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¿Qué tal, dueños de mi devoción?
He estado largamente ausente por motivos laborales y académicos. No obstante, las ganas de actualizar no las olvidaba, y me remuerde reparar en que este proyecto acaba de cumplir su primer año y sin haber yo actualizado… ¡Mil disculpas! Pero, sobre todo, ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS!
Recuerdo haber empezado este proyecto por mera inconformidad de lo que encontraba o no hallaba en el fandom. Estaba irritada por el injusto desprecio hacia Milk, y la poca reflexión empática en referencia a su matrimonio con Goku. Pronto comprendí que nadie escribiría lo que yo quería leer, por lo que me aventuré a ofrecerlo yo misma. Ha sido una tremenda maravilla conseguir que más personas apoyaran mi cariño por esta pareja, que les simpatizaran mis relatos y que desearan seguirlos fielmente. La gratitud se las dejo tanto aquí como en los demás fanfics que he publicado.
Simplemente, GRACIAS. Lento, pero contento, vamos actualizando las historias. Yo sé que ustedes siguen ahí, así que quiero que den fe a mi promesa de también mantenerme yo aquí por un buen rato, hasta que el coco se me seque.
Hay muchos relatos más por subirse, y aunque yo no disponga de mucho tiempo, quiero que confíen en que se irán publicando poco a poco. Es decir, no me iré; incluso si me tardo, yo sigo y seguiré con ustedes. ¿Sale vale? ;D
(…)
De acuerdo, el siguiente relato se basa en el trasfondo del final en Dragon Ball Z. Sí, Goku se marchó muy feliz, pero, como siempre, nuestra consentida se quedó abanicándose las penas de haber sido abandonada de nuevo. La reflexión de eso, inspiró lo siguiente.
¡Je l'apprécie!
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La Eternidad de La Espera
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Yo no puedo tenerte ni dejarte,
ni sé porqué, al dejarte o al tenerte,
se encuentra un "no sé qué" para quererte
y muchos "sí sé qué" para olvidarte.
Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,
yo templaré mi corazón de suerte
que la mitad se incline a aborrecerte
aunque la otra mitad se incline a amarte.
Si ello es fuerza querernos, haya modo,
que es morir el estar siempre riñendo:
no se hable más en celo y en sospecha,
y quien da la mitad, no quiera el todo;
y cuando me la estás allá haciendo,
sabe que estoy haciendo la deshecha.
—Ni Tenerte, Ni Dejarte—
Sor Juana Inés de la Cruz
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Aquel día durante el torneo, a todos les pareció un chiste la fugaz partida de Goku. A todos menos a ella, que hartos años de experiencia tenía en mirar cómo la mano de su esposo se ondeaba en un egoísta vaivén, más lejano cada vez, sin poder hacer nada contra la despedida fútil; sin poder ni siquiera dar un resignado beso o el abrazo que imploraría detener la partida.
No la refrescó el agua que Gohan se apresuró a llevarle para tranquilizarla, ni el aire incesante que Videl le abanicó durante la hora que pasó sentada por su repentino sofocamiento. Así, tampoco la reconfortó el abrazo que Goten le estrechó tan pronto como acabó el torneo. No ayudó a su instantánea jaqueca las pastillas que Bulma le brindó, ni la peculiar amabilidad de No.18 al ofrecerle llevarla a casa le ablandó el decepcionado semblante.
Pese al resplandeciente cielo, tan vivaz en sus dejos de alegre verano, las gotitas sobre los parpados de Milk diluviaron un día que había garantizado transcurrir bellamente. Y, tan pronto como estas lágrimas burlaron la cárcel de sus pestañas largas, ella se apartó con disimulo de todos. No deseaba que, por culpa de su inoportuna crisis depresiva, se desenfocara la emoción de que Pan, Trunks y Goten resultaran como los últimos campeones del torneo, tan sólo por debajo del invencible Mr. Satán. Así pues, el festejo en casa de Bulma careció de Milk, por más insistencia que se le hizo para que acompañara el regodeo.
—Necesito descansar o mi insolación regresará —le había dicho a Goten, una vez que la depositó en la puerta de su, ahora, opulentamente espacioso hogar—. Tienes que regresar ya o tu abuelo, en vez de cuidar que Gohan no tome demasiado, se embriagará con él.
—Entonces yo vigilaré que Goten tampoco se emborrache, Sra. Milk —le sonrió Trunks, al lado de su mejor amigo, como siempre y por siempre después de tantos años.
—Cállate, tonto —rio Goten, empujando a Trunks—. ¿Segura que estarás bien, mamá?
—Soy un adulto, hijo; un adulto con la perfecta capacidad de hacer una llamada telefónica si es necesario. Ya váyanse o se perderán del festejo. Yo lo que necesito es dormir.
Pero transcurrieron horas antes de que Milk tuviera el valor de enfrentarse a la amplitud de su cama. Antes, tuvo que caminar valerosamente a través de la enormidad de su sala, de su cocina y de los pasillos sin fin, descubriendo que, quizá, Goku tenía razón en opinar que la casa ya era demasiado grande para albergar sólo a tres personas.
Milk se sintió mareada e indefensa cuando se sentó en las escaleras del primer piso, mientras recordaba la mirada confundida de Goku cuando, cada año, ella planeaba ampliar el condominio cada vez más; ya construyendo otro baño, ya agrandando la cocina o ya extendiéndole metros a su jardín.
—"¿Para qué quieres una casa más grande si tenemos todas las Montañas Paoz para nosotros solos?"
Pero Milk siempre ignoró esos comentarios. Su ambición por un hogar espléndidamente espacioso, siempre se ligó al secreto objetivo de hacer que su esposo jamás se aburriera de estar en casa. Pero, lastimosamente, a Milk no le alcanzaron diez años para lograr que su hogar fuera tan amplio como el mundo que seducía al bohemio espíritu de Goku.
