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~oOo~

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Sentí a mi pechó contraerse, como si el aire fuese insuficiente a mis pulmones, a mi sangre que parecía haberse congelado en mis venas. Todo ante su mirada, inquisidor, como siempre lo ha sido…

Y cruel, a pesar de haberme sincerado totalmente ante él.

¡¿Por qué?! Ojalá pudiéramos dar marcha atrás al tiempo y evitar ciertas circunstancias. Pero no, eso es imposible. Mi declaración estaba hecha, todo estaba dicho. Sólo faltaba una respuesta…

El señor Minos cerró los ojos, sus cejas estaban parcialmente inclinadas. No estaba nada contento.

—¿Acaso te volviste loca? ¿Quererme, dices?Qué estupidez. ¿Y cuál es la cualidad que másamasde mí, querida? ¿Mi residencia? ¿Mi dinero…?

—¡No es por eso! —me adelanté al fin—. No soy una oportunista como todos me han hecho parecer. No lo quiero por ser millonario, no soy una maldita interesad-a…

Su risa me interrumpió: —Ah, ya veo… Debes amarme por mi encantadora personalidad, ¿no es así?

Ahora fui yo quien apretó las cejas. ¿Cómo podía burlarse…?

—¿Encantadora personalidad? Para nada… Es un cretino, un manipulador y un pervertido cuando se lo propone —vi que se sintió ofendido, pero continué—: Usted no es el príncipe azul que pintan en las revistas o en la televisión. ¡Ha hecho mi vida miserable todos estos meses! Y ahora, se burla de mí y de mis sentimientos… Pero no, usted es más que eso. Este contrato me ayudó a ver más allá de lo que la prensa dice, incluso más allá de lo que usted me demuestra todos los días. Y la verdad es… La verdad es que usted es una buena persona.

Me quedé callada, tratando de interpretar su mirada. Temí porque alguien escuchara, pero todo parecía demasiado solitario ahora que estabamos recluidos en aquel lugar, como si el mundo hubiese desaparecido. Traté de reflexionar en mis palabras. ¿Estaba cometiendo un error? Quizá sólo era una tonta niña enamorada de su tutor… Apreté los puños. No, no… este ardor en mi pecho no podía ser sólo una efímera emoción. ¡Odiaba tanto a este sujeto, y aun así no había mentido en mi declaración sobre conocerlo!

—Palabrerías…

Mi jefe me sacó de mis pensamientos. Su nueva expresión fue causa de un mayor desaliento, lucía realmente molesto.

—¿Crees que me conoces, niña? Dices que soy una buena persona, ¿no? Vaya que eres ingenua… No, eres casiestúpidapor creer esa clase de tonterías. ¿Sabes por qué estás aquí? Te traje con el único propósito de usarte. Quería burlarme de mi familia y eso sólo podía conseguirlo trayéndote conmigo. Eres torpe, sumisa y muy sutil con tus allegados… Lo supe el día en el que te contraté, eres fácil de manipular, el objeto ideal para efectuar mis planes —meneó la cabeza, totalmente divertido—. ¿Incluso así piensas que soy una buena persona?

Mis ojos escocieron reteniendo mis lágrimas. Asentí, torpe como había dicho…

—Sí —me tragué el nudo en mi garganta—. Sí, aun así… Aun así, sé que no es tan malo como quiere aparentar. Es cierto, se necesita ser torpe, sumiso y sutil para dejarse controlar por los demás. Pero también se necesita una buena razón para hacerlo, un motivo… Y eso, eso nos vuelve buenos, quizá unos idiotas ante los demás, ¡pero al fin y al cabo, buenos! Y usted no es tan diferente, ¿verdad? Lo que hizo por su madre y por Lune… Eso es algo que sólo alguien bueno podría hacer.

Me callé cuando lo vi venir hacía mí, con los ojos abiertos, chispeando:

—¡¿Quién demonios te contó eso?! —presionó mi hombro.

Fue aterrador, pero conseguí quitármelo de encima:

—¡No importa quién me lo haya dicho! ¿No lo entiende? Ese no es el punto… Usted es más amable de lo que piensa y se niega a aceptarlo sólo porque teme parecer más vulnerable de lo que ya es. ¿Le tiene miedo a la verdad?

¿Y quién no? ¿Quién no podría temer al hecho de encontrarse consigo mismo?

Por primera vez, vi temor en sus ojos crispados… Su puño estaba cerrado, alzado a la mitad de su cuerpo. Pero no supe si quería golpearme a mí o a sí mismo.

Permanecimos en silencio, oyendo sólo la corriente cercana a nuestros pies. Después de minutos que me supieron eternos, rompió la impenetrable estatua que era su cuerpo. Su mano bajó a su costado, desempuñada y tranquila.

—Dile a Byaku que te lleve a casa. Tus servicios ya no son requeridos…

Caminó, rumbo a las escaleras. Su espalda no se volvió ni una sola vez hasta perderse en la planicie. Entendí, de nuevo, que sólo recibiría esta respuesta: a él, alejándose de mí, indiferente a todo lo que tuviera que ver conmigo.

Aunque yo lo había arriesgado todo con mi confesión, no había recibido nada.

Nada.

Nada.

Nada… Igual que siempre…

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El Negocio Perfecto

-Capítulo 9, Parte I: Sin honor entre ladrones-

"No os engañéis; Dios no puede ser burlado:pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará".

Gálatas 6, 7

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Esa fue otra noche en la que no pudo dormir.

