.
~oOo~
.
.
El Negocio Perfecto
-Capítulo 5: Caminos de desilusión-
"Hay tres días en mi vida que marcarán mi historia: el que nací, el que moriré y el día en que te perdí".
Anónimo.
.
Escuché el eco de nuestros pasos, resonando claros contra el piso.
Bajamos las mismas escaleras por donde yo había subido junto a Lune algunos minutos atrás. Ya era de noche, los ventanales filtraban la luz plateada de la luna y las lámparas estaban encendidas. Llegamos al gran recibidor, era casi una foto de portada para un libro de grandes mansiones con todo ese resplandor dorado, el candelabro gigante en el techo debió costar miles y un esfuerzo agotador para quien sea que haya tomado el riesgo de subirlo.
Pero, nada de eso tuvo importancia para mí.
Abracé las flores a mi pecho, atenta a la espalda recta e indiferente del señor Minos. No había vuelto a mirarme desde que escuchó la noticia de su sirviente. Intuía que ya no lo haría, al menos por ese día.
Escuché los pasos de los sirvientes que iban hacia la puerta, tuve que estirar el cuello para mirar al costado de mi jefe.
—Bienvenido, señor Van der Meer —la servidumbre se inclinó, parecían de esos soldaditos de juguete programados. Pero el hombre que cruzó la puerta y atravesó por en medio de ellos, los ignoró. Caminó con la cabeza alta y la sonrisa ancha hacia mi jefe.
—Ahí está —su voz era grave como la del señor Radamanthys—, mi hijo favorito.
Abrió los brazos en su dirección, caminé hacia atrás sobre mis pasos para no irrumpir en ese caluroso abrazo. Pero no sucedió en realidad; el señor Minos se quedó tieso, su mano se levantó sólo para detener los brazos de su padre antes de que pudieran encerrarlo.
—¿Qué haces aquí?
Fue un susurro bajo y letal. Cualquiera se habría sentido ofendido, pero su padre se quedó quieto, observándolo con diversión.
—¿Así es como recibes a tu padre, muchacho? No parece que hubieras sido criado por mi mano protectora… —rio, a mí se me revolvió el estómago con sólo ver su mueca cruel. Mi jefe se alejó de él, repitió su pregunta con la misma frialdad.
—¿Qué haces aquí?
Fue sobrecogedor…
Su padre le contestó. —Sólo planeo una visita rápida, para cerciorarme de que todo marche adecuadamente en la empresa. No planeo dejar que arruines las cosas otra vez,hijo mío…
¿Han presenciado a alguien a quien estiman siendo ultrajado y tenido deseos de golpear al culpable? Bueno, eso fue exactamente lo que yo sentí en ese momento. Para fortuna de ese sujeto, Lune atravesó la puerta. Su paso veloz, a pesar de las muletas, me indicó que había llegado apurado hasta nosotros.
—Señor, ¿todo en orden?
Mi jefe me tomó del brazo, me llevó hacia él sin permitir el menor contacto visual o físico con su padre.
—Llévala a casa… —me puso en sus manos. Alguien intervino.
—¿Qué hace éste pequeño bastardo aquí? —el señor Asterion estuvo a nuestro lado de repente. Su presencia me heló, no entiendo por qué. Le dedicó unos ojos a Lune cargados de desprecio. Estiró sus largos dedos hacia su cara—. ¿Cómo te va en tu nuevo puesto, pequeño bastardo? ¿Qué sucio basural limpias ahora que tu madre dejó de existir?
Lune retiró el rostro, casi como si sintiera asco. Luego sonrió.
—Cualquier basural es mejor que estar delante de ti, por supuesto.
Era un hecho que el ambiente no era el que se podría esperar en ricos tan recatados. Pero sabía que esa frase no produciría precisamente el mejor ánimo. Sobre todo en ese hombre alto de cabellos rojos. Sus ojos anunciaron la violencia que pronto emitió con su mano, una bofetada que le habría partido el labio a Lune si el señor Minos no hubiese interpuesto su propia mejilla. La diferencia de alturas y el repentino cambio, consiguió que el golpe acertara bajo su mentón, mientras Lune y yo éramos empujados por su cuerpo en movimiento. Todo en un centenar de segundos que a mí me parecieron una eternidad.
—Qué muchacho tan ingenuo —su padre se acarició los dedos—. Parece que todavía tienes amor por tu cuna sin clase, y también poresosque un día fueron tu familia… —miró a Lune. Me estremecí, lo sentí temblando también.
El señor Minos inclinó su rostro suavemente: —Lune. Haz lo que te dije.
Supe lo difícil que sería para él acatar esa orden. Al final, soltó una muleta que algún sirviente recogió a toda prisa y tomó mi brazo para empujarme rumbo a la puerta. Miré atrás sólo una vez, cuando los irises de color gris escrutaban nuestra salida, una mirada llena de victoria que me hizo rabiar y temer. La mano de Lune me estrujó la muñeca cuando estuvimos cerca del auto ya preparado por Byaku. Le grité que me soltara porque me lastimaba pero el continuó. Me lanzó al interior, la mitad de su cuerpo se quedó dentro, su cabeza seguía atenta a las puertas de la casa. Echó una maldición y se metió al fin.
Byaku nos puso en marcha. La calma nocturna afuera era bastante contrastante con el ambiente en el interior delMercedes. Me replegué en mi lugar, atenta a la postura de Lune, tenía los codos sobre las rodillas y se mordía el pulgar con la vista clavada en el respaldo del asiento. Murmuraba cosas, igual que un loco.
Me acerqué con miedo. —¿Lune…?
—Lo sabía… Lo sabía…Maldita sea, ¿por qué fui tan estúpido? Era de esperarse, con todos esos anuncios en televisión, él no tardaría en saberlo… Pero, maldición, ¿por qué vino hasta aquí? ¿De verdad se creyó esta idiotez? No, no es por eso… Es por… es por…
—¡Lune!
Mi grito lo calló, volteó a verme, molesto por mi atrevimiento. No me importó.
—¿Qué rayos está sucediendo? —me incliné hacia él, no le permitiría negarse a una explicación. Respiró hondo y suspiró.
—Ese hombre al que vimos…
—Es Asterion Van der Meer —asentí.
