.

~oOo~

.

.

Ya habían pasado años… Y él no había puesto un pie allí, nunca allí.

Quizá por eso resultaba extraño, terriblemente abrumador, bajar la vista al piso de alfombrado pasto que rodeaba quietamente aquel recuadro de pavimento grisáceo. Leer el nombre sobre el epitafio trajo el recuerdo de la sonrisa a la que honorosamente representaban las simples palabras.

«Amada madre… Siempre fuerte»

Sí... siempre.

Se inclinó a tierra y palpó la cubierta áspera con cariño. La sensación de pesar ante los meses, años, de no haberla abrazado, quiso dominarlo. Mas el deíctico bajo el venerable nombre solapó cualquier distancia. "Siempre fuerte…". Se sonrió, aquella cualidad era la única que habían compartido, una herencia sin igual de la que ahora, sin nombre o apellido reconocidos, se alegraba de poseer.

—Hola… —susurró a la roca, a la imagen de su madre plasmada en sus adentros—. Ya pasó el tiempo, ¿verdad? La última vez terminó mal, fui un malcriado… Igual que siempre. Lune dijo que no me guardaste rencor y yo le creí, siempre fuiste demasiado buena, demasiado sutil y amable con los que te rodeaban. Cómo odiaba eso… —los labios se torcieron—. Te lo dije muchas veces, ser bueno es un problema, te llevó a esa casa maldita y te alejó de mí para siempre.

Yo también fui bueno y pagué las consecuencias…

—Da igual. No quería despedirme sin antes decirte algo importante —echó una risa, incrédulo—. Voy a casarme. Sí, créelo. Pero no será con Pandora, oh no… Al parecer no fui totalmente de su agrado. Mala suerte, supongo. Tampoco será conella,al final, ser bueno resultó muy conflictivo. Quise quejarme, ser otra vez un malcriado, pero, te reirías de mí si te dijera que la mujer con la que pasaré el resto de mis días es casi la copia directa de tu fortaleza, sobre todo de esa ansia tuya de hacer feliz a todo el mundo. La odié tanto… Estaba seguro de que sus intentos por favorecer a todos terminaría llevándola a la ruina, tal vez así sea…

Después de todo, se casará conmigo…

Resopló, cubriendo el pesar con la ironía. —Habría sido bueno que la conocieras. Sólo tú podrías hacerle entrar en razón y convencerla de negarse a mi petición, aunque seguramente iría a suplicarle nuevamente que aceptara…

El viento silbó suave, bajando desde lo alto de aquella colina que formaba el camposanto. Como una caricia necesaria para saber hacia dónde mirar, su rostro se tornó quedamente hasta observar al frente. El vestido lila hondeó con la brisa, lejos, a varios metros de su propia ubicación, y él se perdió en la figura inclinada sobre otro sencillo marco de cemento. La cabeza de cabellos marrones se irguió de pronto, enjugando las lágrimas dejadas tras una conversación que debió ser similar a la suya. La pequeña imagen se levantó de su sitio, para ir hacia su encuentro. Danzando contra el viento, la falda y las hebras castañas se movieron para dar a aquella escena un aire que le supo celestial.

Un regalo que venía hacia él aunque osó rechazar su precio en el pasado.

—Tenías razón, madre… —musitó sincero—. Ser bueno, en realidad, no siempre es tan malo.

Si después de una serie de "bondades" absurdas, podía reincorporarse así, asiendo la pequeña mano entre sus dedos y mirar de lleno aquellos ojos verdes que seguían apreciándolo sin la más mínima chispa de rencor… Entonces, la verdadera causa de su visita en ese preciso lugar, justo a un día de concretar su unión oficial, era sin duda para cumplir sus palabras: pedir disculpas, y aceptar su error.

La espalda tiritó pudorosa cuando la abrazó, una actitud casta que no dejaba de sorprenderle y causarle inquietud. ¿Cómo él podía tener ahora el derecho de ceñir a ese puro cervatillo?

Incomprensible…

Mayormente aún ante la consideración del tiempo, de lo cercano que ya eran los hechos.

—Mañana serás mía —acarició la pequeña oreja con sus labios, sintiéndola encogerse. Sus propias entrañas se constriñeron al entender el peso de esa verdad. El día de reclamar aquel presente inmerecido estaba a sólo unas horas, todo estaba listo.

Las manos de su pequeño obsequio se aferraron a su pecho. La vocecita habló suave, cual viento.

—Creo que yo fui suya desde el día en que entré a su oficina…

El rostro se levantó para mirarlo con timidez, el brillo de sus gemas verdes fue contundente, sincero. Acarició sus labios con el pulgar, admirando todavía sus palabras.

Sonrió, sin ápice de orgullo a pesar de su frase:

—¿De qué cuento de hadas saliste, mujer?

Un simple juego en la superficie, mas una verdadera pregunta retórica en lo más profundo de aquella frase interrogativa. ¿De dónde podían provenir personas como su madre, como esa que ahora sostenía entre sus brazos? Una cuestión difícil de resolver y de la que, estaba seguro, jamás obtendría respuesta.

Aun así, besando al fin los labios inexpertos a su tacto, saboreando en su interior el deseo de adiestrarlos con toda esa experiencia decadente que finalmente le sería de utilidad, lo supo.

Sea de donde sea que viniera… Se alegraba de que aquella curiosa creación, en efecto, le perteneciera. Y no había nada que ansiara más que formar, pronto, parte de su mundo idóneo.

.

.

El Negocio Perfecto

-Epílogo-

"Una persona cambia por dos razones: aprendió demasiado o sufrió lo suficiente".

Anónimo

.

¿Cómo había llegado hasta aquí?

¡Oh, rayos, esto tenía que ser un sueño!

Pero, no me culpen por volverme un tanto descreída de todo… ¡Las cosas habían sucedido tan rápido! Ni siquiera había tenido tiempo de asimilarlo, de entender que, aunque siempre consideré mi existencia destinada para el fracaso, ahora estaba aquí, en un aeropuerto, esperando un destino desconocido.

Celebrando… ¡mi luna de miel!

Quizá sea necesario recapitular, esforzarme por no morir de un colapso y tratar de entender.

