NI LA SERIE INUYASHA, NI SUS PERSONAES ME PERTENECEN, SON PROPIEDAD DE RUMIKO TAKAHASHI. ESTE FANFIC ESTÁ HECHO SIN FINES DE LUCRO.

EL DRAMA: I NEED A ROMANCE. SEASON 2. TAMPOCO ME PERTENECE, ÉSTA ES UNA ADAPTACIÓN DEL GUIÓN A OBRA LITERARIA. LA SERIE ES PROPIEDAD DE TvN.


"No sabían exactamente cuando habían empezado a verse como hombre y mujer, lo cierto era que estaban enamorados. En doce años de noviazgo habían terminado cinco veces y regresado sólo cuatro. Hacía tres años que vivir con Sesshomaru Taisho, sin ser una pareja, era una verdadera tortura. ¡Kagome Higurashi necesitaba un romance con otro hombre!"

¡NECESITO UN ROMANCE!

Claudia Gazziero

CAPÍTULO II

CITAS A CIEGAS.

SEGUNDA PARTE

I

—¡No tiene sentido! —gritó nuevamente Kagome a sus amigas. Estaba indignada consigo misma. Había vuelto completamente humillada a casa y sus amigas Sango y Kikyou no hacían más que molestarla.

—¡Por supuesto que no tiene sentido! ¿Es posible olvidar a alguien que has besado?

—Por supuesto que no. ¿Cómo puedo olvidar a alguien que he besado? Digo, no es una persona cualquiera, es alguien a quien besé tres veces. ¡Quizás incluso fue mi novio! —se alarmó Kagome. Está bien, quizás le estaba más vueltas al asunto de las que debía, pero no podía concebir no recordar a alguien con quien había tenido esa clase de intimidad.

—Qué historia estás contando, Kagome por favor… —se burló Sango, una de sus dos mejores amigas, y la única que estaba felizmente casada.

—Mi historia —relató Kagome, con voz lastimera. Sentía verdadera lástima por su triste humanidad. Sango rió.

—Bueno, quizás Kagome tenga razón. Digo, no es un hombre cualquiera… —la apoyó Kikyou, quien estaba de novia. De hecho, ella era la única tristemente soltera a los treinta y tres, y todo gracias a Sesshomaru Taisho.

—¡Por eso estoy enloqueciendo! —volvió a intentar recordar, pero al no lograrlo se recostó sobre el sillón con frustración. —¿Chicas, nunca me escucharon hablar de un tal Bankotsu?

—Que yo sepa, el único hombre importante de tu vida es Sesshomaru Taisho —comentó con malicia Kikyou. Y era cierto, lamentablemente.

Kagome suspiró. No necesitaba recordar su triste vida. Continuó. —Dijo que nos conocimos en la Universidad: sabía todo sobre mi, mi comida favorita, música favorita, ¡todo lo que solía hacer! Dice que era una persona terrible y que lo golpeé con mi bolso por llegar tarde a una cita!

—¡Definitivamente eres tú, Kag! —se mofaron las chicas. Si había hecho eso no había duda de que realmente había sido Kagome, la impetuosa, irresponsable y distraída Kagome.

—De acuerdo, quedamos en que la única cosa mala de mi soy yo —les reprochó. Ella ya sabía que había un problema con su personalidad, no era necesario que estuvieran recordándoselo siempre. —¡Lo recordé!

En ese momento, recordó el beso con él: un intenso, precipitado, incómodo y húmedo beso en los salones de la Universidad. A plena luz del día y con nadie presente, aquel beso había sido el más desagradable de su vida.

—¿Lo recordaste todo? —quisieron saber de inmediato las chicas.

Lo pensó un poco. —No, sólo recuerdo ese beso —lamentó.— Y cuando terminamos de besarnos mis labios estaban irritados.

Escuchó las risotadas de Sango y Kikyou y quiso reir también. ¡Gracias al cielo había borrado sus recuerdos! Ese beso había sido tan malo que su cerebro lo había bloqueado.

—Sigamos con lo que es importante… ¿Cuántos besos más creen que no recuerde? —continuó Kagome, y las chicas quisieron sepultarla. ¡Otra vez con lo mismo! Acaso tenía memoria de pez? —Además… ¿cómo puedo seguir sola después de haber besado a tantos hombres? —se alarmó. Sin duda, su destino era morir sin tener hijos.

