Capítulo V
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Iracundo
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Tres años, cuatro días.
Almuerzo de hoy: Ramen instantáneo de cerdo.
Oh, sí. No carne de vaca, no carne de pollo, ni carne de pescado. Ni siquiera era ese horroroso ramen instantáneo de verduras que le hacía comprar Himawari para que comiera un poco menos de basura.
No, no.
Hoy le tocaba carne de cerdo. Deliciosa y jugosa carne de cerdo.
Sin apagar la desbordante alegría, comenzó a dar vueltas en su silla giratoria, y por supuesto, gracias a que estaba sosteniendo el envase de ramen, la inercia del movimiento hizo que el caldo se saliera y cayera en uno de los documentos de autorización de misiones que tenía que firmar.
–Diantres.
Usó su chamarra para secar rápidamente el líquido sobre las hojas.
Para buena o mala suerte, Kakashi entró a su despacho mostrando su mano extendida.
–Ey, ¿cómo va el trabajo? –Dio pasos largos, jugueteando con el espacio que aún no se había reducido por las pilas de carpetas–. Shikamaru me llamó para que saliera de mi maravilloso retiro y viniera a ayudarte.
–Sí, uhm, tuvo un asunto con su clan, creo. –El blondo se rascó la nuca.
Lamentaba haber alejado a su maestro de las tardes de Bingo y de las aguas termales con Gai-sensei sólo para que lo ayudara con el papeleo cotidiano.
–Una excusa pobre para dormir todo el día. A pesar de que merecido lo tiene –agregó el mayor.
El Hokage concordó para sus adentros, porque poco antes de anunciar su retirada para ir a una reunión con el consejo de su clan, Nara le había dado una muy buena idea para los próximos entrenamientos que tendría con sus hijos:
–Entiendo que Boruto ya domina el modo sabio y que Kawaki está en ello también.
Naruto afirmó con la cabeza, tan emocionado como si se tratase de un logro suyo.
–Hemos entrenado muy duro en eso. Básicamente es la única forma en que hemos logrado entrenar los tres casi en igualdad de condiciones.
El hombre de pelo en piñado, sin despegar la vista de él, se tomó el mentón con la mano derecha y golpeó con sus dedos zurdos en el escritorio.
–Está bien eso, aunque si sólo así pueden pelear como iguales entonces los harás depender de esa técnica. Eso no traerá nada bueno.
Ahora fue el hombre con rayas en las mejillas quien comenzó a imitar a Shikamaru, tomando su mentón y golpeando el escritorio con los dedos.
–Mm, realmente nunca lo había pensado así.
En ese interludio, Naruto notó en su interior que algo había despertado a Kurama de su siesta. El animal estiraba sus patas aún encamorrado, mas curioso de la conversación que tenía con Shikamaru.
–¿Por qué no hacen una apuesta? Nada de modo sabio, entrenarán nuevas técnicas de taijutsu y ninjutsu. Quien no lo haga, pagará tres meses de trabajo.
–¡¿Tres meses?! –Una gota cayó por su frente. ¿Acaso estaba bromeando? Mientras tanto, Kurama estornudó desorientado.
–Será desafiante y apropiado para su crecimiento shinobi. Deberían incluir prácticas de estrategia. –Así, el pelinegro alzó una ceja–. Hmp, sería una burla que les digamos en la academia ninja que deben aprender por lo menos cincuenta técnicas base para ser genin cuando ni siquiera el Hokage sabe usar más de diez.
De acuerdo, Shikamaru le había dado justo en el orgullo y esa era razón suficiente para no negarse a un reto como ese. Así que aquella misma tarde, Nara le pidió ayuda a Himawari para que con un sello de juramento los tres varones Uzumaki firmaran que ninguno utilizaría el modo sabio durante tres meses. Si desaparecía una firma, significaba que al que le pertenecía había roto el juramento. Shikamaru, sería el árbitro de la apuesta, después de todo, él era el que validaba la paga al Séptimo Hokage.
–Entonces... ¿Qué pendientes hay? –agregó Hatake, al ver que su ex alumno se había quedado en blanco.
Uzumaki señaló a una montaña de papeles entre su escritorio y la ventana que parecían competir con los mismos montes donde se encontraban los rostros Hokage.
–Los pendientes, Kakashi-sensei.
El espantapájaros es alguien muy peculiar. Desde hace algunos años que Uzumaki sentía que su maestro había cambiado un poco de cómo solía comportarse. Reflexionándolo a fondo, tal vez él había estado cambiando a partir de pequeños instantes; por ejemplo cuando venció a Pain y lo llevó en su espalda con orgullo; o cuando venció a Sasuke y lo miró con algo acuoso que parecía ser agradecimiento; y cuando fue su primer día en la oficina como Hokage y lo recibió con globos y listones; o cuando nacieron Boruto y Himawari y su maestro los sostuvo en sus manos con vergüenza y fascinación; y finalmente, cuando hace tres años lo cubrió con una suave comprensión, tanto que cada vez que cometía un error en el papeleo, el Sexto hacía de todo para no reprenderlo, no importaba que tan grave fuera.
Aunque... Tal vez Kakashi Hatake no había cambiado con los años, sino que le había mostrado más aspectos de él que no le había mostrado a nadie más.
–¿Qué?¿Acaso ya perdió la práctica, sensei? –Una mueca zorruna adornó sus mejillas.
El susodicho resopló. Tendría que hacer una llamada, iba a llegar tarde al Bingo.
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Tres años, seis días.
Almuerzo de hoy: Ramen instantáneo de res.
Actualmente no había tanto trabajo, hasta podía tomarse treinta minutos para dar un pequeño paseo en la aldea. Para un dirigente de su calibre, era sano observar que sus habitantes estuvieran viviendo bien y a su vez saber qué cosas tendrían que mejorar. En su camino, una linda abuela que apenas le llegaba a su cadera le cortó el paso, lo observó con detenimiento y le indicó con su dedo índice que se acercara. Naruto bajó para estar a la altura de ella, quien a su vez aprovechó para tomarle de las orejas y apretarlas con dulzura.
–Eres un buen muchacho.
Y así de la manera en que llegó, la ancianita se fue. el ojiazul se frotó las las orejas con algo que él llamaba "dolor alegre".
Luego fue al hospital a visitar a Sakura, hace meses que no tenían una conversación decente.
–Tienes suerte, es mi hora de descanso –dijo ella después de que se sentaran en una mesa del área de comedores del hospital. Sakura tenía su bandeja de almuerzo–. ¿Y bien?
