿Acaso estaba hablándome a mí? Casi ladeé el rostro para mirar a los alrededores… Pero no, era a mí a quien le dirigía esa mirada tranquila.
—Ah, yo… Fue, interesante, supongo…
Él comenzó a reír: —Sí,interesante.Yo solía atemorizarme cada vez que debía asistir a un evento así. Nada me daba más miedo que hablar frente a una multitud.
Mientras más palabras salían de su boca menos podía creerlo. Pero estábamos solos, quizá a esto se refería Byaku. Tal vez, este hombre frente a mí no era un cretino, o al menos no cuando estaba a solas con alguna persona. No pude evitar sonreírle también. Tenía que admitir que su gesto amable era agradable. Deslizó sus dedos nuevamente en mi rostro, paralizándome otra vez.
—Si Pandora no lo hubiera arruinado, habría sido una fiesta perfecta, ¿no lo crees?
Moví la cabeza, tratando de negar: —No importa, ella… creo que no estaba en sus cabales. Y sólo es un raspón, no tiene nada de extraordinario-o… ¿se-señor?
Balbuceé cuando sus manos estuvieron en mis hombros.
—No dejaré que vuelva a tocarte —se inclinó a mí—. Nunca más…
Su rostro cerca del mío me anunció lo que sucedería. Pero todavía no entiendo por qué lo dejé besarme tan fácilmente. La maligna voz de mi consciencia me dijo que eso era una trampa y yo, idiota, la ignoré. Su boca se apartó de la mía un momento, me levantó de la silla y me abrazó contra su cuerpo. Sin tacones era demasiado alto para mí, apretó mi cintura para alzarme, restregándome en su pecho. Mi conciencia se activó al fin.
Me aparté, usé mis brazos para empujarlo. Tenía la mirada medio perdida, yo debía tener la mía con la misma apariencia. Observé el desorden que antes había tenido mi atención. Carraspeé.
—Parece que Conner no se ha acostumbrado a la limpieza…
Era un tema estúpido, pero yo quería olvidar todo ese asunto. Caminé al sillón cerca de la puerta, usaría la primera oportunidad para escapar. Levanté las revistas que habían quedado desperdigadas en la mesa de centro.
—Creo que vendré unos cuantos días para ayudarle y decirle cómo…
Me callé. No escuché cuándo caminó hasta mí, sólo sentí su presencia en mi espalda. Rodeó mi cintura, su nariz acarició mi hombro.
—¡Qué-qué hace! No hay personas, no… no hay prensa, déjese de tonterías… —me removí, el me apretó más.
—Cállate —volvió a sonar letal—. ¿A quién le importa la prensa?
Me giró a él, rápido. Se apoderó de mis labios, su beso fue duro, estremecedor. Me empujó, mi pantorrilla golpeó la mesa, no tuve tiempo para quejarme. Me deslizó en el sofá y se sentó junto a mí. Se quitó el sacó, su mirada ambiciosa me llenó de miedo.
—Quédate quieta, ¿quieres? —mi corazón tembló, bajó nuevamente a mi rostro, sentí su mano hurgando bajo mi blusa. Besó mi cuello, luego mis labios.
—Por favor, no… No haga esto —dejé salir como un hilillo. Vino el recuerdo de su mirada diciendo que me amaba, su actitud gentil, todo un engaño.
—Silencio —musitó acariciándome—. Trata de disfrutarlo. Puedes imaginar que soy alguien más… No importa, no interpongas tus sentimientos en esto. Sólo es un negocio, te bonificaré bien en tu cuenta de ahorro, lo prometo.
Me mordió el hombro, su lengua recorrió el arco de mi cuello. No sentí nada, nada, nada… Mi piel se estremecía bajo sus caricias, pero no había nada más. Estaba hueco, su aroma, su peso sobre mi cuerpo, todo parecía muerto. Sentí mis lágrimas surgir. Cerré mi mano en un puño y escuché un estrépito cuando lo golpeé en la boca. Oí que se quejó adolorido, lo empujé con todas mis fuerzas.
—¿Sólo un negocio…? —musité entre dientes, lo vi acariciarse el labio hinchado—. ¡No me joda con eso! Piensa que esto es muy divertido, ¿no? Sólo soy la herramienta para alcanzar sus objetivos, pero… pero… ¡ahora me trata como a una prostituta! ¿Cree que quiero su maldito dinero? —me puse de pie—. No, ya no me interesa… ¡Por mí váyase al diablo con toda su empresa y su reputación! ¡Yo estoy harta!
