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~oOo~

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El dolor de cabeza lo despertó.

Abrió los ojos con cierto pesar, habría preferido dejarlos cerrados toda la eternidad. Sin embargo, sus sienes palpitaron maliciosas y eso fue suficiente para tomar la decisión de levantarse, deseando ir a por una aspirina. Intentarlo trajo consigo una nueva oleada de malestar y lo obligó a caer de nuevo en ese duro espacio.

¿En dónde estaba? Las amatistas orbes miraron al techo desconocido. ¿Dónde estaba su almohada? ¿Su mullida cama? Había sido intercambiada por un sillón maltrecho y en demasía incómodo. Además, tenía la ropa puesta y apestaba. Se olió el cuello de la camisa: whisky.

Entonces pudo entender y el condenado dolor de cabeza fue una razón más para reprocharse haber sido tan imbécil. Nunca había bebido de esa manera, elegir una ocasión comoesapara hacerlo no era precisamente algo que su "razonable" inteligencia pudiese aceptar. Porque al primer trago que le dedicó a su despechado orgullo, siguieron el de su madre fallecida, el de su hermano utilizado, el de su vida miserable…

Por eso, ahora estaba allí, en una casa completamente ajena, haciendo el más grande de todos sus ridículos.

Nada mejor para aumentar tu miseria,se dijo sonriente.

La nueva punzada en su sien le quitó toda mofa. Se irguió a duras penas, ¿dónde estaría esa chiquilla? La obligaría a buscarle medicina aunque tuviera que salir en la madrugada a buscarla. Su mano derecha se crispó contra algo, fue cuando se percató de ella. Estaba a sus pies, acurrucada en el piso, con la cara descansando en un espacio del sillón, totalmente dormida. Sus manos seguían estrechadas y eso le pareció demasiado estúpido. Sacó sus dedos de entre los de ella y se revolvió los cabellos de la frente. Una pésima idea, la cabeza le dolió más.

Se quitó la manta delgada que alguien le había echado encima y se levantó. Tambaleó un instante antes de poder caminar pasos que fueran seguros. Analizó la estancia unos momentos, realmente era un sitio reducido. Intuyó que la cocina debía estar tras ese marco cuadrado al final del pasillo. Caminó, totalmente sigiloso y dobló hacia ese lugar. En efecto, una cocina tranquila lo recibió. Perdió varios minutos en averiguar dónde estaría el condenado botón de la luz, pero jamás lo encontró. Al final, se acostumbró a la oscuridad y buscó a tientas el lugar donde tendrían que estar las medicinas. Después de haber hecho más ruido del necesario, se convenció de que en esa casa no tenían espacio para analgésicos. Todos gozarían de una excelente calidad física.

Encontró un vaso y lo llenó de agua del fregadero. Derramó el líquido sobre su cabeza, la placentera sensación de frescura redujo notablemente los ardores dentro de ésta. Llenó nuevamente el vaso y bebió las veces necesarias hasta calmar el mismo fuego en su garganta. Decidió regresar a su lugar y llamar a Lune, ya tenía suficiente de convalecer en dominios extranjeros. Un oscuro temor le embargó cuando sus manos no encontraron su celular en el sillón donde lo habían recostado. Hurgó en el piso, hallando la misma respuesta. Se palpó el pecho, no traía saco.

Arrugó el gesto, mesurándose. Byaku o Lune, tal vez él mismo, habían cometido la estupidez de quitárselo. Ni su billetera o su celular habían permanecido a su lado en esa tonta noche de errores. Echó un resoplido sintiendo una nueva palpitación en su nuca. Miró a un lado; aquella niña continuaba dormida. Pensó en despertarla y ordenarle que le pidiera un taxi, pero se contuvo. Parecía demasiado tranquila a pesar de que un ebrio repulsivo había invadido su morada. Recordó la razón de exigirle a Lune que lo llevara precisamenteallí.

Decidiendo esperar a que ella misma se despertara y así pedirle su celular, se acercó para levantarla del suelo. Un breve acto de bondad no le afectaría… Sus brazos la elevaron fácilmente, era realmente liviana. Caminó unos cuantos pasos para acomodarla en el sillón, se inclinó para quitar las mantas antes de recostarla. La sintió removerse entre sueños y eso le hizo perder el equilibrio. Su pie dio un mal paso y cayó sobre ella.

Maldición…

La dulce muchacha abrió los ojos. Sus miradas se encontraron, vio a las esmeraldas brillando con sorpresa, las mejillas tornándose al rojo más pueril. La vio abrir los labios, iba a gritar.

—Qu-e, qué…

Le cubrió la boca. Se contuvo unos segundos, aguardando a los padres airados que pronto saldrían de la habitación para asesinar al malnacido que estaba aprovechándose de su tierna hija.

Nadie salió. La calma perduró hasta que pudo entender que estaba a salvo. Por ahora…

—Cierra la boca, ¿entiendes? —le musitó. Ella asintió.

La soltó finalmente y se alejó de ella para ir al otro sofá. Se revolvió los cabellos, la cabeza estaba doliéndole de nuevo. Los reproches lo asediaron por ser tan amable y considerado…

—¿Señor Minos?

Ladeó el rostro para verla. Era ridícula, hincada de esa manera en el sofá, mirándolo como si esperara una bella palabra de gratitud por permitirle quedar en su hogar. Contempló la ropa holgada de dormir, los cortos pantaloncillos le permitieron observar a placer las delgadas piernas, así como las transparencias de su blusa le concedieron imaginar el contorno de sus senos.

Las tiernas mejillas seguían coloreadas por el mismo rubor…

Chistó, conteniendo las renovadas pulsaciones, y se tiró a su nueva "cama".

—Sólo vuelve a dormir —fue todo lo que le dijo, dándole la espalda.

—Ah… pero… —la escuchó levantarse, caminando hacia él. Tendió la misma frazada sobre su cuerpo—. Buenas noches, señor Minos.

Sintió que se alejaba y volvía a su sillón. La manta comenzó a acalorarlo, nunca fue un sujeto que sufriera o se quejara por el frío. Mas se quedó en su sitio, quieto y callado, indispuesto a levantarse y ofrecerle aquel abrigo. No tenía el valor de contemplarla de nuevo… No así, no en ese estado, en el que muchas cosas en su cabeza parecían contradecirlo.

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El Negocio Perfecto

-Capítulo 7: Mundo pequeño-

"Con frecuencia el hombre busca una diversión y encuentra una compañera".

André Maurois

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Los gritos de mi hermano y mamá me despertaron. Eran las siete de la mañana y todos lucían maravillosamente relajados. Todos habían dormido bastante bien al parecer… Todos excepto yo.

—¡Caray, Agasha, qué cara tienes!

Fue el saludo de Celinsa cuando me vio entrar a la cocina. Toda mi familia estaba ya a la mesa y contemplaron, conteniendo la risa, mis ojeras y mi rostro en medio proceso de momificación. Me senté en una de las sillas.