–Lo de siempre, ya sabes, firmar permisos aquí, informes allá. ¡Pero mira! –Levantó ligeramente su blusa negra–. Compré estos parches que calientan la espalda.
–¿Para qué?
A Naruto le ofendió que el rostro de su amiga claramente dijera: "Qué compra tan inútil".
–Estar casi ocho horas sentado no es fácil. Además siempre he sido muy ahorrativo, créeme, cuando compro algo es porque lo he meditado días atrás.
–Cierto –Sakura rió cantarina, como si sus jade en lugar de mirar al cielo se hubieran perdido brevemente en el pasado–. Recuerdo aquella vez cuando volvimos a Konoha después de la misión al País de las Olas, te pusiste a llorar como bebé porque perdiste tu monedero en el camino. –Ella se guardó un mechón de cabello detrás de la oreja, para después colocar su mano bajo la barbilla–. Al siguiente día, Sasuke-kun te lo dio estirando el brazo tanto como fuera posible, como si en realidad no fuera importante el hecho de que él lo buscó en el bosque durante la noche hasta quién sabe qué hora.
La expresión del hombre se tornó nostálgica.
–Ja. Así que recuerdas eso.
–¡Claro que sí! ¿Cómo no iba a hacerlo?
–Pero no recuerdas cuando en el camino a Konoha, Sasuke antes me había empujado al acantilado porque "según él" yo estaba metiéndome en su frente mientras caminábamos, y que por eso perdí a mi ranita come monedas. Parece que tus recuerdos están sesgados para mantener a Sasuke siempre como el príncipe, ¿no, Sakura-chan?
Las mejillas de la peli rosa se coloraron.
–Por, Por supuesto que no. Claro que también recuerdo eso. Además, esos son detalles, no era el punto del que estábamos hablando.
Él bufó con una suave sonrisa, luego extendió sobre la mesa un pequeño ramo de árbol de cerezo con un listón rojo en el tallo.
–Para ti, de parte de Sasuke y mía. –Sakura la tomó con los párpados bien abiertos–. Gracias por cuidar de nosotros.
–No es nada –negó con la cabeza baja, avergonzada, aferrándose al ramo.
El rubio mostró su alegría con todos sus dientes.
–¿Y bien?...
Esa era la frase clave para que ahora ella contara sobre su día. La peli rosa sacudió el enternecimiento que sentía hacia su mejor amigo y habló jovial:
–Ah, bueno, hace días entró un paciente muy huraño, no quería que le hiciéramos exámenes de nada. Entonces, al ser la NUEVA JEFA GENERAL DEL HOSPITAL DE KONOHA, uff, ¡Me encanta como suena eso!, tuve que convencerlo de la manera más ética posible.
–Le gritaste.
–Le grité.
Después del almuerzo, Sakura tuvo que volver al trabajo por un llamado de emergencia de unos hombres que habían tomado demasiado sake por un concurso de ganar diez botellas gratis. Por eso, el Séptimo vio que ya era hora de regresar a su oficina. Era mitad de semana. Era el día en que Kotetsu o Izumo venían a darle el informe de registro de entradas y salidas a la aldea.
–¡Ey, Izumo!¡Al fin llegaste! No tienes idea cuánto he esperado este momento del día. –El Séptimo se levantó en un salto de su asiento. Izumo y Kotetsu tenían un nuevo pasatiempo: Clases de repostería. Últimamente le vendían unas galletas tan deliciosas que le apenaba admitir que se las terminaba antes de llegar a casa para no compartirlas con las bestias y, si acaso le sobraban, las guardaba bajo llave al fondo del tercer cajón de su escritorio–. ¿De qué tienes ahora?¿Chocolate?¿Matcha?¿Zanahoria?
Siendo un shinobi experimentado, Izumo trató de mostrarse impasible, más no pudo evitar que sus hombros respingaran al olvidar algo tan esencial.
–No hice galletas esta vez –su voz salió corta y expectante, igual que un robot–. Lo siento.
Las iris de Naruto se llenaron de decepción.
–Ah, está bien. Supongo que será para la siguiente semana. –Demonios, de verdad quería comer esas galletas–. ¿Cómo ha estado la vigilancia, eh?¿Algo interesante?
Izumo le entregó la decena de hojas que sostenía.
–El informe –sonrió para el Hokage, no obstante, una gota de sudor le resbaló por delante de la oreja.
–¿Estás bien? Te ves algo pálido.
–Ah –tragó saliva–. ¡Claro que estoy bien! Sólo estoy cansado, no he dormido bien.
–No me digas, otra vez Kotetsu roncando como sapo. ¡Ponle una almohada en la cara o algo! Aún no entiendo por qué duermen en una misma cama.
Izumo sonrió de forma estirada.
–Sí, bueno, tengo que irme. Que tenga un buen día Hokage-sama.
Se dirigió a la puerta de la oficina con brazadas rígidas, sin mirar atrás.
–Eso... Fue raro-ttebayo.
Kurama removió su nariz al detectar la suave esencia.
–Lo fue –gruñó él.
De pronto, sonó el teléfono alámbrico
–¿Hola? Ah, Hima, eres tú... ¿Ya funciona la luz? ¡Uah, qué alivio! Iba a ser molesto encargarme de eso. ¿Kawaki lo arregló?... Sí, lo recuerdo. Cuando salga iremos a comprar más pintura y comida para Bigotes. Uh-hum.
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Tres años, diez días.
Almuerzo de hoy: Cangrejo a la alga. Y ramen.
Ese día Kawaki y Himawari le habían preparado su bento de cangrejos y algas para el medio día. Fue una explosión cangrejuda en su panza, algo diferente para la rutina. Por ello, después del trabajo, quiso mostrar su agradecimiento, pese a que el pelinegro se mostró un poquito inconforme.
–No. No entraré. –Se cruzó de brazos.
–¡Vamos! Ya ha pasado mucho tiempo desde que-...
–No.
–Kawaki, por favor –suplicó ella con las manos entrelazadas.
–Basta –dijo para luego virar otra vez al letrero del local. Dio una inhalación con un imperceptible estremecimiento y luego fijó la vista en ellos–. Me voy.
La peli azul agarró su antebrazo antes de que escapara e insistió:
–Sólo esta vez ¿si? Prometo que no pasará como en aquella ocasión.