—¡Ey! —se incorporó Kikyou.— No sabía que eras una chica fácil.

Kagome la miró con furia. —¿A cuántos hombres deben besar las mujeres de más de treinta y tres años? —quiso saber.— ¿Cuál es el número adecuado?

Sango cruzó las piernas sensualmente. —El pasado de una mujer jamás debe ser revelado, incluso si te llaman a la corte por eso.

—¡Yo sólo he besado a siete hombres! —se jactó la mojigata de Kikyou.

—¡Son muchos más! —reclamó Kagome, y enumeró de uno en uno a todos los hombres que habían tocado los virginales labios de su amiga. Contó a diez en total.

—Muy bien. Digamos que si besas a más de diez eres una zorra.

—Kikyou, Sango. Si los contamos cavaremos nuestras propias tumbas. Se los digo… —insistió Kagome.

—Además… —acotó Sango.— ¿Qué es eso de que si son menos de diez eres una buena chica y si son más eres una zorra? ¡Semejante estupidez! —se burló, mientras le lanzaba un paquete con preservativos a Kikyou.

Kikyou lo recibió, y al notar lo que era se lo arrojó a Kagome indignada. —¡Qué es esto, por Dios! —exclamó.

—Mientras venía para acá estaban regalándolos —explicó.

—¿Cómo es posible que entreguen esto en la calle? —resopló Kikyou, y Kagome la miró reprobatoriamente.

—Kikyou, sólo son kits para el VIH… —reveló, mientras leía el envase. Kikyou hacía un escándalo por todo. ¡Era tan mojigata!

—Chicas, chicas… —tomó la palabra Sango.— Estamos viviendo una nueva época: vivir la vida intensamente en lugar de preocuparse a cuántos hombres has besado. ¡Así es como se vive ahora! Por más que trato no puedo recordar a cuántos hombres he besado no lo recuerdo—fingió.

Kagome estuvo de acuerdo. Sango era el ejemplo de la libertad y la felicidad. Por eso habían sido mejores amigas siempre, sus personalidades encajaban a la perfección. Miró nuevamente la caja de preservativos y se sintió derrotada.

—Aún no tengo uso para esto —confesó la pelinegra.— Que se lo quede Sango —se lo dio.

Ella lo rechazó. —No, estoy tratando de quedar embarazada…

Kikyou y Kagome la miraron estupefactas. —¡Woow! —comentó Kagome, finalmente.— Está bien. ¡Yo me lo quedo! Sin duda le daré un buen uso pronto. Muy Pronto… —recalcó.— ¡Muchas gracias, mujerzuelas!

En ese momento, la puerta que conectaba la casa de Sesshomaru y la de ella se abrió. Taisho entró en su lado como si fuera el suyo propio y caminó hasta la cocina.

—¿Cómo han estado? —saludó, sin preocuparse demasiado por la interrumpida conversación de las chicas. Estaba acostumbrado a que Sango y Kikyou visitaran a Kagome e hicieran un alboroto.

—¡Muy bien, Sesshomaru! ¿Estás trabajando? —preguntó Sango.

—Sí. Hoy ustedes han estado ruidosas —comentó, y Sango rió coquetamente.— ¿Me sirves un café?

Kagome lo siguió a la cocina, mientras escondía los preservativos en sus ropas. Estaba segura de que durante ese mes se acabaría la caja completa. Conocería a un genial hombre en las citas a ciegas y luego invitaría a Sesshomaru a su matrimonio.

Guardó la caja en el refrigerador y miró a Sesshomaru, mientras se preparaba un café. No podía negarlo. La razón por la que no recordaba los besos con otros hombres había sido porque amaba a Sesshomaru más. Amaba a ese hombre mucho más de lo que le habría podido llegar a gustar alguno de ellos.

—Kag, ¿nos vas a contar sobre tu genial y sensual cita a ciegas? —le preguntó Sango demasiado fuerte, provocando a Sesshomaru, quien no se dio por aludido. Les hizo señas para dejaran de molestarla, pero ellas rieron más.

El primer beso de su vida había sido con Sesshomaru en el segundo año de secundaria, recordó. Era el día blanco, o como algunos le llaman: el día de los enamorados. Sesshomaru le regaló un oso de felpa con un clavel en su mano, y a la salida de la escuela, insistió para que tuvieran su primer beso.