—¿Dormiste mal,Aaaagiiiii?—me molestó mi hermano. Comenzó a insinuar asuntos asquerosos entre mi jefe y yo, y se calló cuando le hundí la cara en su plato de cereal. Sus lloriqueos terminaron con mi triunfo: ¿qué tal si despertaba a mi amo?

Mamá resopló, sin defenderlo. Parecía enojada: —Pues ella no fue la única que durmió mal —sí, muy enojada—. Más te vale queestono vuelva repetirse, muchacha. Pasé toda la noche dormida junto al revolver de tu padre por si acaso ese borracho se atrevía a hacerte algo…

—Basta, mamá, te puede escuchar…

Mamá soltó una exclamación llena de ofensa: —¡Ahora resulta que tengo que callarme en mi propia casa! ¡Eso era lo que me faltaba!

Continuó emitiendo todas sus quejas mientras terminaba de cocinar el desayuno. Bufé, echando mi cara a mi mano. ¡Qué cruel crimen estaba pagando para tener una madre así!

Celinsa se me acercó cuando mamá dejó de quejarse. Me habló suavemente para que sólo yo la escuchara.

—¿Y qué tal fue todo, Agi?

Sabía qué quería decir… La cara me volvió a arder. Estaba segura de que lo ocurrido en la madrugada no había sido más que un sueño loco, pero había despertado en el sillón donde Lune y Byaku habían puesto al señor Minos. ¿Por qué? Aún recordaba su aliento y su mirada cerca de la mía…

—¿Agasha…? —mi prima me miró, consternada por mi silencio.

Pefko me apuntó: —¡Se puso roja! ¡Mamá, se puso roja! ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Ella hizoesocon él! ¡Lo hizo, lo hizo, lo hizo!

Me levanté para volver a embarrar su cara en su desayuno, ahora en sus hot cakes, pero el gesto adusto de mamá me contuvo. La abuela comenzó a menear la cabeza, diciendo que en sus tiempos las mujeres no eran tan atrevidas como ahora. Yo comencé a negar todo, jurando por lo más sagrado que eran mis días del colegio que todo era un malentendido. Celinsa se carcajeó, gracias al cielo tenía una risa contagiosa y todos se olvidaron del asunto.

Se marcharon después de terminar. Irían al parque acuático como habíamos acordado la noche anterior. Por obvias razones, yo tuve que quedarme en casa. Agradecí muchísimo el silencio que regresó a mi hogar. Fui a la sala nuevamente, contemplé el bulto envuelto en mi manta de caracoles. Mi jefe parecía dispuesto a dormir toda la vida aunque mi familia fuera demasiado escandalosa. Aproveché para subir a mi habitación y ponerme ropa decente, ya no tenía a la noche para que cubriera mi embarazoso pijama.

Bajé y lo encontré en la misma posición. Vaya flojo era en realidad este hombre…

Preparé mi propio desayuno y pensé en hacer algo para él. Pero, ¿qué le gustaría a su alteza real? Meses preparando cafés en una máquina deespressome indicaban que no se bebería ni de chiste mi agua hervida con descafeinado. Me decidí a dejarlo con hambre, ya tendría tiempo para prepararse algo en su mansión.

Regresé a la sala… Increíble, ¡aún estaba dormido! Miré al reloj sobre la televisión, pronto darían las 10. ¿Acaso no iría a trabajar? Me imaginé a la pobre Conner ya en su lugar, esperándolo fuera de su oficina, desmadrugada por las exigencias de este vago.

Sí, sí, el encanto de haberlo recibido a media noche era cosa del pasado, viéndolo allí, tan cómodo y calientito. ¡Bueno-para-nada! Quizá mamá no estaba tan equivocada.

Me levanté y me puse junto a él.

—Señor Minos... ¿señor Minos? —aumenté el volumen de mi voz hasta que dejó de ser un susurro. Le piqué el hombro, no reaccionaba. ¿Estaría muerto? —. Señor Minos, ¡despierte ya, holgazán!

Las mantas dejaron de cubrir su rostro, su perfil abrió los ojos entre ceños fruncidos. Retrocedí… Me senté de nuevo en el sillón contrario viéndolo incorporarse lentamente. Todo mi miedo se disipó al contemplarlo por completo. ¡Su cabello era un desastre! No compararlo conLuckyera imposible. Me mordí los labios para no echar una carcajada.

Su mirada amodorrada no me ayudó, tenía unas ojeras más terribles que las mías. Se me escapó una risilla que él alcanzó a escuchar.

—¿Acaso te reíste?

Su voz me paralizó, no estaba adormilado para nada. Me erguí en mi lugar, recuperando la seriedad.

—Buenos días, señor Minos.

Aah, odiaba ser buena con él. Pero admitía que era grandioso volver a decir esas palabras después de tanto tiempo sin verlo.

Él no contestó a mi saludo, algo de esperarse… Siguió allí, quieto, acomodándose el cabello que quedó menos risible luego de un rato.

—¿Dónde están mis pantalones?

Levanté los ojos, confundida. Tenía las piernas completamente cubiertas por la frazada, sólo alcancé a ver sus pies.

—¿Y bien…? Después de lo deanoche, ¿dónde dejaste mis pantalones? ¿O me los quitaste tan pronto que no recuerdas donde los dejaste?

¡¿Queeeeeee?!

—Yo, yo… ¡yo no le quité nada! ¿De qué…? Yo… —me levanté, enrojeciendo seguramente. Mi jefe me sonrió, íntimo.

—Por favor, cariño. Sé que tú también lo disfrutaste…

Mi ira aumentó, junto a mi pudor. ¿Había estadoasíde dormida? ¿Por qué todos decían esas cosas tan bochornosas?

Caminé por la sala, ya no quería ver sus ojos. —Le-le buscaré su dichoso pantalón, señor… pe-e pero estoy segura de que usted y yo no… nosotros…

Lo escuché reír, burlesco: —Qué ingenua eres.

Se puso de pie, estaba completamente vestido. Mi yo interno deseó estrangularlo.

—Vaya noche estúpida la que pasé aquí —se quejó, estirándose—. Y dado que seguramente he cometido grandes ridículos frente a ti, estoy dispuesto a dejar que me compenses con tus servicios el día de hoy. Primero, quiero un buen desayuno si no te importa.

Apreté los puños, todavía me sentía aturdida.

—¿Y qué puedo ofrecerle,señor?

Sus ojos se abrieron. —Vaya, ahí está tu altanería otra vez… Parece que dejarte sola estos días te hizo una maleducada. ¿Dónde está la chica complaciente? ¿Tengo que traerla yo mismo de regreso?

Quiso tocar mi rostro pero se detuvo. Ladeó su cabeza hasta su hombro, olfateó su camisa haciendo una mueca.

—Cambio de planes. Te dejaré prepararme un baño con sales relajantes…

Se desabrochó la camisa, tuve que apartar la vista. —Le ofrezco mi regadera si no es demasiado poco para usted…

Él resopló. —Con tal de darme una ducha.

Lo guié a la planta alta donde teníamos el baño. Abrí la llave del agua caliente.