Naruto sabía que el moreno era alguien resuelto. Normalmente no se quedaba con las cosas del pasado, ni temía revivir experiencias que algún día fueron desagradables. Todo lo contrario. Por ejemplo, tal vez uno no equivalente a la ocasión, fue cuando su hijo comió por primera vez el okonomiyaki, le supo horrible y aún así no pasó un año cuando volvió a probarlo como si no lo hubiera hecho antes, aunque incluso así le supo horrible. Para colmo, contra todo pronóstico, seis meses después volvió a comerlo.
Es decir, aún y con su personalidad tan presente, el muchacho se había rehusado a entrar a Ichiraku desde hace cinco años que se alteró, rompió mesas y platos, derramó los bowl de demás comensales y casi asesinó a la mesera de no ser porque Naruto logró detenerlo. Algo de ese episodio había despertado viejos recuerdos en él, o eso les pareció a los Uzumaki. Tal fue la experiencia de descontrol que siempre que la familia deseaba comer el mejor ramen del mundo ninja, Kawaki se quedaba en casa.
–Entremos –perseveró el Uzumaki mayor–. Estaremos bien, confía en mí.
El pelinegro hizo una mueca como si la petición de su padre fuera una penitencia de muerte. Los dos miembros de la familia lo observaron apretar y liberar sus puños, raspar su sandalia ninja contra el cemento del suelo y fijar su vista hasta las mesas del fondo, probablemente esperando no reconocer entre las mesas a la mujer que los había atendido.
Entonces notaron que su vista se desvió al pasillo de la entrada de Ichiraku, donde se encontraban colocados recuadros de las personas reconocidas por el local, una en particular, bordeada con flores blancas y listones negros, con el premio a la mayor cantidad de tazones de ramen comidos en la historia.
Tragó saliva y cerró los ojos, vencido.
–Bien, pero sólo un plato.
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Tres años, catorce días.
Almuerzo de hoy: Ramen instantáneo de pollo.
Justo se estaba llevando los palillos a su boca cuando miró el bote de basura al lado del escritorio, mismo que se encontraba lleno de envases desechables de ramen usados los días anteriores. Recordó con pesadez cómo Nara, quien había pedido días libres para ponerse al corriente con asuntos de su clan, le dijo que el aroma a fideos estaba impregnándose en la oficina.
–¡Tonterías! Siempre dejo la ventana abierta para que el olor se vaya. –Había dicho el Hokage, para después olerse a sí mismo el traje–. Te has vuelto muy exagerado últimamente.
Las facciones del consejero parecían denotar cuidado mientras sus dedos golpetearon al costado de su pantalón.
–No me digas. Apuesto a que al menos una persona que ha pasado por aquí ha puesto la cara rara, y apuesto aún más que no te ha seguido la conversación para no comprobar el hedor que sale de tus dientes, y apuesto aún mucho más que ha querido salir lo más rápido de la habitación. –El rubio rememoró a Izumo y a su comportamiento extraño hace unos días. También cuando fue a comprar las flores de cerezo para Sakura en la florería, Ino le había dicho algo tipo:"Ya deja el ramen Naruto"–. ¿Acerté?
El rubio gruñó.
–¡Por supuesto que no!
Cuando Nara se fue, dejó a Hatake en su lugar, para apoyar al Hokage en documentos que tenían que ver con gestión, los cuales aún tenía dificultades para adecuarse a ellos debidamente.
–Ya debería estar aquí –dijo al ver el reloj, con los fideos resbalando de sus labios.
Cerró la ventana cuando terminó de comer y NO había necesidad de tenerla abierta más tiempo porque él y su oficina NO olían a ramen. Comenzó a ordenar unas cuantas carpetas cuando su maestro entró.
–¡Llegas tarde Kakashi-sensei! –Se preguntó en sus adentros por qué actuaba como si le sorprendiera–. Mira que debiste llegar hace cuatro horas.
–No creí que me necesitaras tan pronto. Así que me tomé la mañana libre –dijo con un tenue levantamiento de labios bajo la máscara.
–Bah, olvídalo. Tengo que firmar un par de papeles sobre un cambio en el horario de vigilancia en el muro oeste de dos grupos shinobi, pero no entiendo el motivo por el que se están cambiando.
–Déjame ver eso. –El peli gris se acercó, tomó los papeles y los leyó detenidamente. Uzumaki esperó sentado y paciente–. "Reestructuración del Ala veintidós"... Recuerdo que hace unos días firmamos la baja de un shinobi del Ala veintidós, debe ser por eso que con el Ala veintitrés decidieron cambiar de horarios. –Le entregó las hojas–. Si tienes dudas, llámalos y verifícalo.
El susodicho sintió.
–Debe ser eso. Gracias sensei. Esa pequeña pila sobre la caja aún no la he revisado, puedes hacerlo mientras tanto.
Leyó nuevamente los papeles y luego los firmó. Fue cuando alzó la vista y vió a su maestro frente a él sin haberse movido un ápice, con una mirada que aparentaba serenidad.
–Naruto.
–¿Si?
Notó que su mandíbula bajo la máscara se apretó un segundo para luego soltarse en una especie de risa suave.
–Olvídalo, no es nada. –Le dio la espalda para caminar hasta tomar la pila de papeles–. Es ésta, ¿cierto?
Kakashi se sentó en el sofá que se encontraba entre la puerta y su escritorio, pegada a la pared y empezó a revisar.
A continuación, Naruto volvió a abrir la ventana.
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Tres años, dieciocho días.
Almuerzo de hoy: Onigiris de salmón.
Había quedado con Boruto y Kawaki que aquella tarde les daría una clase sobre cómo ser un novio romántico.
Primera lección: Preguntar, no parlotear. Sakura se lo había enseñado con ahínco para su segunda cita con Hinata, porque "por más que tu contraparte no lo diga, escucharte hablar por más de diez minutos seguidos puede cansar incluso a una persona tan paciente como ella". Boruto pensó con cansancio –a pesar de ser apenas el comienzo– que al menos eso le sería útil. Kawaki pensó que podría hacer cualquier otra cosa en ese lapsus que estar escuchando tonterías que nunca pondría en práctica.
Segunda lección: Nunca intentar abrazar, besar o poner las manos en los ojos de su novia desde atrás por sorpresa, o sino cerraría tus puntos de chakra al confundirte con un enemigo. Boruto pensó que nadie tan tonto como su papá se le hubiera ocurrido hacerle eso a una mujer como su madre, ni siquiera él con Sarada. Kawaki pensó que lo dicho le habría sido de utilidad cuando empujó con su mano la espalda de Himawari cual un gesto de cariño después de haberla encontrado ensimismada observando las estrellas desde la sala.
