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El Negocio Perfecto

-Capítulo 8: Ceder a tus miedos-

"Somos criaturas tan tornadizas, que acabamos por experimentar los sentimientos que fingimos".

Benjamin Constant

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El viento en invierno era gélido, pero esa noche, paseando entre decenas de personas, el frío casi podría disiparse. Caminando entre todos ellos, oyendo el jolgorio de sus voces, las resonancias de los divertidos juegos de la feria, era como si la ciudad hubiese dejado de existir para adentrarse entonces en un mundo fantástico donde sólo había risas.

Un mundo dentro de otro mundo…

Como el suyo.

Se quedaron en silencio cuando llegaron al barandal que separaba el enorme espigón del también gigantesco río, que entre la noche solía asimilar la apariencia de una lóbrega laguna. Mirando a la distancia, las únicas palabras que habían dicho al verse eran aquellas que concretaron el acuerdo de apartarse a ese lugar, lejos de la verbena, del jugueteo y del encanto.

Solos, como la primera vez, expuestos a la brisa y la negra noche frente a ellos. ¿Quién tendría el valor de hablar primero? Sintiendo la presencia del otro a esa distancia tan corta, ninguno se atrevió.

—Debo admitir que es raro verte en un sitio como éste…

Por fin, los delgados labios se atrevieron a decir algo. La frase había sido una ironía, su tono un llano nerviosismo. Minos se recargó aún más sobre la rejilla metálica, echó una risa, carente de alegría.

—¿Por qué? ¿Soy demasiado frívolo para ti como para venir a una estúpida feria?

La escuchó soltando un suspiro.

—Años sin vernos, ¿y lo primero que haremos es discutir?

—Oh, pues entonces lamento ser mala compañía para ti.

Los ojos cobalto refulgieron con las cejas frunciéndose en su dirección. Eso le divirtió, tal como en los tiempos de antaño cuando la hacía enojar con alevosía. Por ver el resplandor de su mirada irritada habría sido capaz de cualquier cosa… Mas volvió la calma inmediatamente. Ella regresó la vista a la oscuridad al enfrente.

—Parece que Lune tenía razón: sigues teniendo un humor terrible.

Eso le desagradó, una verdad que había descubierto la mañana anterior cuando investigó el paradero de esa dama a su costado.

—Has estado en contacto con él, ¿cierto? Todos estos años… —el bello rostro se inclinó, asintiendo. Minos resintió a sus sienes palpitando—: Así que hablabas todo este tiempo con él mientras yo te creía muerta.

—Era la única manera, sólo así podía saber de ti sin que ellos se enteraran… Él quiso decírtelo pero yo se lo impedí. No quería que supieras de mí, no después de lo que ocurrió. Ese fue el trato, ¿recuerdas?

Su nueva ola de objeciones se detuvo al sentir su mirada fija en él, así como por el recuerdo de ese contrato, ese soborno dado por su familia adoptiva a cambio de garantizar la supervivencia de su verdadera madre y su ilegitimo hermano. Percibir en los ojos azules la misma acusación que él se había hecho durante años consiguió helarlo aún mejor que la temperatura hostil de esa temporada. Verla allí, luego del largo tiempo sin estrecharla entre sus brazos, fue la noticia certera, la demanda perfecta en su contra.

Si la había perdido, había sido sólo por su culpa.

—Ya no importa —Albafika volvió a hablar, sus manos apretando el barandal—. Sólo no acuses a Lune de esto, ¿quieres? Fue mi decisión que no supieras nada de mí.

Un trémulo silencio los consumió, oyendo solamente los chillidos de la risa y la diversión a sus espaldas, aunado al de sus respiraciones agitadas por el frío.

Los pensamientos tuvieron oportunidad para formalizarse en la embrollada mente del de cabellos blancos, junto al recuerdo de ella en las calles, afianzándose a los brazos de eseotroafortunado. Apretó los dientes, debatiendo con su orgullo y sus estúpidas emociones. Al final, soltó la pregunta como si escupiera algo desagradable.

—¿Vas a casarte, Albafika?

Otro mudo segundo se prolongó… La vio erguirse, trataba de ocultar la sorpresa ocasionada por el repentino cuestionamiento. Los bellos parpados se cerraron, sonriendo.

—Sí.

Las decepciones son algo ambiguo, imposibles de palpar o de pesar. En cambio, la suya, en ese instante, fue una dura roca aplastándolo, quebrantando el último gramo de sus fuerzas…

La lucha por dejar de doblegarse perdió sentido en el momento que entendió todo.

Iba a perderla…

Para siempre.

—No puedes hablar en serio…

Se irguió también para mirarla, frunciendo las cejas con dolor… Porque sóloella,en su mundo perfecto, podría verlo con una expresión así.

—Pero así es, Minos. Me casaré.

Sus ojos tenían la misma severidad de siempre. La apariencia fina, noble, casi delicada, siempre contrastaría con la certera mirada de color zafiro. Una mirada capaz de emitir la sinceridad más sutil, con dulces palabras de amor, o la honestidad más lúgubre, como esa donde sólo un par de palabras habían conseguido someterlo como si hubiera recibido un puñetazo en el pecho.

"Me casaré…"

Allí se iba su mundo real otra vez.

¡Tenía que objetar, hacerla entrar en razón! Convencerla… De algún modo, de alguna forma.

—Por favor, Albafika…

Se acercó, alargando una mano suplicante. Mas ella negó, brillando sus preciosos ojos como diamantes.

—Lo amo —lo detuvo de lleno—. Yo… Amo a ese hombre. No quiero que pienses que me casaré sólo por despecho o por venganza porque no es así. Mientras estuvimos lejos pude entender todo muy bien. Que tú y yo no tendríamos razón alguna para estar juntos. Es decir… —se limpió las lágrimas—. Si mi padre no hubiera enfermado ese día, yo no habría ido jamás a la mansión de los Van der Meer. Fui sólo para ayudarle con el trabajo. ¿Lo entiendes? Tal vez nunca me habrías conocido y seguirías con tu vida sin mí…

Respiró hondo, secándose lo que quedaba del llanto en sus mejillas.

Se aclaró la garganta, volviendo a su estabilidad. —Así que… Conocí a Shion y pude darme cuenta de que había más personas aparte de ti. Sé que no es tu culpa, no quiero que me malinterpretes. No te culparé nunca de lo que ellos te obligaron a hacer. Pero, ¿sabes? Él me hace feliz. Con él puedo ver un futuro menos complicado, con él puedo pasar los días sin pensar "lo hice abandonar a su familia por estar conmigo…". Y por eso, he decidido casarme con él.

La mano que Minos había estirado a su favor, finalmente cayó, flácida a su costado. No era un imbécil; había comprendido rápidamente sus palabras, aquella nueva acusación oculta entre sus bellos labios, la verdad de su destino. Y lo aceptó.

Se tornó de nuevo hacia el resonar del río.

—Agradezco tu sinceridad… Siempre fue lo que más me gustó en ti —susurró, resistiendo el duelo—. Supongo que, es momento de despedirnos.

