Mu de Aries suspiró agotado terminando de revisar varios exámenes que se apilaban en su escritorio. Apenas era su primer día en Tierra Dos y ya el peso de su nueva realidad parecía agotarlo. Pero, pese al agobio, no podía quejarse. Zeus le había concedido una vida plena y productiva en esa dimensión alterna. En Tierra Dos, Mu, no solo era reconocido por su habilidad como maestro, sino que ostentaba una lista impresionante de títulos: arqueólogo, geólogo y antropólogo, con especializaciones en paleomicrobiología y etnobotánica. Era una combinación tan específica que él mismo se preguntaba cómo su yo alterno había acumulado tanto conocimiento. Aunque resultaba útil, también era abrumador.
Naxina, la isla donde residía era un lugar único. Rica en historia y con rincones inexplorados, equilibrando su estatus como atractivo turístico con un lado misterioso que atraía a investigadores y aventureros. Sin embargo, a pesar de sus maravillas, la población local era modesta, lo que mantenía intacto su encanto aislado. Para Mu, era el escenario ideal para combinar su pasión por la enseñanza con su amor por los secretos de la historia.
Hasta el momento todo parecía marchar con normalidad, no tenía referencia de sus compañeros, pese a estar seguro de que en la isla no iba a encontrarlos, pero confiaba en que todos mantendrían la calma y lograrían cumplir con la misión, sin perder las esperanzas y al final del día los dioses tendrían que tragarse sus propias palabras.
Aquella tarde, un grupo de seis estudiantes irrumpió en el salón. Sus rostros brillaban con una mezcla de emoción y cautela, y cargaban cuidadosamente una pequeña hielera.
—Profesor —llamó entusiasta Samantha, una chica de apenas 20 años, cabellos largos color miel y ojos claros—. Encontramos algo interesante.
La joven y sus compañeros no pudieron borrar la sonrisa de sus ojos, y aunque estaban sucios como si se hubieran revolcado en el suelo, lucían más enérgicos que de costumbre. Mu observó al grupo con interés, en lo que Ronald otro de sus estudiantes dejaba la hielera sobre el escritorio del santo para luego abrirla con cautela. Dentro del recipiente, protegida por capas de hielo, se encontraba una pieza de mineral como ninguna que Aries hubiera visto antes.
—Lo encontramos en una de las montañas al norte —explicó Samantha asumiendo la vocería del grupo.
Aquella descripción hizo que Mu frunciera el ceño. La región de la que hablaban los chicos no había sido explorada en su totalidad, sin embargo, el santo recordaba que la noche anterior se había presentado un temblor. Al principio él se lo atribuyó al despertar de todos en Tierra Dos, como un fenómeno provocado al ser llevados a ese nuevo mundo, el cual coincidió exactamente con su despertar y el inicio en esa realidad. No obstante, le habían informado esa mañana al llegar a la universidad, que las vibraciones desmoronaron algunas rocas antiguas, revelando senderos ocultos que llevaban a cuevas inexploradas.
Ya el grupo de científicos de la facultad, esperaban los respectivos permisos y apoyo financiero para revisar el terreno. Él como experto en varias ramas, era quien encabezaría la expedición, pero teniendo en cuenta que todo debía pasar por un comité y ser autorizado. No se explicaba cómo sus estudiantes habían llegado hasta ese lugar pasando por encima de los protocolos. Sin contar, que él no estaba seguro de donde ellos habían obtenido la información.
—¿Por qué fueron a este lugar? —interrogó esperando que con sus propias palabras y sin mentirle ellos supieran dar una buena y factible explicación. Sin embargo, todos guardaron silencio.
—Lo escuchamos, por ahí —se atrevió hablar un chico de cabellos negros de nombre Kevin—. Nos pareció curioso que un ligero temblor de 3.8 grados, hubiera abierto caminos bloqueados. Decidimos…
—¿Cómo supieron lo de los caminos? —interrumpió Mu. Únicamente el personal a cargo sabía eso. La información era confidencial. Todos observaron a Samantha.
—Sergio me dijo —confesó ella avergonzada—. Salgo con él y, bueno, él…
Mu suspiró profundamente levantando la mano para interrumpir a Samantha. La información nunca debió haber salido de los laboratorios, ya hablaría con el supervisor de Sergio, a quien se le había pedido confidencialidad frente a los hallazgos o investigaciones que se llevaban a cabo dentro de cada una de las facultades. Apenas era un aprendiz, pero no debió haber revelado esos datos. Por ahora debía concentrarse en sus estudiantes y en su temeraria expedición.
—Supongo —continuó Mu revisando el contenido de la hielera—, que encontraron esto en un ambiente frío.
—Sí, por eso lo protegimos con hielo —dijo con entusiasmo Ronald. Mu quiso darle un golpe en la cabeza, pero se contuvo—. Allá abajo hacía mucho frío.
—Ya saben que existen diferentes grados de temperatura —regañó. Los muchachos volvieron a bajar la cabeza—. El mineral pudo haber perdido sus propiedades al no estar en su temperatura habitual. Esta hielera puede estar a una temperatura muy baja o alta.
—Podemos traer más —sostuvo Kevin, como si revelara un dato muy importante—. Había mucho en ese lugar.
—No, hasta que la expedición no sea aprobada por el comité —ordenó con firmeza el Santo—. No quiero que se metan en problemas.
—¿Piensa que encontramos algo importante? —acotó Samantha mirando a su maestro, quien dejó pasar por un momento el enojo para centrar su atención en la hielera.
Mu inspeccionó el hallazgo con detenimiento. La pieza tenía un brillo extraño, casi hipnótico, y despedía un ligero vapor que se condensaba en contacto con el aire. Estaba claro que el mineral se había formado bajo condiciones extremas de temperatura y presión. Su superficie parecía inestable, fracturándose al menor movimiento, lo que le preocupó inmediatamente.
—¿Estuvieron en contacto directo con esto? —preguntó, su tono fue más serio de lo habitual.
Dos de los estudiantes intercambiaron miradas incómodas.
—Usamos elementos de protección —habló Kevin con total seguridad—. Como usted nos ha enseñado —enfatizó tratando de que el ceño fruncido de Mu desapareciera—. No lo tocamos señor.
—¿Seguros?
—¿Hay algo malo? —quiso saber María una pequeña pelirroja que se había mantenido a una corta distancia y en completo silencio.
—No lo sé —contestó él llevando una diminuta muestra para ponerla bajo el microscopio—. Los cambios climáticos y las posibles alteraciones químicas que puede sufrir un elemento al salir de su ambiente natural pueden ser volátiles. Ustedes lo saben, ¿no? Espero que mis clases no hayan sido una pérdida de tiempo.
—Para nada señor —dijo rápidamente Ronald—. Pero queríamos traer el mineral. Tal vez esto sirva para que el comité autorice cuanto antes la expedición.
—No puedo llevar esto ante el comité sin afectarlos a ustedes. —Mu se llevó las manos a la cabeza tratando de organizar sus ideas—. Saben que esto puede costarles mucho. Una expulsión sería lo mínimo.
—Nosotros no quisimos…
—Lo sé —interrumpió Mu a María—. Mantendremos esto en secreto en lo que encuentre una buena solución, por ahora, no sabemos cómo puede reaccionar el mineral fuera de su entorno original. Debemos mantenerlo aislado y no exponerlo a temperaturas altas.
—Profesor —tomó la palabra Carlos, un muchacho pálido con una gran delgadez—. Cree que tenga algún valor comercial.
Mu dudo antes de contestar:
—Emite un brillo fascinante —explicó él—-. No había visto algo así antes. Parece tener vestigio de rodio. Seguro su centro está compuesto de este metal. Sus propiedades son muy extrañas. Podría ser un descubrimiento científico invaluable, pero habría que hacerle más análisis para estar completamente seguros.
—Lo dejaremos en sus manos entonces, profesor —comentó Samantha con tranquilidad.
—No se librarán tan fácil de esto —dijo Mu al ver que el grupo intentaba escapar—. Me temo que tendré que bajarles la nota del semestre. —Los muchachos quisieron protestar—. No, no. No quiero discusiones. Ustedes, no solo se atrevieron a pasar por alto las normas de la universidad. Sino que también expusieron su vida. Pudo haberles pasado algo en esta expedición. Vayan a descansar. Sabrán mi decisión en un par de días.
Los muchachos salieron derrotados del salón y en completo silencio. Mu sonrió satisfecho y tomó el descubrimiento para llevarlo al laboratorio y saber más del hallazgo.
X-X
—No debimos haber traído el mineral con él —murmuró Ronald caminando por los pasillos junto a sus compañeros.
—De qué otra forma habríamos sabido más sobre el mineral. Era necesario. —María parecía conforme con la decisión.
—Pero nos perjudicó a todos. —Samatha suspiró derrotada deteniéndose cerca de un barandal—. No quiero que baje mi calificación. Debo mantener mi beca.
—Estoy segura de que el profesor Mu, no será tan drástico —consoló María colocando una mano en el hombro de su compañera—. Bien pudo exponerlo frente al comité. Habría sido peor.
—Yo solo espero que nos incluya en la expedición —dijo Ronald con prepotencia—. Nosotros descubrimos ese mineral. Casi morimos en esa cueva. Nos deben el crédito.
—El profesor lo manejará de la forma más adecuada.
—Estás enamorada del profesor Mu, ¿no, María? —comentó con malicia Kevin—. Te gusta, por eso lo defiendes y nos convenciste de traer el mineral con él.
—Claro que no —contestó con rapidez la aludida—. Le respeto mucho, eso es todo. ¿De qué otra forma habríamos sabido las propiedades de ese mineral? Él es experto y el único en el que podemos confiar.
—De todas formas, no nos dio mayor información —acotó Carlos—. No nos dijo gran cosa del mineral. Ni siquiera sabemos si vale la pena.
—El mineral necesita ser analizado minuciosamente —explicó Ronald—. Y no sabemos qué tanto se afectó al sacarlo de su entorno natural. El profesor, dijo que era un mineral extraño. Es un nuevo descubrimiento. Por ese lado, podemos darnos por bien servidos.
—¿Entonces puede ser valioso? —quiso saber Carlos, con demasiado entusiasmo.