El señor Minos había terminado con mi negativa y funesta forma de pensar. Me había ayudado a darme cuenta de que mis esfuerzos valieron la pena… Me convenció de casarme, un final que casi estuvo a punto de terminar en caos gracias a mis padres. Ninguno aceptó nuestro compromiso. ¡Casi echan a patadas al señor Minos cuando fue a casa a solicitar mi mano! Algo que me sorprendió, lo admito. No esperaba que fuera partidario de ese tipo de protocolos y cortesías que hoy en día nos parecen tan anticuados. Así que me sentí muy mal cuando papá lo rechazó, apuntándolo con su revolver para obligarlo a salir de casa.

Pero, de alguna forma los entendía. Después de todo lo que padecimos por culpa de nuestras mentiras...

Finalmente, con la amenaza de llevarme con él aún sin su autorización, y con mis propios intentos por convencerlos, ambos terminaron aceptando cuando se percataron de que este compromiso no era otro juego, ni otro intento por conseguir publicidad. Aprobaron nuestro matrimonio con una condición: casarnos en el condado, frente a sus ojos.

Sí, eran desconfiados…

Fue por ello que tuvimos que apresurarlo todo. Gracias al cielo, Celinsa terminó pronto su viaje con Teneo y vino en mi auxilio para preparar arreglos, recepción y esas cosas que parecen muy bonitas y tranquilas cuando la novia no eres tú. El mes y medio que dejamos de plazo para concretar el compromiso, fue tan ajetreado que apenas y pude ver al señor Minos. Mientras yo me devanaba los sesos para organizar una boda nada ostentosa y hasta discreta, él se encargó de dejar todo listo para comenzar nuestra vida juntos en cuanto la luna de miel terminara.

¡Ah, qué abrumador sólo pensarlo!

Pero, al final, pude suspirar tranquila cuando todos los preparativos rindieron frutos y terminamos con un "sí" que me cortó el aliento frente al altar de una pequeña iglesia. Algo más que me llenó de sorpresa, por cierto. El viejo hombre al que yo siempre creí renuente a la fe, fue quien solicitó que nos casáramos en ese lugar.

"No creía en Dios hasta que te conocí…", me confesó al pedírmelo.

La vida te puede dar interesantes y bellas sorpresas.

La recepción fue sencilla también. Tan sólo un salón de pequeñas proporciones, lleno de las personas más cercanas; apenas unos cuarenta ocupamos el espacio. Aunque debo admitir que nunca me había reído tanto, pisándole los pies una y otra vez a ese hombre que me pidió bailar de nuevo, ahí frente a todos, como si sólo estuviéramos los dos para carcajearnos de mis torpes pasos.

Sí, un día inolvidable… Y ahora…

Las rodillas me temblaban debajo de la larga falda de este conjunto comprado especialmente para empezar el nuevo viaje que me aguardaba. Casi podía sentir a la maligna mano de los nervios estrujándome por dentro. Toda la risa y la serenidad de la noche anterior, ahí con todos los invitados, se había disuelto poco a poco, hasta quedar reducida a nada cuando subimos a ese avión que ahora nos tenía aquí, en un sitio caluroso. Tragué hondo mirando al señor Minos a varios metros, esperaba nuestro equipaje. Me acerqué cuando vi llegar las grandes bolsas por la cinta deslizante.

Tomé una maleta grande por el asa y colgué otra más a mi hombro. Sentí su mano aferrando la correa para quitármela de encima.

—Deja algo para mí, cariño… —colgó la bolsa en su propio hombro. Se quedó un momento quieto para contemplarme, su mano acarició mi mejilla—. Espero que hayas dormido suficiente en el avión. Este día podría ser muy largo…

Su noticia, aunque maravillosa, sólo aumentó el nervio en mi cuerpo. Para mi mala suerte, no había dormido gran cosa en ese avión. Pero ¡¿quién podría dormir recargada en su hombro mientras recibe caricias en el cabello?! Aún me costaba asimilar la realidad de estos cambios tan drásticos.

Tomó mi mano para dirigirnos a la salida. Yo lo retuve.

—Aún no… —me giré hacia la fila de maletas que seguían desfilando. Todavía nos faltaba algo.

Oalguien…

Me alegré cuando vi la cajita de plástico horadada. La saqué del resto de bolsos y me pregunté qué tan seguro sería transportar a una mascota de esa manera. Afortunadamente,Luckylucía tranquilo cuando abrí la portezuela metálica para sacarlo de allí.

Escuché un resoplido tras mi espalda.

—No entiendo por qué lo trajiste con nosotros —ahí estaba, el tono mandón que lo caracterizaba.

Arrugué las cejas, un tanto avergonzada—: Era necesario.

No podía dejarlo en casa de mi familia, sabía que Pefko no sería tan responsable como para cuidarlo y mis padres terminarían por dejarlo en alguna perrera. Lune había venido para celebrar la boda y llevarse el resto de mis pertenencias a Wisconsin, para trasladarnos directamente hacia allá cuando este viaje terminara.

—Entre tantos preparativos, olvidé decirle a Lune que lo llevara con él —abracé a la peluda estopa contra mi pecho—. Además, no quería causarle problemas.

—Sí, ahora sólo me causará problemas a mí… —farfulló. Estiró una mano a la cabeza deLuckyquien de inmediato echó un agudo gruñidito—. Vaya perro insolente, tiene un carácter odioso.

Ah, el lobo hablando de orejas…

Traté de contener la risa. —Estará tranquilo, se lo aseguro.

Sus ojos me inspeccionaron por breves segundos, después sonrió como si supiera algo que yo desconocía. Retomamos nuestros pasos, él llevando ambas maletas, yo al bultito peludo que miraba tras de mi hombro como si de un niño se tratara. Quise reír al pensar en cuán extraña podría ser esa imagen, pero toda mi risa se apretó en mi garganta cuando llegamos al hotel que, afortunadamente, aceptó aLuckyy a nosotros con él. La boca se me puso seca en cuanto entramos a la habitación, contemplé la decoración moderna de blancos y ocres en cortinas, piso, tapetes y… esas sábanas tan blancas en la cama.

Un fuerte ladrido me despertó, antes de que pudiera sonrojarme con más escenarios bochornosos.

