El Negocio Perfecto
-Capítulo 10: Un contrato más-
"Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta"
Del escritor a los Corintios
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Mi semana había sido realmente agitada.
Los últimos arreglos para la boda de Celinsa se apoderaron absolutamente de todo mi tiempo. Casi parecía que era yo quien iba rumbo al altar. Pero, cuando mi prima me solicitó ser su dama de honor, aunada a colaborar para arreglar el salón de la recepción, bueno… Ya me conocen, no pude decir que no.
Flores, telas, adornos, mesas, colores. ¿Combinan con el vestido de la novia? ¿Son adecuados para el estilo griego y antiguo que los prometidos solicitaban? Aah… ¡debí ser organizadora de fiestas, no comerciante! Aunque bueno… Al menos podía ocupar mi mente en algo. Aislarme, como solía hacer los últimos meses, era algo detestable, algo que ya no podía permitirme.
Finalmente, mi familia me había perdonado. Luego de semanas y semanas sin que ninguno de ellos pudiera dirigirme la palabra sin tener remansos de rencor en sus ojos. Tan sólo mi prima fue capaz de disculpar mi grave falta, pero al marcharse, días después de la llegada de su prometido, la soledad en casa se hizo más profunda.
Y mis problemas apenas comenzaban…
Los medios se volvieron insoportables. La noticia de mi "ultraje" se difundió como pólvora, me acosaron todos los días, a mí, a mi familia. Perseguían a Pefko a la escuela, a mi mamá cuando iba al mercado, a mí cada vez que se me ocurría salir a las calles en busca de un nuevo empleo. Aquello terminó dejándome sin un trabajo por más de seis meses, y nos obligó a cambiar de domicilio. Contratamos a un abogado para que nos asesorara, pero fueron muchísimos los que se negaron a tomar un caso tan… "degradante". Al final, un hombre apodado como «la espada defensora», nos ayudó a emitir una orden de restricción contra todo periodista que se acercara sin nuestro consentimiento.
Los acosos terminaron… Pero, mis problemas permanecieron conmigo, sólo aquellos que se mantenían ocultos en lo más interno de mi ser, lejos del escrutinio de mis padres. Causarles más líos era lo que menos quería.
Así continuamos nuestras vidas. La nueva casa era mucho más pequeña que la anterior, Pefko casi enloquece cuando supo que tendría que dormir en mi habitación. Yo… Obviamente me negué, prefería dormir en el sillón a compartir mi cuarto con un adolescente. A causa de mis "viejas mentiras", mamá le dio prioridad a la comodidad de mi hermano y aceptó la idea de tenerme, "por algún tiempo", en la sala. Tenía que encontrar un trabajo y una casa propia lo antes posible…
Sea como sea, las viejas nubes que se cernieron sobre nosotros desaparecieron poco a poco. La boda de mi prima, cada vez más cerca, nos trajo mejor ánimo a todos. Mis papás dejaron de mirarme con recelo, y Pefko volvió a ser el mismo puberto molesto de siempre. La abuela, mucho más neutral que el resto, continuó hablándome de su trabajo como médico. Lo más cerca que estaría de ser enfermera.
—¡Agasha, me estás quemando!
El grito me despertó antes de que pudiera rememorar mi último trabajo con vendajes…
Miré hacia el espejo frente a nosotras, Celinsa me observaba ceñuda por haberle rostizado un mechón de cabello con las pinzas en mis manos. Torcí el gesto, disculpándome. Sus ojos se entornaron, farfullando cosas.
—Dámelas, seguiré yo. Parece que hoy también te irás a la Luna… Trata de no hacerlo en la fiesta, ¿de acuerdo?
Negué, decidida: —Nunca. Lo lamento, no volverá a pasar. Lo prometo…
Mamá entró junto a otra mujer, una maquillista profesional. La suerte me sonreía, al menos no tendría que hacer ese trabajo también. Me despedí de ellas, aún tenía que encargarme de los preparativos del salón, de que el pastel llegara a la hora indicada y, si el tiempo decidía serme fiel, tratar de quedar presentable antes de que la boda iniciara.
Solté un suspiro, pegando el celular a mi oreja para llamar al proveedor de flores. Me informó rápidamente que las cajas llenas de malvas y olivos estaban ya en el complejo donde se llevaría a cabo la celebración. Instalarían todo, junto al mobiliario de sillas, columnas y fuentes artificiales, en cuanto recibieran mi orden. Pedí un taxi y llegué al lugar, un salón de eventos ubicado al norte de la ciudad, construido en la planta baja de un edificio que miraba hacia el enorme río. Elegí aquel sitio por su aire veraniego y lleno de la apariencia mediterránea que, imaginaba, Grecia tenía. Las mesas quedaron dispuestas en la terraza que hacía las veces de muelle, adornado todo por pilares de utilería, ánforas que destilaban agua y flores esparcidas en altos jarrones en cada esquina.
Claro que, hablar de todo eso es fácil, e imaginarlo lo es aún más. Pero seguramente nadie estaría tan satisfecho como yo en ese día, viendo el resultado de mis esfuerzos, de mis intentos por concentrarme en esa labor aunque mi cabeza quisiera estar, como lo dijo mi prima, en la Luna. Allá, perdida, en el deseo de regresar al pasado.
Mi última llamada terminó cuando el encargado del pastel me aseguró que estarían aquí antes de las siete. Pulsé el botón para colgar y busqué mi lista de contactos para llamar a los músicos, sorprendería a Celinsa y Teneo con baidousckas y otros bailes tradicionales de su amada cultura griega. Por suerte, el viejo músico había resultado ser un cliente de papá, por lo que sus servicios fueron adecuados a nuestro bolsillo.
De pronto, mis dedos se quedaron quietos, mirando al nombre que titilaba en la pantalla.
«Mr. Van der Meer»
Increíble, había pasado más de un año y aún no quitaba su nombre de mi agenda. Y más absurdo que tener el número de alguien que ya ha dejado de utilizar ese celular, es conservar el teléfono de alguien que, de cualquier forma, jamás contestará a tus llamadas.
Volví a desconcentrarme… Era igual que siempre, el mundo exterior desaparecía, para sólo quedarme allí, pensativa, reflexionando en las miles de razones totalmente lógicas que me dictaban que debía… ¡odiar a ese sujeto! Ahora más que nunca, cuando mi vida estaba de cabeza por su culpa.