Los años de Milk vagaron en la pasarela de su nostalgia, hasta revivir su infancia, en la que también se encontró desamparada ante la enormidad de un castillo colmado de lujosas habitaciones, tesoros, telarañas, fuego y el eco de la soledad.
Ahora, ese hogar demasiado grande para tres personas, se concentraba a atormentar a una sola.
Pero finalmente se levantó, para desafiar a la pieza que, desde ese momento, sería la más triste de su casa. Entrando con porte regio, despojó de su cuerpo el más bonito de sus vestidos rosados, cuya brillante seda ya no combinaba con el rostro de su portadora. Se cubrió luego con un lindo conjunto de encaje, que sería probablemente el último en modelar por un indefinido tiempo, pues el único que podría devolverle la bendita función a sus más seductoras vanidades, se había marchado sin aclarar cuántos años se esperarían para su regreso. Una vez descalzada y cómoda para derrumbarse nuevamente, no tuvo más afán que recostarse. Y la cama la contempló con no menos pena, en testimonio de que el mismo lecho que había prestado sus sábanas a la pasión justamente la noche anterior, ya sólo albergaba a una mujer sollozante.
—Idiota —masculló, recordando que el muy maldito tenía el descarado vicio de hacerle el amor antes de decepcionarla cruelmente.
Tras diez años de tenerlo para sí en ratos inolvidables, Goku se marchaba de nuevo, provocando con ello que la casa se sintiera demasiado grande y ella tremendamente pequeña. Sin él, la cocina era medianamente inútil, pues el voraz apetito de Goku ya no exigiría que las ollas y la estufa jamás descansaran. Las granjas familiares quedarían estériles en plena temporada, ya que el lerdo arado de Goku las había abandonado. Y el lecho conyugal, que tantos suspiros pasionales había resguardado en sus plumas y algodones, ahora sólo dedicaría su tibieza a un único cuerpo durmiente.
Goku no regresaría pronto, ella lo sabía muy bien. La emocionada confesión que él le hizo en la noche anterior sobre un guerrero asombrosamente fuerte, le había dado a Milk el pronóstico de que su esposo se aferraría a un nueva aventura y, por lo tanto, que ella debería resignarse a una nueva soledad. Ya lo sabía, pero ni la predilección ni la experiencia sosegaban la condena. Nada ni nadie la sanarían durante esa noche. Lo único que demandaba para aplacar las lágrimas era soledad, ya que debería acostumbrarse a ésta en la incierta sucesión de los días y noches.
Así lloró, sollozó, gimoteó y volvió a llorar. Incluso cuando ya las cascadas de sus ojos se secaban, tomaba más agua y se concentraba en recordar más penas para lamentarlas hasta humedecerse las mejillas. Porque era su deber sufrir primero, para así también superar el dolor antes que nadie y asumir la sabia fuerza de consolar a la siguiente persona en condolerse. Esa sería su noche para fingir odiarlo y maldecir su egoísmo, ya que durante un tiempo desconocido, su labor de ejemplar esposa le exigía defender su ausencia y dedicarle un amor desmedidamente paciente. Esa obligada labor estaba destinada a ejecutarse desde la mañana siguiente, pero de momento, su derecho y privilegio era llorar hasta quedarse dormida.
(…)
(…)
Así como el primer superhéroe de un hijo es el padre, se dice también que el primer amor de una hija es papá. Sin embargo, hay excepciones como la que la risueña Pan dictaminó desde ser aun más pequeña de por sí, ya que su príncipe azul siempre había sido el encantador hombre de sonrisas interminables, amigo de los alienígenas y Dioses galácticos, protector de la raza humana y del planeta Tierra. Que era el mejor pescador a caña, a red o como un mismísimo tiburón; aquél hombre que siempre jugaba con ella al avioncito y al escondite, que solía entrenarla cada mañana y luego compartir su favorito y más cristalino río para nadar juntos; el hombre que jamás saciaba su apetito y que era celoso de su comida, pero que a Pan le convidaba y regalaba con gusto en cada merienda. Su primer amor era el hombre más fuerte del universo, el hombre que era padre de su propio progenitor y esposo de su amada y admirable abuelita: aquel amor, aquel hombre, era su abuelito Goku.
Pero el cruel desfilar de los días despiadados estaba aventajándose a los recuerdos. Pan temía que, muy pronto, la nostalgia le colmara la memoria y le obligase desechar las maravillosas aventuras que festejó sujeta a la mano de su abuelito.
Por un buen rato esmeró su sonrisa al ritmo de la espera, pero el prolongamiento de aquella promesa que aseguraba volver a estar juntos, había condenado que Pan ya no gozara de la pesca ni el nado en los ríos, de los juegos de escondite ni de las meriendas que su abuelita preparaba.
Y la risueña niña se opacó con cada día, con cada mes, hasta que los años torcieron su sonrisa hasta mostrar un rostro desanimado. Pan ya no sonreía, porque el hombre de las eternas sonrisas ya no estaba para ponerle el ejemplo alegre. Y no fue hasta que la tristeza dejó de bastarle para desahogarse que, repentinamente, la pequeñita adquirió un carácter tenebrosamente dado al enfado y al berrinche.
Si bien ella se había criado con todos los consentimientos que una familia adinerada le podía dar a su unigénita, Pan solía tener un corazón noble, humilde y modesto, a la manera encantadora de los Son. Pero, a pesar de eso, Pan estaba harta de juguetes y golosinas, queriendo sólo tener algo que ciertamente le habían prometido: tener de vuelta a su abuelito.
(…)
(…)
—Pan, por favor ábreme.
—¡Te dije que te fueras!
—¿Y no me quieres abrir a mí, Pan? —intentó Goten.
—¡Tampoco!