Recogí mi bolso y caminé a la salida. Conner casi cayó al otro lado de la habitación cuando abrí la puerta sin que ella lo previera. Marché, dando trompicones, directo a los baños en el segundo piso. Me miré al espejo, tenía la cara roja y el pelo revuelto. Me enjuagué los rastros de su boca en mi piel y comencé a llorar de nuevo.
¡No existía bondad en ese sujeto! Pero, si hubo algo que me hizo rabiar más allá de saberlo un manipulador, fue entender que yo carecía de tanta inteligencia como él de gentileza.
Si estaba llorando allí, con el aspecto de una mujerzuela, ¡era sólo por mi culpa!
Pero no más… era suficiente.
Este estúpido negocio había terminado.
~O~
Fui a casa después de asegurarme de que mi aspecto había mejorado. Llegué a la puerta, todavía con el ánimo decaído. Me di cuenta de que no había llevado mis llaves conmigo, así que llamé a la puerta. Pillé un raro movimiento al final de la calle, agucé la vista: Era un reportero… Volví a tocar, casi hundiendo mis nudillos contra madera.
Alguien abrió por fin. Pero no era mamá, ni la abuela…
—¡Bienvenida!
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿Celinsa? —dejé salir como un murmullo. Ella me metió de un tirón, me abrazó hasta sacarme el aire.
—¡Oh, Agi te extrañé tanto!
Me soltó cuando se dio cuenta de mi cara morada por la falta de oxígeno. Caminó directo a la cocina.
—¡Agasha está aquí! —me anunció, siempre tuvo esa confianza con mi familia.
Pero no era cosa que desconcertara. Habíamos crecido juntas, más que primas, parecíamos hermanas. Su madre y la mía lo eran, pero tía Erika había fallecido cuando teníamos cinco años, y angustiada de que Celinsa creciera con dificultades, mamá acostumbraba traerla desde su casa para que estuviera con nosotros. Asistimos a la misma escuela hasta el colegio, ella fue a otra ciudad a estudiar Gastronomía, hacía más de cuatro años que no nos veíamos.
—¿Cuándo llegaste? —le pregunté a la hora de comer. Ella cocinó para nosotros, ¡vaya anfitriones éramos!
—Hoy en la mañana. Llegué, pero tú ya te habías marchado.
Me miró con atrevimiento, supe que quería sacar el dichoso tema que estaba rondando en los programas de espectáculos. Pero yo me entretuve con la salsa del espagueti.
—¡Delicioso! —adulé, no mentía—. Te sirvieron las clases.
Celinsa se rio conmigo: —¿Verdad que sí?
—Yo quiero más —mi hermano alzó su plato. Era la tercera vez que lo hacía, mamá lo reprendió.
—Está bien, tía Maguerit. Hay suficiente para todos.
Celinsa sirvió nuevamente, cocinó un postre,browniecon almendras. Había preparado una comida y un postre en menos de cuatro horas. Me sentí acomplejada…
—Serás una gran esposa —como si no tuviera ya muy poca autoestima, escuché que mamá la halagó. Mi prima se puso roja, agarrándose las mejillas con embarazo.
—¡Tía!
Sonreí, al menos me sentía feliz de tenerla de nuevo con nosotros. Noté el brillo en uno de sus dedos.
—¿Qué es eso? —apunté, ella me pasó su mano izquierda.
Me dijo llena de orgullo y nerviosismo:
—Me casaré, Agasha.
Observé la sortija, parecía perfecta en su dedo.
—¿Cuándo?
—Todavía falta un año —contestó mamá, todos parecían saber del asunto mucho mejor que yo.
—Así es, por eso vine. Mi novio y yo decidimos casarnos y mudarnos a vivir aquí porque es donde vive mi familia. ¿No te da gusto?
Aferró mis hombros, su sonrisa fue envidiable. Asentí, sonriendo también.
—¡Claro que me da gusto! Felicidades —la abracé fuerte aunque el pecho me doliera con desazón.
Subimos a mi habitación. En el pasado, cuando ella se quedaba en casa, dormíamos juntas en una litera que ya no existía. Pero mi cuarto era grande y había espacio suficiente para improvisar una cama en el suelo.
—Lamento venir a causar alboroto tan de repente —me dijo cuando estábamos tendiendo todo.
—Para nada, para nada. Estoy muy feliz de tenerte de vuelta.