Soslayó su figura encogiéndose, callada otra vez, sin negar a su propuesta.

Sí, un día sucedería esto…

—Hay algo que quiero pedirte antes de hacerlo —la escuchó.

Minos sonrió, mordaz. —Si se trata de ir a tu boda, tendré que decir que no.

Ella se viró de pronto, entornando los ojos mientras musitaba su nombre con enfado. Sin duda, extrañaría hacerla enojar.

—No se trata de eso. Es, sobre esa chica —apuntó discreta hacia atrás, en donde sus respectivas citas los aguardaban.

Minos enarcó las cejas: —¿Qué hay con eso?

—¿Piensas que no me doy cuenta de que todo esto es algún plan tuyo? Lo de tu compromiso con Pandora es aceptable, dado que esa mujer es realmente detestable. Pero, esa chica… ¿no crees que es cruel que la trates así?

La sorpresa llegó ante su nueva acusación. Disuadió todo por el juego, cruzándose de brazos.

—¿Tienes celos de mis citas no oficiales, Albafika?

Pero ella no enfureció, ni se alarmó ante su provocación.

—Creo que tú mejor que nadie sabe lo terrible que es sentirse manipulado por otro, ¿verdad? Conocí a alguien que detestaba a todo aquel que se aprovecha de la situación de los demás… Quiero pensar que esa persona existe todavía.

Lo observó fijamente, afirmando sus palabras con su mirada. Correspondiendo su gesto, Minos se perdió nuevamente en el pasado. Sólo sus ojos podrían dominarlo de esa manera. Cansado de favorecer así a sus emociones, asintió, lleno de toda su ironía:

—Sus deseos son ordenes, mi señora —se inclinó dramático.

La oyó refunfuñar entre dientes. —Nunca cambiarás…

Albafika emprendió el camino hacia el nuevo hombre de su vida, hacia la realidad definitiva. Sus pies se detuvieron un instante, su espalda se inclinó suavemente a favor de su pasado, hacia Minos quien no se atrevió a mirarla otra vez.

—Adiós, Minos… —susurró, sólo para él, junto al viento que ya era terriblemente álgido.

Y recomenzó su camino, hasta perderse el sonido de sus quedos pasos.

Saboreando el precio final de sus decisiones, Minos sonrió, mirando de lleno al espacio abierto y oscuro frente a sus ojos. La escuchó marchar, lento, hasta que ya no escuchó más. Sólo el ruido de la ciudad que lo ignoraba del mismo modo que él lo hacía. Un bullicio inútil que no le interesaba, el ir y venir de las luces fluorescentes que desprendían sombras frente a él. Sombras a su espalda, sombras del pasado alargadas hasta desaparecer en la misma noche que lo resguardaba.

Su pecho estremecido por el frío, el dolor, ¿por qué? Ya no importaba…

—Adiós, Albafika —musitó al aire, como si pudiera responderle—. Adiós.

Se alargó su sonrisa ante la ironía de sus encuentros.

Esta era la segunda vez que la perdía pero… Al menos, en esa última ocasión, pudieron decirse "adiós".

~O~

Me quedé pegada a la lámpara alta en donde me había recargado en cuanto el señor Minos y esa mujer se alejaron de nosotros. Estrujé mi blusa entre los dedos, sin saber qué otra cosa hacer. ¡Ni siquiera la presencia de Shion me tranquilizaba! No… Era precisamente por él que no podía tener calma. Estaba allí, sentado en la banca junto a mí, degustando su comida chatarra.

¿Qué no veía la situación? ¡Acaso no entendía lo que estaba ocurriendo! ¡Su novia era la mujer amada del señor Minos!

¿Qué rayos pasaba con el mundo…?

El pecho se me oprimió. Aún no me recuperaba de mi estúpido paseo en esa rueda de la fortuna y ahora estaba mirando a ese hombre, a ese idiota embaucador, hablando a lo lejos con la dama más perfecta del mundo. ¿Qué estarían diciendo? ¿Por qué se habían acercado tanto? Oh, recordar los ojos del señor Minos cuando la miró no hizo más que angustiarme. Y reclamarme también…

¿No era obvio? Justo cuando mi jefe se había sincerado conmigo, para besarme como besaría a cualquier niña ingenua que se le atravesara enfrente, aparecía su verdadero amor, su razón de existir… ¡esa mujer por la cual se había convertido en un amargado!

Sí, era de esperarse.

—¿Agasha? —Shion me devolvió a la Tierra. Me pilló en mi espionaje y me sonrió—. ¿Estás bien? Pareces muy callada hoy.

Mis labios se apretaron, me negaba a decirle la verdad.

"Tu querida novia es la exmejor amante de mi jefe…"

¿Cómo romper su corazón así? Ya era suficiente con el mío.

—¿Vienes mucho por aquí? —cambié el tema. Se alzó de hombros.

—A veces. Solía traer a mis compañeros a pasear por el malecón antes de que crearan un espacio para mascotas en el parque central. Hoy terminé temprano en la clínica y quería salir a divertirme con Albafika… —les echó una mirada, no supe interpretar su sonrisa—. Lo que me dio una sorpresa fue verte a ti en este lugar. No pensé que alguien tansofisticadopudiera divertirse aquí.

¿Alguien tan sofisticado…? Su frase había sonado demasiado ácida en alguien como él. Pero tuve que aceptar que tenía razón.

—Es una larga historia… —desvié el rostro para ya no recibir su mirada.

No hablamos más. Se pasaron los segundos, luego los minutos, en un silencio incómodo. Quizá Shion quería recibir una explicación a todo ese enredo frente a nosotros. Su alegre ánimo pareció muerto esa noche y no ayudó mucho a mi propio desaliento. Decidí que era momento de dejar tanta pasividad, ¿acaso mi jefe creía que lo esperaría toda la vida?

—Iré a decirle que se dé prisa —me adelanté, la mano helada de Shion me detuvo.

—Deja que conversen. Tienen mucho qué decirse…

Abrí los ojos con asombro, mirando su expresión sombría.

—Shion… Tú… ¿Sabes deesto?

No necesité más palabras, por su gesto entristecido entendí suficiente. Soltó mi muñeca y se encorvó sobre sus rodillas. El espacio junto a él fue una invitación para sentarme esta vez.

—Conocí a Albafika hace un par de años, Agasha. Fui a un diplomado en Canadá, un regalo de cumpleaños de mis padres. Trabajaba medio tiempo como asistente de un veterinario en el pueblo donde me hospedé. Ella llevó a un preciosohusky siberianoa revisión, allí la conocí. Cuando comenzamos a salir tuve que regresar y le pedí que viniera conmigo. Ella se negó, pero me prometió que me visitaría. Fue entonces que me di cuenta…

"La llevé a casa de mis padres para que la conocieran. Alguien encendió la televisión, una de esas tonterías de canales de farándula… Anunciaban el compromiso oficial de tu jefe con una mujer. Todos ignoramos la pantalla, excepto ella. Algo hubo en sus ojos que… —contuvo el aliento y lo soltó lentamente—. Luego la descubrí leyendo una revista de negocios. Era el artículo de una entrevista a ese sujeto".