Tercera lección: Cuando el inodoro te llame y ella esté justo a lado esperando a que salgas, debes hacer por cualquier medio posible que ella no oiga tus explosiones ni huela el polvo café maloliente, porque si llega a oírte u olerte, una parte de lo que te hacía romántico se perderá para siempre. Y así, incluso de casados, cada vez que ella lo sepa, tu romanticismo se irá perdiendo y perdiendo hasta el punto en que a ti ya no te importe ser el Señor Feudal del Inodoro para ella. Boruto pensó que tal vez esas lecciones no eran para ser un novio romántico, sino para alguien tan asqueroso como su padre. Kawaki pensó que la señora Uzumaki fue más fuerte de lo que había creído.
Las lecciones siguieron hasta el punto en que fueron a comprar mucho té para enseñarse a tomar recatadamente sin sorber ni chasquear el agua. Incluso fueron a la florería de Ino e interrogarla para saber qué flores representaban el resentimiento y la infidelidad para nunca regalarselas a la novia. Pero la gota que derramó el vaso, fue la última y la más importante.
Fueron a la farmacia del hospital.
–Viejo, por favor –el rubio menor arrastró las palabras.
Compraron un plátano.
–Es necesario. ¿Qué clase de padre sería yo si no te enseño lo básico?
Y se aseguraron de que la fémina Uzumaki no estuviera en el departamento.
–Enséñale a Kawaki entonces.
–Esta lección no le hace falta. –Los hermanos arquearon una ceja, uno confundido, otro cínico–. Sólo tienes que ponerlo así, ¿entiendes?
–Agh.
–Y sólo hasta que estén unidos en matrimonio.
–¡Papá! –Su cabeza estaba roja, rojísima cual tomate.
Naruto rió.
–Justo ahora te pareces mucho a tu madre.
–¡Qué diantres! ¡¿Por qué tienes que decir eso en un momento como este?!
–Intentalo tú. ¿O quieres que te lo explique otra vez?
–¡¡No!! Ya entendí, ¿¡si?! Esto se acabó.
Boruto salió corriendo del departamento azotando la puerta.
El mayor exhaló resignado.
El oji gris pensó que era increíble que el Hokage hubiera tenido tan sólo dos hijos.
–Oye. –Tomó el círculo de látex entre sus dedos y se acercó a la fruta con la otra mano–. Lo pusiste al revés. Se pone así.
Y colocó la zona sobresaliente del círculo fuera de la punta del plátano.
La cabeza de Naruto se volvió roja, rojísima.
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Tres años, veintidós días.
Almuerzo de hoy: Ramen instantáneo de verduras.
Ibiki Morino era de los pocos shinobi de la tercera generación que no se había jubilado. Y que no pensaba hacerlo hasta el día en que muriera.
Había sido una gran ayuda para tratar con temas de Rango S. Y pese a que nunca compartió el entusiasmo de hacer de Konoha y su gobierno un lugar más transparente y compasivo, cada que abolía una práctica de interrogatorio o cada que daba la orden de ejercer lo más digno y humano posible, Ibiki lo realizaba sin chistar: A su forma, claro.
–¿Cómo que Ibiki se tomó el día?
–¿Eh?
–Hoy era la junta para reconfigurar los límites de tortura en la interrogación. –Colocó sus puños en las caderas, sosteniendo en un hueco que dejaba el brazo y el torso una carpeta de documentos dirigiéndose al muchacho asistente de Morino–. ¿Por qué precisamente este día decidió que era buena idea faltar al trabajo?
Shikamaru bostezó.
–¿Sabes? Iré a tomar una siesta en esta… –Bajó su vista a su reloj de mano–. Hora libre.
Salió del lugar con aire cansado. Segundos después de perderlo de vista, el asistente, el joven Kato, balbuceó.
–Mm, bueno…
–Ese viejo cascarrabias. Creí que estábamos de acuerdo en que teníamos que ser progresivos con los cambios, pero no, él cree que hacer sufrir hasta la conmoción va a sacar información. ¡Los tiempos cambian! ¿¿Qué es lo que no entiende??
–Este, Hokage-sama… –Quiso interferir Shikadai, quien había decidido observar hasta ese instante el conflicto entre el Hokage, su compañero de trabajo y su jefe ausente, además de la escapada táctica propia de la pereza de su padre.
–¿Quién demonios le dio la autorización para faltar a la reunión?
Kakashi le había hecho recordar esa reunión durante semanas. Normalmente, Naruto no se preparaba para las reuniones que apuntaba en una olvidada agenda de Hokage, pues una parte de su mente no consideraba importante tener la noción del tiempo sobre un evento que no iba a atender dentro de varios días. Sin embargo, su maestro insistió tanto sobre su precaria seriedad como el jefe de la aldea, que se preparó una semana antes para tener listas las propuestas para dejar el protocolo añejo de interrogación atrás.
Y precisamente ese día era cuando se le ocurría al jefe del departamento faltar.
Shikadai intercambió sus pupilas de izquierda a derecha.
–Usted, señor.
Naruto parpadeó diez veces.
–No, no lo hice.
El asistente parpadeó nueve veces.
–Err, bueno, nos había llegado un correo de parte de la oficina del Hokage en que daba por sentada la ausencia de Ibiki-san.
–¿Un correo? No recuerdo haber leído o respondido algo como eso. –El Séptimo vió que Shikadai se había sentado en la silla de su cubículo con la vista aún crítica en la situación. Al parecer se había cansado ya de estar de pie–. ¿Cuál fue la razón?
–Realmente no lo sé. Aunque puedo llamarlo y preguntar –sugirió Kato.
Naruto asintió en aprobación.
El asistente tomó una libreta en la que parecía ocupar cual directorio. Marcó los números del teléfono alámbrico, sonó un leve filo de sonido de espera que duró lo que tenía que durar.
–No está en su casa. –Apenas colgó el teléfono, este comenzó a rinrinear anunciando su coincidencia. El novato lo tomó y lo puso en su oreja–. Departamento de interrogación de Konoha. Oh, sí, por supuesto. –Le tendió el teléfono–. Es para usted.
Confundido, el Séptimo tomó el comunicador y lo acercó a su oreja.
–¿Sí?
–Naruto, soy yo, Ibiki. Llamo para decirte que estoy en cama.
La culpa comenzó a asomarse como un piquete de conciencia en Uzumaki.
–¿Qué te sucedió?¿Todo bien?
