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El Negocio Perfecto
-Capítulo 9, Parte II: Con honor inesperado-
"El más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida".
Federico García Lorca
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No es la primera vez que recibo noticias graves.
Tampoco significa que mi vida esté llena de drama y terribles sucesos pero, no soy la excepción a las desgracias, eso es seguro.
Aun a mis veintitantos, ya tenía marcada una herida familiar lo bastante profunda y cruel.
Aquella donde llegué a casa, luego de un largo día en la universidad, y en lugar de encontrarme con el típico recuadro de todos los miembros familiares sentados en la sala, fue tan sólo Pefko el que aguardaba en el sofá donde tendría que estar un hombre de anteojos leyendo tranquilamente el diario de esa mañana, quizá por segunda o tercera vez.
"¿Qué sucedió…?",hice la pregunta en voz baja para mi hermano. La carencia de diversión tan común en sus ojos me alarmó, pero fue su tono lo que me dejó sin habla.
"Es el abuelo, Agi... Tuvo un infarto", se llenó de lágrimas.
Y yo también.
Porque, aunque me aseguró que el abuelo estaba recibiendo atención médica en el hospital, esperanzado de que pronto se recuperaría, algo en mi interior me anunció lo que pronto iba a suceder. Que mi abuelo terminaría por sucumbir a su enfermedad y nada, nada, ni siquiera mis llantos de niña, lo evitarían. Lo vi solamente una vez más, recostado en aquella camilla, cansado, sin rastro del hombre mayor pero reacio que había cumplido con mayor atención el papel de papá. Ya no volvimos a verlo en casa, ni en su silla en el patio donde acostumbraba sentarse para regar y cantarle a sus flores, ni en su viejo sofá para contarnos historias de sus días de granjero.
Lo había abrazado una última vez, días antes de que todo aquello sucediera, pero sentirlo cerca parecía algo tan lejano…
La tarde, luego de su funeral, contemplándolos a todos con los ojos hinchados y las miradas perdidas, lo supe: habíamos perdido una parte de nosotros, un fragmento de cada corazón se había ido en ese ataúd.
Y tardamos mucho en restaurar ese pedazo perdido… No la recuperamos, nunca, pero cuando alguien que amas se va, lo único que queda es seguir. Aunque fueron muchos los días en los cuales lo único que deseábamos era echarnos a llorar sobre la cama, mi familia supo confrontar esa y otras terribles pruebas. Salimos adelante juntos, pese a que muchas veces discutíamos, o nos gritábamos duras verdades o perjurábamos odiarnos –eso casi siempre ocurría entre Pefko y yo–, pero al final, logramos aliviar el dolor y superar todas aquellas adversidades.
Incluso ahora, sabiendo que tenía su completa decepción y desconfianza por mis mentiras, tenía la esperanza de recobrarme de ambas. Ellos me perdonarían, su amor era igual que el mío, capaz de pasar por alto las ofensas aunque resultara tremendamente difícil.
Lo harían, esa era mi confianza…
Pero…
Todo mi alarde por un futuro menos oscuro se fue al carajo cuando escuché la voz grave de Lune, perdido en una clase de desesperación que rápidamente me dominó a mí también. Como un choque eléctrico, algo terrible me cimbró hasta los huesos.
"El señor Minos desapareció…"
Paré en seco, obligando a quien viniera detrás a dar trompicones para no chocar contra mí.
Mis dedos se aferraron a mi pecho.
—Cómo… Cómo que desapareció… ¿De qué… de qué hablas?
Era el mismo tono en mi voz al preguntarle a Pefko en dónde estaba el abuelo. Tragué, intentando remojar mi garganta que de repente estuvo demasiado árida.
—He estado buscándolo desde que supe de todo esto. Pero no está… en ningún lado, ni en la oficina, ni en la residencia. Su teléfono está muerto… No sé a dónde lo llevaron esos, esos…—gruñó, tratando de calmarse—.Ahora mismo estoy en el muelle, temo que si está libre busque hacer alguna locura. Él… desde hace varios días no ha sido el mismo…
Cualquiera podría sentirse con el ánimo decaído tan sólo con escucharlo. ¡¿Cómo un hombre que siempre se muestra temple podía estar argumentando lo peor?! El corazón me dio un vuelco terrible. ¡No era momento de dudas!