Alzó la mirada hacia ellos. —Cuando le pregunté qué sucedía tuvo el valor de contarme ciertas cosas. La vergüenza con la que me dijo todo me demostró lo doloroso que seguía siendo para ella todo este asunto. Regresó a Canadá, totalmente segura de que ya no volvería a buscarla. Una semana después tomé un avión y le pedí que se casara conmigo, y aunque ella se negó de inmediato, terminé por convencerla. No lo sé… —río, amargo—. Pensándolo bien, podría ser que me dijera que "sí" por simple lástima. Quién sabe.

Volvió a suspirar, apretando sus manos entrelazadas. ¿Cómo podía existir un hombre como éste? Incluso consciente de que ella amara todavía a mi jefe, era capaz de ir hasta Canadá y pedirle matrimonio. Y viéndolo a mi lado, con la vista perdida en esos dos frente a nosotros, parecía que era capaz de dejarla ir si ella cambiaba de opinión.

—Lo lamento, Agasha —me dijo, realmente adolecido—. Debes tener suficientes problemas como para involucrarte ahora con todo esto.

Sonreí, tranquilizándolo: —Descuida. Problemas es mi segundo nombre últimamente.

Me sonrió también. Tal vez sí podríamos llegar a ser como "hermanos" después de todo…

Los pasos de Albafika nos interrumpieron. Shion se puso de pie inmediatamente, extendió una mano que ella aceptó. Aunque susurraban los alcancé a oír.

—¿Estás bien? —le preguntó, ella asintió. Reconocí los surcos bajo su mentón… ¿Lágrimas?

Giró el rostro para verme sobre el hombro de Shion. Tenía la misma mirada penetrante de la fiesta, pero no me pareció nada retadora como la última vez.

—Quédate conél, ¿quieres? Necesitará de alguien que lo apoye… Se terminó.

Dijo eso último mirando sólo a Shion, pero intuí que era una declaración dirigida a mí también. Y en lugar de sentirme aliviada, como lo aparentó su compañero, volví a padecer el mismo retortijón en mi interior. Nada comparado con la mofa de la revelación del rompimiento del compromiso del señor Minos y la Medusa contemporánea. Este final, sabía, no haría rabiar a mi jefe sino…

—¿Agasha? —de nuevo Shion arrojándome a los vivos—. Vas a quedarte, ¿cierto?

Asentí, despidiéndome de ambos. Esperé a verlos marchar, tomados de la mano para ir de nuevo a algún punto entre los locales o los juegos de diversiones. Miré al frente, a la espalda de mi jefe nuevamente, en cuanto estuve sola. Me di cuenta del frío que realmente hacía cuando caminé hacia él. Lejos de la gente, todo se quedó más helado y silencioso.

Me detuve poco antes de llegar a él, sin valor para decir nada. Pero él ni siquiera se giró.

—Señor Mi…

—¿Recuperaste nuestras compras? —el mismo modo indiferente de hablar.

Reparé en mi descuido. —No, aún no…

—¿Y qué esperas? Ve. Estaré aquí hasta que vuelvas.

No pude negarme a su orden, por temor a enfrentar su mirada, por compasión, no lo sé… Corrí hasta la paquetería bajo la enorme rueda de la fortuna. El encargado me reconoció de inmediato y me entregó nuestras bolsas llenas de chucherías. ¿En dónde había quedado la armoniosa tarde de ocio? Sintiendo mi corazón estremecido, no pude saberlo.

Me puse a la espalda de mi jefe, de nuevo a la misma distancia.

Tornó el rostro apenas. —¿Las tienes? —dije que sí—. Entonces, vámonos.

Se adelantó, su semblante permaneció serio todo el tiempo. Lo seguí de cerca, esperando que dijera algo de una vez. Pero nada salía de su boca. Sólo caminamos, caminamos, caminamos. Dejamos la feria a nuestras espaldas, nos adentramos por el mismo callejón del bazar de objetos antiguos; ahora estaba solitario y muy oscuro. El señor Minos no tuvo problema alguno en obligarnos a entrar allí, yo sólo esperaba que ningún ladrón nos sorprendiera. Suspiré aliviada cuando vimos el final de la calle y encontramos la avenida llena de autos.

Aun así, continuamos moviendo nuestros pies. Me percaté de que los pasos de mi jefe se volvían frenéticos, ladeando su cabeza a todas partes, buscando. ¿Qué?

Ya no pude resistirme.

—Señor, ¿puedo saber a dónde vamos?

No pedía un taxi, no me daba orden alguna. ¿Qué pasaba…?

—A un bar, necesito un trago y no creo que tengas problema en quedarte y pagar.

¡¿Cómo?!

Me apresuré para quedar a su lado: —¿Cómo que a un bar? ¿Por qué? ¡¿Va a emborracharse otra vez?! ¡No puede hacer eso!

¿No le bastaba con la última noche?

—¿Emborracharme? —se detuvo, al fin pude ver sus ojos, altivos, crueles—. ¿Crees que puedes darme órdenes a mí, niña? Pero para qué molestarme dándote una explicación. Sólo dame algo de dinero y tu celular. Puedes largarte y dejarme tranquilo.

Alargó su brazo con su solicitud. Yo aún no podía negarme, pero… No me dejé doblegar, ni siquiera por la evidente amenaza que era su expresión. Retrocedí, retándolo también.

—No, no me iré, y tampoco volveré a darle un centavo, ¿escuchó? No le ayudaré a quedar más idiota con la ayuda del alcohol.

Me arrepentí demasiado tarde de mis palabras, justo cuando sus ojos se oscurecieron, adelantándose a mí. Su mano se dirigió a mi cabeza pero se quedó en el aire, sin tocarme.

—Haz lo que quieras —increpó—. Puedo firmar un cheque, no te necesito.

Se alejó de nuevo con grandes zancadas. Volví a seguirlo, gritándole que se detuviera.

—¿Acaso todo lo soluciona de esta manera? ¡No haga tonterías! ¿No puede soportar una tonta desilusión amorosa? ¡Lo creí más reacio pero parece que me equivoqué!

Aún con todos mis intentos por provocarlo, él continuó, totalmente decidido a perderse en el primer cuchitril que se le ofreciera. Mi temor creció cuando vislumbré una taberna a cortos pasos, mi jefe se apresuró a la puerta invadida de borrachos. Pronto quedaría como uno de ellos…

Sólo tendría una oportunidad.

Solté las bolsas y corrí hacia él. Lo rodeé con mis brazos hasta encerrarlo, pegué mi cuerpo a su espalda, fuerte… Tan fuerte que mi peso lo obligó a frenar. ¡Me llevaría a cuestas si continuaba con su idea de meterse a ese lugar! Me apreté con más ahínco cuando lo sentí moverse.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Abrí los ojos, los había apretado como a mis manos. Oí su pregunta, su clara molestia. Pero me sentía satisfecha, ¡lo había hecho detenerse! Sus brazos empujaron mi agarre y terminó por zafarse. Toda mi alegría se disipó cuando se giró sobre sus pies, confrontándome con una expresión que no puedo describir.

