Estaba escribiendo un relato con bastante fluidez, cuando de pronto ¡bam!, un fan-art me inspiró al punto de abandonar lo anterior para escribir lo siguiente.

¡Je l'apprécie!


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Esencia

Ya había barrido la sala, lavado la loza y limpiado la mesa, así que sólo le restaba arropar a Goten, quien se había quedado plácidamente dormido en el sofá tras haber escuchado las historias que Milk le contaba sobre Goku. Ni siquiera dormido había desvanecido la sonrisa esbozada por las maravillas que su madre contaba sobre su progenitor. Pero no era para menos; Gohan y Milk también quedaban hechizados de encanto siempre que se mencionaba a Goku.

Cargó, pues, a su pequeño hasta la habitación que éste compartía con su hermano mayor, y seguidamente de asegurarse que no les faltara la tibieza suficiente de las sábanas y besarlos a ambos, marchó a su propia pieza.

Intentó distraerse un poco buscando algo que limpiar u ordenar en su habitación antes de dormir, pero todo estaba como siempre impecable. Se dirigió entonces a buscar entre sus costuras algo que bordar, pero el último suéter para Goten y los guantes para Gohan ya los había terminado de confeccionar, además que no había suficiente estambre para iniciar costura de algo más. Con un suspiro se sentó en su cama para anotar los estambres que le pediría a Gohan comprarle al regreso de la escuela.

—Rojo, verde, amarillo, café, quizás un rosa también —anotaba en el papel, al tiempo que revisaba su estuche de costura. De pronto no pudo evitar sonreír—. Y por supuesto, naranja y azul…

Rio para sí misma dejando de lado el lápiz y papel. Tal parecía que esa noche no podría librarse de la emotividad. Dándose por vencida, abrió por fin el armario y sacó esas prendas tan amadas, planchadas y perfumadas de la esencia más hipnótica y perfecta para dar calidez a su sueño. Despojó sus ropas y cubrió su cuerpo con ellas y, como tratándose de una pequeña niña, saltó sobre su cama matrimonial y se envolvió entre las sabanas.

La sonrisa emanó recordando lo hablado en la mesa y cómo los ojos de Goten se habían iluminado con ilusión, tal como los de Gohan y exactamente tal como sus propios ojos se iluminaban con la lámpara junto a su cama.

Inhaló las ropas que cubrían su cuerpo, embriagándose con ese aroma tan significativo. Era fabuloso que ni siquiera el mejor detergente hubiese podido arrancar aquella esencia tan valiosa, tan de él. Quizás otros no pudiesen detectarlo, pero para ella el reconfortante calor, los rastros de dulce sudor, un pulcro y natural perfume y el roce de aquellos músculos aún estaban perfectamente latentes.

Le divertía pensar que alguna vez todo eso le provocó enfado.

(…)

Mientras acomodaba su ropa —la única que se lavaba en esa casa desde hacía un buen tiempo— intentaba evadir la vista de las prendas de su marido. Pero era prácticamente imposible no ver accidentalmente ese montón de dogis de combate… Cómo odiaba esos colores. Ese naranja chillón y ese maldito azul eléctrico que le hacía sangrar los ojos. Esos colores en las botas, en las playeras y en los pantalones sólo significaban peleas, enemigos, extraterrestres… y muerte.

Casi se cumplía un año desde que su esposo y su hijo se habían marchado hacia la casa del Maestro Roshi, suscitándose tantas tragedias. El tiempo y esfuerzo que a Goku le tomó recorrer el Camino de la Serpiente y a Gohan sobrevivir en la jungla, fue el mismo que a ella le había costado soportar la ausencia de los más grandes amores de su vida.

Durante largas temporadas empapó con llanto las ropas de su pequeño Gohan hasta quedarse sin lágrimas, pero apenas hacía poco que tomaba el valor de mirar nuevamente el guardarropa de su esposo. Si bien no le avocaba toda la culpa a Goku por lo que ocurría, observar ese uniforme de combate le hacía imaginar el rostro vil de aquellos que arruinaban su pacífica vida, todo por sus insulsos deseos de luchar. No concebía entender cómo alguna vez ella había compartido esas pasiones.

Pero ahí estaban esas prendas. Acosándola con su aroma a humedad y el rancio olor de estar tanto tiempo guardadas. Ese día se estaba tentando peligrosamente a lavarlas, pero quería evitar a toda costa imaginar el cuerpo de su esposo en ellas, con la imagen de él peleando hasta morir…

Se apresuró a amontonar sus propias ropas para no seguirse atormentando, cuando por accidente empujó una de las playeras azules de Goku y ésta cayó con un sonido metálico. Al intentar levantarla, su cuerpo también fue atraído al suelo por lo pesada que era. Curioso. Había olvidado que las playeras de combate de Goku tenían un enorme peso adicional para añadir intensidad a sus entrenamientos.

Sólo estando tan cerca de la prenda se percató de otro peculiar aroma: el del mismísimo Goku. Con la fuerza de su tristeza logró levantar la pesada playera hasta su rostro para empaparla de sus lágrimas. Sollozó todo el dolor lo que había contenido, desgarró la fuerte prenda con ira y, finalmente, besó con fuerza la tela desbaratada.