Celinsa dio vueltas en mi silla de escritorio: —Ya quiero que lo conozcas, Agasha. Es un hombre increíble, te caerá de maravilla…
Habló durante la media hora siguiente. Yo la escuché, atenta, a pesar de que sentía mi cabeza en otra parte. Su nombre era Teneo no-sé-qué, era un griego de apellido impronunciable. Lo había conocido en una de sus prácticas profesionales, ella había ido a un hotel para cocinar y él la supervisó. Su relación de maestro-aprendiz se transformó con el tiempo en algo más íntimo, hasta que él le pidió matrimonio un año atrás. Así que mientras yo entraba al infierno de un trabajo capitalista, mi prima gozaba del amor y los preparativos de su boda.
La vida debía odiarme…
—¿Agasha?
Me atrapó distraída. Qué torpe, ni siquiera podía prestarle atención a mi querida prima porque un loco greñudo me nublaba el pensamiento.
—Parece que es una gran persona —le dije. Suficiente para que ella se embelesara.
—¡Es maravilloso! Me comprendió perfectamente cuando le dije que quería casarme aquí. Él se muere por conocerlos. En cuanto vea a su hermano en Grecia para avisarle de todo, regresará para hacerlo.
Sonreí, diciéndole que esperaba ansiosa ese momento. Luego volví a sumirme en otro silencio.
—¿Qué hay de ti, Agi? —su tono pícaro atrajo mi atención—. ¿Qué se siente ser novia de un millonario?
Bajé la cabeza encogiéndome de hombros: —No tiene nada de extraordinario…
Sólo había que soportar los modos y malos tratos de mi jefe, que además había resultado ser un verdadero pervertido… Fuero de eso, todo era muy normal.
—¡¿Cómo que "nada de extraordinario"?! —Celinsa se puso de pie, examinó mi armario—. Tía Maguerit me ha dicho otras cosas… Tienes un guardarropa que hasta mí me da envidia. Sales en televisión como si fueras la actriz más famosa del mundo. ¿No tiene algo de extraordinario todo eso? Y deberías estar más que satisfecha, Agasha. ¿No eras tú quien siempre nos decía que te morías por trabajar para Minos Van der Meer? ¡Ahora sales con él! Buen trabajo —me guiñó el ojo, yo me habría arrojado de la ventana de haber podido.
Pero sus palabras me hicieron reflexionar. Pensé en mi vieja yo de hacía un año. Después de haber estudiado una carrera que me disgustaba, lo único que me quedaba era explotarla lo más posible. Justo por aquellos meses después de haber egresado, me había enterado de que el puesto de asistente de la oficina del señor Minos estaba disponible. Me postulé, completamente segura de que sería rechazada por mi inexperiencia. Aún recuerdo la llamada de Lune a quien nunca vi en persona, diciendo que había sido aceptada. Mi trabajo como esclava del tercer titán de la compañía más grande del país había comenzado. Pero apenas me preguntaba la razón de tanto escándalo…
¿Por qué nos guiaremos siempre por lo que vemos? Qué patéticos somos los seres humanos. Vemos brillo e intuimos oro… Qué triste darnos cuenta de que no fue más que el resplandor de un pedazo de metal. Y he ahí a la torpe Agasha con su lámina de fierro amarillo, engañada, burlada, ¡qué buena lección me habían dado!
—Agasha, tu celular está sonando —mi prima apuntó mi bolsillo. Saqué el teléfono: Lune otra vez.
Apreté el aparato con la mano, rechacé la llamada. Llamó de nuevo a los cinco minutos, volví a colgarle. Pensé en apagar el celular pero Lune se me adelantó llamando otra vez. Contesté y salí de la habitación.
—¿Qué es lo que quieres? —solté sin saludar.
—¿En dónde estás?—no le respondí, el añadió: —El señor Minos quiere verte…
—¡Pues yo no quiero verlo a él!
Le colgué, apagué el teléfono de una vez. Me sentí como una idiota, habría querido decirle tantas cosas a ese perro faldero. Ya daba igual…
—¿Agasha? —qué vergüenza, Celinsa había escuchado todo.
Tenía que calmarme. Sí, mi mundo era un asco y mis fantasías nunca se harían realidad, pero mi familia no tenía culpa en ello. Sólo yo, yo, yo, y mi tonta manía de querer agradar a todo mundo. Si no hubiera dicho que sí a la propuesta de mis padres de estudiar Comercio… Si no me hubiera postulado para ser la secretaria de Minos Van der Meer, si hubiera tenido dignidad para decirle NO a su estúpido trato…
Si no hubiera involucrado mis sentimientos en esto…
Me quité las lágrimas antes de mirar a la puerta. Le sonreí a mi prima: —¿Quieres ir a comprar un helado?