—Si tiene nuevos componentes. Desde luego que sí —ofreció María—. Además, el profesor dijo que tenía rodio, que de por sí es un metal demasiado valioso por su rareza. ¿Por qué tu interés?
—Oh, vamos —resopló Carlos mirándolos a todos—. A ninguno le caería mal un dinero extra.
—Sí es un descubrimiento que valga la pena —habló Samantha con naturalidad—, la recompensa será generosa.
—¿Recompensa? —repitió Carlos hostilmente—. Por favor, el beneficio monetario será para los involucrados directos, y lo demás, lo absorberá la universidad. Nosotros tendremos suerte, si tan siquiera nos dan el crédito por el descubrimiento, de lo contrario hasta nuestros nombres serán borrados de los registros.
—¿Y qué sugieres? —interrogó Ronald.
—Ya sabemos dónde encontrar el mineral —continúo Carlos convencido—. Extraigamos más, y busquemos a quien le pueda interesar. Yo conozco algunas personas.
—¿Venderlo al mercado negro? —expresó María confundida—. ¿Es lo que sugieres? ¿Estás locos? Podríamos ir a la cárcel.
—Nadie tiene por qué saberlo. Seremos ricos y estaremos lejos de aquí.
—Estás demente. —Samantha suspiró abrumada, no quería perder su beca y mucho menos terminar en una cárcel por seguir escuchando a sus compañeros—. Yo no voy a participar en eso. Mejor me voy a mi casa.
—¡Oh, vamos! —bramó Carlos derrotado, pero todos empezaron a marchar dejándolo solo—. Como quieran.
X-X
La noche llegó demasiado rápido, el tiempo apenas fue el suficiente para dejar al día todas sus actividades, y aun así quedaron algunas cosas pendientes. Mu dejó caer su cuerpo sobre la cama de sábanas blancas, permitiéndose un suspiro de alivio. Apenas había pasado el primer día y aún no había nada fuera de lo común. Nada. No sabía si sentir tranquilidad por esa calma extraña o impacientarse por lo largo que parecía estar todo. No quiso pensar más en eso, así que se entregó al cansancio que lo consumía, cerrando lentamente los ojos. Esperaba que la mañana siguiente trajera más claridad.
De repente, el teléfono sonó.
Mu abrió los ojos algo confundido, al no poder identificar el sonido de inmediato. Al organizar sus pensamientos, recordó su misión en Tierra Dos. Dirigió la mirada hacia la mesa de noche, donde su celular vibraba y parpadeaba insistentemente. Molesto, estiró el brazo para tomarlo, observando con asombro que apenas eran las dos de la mañana. Maldijo al que estuviera del otro lado de la línea. No tenía el número registrado, así que rápidamente contestó. Tal vez se trataba de alguno de sus compañeros que finalmente había logrado contactarlo.
—Habla Mu —se identificó, tratando de mantener la calma, sin dejar que su voz reflejara el agotamiento.
—¡Profesor! —La voz de María sonó nerviosa y temerosa, haciendo que Mu perdiera todo rastro de sueño.
—¿Estás bien? —preguntó, notando de inmediato el miedo en su tono.
—Profesor, necesito su ayuda.
—Sí, dime. ¿Dónde estás? ¿Qué necesitas? —respondió, cada palabra se encontraba cargada de preocupación.
—Profesor, nosotros tocamos el mineral. —María pareció dudar por un instante, como si las palabras fueran demasiado difíciles de pronunciar.
—¿Qué? —preguntó Mu, incapaz de ocultar la sorpresa.
—El mineral que llevamos esta tarde. Kevin y yo lo tocamos con las manos descubiertas. La mamá de Kevin me acaba de llamar para decirme que él falleció hace unos minutos en el hospital. Profesor… Kevin tenía síntomas de resfriado, y yo también los tengo. Profesor, tengo miedo.
Mu sintió cómo su corazón se aceleraba, y el miedo en la voz de María sólo aumentó la gravedad de la situación.
—Tranquila, voy para tu casa. Dame la dirección.
—Profesor, quiero que sepa que usted es una persona muy especial para mí.
El corazón de Mu dio un brinco. Aunque aquellas palabras pronunciadas con tanta seguridad parecían una despedida, decidió no darles importancia en ese momento. Se centró en lo que era más urgente.
—María, tranquila. Estaré contigo lo antes posible, ¿de acuerdo? —respondió con rapidez, tratando de calmarla—. Voy a colgar un momento para llamar a emergencias, pero te vuelvo a llamar enseguida. ¿Sí?
—Sí —contestó ella, con un tono resignado y delicado.
Aries cortó la llamada con un gesto apresurado y se organizó rápidamente. Se puso de pie, su rostro reflejaba la gravedad de la situación. Sabía que el trayecto sería complicado debido al tráfico, pero no podía permitirse detenerse. Sin perder más tiempo, salió hacia su vehículo mientras su mente formulaba un plan. No solo le preocupaba la salud de María, sino también el posible peligro del mineral que habían encontrado.
De camino, volvió a llamarla. Ella contestó al primer tono.
—María, las ambulancias van en camino, pero… tardarán un poco. Yo ya voy para allá —le aseguró con firmeza.
Por precaución, mantuvo la línea abierta mientras intentaba coordinar la llegada de asistencia médica. Sin embargo, las circunstancias no jugaban a su favor. Un apagón en la parte norte de la isla había colapsado los servicios de emergencia, retrasando cualquier tipo de apoyo. La impotencia lo invadía al ver que todo parecía complicarse más con cada segundo.
—Quiero que me cuentes con detalle cómo y dónde encontraron ese mineral, y todo lo que hicieron durante y después del hallazgo —pidió finalmente, sabiendo que la información era crucial.
Al otro lado de la línea, María suspiró profundamente, pero obedeció. Con voz temblorosa, comenzó a contar su historia. Según el relato, el equipo había explorado una de las cuevas sumergidas en las profundidades de la zona. El descenso había sido arduo, abarcando varios kilómetros bajo tierra, donde las temperaturas gélidas hicieron más complicado el trabajo. Allí fue donde encontraron el mineral, cuya superficie brillaba de forma hipnótica. María y Kevin, fascinados, tocaron brevemente el hallazgo, mientras que Samantha, más cauta, les recordó la importancia de seguir las medidas de seguridad.
A medida que escuchaba, Mu intentaba mantener la calma. Solo dos miembros del equipo presentaban síntomas: Kevin y María, quienes habían tenido contacto directo con el mineral. Aunque María insistía en que fue un toque leve, parecía que incluso ese pequeño contacto era suficiente para provocar una reacción. Los síntomas descritos incluían fiebre, sudoración intensa y una sensación de adormecimiento generalizado, lo que podría indicar un resfriado común. Sin embargo, Mu no lograba tranquilizarse. De tratarse de una gripe común, ¿por qué Kevin había muerto?
Ese día luego de que sus estudiantes se hubieran marchado, Mu había realizado pruebas preliminares con el mineral y descubrió que, expuesto a temperaturas altas, liberaba compuestos que se transformaban en una toxina altamente peligrosa. Por seguridad, había almacenado el mineral bajo estrictas condiciones para su estudio posterior por expertos. No obstante, su preocupación aumentaba por una conversación que había tenido con su colega, el doctor Hekatios, un historiador especializado en tribus antiguas. Hekatios mencionó que, por su ubicación y características, el mineral podría estar relacionado con la misteriosa tribu Erebium.
La tribu Erebium era poco más que un enigma histórico. Según los escasos registros disponibles, la civilización había desaparecido de forma abrupta tras entrar en contacto con un mineral extraño encontrado en un recoveco congelado. Los relatos hablaban de un artefacto llamado "Necrilith", al que atribuían propiedades sobrenaturales, como la capacidad de revivir a los muertos. Sin embargo, los registros eran fragmentarios y carecían de evidencia sólida que confirmara siquiera la existencia de la tribu. Para algunos, la historia del Necrilith no era más que un mito, pero para Mu, que ahora tenía en su poder un mineral con propiedades similares, la conexión era inquietante.
La posibilidad de que este mineral estuviera vinculado a un agente biológico antiguo, capaz de desatar enfermedades desconocidas, lo llenaba de aprensión. Aunque no quería alarmar a María, en su interior sabía que lo que enfrentaban podría ser mucho más peligroso de lo que parecía a simple vista. Y aún seguía sin entender; ¿si el mineral era tóxico a una temperatura elevada, por qué los dos chicos se hallaban enfermos cuando todo el tiempo tuvieron el compuesto a una baja temperatura? Aquel hallazgo parecía más voluble de lo que había imaginado.
X-X
El olor a humo la despertó. A su lado, su esposa descansaba tranquilamente. Habían tenido una jornada larga, por lo que ambas, al terminar la cena, cayeron profundamente dormidas en la cama. Sin embargo, el aroma acre era cada vez más intenso, y su garganta empezaba a arder.
—Matí —llamó Ana, sacudiendo delicadamente a su compañera, quien contestó entre sueños.
—¿Qué pasa?
—Levántate, algo se incendia.
Ana se incorporó de un salto, seguida de cerca por Matilde, quien parecía seguir atrapada en el letargo del sueño, sin terminar de asimilar las palabras de su esposa.
—¡Auxilio, auxilio! —Los insistentes golpes en la puerta las hicieron detenerse. Ambas se miraron con preocupación antes de atreverse a avanzar—. ¡Por favor, auxilio!
—No creo que debamos abrir —advirtió Matilde con cautela. Ana, sin embargo, llenándose de valentía, caminó hasta el umbral.
—¿Quién es? ¿Qué necesita?
—Por favor, ayúdenme… —El hombre al otro lado intentó responder, pero una terrible tos lo detuvo.
Ana observó a Matilde con incertidumbre, pero a pesar de la mirada severa de su esposa que parecía suplicarle que no lo hiciera, no se detuvo. Cuando abrió la puerta, el cuerpo del sujeto que clamaba ayuda cayó con fuerza dentro de su casa. Tenía los ojos y la boca llenos de sangre.
—Llama a emergencias —ordenó Ana, arrodillándose para revisar al hombre, quien ya no respiraba. Matilde regresó, segundos después con el teléfono en la mano.
—Dicen que las ambulancias están en camino —explicó, interrumpida por un ataque de tos mientras el humo comenzaba a colarse por toda la casa—. Hay un incendio en las montañas.