–Un horrible malestar estomacal, es todo.
La posibilidad de haber actuado como un terrible jefe, hizo que hablara rápido, con un tono irritablemente dulce y sin pensarlo mucho.
–Oh, ya veo. Espero te recuperes pronto dattebayo. No te preocupes por la reunión, la retomaremos después.
Luego la voz grave, tosca y escueta de habilidades sociales de Ibiki se escuchó en la línea.
–Sí, gracias. Adiós –colgó.
El ojiazul frunció la barbilla. Eso no sonaba igual que alguien angustiado por haber faltado a una importante reunión o siquiera agradecido por haber tenido el permiso del Hokage, no por correo, porque él estaba seguro de que no había visto nada en la computadora un correo de Ibiki, sino por teléfono, que casualmente había sonado en ese instante y que casualmente era para él de Ibiki Morino.
Naruto regresó a su oficina y encontró a su consejero sellando informes de misiones de genin.
–¿Puedes creerlo? Ibiki fingió estar enfermo del estómago para cancelar la junta.
–¿En serio? –Levantó la vista y volvió a bajarla con una sonrisa incrédula–. Que viejo cascarrabias.
–Sí, digo, ¿"Un horrible malestar estomacal"? Él es del tipo de persona que en su lugar diría que no era de mi incumbencia y que nos veríamos en el trabajo.
–Bueno, menos mal no fue a causa tuya.
El rubio notó que a su amigo se le tensó el cuerpo.
–¿A causa mía? –Notó también que puso los ojos en blanco y siguió sellando los informes como intentando aparentar que no había dicho nada–. Suéltalo Shikamaru.
El pelinegro puso su frente sobre el escritorio, para luego alzarla y encararlo, mientras tamborileaba con sus dedos.
–La gente ya está hablando. Yo estoy acostumbrado pero te aconsejo que dejes de comer ramen por una época, porque a donde quiera que vas arrugas narices y haces a los ojos de tus shinobi llorar. –El pecho del Hokage saltó de vergüenza. ¿De verdad la gente creía que apestaba?–. Ibiki, entre ellos. ¿Sabías que es alérgico?
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Tres años, veintisiete días.
Almuerzo de hoy: Ramen de Matsutake. Cualquier cosa con Matsutake .
Esa tarde, después del trabajo, quedaron de ir a la mika. Tuvo que pedirle a Shikamaru salir temprano y había accedido por supuesto, no sin antes preguntarle a prisa qué iba a hacer esa tarde: "A cazar hongos Matsutake", contestó sonriente, "y a dejar otras cosas del apartamento a la casa antigua". Fue ahí cuando Nara dejó de ser el viento para regresar a ser una nube.
Porque, ja, Shikamaru y la prisa nunca iban juntos.
Aquella vez después de que ganaron la batalla de meter al aguafiestas en el río del bosque y después de exponerse al sol cual lagartijas para secarse las prendas, cuando fueron de regreso para visitar el cementerio descubrieron que a cien metros de distancia del cuerpo de agua se encontraba una mika abandonada.
La madera de sus paredes y pisos estaba roída por las estaciones del año, algunas ventanas estaban rotas por las intensas lluvias del verano que aún no llegaba, las telarañas fueron vistas a cada esquina, sin muebles visibles más que una mesa con dos sillas cubiertas por el polvo y un par de futones gigantes doblados en una de las cinco habitaciones en total; lo que debería de ser la sala de estar; la cocina; un baño; y dos dormitorios.
Un lugar estancado en el tiempo que ni siquiera la Konoha moderna derrumbaría con un soplido.
La sensación que le había generado a Naruto fue el de una casona de terror donde con cualquier descuido el fantasma de una abuelita se le acercaría a susurrarle cosas turbias al oído. Kawaki por otro lado fue el osado del grupo, yendo y viniendo de habitación a habitación, incluso llegó a descubrir un pozo rodeado de piedras en la parte trasera de la casa. Himawari al tener entusiasmo de descubrir qué más había en la casa como los futones, el horno y un sartén en la cocina, decidió no separarse de la espalda del pelinegro para que él evitara las telarañas por ella. Boruto, quien salió de la casa alegando que era alérgico al polvo justo después de saber que habría una abuela fallecida que susurraba cosas sucias, encontró el lugar favorito de los Matsutake para crecer, gritando a los cuatro vientos que había encontrado el tesoro perdido.
Y como si un foco se les prendiera sobre la cabeza a los cuatro, decidieron que adecuar la mika como su nuevo hogar sería su próximo proyecto en familia.
Durante esos días habían ido un par de veces los cuatro para barrer la tierra, lavar los futones, quitar las telarañas, hacer funcionar las tuberías del agua del baño, poner grandes velas en toda la casa además de limpiar el techo de lodo, hojas y ramas que caían de los árboles a su alrededor.
Kawaki se había ido de misión mientras ellos decoraban la mika con las plantas del departamento, trajeron otro par de futones, un poco de ropa, dos sillas que habían comprado de segunda mano y una mini estufa eléctrica que intentarían enchufar, aún cuando la casa no tenía ni siquiera instalado el cableado de corriente.
–Bien, ¿con qué diablos vamos a cocinar? –instigó el varón de dos marcas en las mejillas, quien había buscado en los rincones de la casa una entrada de enchufe.
–Usemos el horno de barro –sugirió la peli azul–. No creo que sea tan difícil de aprender a usar.
Boruto suspiró.
–Traeré madera. ¡Viejo! ¡Ayuda a Himawari!
–No necesito ayuda –reprocha con el labio inferior levantado.
–Él seguro sabe más de estas cosas, ha vivido demasiado. Además, no quiero que te vayas a quemar en uno de los intentos tuyos de encenderla. –Salió en dirección de la entrada de la casa, mientras se oían los quejidos de la oji azul contra él. Cuando el rubio de dos marcas en las mejillas llegó al pasillo donde se colocaban los zapatos, su expresión se irritó por completo–. ¿Qu-?, ¿Sigues con esa cosa?¿De verdad pediste permiso para salir del trabajo temprano sólo para acomodar una planta?
–Es importante. –Su mirada estaba fija en la maceta, la cual movía lento y preciso con sus manos para dejarla en una posición donde le diera el sol en la mañana y que a su vez no la quemara durante el resto del día–. Debe estar en el lugar perfecto para recibir nuestra llegada. Ha crecido bastante, aunque no ha tenido más retoños. Sigue siendo sólo un helecho.
Boruto rodó los ojos.