~O~
Pasamos la tarde comprando nieve y otros postres que Celinsa prometió preparar por sí misma un día. Rentamos algunas películas y las vimos hasta ya muy tarde junto al resto de mi familia.
Uno a uno, dejaron la sala para ir a dormir. Celinsa y yo resistimos hasta que el reloj señaló la una. Volteé al sofá donde ella estaba recostada, tenía ya los ojos cerrados y la cabeza tapada a medias con una manta. De pronto abrió los ojos, se sentó y dio un largo bostezo.
—Estoy muerta, el viaje me dejó agotada… Me voy a la cama, Agi.
—Usa la mía, yo dormiré en el piso hoy.
—¿Segura? —asentí—. Bueno, gracias. Descansa…
—Tú igual. Buenas noches…
La escuché subir las escaleras y decirme algo como "no te acuestes muy tarde", a lo que yo apenas respondí. No tenía sueño ni ganas de descansar. Me cambié al sofá donde mi prima había estado, la película terminó sin que nadie la viera. Saqué el celular de mi bolsillo y lo encendí, dudaba que Lune llamara a esa hora. Tecleé mi lista de números y me detuve en el de Shion. Con tantos líos no había pensado en él durante todo el día. ¿Habría visto el anuncio formal de mirelacióncon el señor Minos? Se me revolvió el estómago de sólo imaginarlo…
Torcí el gesto, ¡me sentía tan molesta conmigo misma! Mis emociones eran una masa revuelta que ni yo entendía. Ya no sabía contra quién sentía coraje, por qué estaba deprimida o qué razones tenía para seguir con mi vida sin temor a fracasar. Me habría gustado taparme con las sábanas y quedarme allí dentro para siempre. La idea de llamar a Shion vino a mi cabeza, ¿estaría despierto? Lo dudaba, además, según papá, una chica nunca debe llamar a un chico. Si él quiere algo serio, él mismo buscaría a la susodicha… Pero Shion tampoco parecía dispuesto a llamarme, mientras que mi jefe lo hacía más de lo necesario. Sólo para darme órdenes, por su puesto.
Cansada de tanto pensar, me dormí. Al día siguiente, mamá propuso la idea de pasear con Celinsa por la ciudad.
—Ha cambiado mucho desde que te fuiste.
Mi prima aceptó entusiasmada, me pidieron que fuera con ellas pero me negué. Se llevaron a la abuela y mi hermano se fue a la escuela. Sola, tuve tiempo de organizar cosas en mi habitación. Tenía meses que no metía una limpieza decente entre los muebles y las esquinas. Encontré pares de calcetines perdidos, telarañas y grillos. Al final, todo brilló como nuevo. Bajé a la cocina por un pedazo debrownieque había sobrado la tarde anterior y luego volví a mi habitación. Revisé mis correos por internet, reconocí el nombre de la compañía sobre el recuadro del ASUNTO.
»Te espero a las 10:00 am, frente a la estación donde sueles tomar el subterráneo para ir a trabajar.
Si no vienes, iré a por ti a tu casa y te obligaré a salir.
Sabes que no bromeo.
Lune.
Rechiné los dientes. Sí, sabía que no bromeaba, era capaz de eso y más… Pero esta era la oportunidad que esperaba para que me dejaran tranquila. Faltaba poco para la hora acordada. Me vestí en condiciones para salir, pronto tendría que despedirme también de este bonito guardarropa. Corrí hasta la estación, vi a Lune recargado en el auto negro.
Me acerqué, él reparó en mi presencia. No supe qué decir o cómo comenzar.
—Llegas temprano, sorprendente.
Apreté las cejas: —¿Qué quieres?
Él se movió, puso la mano en la manija delMercedes:—Sube al auto…
—No —me miró, un tanto sorprendido. Sonrió.
—¿Aún piensas que el señor Minos es un manipulador?
Yo me sorprendí esta vez, pero el enojo me dominó de nuevo.
—No lo pienso. Élesun manipulador. Cree que puede usarnos como se le antoje o que todos debemos estar a su merced… Ya me cansé de eso, no pienso continuar con esta tontería. Estoy harta.
Lune se quedó quieto, tranquilo como siempre. Ah, seguro se burlaba de mí. Volvió a hacerse a un lado y abrió la puerta.
—Sube, quiero mostrarte algo —me quedé en mi lugar, no me darían ordenes de nuevo—. Anda, te doy mi palabra: si después de ver lo que voy a mostrarte aún quieres cerrar tus tratos con nosotros, no te lo impediremos.