Otro año sin Goku, después de una muy breve y nada provechosa oportunidad de tenerlo de vuelta. Los delincuentes amigos de su esposo habían dicho que él se encontraba en el Planeta Yadrat, para recuperarse de su pelea contra Freezer, pero ese pretexto no consolaba el asiento vacío en su mesa, la omisa figura paterna, la almohada vacante de su lecho ni las prendas olvidadas en su armario.

Al menos su hijo estaba en casa de nuevo y eso la mantenía cuerda nuevamente. Pero entonces experimentó sufrir en silencio las noches de soledad. Sintió celos de Bulma, del malvado Vegeta y de Krillin por haber pasado tanto tiempo con Goku en Namekusei, mientras ella se volvía loca en la Tierra. Gohan solía contarle lo vivido con su padre en aquel planeta, pero eso sólo la hacía extrañarlo más durante las noches. Nuevamente tenía que evadir la mirada de aquellos olvidados dogis naranjas en el armario, o corría el riesgo de llorar, y cuando Milk lloraba, era difícil detenerla.

Sucedió que una noche, al cambiarse la ropa para dormir, tomó una de las pesadas playeras azules y la llevó hasta su cama. Durante todos los días siguientes, abrazaba aquella prenda hasta dormir. De pronto se llevaba todo el traje completo, el dogi naranja y la playera azul. Durante una de las tantas noches que pasó sin su Goku, el frío de la tristeza le hizo tiritar hasta hacerle cubrirse el cuerpo entero con las prendas.

Sin quererlo, se le hizo una costumbre usar los trajes viejos de Goku como pijama, para sentirlo cuando no estaba a su lado. Las primeras veces Milk amanecía totalmente adolorida por el inmenso peso de las playeras, pero ella lo soportaba imaginando que era el cuerpo de su esposo rodeándola. Acariciaba la tela suavemente, pensando que cada fibra era un vello de sus fuertes brazos. Inhalaba el aroma impregnado en todo el traje, conmemorando el vestigio de Goku.

Cuando de pronto su marido volvía, ella agasajaba su presencia e inhalaba la pureza de su pecho, pero en los larguísimos lapsos de sus partidas, sus noches se consolaban con aquellas ropas barnizadas del alma de Goku.

Quizás eran las ropas más consentidas de la historia, pues Milk las cuidaba como si se trataran de un valioso tesoro. Su tesoro. Esas preciosas prendas eran para Milk más suaves que la seda y más valiosas que la túnica de un rey, por lo que de pronto ese naranja chillón y ese azul eléctrico se habían vuelto sus colores favoritos.

Siempre lavaba y planchaba cada dogi con sumo cuidado, para que no se dañaran ni desvanecieran los rastros tan característicos de Goku. Para que el contorno de sus músculos no perdiera textura, para que la tibieza de su cuerpo no se enfriara, para que el aroma de su sudor no perdiera dulzura, para que la esencia de su Goku jamás faltara en sus noches.

(…)

Había pasado un año, luego dos, tres y cuatro, pero después del quinto año, Milk había dejado de contar el tiempo desde la muerte de Goku contra Cell. Pero sin importar cuántos años más transcurrieran, ella jamás consideró sacar del armario las ropas de Goku. Hacerlo significaría negar su recuerdo y dar por hecho que jamás volvería a su lado. En ese armario y en cada hilo tejido en aquellos trajes de combate, estaba la presencia de su esposo. Esas coloridas botas, las playeras y pantalones, significaban esperanza y su consuelo, significaban amor y vida, porque Goku seguía vivo en su corazón.

Parecía como si esa noche la playera azul sobre su pecho estuviera más pesada, y el dogi naranja más tibio. Parecía como si el aroma de Goku en aquel traje fuera más penetrante.

Milk de por sí era una mujer sensible, así que la noche silenciosa, los recuerdos compartidos con sus hijos durante la cena y sus sentimientos sobre la almohada amiga, resultaron un nudo en su garganta y un escozor en sus ojos.

—"Tranquila, mamá. Él aún está con nosotros ¡Puedo sentirlo!" —recordaba que Gohan le había dicho, para consolar su llanto por la muerte de Goku contra Cell.

Milk sonrió, limpiando la traicionera lágrima con la playera de Goku, y besó fuertemente la prenda, apretando otro extremo sobre su corazón.

—Yo también puedo sentirlo…

Fin.

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¡Muchísimas gracias por leer!

Además del fan-art, confieso que mi inspiración recordó que yo solía dormir con un abrigo de mi madre y una corbata de mi padre cuando ellos no estaban. ¿Saben qué más? Una amiga me confesó que el sudor de su novio le gustaba, gracias a eso investigué para descubrir que nuestro afecto por alguien trasforma sus aromas en algo agradable. Ojalá les haya gustado el modesto resultado de todo eso :')

Ahora sí, retomaré lo que pospuse en la próxima actualización ;D Ténganme paciencia x(

Los adoro a todos y no me cansaré jamás de agradecer y leer su apoyo en cada review *beshos beshos*

¡Mucho cariño!

PD:Sus reviews son el "Tumbao" de mi Negra.