Lo conocía no sólo por la historia que él me había contado. Lo había visto en televisión y publicaciones de revistas. Sus ganancias eran parte del control de la economía nacional, a pesar de que hacía mucho había dejado el control de la empresa. O eso era lo que oficialmente se decía. Y sí, reconozco que tenerlo en frente era muy distinto a sólo leer acerca de él, el peso de su mirada no se me olvidaría en un largo rato. Sabía que su presencia en casa del señor Minos no podía ser algo bueno, pero no entendía qué tan malo podría ser en realidad.
—Debió enterarse de la mentira que inventamos… Espero que sólo venga a cerciorarse de que todo es una farsa y se largue a su maldita mansión en Los Ángeles —volvió a encorvarse sobre sus rodillas, jamás creí verlo con una mirada más lúgubre a la que usualmente me mostraba—. Pero, juro que no olvidaré esta noche… Ese golpe, no lo olvidaré…
Ver a un fantasma en el cementerio habría sido como ver un poni rosado comparado con su aspecto… Casi volví a replegarme en mi asiento, pero sus palabras me hicieron recordar lo ocurrido. También me llené de rabia al recordar la bofetada que el señor Minos había recibido, todo por defender a…
"…esos que un día fueron tu familia…"
Así había dicho aquel hombre. Dirigí mi atención de nuevo a Lune, la historia del segundo hijo de Asterion Van der Meer y la infeliz sirvienta. Me había preguntado qué había sido de ese niño.
—Lune —atraje su atención, me sentía tan nerviosa por preguntarlo—: Tú y el señor Minos… Ustedes son…
No podía terminar la frase, era más que obvio y por eso igual de terrible. Pero Lune sólo sonrió, tranquilo otra vez.
—Sí… —el pecho me dio un vuelco—. Y también es un "no" al mismo tiempo. Oficialmente, sólo soy su asistente. Dado que sólo soy un ciudadano sin clase ni apellido, lo único a lo que puedo aspirar sin romper el trato que él hizo con Asterion, es a servirle como un empleado más. No debemos ni de broma referir al mundo lo que somos en realidad. Pero… por mí está bien. Ser un sirviente no es comparable a la carga que él debe llevar al ser el hijo "legítimo" de ese hombre —desvió su rostro para mirar por la ventanilla—. La verdad, no podría sentirme más satisfecho y agradecido con él…
No volvió a mirarme, ni a dirigirme la palabra. El resto del viaje continuó en silencio; ni siquiera Byaku, con su acostumbrado buen humor, emitió una sola mirada o frase hacia nosotros. Bajé del auto en cuanto llegamos a casa, me despedí y vi alMercedesdesaparecer cuando dobló la esquina. Me arrepentí por haber salido en pantalones cortos otra vez, hacía demasiado frío esa noche. Caminé a la puerta, pensando en lo calientita que sería la biblioteca del señor Minos cuando encendía la chimenea. Lo imaginé de nuevo en ese espacio solitario, ¿cuánto fuego sería necesario para calentar a alguien tan infeliz como él?
Y yo, aquí, abrazada a unas flores, sólo había sido otra ciudadana más que opinaba que los ricos no eran más que viles avaros que no hacían más que reír ante lo afortunada que eran sus vidas.
~O~
Pasaron los siguientes dos días sin que recibiera una sola llamada o al menos un mensaje del señor Minos. La duda me había agolpado demasiado, así que con las primeras 24 horas sin rastros de él, me atreví a llamarle a Lune. Pero él sólo me dijo que todo estaba bien y que el señor estaría ocupado los próximos días, que sería mejor buscar otra cosa con la cual entretenerme.
Qué paradoja era mi vida. Hacía unos cuantos días el haber escuchado esa propuesta me habría puesto del mejor ánimo, con tal de no verles las caras de amargados que tenían, habría aceptado que me dejaran en casa. Pero ahora… Estaba lejos de sentirme así de animada. ¿Era sólo aburrimiento? Ni siquiera estar con mi prima me motivaba. La única tarea interesante era quedarme en cama, mirando hacia el estante donde mis tulipanes habían quedado puestos en un jarrón. Había convencido a la abuela de darme uno de los suyos. Los morados y azules colores habían resplandecido el primer día aunque, esa tarde, comenzaban a inclinar sus hojas tristes.
Quizá eran una representación de mi propia vida…
—¡Agasha!
Alcé la cabeza del colchón. Celinsa estaba recargada en el marco de la puerta, mirándome con los brazos cruzados. Se acercó y se sentó junto a mí
—¿A qué planeta viajas últimamente? El amor te vuelve distraída…
Me pasó el brazo por los hombros. Sentí calor ante su insinuación. ¿Amor? Qué tonterías… Sólo estaba… Sólo estaba…
—Aburrida —fue mi excusa, bajé la cara para que no me descubriera.
—Pues tengo la solución perfecta. ¿Qué te parece si acompañas a tu querida prima a buscar su nueva casa? ¿Qué dices? Una tarde completa para chicas, como en los viejos tiempos.
Su entusiasmo era fantástico, pero yo no quería salir. Estuve a punto de negar pero recordé algo. No había visto aún si la cuenta de ahorro otorgada por mi jefe estaba realmente a mi disposición. Con tantos ajetreos, no había tenido el tiempo de comprobarlo. ¿Qué tal si ese pedazo de plástico no era más que un truco? Acepté la oferta de Celinsa para ir yo misma a comprobarlo en el banco más cercano.
Salimos de casa cuando papá llegaba de uno de sus viajes. Como nos vio de salida, no interrumpió mucho en saludos y bienvenidas para mi prima. Mamá y la abuela nos dejaron ir, al parecer ellas también estaban hartas de la ciudad. Tomamos el bus que nos llevó a lo más urbanizado del condado. Le expliqué mis planes a Celinsa y aceptó acompañarme hasta el banco. Me esperó en uno de los asientos colocados a la entrada y me metí para ir directo a la recepción. Triste historia la mía: una enorme fila me esperaba.
Siempre me he preguntado por qué instalan cinco o seis casillas para abrir solamente dos. ¡Y con lo impaciente que siempre he sido! Si el señor Minos estuviera aquí, le habría dado un ataque de sólo pensarse esperando… Sonreí. No, él habría comprado el banco antes de quedarse allí de pie como cualquier mortal. Pensar en él me entristeció al poco tiempo. ¡Infeliz hombre de negocios, ¿dónde se había metido?!
Mi tiempo en la fila acabó antes de que me deprimiera demasiado. Una cajera medio dormida me dio las buenas tardes. Fui directo al grano, le entregué mi tarjeta y el número de cuenta. Tecleó algo en su computadora y sus ojos se abrieron de pronto como si un virus letal hubiese invadido su software. Hizo una llamada y, en menos de veinte segundos, un hombre trajeado estaba detrás de mí.