—No abra demasiado el agua fría. Mi calentador no es muy confiable…

Me volví a él, arrepintiéndome de inmediato. ¡Se había quitado la camisa!

—Está bien, me desagrada el agua caliente de cualquier forma… —dijo, empezando a zafarse el cinturón.

Caminé rápidamente hacia la puerta. Su mano me detuvo.

—Consígueme ropa limpia.

Enarqué las cejas: —¿Y de dónde se supone que voy a sacarla?

—No lo sé, niña. Busca algo informal… No confío en tu criterio para elegir un traje. Sólo asegúrate de que sea de mi talla.

De su talla y su porte. Ah, ¿cómo se me ocurrió aceptar a este hombre en mi casa? Salí de allí, antes de que terminara de bajarse los pantalones. Le grité desde afuera que me pasara su ropa, podría lavarla mientras se bañaba y eso me evitaría una búsqueda muy fatigante. Abrió la puerta al poco tiempo y me la entregó, me escurrí de ahí antes de poder ver nada.

Eché sus harapos a mi lavadora y corrí al cuarto de mis padres. Papá tenía camisas de sus años de juventud, todas guardadas en la parte alta del closet. Comparé algunas con la camisa del señor Minos hasta encontrar una que no le disgustara a su refinado "criterio". Su ropa comenzó el ciclo de secado cuando fui a darle de comer aLucky. Por fin pude carcajearme del parecido de sus peinados.

Llamé a la puerta del baño después de casi una hora. Mi jefe tardaba más que yo para asearse… Y dicen que las mujeres somos las locas compulsivas por la higiene personal.

—¿Señor? Traigo ropa…

Déjala ahí. Saldré en un momento.

Así lo hice. Coloqué las prendas, su pantalón limpio y seco, junto a la camisa de cuello alto que le había conseguido, y regresé a la cocina. Estaba terminando su desayuno cuando escuché sus pasos. Me entorné para verlo; gracias al cielo, la camisa roja de papá le había quedado perfectamente. El estilo informal le sentaba bien, y comparado al hombre de aspecto desaliñado y ojos enrojecidos de esa mañana, esto frente a mí era mucho mejor.

—Espero que mi desayuno esté listo.

Se sentó en una de las sillas del comedor. Gracias al cielo, mi abuela me había enseñado a cocinar. Dejé su omelette con ensalada frente a él, junto a un vaso de jugo de naranja. Su primera cucharada me hizo sudar balas. Masticó lento y sin mirarme.

—¿Le… Le gustó, señor?

Alzó los hombros. —No está tan mal como esperaba.

¡En serio! ¿Por qué no se iba a su casa y me dejaba tranquila? Se quejó por el café, negado completamente a tomarse mi patética mezcla –como él lo llamó– de agua y café soluble. Lo vi beber lo que le faltaba del zumo de naranja. Luego me lo regresó para que volviera rellenarlo.

Tendría que exprimir más naranjas, pero me sentía mucho más tranquila con las manos ocupadas.

—¿Irá a la oficina hoy, señor? —pregunté mientras usaba el extractor.

—¿Por qué? ¿Comienzo a importunar tu apretada agenda? —qué hombre tan detestable—. No creo que mi ausencia provoque algún inconveniente. Además, no tengo audiencia hasta dentro de cuatro días. Decidí que podría aprovechar un fin de semana para dedicárselo a mi querida relación no oficial…

Me echó una mirada maliciosa y aceptó el vaso rellenado que le pasé. Pude sentarme junto a él esta vez. Guardé silencio, distrayéndome con lo que fuera. Oí que dejaba el vaso vacío sobre la mesa. Nadie dijo nada por un rato.

Suspiró… Sí, hasta él suspiraba.

—Lamento haber llegado así anoche, parecer ser que te causé algunos inconvenientes con tu familia… No suelo comportarme con tanto descuido, así que, acepta mis disculpas, ¿quieres?

No lo creí. Pero realmente esa amabilidad había salido del hombre reclinado en la silla a mi lado.

—Señor…

Quería que pudiera sincerarse conmigo. Oh, cielos, quería tanto que pudiera dejar de fingir que era un soberbio hombre de negocios. Pero él sonrió de pronto, callándome. Volvió a mirarme con su ceño altanero.

—Y ahora, dime algo: ¿crees que este escueto desayuno va a satisfacerme? Serás una pésima ama de casa si piensas alimentar así a tu marido… Vaya chica, desvergonzada.

¡Aagh! ¿De dónde salía tanto egocentrismo? Parecía que a este hombre la bondad sólo le duraba diez segundos al día. Me adelanté, dispuesta a objetar. Sus dedos aprovecharon la oportunidad y atraparon mi barbilla.

—Has estado muy ausente de tus obligaciones últimamente, ¿no? ¿Crees que permitiré que me desatiendas de esa manera…? Seré bueno contigo hoy y te dejaré enmendar el error que acabas de cometer con este patético desayuno —me soltó, su rostro se quedó cerca—. Vayamos a un sitio donde podamos disfrutar un tiempo de calidad como la feliz pareja que somos. Y ya que no traigo mi billetera conmigo, te dejaré complacerme con cualquier sitio de comida que esté a mi altura.

Por fin se alejó. Qué bueno o habría podido golpearlo. Pero si mi señor quería salir e ir pavonearse en algún lugar para ricos, no le quitaría su deseo. Con tal de demostrarle que no sería capaz de intimidarme. Saqué mi celular.

—Llamaré a Lune para que envíe a Byaku…

Su mano se posó en mi teléfono. —Eso no es necesario. Conseguiremos un taxi. ¿O piensas que te dejaré auxiliarte con el apoyo de otros? Eres responsable de mí, pequeña. Ocúpate de tus obligaciones como es debido.

Se encaminó a la puerta, yo tendría que seguirlo. Y aunque me sentía muy enojada con esa actitud llena de pedantería, no pude negar que algo se emocionó en mi interior cuando comprendí que pasaríamos juntos todo el día, sin demasiada compañía.

~O~

Decidí llevarlo a un bufete de comida rápida que quedaba a varias estaciones en subterráneo. El señor Minos se negó rotundamente a mi primera idea de ir alVergonnian.

—No estoy en condiciones para presentarme en ese lugar —me dijo. Qué bien, odiaba aquel restaurant de cualquier forma.

Por eso opté por mi idea de ir a donde papá solía llevarnos cuando éramos niños. Era un lugar de "buena calidad", estaba segura de que cubriría los estándares y el insaciable estómago de mi dueño. Además, estaba cansada de tanto pensar.

Demonios…¿es aquí? —miró la entrada con desdén. En cambio, no tardó nada en atravesar la puerta junto conmigo.

Me llevé una sorpresa en cuanto lo hicimos. ¡Estaba repleto! Me había olvidado de que era sábado, el día favorito para que decenas acudieran a comer todo lo posible por tan sólo cinco dólares. Creí que a mi jefe y su misantropía les daría un ataque cardiaco, pero él pasó entre la gente hasta una mesa que estaba libre en el fondo del corredor. Se quedó allí, esperando a que yo pagara para darle acceso a la barra de comidas. Solicitamos a una mesera que nos guardara el lugar.