Sí… Claro que sí, ¿qué otro sentimiento darle a alguien que te ha usado para su beneficio y que sin más, cumple la promesa de marcharse y alejarse de ti? Aunque, ¿por qué dar tantos rodeos a la verdad? Si había razón para llenarme de resentimiento no era por sentirme utilizada, tampoco estafada o incluso burlada. Era algo más terrible, mucho más desastrozo lo que me hacía perder la concentración cada vez que lo recordaba. Y eso era entender que a pesar del tiempo, a pesar de fingir que lo odiaba, aún me llenaba de la misma mueca estúpida cada vez que recordaba su sonrisa.
El paso frenético de los proveedores me sacó de mi nuevo hipnotismo…
Vaya tonta, otra vez volvía a caer.
Continué con mis deberes. El salón quedó listo y dispuesto a la llegada de los invitados y los protagonistas de nuestro día. Yo aún estaba con mis jeans desgastados y una camisa holgada, ¡a sólo media hora de que todo comenzara! Volando en otro taxi, regresé a casa para tratar de arreglar un poco mi atrofiado atuendo. No habría maquillista ni estilista para mí, el dinero se había destinado por completo para el arreglo de mi prima y los salones. Gracias al cielo me quedaba un poco de habilidad con eso de las apariencias. Ignoré el temblor de mis manos cuando abrí el viejo guardarropa, dejado temporalmente en la habitación de la abuela. Saqué de entre toda esa ropa aquelTarik Edizque me había vestido para una cena deplorable donde me involucré en una mentira aún más detestable. Habría comprado otro atuendo, pero el dinero ya no me desbordaba los bolsillos. Por lo que tuve que obligarme a dejar a un lado esos tontos recuerdos y ceñirme la tela negra.
Me sorprendí; me sobraban centímetros en la cintura y me pregunté cómo había bajado de peso tan rápido. Un pequeño alfiler aquí y allá solucionó el problema.
Salí de nuevo disparada hacia la calle en cuanto estuve lista. Papá se compadeció de mí y llegó en el auto para llevarme a la iglesia. El camino nos dio tiempo para hablar, cosa que rara vez podíamos hacer. Me preguntó acerca de la idea que mamá había propuesto hacía unos días respecto a viajar a Europa y estudiar una maestría en Tratados Mercantiles, la forma ideal para librarse de mi presencia en el sofá. Intenté sonreír y decirle que lo estaba pensando muy seriamente.
—Con tus antiguas calificaciones, estoy seguro de que te aceptarán fácilmente como becaria.
Asentí, esfumando mis ganas de hacer todo lo contrario. ¡Rogaba en mis adentros que esas ideas se fueran pronto de su cabeza!
—Quisiera encontrar un trabajo primero —aclaré. Esperaba que con un empleo, sus deseos de sacarme de casa se aminoraran. Torcí el gesto—. Aunque eso es muy difícil últimamente.
—¿Volverás a trabajar como asistente?
Casi vi el terror en sus ojos, igual que los míos. Negué efusivamente. Lo último que quería era trabajar como secretaria de otro abogado.
Convencido por mi respuesta, continuamos el resto del camino en silencio. Me sentí enormemente agradecida de que ya no hiciera resurgir más propuestas que pudieran acercarme a mi odiosa carrera.
Aunque, tengo que admitir que todas mis emociones fatalistas se esfumaron en cuanto llegué a la iglesia. Entrar a la gran estancia, ya resonando el órgano con las melodías típicas de esas celebraciones, fue conmovedor. Me acomodé en mi sitio, junto al resto de las damas de honor, ignorando las miradas curiosas e indiscretas de mis primos lejanos y mis viejos amigos de la universidad. Imaginaba ya sus preguntas, querrían hacer toda una entrevista a la polémicaexnoviadel aún más polémico hombre de negocios. Pero disuadí todo aquello cuando miré a Teneo, atento a la puerta todavía solitaria.
Recordé el día que Celinsa nos lo presentó. Sus palabras no fueron meras exageraciones, en serio que era un muchacho ingenioso y divertido. Solía contar chistes de la forma más graciosa, de esos que te obligan a encorvarte sobre tus rodillas para sostenerte el estómago. Siempre sonreía, en especial cuando miraba a mi prima. Su familia, todos griegos de nacimiento y casi de linaje, eran de rostros serios y callados, pero incluso ellos reían a carcajadas cuando el hijo mayor soltaba expresiones y muecas al contar una anécdota o broma. Verlo allí, con el semblante más nervioso que pudiesen imaginar, me resultó extraño… Pero también enternecedor.
El órgano inició elCanonde Pachbel, los invitados se pusieron de pie. Celinsa entró con paso solemne, sólo yo, conociéndola bien, pude entender cuán difícil estaba siendo para ella avanzar en medio de tanta gente. Sus intentos por contener las lágrimas se perdieron en cuanto Teneo tomó su mano, soltó una risa nerviosa que la llenó de más llanto. Ambos se giraron hacia el ministro, atendiendo igual que todos a la ceremonia que estaba por comenzar.
Algo rompió mi tranquilidad. Pensé que quizá fue el recuerdo –al verlos ahí de pie y juntos– de la boda efectuada hacía poco más de un mes. Shion y Albafika se habían casado mucho antes que mi prima, en una reunión menos compleja, sólo llena de amigos y familia cercana. Me invitaron, y yo, como siempre, no pude negarme, al menos no al principio. Pues en cuanto los vi declararse votos y promesas, tuve que salir del pequeño saloncito, retirándome con discreción.
Aún estaban de luna de miel, dando un recorrido por algunos países orientales, según me chismorreó Manigoldo.
Y no era que mi corazón estuviera herido sino que, los sueños e imágenes con los que mi mente inmadura todavía se atrevía a llenarme, eran más dolorosos que la desilusión de mi enamoramiento por Shion, incluso por el señor Minos. Entender que seguía perdiendo mi tiempo en esas tonterías volvió a embargarme de reproches, por continuar pintando ilusiones, ¡por no aprender a deslindarme ya de todo eso!
Oh, ¡por qué seremos tan vulnerables las mujeres! ¡Qué sexo tan débil somos! ¿Así que veía a mi prima casarse y me deprimía por no ser yo quien estuviera allí, tomada de la mano de ese hombre al que tenía que estar repudiando? ¡Estúpida, idiota, niña soñadora! ¿Cuándo aprenderás que esas luces, que todo ese encanto… ¡nunca serán para ti!? Sólo eres un objeto a usar, que ya perdió su función y que ya fue desechado. No hay belleza en ti, no hay gracia, no hay nada que ofrecer. La única mujer bella enamoró y ató a los dos hombres a los que pudiste amar. Ambos cayeron en sus redes porque sin duda es un prospecto digno de su interés.
Y tú…
Yo…
Yo sólo soy la anfitriona de celebraciones, la prima y buena amiga que no sabe decir NO a una propuesta, aunque eso traiga un dolor terrible con el tiempo.