Hubo tanta certeza en su mirada que terminó convenciéndome. Pero no le serviría de nada, nadie me convencería de cambiar mi decisión. Lune le indicó a Byaku que podíamos irnos, no le dijo a dónde, él sólo arrancó el auto y nos movimos. Nadie habló en todo el camino. Cuando nos detuvimos, Lune bajó primero, Byaku bajó sus muletas donde se apoyó para mantener la puerta abierta para mí. Miré desconcertada el cuadro puesto frente a mí, a las inmensas columnas y las largas escaleras. Era la Suprema Corte.
—Sígueme.
Así lo hice, sería la primera vez que entraría a ese lugar. Lucía más grande e imponente que en las películas. Vimos personas ir y venir, algunas puertas cerradas, otras abiertas. Nosotros continuamos en línea recta hasta doblar a la derecha por otro largo pasillo. Llegamos a dos grandes puertas que eran custodiadas por un oficial, Lune musitó algunas palabras y nos dejó entrar. Era una sala pequeña, la mayoría de los asientos para el público estaban vacíos. Seguí a Lune hasta la hilera más alejada del estrado y no sentamos. Una mujer con toga negra estaba en el asiento más elevado, un muchacho estaba al lado derecho, tenía la cabeza agachada, nervioso por las preguntas que le lanzaba un hombre alto de cabello azul.
—No más preguntas, su señoría —terminó, el pobre chico se veía aliviado.
Alguien más se levantó. Reconocí el cabello blanco y el porte fatuo. Mis objeciones por estar en ese lugar se terminaron al ver al señor Minos, escuché su voz firme, haciendo preguntas al mismo joven, luego al hombre que pidió que pasara al estrado. Su actitud se volvió demandante, sardónica. Lune vio mi cara de duda.
—Es una demanda —susurró sin verme—. El cliente del señor Minos fue acusado por el dueño de una franquicia de televisiones, es el hombre al que acaba de llamar al estrado. Lo demandó por robar varios equipos.
Guardó silencio. Yo no podía creer que estuviera defendiendo a alguien que era claramente culpable. Las preguntas hacia la parte afectada me respondieron, el dueño de la franquicia no era tan buena persona después de todo. Robaba salario a sus empleados, los maltrataba y fabricaba equipos con mobiliario de mala calidad. El señor Minos sacó toda la evidencia, documentos, testimonios, el hombre en el estrado no cabía de la vergüenza.
Finalmente, la jueza pidió que ambos abogados recapitularan. El hombre de cabello azul se levantó, también tenía una voz grave y una mirada tajante. Exigió justicia para su cliente al jurado.
—Un crimen sigue siendo un crimen. Aunque mi cliente tenga ciertas manchas en su historial, aún es víctima de un ladrón.
Terminó. El señor Minos se puso de pie. Miró al jurado fijamente, incrédulo.
—¿Quién acusaría a un hombre pobre por tratar de sobrevivir? ¿Hay aquí alguien que se atreva a lanzar una mirada acusatoria sin rectificar en sus propias culpas? Este joven… Este niño, no es más que el resultado de lo que esta sociedad altiva ha creado. Orillamos a una persona a la miseria, a que acudiera al robo como única herramienta de supervivencia. Él robó, sí, pero lo hizo por un deseo que va mucho más allá de la riqueza… ¡Quería sobrevivir! ¡Quería vender aquel material para darle de comer a su madre y sus hermanos! Ahora tiene que estar aquí, sentado, recibiendo nuestras acusaciones por lo que como sociedad hemos creado… ¿Justicia? No la encuentro por ningún lado. Si él merece recibir las consecuencias de sus actos, lo correcto sería otorgarle otra oportunidad, que pague sus errores con servicio comunitario, la cárcel es para quienes no han aprendido la lección y les juro que él ya la aprendió. Piénsenlo bien, piensen en sus propias circunstancias, y otorguen un veredicto para él como si se tratara de una víctima también.
Guardó silencio y volvió a su lugar. Mis manos picaron por aplaudir, pero estaba intrigada todavía. El jurado deliberó por algunos minutos, pasaron su veredicto a la juez quien anunció en voz alta la calidad de inocente para el acusado. Su único pago sería el solicitado por el señor Minos, servicio comunitario por catorce meses para saldar su deuda. El hombre de la franquicia echó humo por las orejas, salió junto a su abogado. Mi jefe permaneció en su sitio, oyendo repetitivos "gracias, gracias, gracias" de parte de su defendido. Lune se levantó y tomó de nuevo sus muletas.
—Vamos.