—¿Todo en orden, pequeña? —por si fuera poco, la voz del señor Minos me sorprendió a corta distancia. Sentí la caricia de sus labios en mi nuca.

—Oh, sí, sí, sí… —mis pasos se adelantaron sin que lo pensara—. Sólo estoy un poco acalorada por el clima. ¿En dónde estamos? —eché una risa nerviosa, pegándome a las largas cortinas.

Quería autoflagelarme por actuar así, pero mi cuerpo actuaba sin mi permiso. Me aferré el pecho, todavía dándole la espalda. Tenía que recuperarme, actuar con madurez, ¡no como una novia primeriza! Ah, pero si eso era, ¿no?

Él se acercó de nuevo. Su mano aferró la tela blanca.

—¿No lo adivinas? —respondió a mi pregunta, corriendo las cortinas satinadas para dejar la puerta de vidrio expuesta en su totalidad. Mis temores cambiaron por el asombro. Deslicé las puertas para ir hacia la pequeña terraza.

Un suspiro se me escapó: —Increíble…

¿Cómo no había intuido que era esto? Frente a mí yacía un paisaje azul difícil de describir: Azules en el cielo, entre blancas nubles, todas reflejadas en el mar que se extendía hasta el infinito. La única playa que había conocido en mi vida, era una grisácea bahía donde el frío imperaba. Nada en comparación con esta brisa cálida y el sonido de las aves a lo lejos.

—Es algo simple… —dijo ahora puesto junto a mí, se había quitado el saco para quedar en camisa y pantalones de mezclilla. Me miró—. Tendrás que disculparme, mis bolsillos ya no son lo de antes.

Negué, sonriéndole—. Es perfecto. Y… veo que la comida mexicana lo cautivó.

La risa apareció en sus ojos. Tal vez desconocía el nombre y la ubicación exacta, pero estaba segura de que pisábamos territorios donde el condimento y otros curiosos platillos eran la orden del día. En medio de su sonrisa, sus brazos se deslizaron en mi cintura, cerrándome contra la baranda.

—No es lo único que me ha cautivado… —amenazó a mis labios con su mirada, pero se contuvo—. Y hablando de comida, es hora del almuerzo.

La declaración oficial para comenzar nuestro día, y este viaje.

Salimos, dejando seguro aLuckyen el baño de la habitación, no sin antes concederle un buen trozo de carne que conseguí secretamente en el restaurant del hotel. Nuestro almuerzo, casi a la hora de comer, lo realizamos en un local de alimentos que nos costó mucho encontrar. El señor Minos estaba dispuesto a probar verdadera comida mexicana, algo difícil dado que todos los restaurantes parecían deseosos de favorecer al turismo y ofrecer platillos extranjeros. Así que caminamos bastante hasta encontrar al pequeño negocio. Por suerte, aunque todo era completamente mexicano, un mesero hablaba nuestro idioma. A él hicimos rápidamente nuestra orden, dispuestos a comer cualquier cosa, por más rara que fuera, con tal de saciar nuestra hambre.

Entre tacos, caldos peculiares y otros platillos típicos, el agujero en mi estómago comenzó a desaparecer, al igual que la bruma de incierto en mi cabeza que se disipó poco a poco con sólo contemplar al hambriento hombre frente a mi silla. Detuve su mano cuando acudió, casi como un niño travieso, a la charolita de salsa.

Sus ojos me reprocharon y yo quise carcajearme.

—¿Ya olvidó lo que pasó la última vez? —traté de ser muy firme.

—Puedo soportarlo ahora.

—¿Oh, sí? ¿Hapracticadocómo soportar la comida picante?

—Quizá… —encogió los hombros, quitándome el contenedor para arriesgarse con dos cucharadas de salsa que, estaba segura, debía arder como este calor—. Fue un año largo sin verte, cariño… Cambié un poco mientras tanto.

Y sólo por esa verdad, lo dejé continuar. No habían sido pocos, sus cambios eran tantos. El simple hecho de tenerlo allí, masticando alegremente, disfrutando de su compañía…

De pronto, su cuerpo se quedó quieto, sus ojos crecieron, dilatados por algún horror.

Un dejá vù…

Me paré de mi silla, alzando la mano al mesero: —¡Un vaso de agua, por favor!

Bueno, hay cosas que no cambian…

Continuamos el resto de la tarde entre las callecitas de aquel lugar. Con todas esas construcciones de techos bajitos de madera, lejos de los grandes hoteles y del medio turístico, parecía que habíamos entrado a un mundo diferente, donde el bullicio del tráfico y gente yendo al trabajo eran una realidad desconocida. Sólo tuvimos que resguardarnos en el interior de un centro comercial cuando el calor se volvió insoportable.

Mala idea, nunca pensé cuánto me costaría.

Si tan sólo nos hubiésemos quedado en la sección de películas, si no hubiéramos caminado más allá, hacia el área de ropa, hacia ese funesto sitio…

—Agasha.

Me llamó. Mis ojos se despegaron de la bonita blusa de holanes en cuanto lo escuché. Sólo decía mi nombre en momentos demasiado serios… Caminé rápidamente hacia el final del pasillo y doblé hacia el siguiente, de donde había provenido su voz.

—¿Qué sucede? —me concentré tanto en él que olvidé mi alrededor.

No se giró. —Ven aquí.

Me acerqué, estirando el cuello para ver qué tenía en las manos. Mi cara quemó –más– al ver los encajes de aquella lencería.

—¿Rojo o negro, pequeña? Te dejaré elegir…

¡¿Qué?!Imposible… Esto, era…

—Eso… eh… ¿Eso es para mí?

Una pregunta idiota, de la que él se rio mucho.

—¿Para quién más, querida mía? Me tomé el atrevimiento de hurgar entre tus cosas. Eres encantadora así, Agasha, pero debo admitir que sería excitante hacerte cambiar de gustos, al menos un poco.

Su perfil fatuo me escaneó, tal vez riendo por mi pudor.

—Pu-puedo cambiar mis gustos si usted quiere. Pero… No, ¿no podría ser con alguna otra cosa?

¿Maquillaje, peinado… incluso mi forma de hablar? ¡Por qué tenían que ser prendas de esa índole!