—Realmente deseas verme enojado, ¿verdad? —caminó hasta mí, ahora yo retrocedí, suplicando disculpas.

¡Esto no sucedía cuando abrazaba aLucky!¿No se suponía que debía dejar su terquedad y quedarse quieto en mi regazo? Me tenía, en cambio, caminando en reversa, perpleja a su mirada aterradora.

Se detuvo, quizá por ver que ya tenía demasiado miedo.

—Esta es mi última advertencia: Vete —dio media vuelta y caminó con pasos más lentos hacia la entrada del bar.

Recordé su espalda erguida en el malecón, su mirada perdida en esa cabina sucia a varios metros sobre el suelo…

—¡Es un cobarde!

Mi grito fue suficientemente alto como para que lo oyera toda la calle. Lo vi detenerse. Tenía que continuar.

—¿Me oyó,señor?No es más que un cobarde. ¿Cree que es el único que recibe un "no" como respuesta? ¡Parece un idiota que no conoce nada del mundo! —sus pasos volvieron hacia mí, mi corazón tembló—. ¿Piensa que podrá olvidarla tomado de una botella? Si esa es la solución que le da a todos sus problemas entonces… entonces… ¡es el hombre más patético que he conocido en toda mi vida!

Su manó voló hacia mí, cerré los ojos cuando lo sentí aferrando mi hombro. Grité cuando me empujó con rudeza contra la pared, pero mi grito quedó ahogado cuando su boca se pegó a la mía. Sentí su mano tras mi espalda, jalando de mis cabellos. Su pecho se presionó contra mí, pronto me quedé sin aire, pero el continuó. Traté de empujarlo, encajé mis uñas en sus hombros, sin gran resultado; él no cedió. Después de creer que moriría asfixiada, liberó mis labios y echó la cabeza atrás. Me escuché jadear, tratando de recuperar el aire que mis gritos y su repentina acción me habían quitado.

Su cuerpo siguió pegado al mío, mirándome respirar.

—Tienes una boca muy molesta —contuvo mi barbilla—. Pero al parecer ya encontré el método perfecto para hacerte guardar silencio… —sonrió, acariciando mi labio inferior—. Has estado parloteando sobre esas tonterías de no dejarme beber, casi ofreciéndote como una mejor opción para tranquilizar mis bajos instintos, ¿no es así? —me estremecí, sentí sus dedos helados deslizándose bajo mi cintura.

—¿Qué sucede…? —miró el miedo en mis ojos—. ¿No estabas muy deseosa de complacerme hoy?

Alejé mi vista de su escrutinio, tratando de recordar que era ese mismo hombre quien había buscado mi hogar como refugio. Aunque fuese una mentira, yo…

—Si eso es lo queustedquiere…

Fui contundente, aunque por dentro continuara temblando.

¿Por qué cederemos a nuestros peores miedos…?

Quizá porque al hacerlo, creemos que encontraremos el valor para dejar de temer.

Imaginando lo que posiblemente me haría, sentí que su peso se iba cuando se alejó de mí. Lo sibarítico de su rostro se había ido por completo. Sin el apoyo de su cuerpo, resbalé contra la pared, incapaz de sostenerme. Desde allí, pude ver su gesto taciturno, ¿arrepentido? Se giró y caminó nuevamente, pero no hacia el bar. Tomó las bolsas de plástico que yo había abandonado y regresó para arrojarlas a mis pies.

—Llama a Lune —fue todo lo que dijo antes de alejarse hasta el final de la acera en donde se sentó.

No volvió a mirarme, ni siquiera un vistazo. Hasta que llegaron por nosotros, sólo pude contemplar su espalda, nuevamente su espalda…

~O~

El día siguiente fue un domingo que pasamos juntos en familia. A veces, cuando la abuela no tenía mucho dolor en sus rodillas, podíamos asistir a la iglesia. Celinsa lo vio como la oportunidad ideal para hablar con el ministro y preguntar si podía realizar su boda allí. Yo, también vi una ocasión perfecta para pensar…

Nunca he sido religiosa, pero la idea de un mundo sin Dios me parece muy arriesgada. Con todas las patrañas que cometemos los seres humanos, ¿no debería haber un primer regidor que exigiera justicia? Aunque, después de vivir en una sociedad donde a diario ves desigualdad, donde los fuertes se aprovechan de los débiles… ¿Cómo pensar que pudiera existir una justicia así?

Pensé en el señor Minos, en el niño que había llegado a una mansión de ricos sólo por el trabajo de su madre. Alguien se había aprovechado de su situación precaria para chantajearlo y utilizarlo. ¿Cuántas veces había tenido que sufrir esa sensación de saberse utilizado? ¡Y cuántos la sentimos hoy en día! Tantos poderosos aprovechándose de países enteros que no tienen nada más que sus ansias por sobrevivir… Algunos, sólo toman un trato que no es del todo justo porque resulta la salida fácil a una condición terrible.

Quizá yo era uno de esos tantos…

También me había dejado guiar como el señor Minos, quien se dejó manipular por otro que tenía el poder. Luego él se hizo de esa misma fuerza y terminó por controlar a otros; aunque su situación había sido cruenta, la verdad era así. Quienes son sobajados y salen de ese charco, toman el mando y se convierten en los nuevos regidores de la injusticia.

Una cadena interminable de malos deseos ybajos instintos…

También yo, ¿no estaba engañando a mi familia entera con esta mentira? ¿No estuve a punto de ceder a la "petición" del señor Minos? Por obtener, ¿qué? ¿Cariño…? ¡Qué miedo imaginarlo!

Así que, a grande o pequeña escala, no estamos más que forjando los desechos en los que un día terminaremos atascados… Sin reconocerlo, sin entenderlo… ¿Culpábamos a Dios de nuestros crímenes y malas decisiones?

Pero la abuela decía que para hallar la luz sólo había que mirar hacia arriba, hacia donde él estaría, hacia donde brilla el cielo. Y fue allá a donde precisamente miré, cuando salimos de la iglesia, rumbo a la pizzería en donde comeríamos esa tarde. Observando las nubes emborregadas del invierno, reflexioné en todo el ajetreo en el que estaba metida. Los blancos algodones me parecieron muy suaves, como para lanzarse en ellos y descansar en su mullida tela blanca.

—¡Agasha, apresúrate! —me gritó mamá.

Y aunque me asustara el simple hecho de pensarlo, deseé con todas mis fuerzas que incluso alguien como el señor Minos pudiera sentir el descanso de una nube blanca, y así olvidarse de todo, aunque fuese por tan sólo unos minutos.

~O~

Me quedé en casa por el resto de la semana.

Cuando llegó el miércoles sin recibir una llamada de mi jefe o de Lune, supe que sería así por algún tiempo.

Lo había hecho enojar, era seguro. Fui demasiado osada con mis palabras y él querría castigarme con su indiferencia.¡Já!¡Como si necesitara de su atención…!