—¡Vamos a encontrarlo, Lune! —detuve su paranoia, tratando de aplacar mis propios temores—. ¿Oíste? Lo encontraremos. Estoy frente al edificio de la empresa. Pediré informes aquí…
—No te dejarán entrar, no seas…
—Buscaré la forma. ¿Entiendes, Lune? Ya me metieron en demasiados líos como para detenerme ahora… Y no me asustan estos ricos engreídos, ni siquiera ahora que oficialmente acabaron con mi reputación.
Reí, decidida, tal vez como una desquiciada. ¡Al fin me parecía a mi amo calculador! Pero no me detendrían, aunque me temblaran las piernas de sólo pensarme frente al señor Radamanthys, no me iría… ¡no hasta que me devolvieran a mi jefe! La triste historia de mis días de universidad no se repetiría. No volvería a perder a alguien tan valioso, no ahora que tenía tantos deseos de evitarlo.
Lune guardó silencio al otro lado. Volvió a suspirar.
—Vaya que eres terca…—un momento de mutismo—.No dejes que te atrapen, ¿oíste?
—¿Bromeas? Ni siquiera sabrán que estoy allí…
No contestó a eso. A punto de creer que había dejado la llamada, escuché un quedo murmullo.
—Gracias…—y fue todo lo que dijo antes de colgar.
Bien… Aquí íbamos. Con esa extraña palabra, que había sonado aún más extraña de parte de Lune, me atreví a avanzar por la fila de escaleras hacia las puertas giratorias. No había nadie en la recepción, ni siquiera Markino, el portero. Esperaba que no los hubiesen despedido también… Caminé hacia los elevadores y esperé a que se abrieran las puertas. Escuché las risitas y los cuchicheos de las encargadas de limpieza.
—…pero al fin tuvo lo que merecía, ¿no?
—Karma, lo llaman muchos. Pero yo le habría dado una mejor sacudida a ese idiota con pelo de perro…
Todas alzaron sus risas indiscretas, una escupió a carcajadas: —Oí que se fue caminando como animal apaleado en las calles del otro lado…
—¡¿Qué dijiste?! —me acerqué, había entendido muy bien sus comentarios. Admito que yo misma formé parte de ellos hace mucho—. Repítelo, Calvera… ¿En dónde está el señor Minos?
Enarcaron las cejas con desprecio. Se burlaron de mí por lo que habían escuchado en televisión, se negaban a contestar a mi pregunta aunque la repetí. Sus risas crecieron, era de nuevo el mundo riéndose del que caía en desgracia. Rico, pobre… el punto era sobajar aún más al miserable.
¡Ah, ya estaba tan cansada!
—¡Con un demonio, ¿en dónde está?!
Se quedaron calladas, las dos más chaparras mirándome con los ojos bien abiertos, mientras que la más alta de ellas se mantuvo firme con su misma displicencia. Calvera se acercó a mí, retadora, era enorme cuando se erguía de esa manera, y tenía la típica mirada de una revoltosa dispuesta a arrastrarte por los suelos si era necesario.
Pero, pero… ¡eso no me doblegó! Y aunque debía verme patética con mi 1.56 rozándole apenas los hombros, afirmé el ceño fruncido en mi expresión.
Si acaso deseaba golpes, no se los negaría…
—¿Señorita Agasha…? —ambas miramos hacia las puertas abiertas del elevador. Era Conner.
¡Había caído del cielo! Apartándonos hacia las afueras de la gigantesca construcción, fue ella quien me contó todo lo ocurrido, o al menos lo que había podido ver. De cómo el señor Minos había entrado a su oficina en ambos pies, sólo para salir de allí como un cuerpo maltrecho y lleno de golpes. Algo en mi pecho se encogió al escucharla, pero acallé todas mis expresiones para dejarla continuar.
—El encargado del estacionamiento lo vio caminar rumbo a las calles detrás del edificio… —terminó, afianzando la caja con sus pertenencias.
—¡Muchas gracias! —salí de allí, no sin antes desearle suerte. Lamentablemente, también la habían echado.