—Acompáñeme, señorita…
Obedecí sólo porque las personas comenzaban a murmurar cosas. Pero ni crean que tuve miedo…
Me senté en uno de los escritorios al otro lado de donde se ubicaban las casillas. Solté el aliento retenido cuando el hombre de traje se marchó. Otro igual de elegante pero mucho más joven llegó y se sentó frente a mí. Su bonita sonrisa me recordó a Shion.
—Buenos días, señoritaAgatha.
—Agasha… —suspiré, ¿por qué nadie podía decir mi nombre decentemente?
—Oh, disculpe… Señorita Agasha. Hace días que esperábamos su presencia, pensábamos que tendríamos que llamar nuevamente al señor Van der Meer.
Enarqué las cejas: —No entiendo a qué se refiere, señor…
—Tokusa —extendió su mano—. Tokusa Kregër para servirle.
Me sorprendí, estrechando su mano. Me pareció que había sonado igual de raro que el apellido de Shion.
—Lo que quiero decir, señorita Agasha, es que su cuenta de ahorro ha estado disponible desde hace una semana. El señor Van der Meer vino a abrirla personalmente e ingresó todos sus datos. Hacía falta solamente su índice para aprobarla y así poder acceder a la primera suma que el señor Van der Meer agregó ese mismo día. Así que…
Tecleó con habilidad en su monitor touch y me pasó la pequeña bandeja de color verde. El espacio para mi dedo estaba titilando. Sólo tendría que apretarlo y mi merecida recompensa me pertenecería oficialmente. Pero, me detuve… Ah, estúpida moral de última hora. ¿Acaso podía llenarme los bolsillos con el dinero salido de una mentira?
—¿Señorita? —Tokusa me miraba. Presioné el dedo por fin, ya podría arrepentirme después. El chico me sonrió—: Excelente, excelente. A partir de ahora, sólo usted podrá disponer de lo que ingrese a esta cuenta. Bastará con su huella digital para efectuar cualquier retiro. ¿Desea realizar alguna transacción ahora? —negué—. ¿Quisiera ver su saldo actual?
A eso sí tuve que asentir. Tokusa volvió a teclear y en seguida giró el monitor hacia mí. Mis ojos estuvieron a punto de salir disparados. ¡Era más dinero del que habría soñado! Debía ser un error, pero Tokusa negó, no había fallas en el sistema ni errores en la suma, me dijo. Hice mis cuentas mentalmente, mi salario anual y lo que le había solicitado "justamente" a mi jefe, eran sólo una tercera parte de lo recaudado allí.
Resoplé… ¿Y ahora qué haría? ¿Ir a quejarme como una esnob por ser tan "caritativo" conmigo?
Salí del banco luego de agradecerle a Tokusa. Sus alegres ojos volvieron a recordarme a cierto veterinario… Encontré a Celinsa en el mismo lugar, estaba mirando catálogos de mueblería y electrodomésticos. Me sonrió, sin nada de enojo por hacerla esperar. Ella sí que era paciente. Nos dirigimos al primer punto de su búsqueda, al oeste, hacia la parte más alejada de la ciudad. Un taxi nos sirvió para trasladarnos, menos mal que ahora tenía mucho dinero.
Nos dedicamos a la observación nada más. Las primeras casas eran antiguos condominios de dos o tres pisos, antes habían sido una sola vivienda, ahora eran algo así como departamentos. Muy grandes y muy costosos también. La mayoría estaban construidos en largas calles, llenas de hojas secas por la temporada. Casi no había carros pero se veían niños correteando de aquí allá. Mi prima se llenó de ilusión.
—Podremos tenerunoque corra igual de feliz…
Mientras seguíamos al punto número dos, me habló de sus planes de tener a un pequeño Teneo. Su alegría era contagiosa, incluso yo olvidé mis problemas. Paramos en otra agrupación de casas, todas de una sola planta pero de amplias proporciones. Una vendedora nos atendió esta vez. Nos mostró la casa modelo, toda construida de madera, con toques modernos y antiguos entremezclados. Celinsa se veía encantada de comprarla al momento así como la encargada de venderla. Pero la cara de alegría de mi prima se vino abajo cuando escuchó el precio. Salimos de allí después de inspeccionarla hasta debajo de las alfombras.
—Qué triste… Y tiene un jardín tan amplio…
Musitó mientras nos subíamos al taxi nuevamente. Lo consideré seriamente, quizá tener dinero era una señal para ayudar al prójimo.
Fuimos de nuevo al centro de la ciudad y paramos en un centro comercial. Celinsa estaba cansada, y yo también. Acepté gustosa su idea de detener la búsqueda e ir a cenar. Ella eligió un restaurant sencillo de comida griega, así de grande era su ansía por recordar a su querido Teneo. Como no tenía ni idea de qué ordenar, la dejé hacerlo por mí. Comimosfaso-no-sé-qué, un platillo que no pude identificar –ni pronunciar– pero que fue mucho mejor que aquellas cenas en fiestas llenas de celebridades.
Sólo hubo algo de lo que tuve que quejarme: las miradas indiscretas de quienes nos rodeaban. ¿Qué no podían contener un poco su curiosidad? Los murmullos de una señora a su hija se hicieron muy evidentes, algo como "sí, sí, sí, es la novia del súper rico… es más fea que en la televisión".Jijiji,y otras risitas tontas fueron suficientes para arruinar mi platillo. Le dije a Celinsa que la esperaría a fuera, le faltaba poco para terminar, y comprendió.
"Pídele un autógrafo, pídele una foto…".Tuve que correr antes de que se acercaran.
Me quedé de pie, apoyada en uno de los faroles que adornaban las afueras del centro comercial. El frio aumentaba y yo, torpe como siempre, no había llevado abrigo. Estaba a punto de ir a dentro y soportar las habladurías de los comensales con tal de calentarme, cuando algo me cosquilleó en la pierna. Bajé la vista y pillé al pequeño perro olfateándome las rodillas, su cabeza peluda se alzó a mí. Me gruñó, sorprendiéndome… Era el «pequeño señor Minos».
—¿Agasha? —me giré de inmediato. Había olvidado lo suave que era su voz.
—Shion… —sonreí—. ¿Cómo estás?
"¡¿Cómo estás?!"...Sí, fue idiota, pero fue lo único que pude decir.