Ana caminó hasta el pórtico de su casa y alzó la vista hacia la montaña, que se alzaba imponente a unos pasos de su residencia. Una gruesa capa de humo negro y un fuego voraz consumían la parte más alta.
—¡Mati, creo que debemos irnos ya! —dijo Ana con urgencia, mientras Matilde se inclinaba para examinar al hombre—. No creo que puedan controlar ese fuego… —Pero antes de que pudiera continuar, el sujeto en el suelo se levantó de improviso, mordiendo a Matilde en el cuello.
—¡Mati!
Matilde gritó desgarradoramente, llevándose las manos al cuello mientras intentaba apartar al hombre que la atacaba con una fuerza descomunal. Ana, paralizada por el horror, apenas pudo reaccionar. El olor a sangre se mezcló con el humo, y el sonido de dientes desgarrando carne llenó el ambiente.
—¡Mati! —reaccionó Ana al fin, lanzándose hacia su esposa con desesperación. Pero el hombre se volvió hacia ella, sus ojos enrojecidos y vacíos, con una expresión que no pertenecía a un ser humano.
Matilde cayó al suelo, jadeando y tosiendo, mientras Ana luchaba con todas sus fuerzas para alejar al atacante. En el forcejeo, sus dedos tropezaron con un pesado adorno de metal sobre la mesa de la entrada, y sin pensarlo dos veces, lo levantó y golpeó con todas sus fuerzas al hombre en la cabeza. El atacante se desplomó, pero su cuerpo seguía convulsionándose, como si se negara a aceptar la derrota. Ana retrocedió, jadeante, mirando entre lágrimas a Matilde, que se agitaba en el suelo.
—No… no puedo respirar… —susurró Matilde, su voz era ronca por el dolor y el miedo.
El humo comenzó a llenar cada rincón de la casa, y con cada segundo que pasaba, Ana sentía un peso extraño en sus propios pulmones, como si el aire estuviera siendo reemplazado por algo oscuro y venenoso.
—Mati, aguanta… por favor, aguanta —suplicó Ana, abrazándola con fuerza. Pero entonces, los ojos de Matilde comenzaron a cambiar, sus movimientos se volvieron erráticos, y un gruñido gutural escapó de su garganta.
Ana retrocedió, el horror la invadió al darse cuenta de que algo mucho más oscuro estaba sucediendo. Esto no era solo un incendio, no era solo humo. Algo aterrador y desconocido estaba extendiéndose desde las montañas.
Matilde levantó la mirada hacia Ana, pero ya no era ella.
—Mati… no… —susurró Ana mientras su esposa, o lo que quedaba de ella, se lanzó hacia ella con una fuerza inhumana.
X-X
El tiempo avanzó lentamente, marcado por el peso del silencio.
Al otro lado de la línea no había más que vacío. Mu intentó mantener la conversación con María, buscando siempre una respuesta de su parte, pero con el paso de los minutos, ella dejó de contestar. Las ambulancias tardarían en llegar; le habían explicado que una explosión en la zona más alta del lado norte había desatado el caos y que varias personas estaban heridas. Las fuertes lluvias y el viento no ayudaban, y la normalidad de aquella noche se había perdido con demasiada facilidad.
Pasó una hora antes de que Mu llegara a la casa de María. Las luces estaban encendidas, pero no había ningún movimiento en el interior. Avanzó apresurado y tocó a la puerta sin obtener respuesta. Esperó unos segundos antes de llamar de nuevo con insistencia, pero todo permaneció en silencio. Miró por encima de su hombro; la calle estaba desierta, era tarde y probablemente todos dormían.
La asistencia seguía demorada, y él no podía quedarse sin hacer nada. Sin pensarlo más, pateó la puerta con fuerza, logrando que se separara ligeramente de su marco para abrir paso al interior. A lo lejos, escuchó un perro ladrar, y en una casa cercana, una luz se encendió. Quizás los vecinos pensarían que se trataba de un robo, especialmente porque antes de salir de su auto se había colocado una mascarilla y guantes. Pero no había tiempo para aclarar nada. Entró rápidamente, llamando a María mientras revisaba cada rincón de la primera planta. No la encontró.
Sacó su teléfono para volver a comunicarse con la línea de emergencia, pero un gemido leve proveniente de la cocina lo detuvo. Se apresuró hacia la fuente del sonido, encendiendo la luz al entrar. María estaba allí, de pie en el centro del salón, tambaleándose ligeramente. Su boca y ojos estaban cubiertos de sangre, y su mirada, vidriosa y perdida, lo atravesó como una daga.
—¡María! —exclamó Mu alarmado, dando un paso hacia ella, pero se detuvo a mitad de camino.
Algo en ella no estaba bien. No pronunció palabra alguna; solo caminaba torpemente hacia él, como si fuera un autómata.
—¿María? —llamó con cautela, retrocediendo poco a poco. María mantuvo su mirada fija en él, sin apartarse ni un instante, mientras seguía acercándose con pasos largos y descompasados—. María, por favor, dime algo.
La única respuesta que obtuvo fue un gemido seco, un sonido inhumano que le resultó perturbador. Algo en esa escena le recordó viejas películas de terror, pero se obligó a ignorar el pensamiento.
—Voy a acercarme. No voy a hacerte daño —dijo con calma, avanzando lentamente hacia ella.
Sin embargo, María no parecía preocuparse ni por su apariencia. Él la había visto muchas veces arreglarse cuando se acercaba, acomodando rápidamente su cabello frente a cualquier reflejo. Este comportamiento distante y extraño lo llenó de dudas. Y mientras se acercaba, notó algo inquietante. Aunque sus movimientos eran lentos, sus pasos se volvían más precisos y veloces al estar cerca de él. En un instante, ella acortó la distancia, sujetándolo con fuerza descomunal. Su boca se abrió por completo mientras se lanzaba hacia su rostro.
Mu reaccionó rápidamente, logrando apartarla con dificultad. No la empujó con violencia, pero ella volvió a incorporarse casi al instante, lanzándose nuevamente hacia él, esta vez con más agresividad.
—¡María, basta! —ordenó mientras esquivaba otro ataque. Ella tambaleó, pero se recuperó con rapidez, enfocando su mirada en él como si fuera su único objetivo—. María, soy yo —intentó aclarar mientras rodeaba la encimera para mantener distancia.
María no parecía comprender. En su afán por alcanzarlo, golpeaba su cuerpo contra el mesón, apretando sus manos contra el granito hasta lastimarse. Mu no soportó verla así. Se abalanzó sobre ella, sujetándola por la espalda para evitar que siguiera dañándose, pero esto solo pareció enfurecerla más. Ella comenzó a forcejear con violencia, intentando girarse para morderlo.
—¡Detente, estoy tratando de ayudarte! —exclamó mientras luchaba por contenerla. Los gemidos de ella aumentaban, y cada vez le era más difícil controlarla—. María, no voy a soltarte hasta que te calmes.
De repente, un hedor insoportable lo invadió. El cuerpo de María estaba frío y pegajoso. Por instinto, la soltó y retrocedió. Mu no era experto en ese mundo, pero en su propia realidad sabía reconocer a un muerto. Y María estaba muerta.
¿Cómo era posible que siguiera moviéndose?
Su mente recordó rápidamente el mito del mineral y su relación con los muertos volviendo a la vida. No había tiempo para dudar. Tomó un cuchillo largo y afilado, clavándolo en el pecho de María, pero ella siguió avanzando como si no sintiera nada.
—¡No puede ser! —gruñó, frustrado. Agarró una tabla pesada de la cocina y golpeó con fuerza su cabeza. María apenas retrocedió, ni siquiera mostró un atisbo de dolor—. ¿Es un maldito zombi?
Mu, sin detenerse, continuó golpeándola. Cada golpe fue más fuerte que el anterior, hasta que finalmente destrozó el cráneo de María contra el suelo. Incluso hasta su último aliento, ella solo buscaba morderlo. Él se quedó de pie, jadeando, maldiciendo internamente mientras intentaba procesar lo que acababa de suceder.
X-X
Saga y Kanon avanzaron con pasos firmes por los extensos corredores del cuartel general de las fuerzas especiales, sus movimientos reflejaban una disciplina y una inquebrantable concentración. El aviso repentino que los había convocado interrumpió sus respectivas misiones en curso, algo inusual en operaciones de ese nivel. Ambos sabían que un llamado de esta magnitud no se hacía a la ligera.
Dentro del despacho, el mayor Alexandros, de mirada severa y voz controlada, los esperaba de pie junto a una mesa cargada de mapas y reportes clasificados. Sin más preámbulos, habló:
—Capitanes Kyriakos, agradezco su puntualidad. Lamento lo intempestivo de esta reunión, pero la situación demanda acción inmediata. Han demostrado ser líderes de confianza, y por ello les encomendaré una misión crítica.
Los gemelos se mantuvieron en posición de firmes, atentos a cada palabra.
—Hemos recibido informes alarmantes desde la isla de Naxina —continuó Alexandros, señalando un punto en el mapa—. Las fuerzas locales están completamente desbordadas. Según los reportes preliminares, se enfrentan a un grupo de hostiles cuya naturaleza es desconocida. Sin embargo, estos "individuos" muestran una agresividad fuera de lo común, atacando indiscriminadamente y en grandes números. La hipótesis inicial sugiere un posible brote infeccioso, con síntomas similares a la rabia. No obstante, hasta que tengamos claridad, toda la isla queda en cuarentena.
Saga intercambió una mirada fugaz con Kanon, quien asintió imperceptiblemente. Su experiencia les decía que la situación era más grave de lo que el mayor estaba dispuesto a admitir en ese momento.
—Su misión es clara: viajar a Naxina de inmediato, contener la amenaza y garantizar que nadie entre o salga de la isla. La prioridad es preservar el aislamiento total mientras investigamos la causa de esta crisis. —El mayor hizo una pausa, clavando su mirada en los hermanos—. Les doy carta blanca para coordinar con las fuerzas en el terreno, pero recuerden, su liderazgo y criterio serán esenciales.
Saga dio un paso al frente y saludó con firmeza, seguido inmediatamente por Kanon.
—¡Entendido, mayor! Cumpliremos la misión a cualquier costo.
—Eso esperaba escuchar —respondió Alexandros, esbozando una leve sonrisa que apenas disimulaba su preocupación—. Buena suerte, capitanes. Confío en que sacarán lo mejor de esta operación.