Rodeé al enorme edificio para ir hacia el área asignada para los autos. Busqué entre los pocos que había aparcados por aquí o allá, pero salí sin ninguna pista. Recordé que a unas cuadras estaba ubicado un bar de no muy buena calidad, tal vez mi jefe había buscado "refugio" en un lugar como ese. Me equivoqué… No hubo alguien que destacara con una mata de cabellos blancos, y tampoco nadie había visto a ningún sujeto con características tan peculiares. Salí de allí cuando lo único que recibí fueron las risas y los murmullos de aquellos que todavía estaban lo suficientemente sobrios como para reconocer mi rostro ya tan común en los peores canales de espectáculos.
Deambulé por el resto de las calles aledañas a la compañía. Mi desánimo creció a cada minuto perdido… Mi espíritu positivo se extinguió, trayendo imágenes nefastas de ese sujeto, de ese hombre siempre fuerte, siendo agredido por sus hermanastros. Mis intentos por odiarlo, que habían estado rondando en mi cabeza justo la tarde anterior, me parecieron nefastos y demasiado crueles en ese instante. Y aunque todo el tiempo estuvo una voz susurrando que mi búsqueda no tenía razón de ser, pues ese desaparecido hombre de negocios francamente se había burlado de mí como nunca antes, ya no quise escuchar nada más.
Miré a todos lados desde las esquinas, luego entre algunos callejones que no fuesen demasiado oscuros. Detuve mis pasos al llegar al borde de una última calle; mi búsqueda se había prolongado por más de media hora sin encontrar absolutamente nada, ni el más mínimo indicio de su paradero. Mi última alternativa fue recurrir nuevamente a las personas que iban y venían en las aceras. Mis preguntas fueron ignoradas por la mayoría, nadie parecía interesado en una pena que no le concernía.
¡Vaya intentos frustrados! De nuevo me sentí una inútil… Una completa inútil que estaba en medio de las calles, preguntando a medio mundo sobre la ubicación del hombre que se había reído de mis sentimientos y que ahora bien podría estar descansando cómodamente en un resort de primera clase… ¡mientras yo lo buscaba como una loca!
Respiré profundo, recordando a Lune. No, una voz tan llena de alarma no podía ser sólo una exageración. El señor Minos estaba perdido, ¡ese sujeto que se pavoneaba de ser inquebrantable ahora estaba en apuros! Y quién sabe qué clase de apuros…
Oh, no… El temor regresó. Tenía que regresar a la oficina, confrontaría de una vez por todas a esos malditos capitalistas. ¡Les haría padecer un verdadero escándalo ante la prensa si no venían a ayudarme para encontrarlo! Sí, no había otra opción. Era enfrentarlos, arriesgarme a lo peor, o permanecer "segura" pero sin rastros de mi jefe.
Quédifícildecisión…
Me eché a correr hacia la compañía, pensando en mi plan. Una calleja solitaria me sirvió de atajo para evitar otros edificios. Esquivé objetos en medio del penumbroso pasillo y casi tropecé con la pierna mal oculta de algún vagabundo recargado en un cajón de basura. Detuve mis pasos en cuanto sentí su extremidad bajo mi pie. Me incliné, avergonzada, para disculparme y continuar mi camino. Su risa detuvo mis palabras.
—Sí… Justo a quien quería ver…
Mi corazón se paralizó una vez más. La luz apenas entraba en el gran agujero, pero lo supe.
No era un mendigo, era…
—¡Señor Minos! —me agaché por completo. Tenía el rostro inclinado, aún más oculto entre la oscuridad—. ¿Cómo… cómo llegó aquí? ¿Qué sucedió? Hemos estado buscándolo por…
Levantó la cabeza, lento, casi como si estuviera aletargado. Las sombras remarcaron aún más las manchas esparcidas por sus mejillas, nariz y boca. Sangre…
—Ay, Dios mío… —mis lágrimas vinieron—. ¿Qué le hicieron?
Conner no había mentido. Cuánto lamenté que no hubiera exagerado. Se había quedado corta en su informe…
Sus ojos… Sus ojos se crisparon como tratando de no cerrarse por completo. Quise tocarlo, pero supe que eso le daría mucho dolor.