Él, en cambio, se acercó a mí. El perro a mis pies se atravesó pero no fue suficiente impedimento para sus acciones. Sus brazos me rodearon con gentileza.
—Hace frío… ¿Qué haces aquí sin un suéter?
No pude responder, no de inmediato. Quería sentir su cuerpo, cerca del mío. Aspiré el aroma en sus ropas, su colonia era una combinación de maderas y salitre. Era como estar en una cabaña junto al mar…
—Salí a pasear con mi prima —murmuré. Lo que me recordó…
—Agasha —ahí estaba ella. Menos mal que me había alejado de Shion justo a tiempo. Me apresuré a presentarlos. Celinsa sonrió encantada con el perro a nuestros pies.
—Pueden venir a la boda, si quieren —lo invitó, a ambos, perro y amo. Shion aceptó.
—¿Tienes algo de tiempo? —me miró avergonzado—. Quisiera hablar contigo, si… si no estás muy ocupada.
Giré hacia mi prima, dedicándole una expresión suplicante que, estaba segura, podría interpretar. Me sonrió, estas cosas sólo se entienden entre mujeres.
—Me iré. Pero no la dejes ir muy tarde a casa —contempló a Shion, él le sonrió también.
La dejamos en un taxi y atravesamos la calle. Shion me propuso ir a un café y yo acepté sin ninguna duda. Me detuvo un momento para pasarme la correa del «pequeño señor Minos». Se sacó el abrigo y me lo dio, sin permitirme objetar nada. Lo dejó sobre mis hombros y volvió a caminar con la cuerda en la mano. ¡Este hombre era el cielo!
—¿Qué hacías tú por aquí? —le pregunté en el trayecto.
—Es mi día libre. Aprovecho para salir a correr y sacar a pasear a miscompañeros—miró al perro, torciendo el gesto de repente—. Huyó como un recluso, ¿recuerdas? Al final pude atraparlo pero no pude conseguirle dueño. Vive conmigo y el resto de mi manada mientras consigo un hogar para él —guardamos silencio un momento, dejó de mirarme cuando recomenzó—. ¿Y tú? ¿Te sucedió algo interesante los últimos días?
¿Habría visto ya toda mi excelsa presentación? Apreté los labios, me sentí una hipócrita estando allí junto a él después de todo lo ocurrido. Me encogí de hombros y dejé salir:
—Nada interesante, en realidad.
La cafetería era un lugar tranquilo, puesta en la esquina de una avenida poco concurrida. El olor aespressome cargó la nariz en cuanto entramos. Nos sentamos en una mesa puesta a la orilla de las ventanas a la izquierda. Era el primer lugar de alimentos en el que veía que era permitida la entrada a mascotas, pero el perro greñudo no era tan escandaloso cerca de Shion. Y recibiendo una caricia así de gentil en la cabeza… ¿quién se atrevería a ser rebelde?
El mesero vino y pidió nuestras órdenes. Shion volvió su atención a mí en cuanto se marchó. Sonrió, sus nudillos golpearon la mesa un par de veces. Sus labios se apretaron, parecía debatirse con sus palabras… ¿Por qué?
—¿Sabes…? Tengo que ser sincero contigo… He querido llamarte desde la última vez que nos vimos. Pero,aaggh… no sabía qué decir para que no sonara muy ridícula mi razón para hablarte. Yo, no… No sabía cómo llamar sin crear problemas con tu novio. Han dicho tantas cosas de ustedes por televisión que tenía miedo de provocar un buen lío si acaso me acercaba a ti. No lo sé… —echó una risa, ¿abnegada? ¿dolida?—. Ahora pensarás que soy un cobarde, ¿no, Agasha? Bien, no te equivocarías, soy un cobarde.
Sus bellos ojos me miraron al fin. Sí, estaban llenos de vergüenza, igual que yo. Acaso… ¿Acaso esto era el preámbulo para una confesión? ¿Él quería llamarme? ¿Tenía miedo de minovio?¿Por qué, por qué…? Oh, ahí estaba, mi primer pretendiente ideal, declarándome sus sentimientos y yo… yo tenía una mentira atándome el cuello. Pero, pero, ¡ya no tenía sentido! El señor Minos no me amaba, eso era seguro. Sus acciones sólo eran la actuación perfecta. Y aunque me había equivocado con él, pues no era el cretino infame que pensaba, eso no significaba que un día llegaría a enamorarse de mí, una torpe pueblerina de clase baja.
Así que… Aquí estábamos, podría obtenerlo todo o perderlo también.
Mis manos temblaron sobre la mesa, estrujando una servilleta.
—Shion, tengo que decirte algo. Yo… —era la hora, era el momento—. La verdad es que… Todo eso que dicen en la televisión, lo que has visto de míahí…No, es… No es verdad. Yo no soy novia de Minos Van der Meer, ni es verdad que lo quiero o eso de que nos casaremos.
Levanté la vista, su gesto estaba repleto de sorpresa. Su boca permanecía entreabierta, silencioso por varios segundos.
—¿No son novios?
Negué, aguantándome las lágrimas. ¡Pensaría de mí lo peor, seguro!
—¿Están saliendo?
Volví a negar, expliqué a medias de qué trataba ese negocio con mi jefe, recibiendo su mirada llena de incredulidad.
Soltó una bocanada de aire que me paralizó—: Vaya, no esperaba escuchar eso… Increíble.
Oh, debía ser la mujer más hipócrita ante sus ojos. ¡En qué momento pensé en que podría quererme!
—Pero me alegra saberlo, aunque me sorprenda… Agasha, algo me decía que era demasiado extraño que una mujer amable y sencilla como tú se involucrara en un medio como ese. No es precisamente donde te visualizarían aquellos que te aman y confían en ti.
Mi corazón se relajó, aliviado, sólo para volver a encogerse. ¿Aquellos que meaman? Su expresión se tornó aún más cercana, era el momento, era el momento. ¡Mis plegarias por amor habían sido escuchadas!
—Bueno, ahora que sé esto… —se irguió, posó su mano sobre la mía, contuve el aliento—: Ahora puedo pedirte unfavorsin tener miedo a dificultades en el futuro.
¿Qué…?
—Agasha, necesito tu ayuda para organizar una fiesta de bienvenida. Mi novia llegará dentro de dos días, tuvo que marcharse a Canadá para arreglar ciertos asuntos sobre su visa. Está acostumbrada a la soledad pero quisiera que se sintiera bien recibida. Tú estudiaste Comercio y pensé que sabrías cómo organizar algo que lograra sorprenderla. Soy pésimo con estas cosas, por eso, te lo pido, sé mi anfitriona.