X-X
Mu jamás imaginó que aquel brote avanzaría con tal rapidez, y ahora, la escasa información que existía sobre la tribu Erebium comenzaba a tener sentido. Ese mineral, relegado al olvido, no solo había sido el origen de una tragedia que aniquiló a toda una civilización en el pasado, sino que ahora parecía ser el causante del nuevo desastre que enfrentaban. Era evidente que todo aquello llevaba el sello de Zeus. Esa historia no encajaba con el mundo real; el rey del Olimpo disfrutaba de los espectáculos y siempre se esmeraba en poner a prueba a los guerreros con desafíos tan colosales como crueles. Aries entendió, con un peso creciente en el pecho, que la tarea que tenía delante sería mucho más compleja de lo que inicialmente había anticipado.
Sin embargo, si el mineral había causado ese mal, quizá también contenía la clave para revertirlo. Los restos que Mu había llevado al laboratorio de la universidad no representaban una solución viable. Ese fragmento había sido expuesto de manera irresponsable, alterando sus propiedades y volviendo sus compuestos impredecibles y peligrosos. Cualquier intento de trabajar con ese trozo deteriorado sería inútil, incluso contraproducente.
La única opción era regresar al lugar de origen del mineral. Mu necesitaba extraer una muestra fresca y virgen, asegurándose de mantener los máximos estándares de seguridad. Solo así podría preservar intactos sus componentes y analizar su potencial. La esperanza, aunque tenue, residía en ese fragmento intacto. Si había una cura, se encontraba en los secretos aún no revelados de esa piedra.
Pero aquella tarea resultó más difícil de lo que Mu había anticipado. Aunque había logrado detener a María, quien parecía ser el paciente cero, la situación se complicaba al recordar lo que ella había mencionado sobre Kevin. Según sus palabras, el joven había fallecido en el hospital unas horas antes que María y al igual que ella, él también había tenido contacto con el mineral, existía la posibilidad de que su muerte no hubiese sido el final, sino el comienzo de algo mucho peor. Por lo que podía deducir, Kevin, convertido en zombi, debía haber propagado la infección de manera devastadora. Sin embargo, algo no cuadraba. La velocidad con la que el caos se había apoderado de la isla era inexplicable. En cuestión de horas, el orden había colapsado. ¿Cómo era posible que una sola persona hubiese desencadenado tal nivel de destrucción?
Las calles eran un hervidero de confusión. El tráfico estaba completamente paralizado, las líneas de emergencia no respondían y las sirenas de patrullas resonaban en todas direcciones. Helicópteros cruzaban el cielo, aumentando la sensación de urgencia y desespero. Pero lo más inquietante era el denso humo gris que cubría gran parte de la isla. Mu asumió que el caos habría provocado incendios en algún punto, pero pronto sintió algo extraño: un ardor persistente en su garganta. Cada vez que intentaba hablar con un oficial de policía, sus palabras salían roncas e ininteligibles, y aquellos hombres, abrumados por su propia desesperación, lo ignoraban por completo.
Mientras trataba de abrirse paso hacia el norte de la isla, una idea lo asaltó: ¿y si el humo no era consecuencia del caos, sino su origen? Algo en el fondo de su mente le advertía que este fenómeno no era natural. Había algo en ese aire contaminado que parecía alterar a quienes lo respiraban. Si eso era cierto, las cosas eran mucho más graves de lo que pensaba. Llegar al lugar de extracción del mineral no era sólo importante, era una carrera contrarreloj para evitar que toda la isla, y quizá algo más, cayera completamente bajo el efecto de esa infección.
X-X
Los santos de Géminis avanzaron por el hangar mientras los preparativos de su despliegue se desarrollaban a su alrededor. El estruendo de las hélices y las órdenes resonaban como un telón de fondo constante. El viento arremolinaba las capas de los capitanes mientras los motores del transporte zumbaban con fuerza. Saga revisó por última vez las órdenes que les habían dado.
—Un brote de rabia —leyó en voz alta, aunque con cierto escepticismo. Cerró el informe y miró a Kanon, quien afinaba los últimos detalles de su equipo. —¿Cuántas veces hemos visto algo como esto terminar siendo algo completamente diferente?
Kanon alzó una ceja y lanzó una risa seca.
—Cualquier cosa puede ser. En las últimas horas hemos estado esperando de todo: rebeliones, pandemias, conspiraciones... ¿Pero rabia? —Dio un golpecito al arma en su cinturón—. Tal vez no sea más que otro grupo de rebeldes queriendo hacerse notar.
—Eso espero —murmuró Saga, aunque su tono no transmitía seguridad. Kanon lo observó de reojo, inclinándose un poco hacia él.
—Entiendo tu preocupación. Hay algo extraño en todo esto. Si solo se trata de rebeldes, no necesitarían nuestra intervención. El mayor mencionó una infección. ¿Y si el fin del mundo no es un cataclismo, sino una tercera guerra mundial? Podríamos estar enfrentando ataques biológicos.
—Segunda —corrigió, recordando que en ese universo sólo hubo una gran guerra—. Pero tienes razón. Podría ser un arma biológica utilizada entre naciones. Si es así, el número de víctimas crecerá exponencialmente. Incluso con nuestra intervención, no seremos suficientes frente al alcance de las armas químicas o bacteriológicas.
—¿De verdad crees que ha iniciado el tan anhelado fin del mundo que nos prometió, Zeus?
—'Les mostraré cómo termina su mundo' —Saga citó con amargura las palabras del dios, recordando aquella sentencia que había marcado el inicio de esta extraña realidad. Sus manos se cerraron en puños por un instante antes de relajarse. —Pensé que tardaría más. Tal vez sea una guerra biológica, pero no tiene sentido pensar en ello ahora. Puede que esto no sea más que una falsa alarma. A menos que la intención de Zeus, sea demostrarles a los otros dioses como los humanos se matan entre sí, sin razones de peso. Creí que estaba de nuestro lado, pero ¿una guerra mundial? Esperaba todo un espectáculo por parte del dios de dioses.
Kanon soltó una carcajada corta, incrédulo.
—Desde cuándo eres tan gracioso, Saga.
—No lo soy. —Saga ajustó su equipo, su mirada fija se clavó en el helicóptero que ya los esperaba—. Pero preocuparnos por posibilidades no cambiará lo que tenemos que hacer. Si son rebeldes, los neutralizaremos. Si es otra cosa, lo descubriremos al llegar allá. Cualquier cosa se le pudo ocurrir a Zeus para sacarnos de quicio.
Kanon asintió, aunque su expresión seguía siendo desconfiada.
—Sabes que no me gusta ir a ciegas, me molesta no tener la situación controlada.
—Eso no importa ahora —interrumpió Saga con determinación—. Nuestra prioridad es esta misión. Si esto es una infección y no logramos contenerla, la isla completa estará condenada. Lo sabes, ¿cierto?
Ambos hombres se detuvieron, mirándose en silencio. El peso de lo que no se atrevían a verbalizar era abrumador. Si fallaban en contener la amenaza, la isla sería erradicada por completo. Las pérdidas humanas serían catastróficas y la operación sería encubierta, posiblemente atribuyéndola a un accidente en la planta de energía local.
Saga suspiró profundo:
—Si este es el precio para evitar algo peor, será nuestra carga. —Su voz sonó solemne, pero no exenta de angustia.
—Athena nos preparó para luchar en nombre de la humanidad. —Kanon asintió—. Cumpliremos nuestra misión, sea cual sea el costo.
Con esas palabras, ambos subieron al helicóptero. Las hélices comenzaron a girar con fuerza, el ruido ensordecedor llenó el aire mientras el aparato despegaba hacia la isla. En el horizonte, una nube de humo oscuro se alzaba sobre el paisaje, como un presagio de lo que estaba por venir.
X-X
En la isla de Naxina, el caos seguía escalando. Las calles estaban abarrotadas de vehículos abandonados, humo y gritos que se mezclaban en una cacofonía aterradora. Los pocos civiles que aún no habían sido alcanzados por el pánico se refugiaban donde podían, mientras las sirenas de las fuerzas de emergencia apenas lograban abrirse paso entre el desastre.
Mu marchó con dificultad por una de las avenidas principales, tratando de calcular la ruta más corta hacia la antigua cueva de donde se había extraído el mineral. Había logrado conseguir un mapa básico en la universidad y un equipo para la extracción del mineral, pero con el caos reinante, orientarse y avanzar era una tarea titánica. Acceder a la zona norte le fue imposible. El cordón militar desplegado le negó el paso, incluso cuando insistió en la urgencia de investigar las cuevas. Sus argumentos, cargados de lógica y desesperación, fueron ignorados.
—Ese maldito humo... —susurró al sentir su respiración entrecortada, subiendo derrotado a su vehículo—. No puede ser solo un incendio. Algo más está ocurriendo, estoy seguro de eso. ¡Maldita sea!
Otro helicóptero atravesó el cielo de Naxina, Mu observó por el parabrisas el enorme artefacto y respingo ante el frío del amanecer. En las últimas horas, había llegado un grupo impresionante de soldados, desplegándose estratégicamente por toda la isla. El santo de Aries quiso parecer optimista, sí ellos lograban controlar la amenaza, sería más fácil llegar a la zona norte después de hablar con la persona adecuada, pero aquella infección y su rápida propagación minimizaba sus ánimos.
—¡El puerto! —expresó entusiasmado. Allí se estaba congregando la milicia, y de seguro allí encontraría a alguien que lo escuchara y lo ayudara a llegar hasta las montañas del norte.
X-X
El helicóptero de los capitanes Kyriakos aterrizó en una zona de operaciones improvisada cerca del puerto. El rotor aún giraba con fuerza cuando Saga y Kanon descendieron con rapidez, siendo recibidos por un joven oficial que parecía demasiado tenso para alguien acostumbrado al caos.
—Capitanes, la situación es más grave de lo que habíamos anticipado —informó el oficial, cuadrándose al momento—. Las fuerzas locales reportan que un grupo rebelde podría haber detonado explosivos en la zona norte, cerca de las cuevas antiguas. Sin embargo, hay información contradictoria... algo fuera de lo normal.
Saga tomó el mapa que le ofrecía el oficial, sus ojos recorriendo rápidamente los detalles mientras sus cejas se fruncían en concentración.