Su tono fue un susurro tratando de no perder su brío. —No menciones a Dios aquí, ¿quieres? Ya recibí bastante de su justicia por un día…
—Lo llevaré al hospital, no se preocupe…
Su risa estalló de nuevo, demasiado débil: —¿Hospital? No digas idioteces. No tengo ni un céntimo… Ni siquiera, ni siquiera pude ir a embriagarme porque sabía que me sacarían a patadas de allí. Sólo soy, otro pobre imbécil al que no le queda nada… Un pobre imbécil, un pobre, pobre imbécil…
Continuó repitiendo lo mismo hasta apretar los dientes por algún dolor. Sus ojos encontraron los míos y fue así como ellos hicieron la pregunta por mí.
¿Qué sucedió…?
—Me vaciaron, como a una alcancía que ya no necesitan… Terminaron susnegociosconmigo y me dejaron sin nada… Todo lo que tenía… todo lo que conseguí en su maldito juego… Se fue. Incluso tu cuenta de ahorro… posiblemente desapareció también —desvió la vista—. Así que, ya puedes largarte si quieres… Porque no vas a recibir nada por ensuciarte en este callejón, ¿oíste? Será mejor que…
—¿A dónde puedo llevarlo? —me miró de nuevo, medio impresionado—. Dijo que no quiere ir a un hospital así que, dígame… ¿A dónde puedo llevarlo para que esté seguro?
Sus ojos se crisparon aún más, tercos. —¿No me oíste? Dije que no obtendrás nada con esto.
—Y yo recuerdo haberle dicho que no me interesa su maldito dinero, ¿cierto? Así que, ¿a dónde lo llevó,señor?
No objetó más, sabía que no lo dejaría. A regañadientes, refunfuñando como el obstinado que siempre sería, me dejó poner su brazo sobre mis hombros para levantarlo. Lo escuché gemir cuando comenzamos a caminar hacia la luz de las calles. Pero volvió a negarse cuando le pedí que fuéramos a un hospital.
—Llévame a casa de Lune —ordenó. Tenía sentido; su residencia, seguramente, había dejado de ser suya.
Detuve un taxi con mi brazo libre. Le ayudé a deslizarse hasta dejarlo al final del asiento y me metí de inmediato junto a él. Anteriormente, trabajando todavía como su secretaría, había tenido que aprenderme las direcciones de todos sus allegados, incluida la de Lune. Agradecí que una información tan irrelevante al fin me fuera de utilidad. La casa estaba ubicada al otro lado de la ciudad, por la parte oeste donde el río que bordea al condado gira en un brazo extra para ir hacia el norte del país. Eran hogares solitarios y muy callados, con largas separaciones entre casa y casa. Pedí que nos detuviéramos una vez, antes de llegar, para comprar medicinas, vendas y un botiquín.
Finalmente, el taxi frenó frente al domicilio señalado. Pagué y me di prisa para bajar y rodear el auto para fungir nuevamente como el apoyo del señor Minos. Nos acercamos al porche de color grisáceo, lleno de macetas colgadizas de donde sobresalían hojas verdes sin ninguna flor. Llamamos a la puerta pero nadie abrió.
—Hay una llave bajo esa silla —señaló hacia la mecedora entelarañada. Lo dejé por un momento para inclinarme. Encontré la llave llena de polvo, en efecto, bajo la pata curveada.
Así que hasta ellos tenían esos códigos tan familiares…
Entramos por un largo pasillo lleno de fotografías enmarcadas. Puede echar un corto y rápido vistazo a la sala, justo a la derecha de nuestro camino, conformada por un juego de sillones y sofá con tapices de colores, y muchas más fotografías en las paredes.
—Nunca pensé en Lune como alguien tan hogareño… —se me escapó el torpe comentario.
El brazo en mis hombros se presionó débilmente.
—Eran ideas de mi madre —susurró, indispuesto a hablar más del tema—. Hay una habitación para huéspedes al final de este pasillo.
Allá fue hacia donde nos dirigimos. Abrí la puerta a mi izquierda, en seguida nos adentramos al pequeño cuarto conformado por una cama hecha y uno que otro mueble. Ayudé a que el señor Minos se recostara, tambaleando cuando el dolor casi le hizo caer y a mí junto con él. Tendido allí, al fin pude analizar sus condiciones. El corazón se me volvió a encoger al contemplar de lleno su rostro hinchado, los labios reventados al igual que las mejillas, la sangre seca combinada con suciedad. Tenía el traje roto por todas partes, y las marcas de zapatos eran evidentes en tórax y piernas. Cualquiera diría que había sido víctima de un grupo de asaltantes.