—¿Acaso estás negándote a una de mis órdenes? —alzó el mentón, igual de demandante que en el pasado. Me estremecí. A punto de creer que no tendría opción, su sonrisa se llenó de calma—. Olvídalo. Es sólo una broma… Demonios, sigo comportándome como un controlador, ¿cierto? Ya no soy tu jefe, es absurdo este comportamiento —miró aquellos encajes en sus manos, casi con desconsuelo—. Aunque, admito que moría de ganas de ver a mi esposa portando algo encantador para mí. Está bien, no puedo obligarte a…

Arrebaté suavemente la lencería de entre sus dedos. Si se ponía así, ¡cómo negarse!

—Ya veré qué pedirle a cambio —amenacé, tratando de no ver la enorme sonrisa que ya tenía puesta en la cara.

¡Ah, qué hombre tan convincente!

Pagar en caja fue una tarea tan vergonzosa. Mientras las familias llenaban sus bolsas con alimentos o juegos de playa para niños, yo tenía las mías albergadas de ropa interior para dama, ¡y qué clase de ropa! La cajera intentó disimular la sonrisa que el señor Minos tenía de oreja a oreja.

—¿Recién casados? —intuyó, pasándole de nuevo la tarjeta de crédito.

—Ah, ¿cómo lo supo?

—Por el anillo… —asintió a mi mano, más a nuestras compras que a mi dedo.

Nos despidió con la misma expresión repleta de picardía.

Aquí todos parecían tener un humor de lo másnoble…

Regresamos a las afueras del pequeño pueblo. El aire se volvía menos sofocante conforme pasaban los minutos y las horas. El atardecer llegó justo cuando dejamos atrás las calles y comenzó un extenso páramo de arenas. El señor Minos aferró mi mano y me dirigió por el camino desigual, todavía caliente por el sol de día. La arena se coló entre mis sandalias y me hizo cosquillas, pero dejé todo aquello por mirar de lleno a la mano que contenía a la mía. El dedo anular sobresalía rodeado por la cinta metálica de color oro, gemela a mi propia argolla en la mano contraria. Sopesé entonces las palabras de la vendedora y recordé algo que una amiga, cuyos padres se habían divorciado, me dijo en un día de universidad.

"Sólo los recién casados llevan anillos. Cuando los años pasan y el amor envejece, todos quieren olvidar que están casados y ya no los llevan consigo…"

Triste y fatalista. Pero un tanto cierto…

El miedo me dominó. ¡A un día de casados! Porque lo comprendí, mirando así mismo las escandalosas prendas en la bolsa. Lo que se avecinaba… Los sacrificios que habíamos hecho en el pasado para estar aquí, no serían nada comparados a los que vendrían ahora que formalmente estábamos unidos. ¿Cuánto tendríamos que ceder para que la amenazante frase de mi vieja amiga no se hiciera realidad? Y no era simplemente por vestir lencería… Oh, el matrimonio no es un juego, es atemorizante cuando lo ves con todas sus vértices, buenas, malas, angustiantes, retadoras…

—¿Sucede algo? —se detuvo cuando yo lo hice.

El atardecer había terminado, la oscuridad comenzaba, pero pude verlo claro. Oh, Dios mío, gracias… Esto no era un sueño. Era un reto. Un reto que amaba. Mis recatos se fueron al carajo cuando sus ojos se posaron así en mí. Lo rodeé con los brazos, temblando por estar acostumbrada a su rechazo. Pero él no se fue, se quedó allí para mí, para escucharme.

—Gracias… Gracias por regresar.

Habíamos tenido tantas cosas qué hacer con la boda y los demás preparativos, que no había podido decírselo.

—Gracias. Gracias en verdad.

Sí, acepto. Acepto este cambio y este nuevo paso. Lo acepto, aunque hace menos de dos años no lo habría imaginado, menos aún aceptado, hoy… Sí, lo tomo, lo quiero para mí.

Su mejilla se apretó suave a mi cabeza.

—Gracias a ti por esperar…

Y el hombre que nunca agradeció nada, susurró esas quedas palabras.

Sentí sus dedos colarse entre mi cabello, justo bajo mi nuca. Esa costumbre de halar hacia atrás y obtener el control total en mi atención, yendo rumbo a un beso que siempre me pondría a temblar. Aferré su espalda cuando la firmeza en mis piernas comenzó a terminar, otra vez. Sabía cómo debíamos vernos, un par de desvergonzados en un lugar público acariciándose de esa manera. Pero, por favor… Había pasado tanto tiempo desde la última vez en que pude sentir sus brazos alrededor de mí. Y ahora, no era una treta, no fingíamos a una cámara… ¡Todo era real!

Me apreté aún más contra él cuando una de sus manos descendió por mi columna. Un calor desconocido me invadió mientras el aire comenzó a hacer falta. Su boca se separó, sujetando todavía de mis cabellos para contenernos.

Su aliento golpeteó el mío. —Creo que lo mejor será regresar. Tu querida bola de pelos debe tener hambre…

Acepté, sintiendo al mundo todavía girar. Agradecí que me condujera de la mano; con la cabeza dándome vueltas, era difícil prestar atención al exterior. El olor a salitre disminuyó lentamente, el romper de las olas también se atenuó, mis pies dejaron la arena y siguieron por el camino empedrado de las calles. Ascendimos por la larga acera hasta donde el hotel aguardaba. Las luces de la recepción nos recibieron y subimos enseguida hacia la habitación. Mis pasos en los escalones me despertaron al fin. Miré la mano del señor Minos apretando con firmeza la mía, la bolsa llena de lencería en la otra.

Se me cortó el aliento…

Era el momento.

Abrió la puerta y me dejó entrar primero. A pesar de que la luz de otras habitaciones se coló entre las ventanas, la oscuridad imperó en nuestra estancia. A pesar de eso, no quise buscar el botón de las lámparas. Me dirigí al baño, en dondeLuckybrincoteó de alegría cuando le di un nuevo pedazo de beef. Salí de ahí, lo dejé solito cuando ya dormitaba en la bañera. Regresé a la habitación, la encontré solitaria, con las puertas de vidrio abiertas y las cortinas ondeando levemente. Vislumbré la figura del señor Minos entre las telas blancas, miraba atento al horizonte lejano.

