Aquel callejón parecía sacado de una novela de fantasía. Mientras Helen desplazaba la silla de ruedas, provocando que los adoquines de la calle hicieran la silla temblar, Zelda no dejaba de admirar lo que había a su alrededor. Genuinamente parecía incrédula ante todo lo que tenía ante sí.

Calderos mágicos, varitas… escobas voladoras… todo parecía sacado de un sueño. Por eso no estaba dándose cuenta del traqueteo de la silla, que implicaba a Hellen mucho más trabajo del habitual. Mientras tanto, Augustine caminaba manteniendo el ritmo.

— ¿Qué tienda deberíamos visitar primero? — Preguntó Zelda, curiosa.

— Oh, creo que lo primero de todo y lo más importante es la varita, querida. — Señaló Augustine. — En Europa no somos nada sin una.

— ¿En Europa? — Preguntó Hellen.

— La magia se muestra de muchas formas, Hellen. Y a lo largo del mundo han encontrado diversas herramientas para manipularla. Hay lugares en los que ni siquiera necesitan un canal. — Sonrió. — Aunque, yo siempre he sido de la creencia de que una varita hace más sencillo aprender.

— Entonces a la tienda de varitas, ¿No? — Preguntó Hellen, algo molesta porque ya la habían pasado.

— No, antes de nada, al banco. Tenemos que cambiar divisa. ¿Trajiste efectivo como te pedí?

— Sí, por supuesto…

— ¿Tenéis vuestra propia moneda? — Preguntó Zelda.

— Sí, aunque los cálculos no son tan sencillos como con las libras y los peniques. — Comentó Augustine. — Tenemos el Knut, de Bronce. Con 29 haces un Sickle de plata, y con 17, un galeón de oro.

— Vaya… monedas de oro. ¿Cuántas libras son un galeón? — Quiso saber Hellen.

— Cuatro libras y noventa y tres peniques exactamente… Aunque oscila entre noventa y dos y noventa y siete, según la semana.

— Estás muy informada.

— Mi marido tiene negocios en Londres. — Dijo, sin darle importancia. — Cambiamos dinero a menudo.

— Vaya… no lo imaginaba. — Comentó Hellen, encaminándose hacia el gran edificio de mármol que le señaló la profesora. — Sabiendo que trabaja usted en un colegio tan lejos de la ciudad…

— Tenemos nuestros métodos… Espere, la ayudo a subir a Zelda por las escaleras.

— No. — Sentenció Zelda.

Augustine dio un paso atrás al notar el tono de la niña. Había sido firme y Hellen parecía estar de acuerdo, porque no tardó en inclinar ella misma la silla de su hija para subir los escalones. Ambas se quedaron detrás de la profesora cuando esta se encaminó hacia las profundidades del banco.

El edificio era enorme, y estaba lleno de duendes que andaban de un lado para otro o que pesaban objetos de diferentes tamaños. Zelda abrió mucho los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo por no hacer ningún comentario mientras su madre y Augustine hacían el cambio de divisas.

Decididamente ella tenía mucho mayor interés en los duendes que el que los duendes tenían en ella, y eso era nuevo. Pero no quería incurrir en ninguna falta de respeto, por lo que permaneció en silencio, cerca de su madre, mientras ella terminaba y se daba cuenta de que en el mundo mágico no conocían el concepto de billete.

Así pues, la gran bolsa de monedas acabó en el regazo de Zelda que, afortunadamente, no podía sentirlas, por lo que el trayecto hacia la tienda de varitas no supuso un gran contratiempo. Al entrar a la tienda sintieron una extraña atmósfera que las invitaba a guardar silencio.

Había cajas apiladas en estantes, pero el orden brillaba por su ausencia. Zelda tragó saliva cuando un hombre de mediana edad salió de entre los estantes y la miró. Había algo extraño y místico en su mirada que la dejó congelada.

— Veo que trae a una nueva alumna, profesora Morgan. — Sonrió. — ¿Puede decirme su nombre, señorita?

— Taylor, Zelda Taylor.

— Encantada de conocerla, señorita Taylor, mi nombre es Edward Ollivander. — Hizo una leve reverencia. — Creo que tengo justo lo que necesita.

El hombre tomó una de las pequeñas cajas y se la tendió. En su interior, había una bonita varita de color rosa con nudos. Era más grande de lo que Zelda esperaba en un principio.

— Madera de cerezo y pelo de unicornio… ventiséis centímetros… una varita de aspecto rígido, pero extrañamente flexible en las manos adecuadas… ideal para una persona de carácter firme y con convicción.

Zelda extendió la mano y tomó el objeto. En el mismo instante, el objeto le hizo sentir un extraño calor y emitió chispas doradas. No supo por qué, pero sintió cierta sensación de júbilo en sus adentros.

— ¿A la primera? Sin duda, te estás superando, Edward. — Augustine se cruzó de brazos. — Cuando vine aquí hace unos años pasé un buen rato con tu padre… casi se nos hace de noche.