El suspiro de los hermanos Son se coordinó para expulsarse al mismo tiempo y con la misma resignación. Ni siquiera escuchar la puerta principal de la casa abrirse les devolvió la esperanza, pero decidieron bajar.
—¿Lograron calmarla? —preguntó Videl, dejando las bolsas de compra sobre la barra de la cocina.
—No —exhaló Gohan, rascándose el cabello con desgana.
—Además escondió todas las llaves y desactivó el código de seguridad de su habitación —agregó Goten.
—Pues tendrá que bajar a comer —aseguró Videl, con la mirada tan tensa como sus manos, que desembolsaban con rudo apuro la mercancía.
Y entre todos, Milk se hallaba bien serena y silenciosa, desembolsando con cuidado y lentitud.
Siendo ella totalmente presta para el enfado contra la mala educación, era desconcertante que no hubiese sido tan estricta con los berrinches de Pan durante los últimos dos años. Tampoco aquel día había mostrado mayor reparo en los dramas de la niña.
Pasada la tarde y oscurecido el cielo, Pan no había salido ni a comer ni para la cena que ya se enfriaba sobre la mesa. Milk seguía tan quieta como antes, moviendo sólo sus dedos al tejer, y Goten aprovechaba la fastuosa biblioteca de su hermano para hacer sus deberes. En tanto, quienes ya se sentían de veras inquietos eran sólo Videl y Gohan.
—No va a salir —se rindió por fin aquél, consumando el silencio de la sala antes que lo hiciera Videl—. Lo mejor será que cancelemos el vuelo de mañana. Yo me iré volando a la conferencia y ustedes me pueden alcanzar con más calma después.
Videl asintió, tan vencida como Gohan. Fue entonces cuando Milk movió algo más que sus dedos. Súbitamente, se levantó y cruzó la sala frente a la pareja, con dirección hacia la habitación de su nieta.
—Ya te dije que no saldré, papá —dijo Pan, cuando de nuevo tocaron a la puerta de su dormitorio.
—Soy yo. Abre la puerta —habló la seria voz de Milk, pero no hubo respuesta—. Tus padres tienen que salir temprano a la conferencia de mañana. Ya se acabó el tiempo para tus berrinches.
—Pan, tu abuela tiene razón. Ya fue suficiente —Videl llegó al instante, seguida de Gohan y Goten—. ¡Tenemos que salir los tres a primera hora!
—¡Yo no quiero ir! —gritó Pan.
—¡No te estoy preguntando!
—¡Yo no quiero ir de viaje! ¡Yo me quedaré en casa a entrenar!
—¿Entrar con quién, Pan? ¡Tu abuelo Satán tiene un torneo fuera de la ciudad y tu tío Goten está estudiando!
—¡Yo quiero entrenar con mi abuelito Goku! —el llanto desgarró el grito de Pan.
Tres de los presentes agacharon la mirada, pero no Milk.
—¡Si eso es lo que quieres entonces yo te entrenaré! —la voz de Milk hizo eco en el pasillo, inmutando a todos, incluso a Pan—. ¿Qué no me escuchaste? ¡Abre la puerta de una buena vez!
—No puedo entrar contigo, abuelita —lloró Pan, al otro lado de la puerta.
—¿Por qué diablos no?
—Porque tú… porque no eres…
—¡¿No soy qué?!
—¡No eres tan fuerte como mi abuelito!
El estruendo que provocó la perilla al destrozarse con la mano de Milk hizo a todos temblar. Con cazadora rapidez, empujó la destrozada puerta y se aproximó peligrosamente hacia Pan, quien la miraba petrificada desde la esquina de su cama. La pequeña de seis años fue arrastrada del lecho por su abuela, que al tenerla a una distancia adecuada, le imprimió una sonora y nada misericordiosa bofetada.
La expresión de todos los presentes competía en estupefacción, sobre todo de la pequeña Pan, pues jamás su amada abuela la había atacado de un modo tal. Su boquita temblorosa apenas sollozaba, pues eran sus ojos aterrados y lagrimeantes los que dominaban toda la energía de su pasmo.
—¿Po… por qué m…me pegaste, abuelita?
—Prepara tus maletas. En veinte minutos nos vamos a Paoz.
—Pe… pero…
—¡Tienes diez minutos! —dictado esto, salió de la habitación para reunirse con aquellos tres que aún no abandonaban su estupor—. Recoge tus cosas rápido, Goten. Sabes que no me gusta viajar demasiado noche.
—Sí, mamá —el muchacho no tardó en obedecer, ya advertido y experimentado de la irascibilidad de su madre.
—Y ustedes deberían dormirse temprano; mañana deberán madrugar —se dirigió ella a la pareja. Gohan y Videl la miraban con incomodidad—. Descuiden, yo la cuidaré muy bien durante estas semanas. Pan necesita alejarse un poco de la ciudad —y al sonreír de ese modo maternal, tan propio de su bondad redentora, su hijo y su nuera consiguieron exhalar con un alivio que no esperaban recuperar.
(…)
Durante el veloz viaje a casa, la obligada cena, el silencioso baño y el arropamiento de Pan para dormir, Milk lidió con la tentación de rendirse contra su remordimiento, desmentir su estricta seriedad para con su nieta y abrazarla dulcemente. Pero no era así como funcionaba el plan.
Sólo hasta que Pan se quedó dormida, Milk irrumpió en la habitación para acariciar los cabellos de su nieta y pedir un secreto perdón a la rosácea mejilla que le había herido.
Milk debía combatir nuevamente contra su propia fragilidad, para ser la guía sabia de alguien mucho más vulnerable que ella. Realmente, Milk era tan fuerte como el mismísimo Goku. En ocasiones, incluso más.
Había sido fuerte al crecer rodeada por las llamas, el desierto, las bestias jurásicas y la ausencia materna. Había sido fuerte al entrenar las artes marciales que no le guardaron amabilidad a la finura de su femineidad. Había sido fuerte para criar sola a sus hijos. Había sido tremendamente fuerte al soportar la muerte, el abandono y la desesperanza. Si alguien podía congratularse de una auténtica fuerza para vivir, era ella.