Me senté en la cama, ¿qué otra cosa podía hacer? Mis ojos otearon la bolsa contenedora de esas ropas ignominiosas. Tal vez estaba dándome tiempo de ponerme algo de eso.

¡Por supuesto que no lo haría!

Suspiré… Ceder, ceder, ceder… ¿Cómo hacerlo si me sentía tan asustada? Sí, esa era la palabra: Temor. Tenía tanto miedo. Ahora que esto estaba a punto de suceder, quería echarme para atrás, quería huir, quería pedir un tiempo fuera antes de que…

El colchón se hundió a mis espaldas. Sin oírlo acercarse, ya estaba allí, asiéndome a él. Algo suave acaricio mi hombro y supe de inmediato que eran sus labios. Eché un respingo cuando haló de mi ropa para apretarme a su cuerpo.

¿Qué hacer…? Oh, maldición, no había manuales para estas cosas. Aunque el calor me inundaba, mis manos parecían muertas a mis costados. Solté la bolsa cuando me giró hacia él, sentí que me faltaba espacio pero no quise moverme. ¿Cómo hacerlo…? Me besó una vez más, lo cual me tranquilizó, al menos sabía cómo hacer eso. Su mano recorrió mi cintura y sentí sus dedos colarse bajo el broche de mi falda.

Suficiente para descontrolarlo todo.

Me eché hacia atrás, sorprendida. El colchón terminó antes de lo previsto y me fui de espaldas hacia el piso, halándolo conmigo. Terminé despatarrada, totalmente ridícula, en el suelo, con él colgando a medias de la cama.

—¡Lo lamento! Disculpe, yo… —definitivamente, me sentí como una idiota.

En el pasado, una tontería así me habría costado todo su desdén. Y resintiendo su mirada, casi temí lo peor.

—Estás nerviosa, ¿verdad? —era casi una afirmación. Asentí, ya no me atreví a mirarlo ahora que había bajado completamente al suelo. Escuché su risa—: Bien, entonces somos dos.

Se recargó usando la cama como respaldo, traté de descifrar algo en su expresión fija en mí.

Sentí mi ceño crisparse. —¿Nervioso? ¿Se está burlando…?

¿Acaso conservaría esa típica actitud displicente a mis torpezas? ¿Cómo podía insinuar que estaba nervioso? ¡Mentiras! Él no podía sentir temor de algo como esto, probablemente, era sólo una noche más en su repertorio y…

Oh no...

Me sentí tan miserable. Había tratado de ignoraresepequeño detalle, pero al fin estaba ahí, golpeando la puerta de mi felicidad. Ya era tarde. La verdad se vació sobre mí, ahogándome: Que entre los dos, sólo había un completo neófito en el tema sexual. Y era yo.

—No me estoy burlando.

—Sí, claro… —se me escapó—. ¿Puedo preguntarle algo…?

Sus ojos me analizaban, podía sentirlo. —Dependiendo de a dónde quieras llegar con tu pregunt-a…

—¿Cuántas veces ha hecho esto?

Me atreví a interrumpirlo y el silencio imperó. El momento perfecto arruinado por mis miedos. Tonta…

Pero no podía contenerme. Quería saberlo, ahora, ahora que podía soportarlo.

—¿Por qué quieres saber eso, Agasha?

¡¿No era obvio?!

—Para saber si está burlándose o no al decir que usted también tiene "nervios". Vamos… Sólo dígalo y ya, pero no finja que hacer esto es difícil para usted. Dígame cuántas veces, incluso si lo hizo conellayo… yo podría… —me puse de pie, antes de estropear las cosas a un nivel más terrible—. Lo lamento, necesito estar sola un momento.

Casi corrí al baño, prefería distraerme cuidado aLuckyantes de seguir parloteando mis celos y mi mísera condición de exsolterona.

Sus pasos se escucharon y me apresuré antes de que lograra detenerme. Triste velocidad, me atrapó en un instante sólo para empezar una lucha entre sus brazos. Al final, logró encerrarme, de frente a la pared, con mi espalda contra él. Supliqué en voz baja que me dejara ir, pero de nuevo era su voluntad contra mis sentimientos dispuestos a quedarse ahí.

—¿Así que al fin te diste cuenta…? —musitó, amargo—. Sí, no soy tanbuena personadespués de todo, ¿cierto? Así es… Te lo dije muchas veces, incluso lo presenciaste por ti misma. Soy un cerdo, un ser repugnante. Me he revolcado en el lodo tantas veces que vomitarías de sólo escucharlo. Pero, ¿no es algo tarde para entenderlo? ¿Qué harás…? ¿Te irás, tomarás la decisión correcta y me dejarás? Vamos, no te culparía si lo haces.

No estaba confrontándome, era como si me invitara a seguir ese consejo.

Me entorné aprisa, negando firmemente. No importaba cuánto tratara de evitarlo, yo vería más allá de esa coraza«repulsiva».

Observó mis ojos. Le haría interpretar mi mirada aún contra la oscuridad que nos rodeaba…

Que jamás, ¡jamás lo abandonaría!

Sentí sus dedos en mi mano izquierda, hasta que la sujetó con firmeza. Dejé que la alzara, lento, hasta posarla sobre su pecho. Apretó suavemente mi palma contra sí, como aguardando.

—¿Lo sientes? —preguntó cerca de mis labios, el constante latido tras su piel fue más evidente—. Sí. Tengo miedo, pequeña… Temo que si te tocó con estas manos corrompidas pueda llegar a ensuciarte, porque… Oh, Dios, eres tan pura. ¿Cómo puedes estar aquí? Tendrías que haberte negado a mi petición, tendrías que estar aguardando la llegada de un hombre que no fuese tan repugnante. Pero dejaste que te convenciera. ¡Yo! Quien volvió miserable tu vida durante meses.

El latido en su pecho creció, junto a mis ganas de soltar mis lágrimas. ¿Cómo había podido acusarlo? ¡Este hombre me creía una mártir por casarme con él!

Abracé su cuerpo, tremolante igual que el mío.

—Usted no es repugnante, no vuelva a decirlo. Además, yo también he hecho cosas malas… —confesé.

—¿Oh, sí? ¿Cómo qué…? ¿Pasarte una luz roja?