El estrépito de un iceberg rompiéndose habría sido nada contra mi corazón haciéndose pedazos… Su mano sobre la mía me pareció tan fría. Sus dedos me apretaron.
—¿Agasha? —inclinó la cara, examinándome—. Lo lamento, creo que estoy siendo muy atrevido al pedirte esto, ¿verdad? Cómo se me ocurre meterte en este lío…
—Está bien —le sonreí—. Será un placer para mí, Shion. ¿Dónde te gustaría que se organizara todo? ¿Algún salón? ¿Una terraza?
Saqué mi mano de entre sus dedos, busqué mi block de notas para comenzar a escribir sus ideas. Se alegró nuevamente al ver mi entusiasmo y comenzó a hablarme de lo que tenía en mente. Me pidió que todo ocurriera en su departamento, ubicado a tres o cuatro cuadras de la cafetería en la que estábamos. Quería que fuera un evento sencillo, sin nada aparatoso –pues su presupuesto era poco–, que abasteciera a unos 15 invitados. Le expliqué el procedimiento de este tipo de eventos, que es necesario un salón despejado para que los comensales pudieran moverse libremente. Removeríamos los sillones y la mesa de centro para que la sala quedara disponible. Me entregó el dinero necesario para comprar los utensilios y los ingredientes que hicieran falta para su propuesta de comida. Él ya había conseguido asador, parrillas y trinchetas para carne; quería hacer una parrillada.
Propuse un postre de helado y pastel para después de comer. Él sonrió gustoso:
—¡Excelente! Aellale encantan las cosas frías.
Terminamos todo lo acordado y nuestro café. Salimos del lugar, escoltados por el «pequeño señor Minos» que caminaba medio adormilado frente a nosotros.
Shion rio de pronto. —Voy a serte sincero, Agasha. Manigoldo me riñó la otra vez. Dice que actuaba demasiado cortés contigo, como si tratara de conquistarte o algo parecido… ¿Sabes? Crecí con varias hermanas, todas menores, y me acostumbré a tratar a las mujeres con demasiada familiaridad. Algunas me han dicho que se sienten traicionadas, como si las hubiera engañado para que se enamoraran de mí. Manigoldo pensó que eso te sucedería a ti… Yo le dije que era absurdo.
Negó, sonriendo como si realmente fuese un asunto de lo más ridículo. Yo resoplé, riendo también.
—Pero qué tonto… —dije sin más aunque mi pecho doliera como si alguien me apuñalara.
Shion detuvo un taxi, comencé a quitarme su abrigo.
—Quédatelo. Puedes dármelo el viernes que nos veamos —me abrazó, fuerte, como abrazaría a alguna de esas hermanas menores—. Muchas gracias. Te veré el viernes.
—Sí… —me metí al auto. Me despedí con la mano una última vez, justo cuando el taxi avanzó.
En cuanto doblamos la esquina, nada me importó, si importunar al chofer, si parecer una tonta niña cursi, si herir mi orgullo…
Hundida en el asiento, me aferré a su abrigo negro con olor a maderas y sal…
Sin poder refrenarme más, comencé a llorar.
~O~
El departamento de Shion era más grande de lo que había imaginado. Era el primero en un edificio de tres secciones. Como bien me había indicado, estaba a pocas calles del lugar donde nos habíamos visto la última vez. ¡Gracias al cielo pude encontrar su dirección y entrar a su casa sin derramar una sola lágrima! El día entero que me había dado para comprar lo que nos hacía falta fue el mejor compañero para desahogarme. Sólo compadezco a los vendedores que tuvieron que vérselas con mi mal humor o mis ojos hundidos por tanto llorar.
—Bienvenida —fue el saludo de Shion en cuanto me abrió.
Sus ojos dulces casi vuelven a deprimirme. Pero me tragué todo mi llanto, ¡tenía una fiesta que organizar! Me adentré en su casa, él ya había recorrido los muebles de la sala. Y había acertado: era un espacio amplio el que teníamos. Quedaban dos horas antes de que sus invitados llegaran.
—Comenzaré a prender la leña y el carbón, ¿puedes hacerte cargo de este sitio tú sola?
Asentí, fortalecida por mi orgullo despechado. Nadie, nadie me vería retractarme. Sólo Agasha Eminreth podría organizar una fiesta a la novia de su amor platónico sin temer a las murmuraciones. Shion fue al patio, me daría espacio para moverme a mi antojo. Así lo hice. Pronto, los sillones quedaron pagados a una esquina, servirían de descanso junto a los curiosos asientos que había conseguido en una rebaja de mueblería. Eran plegables, ergonómicos y muy cómodos. Esplendidos para una reunión informal entre amigos. Una mesa larga y desarmable quedó instalada en la pared cerca de la ventana, la cubrí con un mantel y coloqué los bocadillos que Celinsa me había ayudado a preparar esa misma mañana.
Sólo faltaba algo. Saqué las velas de mis bolsas, coloqué las bases para cera y las dejé encima. Unas al centro de la mesa, otras en las repisas, unas cuantas más sobre los libreros, lejos por supuesto de algún inflamable mamotreto. La suave luz y la música jazz serían mi ambiente de relajación para los invitados. Nadie se pondría de mal humor en mi evento.
Encendí el estéreo que Shion dejó para mí bajo la mesa de centro. La voz de Luis Armstrong comenzó a cantar suavemente, acompañado de sus mejores melodías. El olor a carne asándose inundó mi nariz, pensé en darle una mano a Shion. Caminé por el pasillo que me llevaba hasta su patio, lo encontré de espaldas, atento al asador. A punto de poner un pie en el piso de concreto me detuve, o mejor dicho, me detuvieron aquellas cabezas girando de pronto a mí: una hilera de perros, formados todos como soldados, sentados junto a su amo. Dejaron su atención un instante a la carne para mirarme, alguno gruñó.
Shion los escuchó y eso lo motivó a entornarse y verme.
Sonrió: —Entra —yo dudé—. Adelante, entra. Son dóciles, descuida.
Obedecí. Mi miedo se esfumó cuando me di cuenta de que volvían a ignorarme con tal de dejar sus ojos en la parrilla. Sólo uno se molestó ante mi presencia: Sí, el greñudo bajito que me recordaba a mi jefe.