—Explosiones en las cuevas... —murmuró, casi para sí mismo—. ¿Qué clase de actividad rebelde justificaría un ataque en un área tan remota?
—No estamos seguros, señor —respondió el oficial, con un tono que denotaba incertidumbre—. Pero una nube de humo se generó tras la explosión y se está extendiendo rápidamente. Lo extraño es que las personas expuestas a ese humo están mostrando... comportamientos violentos. Algunos informes sugieren que están atacando sin razón aparente.
Kanon se cruzó de brazos, evaluando la situación con una expresión sombría.
—¿Comportamientos violentos? —preguntó con incredulidad—. ¿Quieres decir que ese humo está infectando a la gente? ¿Qué tipo de patógeno actúa con esa velocidad?
—No lo sabemos, señor, pero... —el oficial tragó saliva, claramente incómodo—. Los civiles que estuvieron más cerca de la zona cero reportaron rigidez corporal extrema, dificultad para respirar y convulsiones. Fueron trasladados al hospital general, pero... varios no llegaron con vida.
Saga levantó la mirada con sus ojos fijos en el oficial.
—Continúe, soldado —ordenó con un tono firme.
—Señor, los informes indican que... las personas fallecidas... volvieron a levantarse. Atacaron a quienes intentaban ayudarlos.
Por un instante, el silencio se apoderó del lugar. Saga cerró los ojos, procesando aquella información absurda pero alarmante.
—¿Muertos... levantándose? —murmuró Kanon con escepticismo, mientras sus ojos se clavaban en el oficial—. ¿Está usted insinuando que estamos enfrentando algo fuera del alcance de la lógica?
—Es lo que reportan, capitán —afirmó el joven con nerviosismo, pero con determinación—. Los detalles aún son confusos, pero los informes son consistentes.
Saga respiró profundamente antes de apuntar con firmeza al mapa.
—Prepárate, Kanon. Nos dirigimos al norte, hacia las cuevas. Si la nube se originó allí, también podría ser el epicentro de este brote. Debemos confirmar la situación.
—Señor... —interrumpió el soldado con cautela—. El área fue evacuada bajo órdenes estrictas. Nadie está autorizado a ingresar hasta que el humo se disipe completamente.
Kanon dio un paso al frente, sus ojos destellando con autoridad.
—Somos personal autorizado. Esa área puede contener respuestas críticas. ¿Entendido?
—Sí... sí, señor —respondió el soldado, cuadrándose una vez más.
Saga guardó el mapa y se giró hacia Kanon, sus expresiones fueron serias y sincronizadas. Sin más palabras, ambos sabían que estaban entrando a un territorio desconocido y potencialmente letal.
X-X
El ruido inconfundible de botas se acercaba cada vez más. Mu giró hacia la dirección del sonido y observó cómo un helicóptero militar aterrizaba en la explanada. No había podido estacionar su vehículo cerca del lugar, así que no tuvo más remedio que abrirse paso a pie.
El puerto estaba abarrotado de civiles desesperados por ser evacuados. Los soldados desplegados mantenían el orden como podían, levantando una barrera humana que impedía a los lugareños acercarse demasiado a la zona de operaciones. La tensión era palpable; los gritos, súplicas y sollozos llenaban el aire, mientras los militares intentaban contener la situación sin ceder terreno.
Mu evaluó rápidamente el entorno, y su corazón dio un vuelco al distinguir entre el grupo de soldados a dos figuras familiares que conversaban en aparente calma: Saga y Kanon. Aunque estaban a cierta distancia, no dudó ni un segundo en avanzar hacia ellos. El lemuriano empujó su camino entre la multitud hasta llegar a la barrera de soldados, pero su paso fue detenido abruptamente por un oficial de mirada dura.
—Señor, no puede pasar —dijo el soldado con firmeza, bloqueando el paso con el brazo extendido—. Espere su turno.
—Debo hablar con ellos —insistió Mu, señalando a los gemelos. Su tono urgido no pareció afectar al oficial, quien mantuvo su posición—¡Saga! ¡Kanon! —gritó Mu con toda la fuerza de su voz, intentando llamar su atención por encima del bullicio.
Por un instante, Kanon giró la cabeza hacia la barrera de soldados, pero parecía no reconocerlo entre la muchedumbre. Mu volvió a gritar, esta vez con más intensidad, y finalmente, el gemelo menor clavó su mirada en él.
—¡Déjenlo pasar! —ordenó Kanon, caminando hacia la barrera con pasos decididos.
El soldado que bloqueaba a Mu retrocedió de inmediato, permitiéndole atravesar la muralla humana. Con un suspiro de alivio, Mu se apresuró hacia los gemelos. Saga, al verlo, también avanzó para unirse al grupo. El reencuentro fue breve y cargado de tensión. Por un instante, ninguno de los tres habló, pero la gravedad de la situación se reflejaba en sus rostros.
—¡Qué alivio encontrarlos! —exclamó Mu después de unos segundos—. Necesito su ayuda. Necesito que alguien me escuche.
—Tranquilo, Mu. Habla. —Saga mantuvo su postura serena, pero su voz transmitió autoridad—. ¿Qué está pasando?
Mu tomó aire, intentando organizar sus pensamientos.
—Estamos enfrentando un apocalipsis zombi.
Los gemelos permanecieron inexpresivos y esbozando el mismo gesto se giraron para ver al joven soldado que parecía más nervioso con ese encuentro que los otros. 'Muertos volviendo a la vida', había reportado el chico.
—¿Qué es eso de zombi? —preguntó el oficial, los otros tres permanecieron en silencio sin estar seguros de cómo proceder.
—¿Qué haces todavía aquí? —inquirió Kanon irritado—. Ve a llevarle el reporte al mayor. Vamos al norte. No pierdas el tiempo.
—Sí, señor —contestó el chico desapareciendo del lugar.
Saga y Kanon intercambiaron una mirada rápida. Sin perder la compostura, Saga cuestionó:
—¿Zombis?
—Sí —afirmó Mu con firmeza—. Como en las películas, pero peor.
—Espera un momento —intervino Kanon—. ¿Como que zombis? ¿Podrías ser más claro? ¿Es un ataque biológico?
—Es más que eso —respondió Mu, su tono grave—. Esto comenzó con un sismo, el día que despertamos aquí. Ese temblor expuso áreas selladas durante siglos. Mis estudiantes encontraron un mineral... algo desconocido. Creo que es el catalizador.
—Espera. —Saga se sobó las sienes—. ¿Todo esto comenzó con un mineral? —Su tono fue severo mientras observaba nuevamente el mapa holográfico de Tierra Dos—. Tus estudiantes lo encontraron y.… desataron el infierno, ¿desataron un apocalipsis zombi? ¿En serio?
—Sé, que es difícil de entender —analizó Mu derrotado—. Yo también estoy intentando procesar esta información. Viéndolo desde un punto bastante realista no existe una base científica que sustente este tipo de cataclismo, pero es el juego de Zeus y creo que cuando el mineral fue expuesto al aire, liberó compuestos reactivos, que nos llevó a todo esto.
Kanon soltó una risa seca.
—Esto suena a una mala broma.
—No lo es. Perdí a dos de mis estudiantes. Uno de ellos... —Mu hizo una pausa, tragando saliva—. Tuve que matarlo después de que intentara devorarme.
El silencio entre los tres fue absoluto, roto solo por el sonido del viento. Finalmente, Saga habló, su voz sonó más grave que nunca:
—Te creemos. Vendrás con nosotros, pero harás exactamente lo que se te ordene. ¿Entendido?
—Entendido —respondió Mu.
—Por el camino, nos contarás todo —continuó el mayor de los gemelos—. No tenemos tiempo que perder.
—Bien. Pero antes de avanzar, necesito mi equipo para extraer el mineral —añadió Mu, girándose hacia la multitud y avanzando de nuevo hacia su vehículo estacionado.
Saga observó a su compañero alejarse rápidamente y dirigió una mirada inquisitiva a Kanon.
—Acompáñalo y asegúrate de que regrese cuanto antes. Yo iré a preparar el transporte.
—Como ordenes —dijo Kanon con un bufido, siguiéndolo con paso rápido. Cuando alcanzó a Mu, el gemelo menor lo miró con una mezcla de irritación y curiosidad—¿Qué demonios haces?
—Necesito este equipo para asegurar el mineral —explicó Mu, sacando un maletín pesado de la cajuela de su vehículo—. Si no mantenemos el material en condiciones controladas, seguiremos alimentando esta pesadilla.
Kanon miró el contenido del maletín con interés.
—¿Y qué hace exactamente?
—Mantendrá al mineral en su estado natural —respondió Mu mientras ajustaba algunos mecanismos—. Necesitamos equipos de protección también. Ese humo que mencionaron no es normal.
—Eso ya lo sabemos. Vamos, te daremos el equipo necesario en el camino —dijo Kanon, haciendo un gesto para que regresaran.
Cuando volvieron al punto de encuentro, Saga ya tenía todo listo. Les entregaron trajes de protección y subieron a un jeep militar, dispuestos a dirigirse hacia la zona norte. El viaje sería largo, pero las preguntas apenas comenzaban.
—Mu —llamó Saga subiendo al jeep el cual fue conducido por otro de los oficiales, en la parte de atrás, él y Kanon intentaban acomodarse—. ¿Cuál es tu especialidad en este mundo?
—Tengo varios títulos —resopló el lemuriano volviendo la vista al cielo, su excitación se había disipado considerablemente—. Soy arqueólogo, geólogo y antropólogo, con especializaciones en paleomicrobiología y etnobotánica, y…
—Y pensé que no podrías ser más nerd —pronunció Kanon haciendo que Mu, sonriera de medio lado.
—Dime todo lo que sepas de ese mineral. —Continuó interrogando Saga. Mu dudo en hablar observando con ligereza al oficial que los acompañaba—. Es de entera confianza. No temas.
—Acabo de deducir que aquí nadie sabe lo que es… —Mu dudo nuevamente mirando al conductor—. Nadie sabe lo que es un zombi.
El muchacho al volante frunció el ceño, pero no dijo nada.
—Sí —sostuvo Saga, ya había caído en esa apreciación con el otro soldado. Eso quería decir que debían ser cuidadosos con sus palabras y evitar hablar de más ya que no sabían dónde estaban sus enemigos—. En dado caso, lo solucionaremos.