Sonreí, pegada a su hombro. —No, no sólo eso. Una vez leí que hacer algo malo no es la única forma de pecar. Con pensarlo ya es suficiente. Y muchas veces he pensado en hacer el mal. Una vez quise que un tren le pasara encima, aquel día en que me obligó a trabajar sin paga extra.

Soltó un risa, medio arrepentido.

—Bueno, supongo que lo merecía. Fui un cretino… Tal vez lo soy todavía. Y si pensar el mal ya es pecado, eso no hace más que aumentar mi carga.

—Pues qué fortuna que exista el perdón… —me separé de él sólo para mirarlo. Deslicé mis dedos por su sonrisa y acepté sus labios cuando llegaron a los míos.

Sólo un beso suave que me cautivó aún más que cualquier caricia. Una idea atravesó mi cabeza.

—Quisiera pedirle algo… —incliné la cara, mirándolo con suplica—. ¿Podemos dormir juntos esta noche? Sólo dormir, ya sabe, abrazados…

Su ceja se alzó, burlón:

—¿Huyes de mí todavía, pequeña? —el calor me llenó la cara.

—¡No! Es decir… Sólo quiero, por una vez… yo… Es sólo…

Caminó, oyéndome parlotear mientras regresábamos a la cama. Rodeó el colchón hasta quedar al otro lado, en donde se recostó. Su mano se estiró a mi favor.

—Sólo por esta noche, puedo tratar de contenerme.

Podría haber lanzado un grito de victoria pero resistí, embelesada por su aceptación. Me deslicé a su lado, palpitando de un quedo nerviosismo cuando me entornó suavemente para pegar mi espalda a su pecho. Su brazo pasó sobre mí…

De pronto, reparé en mi error.

—¡Qué tonta soy! —me incorporé a medias, mirándolo erguirse también, sorprendido por mi repentina actitud. Llevé mis manos hacia los botones de su camisa—. No podemos dormir con ropa, es incómodo, tenemos que…

Actué con tanta naturalidad que sólo entendí el valor de mis acciones hasta que su mirada cobró un aire de perfidia. Esta vez, no sólo me invadió el nerviosismo, sino la más cruel y maligna vergüenza.

Lo solté de inmediato. —¡Lo siento, lo siento! No-o tiene qué hacerlo. Puede dormir así, si, si quiere…

¡Qué rayos! Le pedía contenerse esa noche y era yo quien insinuaba quitarnos la ropa. ¡Era el colmo de mis acciones ilógicas! Me giré, huyendo de su escrutinio malicioso. Se pegó a mi oreja y susurró.

—Oh, no, ¿dormir con ropa? ¿En este calor infernal? Qué mala idea… Continúa por favor.

Ah, él sí que sabía ir de lo más cursi hasta lo más bochornoso. Me negué.

—No, soy mala quitando camisas… —¡qué excusa más estúpida!

—Agasha…

—Continúe usted, yo, yo… me cambiaré en el baño…

—¡Dije que continúes!

Suspiré, hondo y largo. Su tono no fue el de un tirano controlador, pero sabía que estaba impacientándolo. Incluso yo detestaba ese miedo absurdo. Pero bien, él había prometido resistir… Quitarnos la ropa no podía ser tan malo.

Me volví hacía él otra vez. Fue como revivir el pasado, cuando tuve que desvestirlo para vendar sus heridas. Pero ahora… ¡esto no era lo mismo, carajo! Me temblaron los dedos con cada botón, era una tortura sentir su aliento cerca de mi rostro mientras sus ojos inspeccionaban admirados mi trabajo. Terminé con cada ojal, sólo para que él se irguiera para obligarme a seguir. Saqué de sus brazos ambas mangas, la camisa voló a algún lado cuando él la arrojó. Se enderezó, hincándose sobre la cama.

—Continúa…

Oh, por favor, ¿no tenía suficiente? Llevó mi mano hacia el cinturón que se descorrió fácilmente por sus caderas. Tragué grueso, palpando el broche del pantalón. Podía escuchar mis venas latir contra mi cuello mientras el zipper descendía. La tela de mezclilla cayó lentamente hasta sus rodillas postradas en la cama. Por fin, tuvo un poco de piedad y se apañó el resto por sí mismo. Tuve que darle la espalda cuando comenzó el desliz de la última prenda, la única que no me atreví a quitar. El calor pareció aumentar. ¡Estúpido aire acondicionado sin funcionar!

Su tono fue grave cuando me habló: —Mi turno…

Bien, aquí íbamos. Tensé la espalda, trayendo mi cabello hacia adelante.

Sólo era un par de botones al inicio de la espalda, pero sentir sus dedos desabrocharlos fue tan abrumador como hacerlo con los siete u ocho de su camisa.

—Levanta los brazos —obedecí. La blusa desapareció en un instante—. Ahora tú, pequeña.

Me puse sobre mis rodillas, justo como él lo había hecho. Mi falda comenzó a bajar; entonces, sus manos sostuvieron mi cintura para afianzarme en su cuerpo y así apoyarme mientras terminaba de sacar el resto de mis piernas. Me dejó allí, pegada a él, cuando terminó, oyendo nuestras respiraciones ya demasiado inconstantes.

—Maldición… —me encerró en sus brazos—. Esto es muy difícil… Dejaré el resto o no podré contenerme como te prometí, ¿de acuerdo?

Y claro que lo estaba, muy, muy de acuerdo. Ya había sido suficiente por un día.

Nos recostó de nuevo, pero la situación lucía muy diferente a cómo la había imaginado. Estuvimos en silencio, sólo resintiendo el roce entre nuestra piel. Casi segura de que ninguno resistiría, su brazo alrededor de mí se apretó y su mano buscó la mía debajo de la almohada.

—Bien, creo que ninguno podrá dormir hoy… Así que, usemos este tiempo para determinar algunos puntos de este nuevo negocio, ¿te parece?

O estaba demasiado perdida en las sensaciones de mi cuerpo, o él no fue muy claro. Traté de concentrarme.

—¿Puntos? —miré sus dedos entrelazándose a los míos.