—Te voy a entrenar —susurró a su nieta—. Yo te enseñaré a ser verdaderamente fuerte, no sólo a tener puños poderosos.
(…)
(…)
Cuando Milk regresó al huerto, el olor a tierra húmeda revuelta le pareció más penetrante de lo adecuado. Bastó acercarse un poco para comprobar el desastre que ya temía y que no le habría molestado si de un par de surcos de tratase, pero ya que toda la hilera de éstos había sido despiadadamente arruinada, Milk tuvo que dejar en el suelo el almuerzo para poder gritar.
—¡Paaan!
Los más ardorosos rayos del día le cegaban la visión mientras avanzaba al encuentro de su nieta, quien ya se dedicaba a continuar demoliendo los demás surcos del huerto que su abuela le había confiado. Como lo hacía con una destreza y velocidad que no concedía piedad con la tierra abonada, Milk gritó de nuevo:
—¡Pan!
La niña por fin se volvió hacia su abuela, que se tentaba a correr para detenerla. Pan voló a su encuentro, sacudiéndose la tierra del pantalón y limpiándose luego el fino sudor de la frente con el torso de la mano.
—Ya casi acabo, abuelita… ¡Y muero de hambre!
—¿Acaso te has fijado en lo atroces que lucen tus surcos? ¡Jamás podríamos sembrar nada en esos hoyos revueltos! Recuerda que si no excavas con la técnica adecuada, la precisión de tus reflejos se entorpece.
—Abuelita, yo… —Pan miró la hilera de surcos tras de sí, notando por fin el desastroso trabajo que había hecho— no me fijé.
—¿Cómo esperas atinarle un buen golpe al enemigo en combate si tus manos no son capaces de excavar un surco adecuadamente? —pero Milk procedió a suspirar, aplacándose un monólogo que podría durar hasta que la puesta de sol apareciera—. Lo arreglarás mañana. Ya es hora de comer.
Milk había abandonado las artes marciales desde muchos años atrás, por lo que el ofrecimiento de que fuera ella quien continuara instruyendo los entrenamientos de Pan había desconcertado a muchos. Ella no podía enseñarle mejores técnicas que las que Goku ya le había mostrado, ni podría ser buena contrincante si de pelear contra Pan puño a puño se tratase. Milk no era una maestra marcial del calibre de Goku, pero el éxito de su maestría tenía su propio calibre excelso.
Durante un año, Pan había aprendido a ser veloz, ágil, precisa, concentrada y tanto más en las tareas agrícolas que su abuela le instruía a modo de entrenamiento. Veloz al sembrar semillas, ágil al cosechar los frutos, precisa al esparcir abono y concentrada al cuidar de todo cultivo. Las mismas virtudes marciales que su abuelito Goku le adiestró, Milk se las instruía con lo que estaba a su alcance y poder.
No obstante, quizá las más valiosas lecciones para Pan eran las que se aprendían durante la merienda, cuando, tomadas de la mano tal como iban en aquel momento, Milk le hablaba a su nieta sobre la paciencia, el perdón, la templanza, el valor y el amor incondicional. Paciencia al esperar el cumplimiento de una promesa, como lo hizo al aguardar por Goku tantos años; perdón al darle una segunda oportunidad a quienes hubiesen cometido errores, como con Piccolo; templanza tal como haberle permitido a Goten las artes marciales a la par del estudio y la diversión; valentía como cuando no dudaba a enfrentarse a un enemigo potencialmente más poderoso, si es que con ello lograba evitar que sus seres amados fuesen atacados; amor incondicional reflejado en que, pese a las lágrimas por el abandono, el egoísmo, la holgazanería y las tantas decepciones más con que Goku le hubiese herido el corazón a Milk, ella lo presumía como un hombre excepcional ante todos, defendiéndolo de los agravios entrometidos hacia su amada familia.
Pan había sanado sus declives caprichosos con el ejemplo de su abuela, y por eso admiraba tanto como la amaba. Su esperanza se sustentaba en la alegría de parecerse a ella, adoptando su fuerza y su dulzura, su feroz carácter y su gentileza.
Ni siquiera sus padres le habían enseñado lo que su abuela le inculcó. Gohan también intentó educarle ser fuerte, pero nunca encontró palabras adecuadas que no le confundieran los berrinches. Tampoco Goten ayudó mucho, pues jamás ensombreció los contentos de su infancia en el sufrir de lo que no tenía. Sólo su abuela Milk había curado la ausencia de su abuelo, ya que no había nadie que tuviera más experiencia en lidiar con Goku como ella. Así, Milk también era la persona que más amaba a Goku en el mundo, incluso más que Pan.
Ese año de entrenamiento con su abuela había redimido su desconsuelo. Con cada anécdota graciosa durante los almuerzos, con cada cuento antes de dormir, con cada paseo por las montañas e, inclusive, con cada regaño de Milk, Pan había recuperado el destino que era imperioso para todo infante de siete años: ser feliz.
Lamentablemente, después de tanto, otra vez Pan era amenazada por congojas arrinconadas dentro de sí. Bastó que su padre le diera, quince días atrás, la maravillosa noticia de que Goku regresaría a visitarlos después de tres años de aparente olvido. La novedad que a todos encantó, a Pan le atemorizó. Temía que lo aprendido de su abuela durante ese año de intimidad, se perdiera en medio mes.
Con ayuda telepática de Kaio-Sama, Goku había avisado a su hijo mayor que los vería en un mes. Faltaba una quincena para que la espera terminara, y los negativos nervios de Pan ya le jugaban en contra, provocando los feos surcos de la siembra y un comportamiento más distraído de lo normal, a la par de melancólico.