Me había equivocado, Shion se las apañaba bien solo. Tenía lista la mayor parte de la carne y ya había comenzado a marinar la que faltaba. Casi estuve a punto de formarme y babear con los perros. Faltaba poco para que la gente llegara. Me presentó a suscompañeros,como él les llamaba. Todos, excepto el nuevo polizón, tenían nombre. Eran diferentes, en tamaño, forma y actitudes. Algunos se acercaron a mí, me movieron la cola, otros ni siquiera me miraron. Eran seis, ¿dónde cabrían con un patio tan pequeño?
—Se adaptan al espacio, Agasha. Sólo necesitas sacarlos a pasear como se debe y ellos soportan el lugar, aunque sea pequeño.
Desvié la vista, aún me dolía verlo sonreír. Oímos ruidos adentro, alguien abría la puerta y lo llamaba. Regresamos al interior del departamento y nos encontramos a un muchacho alto de cabello cobrizo. Lo reconocí de inmediato y él a mí.
—¿Señorita Agasha? —era el joven del banco—. ¡Vaya sorpresa! ¿Por qué no me dijiste que la conocías? —se viró a mi acompañante.
Shion se adelantó y le soltó un golpe en la nuca: —No voy a decirte todo el tiempo a quién conozco y a quién no, ¿cierto? —me miró, abochornado—. Él es Tokusa, mi hermano… Discúlpalo si es demasiado entrometido. Tokusa, preséntate sin avergonzarme, ella es…
—Agasha Eminreth, lo sé, lo sé. Manejo las cuentas de su novio, el señor Van der Meer…
Estrechó mi mano otra vez, no negué ni afirmé nada. Shion me dio tregua y tampoco emitió palabra.
—¿En dónde están Yuzu y los demás? —le habló—. Me dijiste que vendrían también.
—Sí, están buscando lugar para el auto. Yo me vine caminando, el banco está a una estación. Pero más vale que te prepares, Yuzu trajo a suqueridoy dudo mucho que se vaya aunque a ti te caiga como una patada en el hígado. Las chicas me dijeron que aún no han arreglado nada con…
Se fueron rumbo al patio. Yo me quedé en mi sitio, no quería intervenir en algo tan familiar. Regresaron cuando la puerta se abrió de nuevo, todos tenían una copia de las llaves al parecer. Shion me presentó rápidamente al resto de sus hermanos. La primera fue una rubia taciturna llamada Yuzuriha, parecía tener voz sólo cuando le hablaba a ese susodicho novio llamado Yato. Luego vino otra más; alta, de facciones serias pero menos muda, una simple silaba era su nombre: Mu, me saludó cortésmente y se alejó. Shion tuvo que quitarle el PSP de las manos a un adolescente llamado Kiki para que pudiera presentarse decentemente. Luego lo vi correr junto a otro llamado Atla hacia alguna de las habitaciones. Finalmente, una curiosa niña de grandes ojos verdes se me acercó, Raki se llamaba.
—Te dije que eranespeciales…—me susurró cuando todos se alejaron. Yo le sonreí, recordando a la familia del señor Minos y a la mía. ¿Qué familia no sería "especial"?
Pronto llegaron más invitados, amigos cercanos de Shion y de sus hermanos. Todos adularon la decoración y la relajada ambientación. Incluso a mí, cuando la tristeza quiso invadirme al pensar que la familia de Shion puso haber sido la mía, el buen ánimo me contagió. Manigoldo llegó al último, gruñendo para apartar a todos e ir a la carne en el asador. Casi se pone en fila como otro perro para esperar su retazo.
En medio de la velada, Shion recibió una llamada, lo vimos poner atención al reloj en la pared. Colgó, adoptando un brillo trepidante en sus lindos ojos.
—Ya viene.
Fue como la orden para ponernos a todos en posición. Apagamos las luces y la música, Shion fue el único que se asomó a la ventana. Un taxi atravesaba la calle, nos dijo, era ella. Salió, me atreví a asomarme por la misma rendija entre las cortinas. ¿Cómo sería? La había estado imaginando desde que me habló sobre ella. Hermosa, inteligente, toda una ecologista de seguro.
Mucho más interesante y bonita que yo…
Los vi caminar hacia la casa. Shion le pasó un brazo por la cintura y arrastró su maleta con la otra. Hablaban, no alcancé a mirar sus rostros, pero él la beso de nuevo en la mejilla.
La puerta se abrió. Una persona entró, las luces se encendieron, un grito al unísono de bienvenida. Entre las risas y los aplausos no pude observarla como quise. Todos la rodearon, hablaban de ella con admiración y nostalgia, como si fuese el papa o algo así. Tuve que girarme, tratando de ignorarlos… Sí, soy rencorosa, pero no podía resistir el rostro de embeleso de Shion. Me senté en el sillón que había quedado libre para así concentrarme en cambiar los discos del estéreo. Sentí que alguien se acercaba, la gente comenzaba a dispersarse otra vez. Soslayé las piernas de Shion y otras más delgadas a su lado.
—Agasha… —levanté la cabeza. Bueno, era el momento de conocerla.
Me puse de pie y la observé. Mis expectativas habían errado, se habían quedado lejísimos de la realidad. Esta mujer frente a mí no era hermosa, ¿cómo calificar algo así? Su piel de alabastro, sus ojos azules, las pestañas largas, sus cejas simétricas, una nariz afilada y los labios rosas como sus mejillas. Y ese lunar bajo el ojo… ¡Parecía salida del mejor estereotipo de belleza! Ni siquiera necesitaba maquillaje o algún peinado para su cabello azul, ¡era prácticamente perfecta!
—Albafika, ella es Agasha —Shion me presentó—. Ella diseñó el evento, quería que la conocieras en cuanto llegaras…
Sonreí, quizá volvía a ser una hipócrita. Pero no quería decepcionar a Shion. Los ojos azules, que seguro eran una joya con la luz del día, se pusieron rígidos cuando me acerqué. Quizá sólo lo notamos ella y yo, pero estoy segura de que su mirada se paseó rápidamente por mi rostro, y su expresión no hizo más que empeorar. Alargó su mano a la mía, un apretón escuálido.
—Es un placer… —su voz era bonita también… y una roca como sus ojos.
Cerró el abrigo de Shion sobre sus hombros y se alejó. ¡¿Qué demonios le sucedía?! Ya no era envidia, era odio lo que sentía.
Shion torció el gesto, mirándome. —Discúlpala. Debe sentirse cansada por el viaje. Es mucho más alegre cuando está animada.