Pero no podía seguir contemplándolo con lástima… Tenía que trabajar. Salí de allí, hacia la cocina. Me las apañé rápidamente para calentar agua con la ayuda de la estufa y una cafetera. Regresé a la habitación con una tina –encontrada en el baño– llena de agua tibia, toallas limpias y mi arsenal comprado en la farmacia.
—¿Qué… qué demonios estás haciendo? —comenzó a quejarse en cuanto me vio preparando aquello.
Me giré, arremangándome: —Ya que dijo que no piensa ir al hospital y como parece muy dispuesto a quedarse allí tirado para lamentar todas sus desgracias, he decidido hacer algo bueno por usted y limpiarle al menos toda esa sangre en la cara.
—¿Qué dijiste? —trató de levantarse—. No, no lo harás. Te irás ahora mismo y me dejarás tranquilo… —lo sostuve, reclinándolo de nuevo.
—No puede objetar. Es un simple mortal ahora, ¿recuerda? No tiene ni un centavo, así que no puede amenazarme… —sonreí, viendo el casi puchero en sus labios inflamados—. Además, no tiene de qué preocuparse, soy buena con estas cosas.
Se dejó caer en la almohada, arrugando el gesto adolorido. —A ti te encanta perder tiempo…
No dijo nada más. Suficiente permiso para comenzar mi labor.
Acerqué el taburete y la silla de la mesa de café para sentarme y colocar el cubo de agua tibia y el resto de mis herramientas. El señor Minos apartó la vista cuando comencé a limpiar su rostro con un paño húmedo, se quejó más de una vez pero no fue nada que me sacara de quicio. Dejé su cara libre del rastro rojizo y cubrí con parches DuoDerm las heridas de mayor gravedad luego de limpiarlas con agua oxigenada. Uno arriba de la ceja, otro en la mejilla izquierda y uno más en la nariz que, afortunadamente, no estaba rota como me lo había temido.
Fui a por más agua cuando el balde quedó cubierto de un líquido espeso y color carmesí. Al regresar, me encontré con otro dilema. Pero, ¿cómo se lo pediría…?
—¿Puede levantarse? —me dirigió una mirada—. Necesito revisarlo y cerciorarme de que no tenga heridas graves en el cuerpo.
A regañadientes, obedeció mi petición. Ayudé a que se sentara, todavía no ocurría lo peor.
Apreté los dientes, conteniendo el aliento antes de decirlo: —¿Podría…? ¿Podría quitarse el saco y la camisa, por favor?
Estaba segura de que se negaría, que echaría una de sus bromas bochornosas y luego me echaría de allí. Pero él sólo sonrió, y sacudió los hombros suavemente para quitarse aquel saco maltrecho. Me miró, con una nueva expresión de enfado y dolor cuando no pudo continuar.
—¿Te importaría? Me duelen los brazos como el infierno…
Acepté… Sólo porque quería verlo sano otra vez. Traté de estabilizar mis palpitaciones cuando deslicé el traje por el resto de sus brazos. Me levanté para dejarlo continuar.
—Te faltó la corbata, cariño…
Resoplé, incluso convaleciente no dejaba a un lado su actitud perversa. Volví a sentarme al filo del colchón para desanudar la tira de tela color negro. Su pasividad contestó lo que tanto me temía: ¡me haría continuar con la camisa!
Sólo es un paciente enfermo… Sólo un paciente enfermo, ¡carajo!
¿En qué estaba pensando cuando me metí en esto?
Me erguí, buscando mi mejor expresión austera, indispuesta a dejar que se riera de mí. Desabotoné su camisa sin temblar –no demasiado–, y le ayudé a quitarla por completo. Su sonrisa maliciosa estuvo cerca de mi rostro antes de que pudiera levantarme.
—Todo tuyo, pequeña… —musitó, ganándose mi ceño crispado como recompensa.
Dejé sus ropas sobre la repisa de un buró y me viré, adquiriendo nuevo valor después de superar ese reto. Inspeccioné el área del torso y el pecho, preguntándome si esos músculos marcados eran naturales o el sacrificio de algún gimnasio.
¡Concéntrate, Agasha… concéntrate!