O, eso es lo que habría dicho, sin duda, algunas semanas antes…

Ahora, estaba casi convencida de que pronto el señor Minos mandaría a decirme con Lune que nuestro contrato había terminado, que podía gastarme mi dinero en lo que quisiera pero que no volviera a poner un pie en su presencia. Y eso, en lugar de motivarme a brincar en la cama, me hundió en ésta, ofuscada.

¡Tonto hombre de negocios! ¿Cómo se atrevía a jugar con mis emociones? Porque sólo eran eso: emociones de una pseudo adulta que no ha madurado nada, nada, ¡nada! Pero no… no iba a admitir que me tenía enganchada de alguna manera, ¡nunca! Esto sólo era un proceso hormonal y psicológico. Se había metido en mi casa, su figura perduraba en mi cocina, en la sala y en el baño pero pronto se iría. Pronto él podría decirme "vete de mi vida" y yo ni siquiera me inmutaría.

Él regresaría a su existencia de mentiras y yo podría regresar a una existencia de realidad.

Resoplé, ayudando a mamá a hacer la comida –me había ordenado que dejara mi ociosidad e hiciera algo de utilidad–, mi acción le hizo mirarme, al igual que Celinsa.

—Agasha, si no vas a picar bien eso, mejor no lo hagas.

Mamá me regañó, ambas vimos el tazón de ensalada que me asignó llenar de lechuga. Pero las hojas habían quedado tan machacadas que no servirían ni para puré. Sonreí, disculpándome, no tenía ni idea de cómo las había dejado así.

—Yo seguiré por ella, tía —Celinsa me quitó mis herramientas de las manos. La oportunidad para escabullirme.

Me quedé en la sala, tirada en el sillón frente a la televisión que permaneció apagada. Por motivos obvios, hacía tiempo que aquel aparato infernal era digno de mi odio. Escuché eltic-tacdel reloj en la pared, luego los murmullos de las voces de mamá y Cenlisa en la cocina. "Es una holgazana…", "Su padre tendrá que saberlo…", "Sabía que no le dejaría nada bueno todoesto",fueron las muchas quejas de las que mi prima trató de defenderme.

"Sólo está enamorada, tía Maguerit".

Sí, claro… Enamorada.

Me eché en el asiento del sillón, abarcándolo por completo. Sólo estaba confundida, pero todo estaría bien muy pronto. Cuando este negocio terminara y mi paz volviera.

Se me secó la boca de repente…

Escuché los ronquidos de la abuela en el sillón a un lado. Curioso… Apenas me percataba de que el señor Minos no había roncado ni una sola vez en toda la noche. ¿Efectos del alcohol? O tal vez tenía una tráquea limpia y sin obstrucciones. Lo único limpio en él, seguramente.

¿Qué sería de él cuando dejáramos de vernos? Me sonreí… Para él no ocurriría ningún cambio. Sólo se lavaría las manos de su última maldad y vería en qué nuevo charco podría meterlas. Sólo una vida de errores, de manipulación, ¿no se cansaba de todo eso? Vaya hombre extraño, o, vaya hombre común y corriente que no se hartaba de ensuciarse.

Y a mí… ¿por qué me preocupaba en primer lugar? Ya era lo bastante grande como para cuidarse solo, que pagara por todos sus errores, aunque eso le llevara toda la eternidad. Era lo justo. Y aun así, no dejaba de ser menos preocupante.

Así que, podría ser que sólo yo tuviera la solución para que ese hombre torcido y roto pudiera reformarse. Nuestro negocio no tardaría en terminar, por lo que mi tiempo y mis oportunidades también se reducían.

"Quédate a su lado…",me había dicho esa mujer perfecta. Quizá no seguiría el consejo al pie de la letra, pero conseguiría un mejortratoa su favor.

Me levanté rápidamente y corrí a mi habitación por mi bolso. Bajé a la misma velocidad y le grité a mamá que saldría. Me escurrí a toda prisa a través de la puerta, antes de que me pidiera más información, tomé el bus que me llevaría al subterráneo y viajé tres estaciones hacia la centro de la ciudad. Reconocí las calles y caminé entre las personas hacia el área donde los locales y negocios terminaban para dar paso a departamentos. Apenas atardecía cuando llegué al frente del pequeño edificio. Subí las cortas escaleras y llegué a la primera puerta.

Un bullicio de ladridos se dejó oír al otro lado en cuanto llamé. Me di cuenta que me temblaban las manos cuando volví a tocar.

Alguien logró que el griterío de aullidos terminara y abrieron por fin.

—¿Agasha? —Shion me sonrió sorprendido. Sus ojos ya no tenían el mismo efecto encantador.

El retumbo en mis venas era a una razón más para marcharme y largarme de allí pero, no me retractaría.

Por fin, contesté a su sonrisa.

—Hola Shion, lamento llegar así… Quisiera hablar con Albafika.

~O~

Fuimos al mismo café a donde Shion me llevó para revelarme la verdad de su relación. No dije nada, pero fue casi maligno llegar con Albafika precisamente a ese lugar.

Nos sentamos en una mesa apartada. Shion no había mentido, a ella sí que le disgustaba estar rodeada de personas y lo había comprendido mejor cuando tuve que suplicarle que tomara un café conmigo. Si por ser la "novia" del señor Minos o simplemente por misántropa, quién sabe, el caso es que Shion tuvo que intervenir para hacerla aceptar mi invitación.

De no ser por él, nunca lo habría conseguido. Y era por eso que me sentía aún más torpe, sentada frente a ella en la pequeña mesita, sin saber cómo rayos comenzar. Tantas cosas en mi cabeza y nada de palabras en mi boca… Como si no fuese suficiente problema, no dejó de mirarme con el mismo disgusto.

—¿Y bien? —atajó.

Solté el aire contenido. Bien, aquí íbamos…

—Escucha, sé que me odias por todo eso que se dice de mí en televisión. Y lamento haberte hecho salir de casa de manera tan… repentina. Lo hice porque debo decirte algo —tragué, su mirada pesaba cuando se volvía atenta—: No soy novia del señor Minos.

Sus ojos se encogieron, analíticos. De pronto, Albafika sonrió, admito que fue algo aterrador verla hacerlo.

—Sabía que te estaba obligando a hacer esto. Vaya, sí que es tonto… —bebió de su americano, entornó los parpados aún con la taza cerca de su boca—. Y por cierto, no te odio.

¡Oh, qué alivio saberlo…!

La imité, sorbiendo de mi propio café. ¿Ahora cómo seguiría esta conversación…? Me percaté de lo indómita que resultaba la presencia de Albafika. ¿Cómo conseguiría que sus ojos de supermodelo parecieran los del general de un ejército? Quizá sólo ella podría confrontar a la aterradora mirada del señor Minos. Sólo ella podría estar a esa altura.

Apreté la taza entre mis dedos… ¡No era hora de sentirme miserable!

—Algo me dice que no viniste hasta aquí para solamente decir eso, ¿verdad, Agasha?

Asentí, un tanto temerosa. Podría dar una introducción a lo que quería decirle, algo para no parecer demasiado insolente. Pero después de devanarme mucho los sesos, y verla impacientarse por la espera, supe que no tendría opción.