—Así es. Condiciones, si somos más exactos. ¿Tienes alguna petición ahora que eres mi esposa? Te dejaré iniciar… O al menos trata de distraerme, cariño. Esta abstinencia se está convirtiendo en una verdadera agonía con cada minuto…

Su tono apretujado, realmente torturado, me sacó una sonrisa. Seguiría su juego, con tal de ayudarle, a ambos en realidad.

—¿Puede ser lo que yo quiera? —asintió. Pensé por un largo minuto—: Quiero visitar a mis padres en cada fecha especial. Cumpleaños, navidades, todo eso.

Sabía la clase de antisocial que era este hombre, pero no pensaba permitirle aislarme de mis seres queridos. Tras un breve silencio, se rindió.

—De acuerdo.

—Y quiero que usted venga conmigo —eso fue más difícil de aceptar.

Suspiró. —Bien, prometo que lo intentaré… Ahora… —oh, pediría algo abrumador, algo peor que usar lencería, estaba segura—: Quiero verte desayunando conmigo, siempre, cada día. Puedo tolerar que realices el resto de tus comidas en otro lugar, pero, sin importar que tengas demasiado trabajo con la escuela u otras actividades, te quiero ahí, tomando un desayuno junto a mí, ¿queda claro?

¿Un desayuno? ¿Era todo?

—¿Y por qué sólo el desayuno?

Lo viera por donde lo viera, era un raro fetiche.

—Siempre he tenido que tomarlo solo. La primera vez que pude desayunar acompañado fue aquella mañana, cuando una mujer me dejó comer en su cocina luego de irrumpir ebrio en su hogar. Desde ese día, he querido repetirlo.

Fue una revelación enternecedora, incluso sabiendo que para mí había sido uno de los desayunos más complicados de mi existencia.

—En ese caso —continué—, quiero que me prometa que, pase lo que pase, aunque estemos llenos de cosas qué hacer, haremos un espacio en nuestra agenda para estar juntos. Puede ser al menos cada mes, un día entero para vernos y olvidar el resto del mundo.

No dejaría que el trabajo y la rutina arruinaran este bello regalo.

—Me agrada esa condición… Hecho —musitó, después de un momento prosiguió—: No dejes de llamarme con ese tono "formal", ¿quieres?

Me sorprendió. Apenas me percataba de que aún seguía dirigiéndome a él como en el pasado. Eché el rostro hacia atrás, tratando de mirarlo.

—¿No le molesta?

—En lo absoluto. Por supuesto, podrías negarte, si acaso hablarme con ese registro te hace sentir inferior… Pero para mí, es un código especial. Algo que me gustaría que sólo tú pudieras realizar.

Mi sonrisa surgió, imitando la suya. —¿Y debo llamarloVermeer?

Su gesto se contrajo. —De ninguna manera. Continúa con mi antiguo nombre, también funcionaría como un privilegio que sólo tú poseerás.

—Está bien… —regresé mi rostro a la almohada. Una idea apareció—: Quiero aprender a bailar… Y quiero el desayuno en la cama, en ese día que decidamos dedicarnos una vez al mes.

Solté una risa cuando me entornó, contemplándome ofendido: —Esas son dos condiciones, cariño. Me parece que estás tomando en serio tu papel como ama y señora. ¿Qué será después? ¿Un armario lleno de ropa? ¿Un salón especial para tus visitas…?

Se alzó por encima de mí, en lo absoluto amenazante. Sus premonitorias preguntas eran banales, y quise pensar que estaba seguro que jamás le pediría algo tan trivial. Aceptó mis peticiones, incluso esa de llevar el desayuno hasta la cama. Así fue como continuamos con esas simultáneas solicitudes, como si realmente estuviésemos firmando los edictos de este nuevo negocio, como él lo había llamado. Poco a poco, el sueño comenzó a pesar en mis parpados que luego de varias horas se entrecerraron contra mi voluntad. Entonces, sus dedos atraparon mis cabellos tras mi oreja, y emitió un susurro que me despertó de lleno.

—Quiero dos hijos.

Mis ojos seguro se dilataron, sin nada de sueño, sólo sorpresa.

—¿Dos… Dos hijos?

—Está bien si tú quieres más. Un ejército si lo deseas —¡ejército!—. Pero, concédeme dos, al menos.

Mi cabeza trató de asentir. Las imágenes por esa petición me invadieron…

Dos hijos… Tener hijos… Con él. Hijos suyos. Ah, llámenme soñadora –porque realmente lo soy–, pero la sola idea fue prodigiosa y… angustiante. He ahí nuevos retos, mayores responsabilidades. Pero los aceptaba también, ¡los quería para mí!

Mi respuesta pareció satisfacerle. Sus labios besaron mi mejilla, amoldándose a mi cuerpo mientras me ceñía aún más.

—Quizá sea mejor descansar. Mañana te llevaré a un arrecife que es famoso por su bóveda llena de minerales. El techo brilla como si fueran estrellas, juro que te encantarán… Y allí, contándolas todas, haré todo lo que esta noche estoy resintiendo hacerte.

De nuevo, sus palabras y su tono terminaban igual que siempre, eran mis repentinos remansos del pasado que me habían unido a él. Un pasado que parecía, poco a poco, más lejano. ¿No es cosa rara el tiempo? Cuando crees que lo malo no acabará nunca, estás ya pensando en ello como un hecho anterior a ti. Algo que siempre me resultó insoportable.

Pero ahora, no podía más que sentirme agradecida de que ese trago amargo estuviera lejos. Ya era tan sólo un recuerdo que mis sueños disipaban lento, lento, hasta que todo desapareció. Vencida por el cansancio, en mi primera noche de bodas, no hubo nada más que el suave aliento en mis mejillas.

Y una voz distante, entre mi pasado y este bello presente, que susurraba…

"Buena chica…"

~O~

Abrió los ojos cuando la luz del medio día se prolongó hasta su cama. El letargo de una noche esplendida le motivó a entrecerrarlos de nuevo, casi entregándose a una nueva dosis de sueño hasta que el incierto lo dominó.

¿Un sueño esplendido?