–Uhum, sí, es fantástico. Ve con Himawari y ayudala a averiguar cómo funciona el Kamado.
–¡No necesito ayuda! –Escucharon a lo lejos.
El novio de Sarada dio media vuelta hacia la puerta principal.
–Ahora vuelvo.
El padre se quedó con su helecho. Quedaba bien en el mueble en donde pondrían sus zapatos y sandalias ninja. La dejó allí y se dirigió al área de la cocina donde la cabeza de su hija estaba metida en lo que debía ser el horno.
–No necesito…
–Ayuda, lo sé-ttebayo.
–Odio cuando Boruto-niisan se pone así. Ya soy mayor de edad y soy kunoichi. Una pequeña quemadura es nada. Me sigue viendo como una niña. Ni siquiera ha querido entrenar conmigo, nunca ha aceptado hacerlo, nunca a menos que tuviéramos menos de diez años. No entiendo de qué tanto miedo tiene, no soy tan débil como ustedes creen.
Las cejas de Naruto se levantaron con sorpresa.
Su hija se sentía relegada y subestimada por ellos y él no había tenido idea.
Pero por supuesto, ¿cómo no había visto antes que Boruto a partir de que salió de la academia ninja, detuvo sus entrenamientos con Himawari y la familia Hyuga? Tal vez creyéndose con una gran brecha de poder sobre la de su hermana; y que Kawaki en el pasado había estado más ocupado en pelear con Boruto y demostrar al Séptimo que podía ser digno de vivir a su lado, y que actualmente se la pasaba renovando su racha de misiones o renovando la nevera cada semana; y él, Naruto Uzumaki padre de Himawari Uzumaki, nunca se había mostrado interesado en participar activamente en su camino ninja, ni siquiera un "ey, ¿qué tal si practicamos ese flujo de chakra?" o un "¡Wow, justus de sellos como los de tu abuelo! A ver, atacame con el más fuerte que tengas".
¿Por qué? No lo sabía. No lo sabía porque apenas y se percató ahora que diferenciaba a su hija de sus hijos y que al parecer para él Himawari no era nadie más que su princesa de los girasoles y no una tenaz kunoichi que lo único que anhelaba era ser reconocida por los varones que conformaban su familia. Oh, por Kami. Había sentido tan natural el hecho de que Himawari sólo entrenara con su madre y su tía Hanabi, que nunca se preguntó el por qué él no debería involucrarse.
Otra faceta que agregar a la lista de Naruto Uzumaki… El sexista por ignorancia hacia su única hija.
Pero ya no más.
–Yo entrenaré contigo este fin de semana –espetó sin deseos mínimos de retractar su palabra, porque de ahora en adelante debía compensar su falta y reemplazar una descripción de su lista por "El padre orgulloso de la ninja más habilidosa que cualquier otra u otro, Himawari, su princesa kunoichi de los girasoles".
La cabeza de la fémina salió del hueco hecho de barro, en conjunto con unos ojos rebosantes de ilusión.
–¿De verdad?
Él confirmó en repetidos movimientos de cabeza.
–De veras.
La sonrisa de ella se ensanchó más, gateó hacia él y lo abrazó con fuerza. Cual pegamento entre sus ropas, ella se despegó de su padre con esfuerzo sin desaparecer sus dientes a la vista, se levantó y procedió a meter los hongos en la olla oxidada mientras tarareaba una canción rosada igual que su ánimo.
Naruto rió a sus adentros mientras la observaba en su quehacer, para que después su rostro se volviera serio. Sabía a cuanto llegaba la sinceridad y amabilidad de su hija, por lo que decidió preguntarle a ella y a nadie más la inseguridad que estaba surgiendo de él.
–Himawari.
–¿Mm?
–¿Yo tengo… un fuerte hedor a ramen?
Ella inclinó su cuello a un lado.
–Para nada otou-san, o tal vez un poco a veces. Más bien, yo diría que tú hueles a hojas de papel y a pasto movido por un intenso viento –dejó sonar en eco.
El de pupilas de zafiro se rascó la nuca en señal de alivio.
–Ah, que bien que huela así para ti.
–Por otro lado, Boruto huele a tierra mojada y al perfume de rosas de Sarada-chan. Kawaki huele a ropa recién lavada con un toque de ceniza en rojo vivo. –La mujer se detuvo para dirigirse a él cómo si hubiera recordado algo importante–. ¿Sabes? Es curioso. Justo hace una semana Inojin había hablado sobre que Shikamaru-san le había hecho decir a Ino-san que dijera que tú olías a ramen con la excusa de que dejaras de comerte uno diario. Lo cual me pareció una gran idea, mamá y yo siempre te hemos dicho que te enfermarías por comer tanto ramen instantáneo en el trabajo.
–¡Qué! Así que eso fue. –¡Condenado Shikamaru y sus mentiras blancas! Se tomó la frente al tomarle por fin sentido–. ¡De verdad estaba asustado! Pensé que le estaba arruinando las narices a medio mundo y que por eso se alejaban de mí. Sobre todo a Ibiki, que es alérgico al ramen y seguro está enfermo por mi culpa.
Como si lo hubieran llamado, el primer Uzumaki en nacer apareció con ramas en sus brazos y rió a sus espaldas.
–Ibiki-san no es alérgico al ramen. Desde que Shikadai trabaja con él, ha visto cómo le ha pedido a su asistente al menos una vez por semana que le traiga un tazón de Ichiraku. Dice que para Ibiki-san es una especie de gusto culposo. –Himawari intentó quitarle las ramas, mas Boruto se lo impidió alzándolas más allá de su altura–. Ah-hah, yo las enciendo.
–Tonto Boruto-niichan –resongó pisando fuerte el suelo de madera.
Calentaron la olla con agua del pozo, añadieron col y alguna que otra especia para hacer un caldo de Matsutake que comieron aquella tarde especialmente calurosa. Himawari bromeando acerca del lápiz labial marcado en la comisura de la boca de Boruto el día en que Sarada se había ido a una misión, y éste mofándose de regreso sobre los gustos excéntricos que su hermana tenía para con los hombres. Naruto por otro lado, no dejó de pensar en las palabras de sus hijos durante toda la tarde.
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Tres años, treinta días.
Shikamaru oculta algo.
Está bien, lo veía, algo no cuadraba.
No sabía qué era exactamente, pero le rugía la panza en un aviso de que algo no estaba yendo bien.