Los tres santos se miraron entre sí, sopesando las palabras del mayor de los gemelos. Si aquel soldado que conducía era un enemigo, bien podrían deshacerse de él más adelante. Solo debían prestar bien atención a sus acciones.
—Es volátil y reacciona al calor. —Mu miró por la ventana hacia el cielo oscurecido, ya era de día, pero la nube negra se esparcía por el firmamento—. Cuando lo expusimos, liberó un patógeno aéreo.
—Escucha Mu —habló Saga —. Hay un incendió en la zona norte, nos dijeron que el humo envenenó a las personas.
—Lo sé. Creo que el incendio en la zona norte fue provocado intencionalmente.
—¿Intencionalmente? —preguntó Kanon.
—Sí. Si esto es obra de Zeus, entonces él, posiblemente con un rayo inició el fuego, no fue un accidente. Ya que no logro comprender cómo pudo pasar eso.
Saga cerró los ojos por un momento, procesando la información.
—¿Puede neutralizarse?
—No lo sé. —Mu sonó derrotado—. Necesito más tiempo, pero dudo que lo tengamos.
—La infección será contenida aquí mismo —afirmó Kanon, intentando proyectar optimismo.
Mu, sin embargo, negó vehemente.
—Ese es el problema. —La voz del lemuriano se elevó con frustración—. Creo que todos ya estamos infectados. Me temo que este patógeno se encuentra en el aire.
El conductor del jeep se giró ligeramente.
—Explícate —pidió Saga con severidad.
—Según lo que ustedes me acaban de informar sobre el incendio y el envenenamiento. Deduzco que el mineral fue expuesto de alguna manera. No hay otra razón para que ese humo esté afectando a las personas, lo que explicaría porque el virus avanzó tan rápido.
—¿Eso significa que ya estamos infectados? —preguntó el soldado.
—Probablemente, sí. —La respuesta de Mu fue un golpe frío—. Pero el nivel de exposición parece ser clave. Realmente, no estoy seguro del todo. Necesitamos llegar allá.
—Es mejor que nos pongamos nuestras mascarillas desde ya —Saga respiró hondo, su tono fue implacable—. Podríamos afirmar que entre más cerca al humo mayor efecto hará esa cosa en nuestros organismos—. El jeep se detuvo abruptamente a las faldas de la montaña—. Debemos continuar a pie —ordenó Saga, descendiendo con precisión—. El auto no pasará por estos caminos.
El soldado del volante lo miró, visiblemente nervioso.
—Señor...
—Quédate aquí —respondió Saga con severidad—. No queremos bajas innecesarias.
Kanon bufó mientras seguían a Mu, quien ya se había puesto en marcha sin esperar a los demás.
—Cobarde.
—Es un niño —corrigió Saga—. Y después de lo que Mu dijo, ya cree que está muerto.
—Si el humo es el causante —continuó Kanon, recordando la conversación—. ¿Por qué no hemos muerto? —Mu no contestó resoplando bajo el pesado traje de seguridad y la estorbosa careta que le cubría el rostro—. Sí, ya sé, necesitas más estudios.
—¿Por dónde? —preguntó Saga a Mu.
—Un kilómetro más, hacia el oeste.
—¿Estás seguro de que es por ahí? —inquirió Kanon, escéptico. La gruesa capa de humo dificultaba la visión y el paso.
—Sí —respondió Mu con seguridad—. Mis estudiantes me dieron las coordenadas.
—Espero que no te hayan mentido.
Mientras avanzaban hacia el oeste, Mu se detuvo de golpe al ver una gran llamarada negra sobre las cuevas.
—¡No! —gritó—. Esto no debería estar pasando.
—¿Qué esperabas? —inquirió Kanon, mirando a su alrededor.
—Esperaba poder salvar algo —expuso Mu, frustrado—. No imaginé que la cueva estuviera destruida en su totalidad. ¡Demonios! El mineral se perdió.
—Debe haber más en otra parte —intentó ser optimista Kanon, pero la isla era grande y el sector abundante—. ¿Estás seguro de que es la cueva? Tal vez los muchachos te mintieron.
—¡Kanon, derecha! —gritó Saga, levantando su rifle al notar sombras entre el humo—. Deténgase de inmediato. —Pero las figuras continuaron su camino hacia ellos como si no los hubieran escuchado—. ¡Alto!
—Son esas cosas —advirtió Kanon distinguiendo a los no muertos entre las capas de humo.
—No permitan que los toquen —anotó Mu—. Aún no sabemos bien cómo se propaga el virus. Mantengan su distancia.
Los disparos resonaron cortando el aire, pero pronto todo quedó en completo silencio.
—¿Había civiles viviendo en las montañas? —preguntó Saga. Mu negó lentamente.
—No —respondió, intentando hacerse escuchar, aunque el humo y la máscara le daban la sensación de hablar solo—. Los caminos estaban cerrados. No había nadie viviendo en este sector.
—¿Entonces de dónde salió esta gente? —señaló Kanon los cadáveres en el suelo.
Mu no supo qué contestar y avanzó con cuidado entre los escombros de lo que alguna vez fue un verde sendero en las montañas. El aire estaba viciado y el olor a metal quemado era penetrante, incluso con el uso de las mascarillas. El paisaje estaba teñido de un gris espectral. De repente, un movimiento entre las rocas lo detuvo en seco.
—¡Cuidado! —advirtió Kanon.
De entre las sombras, una figura tambaleante emergió. Su piel estaba cubierta de heridas abiertas, los ojos inyectados en sangre, y de su boca escapaban gruñidos guturales. Pero lo que hizo que a Mu se le helara la sangre no fue la apariencia monstruosa de la criatura, sino su rostro.
—¿Carlos...?
El zombi se lanzó hacia él con una fuerza irracional, pero los soldados reaccionaron al instante. Tres disparos precisos lo derribaron. Mu apenas registró el sonido. Se quedó inmóvil, mirando el cadáver inerte en el suelo.
—¿Lo conocías? —preguntó Kanon, con el arma todavía apuntando.
—Sí. Era uno de mis estudiantes.
Saga puso una mano en su hombro. Mu se agachó para examinar el cuerpo y echó un rápido vistazo a su alrededor. ¿Qué hacía Carlos allí? El mineral. El peso de la verdad lo golpeó con fuerza y recordó cómo Carlos le había preguntado insistentemente si el material tenía valor en el mercado. Había ignorado aquellas preguntas, pensando que eran solo curiosidad juvenil. Ahora, las piezas encajaban.
—Carlos siempre fue curioso, ambicioso. Pero jamás imaginé que tomaría ese camino.
—¿De qué hablas, Mu? —interrogó Saga. —¿Sabes por qué ese muchacho estaba aquí?
—Me temo que estaba aquí intentando robar el mineral —explicó Mu con voz ahogada, no por el humo, sino por el dolor de no haberse dado cuenta de esos detalles—. Insistió mucho preguntando por su valor en el mercado. De seguro él, con este grupo... —señaló los demás cuerpos—... Hicieron estallar este lugar para obtener el mineral. Ellos provocaron todo esto.
—¿Crees que aún podamos obtener muestras suficientes? —preguntó Kanon, observando el lugar. Las lluvias habían apaciguado el fuego, pero las llamas se negaban a apagarse del todo.
—Tal vez —contestó Mu, todavía abrumado—. Al fondo, donde el fuego no haya llegado. Tal vez encontremos algo, pero este fuego...
—Tenemos que irnos. —ordenó Saga. Bajo esas condiciones, poco o nada podían hacer—. Necesitamos más hombres y equipo. Esto no puede esperar.
—Todos tienen sangre en los ojos y en la boca —apuntó Mu—. Es un envenenamiento, como lo habían mencionado. Este humo los mató y los revivió.
—¿Por qué no nos ha afectado aún a nosotros? —preguntó nuevamente Kanon.
—Creo que se debe a que no estuvimos muy cerca del fuego. Las partículas que nos alcanzaron ya estaban disueltas en el aire. Nos infectaron, pero no nos mataron de inmediato. No estoy seguro, es solo una hipótesis.
—De acuerdo, regresemos al jeep —pidió Saga, retrocediendo sobre sus pasos hasta alcanzar al soldado que había dejado atrás.
—Señor, es el mayor —dijo el chico apenas los vio—. Es importante.
Saga tomó la radio de inmediato.
—Capitán Kyriakos al habla. Lo escucho, mayor.
—Capitán —respondió el mayor Alexandros desde el otro lado de la línea—. El brote ha llegado al puerto principal. Los hostiles nos superan en número. Deben retirar a sus hombres. Tienen 40 minutos antes de que demos inicio al plan Eón.
Saga apretó la radio con fuerza, respiró profundo y replicó:
—No creo que sea necesario, mayor.
—Hemos recibido reportes de salidas ilegales de la isla; algunas embarcaciones se dirigen hacia Galia. Es hiperactivo. Continuamos con el plan. 40 minutos.
—¡Mayor!
La comunicación se cortó.
—¿Qué es el plan Eón? —preguntó Mu, desconcertado.
—Van a destruir la isla —respondió Kanon con seriedad—. Van a hacerla volar.
—Si hacen eso… —Mu cerró los ojos, tratando de ignorar las imágenes que se formaban en su mente—. El fuego… la toxina se esparcirá por el mundo entero. ¡Saga, deben detenerlos!
—No podemos —respondió Saga mientras se preparaba para subir al jeep, donde Kanon ya estaba sentado—. ¡Vámonos, Mu!
—¿Ni siquiera lo intentarás? —insistió Mu, fulminándolo con la mirada.
—Tenemos 40 minutos para salir de la isla. —Saga suspiró, impaciente—. El mayor cortó la comunicación; no hay nada que podamos hacer. Sin nuestro cosmos, somos solo hombres. No sé si lo has notado, pero en este momento tú eres nuestra prioridad.
—¿Yo? ¿Por qué? —preguntó Mu, confundido, buscando respuestas en la mirada fría de Saga.
—Porque eres el único que entiende lo que está pasando —explicó Kanon, con evidente lógica—. No podemos salvar esta isla, pero si logramos sacarte de aquí, tal vez tú puedas salvar al resto del mundo. Así que vámonos.