—¡Con mucho gusto! —nos dijo, mirando encantada el rostro de mi jefe. ¿A dónde iba el mundo?

Contemplamos los diferentes platillos. Ensaladas, carnes, filetes de pescado y de pollo, pizza, y la especialidad del día: comida mexicana. El señor Minos encogió el gesto.

—Vaya comida corriente… —murmuró tan alto que el cocinero al otro lado alcanzó a escuchar.

—Es de buena calidad, se lo aseguro —argumenté, deseando que por todos los cielos se callara antes de que nos echaran.

—Oh, ¿sí? Eso de ahí me indica todo lo contrario —apuntó a un aderezo, una mosca rondaba alegremente a su alrededor.

Por fin, me dejó servirle algo de ensalada con pescado asado.

—¿Qué es eso? —señaló las tortillas y la carne en medio de ellas.

Sonreí: —Comida mexicana.Tacos, le llaman.

Por primera vez lo vi emitir un gesto lleno de curiosidad. Alargó su plato para que le sirvieran uno. Me arriesgué a pedir también, quería probarlos antes que él, esperaba no tuvieran demasiado picante. Por aquí somos demasiado cobardes en el tema de los condimentos…

Nos sentamos nuevamente. La mesera sonrió embelesada, nos dejó su nombre, ansiosa de que necesitáramos de sus servicios. Mi jefe seguía consternadísimo por el nuevo alimento en su plato, y seguramente, en su vida.

—¿Cómo demonios se come esto?

Contuve mi nueva ola de risotadas. Alcé mi mano y la acomodé en el aire como si fuese a tomar aquel taco.

—Así, tiene que agarrarlo con los dedos.

Arrugó el gesto: —Ni hablar… Es en suma antihigiénico. Un tenedor sería mejor.

—¡No! ¿Tenedor? No diga tonterías… —me callé cuando alzó los ojos, ofendido—. Es decir… Así no puede comérselo. No tiene sentido. Mire.

Tomé mi propia comida, enrollé la tortilla y la llevé a mis labios. Le di un pequeño mordisco que me tragué antes de volver a hablar.

—¿Lo ve? Es más fácil de lo que cree.

El señor Minos continuó contemplándome poco convencido. Se persuadió al final. Imitó mis gestos, torpemente, y dio una mordida tiburónica al inocente taco. La mitad quedó en su boca, escurriendo por su barbilla restos de salsa. Ahí reparé en mi error. Había olvidado decirle que el sabor era realmente fuerte. Sus ojos abiertos como si hubieran visto al peor de sus miedos me lo indicaron todo.

Corrí detrás de él cuando se levantó de su lugar para ir hacia los sanitarios. Lo escuché escupir, desde la puerta. Salió luego de algunos minutos, su cara había recuperado su color natural. Me disculpé, aunque, francamente, era su culpa por hacerse el valiente con una comida desconocida.

—Te costará caro, lo juro —emitió un murmullo tras la servilleta, todavía le costaba hablar.

Caminamos de nuevo hasta nuestro asiento, nuestra mesera estrella lo había cuidado bien. Un llanto me detuvo y me obligó a mirar atrás. Un niño lloraba a moco suelto, entre berridos y palabras extrañas, entendí que se había perdido, al parecer no había notado el momento en que sus papás se movieron de su asiento y se apartaron de él. Mi jefe me observó, exigiéndome con la mirada que regresara a mi lugar. Él y su inexperiencia con la comida eran tan alarmantes como el niño junto a mí.

—Le ayudaré a encontrar a sus padres… —me decidí a pesar de su gesto en desacuerdo.

Tomé al niño de la mano y le pedí señas o particularidades de sus padres. Apenas entendí algo, pero no podían estar muy lejos, ¿quién descuida a su hijo de cinco años de esa forma? Qué padres tan irresponsables tenemos hoy en día. Al cabo de un rato, los encontramos a la entrada, parecían igual de exhaustos que nosotros pues también lo habían estado buscando.

¡Muchas gracias!—me dijeron ambos abrazando a su retoño. Lo habían perdido de vista cuando pedían informes para ir a cierta calle. Eran extranjeros; eso explicaba mucho.

Regresé a donde había dejado a mi jefe. Estaba a punto de terminar el resto de su comida cuando me senté de nuevo frente a él. Me pidió informes de mi "buena acción" y le conté todo rápidamente.

—¿Así que me dejas solo para ir a ayudar a unos completos desconocidos? Sin duda, eres irresponsable con tus obligaciones…

Fruncí el ceño, cortando mi propia carne.

—Por favor, hago lo mejor que puedo. Además, lo traje aquí, ¿no? —musitó algo como, "a un lugar repugnante…", pero continué—: Y puede que usted crea que soy muy torpe o accesible con los demás pero, no puedo evitar sentirme comprometida cuando alguien está en problemas. Me involucro demasiado pronto con las personas, siento que si no les ayudo no podré vivir en paz.

—Un ángel salvador… Qué dulce —apoyó su mentón en una mano para mirarme—. Querida, acabo de percatarme de algo interesante: no posees ninguna cualidad que haga honor a tu carrera universitaria. La pregunta es, ¿por qué? Una chica buena como tú debería estar en Calcuta, hospedando huérfanos.

Contuve la respiración, sin deseos de enojarme más. De labios de otros esas hubieran sido palabras de elogio. Viniendo de él… Bueno, era obvio.

—La verdad, me metí a estudiar Comercio sólo porque mis padres lo propusieron…

Me interrumpió su risa: —¡Aquí viene! La triste historia de una chica que es usada por sus progenitores. Pero habla, vamos… Si hay alguien que adora lamediocridad, ese alguien soy yo.

Me sentí ofendida… Qué va, me había herido. ¿Cómo podía decir ese tipo de cosas el mismo sujeto que me había pedido disculpas en mi cocina? Agaché la cara soltando mi tenedor.

—Tiene razón. Soy una mediocre… Y es por eso que hoy estoy aquí, conusted, y no en Calcuta hospedando huérfanos.

Lo miré, igual de tajante que mis palabras. Pero él ensanchó su sonrisa. —¿Oh, sí? Pues lamento hacer tu vida más miserable, niña.

Comimos lo que faltaba en sin decir más. Ya no quise volver a verlo, sólo deseaba que termináramos y él regresara a su vida de mentiras lejos de mí. Se irguió en su silla, tomando el agua mineral de su botella de vidrio. Carraspeó.

—¿Y bien? ¿Vas a preguntar? —enarqué las cejas, confundida—. Tú me aburriste con tu historia universitaria, así que te recompensaré con un poco de sinceridad. Sólo una pregunta a la que prometo contestar honestamente.

Me sorprendí, casi olvidando todo mi enojo. ¿Una pregunta…? Sus ojos parecían realmente honestos con esa propuesta. Era como si conociera mi maldición: esa curiosidad insaciable que siempre he tenido. Miles de preguntas pasaron por mi cabeza. ¿Cuál podría aprovechar? Oh, rayos, estas oportunidades pocas veces se tenían.