Milk sabía del miedo de su nieta, pues en carne propia lo había experimentado alguna lejana vez, pero había acordado darle espacio a Pan para entenderse a sí misma antes de la llegada de Goku. En tanto, la labor de Milk había consistido en procurar su hogar de un modo de por sí más impecable. Ciertamente, ella sabía que Goku ni siquiera se fijaría en la impecable blancura de los manteles o las cortinas, como tampoco repararía en el bonito cubrecama que había comprado para tenerlo cómodo en su estancia, pero a Milk le gustaba complacerse a sí misma en la proeza de esposa perfecta con algún pretexto de por medio.
—Me pregunto si los champiñones estarán listos dentro de quince días. Tendremos que darles una revisada antes de la cena.
—Sí, abuelita.
—También necesitamos cazar tantas salamandras como podamos durante esta semana de calor. Si nos demoramos más, mudarán de sitio. ¿Me ayudarás?
—Sí, abuelita.
—Fantástico. ¿Te sirvo más té, Pan?
—Sí, abuelita.
Pero cuando Milk acercó el termo al vaso de Pan, éste estaba rebosante aún. Entonces comprendió que toda su plática durante la merienda había sido ignorada. Tal vez era tiempo de entrenarla un poco más antes del día esperado.
—Oye, cariño.
—Sí, abuelita.
—Pan, mírame —rio Milk, tocándole el hombro para que la observara—. ¿Qué es lo primero que harás cuando vuelvas a ver a tu abuelo?
Por fin Pan reaccionó, pero indefensa ante el asalto de tan temible cuestión.
—No lo sé…
—¿Cómo no vas a saber? ¡Han pasado tres años! Algo querrás decirle —animó Milk, sonriente.
Pan descendió la mirada y apretó sus puños con una incomodidad insuficientemente disimulada.
—Es que me da miedo…
—¿Qué te da miedo, mi cielo?
—Yo…
Pero las palabras de Pan se le consumieron en la garganta. La mirada antes apagada y melancólica se había despertado bruscamente y se lucía con terror. Las manos empuñadas comenzaron a temblarle y a sudar en competencia con su frente. Pese a la abrupta enajenación, la cercanía cada vez más veloz de aquel inconfundible ki le obligó a levantarse y despegar el vuelo. El mantel de la merienda voló junto a los alimentos, y por poco Milk fue también lanzada por el vendaval que el vuelo de Pan provocó.
—¡PAN! —gritó Milk, asustada por tan tremendo escape.
Dejando todas las pertenencias esparcidas por el campo, Milk corrió devuelta a la casa, pues hacia allí parecía haberse dirigido el rumbo de Pan. La larga distancia desde el sembradío hasta la residencia no le robó ni un resoplido, ya por la buena condición o por la adrenalina de averiguar qué ocurría con su nieta. Llegando por fin a la puerta de su hogar, el picaporte estaba asegurado. Claramente, Pan se había encerrado en la casa.
—¡Pan, Pan! —llamó a gritos desde el jardín frontal, pero no hubo respuesta alguna—. ¡Ábreme, Pan! ¿Qué ocurre? ¡Pan, abre la puerta!
Otros gritos más fueron ignorados cuando, de pronto, una ráfaga de viento heló la espalda de Milk. Por un segundo temió volverse, imaginando que se trataba del peligroso enemigo que seguramente había ahuyentado a su nieta, pero seguidamente, el corazón le dio licencia para mirar al hombre que acababa de aterrizar su vuelo tras ella.
Allí estaba él. Ese por quien había llorado una y tantas veces por la tristeza de la partida, pero que, irónicamente, también le robaba las lágrimas de alegre euforia con el anhelado regreso. Acercándose así, como siempre, con esa perpetua sonrisa tan fresca y jovial como su semblante, nada rendido ante los años. Allí venía, allí había llegado, acercándose a paso alegre hasta Milk. Allí estaba Goku.
—¿Te quedaste afuera, Milk?
—¡GOKU!
Suprimió la distancia saltando hasta él, y Goku la atrapó para darle una vuelta en el aire y luego regresarla al suelo, al compás de la risa de ambos. Milk se aferró a su pecho para inhalar la esencia que tanto extrañaba, mientras que sus manos se dedicaban a revivir el tacto de acariciar la espalda de su esposo.
Goku no hacía más que sonreírle al afecto de su mujer, dejándose querer tanto como Milk quisiera y la soledad de los alrededores lo permitiera. No obstante, cuando ella le sostuvo las mejillas para mirarlo, en vez de apreciar la imagen de unos ojos enamorados, vio un entrecejo bien fruncido. Seguidamente no pudo ver mucho más, porque la tremenda bofetada que recibió sin previo aviso le nubló la vista.
—¡Milk, por qué me pegaste! —chilló, sosteniéndose la mejilla palpitante.
—¡Por haberte largado sin avisar! —gritó ella, con los puños ceñidos a la cadera.
—Pero sí te conté sobre entrenar a la reencarnación de Majin Buu, ¿recuerdas? Te lo dije la noche antes del torneo…
—¡Pero no pensé que te irías durante tres malditos años al día siguiente!
—¡Pero Milk! ¡Era necesario entrenar cuanto antes a alguien que protegiese Tierra!
—¡Pero pudiste al menos haberte despedido de mí, grandísimo tonto!
—Perdóname, Milk, por favor —se arrodilló temeroso, con las manos juntas e implorantes frente al rostro—. Es que estaba muy emocionado por entrenar… ¡Perdón!
La feroz expresión de Milk luchó por mantenerse, pero al enternecerse con la imagen de su esposo temeroso, tuvo que ceder a la sonrisa. Apretujó las mejillas de Goku entre las manos y regaló un beso fugaz para levantarlo.
—Te perdono, sólo porque te extrañé demasiado —nuevamente se abrazó de su cintura—. ¡Pero debiste avisar que llegarías antes! No he preparado nada para que comas.