¡¿Y qué podría animar a un ser como ese?! ¿Por qué Shion podía congeniar con una mujer así? Una pared parecía más dispuesta a entablar conversación…
Lo vi alejarse para ir tras ella. Claro, así tenía que ser. Ella era la afortunada, yo sólo una buena amiga que le recordaba a sus hermanas menores. ¡Oh, sí, la vida me aborrecía! Me arrojé a mi lugar. Me pareció oír al sillón emitiendo un quejido. Miré atrás, la cara fanfarrona de Manigoldo me rozó la nariz.
—Cuidado,bella ragazza… Mira por dónde caes, no quiero darle explicaciones a tu novio adinerado.
Los que lo oyeron comenzaron a reír. Me levanté como un resorte, con la cara ardiéndome, escuchando sus palabras sobre lo embarazoso que habría sido grabar una escena como esa. "Apuesto que su novio la humillaría públicamente…", "no, le haría pagar con el mismo plato… puede ir a sentarse él a las piernas de su exnovia, ¿no?".
Salí de en medio de ellos con la cabeza hundida entre mis hombros. Shion seguramente estaba distraído con su novia de rostro perfecto, pero me daba igual. Me sentía cansada, humillada y deprimida nuevamente. Así que poco me importaba si pensaban de mí lo peor por marcharme sin despedirme, tan sólo tomé mis cosas y abrí la puerta; una figura se escurrió entre mis pies. Nadie más que yo vio salir al condenado perro hacia la calle. Mi tranquila salida se tuvo que convertir en un correteo, ¿cómo podía ir tan rápido con esas patitas? Mi enemigo canino se distrajo por fin con unas flores. Justo antes de que pudiera marcarlas como territorio propio, lo levanté. Echó aullidos y gruñidos, lo estrujé suavemente, sintiéndolo removerse entre mis brazos y mi pecho.
—¿Por qué eres tan terco? —le gruñí también. Para mi sorpresa, después de un rato se tranquilizó. ¿Así que sólo necesitaba mano dura?
Di media vuelta para regresarlo a su casa. Pero frené en seco, enfrentada por la misma expresión gélida. La señoritaAlbafika, como me la había presentado Shion, me frunció el ceño.
—Eres la novia de Minos Van der Meer, ¿cierto?
Asentí, ¿cuál era su problema? También odiaba a los ricos, al parecer… Su rostro cambió, dudosa:
—Y dime… ¿él te está obligando a hacer esto?
¿Shion había revelado mi secreto?
—Nadie me está obligando a nada…
—Por favor, no mientas —se adelantó, pensé que me golpearía. Pero se detuvo, como apabullada por algo—. Tú no lo quieres, ¿verdad? ¿Quién podría querer a un sujeto tan egocéntrico?
Eso sí que me molestó… Sólo yo podía ofender a ese cretino.
—Perdón, pero no creo que sea un tema del que quiera hablar contigo —atajé—. Y voy a pedirte que no hables de él como si lo conocieras.
Ella sonrió, sin soberbia, sin vanidad… más bien triste: —Posiblemente, más de lo que crees, Agasha… —el viento le sacudió el cabello, se metió aún más en el abrigo de Shion—. Por favor, si esto es una farsa, termínalo cuanto antes… Y si no, si esto es real entonces… Ve por él hasta el final.
Caminó hacia el departamento. La música de jazz llegaba hasta mis oídos, pero fueron sus palabras las que no me abandonaron durante el resto del camino a casa. Dentro del taxi, hasta abrir la puerta de mi dormitorio, hubo algo que me persiguió. Tal vez su gesto misterioso, como el de las damas de esas películas de suspenso que ya lo saben todo pero que no lo develan sino hasta el final. O quizá el hecho de que, una de sus preguntas, había hecho demasiado ruido en mi cabeza.
"Tú no lo quieres, ¿verdad?".
Si me hubieran preguntado eso con respecto a Shion, y antes de que recibiera el baldazo de agua sobre eso de que tenía novia, habría dicho que sí, que me gustaban sus ojos dulces, su alegría y su personalidad amable. Pero quererlo… Caray, esa palabra es tan usada hoy en día que ya no entendemos su significado como se debe. Porque, si mi abuela tenía razón cuando me dijo una vez que querer a alguien significa dolerte con él, entonces, ¿por qué se me había estrujado el pecho cuando supe que el señor Minos no era más que otro hombre infeliz lleno de dinero?
Torpe… Soy tan torpe. Tratar de entender estas cosas es tan difícil como querer comprender por qué me metí a un trabajo tan desagradable. O por qué siempre quería hacer felices a los demás, cumpliéndoles sus caprichos, aunque eso significara auto-sobajarme. Tal como esa fiesta de bienvenida, mi despedida en realidad para mi bobo gusto por Shion…
Aah, sí, fue bueno mientras duró… Podía decirle adiós a todo eso y continuar con mi existencia triste y mentirosa.
Un ladrido me interrumpió en mis divagues, Celinsa y mi hermano jugaban con el nuevo inquilino de la familia, ese perro greñudo y desesperante que me recordaba con las mismas emociones a mi jefe.
Mañana tendría que llamar a Shion para decirle que ya había encontrado un hogar para él.
~O~
Avanzó en su auto entre el angustiante tráfico.
Byaku y el resto de la servidumbre se habían sorprendido cuando él rechazó el viaje en elMercedes.Quería estar sólo, deseaba ser libre, aunque fuera sólo en la apariencia. Tampoco quería a Lune junto a él. Había causado suficientes problemas a su hermano, a quien ni siquiera podía llamar así por el temor a las habladurías…
Apretó el volante hasta que sus dedos se pusieron mucho más blancos. El bullicio de bocinas y motores encendidos era fatigante, le recordaban a su última conversación con aquel hombre al que debía llamarpadre.
Se sonrió, amargó. Apenas se percataba de lo irónico de los títulos familiares… A Lune debía llamarle asistente y a ese sujeto tenía que referirse como padre. Vaya detestable vida… Al menos se holgaba con haberlo sacado de sus dominios. A pesar de haber recibido un golpe que le había dejado la mandíbula llena de cardenales, nada disfrutaba tanto como verlo rabiar, consciente de que ya no era un niño al que podía manipular a su antojo.