Afortunadamente, su habilidad para portar una máscara de fatuidad no le abandonó, a diferencia de su calma que, internamente, se había marchado en el asiento trasero delMercedesmanejado por Byaku. Sin embargo, logró engañar a todos durante el resto de la reunión, a esos estúpidos invitados que debían odiarlo tanto como él los despreciaba a ellos.

Toda una reunión de falsedades, prácticamente era como estar en casa…

Mas en cuanto el jolgorio de hipocresías hubo terminado, las excusas para disuadir su inquietud también se marcharon. El camino en soledad, diferente a como lo había planeado, le obligó a pensar, a meditar en las palabras de esa jovencita ingenua que no hacía más que sacarlo de quicio desde las últimas semanas…

Ni siquiera su hermano, dispuesto a esperarlo en su mansión, pudo alegrarlo. Aún no perdonaba su traición, el hecho de haber mantenido contacto con Albafika sin siquiera mencionárselo.

Por ello, en cuanto llegó a casa, se sometió a la rigurosa estrategia de distracción que siempre le había funcionado: parapetarse en su biblioteca, releyendo los casos de sus últimos clientes personales, considerando estrategias para liberarlos de una sentencia en demasía funesta. Los minutos se transformaban en horas donde su concentración iba y venía en lapsus perdidos entre su trabajo y los ojos verdes de esa mañana. Sus dedos se estrujaron en su frente, sosteniendo su cabeza sobre el escritorio. Dejó el descanso de su silla –cual rey en su trono– y caminó hacia el enorme ventanal. La luz del ocaso se filtró entre las ramas de los abetos afuera y provocó sombras en su alfombra llena de ornamentos. Se zafó la corbata de un tirón y se quitó el saco de la misma manera.

Sólo necesitaba un trago… quiso convencerse.

Asistir a esas aburridas fiestas de sociedad, soportar la cara de sufamilia, eran tareas más extenuantes que ir a la oficina para atender las peticiones de una empresa que no era suya. Pero la calma ofrecida en esa estancia, sumada el fervor de un trago de whisky frío, serían siempre su fiel consuelo.

Caminó de nuevo hacia su lugar, sonriéndose. Sus actitudes dignas de un magnate siempre lo igualarían a su odioso protector de cabello carmines, y aunque en el pasado aceptar algo así habría sido causa de su menosprecio, en momentos como ese, tratando de disuadir cualquier remanso de debilidad, un parecido tal, no hacía más que divertirle.

Cambió su antigua labor con sus clientes de "bajo rango" –tal como los llamaban las recientes opiniones en la prensa–, por la de atender las últimas demandas hechas contra la empresa que lideraba con sus hermanastros. Quejas de algunos asociados, litigios por un acuerdo que no salió del todo bien, la denuncia de un «green peace» que declaraba aVan der Meer Companyantiecologista y promotor de una ideología prourbanismo. Minos no demoró gran tiempo en solucionar todos aquellos "inconvenientes", pensando ya en la palabrería escrita y oral que siempre convencía a jueces y jurados. Se felicitó internamente, satisfecho de resultar efectivo una vez más, aunque la causa no fuese del todo justa.

Echó los documentos sobre el escritorio cuando terminó. La luz del atardecer se había terminado y los ojos le ardían ante sus intentos de leer en la oscuridad. Recargado en su silla, negado totalmente a levantarse y encender las lámparas, ocurrió lo que se temía. Las ideas, los pensamientos, la revoltura de sucesos presionándose en su cerebro. Los días llenos de pérdidas, de encuentros no esperados que terminaron con su esperanza –como si tal palabra realmente existiera–. Se percató entonces, que el rechazo de Albafika seguía siendo un aguijón contra su pútrida alma. Pensarla en el regazo de ese otro, aún le producía las mismas nauseas, el recelo que le inflamaba el pecho, el dolor en sus entrañas.

Las culpas lo oprimieron nuevamente… Las acusaciones llovieron, esta vez, todas contra él. Sin defensa, sin objeciones, actuando como su propio juez, volvió la misma sentencia a dominarlo.

¡Culpable!

Había entregado lo último que le quedaba de felicidad a un trato falso…

¡Culpable!

Su madre había muerto, en soledad, gritando juicios contra sí misma por haberlo orillado a eso. No había podido abrazarla, no había podido cuestionarla, preguntarle por qué había ido a esa mansión, por qué no había huido cuando supo que estaba embarazada…

¡Culpable!

La había rescatado, a ella y a su nuevo hermano. Aunque ofreciera a su alegría como sacrificio, su libertad, su vida, sólo para rescatarlos…

¡Culpa-

Abrió los ojos.

"¡Usted es una buena persona!"

Las gemas verdes refulgieron, casi como si estuviera viéndolas en ese mismo instante; ese ardor que ni siquiera él como abogado habría podido adoptar al defender a alguien en el estrado. Los siempre sumisos orbes, ardiendo de pronto, convencidos de aquellas palabras.

"¡Yo sí lo quiero, señor!"

Tonterías… Aunque las pueriles declaraciones de amor de esa jovencita fuesen verdad, no serían más que eso, palabrerías de una niña que apenas conoce del mundo y de su esencia que tiende a demacrar todo lo que toca. Porque si esa torpe mujer lo viera allí, organizando la defensa de una empresa que no merecía ser protegida, si acaso esa secretaria reacia supiera la clase de cuerpos que habían pasado por su cama o tuviera al menos la más remota idea de las injusticias que había cometido, entonces, la vería tragar hondo y comerse sus palabras.