Salimos antes de que el señor Minos nos viera. Caminamos por el mismo pasillo pero no fuimos hasta la salida. Lune nos dirigió hasta otra enorme estancia, una especie de recepción que para esa hora estaba solitaria. Me dio la espalda, contemplando una pintura sobre un jarrón.
—¿Nunca te has preguntado por qué el señor Minos sigue laborando como abogado independiente? Es dueño de la tercera parte de la compañía y trabaja como asesor legal de la misma. Recibe el dinero suficiente. Trabajar para otros clientes es sólo una carga pesada a su agenda que de por sí ya es exhaustiva…
No pude contestarle, era la primera vez que pensaba en eso. Ni siquiera lo había intuido antes. Pero, alto… ¿ahora resultaba que este hombre era un buen samaritano dispuesto a ayudar al necesitado? Qué pamplinas.
—Eso no cambia que él sea un controlador —me atreví a decirle—. Qué importa si es muy bueno ayudando a la gente, con otros tiene una actitud totalmente diferente. No sabe lo que se siente ser manipulado, y piensa que defendiendo a unos cuantos puede tranquilizar su consciencia.
Lune se volteó al fin. Tenía un semblante calmo, pero en sus ojos algo relucía. Me alejé un paso, pero el soltó una pequeña risa. Se sentó en el sofá a su lado y entrelazó las manos sobre sus rodillas.
—Seguramente conoces la historia de la familia Van der Meer. Claro que sí, cualquier ignorante la conocería… El primer hijo de Asterion Van der Meer vino de su primera esposa, la cual murió al dar a luz al actual jefe de la compañía, el señor Radamanthys. El segundo es el señor Aiakos, hijo de la segunda esposa de Asterion quien todavía vive, tiene dos hermanos más pero ambos viven en Europa. Así que nos queda sólo uno: el tercer gran empresario de la compañía y que, por supuesto, es el señor Minos. Las habladurías dicen que su concepción es ilegítima. Pero nada ha sido comprobado oficialmente…
Guardó silencio un breve segundo, luego suspiró bajo.
—Lo que nadie sabe es que, en efecto, todos esos rumores son ciertos.
"La madre del señor Minos era recamarera de la mansión Van der Meer. Soportó cada trato indigno con tal de gozar del derecho a vivir en la casa mientras trabajara. Ella era de bajos recursos, tenía un hijo y estaba sola. Así que prefirió dejar su dignidad por la seguridad de su familia. Lo que nunca sospechó fue que el amo de la casa pondría sus ojos en ella. Algunos dicen que su relación fue consensual, otros afirman que ella siempre estuvo obligada a verlo. No importa… El punto es que de esa unión clandestina nació otro hijo, uno que llevaría la carga de ser un heredero si acaso Asterion llegaba a reconocerlo como tal".
"Creció en la casa, como otro siervo más. Mientras tanto, Asterion comenzaba a entrever sus planes para forjar una gran compañía, tenía las herramientas necesarias, fama, capital y dos cabecillas que usaría bien para su cometido. Pero faltaba algo. Entonces se acordó de aquel hijo bastardo, quien seguía viviendo allí junto a su madre. Sin embargo, Asterion se percató de algo, el primer hijo de aquella sirvienta parecía más atento y talentoso que aquel que tenía su propia sangre. El parecido entre los hermanos era tal que nadie sospecharía cuál provenía de sus genes y cuál no. Así que ofreció un trato a su madre, le daría su apellido a ese primer hijo, le otorgaría todos los beneficios de ser un heredero, pero a cambio la echaría de la casa, nadie se enteraría de su existencia, ni la de aquel segundo hijo que engendraron. La respuesta era obvia…"
Me estremecí: —Aquel primer hijo era…
—El señor Minos, sí. Era un adolescente en ese entonces. Ofreció un trato para su madre y su hermano menor, ellos se irían, jamás volvería a verlos, pero vivirían dignamente en algún lugar. A cambio, jugaría la apuesta que Asterion quería para él. Tuvo que ver marchar a su familia para unirse a una que nunca lo aceptó. Pero eso no es todo…
"Con el tiempo, el señor se adaptó a su nueva vida. Recibió los estudios concernientes, Asterion no había errado: era prodigioso. Tenía porte y convicciones dignas de los nobles de antaño. Finalmente, ingresó a la escuela de Derecho y comenzó los preparativos para emprender la compañía que hoy en día conocemos. Todo marchaba perfectamente, según los planes de supadre,hasta que algo ocurrió. El señor Minos se involucró con una mujer que ante los ojos de la familia Van der Meer era indigna. Una florista, dedicada a los ornamentos de la casa. El señor la amó tanto que estuvo dispuesto a hacer a un lado el trato que tenía con sus hermanos y que dictaba involucrarse con mujeres de familias poderosas. Los enfrentó, a su padre incluso, pero él lo amenazó. Si acaso se atrevía a cumplir aquel "capricho" sería su verdadera familia quien pagara, su madre y su hermano menor perderían todo apoyo económico. La florista de la cual se enamoró también fue advertida, la convencieron de dejar el país y cortar todo contacto con él. Hasta el día de hoy, el señor Minos no ha vuelto a saber nada de ella".