"Eres fácil de manipular, el objeto ideal para efectuar mis planes…"
Sí, ¿por qué lo entendía tan tarde? Mi familia quería echarme, la gente aún hablaba de mi "desvergüenza", no tenía trabajo ni dinero, pero aquí estaba, quebrada por dentro, pensando en él…
Fácil de manipular…
Los aplausos estallaron, emocionados por el beso que concretó la unión de los nuevos esposos.
Encontré los muchos pares de ojos que lloraban, conmovidos. Mis lágrimas se unieron a las de todos ellos, tranquila al menos de que, por una vez, no estuviera sola con mi llanto.
~O~
Toda mi oportunidad para retardar mi búsqueda de empleo terminó junto a la boda de mi prima. En cuanto ella y Teneo se marcharon a su romántica Luna de Miel –directo a Grecia como esperaba–, yo tuve que regresar a mi realidad.
El lunes siguiente a la boda comencé mi repartición de currículos. Algo se había renovado en mí tras todas mis filosofías en el altar… Parecía que mi sopor estaba disuelto, que mis torpes sentimientos al fin estaban dominados. Salí de casa dispuesta a continuar con mi vida, a renacer de las cenizas y callarle la boca todos los que declaraban que no lo conseguiría.
Esa era mi nueva perspectiva… Una que, lamentablemente, sólo yo poseía.
Porque el resto del mundo estaba dispuesto a recordarme mi historial de mentiras. A cada trabajo al que iba, no había jefe, supervisor, o simple empleado, que no pudiera contenerse de preguntar cuánto me había beneficiado de mi "trato" con el viejo Van der Meer. Todos querían saber si ya estaba enterada de que ese hijo no era más que un bastardo sin nombre o apellido, tal como lo había declarado el mismísimo señor Asterion semanas después de que él desapareciera. Así que mientras mi antiguo jefe había logrado escapar de las habladurías, yo debía soportar los chismes al doble, los suyos y los míos.
Salí de la última recepción a la que asistí en busca de suerte. Pero tampoco conseguí buenos resultados allí y regresé a casa aún más decepcionada. ¡Toda la mañana buscando sólo para conseguir pseudo entrevistas! Estas personas podían ser más molestas que la prensa. Mamá me recibió con la desilusión de mis fracasos… Sin Celinsa, era más difícil tratar de convencerla de que todo estaría bien. Me dediqué a enviar solicitudes vía internet, aunque ni siquiera de ese modo podía obtener mejores resultados.
Comencé a pensar, muy seriamente, en la idea de cambiarme el nombre…
Me restregué el rostro con las manos y eché una ojeada a mi "habitación", la sala invadida de mis objetos personales, ropa, libros, cd's, y chucherías que seguramente se perderían si no conseguía un cajón decente dónde guardarlas. Recordé las recomendaciones que mis amigas de la universidad hicieron durante la boda, así como los consejos de Conner a quien también había visto allí.
"Dégel L'Fontaine está buscando nueva recepcionista. Yo me postulé pero no me aceptaron porque no tengo tanta experiencia como tú…"
Me negué casi en cuanto me dio su propuesta. Pero ahora, entrando en nueva crisis… Tenía que dejar mi orgullo y paranoia con los abogados y correr suerte.
Envíe mi currículo, segura de que un hombre del que había escuchado sólo referencias de seriedad y hermetismo, me mandaría al demonio en cuanto viera mi fotografía y el deshonroso nombre bajo la misma. A estas alturas, un trabajo en el WcDonalds no parecía tan mala opción.
Mis fatalismos fueron acallados la mañana siguiente, cuando un e-mail muy formal me solicitaba en la oficina del susodicho abogado. Me enmarañé la cabeza para tratar de convencerme de no asistir a la entrevista, estaba rotundamente en contra de volver a ese medio… Y en cuanto me di cuenta de cuán absurdo era tal pensamiento, arrojé mis cobijas y me vestí en condiciones para salir. ¡Ese empleo sería mío o dejaría de enorgullecerme de mi capacidad para vencer adversidades!
La oficina donde vería a mi prospecto de nuevo jefe quedaba a una media hora en bus desde casa. Aunque estaba en el centro de la ciudad, su lejanía de las avenidas principales la dejaba en un sitio poco concurrido, entre calles diseñadas al estilo antiguo, con fachadas adoquinadas y dinteles gruesos en las ventanas. Un estilo muy colonial, con aires ingleses entremezclados. Detuve mis pasos en cuanto llegué a la puerta donde se leía con letras elegantes:
"Dégel L'Fontaine. Abogado y Asesor Legal".
Mi mano se quedó un instante sobre el picaporte. Tal vez lo mejor sería dar media vuelta…
Rechiné los dientes, harta de ser tan vulnerable. Empujé la puerta, anunciada por untin-tinelectrónico que resonó de quién-sabe-dónde. Encontré el saloncito solitario y al escritorio que debía ser del asistente, igual de vacío. Una puerta con vidrio puesta al final del cuarto, se abrió de pronto.
—Debe ser Agasha Eminreth, adelante.
Se quedó allí, con la puerta abierta para mí. Su aspecto, cuando estuve cerca, era igual al de su tono de voz, neutro y taciturno. Los ojos tras los lentes eran serios, aunque nada irritantes como los del último abogado al que serví. Me dejó sentar en una silla del escritorio, pude escanear rápidamente a la pequeña oficina, al enorme mueble lleno de libros frente a mí. Su cuerpo invadió mi visión en cuanto se sentó en su lugar. Noté la hoja de mi currículo sobre su escritorio.
—Estuve leyendo sus aptitudes y considero que son las adecuadas para el empleo. Aunque tengo algunas preguntas, si no le molesta —entrelazó los dedos, escudriñándome a detalle. Esperé que no comenzara con el dichoso tema que todos querían sacar a colación—. ¿Sabe trabajar bajo presión?
La simpleza de la pregunta me desconcertó, pero me brindó seguridad. Asentí.
—Sí, señor, créame que sí —¿qué mayor presión que llegar media hora antes para limpiar, por más de un año, una condenada oficina?
—¿Estaría dispuesta a asistir a audiencias aunque no fuese parte "oficial" de sus labores?
—Si me pagara por ello, sí, estoy muy dispuesta.
No más trabajos gratis.
Sus ojos se abrieron, sorprendidos: —Sabe decir lo que quiere, eso me agrada… Me casaré en un par de meses y seguramente estaré ausente por algunas semanas, ¿estaría dispuesta a hacerse cargo de mi agenda aunque la dejara sin supervisión?
Volví a mover la cabeza, segura. —Si no le molesta que yo me quede a cargo, puedo hacerlo,señor.