—Seré directa, Albafika… Yo… Quiero pedirte un favor. Regresa al lado del señor Minos.

Esta vez sus ojos se abrieron como desconcertados. No la dejé objetar.

—Creo que te sorprenderá pero, sé lo que pasó entre ustedes, hace varios años. No sabía que eras precisamente tú de quién él me habló. Hasta ese día en la feria… Estoy segura de que él aún… él aún te quiere. Sé que si volvieran a estar juntos, muchos de los problemas en los que ahora está metido, se disolverán. Podrían ser felices, sé que podrían. Así que, por favor, considera la opción de estar junto a él otra vez.

No me atreví a mirarla. Perdí el control de mi cuerpo, sin darme cuenta, mis ojos se habían clavado en las azucareras mientras mi boca soltaba todo ese discurso. Escuché a las personas en las mesas al otro lado de la habitación. Pensé en Shion, ¡cuánto me odiaría por hacerle esto! Pero era necesario, así tenía que ser.

La vi tomar de nuevo su propia taza, cuando la bajó, sus labios eran una bonita línea curveada.

—Veo que Shion tenía razón: eres una persona gentil, piensas en el bienestar de los demás. Pero, tendrás que disculparme. La respuesta es NO.

Fue casi como si me golpeara. Me apresuré, tenía que convencerla.

—Pero, él te necesita… él…

—No. No es así. No me necesita, ni necesita de nadie para darse cuenta de quién es y cuál es la decisión que debe tomar. En realidad, nadie necesita de nadie para responsabilizarse de sus actos. No volveré con él para enmendar sus propios errores, así como tampoco quiero que él enmiende los míos. Somos libres, tomamos decisiones libres y seremos libres de pagar felices o abnegados las consecuencias.

—¿Y no te importa que él sufra? ¿Qué tal si estuvo esperándote todo este tiempo? ¡No puedes abandonarlo así!

No podía ser que estuviera rechazándolo, ¡y tan fácilmente! Después de las tonterías que mi jefe hizo por despecho…

Pero el rostro de Albafika se tornó triste.

—Claro que me importa, yo también lo esperé mucho tiempo pero nunca fue a buscarme.

—Fue por su familia, tenía que…

—Sé que fue por su familia, Agasha. Sé que todo este tiempo ha sido para defender a quienes ama. Pero eso habla suficiente por él… Tomó una decisión y yo no fui parte de ésta. Así fuese o no por su familia, es una respuesta para mí. No lo culpo, al contrario… Creo que se necesita mucho más que agallas para hacer lo que él hizo y por eso, es tiempo de cerrar este capítulo en su vida y dejarlo continuar. Esa fue mi decisión cuando me di cuenta de que él no iría a por mí. A cambio, recibí amor de un hombre que ha hecho surgir lo mejor de mí. Soy feliz con él, y sé que Minos será feliz también.

Recorrió su silla y se levantó, traté de detenerla pero ella negó.

—Tu gesto fue noble, Agasha. Ahora me siento mucho más tranquila, Minos está en buenas manos… —sacó dinero de su bolsillo—. Gracias por el café.

Se marchó, sus pasos atrajeron las miradas de la mayoría de los presentes. Incluso la mía, hasta que desapareció por la puerta. Regresé la vista a mi capuchino, casi completamente intacto, lleno al borde como yo lo estaba de frustración. ¡Jamás me sentí tan inútil! No había sido capaz de convencerla, me había soltado todo un sermón de las decisiones y sus consecuencias. Como si no me sintiera ya muy culpable por las mías…

Llegué a casa entrada la noche. Aún tenía las palabras de Albafika rondando por mi cabeza cuando soslayé elMercedesal otro lado de la calle. Corrí de inmediato a interceptar la figura de cabellos blancos. Sólo hasta llegar pude desilusionarme: era Lune, sin muletas y yeso, sólo apoyado de un elegante bastón.

—Ya era hora.

Me sonrió mordaz. Lo saludé, con cierto gusto, se sentía bien volver a verlo incluso con esa actitud. Mi deleite desapareció cuando reparé en el significado de su presencia. ¡Estaría aquí para confirmar mis sospechas y cancelar mis negocios con ellos!

—Vine a darte un aviso —me quedé quieta—. Mañana tienes que estar lista para un evento especial. La madre del señor Aiakos celebrará su cumpleaños en su residencia. El señor Minos quiere que vayas con él.

Llevé una mano a mi pecho sin darme cuenta. ¡Estaba salvada! Por ahora…

—¿Escuchaste lo que te dije?¡Eey!

Solté una pequeña risa. —Sí, sí, sí. Fiesta de cumpleaños. Madre del señor Aiakos. Mañana. Anotado… —caminé a mi casa.

—¡Aguarda! ¡Ni siquiera sabes a qué hora pasarán a recogerte! ¡Agasha!

Me gritó el itinerario desde el otro lado de la calle, echando humo por ignorarlo. Me despedí con la mano una última vez antes de cerrar la puerta. Oír sus quejas me resultó casi tan divertido como ver refunfuñar a mi hermano. Oh, sí… el malvado había dejado de provocarme miedo.

Y era por eso que lo extrañaría también, cuando todo esto acabara.

~O~

Era la primera vez que asistía a un evento de día. Y luego de las últimas actividades organizadas durante la noche, agradecí infinitamente la luz de esa mañana fresca.

La celebración del cuadragésimo quinto cumpleaños de la señora Partita av Van der Meer, se llevó a cabo en una recepción dentro del amplio jardín de la residencia del señor Aiakos. Sin necesidad de entrar al gran edificio, pude saber que era mucho más grande que el hogar de mi jefe. Su posición también era mucho más privilegiada, en lo alto de una colina, construida en varios niveles para abarcar la mayor altura posible de la planicie. Desde el auto pude observar al cúmulo de complejos que sobresalían, entre los árboles, como una escalera, apilados uno después del otro. Eran en realidad las diferentes secciones de la casa.

Cuando elMercedesterminó su ascenso, continuó por un camino plano hasta la entrada principal. Contemplé a los muchos carros de lujo ya estacionados en una parte del jardín, pero Byaku se detuvo mucho antes de llegar a ese punto. La puerta se abrió sin que siquiera tocara la manija. Acepté la mano de quien sea que fuere. El apretón me ayudó a reconocerlo. El señor Minos me sonrió.

—Bienvenida… —me besó suavemente. Posó mi brazo en el suyo y me dirigió hacia la enorme tienda de dosel donde estaban aglomeradas muchas personas.

—Te ves distraída, cariño… —lo escuché—. Sé que son aterradores, pero descuida, son más tranquilos con la luz del día.

Traté de sonreír a su gesto satírico. Pero no pude conseguirlo; si supiera que la causa de mi despiste yacía tomándome del brazo…

Nos sentamos a la mesa principal. Las miradas de los conocidos del señor Aiakos me apabullaron. Su desprecio volvía a hacerse audible con sólo sentirlos observándome. Incliné la cara, entretenida con los diseños de mi servilleta. De pronto, la boca del señor Minos me acarició la oreja.

—Excelente elección de vestido, pequeña… ¿acaso intentas tentarme?