— Apuesto a que usted fue particularmente difícil de leer para mi padre, señorita Morgan. — Negó con la cabeza. — Serán siete galeones por la varita, señorita.

Zelda aferraba firmemente su varita mientras se encaminaban hacia las otras tiendas. Compraron un baúl y lo llenaron con todo el material escolar que iban comprando. La profesora Morgan le lanzó un conjuro que hizo que pareciera no tener fondo.

— Bueno, necesitarás una túnica. — Comentó finalmente Augustine. — Las hacen a media en madame Malkin.

Aquella frase iba a tener más problemas de los que Augustine había previsto. Malkin solía hacer sus túnicas de forma rutinaria. Normalmente sus clientes simplemente se tenían que subir a un pequeño altillo y permanecer… de pie.

Zelda gruñó, porque lo cierto es que, apartando el incidente de la escalera del banco, había considerado aquello como un buen día. Y no sentía que pudiera culpar a la sastre… porque no había malicia alguna en su actitud, pero su visible confusión le resultaba muy desgradable.

— Escuche… estoy convencida de que puede tomar las medidas con ella sentada… — Expresó Hellen.

Augustine en aquel momento llevó la mano a su muñeca, en la que llevaba un reloj de oro bastante elegante. Emitió un suspiro y, con un giro de muñeca, provocó que Zelda se elevase por los aires.

Malkin le dio las gracias, pero Hellen estaba roja de ira y tenía los puños apretados. Zelda no dijo nada, pero la decepción era visible en su rostro mientras la modista rápidamente tomaba sus medidas y le confeccionaba las túnicas. Podía notar la tensión que emanaba de Hellen y no quería verla estallar… no sería la primera vez.

Pero Hellen fue paciente y esperó a que finalmente salieran de la tienda para encarar a Augustine y apuntarla firmemente con el dedo.

— Escúcheme bien, señorita… si me entero de que vuelve a hacer algo así con mi hija voy a acabar con esta tontería. Incluso si es necesario que aprenda magia estoy convencida de que habrá un lugar mejor para que lo haga.

— No entiendo a qué se refiere. — Augustine parecía genuinamente confusa. — Pero debe saber que Hogwarts es el mejor colegio de magia del mundo, elegir otro sería un error.

— No me importa si es el mejor colegio. Lo que quiero es que trate a mi hija con respeto, ¿Entiende? No puede usted levantarla por los aires como si fuera una muñeca.

— Trataba de ayudar.

— No quiero que me ayude. No así. — Respondió Zelda. — No necesito esa ayuda…

— Comprendo… — Augustine bajó la cabeza. — No quería ofenderte… ¿Puedes perdonarme?

— Sé que no tenía malas intenciones, profesora. — Suspiró. — Pero quiero hacer las cosas por mí misma. Y necesito que lo entiendan. ¿De qué serviría que aprendiese magia si necesitara que el resto me ayudara en todo lo que hago?

— Supongo que tienes razón. — Emitió un hondo suspiro. — Prometo que no volverá a ocurrir por mi parte.

— Rectificar es de sabios. — Suspiró Hellen. — Entonces… El uno de septiembre en la estación King Cross, ¿Cierto?

— Sí, en el andén nueve y tres cuartos… Le explicaré cómo llegar de camino.

Zelda mentiría si dijera que no había estado inquieta el resto de sus vacaciones ante la idea de empezar sus clases en un colegio mágico. Normalmente las vacaciones de verano eran su época favorita del año y odiaba que llegase septiembre.

Pero la curiosidad era demasiado grande. Cuando, el uno de septiembre, se encaminaban a la estación de King Cross, ella no podía evitar tamborilear sobre los reposabrazos. La emoción se notaba en sus rasgos mientras se acercaban a la supuesta entrada del andén.

— Si nos estampamos contra ese pilar te juro que voy a denunciar a Augustine. — Suspiró Hellen. — ¿Lista?

— Sabes que nací lista, mamá… vamos.

Hellen emitió un hondo suspiro y finalmente empezó a correr directamente contra el pilar. Afortunadamente, el choque no llegó y pudieron llegar al andén en el que un tren de aspecto clásico estaba allí, esperando. Llegaban pronto, a las diez y media, y eran de las primeras en hacerlo.

Hellen siempre había sido muy organizada y le gustaba llegar antes de tiempo. Sabía bien que nunca podía dar por hecho que las cosas funcionasen como esperaba. Lo cierto es que había sido un poco complicado subir la silla al tren, pero pudieron apañarse. Zelda se acurrucó en uno de los andenes, plegando su silla y apoyándola contra la pared.

— Aún no es tarde si quieres volver a casa, Zelda. — Le recordó Hellen, sentándose frente a ella.

— Creo que después de llegar aquí, tendría que seguir adelante, ¿No crees? — Miró por la ventana. — Quién sabe, a lo mejor cuando vuelva para Navidad sé convertirme en cuervo y llego volando.