Me mordí la lengua, resintiendo la nostalgia de llamar de esa forma a alguien.
El señor Dégel sonrió apenas, o eso interpreté de la curva en sus labios. La seriedad regresó a su semblante de repente.
—Dígame una cosa, si estudió Comercio Internacional, ¿no se supone que debería estar vinculada a alguna empresa u otro medio mercantil? ¿Cuál es el propósito de trabajar en algo que no le ayudará en su ascenso personal?
Respiré hondo, tratando de encontrar una buena respuesta a esas cuestiones. Podría inventarme una buena historia, alardear con el plan de estudiar una maestría y que este empleo sólo era un paso hacia el éxito.
—Yo… Quiero aprender desde lo más básico, señor. Si quiero conocer la estrategia más eficaz de mercadeo, lo mejor es hacerlo a partir de una situación personal, que me lleve a interactuar con los demás de forma directa. No sé si eso me sea de gran ayuda para mi camino profesional pero, quiero pensar que podré ser de utilidad para las personas mientras tanto.
Pude ganar un premio por arrojar tanta palabrería, al final, no supe si fue lo bastante creíble o no. El hombre frente a mí me inspeccionó, más serio de lo que de por sí ya me parecía. Estaba segura de que no me había creído una sola palabra.
—Me satisfacen sus respuestas, señorita Eminreth. Pero, tengo que ser muy sincero con usted… —se quitó las gafas, sus ojos eran aún más penetrantes sin los cristales—: Esta mañana hablé con su antiguo jefe. «Vermeer», como se llama ahora el desacreditado abogado deVan der Meer Companyantes conocido como «Minos», me hizo el favor de notificar la información colocada en su currículum.
Sentí mi respiración acelerándose en mis pulmones, tratando de asimilar ese repentino cambio de actitud.
—¿Sabe qué dijo al final? —me atravesó con sus orbes verdes—: Que sería un terrible error contratarla.
Fue como escuchar a un vidrio rompiéndose, me sacudió por dentro. ¡Qué va…! Me había dolido, otra vez, ese cuchillo cruel contra mis esperanzas.
—¿Tiene idea de por qué pudo decirme eso?
Las palabras de aquel hombre ya eran como un eco. Negué, lento, incrédula aun…
¿Aún no se cansaba de arruinarme? Incluso a la distancia… Parecía tan decidido a sobajarme. Él, allá, dónde sea que estuviera, libre, feliz, regodeándose conmidinero. Y yo, aquí, pagando por sus errores.
—No… No, no lo entiendo… No lo entiendo… —levanté la mirada, confrontando a ese otro abogado, quizá eran igual de viles todos ellos—. ¡No tenía por qué decir eso! Sí, soy una mentirosa, fingí esa estupidez por dinero… ¡soy una oportunista! Pero, ¿y qué hay de él? ¿Por qué…? ¿Por qué me dejó aquí sola, cargando conesto?¿Por qué sigue burlándose…? Es un manipulador… ¿Lo oyó? ¡Sólo un manipulador!
Tenía que verme patética, no había otra palabra. Sentada allí, con los puños apretándose contra mis rodillas… Agaché la cara porque ya era suficiente con dejarle intuir que mis lágrimas caían y caían. Oí la silla al frente cuando se recorrió, me enjugué aquellos surcos tan degradantes, dispuesta a irme de una buena vez.
—Vaya boca parlanchina…
Me paralicé. Pude haberlo soñado, pudo ser un mero recuerdo… Pero no, la presencia en mi espalda, de repente muy pesada, me estremeció. Miré al frente, el señor Dégel seguía ahí de pie, tranquilo, mirando a quien estaba tras de mis hombros.
Y yo… Yo sólo pude escuchar el sonoro tambor, el claro latido de mi corazón, lleno de miedo, de incierto, de preguntas, de ganas de girarme y confrontar la imagen que estuviera allí.
Pero no pude más que erguirme, aguardando a que ese sueño tan extraño se disipara.
Sin saber qué pensar, sin saber qué decir…
Sin atreverme a creer que realmente,esetras de mí,eraél…
~O~
Entraba la tarde cuando sus dedos comenzaron a cansarse del trabajo de teclear sin descanso durante las últimas dos horas. Sin embargo, continuó. Estaba decido a terminar el oficio que favorecería la oportunidad de un nuevo juicio a uno de sus clientes.
—¡Eey, Van der Meer, ¿estás escuchando?!
Levantó los ojos del monitor, con el ceño fruncido de manera instintiva. Su homólogo, sentado al otro lado del escritorio, también unió las cejas.
—Maldición, sólo así le das tu atención a alguien.
Los duros zafiros se llenaron de diversión entremezclada por el enojo de saberse ignorado. Sabía cuánto le molestaba que siguieran dirigiéndose a él con ese apellido maldito, mas, como había dicho, parecía la única forma de sacarlo de su concentración.
Minos entrelazó los dedos, ocultando su media sonrisa detrás de sus manos.
—Discúlpame, Aspros. Creí que no tenías nada importante qué decir.
El otro ensanchó la mueca divertida en su rostro, meneando la cabeza.
—Si no fueras el único bastardo que me ha ganado en un estrado, ya habría sacudido este escritorio con tu cara —se apoyó con más ahínco en el respaldo de su silla, relajándose de nuevo—. Deja un rato esa maldita cosa y escucha lo que tengo que decirte, ¿quieres? Demonios, este lugar podría irse al carajo de no ser por mí y tu sirviente.
—Es mi hermano, ¿cuántas veces debo decírtelo? —esta vez no hubo diversión. Pero Aspros ni se inmutó.
—Sí, como sea… Estaba diciéndote que ayer hablé con Cid, aceptó finalmente unirse al despacho.
La mirada violácea creció, sorprendida. —¿Cómo lo persuadiste?
Aspros se encogió de hombros.
—Dijo que eres orgulloso y que aún te detestaba por lo de la última vez. Argumenté que era cosa del pasado y que incluso habías cambiado de nombre. Se convenció de que tus relaciones con tuantiguacompañía, habían terminado. Aceptó nuestras condiciones y firmó ayer el contrato.
Minos se sintió aún más sorprendido. No había imaginado que sería tan fácil convencer a ese abogado en especial, tenía fama de ser displicente con cualquier empresa, aún más si había injusticia entre los directores y empleados de ésta. Solía dedicarse al ámbito de lo laboral, defendiendo a pequeñas compañías que eran masacradas por las macro-organizaciones. Le habían apodadoEl Excalibur, por fungir como la espada defensora de los más débiles.