Todo quedó en silencio.
No pude decir nada, y aunque hubiera podido, no lo habría hecho. Aún estaba tan llena de dudas, pero la historia de Lune era como el viento llevándose la niebla. Quité mis ojos del piso y lo miré, había sinceridad en su mirada. No mentía, y, oh cielos, eso me dolió más.
—Dijiste que él no sabía lo que era ser manipulado. ¿Ahora lo entiendes…? Si hay alguien que sabe lo que es ser tratado como un títere, es él —me espetó.
Sentía miles de preguntas bullir en mi garganta, palabras de disculpa y lamento.
—¿Por qué me dices todo esto? —salió al final. Tenía que cuestionarlo. No había razón para tanta honestidad.
Lune enarcó la ceja.
—No te confundas. Aún pienso que eres una niña malcriada… Pero, si debo elegir entre la frivolidad de Pandora y tu cabeza hueca, prefiero que seas tú quien esté al lado del señor Minos. Él ya tuvo suficiente de ser tratado como una herramienta.
¿Y eso le daba derecho a tratar a los otros como una?
Sí, todavía le guardaba rencor. No podía tolerar que se burlara de mí como lo había hecho. Aunque, mi odio ya no era el mismo. Mi ceño fruncido se ablandó lentamente, pensándolo allí solo, en esa gran mansión, sabiéndose despreciado por sus hermanastros y su propio padre adoptivo. Perder al amor de su vida… ¿cómo podía vivir con eso?
Nada justificaba su actitud altanera, ni su soberbia. Pero al final, esta era la verdad: nadie es perfecto, ni siquiera Minos Van der Meer. Y yo tampoco.
—¿Qué harás ahora? —preguntó Lune.
Resoplé. —Supongo que, hablar con él.
Por primera vez, la sonrisa de Lune no me pareció aterradora. Se levantó nuevamente y se adelantó diciéndome que lo siguiera. Llegamos hasta la salida de la Suprema Corte y esperamos a Byaku. Subí al auto sin rechistar más, pero no supe a dónde nos dirigiríamos. Dejamos la ciudad al cabo de algún tiempo y salimos a la carretera. Después de 20 minutos, nos adentramos por un camino a la derecha, el carro se batió en el trayecto empedrado que estaba rodeado de árboles bien podados. Dimos la vuelta una pequeña fuente y nos detuvimos. Intuía en mis adentros hacía donde estaríamos yendo pero, ¡oh qué rayos! ¡Nunca imaginé estar frente a la mansión del señor Minos!
Seguro quedé con cara de boba al salir. Aunque no era la mansión principal de los Van der Meer, era grande, bien diseñada y muy bonita. La fechada era de piedra, casi como se la hubiesen esculpido en alguna roca gigantesca. Y en vez de lucir medieval y aterradora como pensé que sería –sí, siempre comparé a mi jefe con Drácula– parecía fresca y llena por la luz filtrada entre las ramas de los pinos a nuestro alrededor.
Lune me sacó de mi idiotizada inspección y me dijo que lo siguiera.
—Una cosa más —habló mientras subíamos las elegantes escaleras—: Que quede entre nosotros lo que te he dicho. No creo que al señor Minos le agrade mucho la idea de que alguien conozca tan detalladamente su pasado.
Asentí, temerosa, eso de "desagradar" a su señor Minos ya no me gustaba mucho…
Entramos a un salón adornado con aires clásicos y románticos, no lo sé, nunca ha sido mi fuerte eso de las decoraciones. Lo que en definitiva sé, es que era igual que el resto de la casa: excepcional. Un ventanal gigante era la pared al frente, la luz en la estancia era tanta que no parecía que estuviera atardeciendo.
—Espera aquí.
Fue lo único que Lune dijo antes de marcharse y cerrar.