Un concepto desconocido en su diccionario personal…

Por ello recuperó el sentido, abrumado de preguntas y del desconcierto que le invadió al sentir sus miembros en un estado de tal relajación. Intentando moverse, lo sintió. El peso alrededor de su torso, la sensación de calor contra su pecho, y una cortina de hebras marrones destiladas frente a él. Sus propios brazos afianzaron a la figura que descansaba segura en su interior. Acariciar la tersa piel, mirando el brillo blanco que emitía contra el rayo del sol, fue suficiente.

No fue un sueño…

Tuvo que repetirlo una y otra vez, hasta conseguir creerlo, hasta absorber esa maravillosa verdad con cada célula.

¡Esto es real!

No la había tocado, no como era su costumbre y como sus ansías lo hubiesen querido. Había cumplido el casto capricho de dormir abrazados, y, aun así, esa niña le había ofrecido la mejor noche de su vida. Se movió con calma, con todo cuidado para no despertarla, y así mejorar el ángulo de su visión. El rostro delicado quedó expuesto ante él, descansando sobre la parte baja de su pecho, respirando tranquila como si fuese cualquier otro de sus amaneceres. Minos deslizó los dedos entre el cabello que a la luz de ese día se atenuaba en ocres y cobrizos suaves. Alejó los mechones en sus mejillas y la contempló.

Era como ver a un niño dormir. Igual de cautivador, igual de dulce, igual de albergado por la responsabilidad de protección…

El crepitante fuego en su interior, deseoso por fundirse en caricias para despertarla, comenzó a amainar conformé el acto de contemplarla allí, dormitando segura en su pecho, se convertía en un vicio más enorme.

Que un ser vivo confiara así en él… Que un ser vivo causara ese efecto en él…

"Hay cosas mejores que el sexo…",le anunció algún socio enamorado y él, por supuesto que se rio mucho de ello.

Mas en ese instante…

La tierna muchacha se removió, soñando, rodeándolo con más ahínco. El efecto fue inmediato, cruel… Su aliento se redujo, el interior de su alma rota se contrajo.

¡Maldito el día en que pensó alejarla de su vida!

Un sonido persistente, ignorado por más de cinco minutos, se acrecentó de pronto. La puerta del baño se golpeteó entre rasguños al otro lado. Sin deseos de prestar atención a aquel polizón insignificante, continuó perdido con la enigmática visión puesta en su cama. Su buena fortuna terminó, sin embargo, cuando la niña en sus brazos alcanzó a escuchar los bitores de ladridos y garras en el cuarto de baño. Adormilada, la muchacha se levantó, tan perdida de la realidad como él lo había estado momentos antes. Minos la miró erguirse y estirar los brazos con pesadumbre, colocándose después del breve ritual matutino a la orilla de la cama. A punto de perderse en la contrariedad de esa imagen de piel atrayente y cabeza enmarañada, cedió a su instinto por apresarla en ese estado tan expuesto.

Se movió con sigilo y cortó la distancia hasta encerrar la cintura y sembrar un besó en la espalda descubierta.

—Buenos días…

El cúmulo de acciones sorprendió de lleno al pequeño cuerpo. La muchacha saltó, echando un grito, lanzándose directo al piso como la noche anterior.

Los ojos verdes se abrieron, incrédulos, asustados, llenos de alivio.

—No fue un sueño… —la oyó susurrar. Sonrió, complacido de que el incierto fuese igual en ambas partes.

—No, claro que no lo fue —trató de verse seguro. Bajó de la cama para ponerse de pie y levantarla de allí. Sin embargo, tuvo que detenerse, en cuanto la cara al frente se llenó de asombro, enrojeciendo al más claro tono de la sangre.

—Está… Está… —la palabra parecía decidida a no salir de los pequeños labios, mientras que los ojos recorrían su cuerpo sin reparo—: ¡Está desnudo!

Los parpados se apretaron, mientras la joven se levantaba a toda prisa, perseguida por él. La carrera terminó cuando ella consiguió llegar al baño y cerrarle la puerta en las narices sin que pudiese evitarlo. Minos tocó, con todo el puño.

—¡Sal de ahí, Agasha! Tendrás que acostumbrarte a esto, cariño… Ahora, sal de ahí antes de que pierda los estribos.

¡No, no lo haré!

La voz se oía tan decidida y, en cambio, tan llena del recato, del miedo por el descubrimiento. Un tono vacilante entre el intento de verse firme, como siempre lo fue, aunado a un intento por no sucumbir a sus órdenes...

—¡Sal ahora mismo, Agasha!

...y no dejarse llevar… No admitir que, aunque le hacía enrojecer, lo amaba precisamente por conseguir esa clase de reacciones en su ser.

Tal como en él, que, pese a que no lo admitiría nunca frente a ella, se sentía fascinado cada vez que se atrevía a contradecirlo, a ir contra sus reglas y demostrarle que había mucho más que un mundo de mandatos y seriedad.

—Voy a romper la puerta, mujer —amenazó, conteniendo su sonrisa.

¡No se atrevería! No tenemos dinero para pagar una puerta rota, señor.

La risa se oía clara en su nuevo tono decidido.

Sólo un juego… Un juego cuyas reglas habían aprendido a sólo un día de firmar ese nuevo pacto.

Un juego con sabor a compromiso, o un compromiso con sabor a juego.

Minos no lo supo, apenas estaba por descubrirlo.

Se alegraba al menos de que esa noche hubiese dormido y descansado con toda plenitud; sabía que las fuerzas para continuar en ese cotilleo de permisos y enfrentamientos serían necesarias. Sobre todo, en aquel arrecife a donde estaba decidido a llevar a su pequeño tesoro.

La puerta cedió de pronto, permitiéndole empujar suavemente al mundo que le aguardaba.

¿Para qué esperar al arrecife…?

Un pensamiento confiado, rebosante de una vida extraña, recién conocida.

Su mente atrajo una idea, una condición más para ese nuevo y mejorado negocio…

A partir de ese día, le pediría una noche así cada semana.

.

.

Sustituir el amor propio con el amor de los demás, es cambiar un insufrible tirano por un buen amigo.

Concepción Arenal

.

Muchas gracias por tu lectura.

Si lo deseas, puedes dejar tu aportación en un comentario. Si ya lo hiciste o lo harás te lo agradezco.

Y ahora, unas notas finales sobre el "detrás de" sobre El negocio perfecto en la siguiente página.

Con mucho cariño,
Liara Princeton.