—Es bueno saber que lograste convencerlo. Cuando le llamé, hace dos semanas, colgó el teléfono luego de llamarmeimbécil—rio, recordando aquello—. Estaba seguro de que no se uniría a nosotros.
—Después de lo que ocurrió entre ustedes, admito que incluso yo me sorprendí…
Ambos guardaron silencio un momento, conservando sus sonrisas, pensando probablemente en aquella audiencia llena de prensa, donde el cliente deEl Excaliburacusaba a la compañía de los Van der Meer por haberlo despedido injustamente. Aunque odiaba cualquier remembranza que lo uniera a su vieja "familia", Minos tuvo que aceptar cuán entretenido había resultado barrer el suelo con esa «espada defensora» que, frente a su experta labia, no resultó ser más que un pedazo de fierro oxidado.
Sin embargo, sus befas terminaron junto al porte de su apellido de magnate y en el momento en que todo se fue al fracaso luego de que su antigua familia lo sacara del juego. Decidido a recomenzar, se había mudado lejos, dispuesto a renacer desde lo más bajo, emprendiendo un bufete de prestigiosos abogados cuya trayectoria trajera a su nueva firma una cantidad de clientes mucho más exorbitante que la de cualquier despacho conocido. La idea, casi al principio una utopía, le había costado esfuerzos que iban más allá del dinero o los bienes materiales; su última gota de orgullo se había ido al drenaje cuando tuvo que llamar a un enemigo para solicitar sus servicios como asesor legal.
Grande fue su incredulidad cuando Aspros aceptó lidiar con jueces y tribunales para que pudiera regresar algo de lo que por sus años como Van der Meer tenía derecho a exigir. Los arduos esfuerzos, largos litigios de más de seis meses, le concedieron la recuperación de, al menos, su título como Abogado. Suficiente para emprender aquel proyecto de un despacho, al que, sin duda, decidió incluir al perspicaz abogado de cabellos cobaltos.
Sin embargo, aún le faltaban muchos nombres a su firma para rosar siquiera la superficie de su llamado "renacimiento". Su mala fama ante otros defensores de la ley no fue de gran ayuda tampoco… Así que era una suerte que Aspros y Lune pudiesen actuar como los mediadores entre él y sus prospectos.
—¿Qué hay de Dégel? —cuestionó luego de un rato.
Aspros negó, recibiendo el trago de whisky que le ofreció.
—Sigue empecinado en quedarse como independiente. Piensa que lo obligarás a mudarse hasta aquí para tomar un puesto.
—¿Y le dijiste que podría quedarse en Nueva York aunque firmara con nosotros?
Su acompañante asintió. —Es desconfiado, piensa que queremos engancharlo con promesas. Así son los abogados… —bebió de su vaso, manteniendo su nueva sonrisa—. Tendrás que ir tú mismo a convencerlo, yo no puedo marcharme otra vez.
Minos torció el gesto, sorbiendo de su bebida para disuadir aquella propuesta. Cualquier idea sobre volver a su vieja ciudad era tan tentadora como funesta.
Su compañero descubrió su negativa y se decidió a convencerlo.
—Dudo mucho queellosse percaten de tu presencia, Vermeer. Además sólo será un par de días…
Minos escuchó sus consejos, evadiendo cada uno en cuanto salían de su boca. Aspros le aseguró que Asterion había dejado de tener potestad sobre él, que si se atrevía acercarse nuevamente, el peso de una balanza le caería encima –cosa que disfrutaría mucho– y, por tanto, no había razón para preocuparse.
Fingiendo que le prestaba atención, Minos se sentó de nuevo en su sitio, guardándose para sí mismo todas las contrarréplicas que estaban deseando salir a la luz.
Si se negaba a poner un pie de nuevo en aquel sitio, no era en lo absoluto por su "familia".
Un timbrecillo resonó en medio del monólogo de convencimiento impartido por Aspros. Minos lo vio levantarse e ir a una esquina de la corta oficina para hablar en voz baja con el celular pegado a la oreja. Descubrió la sonrisa entre sus gestos de atención y asombro, entendiendo quién podría estar al otro lado de la línea. Se obligó a recomenzar su tecleo en la laptop para disipar la revoltura en sus entrañas.
Aspros colgó, yendo hacia el perchero a un lado del escritorio. Se colocó de nueva cuenta el saco y ya no se sentó.
—Era Sasha… —anunció—. Dejó sus llaves en casa; debo ir a recogerla al centro comercial. Supongo que puedes apañártelas sin mí…
Minos enarcó una ceja. —Ah, yo estaré bien. El que me preocupa eres tú, futuro padre-de-dídimos —apuntó al ojal mal abotonado en el saco—. Y dices que yo soy el desconcentrado.
El de cabellos azules soltó una risa, entre la diversión y el nerviosismo. Sus dedos se apresuraron a corregir el error. Se rascó el mentón, tratando de despejar cualquier rastro de ofuscación. Minos sabía que pocas cosas lograban dejarlo en un estado como ese, y una de ellas era la mención del embarazo de su esposa. Conocía la historia de concepciones fallidas, de embriones perdidos y cómo, finalmente, la suerte había decidido sonreírles a ambos para premiar sus esfuerzos con un embarazo doble. La gema dura que era Aspros sólo se ablandaba al mencionar que, efectivamente, faltaban pocos meses para que el bello presente estuviera en sus brazos.
Mas esa fisura duraba poco en un hombre como ese, y en cuanto supo que su contrincante y socio sólo trataba de devolverle el favor de sus mofas, se llenó de su acostumbrada soltura.
La puerta se abrió de pronto, obligándolos a mirar al recién llegado.
—Lo lamento, creí que estaba solo… —el joven estuvo a punto de regresar la cabeza por la apertura por donde había entrado.
—Está bien, Lune —Minos se puso de pie—. Aspros ya se marchaba, ¿verdad? Tiene asuntos conclientesmuy importantes…
Casi le palmea la espalda, guiándolo hacia la puerta ya abierta por Lune. Entonces, sonriendo, Aspros se detuvo un instante para emitir una patética reverencia mientras decía:
—Que tenga un buen día, señorVan-der-Meer…
Las cejas blancas se crisparon, fulminándolo: —Ya lárgate, Aspros… —oyó la carcajada cuando desapareció por el pasillo hacia las escaleras. Suspiró, apretándose el puente de la nariz en medio de los ojos—. ¿Cómo demonios dejé que un sujeto así entrara a mi firma?
—Bueno, considerando que fue uno de lospocosque quisieron ayudarnos cuando estábamos en la calle…
Cerró la puerta en cuanto su hermano terminó por entrar. Ignoró la provocación en esa pluralidad de buenos samaritanos, disuadiendo que Aspros no había sido ni el primero ni el único en ser un apoyo para aquella situación precaria.