No mentiré, soy de las personas a las que les gusta la soledad. Me molestan los berridos de mi hermano por la mañana, y los gritoneos de mamá para callarlo. Así que quedarme allí sola, en lugar de causarme miedo, me fascinó. Pude espiar cada rincón de ese enorme cuarto a mis anchas. No demoré mucho en darme cuenta de que su uso principal era el de una biblioteca. La pared a mi izquierda estaba llena de libros y una escalera en forma de caracol permitía ir al balconcito de madera donde se podía encontrar más. Yo no soy un ratón de biblioteca, pero tengo que admitir que con sólo verlos ahí, daban ganas de leerlos todos. Me senté en los sillones de orejas anchas que había junto a una chimenea, luego fui al escritorio en una de las esquinas.
No sé por qué pero, todo ahí me recordaba al señor Minos. El aire callado y monótono, era como una representación gráfica de él. Me lo imaginé en la silla de su escritorio y me senté en ésta para echar una mirada al frente desde allí. Esta era la vista solitaria que él tenía que soportar. Siempre en silencio, sin ninguna compañía más que la de sus libros…
—¿Estás cómoda?
Eché un quedo gritito, lo miré, ahí parado en la puerta. ¿Cuándo había llegado? Me levanté de inmediato, rodeé el escritorio, alisándome la ropa. ¡¿Por qué estaba tan nerviosa?! Él entró, tenía una mirada acusatoria.
—Así que la irrespetuosa secretaria decidió regresar, ¿no? Vaya novedad.
—Yo no…
—¿Te crees tan importante como para volver aquí y pensar que te aceptaré de regreso?
Me quedé sin habla, enojada nuevamente. ¡¿Qué otra cosa podía esperar?! ¡Este hombre no cambiaría!
—No vine aquí a escuchar cómo me ofende,señor…Creí que podríamos arreglar lo ocurrido ayer, pero, no sé cómo pude pensar algo como eso.
Caminé para salir de allí, él se interpuso, sonriéndome con pugna.
—Déjeme pasar… —mis ojos centellearon, oí pasos detrás de él. Lune había entrado, traía algo en las manos. Mi amo tomó aquel ramo de flores y lo puso frente a mí.
—Que quede saldada mi deuda con esto. Porque no pienso pedirte disculpas de otra forma…
Lo escuché, oh, claro que lo escuché. Era él quien había hablado, fue su voz la que me llenó los oídos y el corazón. ¿Era otra estrategia? ¿Otra artimaña para someterme? Oh, por qué era tan desesperante estar con este hombre… ¡¿Por qué me dolía tanto el pecho cuando lo veía sin su típica altanería?! ¡Por qué, por qué?!
Se acercó a mí, arqueando una ceja:
—Cuando alguien te da flores, tú debes aceptarlas, ¿sabes?
Reaccioné por fin. Levanté las manos y envolví el ramo, eran tulipanes… ¿cómo habría descubierto que eran mis flores favoritas? Sólo era coincidencia.
No pude verlo más. Oí que Lune salía, pero continué con el rostro agachado.
—Gra-gracias… —musité. Lo escuché reír.
—No es necesaria tu gratitud. Esto es la compensación por haber roto la parte de las condiciones que solicitaste en nuestro trato. Como dije, mi deuda queda saldada. Podemos recomenzar este negocio si no estás demasiado asustada para hacerlo…
Abrí los ojos, sorprendida: —¿Aún quiere continuar? Pensé que me despediría.
Terminó con la poca distancia que teníamos entre nosotros. Me quitó las flores y las puso sobre el escritorio. Rodeó mi rostro con las manos.
—¿Despedirte? ¿Terminar…? Pequeña, si esto apenas comienza…
Ahí estaba, el temblor soso de mi estómago y el latido frenético en mi venas. Y creo que él supo que era capaz de provocar todo eso en mí, pues mientras más me sentía estremecer, más intensa se hacía su mirada. Se acercó a mi boca y me besó, dudoso al principio. Mi aceptación lo motivó a acercarnos más, cerró mi cintura con sus brazos y me dejó aferrarme de su espalda para sostenerme. Sonrió de pronto, en medio de mis labios. Se separó apenas de mí, riendo con los ojos.
—Nada mal para un beso de práctica… —dejó otro suave beso antes de soltarme.
Alguien llamó a la puerta, mi oportunidad para recuperar el aliento. Un sirviente asomó la cabeza, tenía el rostro agitado.
—Señor…
—¿Qué sucede? —mi jefe se acomodó el saco, su calma cambió totalmente cuando oyó el anunció:
—Su padre está aquí.
Lo admito, la noticia también fue intensa para mí. Después del hormigueo y la emoción en mi cuerpo, la sensación de temor resultó muy contrastante.
Sobre todo por darme cuenta que, así como en mí, la tranquilidad del señor Minos había desaparecido.