¿Cómo se siente al saber que Lune tiene que decirle "señor"?

¿Usted amaba a Pandora?

¿Quién era esa mujer a la que su padre ahuyentó de su vida?

¿Lo que sucedió entre nosotros, en la sala de mi casa durante la madrugada, fue sólo un sueño?

Recordé algo. Mi curiosidad se explayó.

—¿Por qué el señor Aiakos le llamó "titiritero" el día que fue a su oficina?

Mis palabras salieron de mis labios antes de que me diera cuenta. Mi jefe parpadeó, ¿sorprendido?, ¿incrédulo de que usara mi cupón en algo tan simple? Suavizó la mirada… Quizá esperaba una de esas preguntas capciosas que los reporteros solían hacerle.

—Sí… —me escrutó, admirado—. Sin duda, eres una mujer interesante. Pero, lamentablemente para ti, esa interrogante queda fuera de los límites que se me han impuesto. Podrías preguntarle a Lune, le daré autorización de contestar si prometes guardar el pequeño secreto.

El maldito tramposo se levantó. ¡¿A eso le llamaba honestidad?! Como si no supiera que obligaría a Lune a inventar algo, cualquier historia barata, para lograr "satisfacer" a mi curiosidad. Lo seguí hasta la salida, era hora de que llamara a Byaku al parecer.

—¿Bromeas? —atajó cuando me vio sacar el celular—. El día apenas comienza, querida. ¿En qué pensabas cuando te dije que te obligaría a complacerme hoy? Ahora, llévame a divertirme. Estoy dispuesto a soportar este tipo de sitios de bajo rango con tal de que me entretengas.

Estiró una mano hacia la avenida para llamar un taxi. Yo me quedé contemplando su aire suelto y decidido. ¿A dónde se supone que debería llevar a una persona como esa?

Oh… y pensar que en el pasado no visualizaba un trabajo peor al de ser su secretaria.

~O~

Dimos vueltas en el taxi por más de media hora. Estaba tan nerviosa de su reto que no se me ocurría ningún sitio que fuese de su completo agrado. ¿Divertir a un magnate, yo? De verdad que me veía como su bufón…

Propuse la idea de ir a un casino pero él se burló de mí. Luego le dije que fuéramos a alguno de esos eventos preparados por sus colegas ultra millonarios, pero él volvió a negar.

—Ya conozco todas esas tonterías. Llévame a un sitio diferente.

Como si no fuera bastante difícil llevarlo a esos lugares… ¿Un sitio diferente? ¿La Luna lo complacería? Comenzaba a creer que su diversión era verme en aprietos. El muy cretino esperaba verme dudando, quería que me retractara y que admitiera que no estaba a la altura de sus necesidades. Ah, pues no le funcionaría.

Le pedí al taxista que diera vuelta en la próxima esquina. Puso cara de alivio cuando se dio cuenta de que pronto nos bajaríamos. Llevé a mi adorado jefe hasta los suburbios cercanos al enorme río que colinda con el condado. Cuando bajamos, él contempló el lugar con el mismo aburrimiento del bufete.

—Sólo sígame, por favor… —me adelanté. Lo sentí a mi espalda, caminando con desinterés. Pero ya vería, ya vería…

Llegamos a un pasillo ancho creado por dos altos edificios. Un largo trayecto de lonas empezaba, lleno de pequeños locales puestos aquí y allá. El señor Minos elevó la mirada, caminando unos cuantos pasos sin mí. Lo vi acercarse a una mesa llena de baratijas antiguas. Tomó una lámpara de queroseno apagada y la giró en sus manos.

—Interesante… hacía tiempo que no veía una de éstas.

¡Lo había atrapado! Incluso él tendría que sentirse atraído. ¡Gracias a mi abuelo por haberme llevado allí en mis tiempos de colegio! Me acerqué a él, la vendedora había pillado a un cliente eficaz y también se nos acercó. La compra-venta había comenzado. Permanecimos en ese punto por varios minutos, mi jefe terminó convencido de que aquella lámpara era necesaria para su itinerario.

—De acuerdo, la compraré —alargó una mano hacía mí: —Ahora, dame dinero.

Sí, claro, casi me olvidaba deeso. Acepté sin mucha queja, al menos lo tenía entretenido, por ahora…

Continuamos por una hora y hasta dos en ese tramo de locales. Temí a cada cambio que realizábamos, no por el dinero, sino por tener que ayudar a cargar tantas cosas. Mi amo era un comprador compulsivo, si por ser rico o quisquilloso, eso no lo sé. Pero terminamos con tres bolsas llenas de cachivaches que sin duda tiraría a la basura en cuanto llegara a casa. ¡¿Quién en su sano juicio compra un catalejo en pleno siglo XXI?

Pero él lo rodó entre sus dedos cuando terminamos la compra, mirándolo con nostalgia:

—De niño siempre quise uno… —murmuró. Y yo le creí.

La inmensa fila de negocios terminó al fin, antes de que me lamentara de veras por haberlo llevado allí. Contemplamos el malecón junto al rio. Mi jefe caminó, aún no se cansaba de ver cosas interesantes. Anduvimos por un rato hasta toparnos con una feria. Las lucecitas de juegos y otras atracciones ya emitían todo su fulgor pues comenzaba a atardecer justo cuando nos acercamos.

—¡Anote 100 puntos! ¡Anote 100 puntos y gane un premio!

Los gritos atrajeron nuestra atención. Ambos miramos al hombre barrigón, de acento extraño y con atuendo de gitano como de película de Disney, gritando su oferta a todo pulmón. Mi jefe lo pasó de largo conmigo siguiéndolo de cerca.

—¡Usted! ¿Quiere probar su fuerza, caballero?¿Ah?

Nos detuvo. Los ojos de aquel hombre chispeaban, mirando retadoramente a mi jefe. Cualquiera habría rechazado esa tontería, pero no, no el señor Minos. Ese era un juego de fuerza y valor, oh… le habían atinado al talón de Aquiles de su orgullo.

Pero el señor Minos sonrió, sin nada de ofensa. Siempre parecía amable cuando sacaba esa expresión para los demás, por supuesto, yo no entraba en esa categoría de afortunados.

—Gracias, pero debo declinar su oferta. Sin embargo… ella lo hará por mí.

Antes de que pudiera entender su maligna intención, ya me había sujetado de los hombros para empujarme hacia la condenada atracción. El raro "gitano" sonrió, dando sonoros manazos.

—¡Esplendido, esplendido! Venga por aquí, querida señorita… —me adelantó a la base donde un costal de boxeo esperaba. Me dio unos guantes rojos, también de boxeador—. El reto es pegarle a ese costal y tratar de anotar más de 100 puntos, ¿ah? Vamos, vamos… Es algo que hastaustedpuede hacer, ¿ah?

Lo escuché reír, yendo hacia atrás a donde mi jefe aguardaba con una enorme sonrisa de burla. Oh, sí… De nuevo divirtiéndose a mis expensas.