Así como su padre biológico se había marchado mucho antes de que tuviera uso de razón, como su madre se había ido junto a su hermano para dejarlo allí, solo, entre completos desconocidos, así como Albafika había optado por tomar otro camino…

Aquel cervatillo audaz que había declarado quererlo no demoraría mucho en marcharse también.

Y saberlo fue causa de un pesar desconocido…

—¿Señor?

Frunció el ceño a la imagen atravesando la penumbrosa estancia. La figura de la sirvienta le recordó a esa otra a la que había sorprendido con tulipanes hacía tantos días.

—Lo lamento, no sabía que estaba aquí. Como todo está demasiado callado…

Minos se levantó, reordenando los papeles. —Sí, perdí la noción del tiempo con el trabajo… ¿Qué hora es?

—Cinco de la mañana.

Levantó el rostro, sorprendido. Estaba seguro de que no pasarían de las doce… Miró hacia un costado, la redoma de whisky estaba casi vacía y no recordó cómo había conseguido aminorar tanto aquel interior líquido. Su hermano tenía razón, su cercanía con el alcohol parecía haber crecido a niveles peligrosos. Su mano alzó la botella, incrédulo de que realmente la hubiese despojado de todo su contenido.

"¡¿Acaso todo lo arregla con una botella?!"

El grito de esa niña irreverente bastó para resquebrajar aún más su ya bastante fútil estado de tranquilidad. Entonces, sin preverlo, sus dedos se aflojaron, soltando aquel objeto que estalló en mil pedazos contra el piso.

—¡Maldita sea!

Se inclinó de inmediato, comenzando a limpiar el desastre. Unas manos lo acompañaron.

—Descuide, señor. Yo lo haré… —la mujer lo miró, condescendiente—. El agua de su ducha está lista como usted siempre lo solicita. Deje que yo me encargue de esto.

No pudo objetar, aunque estuviesen dándole una orden a su inutilidad como al rico amo de mansión que no era considerado capaz de levantar unos estúpidos pedazos de vidrio. Se levantó, con la vista clavada en el cuerpo encorvado que terminaba de recoger los desperdigados y rotos desperdicios con ayuda de un cepillito y un recogedor de mano.

Otra persona dispuesta a limpiar su desorden…

—¿Señor? —la mujer alzó el rostro, y él tuvo que marcharse antes de que su maligna mente terminara por completar el cuadro del rostro atento, a las esmeraldas dispuestas a escucharlo.

Llegó a su habitación, en donde terminó de desvestirse para entrar así a la ducha de agua templada. Su elegante bañera marfilada, combinada con mosaicos de lapislázuli y portezuelas de vidrios biselados, era una imagen bastante distinta a la del reducido baño con cortinas de plástico que su «relación no oficial» le había ofrecido aquel día. Sin embargo, incluso en un espacio tan sencillo, la idea de tomarla y meterla con él para mojar su pequeño cuerpo con el agua helada, habría sido un hecho si aquellas reglas en su contrato y el pudor de esa jovencita no hubiesen existido.

Porque aunque seguía creyendo que todas esas tonterías sobre amarlo, un día, tarde o temprano, se disiparían, tuvo que aceptar que, desde hacía un tiempo, el deseo de apretar la pequeña cintura contra su cuerpo, era un vicio más funesto que el de perderse en culpas y el pasado.

Tan funesto que, aunque sus necesidades lo apremiaran, no había podido estrechar a otra mujer desde el breve encuentro en su oficina.

"¡Es un cretino, un manipulador y un pervertido!",le había dicho…

Se sonrió.

Y, por su bien, sería mejor que continuara creyendo lo mismo.

~O~

ElMercedesfrenó frente al colosal edificio cuando el reloj estuvo a punto de marcar las siete en punto. Despidió a Byaku y se internó en las elegantes puertas de cristal. Ignoró las adulaciones del personal en la recepción y llegó hasta el elevador que lo llevaría hasta el penúltimo piso. Giró los hombros y el cuello para quitar cualquier atisbo de tención en sus articulaciones, por lo cual, en cuanto las puertas se abrieron, la pesadumbre de su desvelo y sus estúpidos pensamientos, había dejado de existir. La máscara estaba puesta, su vida comenzaba de nuevo.

Caminó por el pasillo alfombrado hasta doblar a la pequeña recepción que precedía a su oficina. Soslayó desdeñoso a la temblorosa secretaria, aquella endeble personalidad era una razón más para extrañar a la anterior. El nerviosismo innato de la muchachilla se disparó en cuanto lo vio también.

—¡Bu-buenos días, señor Minos! —se interpuso ante él y la entrada. Tratando de contener su impaciencia, Minos aguardó. Mas la chica jamás se movió.

—¿Vas a apartarte, o tendré que empujarte junto con las puertas?

La muchacha tembló. Minos podía escuchar a sus dientes traquetear pero aun así, la temerosa muchachilla continuó en su sitio.

—Tengo ordenes de, de no dejarlo pasar… Pe-perdón…

La chica se encogió ante la mirada amatista que la fulminó. Minos la aferró del hombro y la hizo a un lado de un tirón. Apretó las doradas manijas y empujó las puertas, oyendo la débil exclamación a sus espaldas que la torpe jovencita echó. El calor y la tranquilidad de su oficina lo recibieron de inmediato. Ordenada, limpia, igual que siempre. Sólo una distinción, aquella figura sensualmente colocada en el sillón en una esquina.