—Lo que sea será delicioso; ¡estoy ansioso por poder probar tu comida de nuevo, Milk!
Al parecer, el apetito de Goku no había cambiado nada. En él, infaliblemente, todo seguía igual, y eso a Milk le contentaba en suma. Las patitas de gallo que adornaban los ojos de Milk, así como las arruguitas en marco de su sonrisa, lucían tal vez un poco más profundas, pero Goku sólo prestó importancia a que la mirada de ella tenía la misma ternura, y tan dulce como antes seguía la sonrisa, así que tampoco ella había cambiado. La casa estaba también como la había dejado, sin más ni menos; ni un piso extra, ni el jardín más largo. Esa permanencia de su comodidad, de su memoria, le dio la total bienvenida. Así, mientras él comenzó a avanzar a la puerta del hogar, lo asaltó la curiosidad por saber si todo lo demás había cambiado.
—¿Cómo están los demás? ¿Dónde está Goten?
—Saldrá del colegio más tarde. Ha estado estudiando mucho —se enorgulleció ella.
—¿Y Gohan y Videl?
—Gohan trabaja maravillosamente en la ciudad. En ocasiones, ha provisto sus investigaciones para la Corporación Cápsula. Videl siempre lo acompaña en sus viajes de trabajo.
—¿Y dónde está Pan?
Milk frenó los pies, con la mano también petrificada justo a centímetros del picaporte. La emoción le había nublado el recuerdo de la huida de su nieta. Al instante, comprendió quién era el enemigo del que Pan había escapado. Aquel enemigo estaba a su lado, con un hambre que deseaba apresurar la entrada a la cocina, pero cuando Milk volvió a ceñir el picaporte, éste continuaba asegurado.
—Pues Pan nos dejó afuera —suspiró ella, sentándose al pie de la puerta—. Hace unos momentos huyó del huerto y se encerró en la casa.
—¿Eh? ¿Por qué? —Goku intentó abrir, pero el seguro no cedió. Caminó hacia la ventana más próxima, descubriéndola también cerrada.
—Está haciendo un berrinche.
—¿Y la dejas? —él no pudo evitar sorprenderse, pues conocía lo impaciente que era su esposa contra esos comportamientos—. Puedo forzar la puerta…
—No. Ven aquí —Milk palpó el escalón sobre el que se había sentado, para que Goku la acompañara.
—Pero tengo mucha hambre, Milk…
—¡Que te sientes! —alzó la voz, provocando un escalofrío en la espalda de Goku que, como todo, se sentía exactamente tan temible como antes. Goku se sentó inmediatamente—. Creo que está asustada.
—¿Asustada de qué?
—De alguien que le hizo mucho daño, sin querer. Intenté entrenarla durante este último año para volverla más fuerte, pero quizá no fue suficiente.
—No entiendo nada… —Goku se alarmó—. ¡Pan es muy fuerte! ¿Quién pudo haberla lastimado? ¿Se trata de algún enemigo?
—Fuiste tú, Goku.
—¿Yo qué?
—Tú la lastimaste, Goku. Tú heriste a Pan —la voz de Milk tembló, y tuvo que parpadear varias veces para que sus ojos suspendieran las lágrimas—. Pan te ha estado esperando cada día durante estos tres años… ¡Ha estado tan triste! Ni Videl ni Gohan pudieron consolarla, ni siquiera Goten. Ha preguntado por ti y no sabíamos responderle dónde estabas ni cuándo regresarías. Ha llorado y los abrazos dejaron de bastarle. Se ha enojado contigo y a mí se me acababan los argumentos para excusarte —las mejillas de Milk ya estaban tan rojas como empapadas—. Dejaron de gustarle los juguetes y los postres, porque todo lo que quería para ser feliz era tenerte… ¡Pero tú no estabas aquí, Goku!
—Milk, no me digas esas cosas… —pidió él, con vergüenza, empleando el mismo tono tímido que no podía evitar cuando su esposa le reclamaba con tal ardor.
—¿Y qué quieres que te diga entonces? ¿No te da vergüenza enterarte que hiciste sufrir a tu nieta al largarte durante tres años? —las manos le estaban sujetando la playera del dogi, para atraerle el rostro huidizo a la cercanía de sus sollozos—. Yo lo intenté, Goku, lo intenté tanto… Me esforcé por esperarte yo, así como ayudé a Gohan y a Goten a extrañarte con cariño, sin dolor… ¡Pero con Pan es tan difícil! Sufre tanto… He intentado enseñarles, Goku, lo intento de verdad… ¿Pero cuándo serás tú quien aprenda?
Goku inclinó el semblante, con un puchero. Del mismo modo agachaba la cabeza cuando ella le reprochaba que no trabajaba lo suficiente, que casi nunca la llevaba de compras, que parecían importarle más las artes marciales que su propia familia. Con la misma expresión indefensa y apariencia acorralada, el hombre más fuerte del universo se vulnerabilizaba por completo ante las amonestaciones de su mujer.
Quería responder, anhelaba aplacar el llanto de ella y, ¿cómo no? También quería dejar de ser regañado, porque le dolía en verdad; pero las palabras para censurar el acto también parecían rencorosas con él, pues ninguna se formuló.
Goku no sabía hablar. No tenía la elocuencia para pedir una disculpa que pacificara sus más inexorables errores. No sabía cómo justificarse, ni cómo sosegar tanto dolor. Goku no sabía hablar, pero sabía sentir, y Milk sabía entender sus sentimientos.
Con ella, Goku jamás acomplejó su inhabilidad para expresarse, pues la virtud de su mujer para entenderlo residía en comprender el significado enorme y vasto de sus pocas y torpes palabras. Ella sabía capturar todo el arrepentimiento en sus tan repetidas disculpas, y no necesitaba más porque allí estaba su penitencia, la consciencia de sus fallas. Para Milk, siempre bastó escuchar su disculpa para renovar la sonrisa, los besos, el perdón; incluso a sabiendas de que la volvería a defraudar, y que él se volvería a arrepentir y a compensarla.