Cerré mi puño con los guantes puestos. Tal vez si imaginaba que el costal era su cara podría obtener los puntos necesarios…

—Señor, su novia parece bastante, bastante audaz, ¿ah?

Los oía cuchichear. Mi jefe rio.

—Para nada. Todo lo contrario… Trató de golpearme una vez. Tiene un brazo muy flaco, así que quédese tranquilo, no tendrá que darle nada.

¡Cómo…! Mi pecho bulló embravecido. Lancé mi brazo con toda mi ira. Juraría que nadie ha tirado nunca así. El costal se balanceó violentamente, de aquí allá, mientras la pantalla anunciaba 105 puntos. Sí, Pefko tenía razón, era una mujer muy agresiva. Me giré, azotando el guante en el suelo, el vendedor tembló.

—Bu-buen tiro, señorita… Nunca nadie había conseguido más de 100 puntos, ¿ah?

Levanté el mentón, con una mirada fulminante. —Pues sólo deme mi premio,¿ah?

Pagamos el precio de ese tonto juego y recibí mi recompensa. Entre varias chucherías, elegí una ballena de peluche. Podría comparar a mi hermano con ella cada vez que comenzara a comer como una.

—Nada mal para una mujer… —comentó el señor Minos, sin valor para mirarme de lleno.

—Gracias —dije sin más. Más que enojada, me sentí insultada por sus parloteos con el vendedor. No quería recordar sus palabras, y menos aún esa bochornosa acción en su oficina donde le clavé el mismo puño.

Un objeto llamó mi atención. Flotando en el aire como una pluma, reconocí la textura espumosa cuando se me pegó en el hombro. ¡Era algodón de azúcar! Busqué con la mirada hasta encontrar el precioso carrito del algodonero. Corrí hacia él sin siquiera pedirle permiso a mi jefe. No, no me interesa que piensen de mí como una verdadera niña. ¡Nada se compara a un algodón de azúcar recién hecho! Compré dos, enormes, y regresé con el señor Minos.

Él negó con la cabeza. —Sabes que detesto las cosas dul…

—No puede negarse a esto. Dijo que era mi obligación entretenerlo, ¿verdad? Acepte mis condiciones y pruebe antes de decir que "no". Y, en caso de que termine negado por completo, yo estaré dispuesta a comerlo por usted.

Le dediqué una mirada audaz. Si estos eran simples negocios, entonces yo tenía mis habilidades paravender. Él torció la boca, pero tomó el dulce sin chistar. Una victoria más para mí.

Caminamos un momento entre el resto de la gente y los negocios coloridos. Los juegos mecánicos hacían ruido con las personas en su interior. Me frené en seco ante una maravillosa visión: miré admirada a la enorme rueda de la fortuna a varios pasos de nosotros. Había subido una sola vez en toda mi vida, cuando tenía diez años. Jamás pensé volver a verla y menos con una persona comoesajunto a mí. Oteé al señor Minos, discreta, él encontró mis ojos rápidamente y negó con el entrecejo unido.

—Ni lo sueñes.

¡Ah, cruel! —¿Por qué no? ¿Le disgustan las alturas…?

Me atacó con la mirada, como indignado.

—Es un aburrido recorrido de veinte minutos. No pienso perder mi tiempo en algo tan trivial…

—Puede ser divertido si usted quiere… —podía admirar el paisaje desde allá, ¿no?.

Pero su expresión se volvió pérfida.

—¿Oh, sí? Veinte minutos a solas, en una cabina en movimiento a la que puedo hacer subir el calor… Claro, tengo buenas ideas.

Rozó mis labios con su algodón de azúcar. Retrocedí, ofuscada.

—Olvídelo, cambié de opinión.

Lo admitía, su estrategia había sido brillante…

Continuamos nuestro recorrido. Traté de quitarme el hormigueo en mi estómago, pero sus palabras siempre eran de efecto permanente. Ya sea que fueran bondadosas, crueles, burlescas, atrevidas… Sólo él sabía hacerme estremecer de esa manera. Me alegraba no haber subido a esa rueda de la fortuna…

Sentí su presencia junto a mí. Como si no estuviera lo bastante nerviosa, me rodeó la espalda con un brazo.

—Hace frío, ¿verdad? —temblé, no por el clima…—. Vayamos a sentarnos a algún lado.

Llegamos a las bancas de un pequeño teatro. Me mantuvo abrazada incluso hasta quedar sentados. Oí los murmullos y sentí las miradas de algunas personas a nuestro alrededor. Entendí el porqué de tantoafecto.Observamos una presentación de títeres, ni las voces ni los contoneos torpes de los muñecos consiguieron quitarme esa amarga sensación de sentirme utilizada. Me entretuve picoteando el algodón que mi dueño me había regalado después de empalagarse demasiado.

Escuché las risas del público pero no fue eso lo que me inquietó: el señor Minos parecía igual de atento al pequeño escenario, conteniendo una rara sonrisa.

—Mal movimiento… —comentó de pronto, viendo las vueltas de uno—. Ese marionetista no sabe utilizar la cruceta. Tendría que mover menos las cuerdas.

Estaba muy concentrado. Sólo ponía esa mirada cuando estaba en su oficina, examinando sus documentos. Decidí aprovecharme de ese trance.

—¿Conoce de títeres, señor?

Se alzó de hombros, modesto, aún sin mirarme…

—Mi madre hacia títeres cuando era niño. Jugaba con ellos antes de que me pidiera salir a las calles para venderlos.

¡¿Qué?! No podía creerlo, había obtenido su sinceridad sólo con distraerlo.

—¿Por eso el señor Aiakos lo llama "titiritero"?

Su bella concentración se terminó. Giró a verme, atrapado en su error. Crispó las cejas, con aire aterrador.

—Más vale que no se lo digas a nadie o si no…

—¿Y por qué le diría a alguien? —susurré ofendida, con voz firme. No iba a permitirle que me intimidara—. Caray, ¿por qué siempre es tan desconfiado con todo el mundo?

Me contempló, callado un momento. Sus cejas continuaron unidas.

—Porque no hay nadie en el mundo que merezca mi confianza…

Se puso de pie y salió de la hilera de bancas. Sus palabras me parecieron dignas de un amargado, y también de alguien que ha tenido que sufrir lo necesario como para declarar esa verdad. Me levanté también para seguir su espalda. Las mismas ideas del día anterior me dominaron, ideas de compasión hacia él, aunque fuera un tipo detestable. Y eso era lo más caótico de todos mis pensamientos dedicados a su favor. Que no importaba cuán horrenda fuera su actitud, siempre había algo, una mirada, una frase, que dejaba salir a la superficie un poco de quien en realidad era.

He ahí el mayor de mis dilemas: Desear abrazar a un sujeto a quien segundos antes me moría de ganas de patearle el trasero.

—¡Es Minos Van der Meer, mamá!