— Cariño… — Suspiró Hellen, aún sin dejar de sonreír. — Sólo… escríbeme si me necesitas, ¿De acuerdo? Sé que te gusta hacer las cosas por ti misma, pero sigo siendo tu madre…

— Lo sé, mamá. Te escribiré si te necesito. — Asintió. — Te echaré de menos.

— Y yo a ti, pequeña… — Susurró Hellen, antes de darle un fuerte abrazo. — Te veré en Navidad.

Zelda dio un beso en la mejilla a su madre y la observó irse con el corazón encogido. Entrecerró los ojos y esperó. Quizá se durmiera de camino al colegio. No esperaba que nadie hiciera acto de presencia, y mucho menos que alguien abriese las puertas del compartimento y la sacara de su ensimismamiento.

Era una muchacha de su misma edad, que ya llevaba el uniforme escolar, a diferencia de Zelda. Le resultó extrañamente familiar. Tenía la piel bastante pálida y los ojos de un brillante color azul. Ojos que tenía muy abiertos porque parecía emocionada. El uniforme no tenía ningún color, a diferencia de los de la mayoría de alumnos que había visto pasar a través de las ventanas.

— Perdona… ¿Puedo sentarme contigo? Es que mi hermana está insoportable y el resto está lleno…

— Claro, siéntate. — Dijo Zelda, sin darle importancia. — Ten cuidado con la silla.

— Oh… — La muchacha miró el objeto un instante. — Tú debes ser Zelda.

La rubia alzó la ceja, mirándola con el ceño ligeramente fruncido ante el inesperado reconocimiento.

— Mi madre me habló de ti. — Respondió Rápidamente. — Soy Darcy, Darcy Morgan.

— Oh… Augustine es tu madre… — Racionalizó Zelda. — ¿Tú también te conviertes en cuervo?

— No, aunque mi hermana a veces parece una arpía. — Dijo, sentándose mientras dejaba escapar una carcajada. — Sólo bromeo… aunque no terminamos de entendernos.

— Dice que es habitual entre hermanos. — Susurró Zelda. — Yo soy hija única.

— Oh, debe ser muy tranquilo. — Dijo Darcy.

— Y un poco aburrido… ¿Quién es la mayor?

— Astrid… Es dos años mayor que yo. Ahora está en tercero.

— Oh, entonces tú también empiezas ahora. — Añadió Zelda. — Aunque para ti todo esto de la magia no debe ser nuevo.

— Bueno, vivimos en el Londres muggle… así que es la primera vez que estaré en un sitio donde sólo hay magos y podré hacer magia. — Darcy sonrió. — ¿Tú eres hija de muggles?

— ¿Qué es un muggle?

— Oh, es como los magos llaman a los no magos, al menos aquí en Gran Bretaña.

— Entonces supongo que sí. Mi madre no sabe nada sobre la magia… y bueno, no sé nada de mi padre así que… ni idea. — Susurró, encogiéndose de hombros.

— Tampoco es tan importante. — Darcy se encogió de hombros. — ¿Te han contado sobre las casas de Hogwarts?

— No… pero algo me dice que tiene algo que ver con el color de los uniformes.

— Muy lista, Zelda, sí. — Darcy sonrió. — En Hogwarts hay cuatro casas, cada una de ellas representa una virtud diferente. Gryffindor es para los valientes, Slytherin para los astutos, Ravenclaw para los sabios y Hufflepuff para los leales…

— Supongo que es más fácil que te emparejen con gente afín si compartís la forma de ser. — Dijo Zelda.

— Aunque si me preguntas nunca he entendido la diferencia entre astuto y sabio, si me lo preguntas.

— ¿Nunca has jugado a D ?

— ¿El juego de rol? No, la verdad… se lo sugerí a Astrid una vez, pero no le van esas cosas… se rio diciendo que había visto un dragón de verdad sólo para chincharme.

— Ah… que existen los dragones… — Zelda alzó una ceja.

— Sí, pero no cambies de tema, ¿Qué tiene que ver con D ?

— Bueno, verás… la inteligencia es la capacidad para usar la información que tienes de forma eficiente… la sabiduría es la capacidad de retener mucha información, útil o no…

— Eso tiene sentido… — Darcy se encogió de hombros.

— ¿Cómo se decide lo de la casa? ¿Hay que hacer alguna especie de prueba?

— Oh, te ponen un sombrero mágico y él decide, no te tienes que preocupar.

— ¿Y si no reuniese ninguno de los valores de las casas?

— Bueno, en Hufflepuff te aceptan aún si no eres lo bastante leal… lo cual es triste, porque hace que la gente no le tenga respeto a la casa.

— Vaya…

— Probablemente mi madre se ponga de los nervios cuando vea que voy a acabar allí.

— ¿Tan segura estás de eso?

— Escucha, no es que sea tonta, ni cobarde… pero sin duda… la mayor virtud que encontrarás en mí es que soy leal y honesta. — Pasó a susurrar en voz baja. — Para algunas personas incluso demasiado.

— Pues… a mí me parece una gran cualidad. — Zelda sonrió. — No suena nada mal ser Hufflepuff.