No fue hasta que Kagome hizo que admitiera sus sentimientos por ella, que accedió a corresponderle. El muy idiota quería besarla con la excusa de que quería tener su primer beso en el día blanco, sin confesarle sus sentimientos.

Kagome corrió cerro abajo hasta que entró en una calle sin salida. Chocó contra las enredaderas de la muralla de una vieja casa y cuando Sesshomaru la alcanzó vivió la espera más larga de su existencia. Finalmente él la abrazó y se besaron por primera vez.

La razón por la que no recordaba los besos con otros hombres era porque ese beso había sido tan fuerte e intenso, que los demás simplemente no existían para ella.

Sesshomaru terminó el café y fue a sentarse a la sala con las chicas. Kikyou lo arruinó todo de inmediato. —Kagome dice que el hombre de la cita ya había sido su novio antes, incluso se besaron tres veces.

Quiso asesinarla. —Lo escuché todo —aseveró Sesshomaru, serio como siempre.— ¿Hay un hombre del que yo no sepa? —interrogó, mirando a Kagome duramente.

—¿Por qué escuchas nuestras conversaciones? —se puso a la defensiva.

—No estaba escuchando, es sólo que ustedes hablan demasiado fuerte —se dio la razón.— ¿Crees que me gusta escuchar, Kagome? De todas formas, ¿vas a verlo de nuevo? —quiso saber, sin mirarla a los ojos.

Sus amigas la vieron expectantemente. —No lo haré. ¡Fue tan vergonzoso! —admitió la pelinegra. Había sido una verdadera vergüenza haber salido con él.

—¿Acaso no salías con él antes porque te gustaba?

—Estás torciendo mis palabras, Sesshomaru Taisho —se defendió la chica. Sus amigas pasaron a segundo plano. Otra vez eran Sesshoamru y ella, solos en la sala y discutiendo.

—¿Cómo puedes olvidar a un hombre que has besado? Me parece inaceptable.

Kagome hirvió en ira. —¿Qué hay de ti? Recuerdas a todas las mujeres que has besado?

Sesshomaru la ignoró. —¿No será que fue cuando estábamos juntos? —reprochó Taisho, con voz dura.

—Fue cuando rompimos por primera vez.

—Lo has dicho mal otra vez. Fue cuando me dejaste por primera vez —hizo hincapié en ese punto, mordazmente.

—¿Lo ves? Tuerces mi palabras de nuevo —se quejó Kagome. Siempre lo hacía. Era un idiota.

—Entonces me dejaste por causa de ese idiota. ¿Te gustaba ese imbécil? —se indignó Sesshomaru.

—No lo llames imbécil, imbécil.

—¡¿Estuviste con los dos al mismo tiempo?! —concluyó Sesshomaru, luego de pensarlo un momento.

—¡Sí, estuve con los dos al mismo tiempo! —se hartó Kagome.— ¿Qué vas a hacer? ¡Si te sientes mal ¡demándame!

Sesshomaru se quedó de piedra. Tomó su café solemnemente y acotó. —Siempre que algo iba mal querías romper…

Sango y Kikyou se miraron entre sí. Otra vez Kagome y Sesshomaru comenzaban a pelear. Ya ni siquiera les sorprendía.

—Si tanto querías saber por qué siempre te botaba pudiste habérmelo preguntado, ¿no?

—¿Acaso hubiese sido diferente? Me habrías botado de todas formas.

—¿Y tú, me dirás por qué terminamos hace tres años? —el ambiente comenzó a ponerse denso.— No tienes corazón, ¡ni siquiera tienes compasión por la mujer que has besado cinco mil millones de veces!

—¡No serían tantas veces ni aunque nos besaramos cien veces por día!

—¡Bien, a la mujer que has besado noventa y nueve veces por día!

Las chicas rieron. Kagome era siempre tan infantil, aquello era lo que la hacía tan especial. Se complementaba con la seria personalidad de Sesshomaru aunque ellos lo negaran. Lo más entretenido de la vida de Sesshoamru Taisho era Kagome Higurashi. ¡Era tan divertido verlos pelear!

—¿Están tus labios gastados por eso?

—¡Sí, ¿cómo vas a pagar por ellos?! —gritó Kagome.

—¿Qué hay de mis labios! ¡Están igual de gastados entonces!

—¡Deténganse, chicos! —tranquilizó Kikyou.

—¿Por qué discuten siempre que se ven? —los interrogó Sango con picardía.— ¿Cómo es eso de que deben pagar por los labios del otro? ¡Háganse responsables por sus propios labios!