Su ceño fruncido se crispó aún más ante la sonrisa divertida.

—¿Qué demonios haces aquí, Pandora?

Podría haberla sacado a empellones, pero no quería un espectáculo. No allí…

Pandora echó una risa, tecleando rápidamente algo en su celular, para volver su atención a él inmediatamente.

—Aah, lo siento… Vine a cumplir un asunto pendiente pero, en cuanto entré, no pude evitar llenarme de buenos recuerdos. Como este sillón… —acarició la tela de chiffon oscuro—. ¿No la pasamos muy bien aquí, cariño?

—Largo de mi oficina —gruñó, casi como un animal, obteniendo otra hilarante expresión.

—Por favor, Minos… No seas tan aguafiestas y ven. Con ese humor cualquiera pensará que tu novia no alcanza a satisfacerte…

No la dejó terminar. Aferró su brazo para alzarla. Las cuentas de las pulseras se esparcieron por el piso cuando se rompieron ante su brusquedad.

—Dije: ¡Largo de mi oficina! —estuvo a punto de cumplir su deseo de echarla a empujones.

¿Tuoficina? Yo creo que no… —la entrada de Radamanthys lo detuvo. Aiakos apareció secundándolo. Mas fue la aparición de aquel hombre de cabellos rojos lo que atrajo una chispa de alarma.

Soltó el brazo al que ya comenzaba a provocar daño, ignorando por completo a su poseedora.

—Bienvenidos… —les sonrió a los tres, buscando las fuerzas que requería siempre al enfrentarlos—. ¿A qué debo la entrañable reunión familiar?

Asterion se sentó al borde del escritorio, mirándolo.

—Parece que pudiste entrar después de todo. Tendremos que hacer un cambio de secretaria, ésta resultó bastante inepta…

—Diferente a laotra,sin duda —continuó Radamanthys—. Ella sí tuvo el descaro de asistir a la celebración de ayer.

Minos los contempló, disuadiendo fácilmente sus provocaciones. Junto a Asterion, sus hermanastros habían formado una triada que lo rodeaba. Soslayó a Radamanthys, frente a él, altivo como era su costumbre; a Aiakos, junto a las puertas cerradas nuevamente, totalmente ajeno a participar verbalmente en aquella discusión; a su benefactor, a la derecha, tomando la silla de su escritorio; Pandora, a su espalda. Una completa figuración de un jaque a punto de efectuar su movimiento final.

A pesar de ello, no se turbó en lo más mínimo. Confrontó directamente al hombre de cabellera carmesí.

—Ve al grano, tengo trabajo qué hacer.

La risa embargó al rostro sonriente de su padre, quien se recargó cómodamente en aquel respaldo.

—En realidad, no, hijo mío. Vine aquí para concretar, personalmente, tu renuncia con nosotros… Ayer, cometiste tu última estupidez. Retándome así, llevando a esa ridícula sirvienta con la que aparentabas una relación aún más absurda… Y justo cuando pensé que tendría que ofrecer otro boleto de avión para una más de tusqueridas, se me ocurrió la idea de que ya era tiempo de poner fin a tu servicio para mi familia.

Se puso de pie, rodeando el escritorio para enfrentarlo con mayor soltura.

—Kagaho terminó su Maestría en Leyes, ¿lo sabías? Mi empresa ahora tiene a otro abogado y uno de mi sangre, ¿no es fantástico?

La mueca se curveó aún más. Suficiente para que Minos entendiera. Paseó sus ojos nuevamente a cada uno, a Aiakos en especial. Se percató de que la elocuencia y el juego estaban muertos en su expresión intimidada, mientras que el resto parecía listo para llevar a cabo el ansiado plan.

Algo que no hizo más que divertirle. Se sonrió, calmo, en sus adentros; eran realmente ilusos si acaso pensaban que sería tan fácil deshacerse de él.

—Idiotas, sin duda… —pronunció tranquilo—. Soy dueño de una parte nada despreciable de las acciones de esta empresa. Y, si acaso tu intelecto ha dejado de funcionar, déjame recordarte, querido padre, que sin mí, todas esas acciones se irán a la mierda junto a tus planes de dárselas a tu nuevo abogado. Así que, ¿qué les parece si olvidamos esta disparatada reunión y nos dedicamos a fingirnos aprecio como solemos hacerlo?

Caminó hacia su escritorio, esperando verlos marchar.

—Parece que el único idiota aquí, eres tú, Minos —frenó sus pasos ante la voz de Radamanthys.

Su padre lo observó, cerca como habían quedado.

—¿Cuál es tu apellido, chiquillo insolente?

Minos abrió los ojos, pillado finalmente en algo que no tardó en comprender.

—Así es, hijo… Minos Van der Meer es el accionista y abogado de esta empresa. Es a él a quien le pertenecían el renombre, la residencia y todos esos millones que ya fueron depositados a otra cuenta. Pero tú, aquí parado frente a mí… Tú sólo eres el hijo de una sirvienta. Jamás autoricé que tu identidad fuera asociada directamente con tus huellas digitales, ni siquiera posees un pasaporte legal… ¿Jamás te preguntaste la razón? —negó, fingiendo compasión—. Pobre niño ingenuo. Hasta tu certificado como abogado quedó anulado ahora que eres un transeúnte más sin nombre y apellido.

Una risilla queda salió de los labios de aquel hombre, secundado por la femenina exclamación de Pandora quien también pronunciaba falsos lamentos a su favor.