—Perdóname, Milk. Yo lo lamento mucho… —dijo él, sinceramente, recibiendo inmediatamente el abrazo de su esposa.
—Te perdono —aceptó de corazón, enterrando su rostro en el cuello de Goku—. Yo de verdad te disculpo, Goku, y te entiendo… Pero… es que Pan…
Nuevas lágrimas impregnaron húmeda tibieza en las mejillas de Milk y en el cuello de Goku. Ahora él comprendía los motivos del apasionado reclamo: Milk no estaba triste por sí misma, sino por Pan. Su esposa lo había perdonado, pero su nieta aún no aparecía para recibirlo.
Pero, como tratándose de una invocación, la puerta donde Goku y Milk se recargaban rechinó al abrirse. La pareja se levantó al instante, para ver a Pan al pie de la entrada, con mirar decididamente rudo. Goku no controló la sonrisa emocionada.
—¡Pan! No puedo creer que seas tú… ¡Mira qué enorme es…!
—Pelea contra mí —interrumpió la pequeña, volando fuera de a casa hasta el jardín.
—¿Qué? —preguntó Goku, habiendo quedado con los brazos extendidos y las palabras a medias.
—¡Quiero que pelees contra mí! —exclamó Pan, elevando su ki y posicionándose para el combate.
—Hazlo, Goku —permitió Milk, cuando su esposo la había mirado con extrema duda. Ya que ella asintió sonriente, Goku tuvo confianza en que su esposa predecía un buen fin de las circunstancias.
Él voló al extremo contrario de su nieta. No podía detener la sonrisa de ver cuán largo había crecido su cabello, cómo su naricita estaba más redonda, sus cejas más abundantes y los centímetros que había ganado de altura. Y sonrió incluso más, al ver la reverencia que hizo para sentenciar que estaba lista para luchar. Y no obstante, Pan no sonreía.
—¿Listos? —preguntó Milk. Ambos asintieron; uno sonriente, la otra con seria osadía—. ¡Peleen!
Pan atacó de inmediato, apareciendo tras Goku para darle una patada que él esquivó. Un puñetazo hacia las costillas, también esquivado. Pirueta hacia la izquierda para dar un codazo: esquivado. Maroma hacia derecha, con una patada: esquivada.
—¡Atácame! —bramó la pequeña, con frustrado enojo.
—Pero no estás peleando con precisión, Pan. Estás muy desconcentrada —respondió Goku, evaluando con atención todos los movimientos y, aparentemente, ignorando el coraje creciente de su nieta.
Pan fijó diez ataques más, esquivando Goku, a su vez, todos ellos. La frentecita de ella ya se humedecía, a la par de sus ojos. Al concentrar su máximo ki en un puñetazo, el impacto que produjo contra la mano evasiva de su abuelo la empujó violentamente, estrellándola contra un árbol a su espalda.
—¡Ay, Pan! ¡Discúlpame! —Goku corrió para auxiliarla, con Milk aproximándose tras él—. Lo siento, Pan… No quería lastimarte. ¿Estás bien?
Pero cuando Goku estaba a punto de tomarla en brazos, Pan apartó las manos de su abuelo con un rudo manotazo.
—¡Déjame! —gritó la pequeña.
Las manitas escudaron su rostro, ya empapado en llanto. Milk y Goku se congelaron a centímetros de ella, temiendo tocarla, temiendo lastimarla más.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó Milk.
—¡Pan, lo siento! ¿Te lastimé? —las manos de Goku intentaron acercarse nuevamente, temblorosas—. No llores, Pan…
—Él es mucho más fuerte que yo, ¿verdad? —sollozó Pan, con el entrecejo bien fruncido, pero la boquita temblando en un puchero.
—¿De qué hablas, Pan? —preguntó Goku, sin entender.
—¡Del niño con el que te fuiste! —los sollozos apenas permitían comprender lo que Pan gritaba—. Te fuiste con ese niño porque es más fuerte que yo, ¿verdad? Te fuiste con él porque prefieres pelear con alguien tan fuerte como tú, en vez de pelear conmigo, en vez de estar conmigo…
A Milk se le estrujó el corazón, tanto, que su mano se posicionó donde brincaba el latir de éste. Comprendió entonces la caprichosa necedad de Pan por entrenar sin cansancio. Comprendió, ante tales declaraciones, cuánto se parecía su nieta a ella misma: Milk también había querido construir una casa tan grande como un mundo, para que Goku se quedara allí, sin explorar más universos.
—Yo no me fui por eso, Pan —Goku se posicionó en cuclillas frente a ella—. No siempre podré estar aquí para proteger a la Tierra, así que necesito entrenar a alguien que pueda cuidarla en mi lugar, ¿entiendes?
—¡Pero tú me prometiste regresar a visitarme y nunca te vi durante estos tres años! —demandó la niña, con la voz quebrada por el gimoteo.
—¿Y acaso no he cumplido? ¡Aquí estoy, Pan! —sonrió Goku, mirándola fijamente.
La mirada de la pequeña se pasmó, deteniendo también los sollozos durante un momento. La sonrisa de su abuelo era tan perpetua como antes, sus ojos tan brillantes cual los recordaba, y sus brazos tan adecuados para regalar abrazos. Después de tres años, su amado abuelo estaba sonriéndole frente a frente. Tras la larga espera, la promesa se había cumplido por fin. Después de una eternidad de anhelo, ella por fin recuperaba la oportunidad de abrazar a su abuelito Goku.