—Pero...
Mu sintió cómo un mareo lo invadía. La idea de abandonar a tantos inocentes contradecía todo en lo que creía. Se llevó una mano a la frente, intentando encontrar claridad, pero un grito a su izquierda lo sacó de su trance. Al voltear, vio al joven soldado luchando contra un zombi. Antes de que pudiera reaccionar, Saga disparó, eliminando a la criatura de un solo tiro.
Mu reaccionó, avanzando con rapidez hacia el cadáver. Se agachó, extrajo una muestra de sangre y la guardó en su maletín con manos temblorosas.
—¡Mu, vámonos! ¿Qué estás haciendo? —demandó Saga desde el jeep.
—Necesito muestras —respondió, cerrando su equipo antes de correr hacia el vehículo.
—¡Muévete! —ordenó Kanon.
Mu subió al jeep, que arrancó de inmediato.
—Definitivamente el incendio fue provocado —expuso Mu mientras el vehículo avanzaba a toda velocidad—. Pero no como había pensado. No fue Zeus. Fue Carlos. No puedo creer que un muchacho ambicioso haya logrado todo esto.
—Si lo analizas bien, Mu —intervino Kanon—, Zeus tuvo mucho que ver. Despejó los caminos la noche que llegamos a esta realidad, puso a tus estudiantes en el hallazgo del mineral. Uno de ellos fue lo suficientemente ambicioso como para venir aquí con un grupo de maleantes y tratar de llevárselo. Todo esto tiene su marca.
Mu no respondió. Solo apretó los puños mientras el jeep seguía avanzando. El silencio se apoderó con intensidad entre el grupo, apenas roto por el rugido del motor y el eco lejano de explosiones en la distancia. En el camino, se encontraron con un grupo de soldados sobrevivientes que se les unieron. Sus rostros eran pálidos, cubiertos de hollín y sangre, reflejo de la tragedia que enfrentaban. Algunos apenas podían caminar, apoyándose en sus compañeros. Ninguno tenía palabras; los suspiros y jadeos cortaban el viento como testimonio de su desespero.
—Es imposible distinguir a los infectados de los sanos —comentó uno de ellos con voz rota—. Seguro matamos a varios inocentes en el fuego cruzado.
La propagación estaba siendo devastadora. La toxina no solo diezmaba sus filas en número, sino que también drenaba su voluntad. Las miradas vacías y los hombros caídos hablaban de una fuerza militar rota, carente de esperanza.
Cuando llegaron al puerto, el panorama fue desolador. Decenas, quizás cientos de personas, se aglomeraban desesperadas frente a los puntos de evacuación, tratando de huir de la isla. El ruido era ensordecedor: gritos, llantos, órdenes militares que nadie parecía obedecer. Los soldados hacían lo imposible por contener a la multitud, pero el miedo era más fuerte. En medio de la confusión, los lugareños empujaban, peleaban y rogaban por un lugar en los helicópteros.
—¡Mantengan el orden! —gritó un oficial al frente, aunque su voz se perdía entre el clamor de la gente.
—Esto se está saliendo de control —expuso el gemelo mayor, el grupo de personas era mayor que cuando marcharon hacia el norte.
Los santos y el oficial se vieron obligados a descender del jeep para acercarse a los helicópteros. Cada paso era complicado; la muchedumbre los empujaba de un lado a otro. Entonces, un grito desgarrador resonó en la distancia.
—¡Están aquí! ¡Las criaturas están aquí!
El caos estalló. La multitud comenzó a correr en todas direcciones, chocando entre sí. Algunos intentaron desesperadamente trepar a los helicópteros. Otros tropezaban y caían, siendo pisoteados sin piedad. La escena se transformó en un pandemónium de terror y desesperación.
—¡Disparen a discreción! —ordenó un soldado, su voz, aunque firme estaba teñida de miedo.
Mu alcanzó a ver cómo varios soldados levantaron sus armas y obedecían. Las balas comenzaron a volar, y personas inocentes empezaron a caer como hojas en otoño.
—¡Alto al fuego! —rugió Saga, pero su voz fue ahogada por el estruendo de las balas y los gritos de la multitud.
Kanon tiró de él y de Mu, desesperado por llegar al helicóptero.
—¡No podemos evacuar a nadie! —dijo, casi arrastrándolos—. ¡Nos quedan diez minutos para salir de la isla!
—No podemos dejar a toda esta gente aquí —protestó Mu, mirando a Saga con ojos llenos de súplica.
Saga vaciló, observando la carnicería a su alrededor. La expresión en su rostro cambió; la lógica fría empezaba a pesar más que el sentimiento.
—Vámonos, Mu —dijo con voz firme—. Si morimos aquí, no podremos hacer nada después.
Aries no se movió. La idea de abandonar a tanta gente le carcomía el alma. Antes de que pudiera decir algo más, Saga y Kanon se miraron. Sin cruzar palabras, ambos lo tomaron de los brazos y lo arrastraron hacia el helicóptero.
El lemuriano no luchó, pero su mirada se quedó fija en la escena frente a él. Entre la lluvia de balas, notó algo extraño. Un muchacho, herido por un disparo en el pecho, cayó pesadamente al suelo, levantando una nube de polvo. Sin embargo, apenas unos segundos después, el joven se levantó. Su cuerpo se tambaleaba, pero su rostro era una máscara de furia y rabia. Se lanzó hacia un soldado cercano, pero un disparo en la cabeza lo detuvo en seco.
—¡Esperen! —gritó Mu, soltándose de los hermanos.
Antes de que pudieran detenerlo, corrió hacia el cadáver del muchacho. Saga lo siguió de inmediato.
—¡Mu, detente! —gritó el mayor de los gemelos—. ¡Kanon, enciende el helicóptero! ¡Te alcanzaremos!
Kanon asintió y corrió de regreso al aparato mientras Saga alcanzaba a Mu.
—¿Qué demonios estás haciendo? —demandó Saga, acercándose al lemuriano, que ya estaba recolectando una muestra de sangre del muchacho caído.
—Necesito esta muestra. Necesito saber qué está pasando.
—¡No tenemos tiempo!
—¡Ya casi termino!
Saga apretó los dientes, observando con impaciencia cómo Mu cerraba su maletín. Luego lo agarró por el brazo y lo arrastró de vuelta hacia el helicóptero. Apenas lograron subir cuando Kanon ya estaba despegando.
El caos en el puerto era absoluto. Los helicópteros apenas lograron elevarse cuando el impacto de los primeros misiles sacudió la isla. Una onda expansiva hizo tambalear la nave, pero Kanon logró estabilizarla. Desde el aire, pudieron ver cómo el fuego consumía la isla rápidamente, devorando todo a su paso. Mu, sentado en silencio con el maletín apretado contra su pecho, no apartaba la mirada del infierno que dejaban atrás. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro mientras el horizonte se llenaba de humo y cenizas.
Saga y Kanon intercambiaron una mirada sombría. Ninguno dijo una palabra.
—Todo esto… —murmuró, apenas audible—. No tenía por qué pasar.
Saga, sentado frente a él, lo miró en silencio. Quiso decir algo, pero las palabras murieron en su garganta. Kanon, concentrado en mantener la nave estable, no apartó los ojos del horizonte.
—¿Crees que valió la pena? —preguntó finalmente Kanon, rompiendo el silencio con un tono seco.
—Si esas muestras nos ayudan a detener esto… sí —respondió Mu con voz firme, aunque sus manos temblaban ligeramente.
Saga desvió la mirada hacia el horizonte, donde el humo negro se alzaba como una cortina que cubría el mundo.
—Tienes que hacer que valga la pena —dijo en voz baja, más para sí mismo que para los demás.
En ese momento, Mu abrió el maletín y revisó las muestras apresuradamente. Sus ojos se entrecerraron al notar algo extraño en la sangre del joven que había recolectado: partículas doradas flotaban en el líquido, brillando débilmente bajo la luz del helicóptero.
—Esto… no es solo una toxina —susurró, apenas creyendo lo que veía—. Es algo más…
Saga y Kanon intercambiaron una mirada rápida, pero antes de que pudieran preguntar, una nueva explosión sacudió la isla, iluminando el cielo con un destello cegador. El helicóptero se tambaleó, y Mu cerró el maletín con fuerza, asegurándolo como si fuera el último fragmento de esperanza que les quedaba.
—Lo averiguaré —prometió, más para sí mismo que para los otros—. Esto no puede terminar aquí.
X-X
En la base de las fuerzas especiales, el ambiente estaba cargado de tensión y desesperanza. El aire olía a metal y ceniza, y los pocos sobrevivientes que habían logrado regresar a Panhelenia caminaban como sombras. Sus pasos eran arrastrados, sus miradas vacías, como si el peso de lo que habían presenciado los hubiera despojado de toda fuerza. Las voces, cuando se escuchaban, eran apenas murmullos apagados, sofocados por el eco de las pérdidas recientes.
Kanon, con los hombros tensos y las manos crispadas, trataba de no dejarse consumir por las imágenes que se repetían en su mente. Varias vidas se habían perdido en la isla, y él no tuvo ni la fuerza ni la habilidad para salvarlas. Si aún tuviera acceso a su cosmos, estaba seguro de que la historia habría sido completamente diferente. Empujando la puerta de una habitación mal iluminada, se encontró con Mu, quien garabateaba frenéticamente sobre un tablero blanco.
—¿Mu, acaso no has dormido? —preguntó Kanon, aunque el tono cansado en su voz ya denotaba que conocía la respuesta—. ¿Mu?
El lemuriano apenas alzó la vista. Su rostro reflejaba agotamiento, pero también una chispa de determinación.
—Así que la planta de energía de Naxina, estalló —dijo Mu con una mezcla de ironía y amargura ignorando las preguntas de su compañero—. Eso es lo que le dijeron al mundo. Nuestra planta de energía no era tan grande para el daño ocasionado en la isla. ¿Por qué no dicen la verdad? ¿Creen que las personas son tan estúpidas?
Antes de que Kanon pudiera replicar, Saga entró en la habitación, sus ojos afilados recorrieron el caos que imperaba en la mesa: documentos apilados de forma desordenada y manchas de café seco en algunos papeles.
—No es cuestión de subestimar a la gente, pero su miedo a lo desconocido nos facilita ocultar la verdad —dijo Saga, su voz grave pero firme.