"Pobrecillo, pobrecillo…"

"¿Creíste que te quedarías siempre con ese título?"

Sus voces subieron, escarneciendo a su víctima puesta en medio de ellos como bien habían planeado. Entonces, la tranquilidad se disolvió, los dedos temblaron, crispándose, el cuerpo entero se albergó de ira. Minos se arrojó al malnacido traidor, aferrándolo de las solapas y echando en gritos sus palabras.

—¡Teníamos un trato, maldito traidor! ¡Teníamos un trato!

Pensó en su madre… Muerta, burlada, despreciada…

Lune…El hijo bastardo que debía que soportar injurias como su empleado.

Albafika…

Te perdí por nada…

La ira creció como un incendio dentro de su pecho, recordando la vida de hipocresía que había cargado sólo para ser engañado, desechado cual desperdicio. Su puño se levantó para atinarlo en la molesta mueca curva, pero alguien lo sostuvo. Radamanthys lo lanzó al suelo y antes de que pudiera siquiera comprender qué sucedía, Minos recibió un golpe que terminó por aturdirlo. Sólo el primero de muchos más…

Escuchó el tronido tan parecido al de un pie golpeando un costal, y comprendió al poco tiempo que se trataba de su propio cuerpo apaleado una y otra vez sin que pudiese al menos pensar; por una rodilla, más puños certeros, una suela durísima. Trató de levantarse varias veces pero el mismo funesto golpe lo regresó al piso que a pesar de estar alfombrado no fue piadoso ni suave cada vez que volvieron a apretarlo contra el mismo. Las fuerzas para tratar de incorporarse se extinguieron con un último espasmo. Expulsó de una arcada el aire en sus pulmones cuando otro empellón le atinó en el pecho.

—Basta, Radamanthys… —una voz susurró lejana—: Vas a manchar la alfombra.

El hijo mayor azotó su pie por última vez en el cuerpo en el piso. Aquel público de cuatro se posó entorno al sujeto que entre trémulos movimientos se esforzaba por no perder la consciencia ante el dolor. Su respiración era un gemido convulsivo mientras trataba de girarse para salir de ese infierno. Asterion resopló.

—Llévenselo ya, ¿quieren? Y envíen a alguien a limpiar este desorden, quiero que todo esté listo para cuando…

Minos no alcanzó a oír lo demás. Alguien le obligó a dejar el suelo. Sus pies atinaron de vez en vez en el mismo, llevado entre sus hermanastros. Escuchó el rechinido de las puertas al abrirse, y la exclamación horrorizada de una mujer que era silenciada al instante. Sus patéticos pasos prosiguieron hasta lo que, reconoció, era el elevador para los encargados de limpieza. Oyó el silbido de la sangre entre sus dientes y se arqueó cuando su garganta le obligó a toser.

Aiakos esquivó aquella mezcla repugnante que casi le atina en los zapatos.

—Maldición… ¿No pudiste limitarte un poco, Radamanthys?

El interpelado no se ofendió en lo absoluto, afianzando mejor al bulto que cargaba en su hombro.

—¿Bromeas? Apenas y pude darle algo de lo que quería. Fueron demasiados años conteniéndome…

Las puertas del elevador se abrieron en el piso del estacionamiento. Caminaron sigilosos, esperando que no hubiese gran público. La reja de la entrada se vislumbró a pocos pasos. Minos sintió mayor fuerza en las piernas y pudo sostenerse cuando Radamanthys lo empujó hacia la calle.

—Por tu bien, espero no verte de nuevo —advirtió antes de dar media vuelta y desaparecer.

Minos se quedó quieto, tratando de respirar sin que el suplicio fuera demasiado agónico, apoyado del muro de la rampa para la entrada de autos. Sintió la inspección de la mirada a su espalda y escrutó a su rival con sus propios ojos inflamados.

Aiakos sonrió, amargo. —No hay honor entre ladrones, ¿no, titiritero? Pero no lo tomes personal… Tú te jugaste el pellejo por tu madre y tu hermano, y ahora yo hago lo mismo. No son más que las reglas de este juego llamado alta sociedad.

Le lanzó una mano indulgente a su espalda, una acción que Minos disuadió aunque le trajera un inmenso dolor. Aiakos no se ofendió, echó pasos hacia atrás y se alejó.

—Suerte, titiritero…

Minos esperó hasta que el sonido de los pasos a su espalda se perdió por completo, justo cuando su aliento recobró un atisbo de sus fuerzas. Las miradas del portero fueron aún más evidentes cuando estuvo solo, mas el desprecio, todavía vigente, de aquellas amatistas oscurecidas, fue suficiente para desalentar al empleado en sus deseos de acercarse y preguntar si necesitaba ayuda. El mal herido hombre de negocios trató de erguirse sin necesidad de condescendencias. Intentando producir el menor dolor, se limpió la sangre bajo sus fosas nasales así como de los reventados labios para conseguir una mejor entrada de aire a sus pulmones. Comenzó con pasos débiles su camino hacia la calle poco transitada a la que apuntaba aquella ala trasera del edificio. Sintiendo el rayo del sol al mediodía, buscó refugió en la sombra al otro lado de la acera. Sus deseos de llamarle a Byaku se extinguieron en cuanto supo que no tenía su celular; alguien lo había sacado del bolsillo de su saco, tal como a su billetera.