Ambos nos giramos al sonoro anuncio. Una chica se acercó a toda prisa, jalando de otra mujer, su madre seguramente. Las dos llegaron hasta mi jefe, yo tuve que ir también, ansiosa de saber qué sucedía. ¿Admiradoras? ¿Fans locas que amaban a ese "atractivo" hombre de negocios? El señor Minos se detuvo cuando le cortaron el paso. La mujer se agarró el pecho, ahogada en lágrimas.

—¡Oh, gracias a Dios! Gracias a Dios, esto es un milagro…

La gente comenzó a rodearnos, pensé que podría ser un show preparado para atraer a la prensa. Pero el señor Minos las contemplaba igual de absorto.

La mayor de ellas se limpió las lágrimas, tratando de refrenar sus sollozos. Su hija se adelantó.

—Oh, señor Minos. Perdone que los asustemos así. Mi papá está en la cárcel desde hace dos meses. Su jefe lo acusó de robar mercancía de su negocio, pero ¡no es verdad! No teníamos dinero para pagar a un buen abogado. Y… en la televisión dicen que usted ayuda a personas como nosotros.

La madre se adelantó, lo aferró de los brazos: —¡Por favor! Él era el sustento de la casa, sin él no podremos sobrevivir. ¡Ayúdenos! ¡Le pagaremos aunque quedemos en deuda con usted toda la vida!

Algunas personas a nuestro alrededor comenzaban a conmoverse, otras murmuraban cosas como "qué mujeres tan dramáticas…". La imagen del señor Minos seguía imperturbable, algo me decía que él también pensaba lo mismo que los demás.

—Agasha… —lo escuché, volvió a alargar uno de sus brazos: —Pluma y papel, ahora.

Lo obedecí, rebuscando en mi bolsa lo solicitado. Dejé mi libreta de apuntes y una pluma en sus dedos. Escribió rápidamente y arrancó la hoja que pasó a la inconsolable mujer.

—Es mi número privado. Vaya mañana a mi oficina y veré qué puedo hacer.

Los ojos de madre e hija se iluminaron, gritando agradecidas. Se alejaron abrazadas, sollozando todavía. Me pregunté cómo habían encontrado a mi jefe en primer lugar.

Lo volví a ver, parecía tan expresivo como una roca, viéndolas marchar. Después de un rato, dio media vuelta y comenzó a caminar también, seguido por mí. Quería decirle muchas cosas y descubrir qué había tras su rostro frío, pero no tuve el valor de hacer algo de eso.

La atención de las personas que habían visto todo se contagió a las demás. Ya estaban chachareando sobre quién podría ser ese hombre, o si de verdad seríamos la pareja desigual que tanto se anunciaba en televisión.

—Agasha.

Su voz volvió a detenerme. Que murmurara mi nombre dos veces en el mismo día, me perturbaba. Me posé a su lado, preguntándole qué quería.

—Subamos.

Alcé la mirada a la misma dirección. La rueda de la fortuna estaba ante nosotros. Mi corazón se agitó.

—¡N-no! No tenemos que subir ahí si usted no quiere, se-señor…

Él echó un resoplido: —Por favor, no me digas que creíste mis palabras sobre aprovecharme de ti. Anda… Las personas comienzan a mirarnos y tengo el presentimiento de que no tardaran en acercarse. Ya no estoy dispuesto a soportar sus parloteos.

¿Esa era su excusa? Como si no le gustara recibir atención de la gente… Después de negarse a subir, ¿ahora tenía muchos deseos de hacerlo? Propuse marcharnos si tanto le fastidiaban los demás, su persistencia creció.

—Quiero ver la ciudad desde allá… Deja de negarte de una vez, ¿quieres? Recuerda que es tu trabajo complacerme hoy.

Ycomplacerlodemasiado era lo que me preocupaba…

Dudé por más tiempo, debatiendo entre mis deseos de mirar el paisaje y mi consciencia advirtiendo que eso no sería buena idea. Tragué grueso, oyendo la voz de mi jefe para que me diera prisa. Preparé mi gas pimienta antes de pagar y atreverme a entrar a la cabina con él. Nuestras cosas quedaron en manos de un encargado de paquetería. Eso fue un autogol, teníamos mucho espacio libre para ambos, y ninguna barrera para ocultarme. Me senté en el sillón contrario al suyo, atenta a sus movimientos. Pero él se quedó tranquilo, observando por la ventanilla, sin dirigirme la palabra durante largos minutos.

Imité sus acciones y miré a la lejanía. La altura iba creciendo, creciendo, creciendo… Igual que el movimiento frenético de mis latidos. ¿Podría él escuchar su sonido? Sintiéndolo salirse de mi pecho, casi podría decir que sí. ¡Rayos, rayos… ¿por qué estaba tan nerviosa?! ¿Era por temor a que se abalanzara sobre mí? No… era por su calma, por sus ojos perdidos en la inmensidad de esa noche tan oscura.

—Demonios, esto es realmente tardado…

Lo miré, sí que era impaciente. Ver a sus labios murmurar aquello me recordó el movimiento que emitieron la noche anterior, murmurando tonterías cuando aún estaba bajo los efectos del alcohol.

"Buena chica…"

El corazón me dio un tumbo. Las preguntas que traté de evitar por todo el día se lanzaron en mi contra.

¿Por qué había ido a mi casa? ¿Por qué seguía conmigo haciendo todas estas cosas tan "cotidianas"? Claro… era su alternativa más viable. Su salvación a la monotonía. Pero aun así, ¿por qué me atrevía a creerme más importante de lo que nunca sería? ¿Por qué este hombre seguía dándome órdenes y yo me quedaba quieta, dispuesta a obedecerlo aunque ya tuviera el suficiente dinero para mandarlo al carajo por todos sus desplantes?

—¿Señor…? —murmuré quebrando el silencio—. ¿Puedo preguntarle algo?

Él continuó atento al mundo allá afuera. —Supongo que aunque diga que no, lo harás. Así que, termina rápido…

Cerré mis dedos sobre mis rodillas.

—¿Por qué bebió tanto ayer?

¿Qué lo había sacado de control? ¿Qué lo obligó a perder su prudencia? ¿Podría decírmelo…? ¿Podría volver a sincerarse?

De pronto, cruzó las piernas, entrelazado sus dedos sobre ellas. Era como si se preparara para un importante contrato. Elevó el rostro, callado, lleno de su elegancia en una simple cabina sucia.

—Eso es algo que no te incumbe —espetó. No me diría nada, ¡cómo esperar algo diferente!—. Pero dadas las circunstancias, podría hacer una excepción. Después de todo, invadí tu hogar de la forma más absurda…

Regresó sus ojos a la oscuridad al otro lado del cristal.

—Hace tiempo perdí a una persona muy importante. Una mujer, si debo especificar… Las causas de mi fracaso con ella son poco relevantes ahora, por supuesto. Pero… debo admitir que fueron meses de angustia sin el menor atisbo de su existencia. Desapareció un día, como la luz de un foco fundido —soltó una risa—. Creí que había muerto, queellosla habían asesinado… No importa.