Kikyou y Sango carcajearon.

—No tengo por qué… —comentaron al unísono enfadados. Por más que lo negaran, ambos estaban demasiado conectados como para pelear de verdad.

El celular de Sango sonó. —¡Oh, querido! Voy a cenar a casa, sólo espérame —alardeó al teléfono.

Sesshomaru le había dicho hacía tres años que los matrimonios felices no existían, pero Sango estaba viviendo bien y de eso no cabía ninguna duda. Su matrimonio era afortunado, tenía un hombre talentoso y famoso, que salía en la televisión, y que además, la apoyaba en todo. Sango tenía una marca de zapatos, y era una empresaria fantástica. Todo en su vida iba viento en popa. Sesshomaru se equivocaba respecto al matrimonio. Le demostraría que ella se casaría y sería feliz. No podía esperarlo más. Lo miró triunfante, pero él no le prestó atención.

Cuando Sango llegó a casa, lo primero que hizo junto a Naraku, su marido; fue separar las camas de una plaza que unidas conformaban una matrimonial. Separaron sus cosas y ni siquiera entablaron una conversación de amantes. Ni Kagome ni Kikyou sabían que el matrimonio de su amiga era falso, un montaje, no existía ni tampoco había existido nunca.

Sango y Naraku se habían casado considerando el matrimonio como un negocio. Sango para que su compañía de zapatos tuviera respaldo económico y Naraku para incursionar en el mundo de la política. De todas formas, el negocio había sido perfecto, igual que en un matrimonio, se entendían: hablaban el mismo idioma y trabajaban juntos para lograr todas las metas. Sin duda, era una relación exitosa. Lo único que debían cuidar era que nadie los descubriera, y aunque quería mucho a sus amigas, no podía contarles la verdad. Era mejor que ellas creyeran que su matrimonio era real.

II

Afuera anochecía y Kagome descubrió con pesar que la luz del pasillo no prendía. Iba a buscar una silla para intentar sacar la bombilla descompuesta cuando Sesshomaru llegó con una bolsa con repuestos.

—¿Compraste bombillas para mi? —exclamó coquetamente.

—¿Recién te diste cuenta? Está rota desde ayer… —murmuró el peliplata.

—¿Ibas a arreglarla?

Sesshomaru sonrió, como lo hacía sólo para ella. Se subió a la silla que Kagome había dispuesto antes y le pidió que lo afirmara. Kagome se aferró a sus piernas y lo miró hacia arriba emocionada. Era muy fácil hacerla feliz, bastaba un pequeño gesto de preocupación para que su rostro cambiara a una sonrisa sincera.

—Kagome… no me afirmes a mi, sostén la silla.

Kagome notó su estupidez. Soltó las piernas de Sesshomaru tímidamente y se arrodilló para afirmar la silla. No lo notó al principio, pero los calcetines de Sesshomaru eran los mismos que ella le había regalado casi una década atrás el día en que rompieron por primera vez.

Su mente viajó en el tiempo hasta ese momento. Kagome se había detenido en el mercado y había comprado una docena de calcetines multicolores para ella y para Sesshomaru. Estaba tan feliz ese día, estaba soleado y todo parecía ir bien. Cuando llegó al café en donde estaba Sesshomaru esperándola, notó que él estaba trabajando en un texto para un concurso. En ese tiempo él aún no era un escritor, sino un aspirante a novelista que tenía que practicar y editar mucho sus creaciones para lograr algo decente. Se sentó frente a él, pero Sesshomaru ni siquiera le prestó atención. Continuó trabajando durante cuatro horas sin entablar un miserable diálogo con ella.

Kagome había sido una chica con mucha paciencia hasta ese día. No le molestaba que él la hubiese ignorado completamente, ni tener que acompañarlo durante horas mientras él escribía. Ella siempre lo había apoyado en todo y estaba preparada para seguir haciéndolo. Lo que la hacía hervir de ira era que él no tuviera a disposición de decirle que lo acompañara mientras escribía, porque así se le daba mejor. En su lugar, sólo se concentraba en la pantalla y le respondía vagos monosílabos.

Luego de cinco horas, tres jugos de fruta, llamar su atención de todas las formas posibles y escribir en el vidrio "Kagome y Sesshomaru se aman", con todas las tipografías posibles, se aburrió. Sesshomaru había cometido un error y había desatado el monstruo que había dentro de Kagome.