El análisis visual fue insuficiente, mis dedos temblaron mientras palpaba su piel para descubrir alguna fractura. Suspiré de alivió cuando todo pareció en orden, pero todavía quedaban aquellos dos óvalos amoratados que, sabía, crecerían en un par de días. Le pedí que se sentara nuevamente y vendé su pecho hasta poco antes de la cintura. Su hombro derecho también estaba invadido por una bola enrojecida a la que tuve que vendar.
Le di a beber analgésicos contra el dolor y lo recosté de nueva cuenta, advirtiéndole que sería mejor para él acudir al médico lo antes posible. Me quedé un par de segundos inspeccionando el resultado. Observé el resto de su cuerpo, al broche de su pantalón, aún faltaba revisar sus piernas…
Mi cara ardió cual horno… Bueno, Lune podía hacerse cargo de lo demás.
Inicié la limpieza del lugar, enrollando las toallas sucias y echando a la basura las envolturas del los parches y las vendas.
—Supongo que estás feliz… —apenas me percaté de su mirada, escrutándome—. ¿No, es así? Ayer te deseché como basura, te eché por todas esas palabrerías sobre quererme y te demostré que no has sido más que un artículo para mi beneficio. Y hoy, ocurrió exactamente lo mismo conmigo… ¿Te sientes complacida?
Indefenso, lleno de vendajes… Y aun así podía actuar con tal vanidad. Me senté en la silla junto a su cama y negué.
—Todo lo contrario, señor. Lamento que le haya ocurrido todo esto.
La risa apareció en su rostro herido. —Oh, ¿sí? ¿Por qué…? ¿Porque mequieres?
Sonreí. Era como si todas esas dudas presentadas la noche anterior se hubiesen disipado.
—Así es… Porque lo quiero, y me llené miedo cuando supe que esta amargada y burlesca expresión que tengo frente a mí estaba corriendo peligro. Por eso estoy aquí, aunque sé que incluso así, la conversación del día de ayer no cambiará. Aunque estoy segura de que probablemente usted no correría ni la mitad de los riesgos que yo he tenido, aun así… Me atrevería a realizarlos otra vez, si es por usted.
No sé cómo conseguí decir todo aquello sin que mi lengua se enredara entre mis dientes. Porque, oh, Dios… Me sentía tan nerviosa con su mirada bajo la mía. Así estuviera por encima de mí o no, seguía conservando su expresión dominante, que en ese momento, en cuanto terminé de hablar, se encogió, llena de ofuscamiento.
Sus labios soltaron lo que pudo ser un bufido.
—A veces me pregunto de qué cuento de hadas saliste, mujer…
Pude haber echado una risa ante su comentario, pero mi celular vibró con un mensaje. Era Lune, preguntando si había tenido suerte. ¡Con tanto lío me había olvidado de él! Le llamé, mi informe sobre su hermano lo alteró, haciendo miles de preguntas sobre su estado, y en cuanto le mencioné que estábamos en su propia casa, declaró que venía en camino y colgó. Tenía que terminar de recoger mi desorden si no quería verlo enfurruñarse contra mí.
Me atreví a entrar a otra habitación para tomar las cobijas de una cama y llevárselas a mi paciente. No quería obligarlo a levantarse de nuevo para tomar las mantas debajo de él. Pasé la colcha sobre su cuerpo, hasta la parte baja de su cuello. Me di cuenta de que sus ojos estaban cerrados y me alegré de que el analgésico comenzara a surtir efecto. Le quité los zapatos y terminé de arroparlo.
—Enfermera… —me sorprendió, lo miré, confundida—. Dijiste que estudiaste Comercio de forma obligada. Pasé mucho tiempo preguntándome cuál habría sido tu verdadera vocación… Enfermería, ¿no?
Me sentí un tanto sorprendida. —¿Soy tan obvia?
—Tienes las cualidades, es todo… —fue completamente indiferente.
—¿Cómo cuáles? ¿Torpe, sumisa y sutil con mis allegados…? —fruncí los labios. No podía tolerar que se burlara también de ese deseo.
Su mano se coló entre las cobijas y sentí sus dedos rozando mi muñeca; traté de levantarme, seguramente le quitaba espacio. Pero él me sostuvo, débilmente, y sin embargo, con el mismo efecto electrizante.