Lo conocía desde que eran unos niños y su comportamiento siempre había sido relajado, pensativo y confiable; como si no hubiese necesidad de recordarles que eran un equipo, que todos se protegerían unos a otros, que no importaba que Nara no les dijera todas las respuestas, porque al final él hallaría la oportunidad para hacérselas saber.
No obstante, cuando Shikamaru se volvió su consejero, notó que en ciertas ocasiones él guardaba para sí las respuestas y actuaba en consecuencia a su espalda. En esas ocasiones, su amigo se volvía ausente, esquivo y callado. A Naruto le molestaron aquellas ocasiones, igual que cuando Nara junto con Sasuke espiaron a la Aldea Escondida entre las Rocas por el miedo a que estas comenzaran una guerra que rompiera el tratado de paz. Le provocó un grave problema diplomático que por fortuna no pasó de un descontento de todos los Kages, incluyéndolo a él por supuesto.
Y aunque desde aquella ocasión Shikamaru no había tomado acciones por cuenta propia, durante este último par de días estuvo pensando en que tal vez lo estaba haciendo de nuevo.
Recapitulando, de un día para otro su mano derecha sólo pasó a su oficina en la mañana para ver los pendientes y en la noche cuando terminaba la jornada. Eso si es que no había pedido sus días libres, que según su itinerario, habían sido al menos dos o tres veces por semana, nueve veces en lo que llevaban del mes.
"Buen trabajo" decía Nara, con una cara seria, "te veo mañana".
"¿Pasa algo?" Naruto preguntaba y preguntaba.
"Asuntos con mi clan. No hay de qué preocuparse".
Eso. Sólo eso. Asuntos de los Nara. No había de qué preocuparse.
El rubio admitía que por naturaleza él era una persona despistada, por supuesto la madurez lo había hecho más perspicaz. Sin embargo, no habría sido capaz de sospechar en un inicio si no fuera por la suerte de que Boruto y Himawari le habían hecho ver las incongruencias.
Shikamaru no había ido a la oficina aún, le había dado otro par de días de descanso el día en que salió temprano del trabajo. Ni siquiera Ibiki Morino se había presentado en su oficina. No podría hacerles sus cuestionamientos hasta mañana, con la esperanza de que muy en el fondo, aquel asunto no fuera tan grave como estaba empezando a creer.
¿Qué tendrán ésos dos entre manos?
–Hokage-sama. –El susodicho, vestido con una chamarra negra con franjas naranjas en sus extremos junto con un pantalón del mismo color cálido, enfocó su atención en la persona frente a él, sorprendido de no haberla escuchado llegar por estar sumido en sus propios pensamientos. Era Sarada, con su chaleco de misión y su vestido rojo protegido por un delgado pantalón, había vuelto de su empresa en solitario que le había tomado varios días–. Le entrego el reporte de la misión.
–Gracias, Sarada-chan. –Tomó el pergamino y lo dejó sobre su escritorio–. Desde que eres Jonnin no has descansado de tener misiones. ¿Todo ha ido bien?
–Todo bien. –Su rostro demostraba calma, por dentro su impaciencia la sacudía por querer ver a Boruto después de días de estar sin él. Es increíble que alguien como ella haya llegado a ese punto. Aún así, no era al único que deseaba ver–. ¿Sabe cuándo regresará mi padre?
La pregunta de la Uchiha no lo tomó por sorpresa.
Hace tres meses que Sasuke se llevó el arma de Kinshiki Otsutsuki que habían tenido resguardado en uno de los laboratorios, con la esperanza de encontrar donde residían los Otsutsuki. Desde aquel día, no habían tenido noticias de él.
–No creo que tarde en volver. –Tranquilizó él. Tenía la confianza de que Sasuke se encontraba bien. Era astuto y fuerte, lo suficiente para regresar a casa a salvo y con noticias–. Lo siento, Sarada-chan. Parece que dejo todo el trabajo que no puedo hacer en Sasuke.
Lo admitía, porque tal vez él era el que tenía que haber ido en su lugar, sin embargo, no pensaba en dejar sola la aldea a pesar de que confiara en que su consejero lograría arreglárselas perfectamente como sustituto del Hokage.
Puede que una parte de él, aquella que había aprendido a perdonar y a cerrar ciclos de odio, también quiso permanecer en la aldea para estar con sus hijos, guiarlos, verlos crecer; y no enfocarse en la búsqueda de algo perdido, de avivar el rencor que sentía por los Otsutsuki y su profecía que había ocasionado su tragedia.
–Está bien. En serio. –Respondió ella, tranquilizándolo, pues creía que el Séptimo siempre se echaba toda la carga en los hombros–. Lo entiendo perfectamente. –Aún y cuando deseaba volver a ver a su padre…– Es lo que un shinobi debe hacer.
Ambos alcanzaron a apreciar los gestos del otro, en un entendimiento profundo e íntimo, igual aquella vez que con la verdad y el corazón en mano, el Séptimo la hizo comprender que aún si no hubiera nacido de Sakura –que por el contrario así fue–, ella seguía siendo su madre.
De pronto, la puerta volvió a abrirse.
–Kakashi-sensei.
–Hola. ¿Qué tal todo?
Naruto había intentado consultar a su maestro sobre sus sospechas de Shikamaru e Ibiki, por desgracia, con tanto papeleo y gente entrando y saliendo de su oficina, había obviado el tema hasta que ambos estuvieran a solas.
–Genial-ttebayo. Llegaron unos informes del departamento de agricultura. Al parecer han estado bajando de producción, así que tendremos que revisarlo juntos para coordinar una solución.
La postura del Sexto se tornó nerviosa, al igual que la de Kurama.
–De eso quería hablar contigo, Naruto. Me surgió algo con Gai, por lo que no podré ayudarte esta tarde. –De repente, como si hubiera recordado que era Kakashi Hatake, el sujeto más laxo después del sujeto de las nubes, su cuerpo volvió a estar relajado. Mientras las colas de Kurama solo se movían más erráticas y ansiosas–. Sólo vine aquí para decirte.
–Entiendo. No te preocupes, lo resolveré. –Para sus adentros, soltó aire decepcionado. Parecía que ese no era el día de comentar sus incertidumbres–. Entonces hasta mañana.
Kakashi sonrió bajo su máscara.
–Nos vemos, Naruto, Sarada-chan –dijo para luego dirigirse a la salida.
Fue cuando el rubio escuchó la voz de su compañero de cuerpo.
–Naruto, cambiemos.
–¿Qué dices Kurama? –cuestionó él desde dentro, viendo al zorro inusualmente consternado.