Se levantó furiosa y caminó hasta la salida, lanzándole la bolsa con calcetines que le había comprado. Sesshomaru ni siquiera se dio por aludido. Cuando estuvo afuera del café lo miró desde afuera a través del vidrio.

—Ni siquiera ha notado que me marché —resopló, y eso la enojó aún más.

Le llamó la atención la motocicleta de Sesshomaru, a la que recientemente le había cambiado los espejos y decidió cobrar venganza por su orgullo herido. Golpeó el vidrio nuevamente para tener la atención de Taisho, y cuando este finalmente la vio, tomó vuelo y corrió hasta la motocicleta. Le dio una patada con todas sus fuerzas y la desplomó. Sesshomaru corrió hasta afuera y se agachó a revisar si aún funcionaba.

—¿¡Sabes lo difícil que fue conseguir estos espejos!? ¡Los acabo de cambiar la semana pasada! —gritó Sesshomaru. Pero ya era demasiado tarde, el monstruo estaba en libertad.

Kagome volvió a patear la motocicleta. —¡Me llamaste para vernos y lo único que haces es estar en la computadora toda la tarde! ¿Tienes idea de qué día es hoy? ¡Es el día número mil en nuestra relación! —reclamó iracunda.

Sesshomaru no fue capaz de responderle nada, y eso siempre la enfurecía. ¿Por qué no le decía nada? ¿Por qué tenía que ser siempre tan silencioso? Continuó. —¿Qué clase de escritor tan grandioso quieres llegar a ser? ¡Siempre escribes cosas que son aburridas! Cuando tú seas un escritor exitoso ¡yo seré tu madre! —ironizó a gritos.

El chico se levantó y la encaró de frente. Estaba enojado con Kagome, pero ella no se sentía disminuida por su altura y su presencia. —¡¿Vas a seguir diciendo todo lo que se te ocurra?! —gritó también.

—¡Terminemos!

En el momento en que lo dijo, quiso retractarse. Pero una vez que Kagome empezaba algo lo terminaba. Nunca dejaba las cosas incompletas.

—Dilo de nuevo —la retó Sesshomaru, con cara de pocker.

—¡Dije que terminemos!

Sesshomaru miró alrededor complicado. —Te daré diez segundos, piénsalo otra vez.

—¡Vamos a terminar!

Silencio. Luego de un momento Sesshomaru accedió. —Está bien. Lo entiendo —murmuró. Tomó su arruinada motocicleta, la puso en su lugar y se metió de nuevo en el café para continuar escribiendo.

Kagome lo miró desde afuera. Se lamentaba por haber dicho eso. Quería arrepentirse, correr hasta él y decirle que todo había sido una mentira, pero no se atrevió. Tomó la moto y caminó con ella hasta el taller para devolvérsela compuesta otra vez. Kagome podía enojarse, gritar de rabia y decir todas las tonterías que se le vinieran a la mente, pero lo cierto era que sufría por dentro, y mientras más lo hacía más necia parecía.

Decidió poner los espejos más baratos, ya que no encontró los originales, y se lo reportó a Sesshomaru a través de un texto, pero no hubo respuesta. Tampoco la hubo durante los dos meses siguientes. A pesar de que Sesshomaru vivía en la misma casa, separados sólo por una puerta, no volvió a verlo. Desapareció de la faz de la tierra para Kagome. Aquella fue la primera vez en la vida que se separaban, y había sido a causa del carácter su caracter, y porque Sesshomaru no la detuvo cuando ella se lo pedía a gritos a través de su comportamiento.

Cuando se volvieron a ver tres meses después en la Universidad, él ni siquiera volteó a verla a pesar de que pasó justo a su lado. Así fue durante toda esa semana hasta que un día de lluvia, Kagome notó demasiado tarde que no había llevado paraguas. En la entrada de la facultad, estaba analizando sus miserables posibilidades, que consistían básicamente en mojarse o gastar todo su dinero en un taxi. Taisho pasó a su lado con su paraguas y emprendió la marcha hasta su casa. Kagome lo vio marcharse sin preocuparse por la chica con la que había salido durante mil días.

Iba a caminar hasta su casa también, cuando un paraguas la cubrió, y dejó de mojarse: era Sesshomaru Taisho, que le estaba dando su paraguas. Había ido todo el camino de regreso hasta ella. Luego se marchó tal como había llegado y Kagome lo siguió, intentando compartir el paraguas.