Se sentó en una las sillas para clientes en su escritorio, Lune ocupó la otra también. Su hermano encendió la agenda electrónica, pulsando unas cuantas veces para mostrarle el itinerario de las próximas semanas.
—Me alegra decirle que estamos volviendo a los números de antaño. La firma se ha vuelto más apreciable con la incorporación de la señorita Shaina y el señor Aioria. Su lista de clientes personales también ha aumentado, señor…
Calló de pronto, al recibir la fuerte negación.
—Lo estás haciendo de nuevo, Lune. Deja ya de llamarme "señor". Y deja también de una vez las formalidades. Ya llevamos más de un año sin esas tonterías del protocolo empresarial.
—Disculpe, es decir… Lo lamento. Me cuesta trabajo acostumbrarme a esto. Es cierto, llevamos un año viviendo aquí, con otro apellido y sin rastro alguno de quiénes fuimos pero, comparado a los casi veinticinco años de actuar comotuempleado… No lo sé, me resulta extraño —entrelazó los dedos como cada vez que una situación lo sacaba de su confort—. Incluso no he logrado acostumbrarme a llamarteVermeercomo lo hacen todos tus clientes.
Minos no pudo evitar su sonrisa esta vez, alzando los hombros con desinterés.
—Bueno, eso es algo a lo que ni siquiera yo me acostumbro.
Volvió a parecerle totalmente estúpido el haber tenido que regresar a su antiguo nombre, aquel que realmente le pertenecía y que había dejado de ser suyo luego de firmar aquel pacto con supadre. Ahora, cuando finalmente lo portaba, la situación no hacía más que disgustarle, le resultaba difícil reaccionar ante cualquiera que usara ese "título", mientras que el plañido de su antiguo apellido le hacía atender el llamado de inmediato.
Otra de las muchascosasque no he olvidado…
—¿Lograron convencer a Cid? —su hermano lo sacó de sus adentros, antes de que fuese demasiado tarde para salir de sus memorias.
—Aspros los consiguió… —contestó. Lune preguntó lo mismo acerca de Dégel, y tuvo que negar—. Se niega rotundamente a dejar Nueva York, alguna tontería lo ata a esa ciudad.
—Escuché que planea casarse con una extranjera, creo que es de Francia igual que él…
—¿Así que todos están demasiado ocupados por sus compromisos maritales?
Primero Aspros, y ahora incluso ese artífice de la defensa dura como el hielo, todos metidos en hazañas románticas…
Sonrió, conteniendo su ceño fruncido.
—Es caso perdido —finalizó, furioso por tener que buscar a otro abogado, quizá por celos…
Sintió la mirada escrutadora de su hermano y lo ignoró. Se puso de pie, yendo hacia su silla de escritorio, tenía aún un documento qué terminar antes de que llegara el día de la audiencia dentro de unas semanas.
—Por cierto, recibí solicitudes para la vacante de asistente. Quisiera que las leyeras con atención antes de elegir…
La expresión del mayor lució desconcertada.
—¿Asistente? No he solicitado a ningún asistente.
—Lo sé. Yo lo hice por ti —abrió la libreta de piel de dónde sacó varias hojas tamaño carta.
—No quiero una asistente, ya te lo había dicho —rechazó las papeles sin siquiera verlos.
El delicado entrecejo se frunció, impacientándose.
—No se trata dequerer. Necesitamos a una secretaria que se haga cargo de tus llamadas y que agende a futuros clientes. Y yo no estaré aquí para siempre…
Ambos pares de orbes se escrutaron, negados a dejarse vencer. Minos digirió las palabras de su hermano. Se convenció de que no había más que razón en sus argumentos, desesperándose al instante. Sabía que no podría atarlo para siempre a cumplir las veces de un ayudante, conocía de sus planes de convertirse en escritor ahora que eran oficialmente libre de toda atadura. Sin embargo, se negaba rotundamente a aceptar lo que le exigían.
—Me las arreglaré solo… —las amatistas al frente se crisparon, burlonas. Ambos sabían cuán absurda había sonado esa idea. Enfoscado, no hubo más opción que alargar el brazo y aceptar aquellas hojas.
Lune se percató del débil temblor en los dedos que se pasearon lento por las letras que argüían los talentos y las habilidades de las postulantes a la vacante de secretaria. Le tomó un tiempo descifrar si lo que había detrás del gesto ensombrecido era remansos de ira o temor. Recordó las mañanas espiando a discreción a la habitación de su hermano mayor, el descubrimiento entre la apertura de la puerta de su imagen encorvada en la esquina de la cama, acariciando un pedazo roído de vendaje. Un dejo de aquella golpiza que, estaba seguro, seguía guardado en uno de los cajones del buró en su habitación.
No era un ángel salvador… Detestaba con todas sus fuerzas que pudiese haber una mínima oportunidad de que Minos lo dejara, mayormente por un compromiso de esaíndole,pero nada sería tan funesto como saber que nuevamente sería causa de su caída a otro abismo.
Se concentró en el movimiento de las manos, pasando y descartando cada currículum que terminaba de leer. Entonces, lo vio detenerse, entenebrecido por la nueva fotografía en aquella última hoja. Minos alzó la vista, cambiando su sorpresa a verdadero enojo en cuanto intuyó la artimaña. Levantó los papeles, acomodándolos todos con esa solicitud en particular hasta el fondo.
—Buen intento… —los lanzó al escritorio, donde formaron una fila desacomodada. Lune miró la maligna hoja con inocencia.
—Debió infiltrarse sin que lo notara. Saqué demasiadas copias desucurrículum cuando la contrató hace un par de años. Hasta yo puedo equivocarme… —reacomodó por su cuenta los papeles desperdigados, dejando de nuevo al frente la solicitud de la jovencita de ojos verdes. Su hermano estuvo a punto de objetar pero se silenció al verlo levantarse—. Parece que ahora tiene cosas que decidir, señor. Lo dejaré sólo para no intervenir…
Acto seguido, se adelantó hacia la puerta, caminando y sin mirar atrás pese a los llamados de su hermano que le ordenaba –suplicaba– llevarse lejos aquel espantoso recuerdo. Mas la soledad invadió a Minos cuando Lune cerró la puerta, dejando en claro que no le ayudaría más… Lo había impulsado al recuerdo sólo para abandonarlo en medio de esa lóbrega estancia mental.