Sólo quedaban él y el apoyo de la pared a su costado, caminando sin rumbo, a cualquier sitio donde pudiera ocultar la mísera condición que ahora lo consumía. Como un transeúnte más que perdió todo en una sola mañana en el trabajo…

La comisura de sus labios se doblegó, aún se permitía sonreír o tratar al menos…

Sólo otro imbécil…Se dijo.

Sólo otro imbécil que cayó en la trampa de un mundo demasiado cruel. Y terriblemente hábil también.

~O~

Llegué a mi casa con los ojos hinchados esa tarde.

Byaku había tenido que soportar mis lágrimas, a veces silenciosas, a veces muy dramáticas, y estuve segura de que el pobre se sintió aliviado cuando me vio bajar. No lo culpo, ¡si hasta yo odio ser tan sensible! Pero es que, en cuanto el señor Minos –monstruo sin sentimientos– me dejó sola, todo mi orgullo se vino abajo. Me subí alMercedesy me dejé llevar por el llanto.

Cuando abrí la puerta de casa, me encontré con el rostro de papá, quien también estaba llegando apenas. Fue estúpido, pero en cuanto vi su rostro, después de días sin hacerlo, me arrojé a abrazarlo para volver a soltar mis lágrimas. Conmocionados, todos en mi familia preguntaron qué rayos me sucedía. Gracias al cielo se convencieron con mis palabras sobre extrañar demasiado a papá. No hicieron preguntas sobre mi reunión en la mañana, y vaya que lo agradecí.

En cuanto me deshice del horroroso vestido que ya sólo me daba malos recuerdos, me aventé a la cama de donde no salí ni aunque Pefko me brincara encima ayudado porLucky.Quería estar sola, necesitaba pensar en cuánto me costarían mis palabras, todas dedicadas inútilmente a ese cruel manipulador. Y eso sólo lo podía hacer allí, refugiada bajo las cobijas.

¡¿Acaso tenía sentido todo esto?! No, nada en las últimas semanas parecía tener lógica. Me llené de los mismos reproches otra vez, por haber sido tan endeble y haberme doblegado tan fácil en un trato como éste. Y mis sentimientos hacia el señor Minos… ¿Me enteraba de su vida miserable y ahora, solamente por eso, lo amaba? Aah, por qué seremos así de complicados. ¿Por qué no podía simplemente odiarlo como siempre lo había hecho? Pensar que era el peor granuja del mundo, desear nuevamente que un tren le pasara encima… ¡¿Por qué ahora quería ser su nube, ese lugar donde él pudiera refugiarse y ser feliz?!

Pefko tenía razón, lo admito, puedo ser atolondrada si me pongo cursi.

Tapada por las mantas hasta la cabeza, me decidí finalmente a olvidarme de él. Si oír acerca de sus problemas me había motivado a quererlo, seguro pensar una y otra vez en el barbaján ególatra que me había arruinado la vida sería la clave para convencerme de que sentir un mínimo afecto por él era estúpido. ¡Claro! Auto convencimiento, si sólo somos animales que actúan por repetición, no podía ser tan difícil. ¡Y no saldría de mi iglú de felpa hasta conseguirlo!

Pasaron las horas, escuché a mi familia ir a la cama, los grillos cantaron en alguna esquina, espetándome que era la única loca despierta y envuelta en tres cobertores. Entonces, mi alarma sonó a las 6:30.

Me levanté de la cama, me puse las pantuflas acolchadas de Celinsa –dado que nunca encontré las mías– y me dirigí al baño.

El nuevo día empezaba… ¡y yo no había dormido nada!

Alguien llamó a la puerta. Era papá. Terminé de lavarme los dientes y abrí. Lo vi echar un salto hacia atrás como un gato, gritando algo así como "¡Carajo!" cuando me vio. Pero no lo culpo, si había visto la misma imagen que yo contemplé segundos antes en el espejo, era comprensible su actitud.

—Buenos días, papá… —saludé, yendo nuevamente hacia mi habitación para tratar de quitarme las ojeras y el cabello hecho una estopa en desuso.

Celinsa también soltó

un grito cuando me vio entrar de repente…

Se aferró el pecho. —Caray, Agasha… Me asustaste. ¿Qué tienes? ¿Dormiste bien?

Aah, de maravilla…

Le expliqué que tenía insomnio por beber demasiado alcohol en el desayuno de la mañana anterior. Ella no hizo preguntas y se fue a hacer fila para esperar su turno para utilizar el baño. Sola, pude vestirme y maquillarme, no quería ser el terror de toda mi casa con ese aspecto de espectro salido de alguna película de terror barata.

Desayunar en familia mejoró mi ánimo. Había pasado tiempo de la última vez en que pude verlos a todos reunidos a la mesa. Incluso perdoné a mi hermano cuando sacó el tema de mi lúgubre expresión, sólo me vengué quitándole su porción de fresas en su cereal. La abuela propuso la idea de ir al cine en la tarde, cuando Pefko regresara de la escuela, quería ver la versión en pantalla grande de una telenovela de sus tiempos. Aunque todos nos negamos a mirar algo como eso, aceptamos salir. Papá no tendría trabajo hasta dentro de dos días y le entusiasmaba divertirse con nosotros.

Mi hermano se levantó de su lugar en cuanto terminó su desayuno, papá se ofreció a llevarlo a la escuela en el auto pero Pefko le dijo que usaría la bicicleta. El muy inmaduro me revolvió el cabello cuando pasó detrás de mí y se escapó antes de que pudiera tronarle un golpe. Ya vería cuando estuviera de regreso…

—Por cierto, Agasha… ¿No tienes algo qué decirle a tu padre respecto al último fin de semana?