"Luego, creyendo que jamás la volvería a ver, me encontré con ella. Justo en las calles de esta ciudad. Ahí pude darme cuenta de que el mundo sigue siendo muy pequeño. La perseguí en mi auto para preguntarle qué había sido de ella todos estos años y me llevé una interesante sorpresa. Miquerida florestaba abrazando a otro hombre. Uno con el que va a casarse muy pronto… Sí, investigué lo necesario en cuanto llegué a mi oficina. Que mientras yo vivía un infierno con una mujer detestable, ella estaba disfrutando su existencia conotrofeliz afortunado…"

Reposó el mentón en una mano junto a la ventana: —Así que salí del trabajo ayer y me metí al primer bar que encontré. Como podrás ver, no soy más que otro mortal estúpido que vive a expensas de los otros… Sólo soy otro hombre que no tolera el despecho y toma la salida fácil con una botella de alcohol. Así de simple soy en realidad.

Volvimos al mismo mutismo.

Me mordí la lengua para prohibir el paso a cualquiera de mis palabras. Escuchar esa historia de sus labios trajo un sentimiento muy distinto al que Lune había provocado. No me sentía tranquila, no estaba feliz por haberlo escuchado en esa faceta honesta. Ya no podía decir nada, no quería…

Pero mi voz se escapó de mi garganta.

—¿Y por qué… por qué fue a mi casa después de eso?

Frené mi boca. ¡Ah, qué mujer tan estúpida! Deseé que él no me hubiera escuchado, pero ahí estaba, girando su rostro hacia mí con mucha atención. Sus ojos brillaron, y se desviaron hacia cualquier cosa que no fuera yo. Su sonrisa dejó toda ironía.

—Tendrás que disculparme… —murmuró, la misma voz que en mi cocina—: Pero, esa es una respuesta que ni siquiera tengo yo.

El trayecto de la cabina terminó. Cuando menos lo presentimos, estábamos de nuevo en tierra firme. Nadie había contemplado ningún paisaje, ni disfrutado de la vista. Salté fuera del vagón en cuanto pude, adelantándome a toda prisa. Caminé para dejar de mirarlo, para dejar de pensar en su actitud amable que no era más que falsedad. Aquellos ojos tristes, su expresión melancólica hablando de esa otra mujer… No pude sentir otra cosa más que empatía. ¡Al señor Minos también le podían romper el corazón! Cuanto me habría reído de él en el pasado, lo habría disfrutado tanto. Pero ahora… Recordando la fiesta de bienvenida que Shion me había solicitado, sus ojos dulces llenos de embeleso por esa otra mujer…

Y yo… yo sólo era el entretenimiento de mi jefe para distraerlo de sus ratos tristes. ¡Una nueva clase de alcohol pero más fácil de manejar!

Escuché pasos frenéticos a mi espalda.

—¡Hasta cuando vas a detenerte! —alguien jaló de mi mano. El señor Minos me miró, cansado y molesto por obligarlo a perseguirme.

—Lo… lo siento… Yo… No sé qué ocurrió.

Y decía la verdad. Me había puesto a caminar a toda velocidad sin pensar en nada. De repente, detenida ya por completo, pude sentir el frío en mi cara. Apenas me percaté de mis lágrimas… El señor Minos abrió los ojos, sorprendido también. Incliné la cabeza, qué torpe, qué torpe me sentí.

—Ah, demonios… no haga caso de esto… —me restregué el rostro, alejándome otra vez—. Descuide, no tiene nada que ver con usted… Yo no… Dejaré de llorar en un momento, así que n-o…

Mis palabras se ahogaron cuando volvió a tomarme del brazo. El miedo se transformó en sorpresa cuando su boca atrapó la mía, frenando cada sollozo. ¿Cómo lo conseguía…? ¿Por qué para él era tan sencillo controlarme? Su respiración se golpeó contra mi aliento, mirándome con sus ojos entrecerrados.

—Es por la altura… —susurró suave—. El cambio de precipitación allá arriba hace que el pecho se dilate. Entonces vienen las lágrimas.

No supe de qué hablaba, ni tampoco traté de entenderlo. Sólo imité a sus parpados cuando se cerraron para volver a acariciarme con sus labios, abrazándome, sintiendo el sabor dulce del algodón que, yo creí, ni siquiera había probado. Sus manos heladas se pegaron a mi blusa, resentí la presión de sus dedos arqueando mi cintura, su boca presionándose con más ahínco, saboreando entre mis comisuras, coqueteando con mi pudor. Un beso que mi hizo temblar de vergüenza. Demasiado atrevido para mí.

Tratando de no caer ante mis rodillas temblorosas, crispé mis dedos contra su espalda. Sus labios se curvearon como respuesta.

—Adoro cuando haces eso,pequeña…

Si no me había dejado lo bastante tremolante, con su susurro lo consiguió. Dejé mi cabeza abajo, incapaz de enfrentarlo. Quise apartarme de su pecho pero él no me dejó.

—Espera un poco más.Estánobservando… —dijo con voz queda, apretándome aún más.

Yo lo acepté. Me recargué en su hombro… Mi gran actuación. Una feria, un camino junto al malecón, luces, la noche, una escena romántica que todos tendrían que ver para reconocernos… Pero, fue extraño, porque mirando con cuidado a mi alrededor, no divisé a nadie que quisiera ponernos atención.

Su aliento hizo cosquillas en mi oído, pero consiguió acabar con lo último que quedó de mis deseos de llorar. De pronto, sus dedos se presionaron entre los míos… y eso rompió mi burbuja de serenidad.

¡No tenía nada en mis manos!

—¡Olvidé las bolsas! —me aparté un poco, sus ojos se tornaron divertidos.

—Oh… ¿Te atreviste a olvidar mis pertenencias? Veo que tendré que castigarte, pequeña ovejita. Vamos, tal vez te haga subir conmigo otra vez a esa cabina.

Me derritió con su nueva expresión. Aun así, me obligó a seguirlo de vuelta a la enorme atracción. Mi mano perduró atada a la suya, como la noche en el sillón. Nuestra caminata de regreso demoró más de lo que había imaginado, ¿cómo pude alejarme tanto sin darme cuenta? Doblamos al nuevo pasillo de comercios, todos coloridos y llenos de luz, oliendo a salchichas asadas y otros aromas cocinándose para los paseantes. Fue entonces cuando reconocí entre la muchedumbre al rostro sereno y la cabellera verde de Shion, atento a un vendedor que le entregó dos papas horneadas.

Eso quería decir que…

Mi mano se sintió vacía de un momento a otro. Miré hacia un costado, el señor Minos me había soltado. Su vista dilatada quedó fija al frente, y seguí su dirección hasta encontrar a la mujer más bella en todo ese tumulto de personas que también lo miraba con la misma expresión.

Y si acaso sus ojos no me consternaron, el susurro incrédulo que él emitió fue suficiente.

Albafika…

Una palabra nada más. Su nombre… Un reconocimiento.

Sí, no había que ser muy listos para entenderlo. Y con ello pude comprender cuán cierto era aquello que el señor Minos me había dicho allá arriba, cuando estuvimos solos, lejos deestatriste realidad:

Que el mundo era, en verdad, muy, muy pequeño.