Se aferró el mentón en su mano apoyada sobre el brazo de la silla, echando miradas furtivas al puñado de hojas a las que se negaba a ver de lleno otra vez. Pensó en dejarlas ahí, hasta que otros montones de papeles las dejaran en el olvido, pero intuyó que no funcionaría por gran tiempo esa estrategia. Después de todo, a un fanático del orden, cúmulos de basura así no tardaban nada en incomodarlo. Encontró la solución al problema en su ordenador. Irguiéndose en su silla, estirando el cuello y los dedos, regresó a su labor con el tecleado y las palabras, seguro de que eso sería suficiente para borrar el odioso letargo que quería consumirlo.
Grave error…
Cuando menos lo pensó, sus ojos lo traicionaron, oscilando en aquel papel que estuvo en un mejor campo de visión. Su mano lo apresó y en menos de un segundo, yacía recargado en su silla, contemplando la fotografía donde un rostro joven era iluminado por una sencilla sonrisa. Pese a estar en blanco y negro, su mente no demoró en llenar de color a las esmeraldas que lucían más serías en esa foto tan formal.
Los pensamientos le embargaron, todos con insultos en su contra… Entrecerró los ojos, casi con aburrimiento, reprochándose aquello como una tontería. El mismo mantra que había intentado usar como ayuda, vino a su cabeza.
No amar a ninguna mujer que no seas tú, Albafika…
Y aunque útil durante los primeros días, aquella excusa vana había comenzado a perder fuerza durante el último mes, cuando a sus oídos llegó la noticia de que su preciosa ninfa, finalmente había concretado su matrimonio con otro ser.
No…Incluso antes, cuando sus heridas comenzaban a sanar, y cambiaron sus primeros vendajes, el razonamiento de rendirle tributo eterno a una mujer que yacía en brazos de otro hombre "menos complicado", había desaparecido. La ausencia, sin embargo, de aquella figura pequeña, había crecido como un agujero que se ahondaba más y más a cada recuerdo, a cada objeto, palabra, color, aroma incluso, que evocara su risilla infantil y su mirada osada, llena de la vida del verde más intenso.
Contempló su oficina, de proporciones mucho menores que las de su anterior estancia laboral. Los últimos meses se había dado a la tarea de buscar qué era lo que le inquietaba de ese lugar. Si la carencia de sillones de chiffon, si la falta de una máquina deespressos, si la ausencia de una secretaria que hiciera la limpieza concerniente… Entonces, una nueva privación le invadió, una que le hizo entender al fin.
Si hubo algo que añorar, era sin duda la oportunidad de dar una orden y ver a los fulminantes ojos que lo confrontaban cuando un mandato era en demasía impropio. Si hubo algo que finalmente lo cubriera de vacío, fue imaginar a otro, a cualquier idiota que no fuese él, demandando de los pequeños labios algo que sólo podía ser suyo.
Pudo haber reído, maldiciéndose todavía…
Pero qué idiota…
En un día cualquiera, en otro paso más hacia la superación de sus nuevos y mejorados objetivos, había encontrado la respuesta que buscaba.
Alargó el brazo y tomó el teléfono de cordel, puesto para su oficina. Presionó el botón que marcaría instantáneamente el número de su hermano.
—Iré a convencer a Dégel de unirse a la firma —reveló en cuanto oyó su voz.
—¿No dijiste que era caso perdido?—parecía confundido, por su repentina alegría, por sus decisiones precipitadas…
Minos asintió, acariciando con la mirada el currículum aún en sus manos. Mesó la advertencia de su hermano, sus propios y estúpidos miedos invadiéndolo. Se palpó la comisura en su boca que una vez estuvo reventada. Los temores se esfumaron…
Su risa resonó en la estancia… —¿Quién-sabe, Lune?
~O~
Sentí como si el tiempo se hubiese detenido.
Y no sólo como un mero decir. ¡Realmente los segundos ya no funcionaban en esa oficina! Mientras que en mi cabeza, todo parecía una mezcla horrorosa de contradicciones.
El señor Dégel frunció las cejas, casi compasivo… Luego volvió a colocarse los anteojos, partiendo hacia la salida, desapareciendo de mi campo de visión… No miraría atrás, no lo haría, no…
—Espero que con este favor sea suficiente y termines ya con tu acoso de unirme a tu firma. Los dejaré solos, aprovecha los cuarenta y cinco minutos que utilizo para comer.
Se retiró, hablando siempre a alguien a quien no me atreví a mirar. Escuché que la puerta se cerraba, aún con esa sensación pesando detrás mi silla. El silencio permaneció, mi garganta estaba demasiado seca como para hablar.
—¿No dirás nada? —oírlo no hizo más que atormentarme. ¡Era su voz! No estaba imaginándola… Era él.
Tragué, intentando rehidratar mi lengua aunque parecía imposible.
Mi voz se redujo hasta ser una hebra patética.
—¿Qué-qué es lo que quiere?
—Sólo vine a concretar algunos negocios…
Negocios…Sí, ¿qué más podía ser?
Me puse de pie, sin verlo: —Pues le deseo suerte con ello…
Caminé, lo más rápido posible sin parecer demasiado asustada. ¡Tenía que llegar a la puerta, ahora!
Pero él se interpuso. La visión de su pecho amplio me revolvió la cabeza.
—No tan rápido —fue contundente. Me enfureció; sin embargo, no quise enfrentar su rostro. ¡No quería, no quería!
—Por favor… Déjeme pasar —mi tono fue una súplica, pero él no cedió—. ¿Qué más quiere de mí? ¿No tiene suficiente? No podré conseguir un empleo decente en toda mi vida, ni podré salir de la opinión pública… Entonces, ¡qué más quiere! Déjeme tranquila, viva feliz y déjeme ser libre…
Guardé silencio, reteniendo mis lágrimas. No lloraría frente a él, no iba a darle más poder sobre mí. De pronto, una hoja apareció ante mi mirada cabizbaja. Quedó suspendida ahí hasta que me atreví a tomarla. Observé el sello membretado que anunciaba a la universidadLa Crosse, en Wisconsin. Una de las mejores escuelas de medicina.
—Es el formulario para postularte. Algo me dice que serás aceptada con facilidad… Podrás ingresar a la escuela de Enfermería como tanto deseabas y hacer algo bueno con tu vida.
Leí las letras puestas allí, los espacios para mis datos personales… Un reto muy extraño.
—¿Y vino hasta aquí sólo para darme esto?
Cruzó los brazos sobre el pecho, el sitio más alto al que me atreví a mirar sin llegar a sus ojos.
—Considéralo una retribución —¿qué?—. De no ser por ti y tu osadía de seguirme conaquelplan, mi antigua familia no se habría hartado de mi presencia. Si me sacaron de su juego fue sólo porque tuve una cómplice fiel que me siguió hasta el final. Me liberaste de su yugo, así que tengo que devolver el favor.