—Quédate…
Esta vez me paralizó. No sé si fue el tono de su voz, el murmullo quedo y suplicante, el desliz de su mano en mi piel, o su mirada atravesando mis barreras, todo mi recato… Lo único que supe fue la respuesta que pronto quiso salir de mis labios.
Sí…
Pero su nueva sonrisa me refrenó, ese nuevo cinismo al tope. Su mano soltó la mía.
—Apuesto que habrías querido que dijera algo como eso, ¿cierto? Vaya, realmente eres inocente… Mejor márchate ya, Lune llegará pronto.
Mis cejas se unieron, ahora me debatía entre mi paciencia y mis ganas de provocarle un nuevo moretón en su cara de por sí hinchada.
—Me alegra que ya tenga fuerzas para hablar, señor…
Me puse de pie, tratando de eliminar las dudas, la misma voz en mi conciencia dirigiéndome, desentrañando más allá de esa máscara a mis espaldas. Recliné el mentón, oteándolo sin que se diera cuenta. Todo mi desprecio volvió a morir en cuanto descubrí su cuerpo inmóvil, totalmente endeble, con sus ojos entrecerrados en una sonrisa amarga.
"Mejor márchate ya",había dado por hecho que lo abandonaría.
Y seguramente, no tendría otra opción. Desde que iniciamos este negocio, no habría otro final más que éste. Pero, no… Todavía me quedaba algo.
—Sobre la cuenta de ahorro —me volví a medias, su rostro herido se llenó de sorna.
—Ah, me preguntaba cuándo emitirías tus quejas…
—Está a salvo —lo callé—. Cambié el dinero a otra cuenta que yo misma abrí en otro banco. No me miré así… No confiaba en usted, temía que rompiera nuestro trato, y decidí traspasarla a un lugar más seguro —desvíe la cara, un tanto azorada por mi osadía.
—Así que no eres tan ingenua… Interesante.
Si era burla o un verdadero elogio no lo supe. Asentí, débilmente, antes de despedirme para decirle:
—Es suya… —me miró, consternado—. La cuenta, el dinero y todo eso. Pondré su nombre o el de Lune como titulares. Sé que no es ni la cuarta parte de lo que tenía antes pero, puede ayudar en algo…
—¡Suficiente!
Me hizo callar. Su cuerpo trató de erguirse y empujó mis manos cuando intenté detenerlo.
—No, largo… Dije que es suficiente… Vete… ¿Crees que te dejaré burlarte así de mí? No me interesa tu lástima…
Sus burlas dolían, pero que dudara de mí era aún peor. Apreté su hombro, obligándolo a gritar y callar sus tonterías.
—¿Lástima? ¡No me ofenda!
Sonrió, con mayor sarcasmo: —¿Y cómo lo llamarías entonces…? Me burlo de ti y ahora quieres llenar mis bolsillos… Eso es lástima o estupidez. ¿Soy otra de tus buenas acciones, niña? ¿Quieres otra razón para ganar el cielo mientras este pobre idiota da un paso más al infierno…?
No sé cómo consiguió aferrarme de las ropas con tanto ahínco. Sus dedos halaron de mi blusa, ciñéndome hasta su altura.
Sus pupilas se habían encogido, echando una mirada desesperada, frunciendo las cejas hasta hacerse sangrar de nuevo.
—Mírame… mira con atención mi rostro y dime si estos golpes son para una personabuenay de buen corazón. ¿Crees que me conoces…? ¿Piensas que después de esto iré a buscarte para pedir que te cases conmigo? ¡No…! No obtendrás nada, nada… Lárgate ya y deja de mirarme de esa manera ta-n…
Sus quejas desaparecieron en un instante cuando el mismo método que había usado para silenciarme ahora estaba en su contra. Su palabra se ahogó a medias cuando besé suavemente sus labios. Sin tocarlo con mis manos, ni acercarme demasiado para no emitir más dolor. Abrí los ojos, sin atreverme a sonreírle a su mirada absorta.
—Al fin se quedó sin voz, señor.
Me alejé de él, conteniendo el latido de mis pueriles sentimientos. ¡Cómo me había atrevido a hacer algo así! Alisé mi ropa con las manos, para desplegar así a todas mis emociones que amenazaban con estallar. Él se quedó quieto, con la espalda medio encorvada, por el cansancio, el dolor, quién-sabe. Escuchamos los chasquidos de la cerradura en la entrada, pasos en el pasillo hacia nosotros.