—¡Ey tú! ¿Vas a botarme cada vez que te enojes? —le preguntó por fin el chico.

—Nunca más, lo juro.

Sesshomaru sonrió y Kagome se lanzó a sus brazos, lo abrazó fuerte y recuperó la vida. —¿Me extrañaste?

—No.

Sesshomaru no había cambiado, y tampoco tenía cómo saber que ella tampoco lo había hecho. De todas formas, en una relación las personas sólo cambian durante un periodo corto de tiempo, y luego vuelven a ser como eran antes. Kagome y Sesshomaru habían sido siempre la excepción a la regla. Como era de esperarse, la chica no cumplió su promesa, y volvió a botarlo tantas veces como se enfureció durante doce años.

—Estos calcetines han durando realmente mucho tiempo, ¿no crees? —comentó Sesshomaru, luego de notar que la chica estaba completamente ida en sus pensamientos. Kagome volvió a la realidad.

—Sí, probablemente seas capaz de usarlas cinco años más —le respondió completamente relajada, como a Sesshomaru le gustaba.

—Tenemos buen gusto para escoger medias —sonrió el peliplata, mientras se acercaba en demasía hacia el rostro de Kagome.

Se quedó petrificada, y cuando Sesshomaru golpeó la nariz con la punta de su dedo sintió la adrenalina subir desde su entrepierna hasta su cuello. Sólo él podía volver su nariz un punto erógeno, con un sencillo toque de sus manos.

Taisho levantó la silla y se fue a su casa, dejándola completamente confundida. ¡Cómo pretendía que lo olvidase si seguía haciendo con ella esas cosas! Estaba completamente perdida, loca y enamorada de Sesshomaru Taisho; aunque él no quisiese casarse con ella, aunque su relación había terminado para siempre, y aunque sabía que él no estaba interesado en volver.

—Esto sólo hará las cosas más difíciles —susurró para sí misma. Como si su amor fuese poco, ahora debía lidiar con la constante excitación sexual que le provocaba el peliplata con sus muestras de aprecio.

III

—¿¡Alguien sabe de alguien que se excite cuando le tocan la nariz!? —exclamó, mientras se probaba los zapatos diseñados por Sango para su marca personal, en la que estaba trabajando.

—¡Eso no tiene sentido! —se preocupó Kikyou. Aunque eran muy diferentes, sentía mucho cariño por su amiga.

—Existe una… y está parada justo a tu lado —dramatizó la pelinegra, al borde de las lágrimas. Luego rió a carcajadas.— Mi nariz es muy sensible. Lo acabo de descubrir ayer —se jactó ante Sango, Kikyou y Miroku, la mano derecha de Sango.

Miroku dejó de ver unos documentos y la miró. Kagome era sin duda una mujer fresca, joven y divertida. Siempre llegaba con alguna cosa que lo hacía reir.

Kagome se bajó de la tarima y se sentó en uno de los sofás.

—Estos hacen doler el talón… —confesó Kikyou, mientras modelaba otro de los ejemplares de Sango. Miroku se levantó y le dio otro par.

—¿Sesshomaru besó tu nariz? —quiso saber Sango, entre tanto.

—No, sólo la tocó con su dedo —reveló, rememorando el momento exacto en que todos los pelos de su cuerpo se erizaban para Sesshomaru.

En casa, mientras intentaba concentrarse en un libro, Sesshomaru también estaba pensando sobre eso. Le había gustado de sobremanera la expresión de vulnerabilidad de Kagome al sentir su nariz siendo atacada por él. No pudo evitar la sonrisa que se formó en sus labios.

—¡Cómo es posible que mi cuerpo pueda ser estremecido por ese leve toque! —se indignó completamente Kagome. Estaba harta, por más que su mente intentaba olvidarse de Taisho, su cuerpo seguía traicionándola. No era justo con ella, se lamentó.

—Deberías estar feliz —acotó Kikyou.— Sólo debes tocar tu nariz para sentir esa sensación otra vez.

—¿Será cierto? —bromeó Kagome, y se levantó para que Kikyou tocara su nariz, pero no sintió absolutamente nada cuando lo hizo.

—No es la misma sensación —se decepcionó.— ¿Quieres hacerlo? —invitó a Miroku y a Sango, pero tampoco fue lo mismo.

—Sesshomaru debe hacerlo para que funcione —se rió la castaña.