–Cambia conmigo, rápido.
–Mm, para que esté así de alterado, debe ser algo importante –pensó.
Los ojos del Séptimo se volvieron rojos y su nariz se removió antes de ver la espalda de Hatake desaparecer detrás de la puerta.
–Ho-Hokage-sama, ¿E-Está bien? Tiene s-sus…
Sus fosas nasales se agrandaron, inhalaban y exhalaban en un ritmo corto, alzaba su nariz como si quisiera cubrir todo el aroma de la habitación. Para los ojos incrédulos de Sarada, el Séptimo actuaba como lo haría un animal. Después de otro par de olfateos, Kurama se detuvo y apretó las palmas en las esquinas del escritorio sintiendo la ira recorrerlo.
–Lo sabía –contestó con voz ronca, aún controlando el cuerpo de su compañero–. Naruto, usa el modo sabio.
–¿Qué?¿Para qué?
–¡Sólo hazlo!
–¿¿Hokage-sama?? –Sarada dio dos pasos hacia atrás, completamente confundida de ver al Séptimo con los ojos de sangre y de escuchar la voz furibunda hablando con alguien que no se encontraba en la misma habitación que ellos.
–No, no puedo. Perderé la apuesta.
–¡Olvida la apuesta! Es ella, es esa mujer. Si activas el modo senin la sentirás.
–¡¿A quién?! –Preguntaron al unísono Uzumaki y Uchiha, misma que sacó por detrás de su espalda un kunai, esperando el posible ataque.
–Hinata. –Arrastró su nombre, colérico, deseando haberlo dicho desde que sus párpados se habían vuelto pesados por la tristeza–. Hinata está viva.
El reloj se detuvo, el sonido y la luz no existían, lo único que estaba presente en ese instante era el desconcierto.
Sarada vio que los párpados del Séptimo se cerraron y volvieron a abrirse ahora con las pupilas azules.
–¿De qué hablas, Kurama? –Su voz grave y ronca permaneció–. Por favor, déjate de bromas.
Sarada escuchó la incertidumbre escondida en la irritación de Naruto, aunque no escuchó la respuesta del Bijuu dentro, ni mucho menos la conversación que comenzó a darse en su interior.
–Yo no hago bromas.
–¿Entonces de qué diantres estás hablando?
–Es diminuto, casi inexistente. Está mezclado con otro hedor herbáceo. Pero está allí. Kakashi huele a ella.
–¿Kakashi-sensei?
–También Shikamaru… y ese tipo que te entrega los reportes, aunque en ambos fue sólo una vez y hace varios días.
–¿Shikamaru e Izumo?
–¡Deja de repetir lo que digo de una vez!
–Es que… Lo que dices no tiene sentido-ttebayo.
–Naruto, usa el modo sabio.
–¿Qué? No. Yo no…
–¡Maldita sea Naruto!¿¿No lo entiendes? ¡¡Hinata está viva, ellos lo saben y te lo han estado ocultando todo este tiempo!!
El cuerpo del rubio tembló, giró estrepitosamente hasta apreciar en el ventanal, a lo lejos, el cielo cubierto por nubes y el sol a mitad de éste iluminando el horizonte del enorme bosque de Konoha.
Shikamaru oculta algo, falta constantemente al trabajo, hizo que Ino le dijera sobre su olor a ramen y mintió sobre la alergia del jefe del departamento de interrogación. Ibiki faltó a su reunión, mintió sobre estar enfermo y llamó al teléfono de su asistente sabiendo que él estaría allí, seguramente porque el consejero del Hokage le dijo que lo hiciera en su "hora de siesta". Izumo y Kotetsu no levantaban su mirada. Y Kakashi… Kakashi olía a…
Sintiendo a su instinto feroz, activó el modo sabio, buscó al de cabellos plateados, estaba saliendo de la aldea, yendo tan rápido como hace años que no lo había visto hacia el bosque. Buscó a Shikamaru, a varios kilómetros de distancia, bajo tierra, lo sintió allí con otro chakra, más viscoso y frío: Orochimaru, estaba casi seguro. Había otro chakra en una esquina, seco y rígido, por no se detuvo tanto en saber a quién pertenecía. Y más al fondo, estaba el chakra de alguien más, que no lograba identificar del todo, junto con un espacio que parecía ausente de chakra natural, un espacio en el que no había nada absolutamente, más que un chakra casi imperceptible, diminuto, tan gentil y tan suave que podía envolver con su esencia a cualquier otra y volverla parte de ella.
No había otra igual.
Era la esencia, era el chakra, de Hinata.
–Hokage-sama. ¿Qué le sucede? Está asustandome. ¿Cómo que Hinata-san está viva?
Naruto giró su rostro hacia ella.
–Sarada-chan. –La susodicha observó el océano oscuro y profundo en la mirada afilada de su Hokage, acompañado de las marcas soleadas del modo sabio. Por primera vez, sintió que él haría desaparecer al primero en oponerse en su camino. Por primera vez, lo vió en una faceta que nunca había visto antes y que por ende pensó que no existía: La del hombre iracundo–. Debo irme. Por favor, no digas nada sobre esto a nadie. Ni siquiera a Boruto. ¿Entendido?
Y aún cuando la palabra por favor indicaba petición, Uchiha supo que era una órden que ni siquiera debería pensar en objetar.
–Sí, Nanadaime.
Pasó a lado de ella en un aura poderosa, inmutable de determinación, y salió de la oficina. No fue hasta que Sarada vio su sombra saltando por las edificaciones de Konoha que también salió de la habitación a correr hacia los campos de entrenamiento.
...
...
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Canción del capítulo.
The Blade, Aurora.
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N/A.
Capítulo dedicado a Valantana, Sofinaa y a tod@s aquell@s que esperaron pacientemente este capítulo.
Lamento de verdad la espera. Nunca había reescrito un capítulo tantas veces como lo hice en este. Incluso tuve que dividirlo en dos finalmente, creo que fue lo mejor.
El siguiente capítulo se estrenará 7 días después de que haya salido este. Ya está prácticamente listo para salir, sólo me gustaría plasmar más tensión de lo que fue este final furibundo.
Espero con todo corazón que les haya gustado. Y más espero sigan disfrutando hasta concluir la historia.
Hasta la próxima.
Publicado el 20/04/25.
Creo que he crecido. Pero aún falta mucho. Entre más lo leo, menos satisfecha me siento. Pero está bien, es perfeccionismo solamente.
Ahora sí. Existo por amor.