Contuve la respiración, resintiendo el fervor de mis mejillas. Alcancé a ver las expresiones de quienes estuvieron cerca como para oírlo. El desprecio cambio a timidez, apartaron sus miradas de mí, abochornados por nuestra intimidad. Miré al señor Minos, se había erguido de nuevo, con una sonrisa satisfecha, pero no dijo nada más.

La música del cuarteto de cuerdas ubicadas frente a nosotros se detuvo. La señora Partita, bajita y delgada como era, subió al pequeño entarimado y saludó a los invitados, agradecida por los regalos y demás. Reconocí a aquella mujer de la cena de presentación a la prensa que había estado sentada junto al señor Aiakos. Volvió a parecerme reservada y hasta tímida, y me pregunté cómo una mujer así se había relacionado con Asterion Van der Meer.

Casi como si lo hubiese invocado, el hombre se apareció entre las mesas y subió al lado de su esposa. Sus cabellos rojos refulgían bajo las lonas blancas, tomado de la mano de su mujer. El amargo sabor de boca me atravesó la garganta al escuchar su voz.

—Sé que lo que últimamente oyen de nosotros son chismes y absurdas historias de amor barato. Pero preparamos esta celebración para que ustedes comprueben que mi familia no ha perdido sutoque. Por favor, disfruten su tiempo con nosotros.

Todos aplaudieron. Una que otra mirada furtiva escapó en nuestra dirección. El señor Minos bebió de su trago, tranquilo, pese a que ambos habíamos entendido mejor que nadie esa bienvenida. La música recomenzó, su mano se apretó a la mía y me levantó.

—Vamos a bailar.

Casi arrojé mimartinide un escupitajo. Pero él no me permitió objetar. Me llevó hasta el pequeño espacio que había entre los artistas y los comensales. Sólo nosotros estábamos allí, ¡completamente ridículos!

—Espere, espere… —musité, una y otra vez—. No sé bailar, señor. No sé, cómo…

El único baile en mi vida había sido en el preescolar, durante un musical de primavera.

—Lo avergonzaré, déjeme volver a la mesa.

—¿Y dejarte como carnada con esos invitados? Pequeña, aquí es más divertido, ¿no lo crees?

Me apretó a su cuerpo, comenzando a moverse. Sentí las rodillas como una maraca pero no supe si era simplemente por los nervios de saberme observada. Trastabillé hasta el cansancio, tratando de entender sus movimientos. El señor Minos echó una risa.

—Vaya qué eres torpe. ¿Quién es el patético ahora?

Fruncí el ceño, confrontándolo. ¿Así que era una venganza por mis acciones?

Me detuve para alejarme.

—No tan rápido —su brazo apresó aún más mi cintura—. Tranquila… No voy a castigarte por tu estúpida osadía. Aunque lo mereces, pasaré por alto tu falta de respeto ya que los sucesos de aquella noche no tenían ninguna relación contigo. Pero, más vale que no vuelvas a exponer tu rebeldía… O te haré pagar aunque tenga que romper tuscondiciones.

Pese a la amenaza en sus frases, su tono fue en lo absoluto aterrador. De no haberme estremecido, habría atinado más fácilmente si era una advertencia o mero juego. Mi cabeza cayó sobre la base de su hombro, cansada de tantos pasos mal dados pero sin deseos de volver a mi asiento. Los cuchicheos de quienes nos veían llegaron hasta mis oídos. Quise reír, seguramente éramos el objeto de burla, la vergüenza social, e incluso así, seguimos contoneándonos con zig zags absurdos y ajenos totalmente a la música.

La estrategia de mi jefe por irritar a su familia me pareció brillante. Pero tuvo que terminar cuando dieron el anuncio para servir el desayuno. Nos sentamos otra vez, recibiendo nuevas miradas de desaprobación. Oí a mi jefe entablar conversación con algunos invitados al otro lado de la mesa, palabras sobre la empresa y sus nuevos proyectos. Alguien lo cuestionó sobre sus "gentiles" acciones de defender a clientes de bajo rango en el estrado. A lo que él simplemente se alzó de hombros.

Se dio el anuncio del brindis en favor de la señora Partita. Su hijo mayor, el señor Aiakos, fue quien entabló la ceremonia. Era más cómico que solemne con su tono socarrón…

—Y le doy gracias apapápor todas las oportunidades que nos ha dado, no sólo a mí, sino al resto de mis hermanos. Mi madre también se siente agradecida…

Alzaron su copa. Tuve que preguntarme si esa gratitud al señor Asterion había sido sólo otra frase jocosa o verdadero sarcasmo. La mueca curva del señor Minos me contestó, quizá no era el único hijo que sufriera el peso de ser un Van der Meer.

Algunos de los invitados comenzaron a levantarse de sus sillas para ir en dirección de la señora Partita; era la hora de las felicitaciones en persona. Mi jefe se recorrió de su asiento, tomando mi mano nuevamente.

—Vamos…

Lo seguí. Pero nunca llegamos a la mesa principal. Nos desviamos hacia el final de la enorme tienda, esquivando a las personas que iban en dirección contraria. Miré hacia atrás.

—Señor, ¿no deberíamos ir a felicitar a la señora Partita?

Echó una risa: —Sí, claro… Camina, me cansé de protocolos.

No pregunté nada más, pese a no tener idea de qué estaba ocurriendo. Nos llevó al final del área del jardín. Unas pequeñas escaleras continuaban el camino junto a una cascada artificial. Bajamos, siguiendo la mansa corriente, hasta llegar a un primer descanso donde el agua se estancaba un momento para luego continuar su descenso. Nos detuvimos finalmente. El señor Minos se adelantó hasta el borde de la nueva caída de agua, la brisa suave le meció los cabellos y las puntas del saco.

—Aquí es más tranquilo… —susurró.

Y tenía razón. Las voces y la música eran apenas un murmullo lejano, el trémulo correr del agua y el viento eran los sonidos que nos envolvían. Contemplar su espalda otra vez, en un ambiente tan calmo, me apaciguó. Era bueno verlo así después de lo ocurrido.

Escuché la melodía del agua… —Sí, aquí es más tranquilo —apoyé.

Se volvió a verme. Caminó hasta posarse frente a mí para observarme de una forma que no supe interpretar. Enarcó una ceja.

—Tengo que admitir que, no fue mentira lo que dije sobre tu apariencia… Es una buena elección este vestido. Pero… hay algo disgustante aquí —sus dedos sujetaron el tocado en mi peinado alto—. ¿Puedo?

Asentí, torpemente. ¿Cómo no hacerlo…? Su mano quitó la presión del broche. Mi cabello cayó a toda prisa sobre mis hombros, el aire comenzó a moverlos y desordenarlos. Debía verse horrible, pero el señor Minos sonrió. Retuvo un mechón tras mi oreja.

—Una cosa más —miró a mis pies—: Quítate los zapatos.

Quise preguntar por qué, pero obedecí sin decir nada. De cualquier forma, odiaba a esos monstruosos tacones. Quedé sobre mis pies desnudos, reduciendo aún más mi tamaño.