Oh, vaya, ¿así que sólo era un pago? He ahí mi cuenta de ahorro devuelta.
—Mas te vale aceptar. Solicitar un formulario de inscripción no es una cosa tan sencilla. Me tomé la libertad de investigar los horarios de su plan de estudios, podrás estudiar en las mañanas sin descuidar el tiempo con tu familia.
Sonreí con tristeza, algo cansada: —Dudo mucho que mis padres quieran mudarse a Wisconsin.
Otro sueño tonto que no se cumpliría.
El hombre frente a mí terminó por acercarse, sus manos sostuvieron las mías para hacerlas caer a mis costados.
—Yo hablo de tunuevafamilia…
Alcé la cabeza al fin. No pude interpretar sus ojos, eran esos tonos violetas llenos de misterio que no me decían nada. Sonrió, familiar, demasiado cercano.
—¿Creíste que te dejaría ir, pequeña? Vine aquí para ofrecerte otro negocio, sí… Uno donde vengas conmigo, donde seas ama y señora de esta pobre alma corrompida… Propongo un negocio donde ya no haya mentiras, apariencias o disparates sociales. Uno negocio donde digassífrente a mis votos.
¿Qué…?
¿Qué era eso? No comprendía. Era, era… ¡no supe qué era esa palabrería! Sacudí la cabeza, molesta, confundida…
—No entiendo… No entiendo su forma de hablar. Siempre hace lo mismo, dice cosas que sólo lo favorecen a usted porque usa palabras que están fuera de mi comprensión. Se burla de mí, aunque piense que quiere decirme algo bello, ¡sé que se burla de mí! Ya no puedo comprenderlo…
Mis lágrimas cayeron, ¡cuánto me odié! Quise esconder la cara, sus manos aferrándose a mis mejillas lo impidieron.
—Entones… Interpreta esto…
Sus besos nunca fueron suaves, nunca me besó con calma, sólo apresurado y fuerte. Hasta ese instante… Resentí su boca con la mía, delicado, como si saboreara uno de esos algodones de azúcar que tanto me gustan. Pero no, ¡no podía ser! Eché pasos hacia atrás, recordando que ese mismo hombre me había abandonado, se había reído de mí, había dicho que nunca me querría.
Una silla frenó mi huida y le dio la oportunidad perfecta para encerrarme contra la misma.
Mis puños se cerraron en contra de su pecho. Empujé, aunque mis esfuerzos eran fútiles.
Aun así, traté de fulminarlo con todo el odio en mis ojos.
—Cree que lo aceptaré, ¿no es así? Vino aquí, esperando que la sumisa y tonta niña lo reciba con los brazos abiertos, rogando porque la lleve con usted… Después de todo lo que he tenido que pasar por su culpa, ¿en serio piensa que voy a creer en usted? ¡No me haga reír!
Quise decir todo aquello con todo el resentimiento que los meses habían guardado en mi corazón, pero nada fue más evidente que el temblor en mi voz. Su sonrisa, llena de cinismo, atractivo y confiado en todo sentido, se acercó de nuevo a mis labios.
—Entonces, dime que me vaya… Sólo una palabra tuya y me marcharé. Dime que ya no quieres verme y que no estuviste esperando mi regreso —sujetó mi mentón—. Mírame, y dime que no perdonaste mis errores… Estuviste diciendo que me querías por tanto tiempo que terminaste convenciéndome, y te advierto, que no me iré de aquí si no cruzas esa puerta conmigo.
—¡Eso no tiene ningún sentido! —se me acababan las fuerzas para resistir—. Se burló de mí cada vez que le hice saber lo que sentía… Que ahora venga a decir que lo convencí, no me causa alegría sino pesar. Por favor, déjeme ir.
Me restregué la cara, antes de que mis estúpidos surcos de sal cayeran más. Sus dedos contuvieron mi barbilla, de nuevo atrapándome con esa mirada íntima…
—¿Crees que dejaría ir a la única persona que ha soportado lo peor de mí, sólo para terminar entregándome todo lo que tiene por… amor? Pequeña, tengo el negocio perfecto frente a mis ojos, ¿qué clase de hombre sería si lo desaprovechara? —enjugó mi rostro humedecido—. Puedes marcharte si lo deseas. Ya no soy tu jefe ni tengo autoridad sobre ti, y, francamente, si te vas ahora, cobrarías la venganza ideal por todo lo que he hecho contra ti. Pero… si acaso tus palabras fueron verdad, si realmente llegaste a querer a este idiota quebrantado, entonces quédate cerca y déjame retribuir con creces cada una de mis estupideces.
Mis ojos se apretaron, incapaces ya de contener mi llanto. Toda mi vida había pensado que si las historias de amor existían, ninguna tenía relación con mi existencia. Y ahora, podría sentirme la mujer más tonta del mundo por gimotear ante los sentimientos de un hombre al que odiaba a muerte. Pero, sintiendo sus manos acariciarme, sosteniéndome en mi llanto inconstante, pude entender que aquel sujeto despreciable, de alguna forma, o del algún modo, se había marchado. Dejando a uno que había visto en cortas ocasiones, el que me había orillado a este extremo donde ahora lloraba y lloraba.
Aunque… Aún tenía que preguntar.
—Usted… ¿Usted me quiere?
No podría soportar que todo esto fuese meramente una remuneración, no quería ser el clavo que le ayudara a sacar su antiguo amor por Albafika.
Su boca viajó por mi mejilla hasta llegar al punto exacto. Su aliento fue terciopelo acariciándome al oído.
—¿Tengo que decirlo con palabras…? —se quedó en silencio un instante, sólo para efectuar una declaración que sólo él podría hacer—: Cásate conmigo.
Y eso fue suficiente para entender que, los cuentos de hadas sí existen…
Viven dentro de nosotros, esperando que un día dejemos atrás los errores, el orgullo, todo ese cúmulo de resentimientos, y nos atrevamos a mirar al frente para comprender que, en este mundo donde todo ha sido convertido a materialismo, a industria, a medios efímeros de diversión y placer, aún existe un negocio que es capaz de superar toda esa falsa maraña material.
Un negocio perfecto que pocos encuentran para invertir todas sus fuerzas y esperanzas en el mismo. Lo que ganan, aunque es duro de obtener, es el motivo para darlo todo a su favor.
¿Qué como le llaman…? No lo sé, podría tener distintos nombres por cada inversionista que pone su vida en él. Podrías tenerlo ahora en tus manos y no saber cómo nombrarlo. Pero yo, aún sorprendida por cada cualidad que sigue maravillándome y confrontándome día con día, encontré el nombre ideal para él.
Yo…
Yo lo llamo Amor.