Tragué hondo… Ya era hora...
—No es por lástima, ni por una buena acción —aunque hablé, no alzó la cara, ni contestó—. Usted dijo que había recibido suficiente justicia de parte de Dios y yo… pienso que él no es justo nada más, también puede tener misericordia. Incluso para personas como usted y yo.
Salí de allí, con la cabeza bulléndome entre el pesar por dejarlo y el deseo de quedarme. No había más razones para ello… Intercepté a Lune y pude contener, con mucho trabajo, su impaciencia. Sus ojos se dilataron cuando le conté mi plan de traspasar la cuenta de ahorro al señor Minos.
—Te mandaré el número de cuenta por e-mail. Mañana iré a dejar tu nombre como el titular —alargué mi mano con la tarjeta.
—Es absurdo, Agasha…
Pero no le permití negarse. Le supliqué que aceptara y ya no replicó más. Se despidió de mí y abrió la puerta rumbo a la habitación. Sus exclamaciones de alivio, ira y tristeza, se hicieron más y más débiles conformé me alejé. Dejé la hogareña y curiosa casa a mis espaldas, caminando, caminando, sin pensar a dónde me dirigía o si era el trayecto correcto para regresar, aliviada de que la desaparición de aquel hombre tan irritante hubiera terminado bien…
Sí, un final feliz.
Pero, oh, cielos… Aún no logró encontrar la palabra, o un término que haga justicia, a lo que en ese instante se oprimió en mi pecho.
Porque al fin, lo entendí…
Luego de tanta conmoción, de tantos funestos sucesos ocurridos en menos de 24 horas…
Que así como terminaba el día, anocheciendo poco a poco sobre mi cabeza, también finalizaban de una vez y para siempre, mis tratos con el hombre malherido que me había robado el corazón.
Sí, al final, seguía siendo un ladrón. Me había quitado todo, mi terquedad, mi odio en su contra, mis ganas de enriquecerme de forma egoísta, mis deseos de relacionarme con otro que no fuera él. Todo por un negocio en el que yo no había ganado nada…
Y del que, ¡cruel ironía!, no me arrepentía.
~O~
Ahí estaba yo. De nuevo, como los últimos cinco meses de este silencio en mi cabeza que ha resultado ser todo menos una sensación apacible.
Y los días sin voz siguen imperando, dejados allí desde la última vez que hablé con Lune, aquellas últimas palabras para informarme que el señor Minos había mejorado, que había aceptado el dinero y que se marcharía a otro condado a recomenzar su vida.
Cinco meses desde su última llamada, de haber escuchado a ese falso asistente pero jamás, ni siquiera una vez, a su jefe.
Sólo me enteré de su partida cuando encontré a Byaku entre las calles, trabajando para un nuevo rico, no tan importante como el anterior, pero que parecía cubrir perfectamente sus necesidades.
—Sí, se fueron hace unas semanas… No dijeron si volverían.
Así de corto y simple fue su anuncio y así lo acepté. Sin rechistar ni renegar a nada, pues, de cualquier forma, no esperaba otra respuesta si no esa.
Volvería a mi vida, trato de hacerlo todavía. Buscando un empleo que no me exponga de nuevo a la luz pública, ayudando a Celinsa a preparar su boda, esperando que el resto de mi familia pueda perdonarme…
Las nuevas obligaciones son buenas compañeras en los momentos de soledad, casi siempre consiguen atrapar mi atención y son mi ayuda para sobrevivir al día a día. Excepto en ciertos instantes… Como al soslayar sin quererlo a mi armario, a la ropa de diseñador que ahora sólo se empolva, o al ver la curiosa mata de pelo grisáceo cuandoLuckyse acerca a recibir una caricia.
En instantes así es cuando comprendo, cuando trato de contener el suplicio que me desgarra el pecho… Que yo… Yo también necesito un poco de misericordia.
Porque si ya han pasado cinco meses y aún no logró sacar su sonrisa de mi mente… Si en cinco meses no he conseguido dejar de suspirar al llenarme de sus recuerdos, entonces yo…
Temo que nunca podré hacerlo.