Mamá ocupó el lugar de mi hermano y me miró mientras murmuraba esas palabras. Sentí como si alguien me hubiera echado hielo a la espalda… Papá me miró, todos lo imitaron. Quise gritar, pero recordé que era mi madre quien me había traicionado. Miré al techo, tratando de buscar una buena historia que no tuviera nada qué ver con el borracho que había llegado a casa el viernes pasado.

Pero, como siempre, ninguna condenada idea llegaba a mi cabeza.

¡¿Dónde estaban mis excusas cuando las necesitaba?! Estaba perdida, realmente perdida…

—Ah, sí, sí… Es sobre mi prometido —todos miraron a Celinsa, incluso yo—. Le dije a Agasha que Teneo estaría aquí el próximo lunes, y eso fue el sábado, ¿verdad, Agi?

Tenía una sonrisa tan forzada que hasta el más tonto habría notado que mentía. Traté de sonreír con más naturalidad, y por maravilla celestial, papá lo creyó. Se entretuvo hablando con mi prima sobre la supuesta llegada de su prometido. Mamá parecía dispuesta a desengañarnos pero alcancé a aferrar su mano, oculta de papá tras la canastilla de pan. Abrí los ojos, suplicándole que por todos los cielos no dijera nada. Si ella era temible cuando se enojaba, papá era indescriptible…

Mamá se soltó, pero no dijo nada. Se levantó para ir a lavar los trastos de nuestro desayuno. En cuanto terminó, todos partimos hacia la sala donde nos acomodamos para ver televisión. A punto de escabullirme con tal de no mirar a ese aparato infernal, Celinsa me sostuvo, pidiéndome que me quedara.

—No veremos canales que te disgusten, Agi… Quédate.

No pude negarme. Ya me había recluido suficiente la noche anterior, además, no estuvo del todo mal. La abuela dejó uno de esos programas de medicina en los que tienes que apartar la cara la mitad del tiempo si no quieres vomitar. Sentada en medio de ella y mi prima, disfruté viendo las caras de horror de Celinsa y las de asombro de mi abuela. Mamá y papá se sentaron en el sillón a un lado, abrazados como una especie de pareja de recién casados. Eran cursis siempre que estaban juntos.

Y no, no les tenía envidia por si se lo estaban preguntando…

—¡Oh, Dios mío! Qué horror, qué horror… —comenzó mamá cuando la pantalla mostró la operación a un paciente que había sufrido un accidente y quedado con las vísceras expuestas—. ¡Mamá, cambia de canal!

La abuela alzó la mano para hacerla callar, colocándose al filo del asiento. Siempre pensé que extrañaba sus años de doctora, y que los compensaba mirando esa clase de programación.

Todos arrugamos el gesto cuando un chorro de sangre salió disparado a los asistentes del médico. La abuela fue la única que negó, como decepcionada. En serio que daban ganas de reír en un teatro como ese. Pero mis deseos por hacerlo se esfumaban en cuanto contemplaba los uniformes azules y las batas blancas. Y pensar que había estado tan cerca…

—¿Quién quiere palomitas? —Celinsa se puso de pie—. Iré a comprar algo a la tienda antes de vomitar. ¿Quieren que traiga algo? ¿Soda, chatarras…?

Mamá solicitó una pastilla para las náuseas y una bebida para ella y papá. La abuela ni siquiera nos prestó atención, clavada a la televisión. Celinsa me pidió que la acompañara, algo me decía que traería un arsenal de guzgueras y todas esas cosas antisaludables que tanto nos gustaban.

No erré… Me pasó tres bolsas de papel llenas a reventar de comida chatarra, para así llevar por sí misma otras tres. Caminamos de vuelta a casa, con el alegre vendedor despidiéndonos.

La escuché riendo: —Rayos, creo que no me medí… —me echó una mirada divertida.

—Ah, ¿tú crees? Descuida, probablemente sólo suframos un coma por glucosa, pero nada más.

Echó otra carcajada. —Me entusiasmé de más, perdón. Pero me dio mucho gusto ver a toda mi familia junta otra vez… Sólo faltó Pefko para que fuera como en los viejos tiempos.

—No, estamos mejor sin él —eso le sacó otra risotada—. Pero estoy de acuerdo contigo, se siente bien estar todos juntos.

—Voy a extrañarlos cuando me vaya. Espero que Teneo y yo podamos visitarlos seguido.

Me detuve, palpando su hombro con mi mano más libre. Le sonreí a su rostro cabizbajo.

—Ya verás que sí, Celinsa. Sólo se casarán, no dejaremos de vernos, ya verás…

Mi prima recuperó su ánimo, parpadeando esperanzada.

—Lo mismo será para ti, ¿verdad, Agi? Estuviste distante estos días, pero no te alejarás de nosotros aunque te vayas con él, ¿cierto? Deberías traerlo de nuevo a casa para que podamos conocerlo. Pero, la próxima vez, hazlo cuando esté sobrio, ¿quieres?

Compartí su risa, tratando de disuadir mi nueva tristeza. Si acaso supiera la verdad…

Doblamos la esquina donde estaba ubicada una mercería, para así meternos a la calle que nos llevaría a casa. Encontramos a mamá en la puerta.

—¡Agasha! —se veía alarmada—. ¡Ven rápido!

Obedecimos, corriendo hasta ella. Sin decirme nada, nos obligó a seguirla hacia el interior de la casa, hasta la sala. Apuntó a la televisión.