Mi jefe ensanchó su sonrisa. —Esa es mi chica…

Abrazó mi espalda para arquearme contra su cuerpo y así obligarme a llegar a sus labios. Sentí el sabor del alcohol en su paladar y me pregunté si no estaría un tanto ebrio como para hacer todo aquello. ¿Qué lo llevaría a besarme de esa manera? No era el beso hostil y duro, era una caricia cuidadosa, intensa sin ser agresiva…

Escuché pasos en las escaleras. Su boca se separó apenas de la mía.

—Aquí vienen…

Medio aturdida todavía, giré el rostro para ver en la misma dirección. Era una mujer vestida con falda y saco de color gris; llevaba una grabadora en la mano. Una reportera. Toda mi ilusión se resquebrajó. La realidad regresó, y entendí para qué había sido llevada allí.

El señor Minos me dejó a su lado cuando nos interceptó.

—Señor Minos, qué alegría encontrarlo al fin. Esperaba que pudiera contestar unas cuantas preguntas. Soy…

—Sé quién es —la interrumpió—. Algún corresponsal delE!Vayamos al grano y haga sus preguntas.

No comprendía su mal humor, siempre había pensado que le deleitaba ser entrevistado. La mujer no se angustió, al contrario, lanzó una exclamación a las escaleras y de pronto bajaron dos personas más. Un camarógrafo y un asistente cargando un enorme reflector. Los tres pusieron su atención en el señor Minos. Agradecida por su indiferencia, me senté en la barda alta del estanque a nuestro lado.

La serie de preguntas comenzó. Escuché todas, fingiendo estar atenta al agua, deseando calmar mi corazón decepcionado. Las minutos trascurrieron, junto a muchas palabras más, hasta que la reportera dio inicio a sus últimas preguntas.

—Y acerca de la opinión de su familia, sé que ya le han preguntado esto antes pero, ¿qué opina de lo que ellos dicen sobre que todo esto es una mala decisión y que no sólo afectará a la empresa sino a su propia reputación?

Mi jefe cruzó los brazos, sonriendo.

—¿Qué opino…? Que el mundo es una porquería, ¿no lo cree? —mi cara giró, sorprendida—. Todos tratan de tomar decisiones por ti y cuando tú te decides por una elección todos ellos se tornan en tu contra. Tratas de hacerlos felices pero nunca se satisfacen por más que lo intentas. Así que, ¿para qué preocuparme? Si nunca estarán de acuerdo conmigo, pueden tomar sus críticas e irse al diablo con ellas. La vida es demasiado estúpida ya como para preocuparme por esas tonterías…

La reportera tenía la misma expresión absorta que había en mi propio rostro. ¿A dónde había ido el empresario correcto, que nunca mostraba su desdeñosa actitud en público? La mujer asintió, tratando de quitarse el estupor.

—Con todo respeto, señor… ¿No cree que es demasiado riesgo por una relación?

Ah, justo cuando me preguntaba donde estaban las preguntas capciosas.

Pero… el señor Minos se encogió de hombros, casi incrédulo por una pregunta como esa.

—Míreme —abrió los brazos—. ¿Le parece que hago esto sólo por una "relación"? —acercó una mano para levantarme—. Esta mujer ha soportado el humor más infernal que pueda imaginarse, me ha acompañado en los momentos más banales y aun así, obsérvela, está aquí, esperándome como si no tuviera algo mejor que hacer… —apretó mi mano, parecía alterado. Definitivamente había bebido demasiado.

La entrevistadora nos miró, sus ojos brillaron, pillando una buena exclusiva. —Entonces, no es un teatro como todos dicen… Usted la quiere realmente.

—¿Quererla? —sonrió, mirándome—. Esa palabra no hace justicia a lo que siento por ella.

Feliz con sus respuestas, la reportera le agradeció su atención. Intentó seguir conmigo pero él no la dejó. ¿Temería que dijera algo imprudente? Quizá… Con un dejo de frustración, la mujer no tuvo más opción que alejarse junto a sus otros compañeros. El señor Minos soltó mi mano en cuanto se perdieron tras las escaleras. Ya pasaba del mediodía, teníamos el sol sobre nuestra cabeza, pero no conseguí sentir su calor.

Sus palabras siguieron en mi mente… De nuevo, una gran actuación.

Pero, ¿por qué me dolía? No había razón para torpezas, debía suprimir cualquier emoción dirigida hacia este sujeto. Mis deseos de golpearlo por ser un mentiroso, mi odio por su actitud lisonjera… Había logrado controlar todo eso muy bien pero… ¿por qué el encogimiento de mis ojos? ¿Por qué quería llorar ahora que había soltado mi mano y me ignoraba?

No pude prevenir nada. Mi boca habló sin mi autoridad.

—Por favor… —volvió su atención a mí cuando susurré—. Por favor, ¿podría dejar de hacer esto? Sé que tenemos que fingir delante de ellos, pero, ¿podría ser menos efusivo? Hasta yo le creo cuando lo dice deesamanera.

El agujero en mi pecho creció al verlo sonreír.

—¿Qué sucede? ¿Tienes un enamorado en casa al que no quieres serle infiel? Te dije que no es necesario interponer tus sentimientos en esto, pequeña. No es más que una act-u…

—¡No es así! —me adelanté, dolida, inconsciente—. Yo no puedo dejar mis sentimientos fuera… Porque yo… yo… —apreté los dientes antes de exclamar—: ¡Yo sí lo quiero!

Así era… Esta era la verdad.

¡Oh, qué torpe! La más grande de todas mis tonterías. Al fin lo comprendía…

Me había enamorado de este hombre que no sólo casi me doblaba la edad, sino que también era el culpable de los peores momentos de mi existencia. Se había burlado de mí, me había tratado como a una esclava… Se había sincerado conmigo, me había demostrado quién era en realidad, probablemente sin siquiera darse cuenta de ello.

¿Eso me volvía en la pobretona enamorada del beneficio del adinerado?

No, no, no… Podría ver ante mí una lista de sus talentos y los habría echado todos a la basura. Porque la verdad era, la desagradable verdad era, que me había enamorado del hombre tras la máscara del empresario millonario. ¡Lo quería no por sus virtudes sino por sus errores! Ese cúmulo de errores que tanto detesté y ahora prácticamente atesoraba.

Sí… así era. Esta era la razón de que me sintiera tan miserable cuando lo escuchaba declararme un amor que no era verdad. ¡Oh, qué enorme estupidez! Nada cambiaría aunque la supiera. Nada, nada mejoraría a mi favor. Pero, a pesar de eso… ¿Por qué no me callé? ¿Por qué seguí mirando al frente, directo a él?

—¿Escuchó…? —temblé, casi confrontándolo—. Yo sí lo quiero,señor.

Y aunque su expresión permaneció inescrutable, ajeno totalmente a mí, pude saberlo. Que allí, en lo más profundo de sus ojos, algo se había turbado.

Tal como en mí, recibiendo pronto la carga de lo que mi confesión significaría:

Maligna boca la mía… Acababa de firmar el final definitivo de nuestro contrato.