O eso esperaba…
Sus recuerdos lo traicionaron. Los días de juventud, cuando todo ese circo apenas iniciaba y él no sospechaba ni de lejos el cruel infierno al que se adentraba. Las largas horas de estudio, las burlas de sus "hermanos", el desdén de su madre adoptiva y el escarnio de su padre… El vacío de su verdadera madre y su hermano menor, ¿no se había ido todo gracias a una visión? Un momento, un repentino flashazo donde unos ojos azules lo consumieron. Entonces, los cinco años promoviendo a una empresa que no era suya, se disiparon. Y el placer de ver a escondidas a esa preciosa ninfa, justo en la mansión de sus dictadores, no hizo más que perfeccionar esa fantasía de cuento…
Los coqueteos, los juegos con las miradas, los acuerdos para verse en la terraza mientras ella arreglaba algún jarrón… Encerrarse en una habitación, hablarle de lo tediosa que era su vida, sentirse comprendido, besarla por primera vez… Era una vida dentro de la mentira que los Van der Meer le obligaban a fingir. Un mundo suyo nada más. Un mundo que lo convirtió en el ser más poderoso de la Tierra, fuera de las redes de su padre, un mundo donde sólo él tenía el mando. El mundo que se convirtió en posibilidades infinitas cuando ella aceptó casarse con él.
Sólo faltaba algo… Destruir esa vida de mentiras para que la vida deverdadsurgiera.
"Ellos no lo aceptarán…", fueron los miedos de ella. Y no erró.
"Te quitarán todo, quedarás en la calle como yo…"
¿Temor a la pobreza? ¡Por favor! Él había venido de ahí, nada le daría tanto placer como quitarse aquellos grilletes llamados riqueza… Y si era por ella por quien podría romperlos, nada sería tan honorable.
Los enfrentaron, juntos. Con ella a su lado, ¿qué podría hacerle frente? Se rieron de él, trataron de intimidarlo, le quitarían su nombre, su prestigio, se despediría de sus beneficios como hijo de un magnate.
Palabrerías que él disuadió fácilmente…
Le quitarían el apoyo económico a su verdadera familia.
Entonces dudó.
Su madre estaba enferma, un cáncer mortal había invadido sus huesos. Su hermano tenía que decidir entre ir a la escuela o cuidarla hasta la hora final. Las medicinas costarían mucho, aún faltaban varios años de tratamientos dolorosos.
Se lo dijo, se sinceró con su preciosa ninfa…
Y ella supo que la decisión estaba tomada, por él, por ambos. El magnate y controlador padre la había citado un día, luego de que anunciaran sus planes de casarse. Le contó su estrategia para hacer declinar a su hijo, y la amenazó con arruinarla también. Le ofreció marcharse, de vuelta a su país natal, y no regresar hasta que él estuviera casado con alguien más. A cambió, él estaría bien, al igual que su familia.
Ambos aceptaron yfirmaronel nuevo contrato.
Jamás se dijeron adiós.
Ella desapareció un día, la casa no volvió a llenarse de flores y la vida de él se volvió gris, mucho más gris…
Porque eso es lo que somos, él lo sabía… Sólo marionetas, disponibles a los hilos del mejor postor.
Apoyó la frente en el volante. La había dejado allí por demasiado tiempo, las bocinas de los autos detrás chirriaban, sus dueños le levantaban dedos y voces ofensivas con exasperación. La pregunta de todos los días vino otra vez a su cabeza… Ese susurro cruel que lo agobiaba.
¿Para qué seguir?
Su antiguo compromiso con Pandora estuvo a punto de ser su verdugo definitivo. Imaginar su vida al lado de una mujer tan repulsiva no hizo más que acrecentar sus deseos de colgarse de una de las vigas de su biblioteca. Su ruptura, casi planeada por él mismo, resultó ser un verdadero pedestal, un banquillo que lo sostenía apenas de saltar con esa soga atada al cuello.
Y su juego con los medios y esa secretaria inexperta, temeraria en demasía para su edad, era una pequeña ventana de luz y de diversión insana a su desequilibrio mental… Sería triste cuando terminara y volviera a la misma oscuridad.
Se irguió en su asiento para avanzar la próxima vez que el semáforo se lo permitiera. Torció el cuello y regularizó la calefacción, era momento de regresar a su mundoirreal.
Sin embargo, su pie se quedó tieso sobre el acelerador, sin presionarlo. La luz verde se encendió… de pronto se olvidó de cómo manejar. Sus ojos abiertos, incrédulos, siguieron al transeúnte que atravesaba la calle contraria, los cabellos azulinos se perdieron entre la gente.
Entonces aceleró.
Las llantas de suAudirechinaron contra el asfalto. Giró a toda prisa, frenado por la nueva calle que también estaba atestada de tráfico. Su blanco continuó su camino hasta perderse de nuevo en el tumulto de hombres y mujeres que iban al trabajo. Él apretó la bocina, recibió miradas molestas a cambio. Mandó todo al carajo y salió de su auto. Corrió entre la gente, empujando, gritando que por todos los cielos lo dejaran pasar. La cabellera celeste brilló contra las luces del sol, la figura se desprendió de la gente al cruzar otra amplia avenida. Él tuvo que detenerse cuando los semáforos favorecieron a los autos. Contuvo sus ansias de atravesar aún con el riesgo de morir arrollado, sólo por ver si aquella imagen era real.
Escuchó el latido férreo de su pecho al visualizarla al otro lado; caminó, siguiéndola, a la par de ella aunque en la calle contraria. La vio detenerse frente a un edificio con escaleras y puertas corredizas, y frenó también. Los autos se detuvieron finalmente, nada se interpuso ya entre los dos.
Entonces, la reconoció.
Se quedó inmóvil, porque era tanta la incredulidad de verla allí que esperaba todo se disipara si acaso se atrevía a acercarse. Sintió el hormigueo de sus manos, la palpitación furiosa y exigente de su corazón.
"¡¿Vas a dejarla ir otra vez?!"
No… Nunca más.
Dio un primer paso para bajar de la acera.
Alguien se acercó a la bella imagen frente a él, deteniendo sus pies al instante.
Cauto, esperó a que aquel hombre se marchara, pero su previa incredulidad se acrecentó. Primero por el abrazo íntimo, luego por el beso delicado que ese otro sembró en los labios de la única mujer a la que amó. Los vio sonreírse el uno al otro, luego se alejaron, tomados de la mano, rumbo a las puertas de la clínica a sus espaldas.
Y él, sólo se quedó quieto, oyendo el tráfico, el mundo girando con él ahí.
Regresó en sus pasos, hacia su auto…
Era hora de continuar con su irrealidad.
Su realidad, su mundo perfecto dentro del mundo asqueroso que tanto detestaba, acababa de terminar.