—Le pedí a tu abuela que cambiara de canal cuando su programa se volvió insoportable. Y apareció esto…

Miré la pantalla, tratando de comprender. El rostro del señor Radamanthys estaba en primer plano, con micrófonos aquí y allá. Su gesto era serio, igual que siempre pero, fue el subtítulo en la parte inferior lo que me alarmó.

«Dramáticos cambios en la directiva deVan der Meer Company»

¿Qué estaba pasando…? Me apoderé del control remoto y subí el volumen.

¿No es una decisión precipitada? —gritó algún reportero que nadie vio. El señor Radamanthys negó y respondió—: Repentina, tal vez, pero no precipitada. El cambio del tercer director de la empresa era un plan que teníamos desde hace tiempo, la posibilidad de llevarlo a cabo se nos ofreció ante los incidentes suscitados las últimas semanas. Concretamos finalmente que todo el circo creado por mi hermanastro era realmente una mentira absurda cuyo fin ni siquiera nosotros conocemos. Aquella mujer con la que decía tener una relación no era más que una oportunista de las circunstancias. Todo era una mentira… Y como la empresa seria que somos, no podemos permitir que algo tan ruin se lleve a cabo bajo nuestra tutela. El despido de Minos es la medida drástica a la que tuvimos que llegar para terminar con todo esto, Kahago Van der Meer ocupará su lugar para fungir como el abogado de nuestra compañía. Es todo…

Se alejó, las cámaras lo persiguieron hasta verlo subir a un automóvil. La imagen cambio al estudio de un programa de negocios. Los presentadores argumentaron sus opiniones, su sorpresa, sus felicitaciones por el nuevo compromiso de laseñoritaPandora Heinsten con Radamanthys Van der Meer.

Sorpresas es lo que últimamente tiene esta familia… —rieron los dos.

Retrocedí, los rostros de mi familia se giraron a verme. Mamá avanzó en mi dirección, airada.

—¿Qué rayos significa esto, Agasha?

Balbuceé, buscando excusas. —Yo… yo…

—¡Dijeron que todo era mentira! —chilló—. Dijeron que sólo eres una oportunista, ¿es verdad? ¡¿Lo es?!

Agaché la cara, apabullada. No, no por su enojo… Era su decepción lo que estaba apuntillándome en las costillas. Oh… ¿cómo pude creer que esto no se develaría algún día?

Celinsa me tocó el brazo. —No es así, ¿verdad, Agasha? Es un truco de los periodistas, sólo eso. Descuide, tía Maguerit. La televisión siempre ha sido…

—No —la callé—. No es un truco, no están mintiendo, ellos no…

Comencé a temblar, tragándome mis estúpidas lágrimas.

—¿Entonces… es cierto? —la desilusión de Celinsa me dolió. Asentí, indispuesta a decir más, de lo contrario me pondría a llorar y lástima era lo último que quería provocar.

Justo cuando pensaba que esta era una de las mejores reuniones en familia…

"Eldespido de Minoses la medida drástica a la que tuvimos que llegar…"

Recordé a ese engreído de cabellos cobrizos anunciando esa noticia. Si quería entender algo de lo que estaba pasando, tenía que encontrar al señor Minos. Corrí a mi habitación para tomar dinero y mi celular, seguida de los gritos de mamá que me persiguió hasta mi recámara. Bajó junto a mí cuando yo volví a hacerlo.

—¡Agasha! ¡¿A dónde vas?! ¡Agasha!

Salí a la calle, cerré la puerta y me eché a correr. Me sentía terrible, la peor hija del mundo, una mentirosa, una hipócrita… Pero tenía que buscar a mi jefe y preguntarle, ¡¿qué había ocurrido?! Marqué el número de Lune cuando tomé el bus. El celular sólo resonó con eltun-tunde una llamada sin contestar. Insistí… Preocupada más y más con cada nuevo intento fallido. A punto de acabarme las uñas, escuché su voz.

—¡¿Qué está pasando, Lune?!

Ahora no puedo atenderte…—estaba serio, claramente preocupado.

Apreté el teléfono: —No me vengas con eso, Lune… ¿Dónde está el señor Minos? Quiero hablar con él.

No contestó. Agucé el oído, parecía que había interferencia o demasiadas voces emitiendo un zumbido.

—¿Lune…?

—Te llamaré en un momento.

Colgó. Habría roto mi teléfono si no tuviera mejor templanza. Me metí al subterráneo, pensando en las causas de todo este embrollo. Traté de llamarle de nuevo pero recordé que en los vagones la señal se perdía. Mi única opción era ir al edificio de la compañía y enterarme de las cosas por mi propia cuenta. Subiendo las escaleras de nuevo hacia la superficie, mi celular retumbó.

Apreté el símbolo para contestar en cuanto vi que era Lune. Le grité la misma pregunta, atrayendo las miradas de algunas personas a mi alrededor. Pero la voz de Lune perdió toda su fuerza en cuanto soltó un suspiro.

Escúchame bien, Agasha…

Sin verlo, pude interpretar la dificultad de sus palabras. Parecía nervioso, lleno de miedo… ¿Por qué? Treté de entender el nuevo silencio y a esa repentina actitud de misterio, pero todo perdió sentido para mí cuando recomenzó.

Mi larga caminata se detuvo, mis pasos frenéticos se quedaron en un freno estático. Mi corazón tembló al escucharlo:

El señor Minos… Mi hermano, él… Desapareció.