—¡Abuelito! —gritó, renovando las lágrimas, mientras embestía a Goku en un abrazo que descargaba la emoción que tres años de espera adecuaban eufóricamente. Se aferró a su abuelo, como asegurándose de no posibilitarlo a escapar, como determinándose a no perderlo de nuevo—. ¡Abuelito, abuelito!
—Aquí estoy, Pan, tranquilla —reía Goku, sosteniéndola con tanta ternura como años atrás solía hacerlo.
—¡Abuelito, te quería ver!
El sollozo de aquella exclamación se le coló a Goku en el alma, recordándose a sí mismo en su nieta. Alguna vez también había llorado con tanto arrebato al reencontrarse con su abuelo, así que supo quedarse quieto, supo acariciarle el cabello mientras ella sollozaba, supo sujetarla firmemente, para darle la seguridad de no marcharse pronto. Porque, si bien Goku no sabía hablar muy bien a bondad del consuelo, sabía sentir.
Por su parte, Milk esforzaba el sigilo de sus propios lloriqueos. Tal como Goku, ella perfectamente se veía a sí misma en los suspiros inocentes de su nieta, en cómo apretaba sus ojitos lagrimeantes, en el temblar de sus labios al hacer pucheros, en la fuerza con que se aferraba al abrazo de Goku, y, sobre todo, en el regocijo incontenible de ver cumplida una promesa; de ver concluida una espera tan larga.
Todas las lecciones con que instruyó a Pan, se concretaban con aquel abrazo de su abuelo. Había sido tremendamente difícil enseñarle a una niña tan pequeña lo que a ella tanto le había costado comprender en el transcurso de la adultez, pero debía prevenirla.
Milk estaba acostumbrada a esperar, a ceder, a perdonar y a amar sin condición. Bastó la promesa de la niñez, para cultivar en sí una esperanza que germinó implacable. Ella jamás cerró las puertas del castillo mientras esperó el regreso de Goku, ni se resignó a ser olvidada. Ella nunca quitó la segunda almohada del lecho cuando, con más constancia cada vez, Goku se ausentaba del hogar. Jamás osó despojarse el anillo del dedo durante esos siete años de funesta soledad. No desistió, no olvidó. Nunca dejó de esperar.
Pasados los años, Milk había comprendido el secreto de amar a Goku, el secreto de amar incondicional y plenamente: confiar, esperar y perdonar. No necesitaba tenerlo a su lado para amarlo más, ni necesitaba saberse estrictamente obedecida por él para sentirse amada. Había aprendido la respectiva función de amor que mantenía vivo su matrimonio: él sabía cumplir sus promesas, así como ella sabía esperar. Y ambos, de vez en cuando y a turnos, sabían ceder.
—¡Estás enorme, Pan! —congratulaba Goku, estando ya aplacadas las lágrimas de su nieta—. Además te has vuelto muy fuerte. Has entrenado, ¿verdad?
—¡Claro que sí! Con mi abuelita, en el huerto —sonrió Pan, señalando a la mujer que se encargaba de enjugarse las lágrimas.
—Ya veo. Con razón eres tan fuerte como ella —dijo Goku, mirando a su esposa con cierta maravilla—. También a mí me enseñó a entrenar en el huerto hace años. Vamos a entrenar juntos mientras esté aquí, ¿de acuerdo?
—¡Sí!
Más risas y felicitaciones se compartieron en los brazos de Goku, hasta que los tres recordaron que había más familia y amigos que merecían darle la bienvenida a Goku. Pan se ofreció a emprender vuelo para reunirlos, para darle tiempo a su abuela de preparar algún improvisado deguste.
—Me gustaría que Pan conociera a Uub. Presiento que serían buenos amigos —comentó Goku, con los brazos tras la nuca, al dirigirse ambos al interior del hogar.
—Pueden entrenar aquí de vez en cuando; así ya no tendrías que ausentarte tanto. Podrían entrenar en el huerto. Y si no, al menos tú deberías dignarte a visitarnos más seguido —reprochó Milk, fingiéndose severa—. Si sigues desapareciéndote por tanto tiempo, ya no te voy a recibir en la casa.
—¿En serio? —preguntó Goku, asustado. Milk rio.
—¿Tú serías capaz de volver a olvidarme si no me ves tras mucho tiempo?
—Ya no —sonrió Goku—. Sólo fue una vez… y recuerdo que te enojaste mucho. ¡Pero es que estabas tan cambiada! —recordó él, sonriente—. Pero no, no te olvidaría ya.
—¿Lo prometes? —él asintió, pactando con la mirada honesta—. De acuerdo. Entonces yo no dejaré de esperarte nunca, Goku.
Ambas promesas renovaban su veredicto. El sello fue una mirada y, ya en el refugio íntimo del hogar, unos besos que Milk se encargó de cobrar con intereses como pago por la espera. Eso, y lo demás que les diera tiempo de hacer antes de que Pan regresara con los demás. Si bien Goku tenía hambre, esos deleites tampoco le sabían nada mal.
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Fin.
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¡Muchísimas gracias por leer!
Brindo un saludo especial a mis siempre incondicionales Sophy Brief, Silvin Lewis, Breenda Agüero y a la lindísima Mical Karina García, que me hizo un dibujo HERMOSO inspirado en este apartado TwT ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS, PRECIOSA! (¿Ya ves que sí actualicé? Porque si no es ahora, será mañana uwu) Por supuesto que a todos los demás que siguen esta y otras historias, también les obsequio todo mi apapacho y cursilerías ;*
Espero que la historia les haya gustado. Háganme saber sus opiniones al respecto en los reviews y, de paso, nos saludamos también :D
¡Mucho, muchísimo y eterno cariño! ¡BENDICIONES!
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PD: Nuevamente, ¡GRACIAS POR HABER ESTADO CONMIGO Y MIS HISTORIAS DURANTE ESTE ANIVERSARIO!
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PD2: Sus reviews son el ¡Bidi Bidi! de mi ¡Bom Bom!
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