—Les expliqué —continuó Mu sin observar a los gemelos, completamente inmerso en las anotaciones del tablero—. Que podríamos estar todos infectados. Sé que cortaron la comunicación de Naxina, con el exterior horas después de que se propagará el brote, ¿no creen que algunos ya saben lo que pasó allí adentro?
—La información que logramos interceptar —habló Saga con tono sereno—. Hablaba de un incendió, pero…
—Mu, tiene razón. No hemos podido detener todos los navíos ilegales que salieron de Naxina —apuntó Kanon, cruzando los brazos con frustración—. Esos barcos, seguro llevaban infectados. Ya no importa lo que hagamos.
—En realidad, no importa en absoluto —dijo Mu con gravedad, girando hacia la mesa donde se apilaban los documentos—. De verdad sospecho que ya todos estamos infectados. La nube de humo no solo cubrió Naxina; con Zeus detrás de esto, es lógico asumir que manipuló las corrientes de aire para esparcir el patógeno a escala global.
—¿Infectados? ¿Todos? —replicó Kanon con incredulidad, golpeando la mesa con el puño—. ¿En serio? Me niego a creerlo. No puedo creer que nos estemos enfrentando a zombis. Sé que los vi con mis propios ojos, pero… ¿qué, Zeus nos metió en el universo de Dan O'Bannon? ¡Esto es absurdo!
—Lo es —sostuvo Mu con firmeza—. Como le había comentado, no existe una base científica que corrobore la existencia de los zombis. Se ha hablado de bacterias, virus, químicos, algún patógeno que invada el cerebro, incluso se ha usado el recurso de posesiones demoníacas, pero realmente… un zombi, es algo imposible.
—Pero está pasando —apuntó Saga, levantando la ceja—. ¿O no?
—Sí. Está pasando —afirmó Mu, desanimado—. Y está en el aire. Después de la explosión en Naxina, el mundo… Los hospitales serán los primeros afectados. Deben avisarles. Deben…
—Lo sé, Mu —dijo Kanon apretando los puños—. Pero lo que tienes no es sólido. El mayor…
—El mayor piensa que eres un charlatán —completó Saga—. Él no cree en nada de esto. Y si me preguntas, yo también estoy confundido. Te creo, pero no logro entender la situación.
Mu señaló un nuevo esquema en el tablero, su voz era precisa, pero teñida de preocupación.
—Hay algo que debemos entender sobre cómo funciona este patógeno. El fuego se originó en las cuevas y cerca del epicentro, las personas murieron en cuestión de minutos. ¿Por qué? Porque el humo contenía una concentración extremadamente alta del patógeno en estado activo. Cuando inhalaron esas partículas, sus cuerpos no pudieron resistirlo. El sistema inmunológico colapsó, y las hemorragias internas fueron inmediatas.
Kanon, cruzado de brazos, frunció el ceño.
—Pero no todos murieron tan rápido. En otras zonas, incluso algunos que inhalaron el humo seguían vivos. ¿Por qué ellos no cayeron de inmediato? ¿Por qué seguimos vivos? Respiramos el aire de Naxina.
Mu asintió y continuó su explicación, señalando un mapa de la isla con círculos concéntricos marcando las áreas afectadas.
—A medida que el humo se dispersó, la concentración del patógeno disminuyó. Las personas que estábamos lejos del epicentro inhalamos cantidades menores. Esto nos dio a nuestros sistemas inmunológicos una oportunidad de contenerlo, aunque no de eliminarlo. El patógeno está en nuestros cuerpos, latente, como un huésped silencioso.
Saga, con el rostro serio, intervino.
—¿Quieres decir que no hemos muerto porque recibimos menos cantidad del patógeno?
—Exactamente. —Mu se giró hacia ellos, la intensidad en sus ojos reflejó la gravedad de sus palabras—. Pero no se equivoquen: todos estamos infectados. No importa si estuvimos en el epicentro o lejos de él. La diferencia es que, para quienes estuvimos más lejos, el patógeno quedó inerte porque nuestro sistema inmunológico logró contenerlo... por ahora.
—¿Y qué pasa si esos sistemas fallan? —Kanon golpeó la mesa con el puño—. ¿Qué ocurre cuando alguien con el patógeno muere?
Mu suspiró, bajando la mirada al tablero.
—Es lo que vimos en los hospitales. Personas que murieron por otras razones: accidentes, heridas, incluso enfermedades previas, volvieron a levantarse. El patógeno está diseñado para activarse cuando el cuerpo muere, cuando ya no hay resistencia biológica.
Saga se inclinó hacia el tablero, su voz fue grave.
—¿Entonces estamos cargando con una bomba de tiempo dentro?
—Sí. —Mu apretó los puños, con tono firme—. Y lo peor es que no hay forma de detenerlo. Mientras el cuerpo esté vivo, el patógeno se queda inerte. Pero si alguien muere, por cualquier razón, su reanimación está garantizada.
Kanon resopló con frustración, mirando por la ventana hacia el cielo gris.
—Esto es peor de lo que imaginé. Ni siquiera tenemos que enfrentarnos directamente a esas criaturas. Solo basta con esperar… y todos nos convertiremos en ellas.
Mu lo miró, con expresión sombría.
—Esto no es solo un brote; es un mecanismo diseñado para propagarse sin necesidad de contacto directo. Es un arma perfecta.
Saga permaneció en silencio, procesando las implicaciones. Finalmente, habló con un tono lleno de determinación.
—Entonces tenemos que encontrar cómo romper ese mecanismo. No importa lo imposible que parezca.
Mu asintió lentamente, volviendo a revisar sus notas.
—La mordida por el contrario parece contener una concentración más activa del patógeno. Por lo que he observado, su saliva actúa como un acelerador. Introduce un agente que debilita rápidamente el sistema inmunológico, permitiendo que el patógeno latente en el cuerpo de la víctima se active antes de tiempo. Es una combinación letal: biología y algo más...
—¿Algo más? —repitió Saga.
—No puedo explicarlo del todo —admitió Mu—. Pero hay una peculiaridad. Este patógeno no se comporta como nada que haya visto antes. Es casi como si tuviera una "voluntad". No sigue un patrón de mutación natural. Actúa de forma precisa, como si cada proceso estuviera programado. Incluso me atrevería a decir, que puede evolucionar. Sin las muestras o estudios suficientes, todo lo que digo aquí no es más que una hipótesis.
—Zeus no iba a dejarnos la tarea sencilla. —Kanon bufo—. Ha visto muchas películas, es obvio, que esto no es natural.
—Exacto. —Mu cerró la libreta y los miró a ambos—. Es como si Zeus hubiera tomado un diseño biológico existente y lo hubiera manipulado. El mineral que detonó todo esto parece ser la fuente del patógeno, pero no fue casualidad. Todo parece calculado: el alcance, los tiempos, incluso las vulnerabilidades que explota en los cuerpos humanos.
—Entonces, debemos asumir que el patógeno sí se encuentra en el aire. —Ahora fue Saga quien observó por la venta, su tono fue más serio que nunca—. No importa la causa de nuestra muerte, regresaremos convertidos en esas criaturas.
—Sí. Y por eso es tan peligroso. Esta infección no depende del contacto físico para propagarse. No hay "salvación" en evitar a los infectados, porque ya está dentro de todos nosotros. La única ventaja que tenemos es que mientras sigamos vivos, podemos luchar contra ella.
—¿Cómo? ¡El mineral se perdió! —exclamó Kanon, frustrado—. Todo quedó destruido en Naxina.
—No necesitamos el mineral, necesitamos lo que representa —dijo Mu, apretando los puños—. Si el mineral era el origen, entonces debe haber una forma de neutralizarlo. Toda infección tiene un punto débil, y nosotros vamos a encontrarlo.
—Mu. —La mirada de Saga recayó sobre Aries con demasiada intensidad—. ¿Tienes evidencia tangible para respaldar lo que nos estás diciendo? Comprenderás que, sin pruebas sólidas, los altos mandos no moverán un solo dedo. Ellos creen que la infección fue radicada en Naxina.
—No tengo nada —contestó frustrado—. Todo lo que tengo al respecto se encuentra aquí, y no es mucho. Documentos apresurados de profesionales en Naxina, reportes policiales, testimonios de soldados aterrados y mi versión de los hechos. Lo que vi con mis propios ojos. Las muestras de sangre no son suficientes para más estudios concretos. Realmente, no tengo nada que sustente mis afirmaciones.
—¿Cuánto tiempo crees que tarde en llegar el patógeno a las demás partes del mundo? —quiso saber Saga
—El humo apenas se está extendiendo por el planeta —Mu intentó dar una respuesta satisfactoria, pero le era imposible—. De seguro Palehencia, será la primera afectada. Está demasiado cerca de Naxina. Puede que el humo tarde horas o días en llegar a cada rincón del mundo. No lo sé. Es el juego de Zeus, así que mis cálculos no serán los más precisos.
Saga asintió lentamente, asimilando la magnitud de la amenaza.
—Zeus nos dejó una tarea imposible, sí. Pero lo que él no entiende es que no somos como los mortales de este mundo. Hemos enfrentado lo imposible antes… y hemos vencido.
Mu levantó la mirada, sus ojos reflejaban una mezcla de agotamiento y determinación.
—Entonces, comencemos. Si hay un final para esto, lo encontraremos.
El silencio que siguió no fue de derrota, sino de resolución. Era el inicio de una batalla mucho más grande de lo que cualquier mortal podría imaginar, pero ellos no eran simples hombres. Eran guerreros, y no se rendirían.
Continuará…
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Aclaración:
Para una mejor comprensión de esta historia, es importante saber que los eventos narrados en este cuarto capítulo ocurren durante los primeros tres días desde la llegada de los guerreros a Tierra Dos. En cambio, los eventos de los primeros tres capítulos se desarrollan una semana después, cuando el virus zombi ya se había propagado masivamente.
Aunque todos los personajes que han aparecido viven en el país de Palehencia, están ubicados en diferentes ciudades, lo que influye en la manera en que experimentan los acontecimientos.
Como dato extra, si recuerdan el evento mencionado por el guerrero de Hefestos a Aioria sobre una isla, él hablaba de Naxina. Espero que con esto el orden cronológico quede más claro para ustedes.
Mil gracias por leer.