—Deberías volver con él —sugirió Miroku.

—¡Nunca! Hemos terminado y regresado como cinco veces. Está comenzando a ser desagradable.

—Pero él transformó tu nariz en un punto erógeno —se burló kikyou, desde la tarima.

—¿¡Estás loca?! Por supuesto que es mi habilidad.

Sango volvió a reir. Kagome era un caso perdido. —Nadie nace con ese talento, Kagome. Tú misma acabas de descubrirlo —Miroku la miró acusadoramente también. Siguió.— Yo solía pensar que mi cuerpo entero era un punto erógeno, pero ahora no siento nada. Lo único que me emociona son los zapatos.

Kagome la vio indignada mientras besaba sus zapatos. Sango estaba en otro mundo, la había perdido. Estaba comenzando a creer que el calzado era el verdadero amor de su amiga.

Más tarde, en su trabajo; mientras los chicos de la banda intentaban fallidamente de grabar una canción, Kagome sólo podía pensar en su nariz, en Sesshomaru y en su relación fallida. No debía darle tanta importancia a ese hecho, ya que ellos jamás volverían a verse como hombre y mujer nuevamente, y porque necesitaba urgentemente olvidarlo para comenzar una nueva vida. No podía flaquear por un simple toque sensual en su nariz.

—Continuaremos mañana: el bajista no está dando el cien por ciento —señaló, por el intercomunicador, a la sala de audio. Los jóvenes, cinco en total, dejaron de tocar.

—¿Por qué no lo terminamos hoy? —interrogó su asistente.

—Porque no saldrá bien ni aunque lo intentemos cien veces más. Ya te lo dije, el bajista está con la cabeza perdida, no sigue el ritmo de la canción —se explicó.— Además, porque tengo una cita.

—¿Otra cita?

Kagome lo fulminó con la mirada. —Qué quieres decir con eso. ¿Quieres morir?

Tomó su cartera y se despidió con la mano de los chicos, a través del vidrio. Encendió el intercomunicador por última vez. —Continuaremos mañana, por favor practiquen para que podamos terminar la canción antes de fin del mundo.

Corrió hasta su auto y se dirigió a toda velocidad hasta el Hotel donde realizaban las Citas a Ciegas. Esa noche tendría una cita con un tal Hiten. No lo conocía tampoco, obviamente, pero estaba segura de que él sería el padre de sus hijos. De todas maneras, ser optimista era gratis.

Se pintó los labios, y se terminó de maquillar. Su celular sonó y miró la pantalla. Era su abuela. —¡Por qué no se casa ella si le gusta tanto el matrimonio! —ignoró la llamada.

Se bajó solemnemente del auto y caminó como si fuera una modelo hasta el salón.

Una lección que Kagome había aprendido con los años, era que el destino no podía ser cambiado nunca. Así que si esa noche debía conocer al hombre adecuado o al hombre incorrecto, no podía hacer nada cambiar ese hecho, así como tampoco podía cambiar el hecho de que ella y Sesshomaru se habían criado juntos, y en ese destino, él se había convertido en el único hombre importante en su vida.

Se sintió igual que en la cita pasada cuando miró la hora en su reloj y descubrió que otra vez venía tarde. No había prestado atención al expediente del sujeto, que probablemente, ni siquiera se llamaba Hiten. Probablemente ella lo había imaginado.

Miró a los hombres sentados solos en la sala e intentó descubrir en sus caras cuál era Hiten. Ninguno tenía cara de tener ese nombre tan anticuado. Finalmente, notó que un sujeto al fondo del salón la miraba fijamente. ¡Ese era!

Se dirigió hasta él y se sentó. Saludó cordialmente e intentó poner una mirada seductora.

—Lo siento, había mucho tráfico al venir aquí —se excusó.

El sujeto en cuestión bajó el libro que leía y la miró sorprendido. —Si venía desde el estudio no creo que haya habido mucho tráfico. Usé el mismo camino para llegar aquí y me demoré sólo cinco minutos.

Kagome quedó congelada. ¡Pero qué hombre tan exigente le había tocado! Lo miró detenidamente. Tenía mucho parecido con Sesshomaru: pelo plateado y ojos dorados, pero su mirada era dulce y su voz mucho menos dura. Era como una versión amable y sencilla de Sesshomaru Taisho.

Ante el prolongado silencio del chico, que volvía a meterse en su libro, llamó su atención. —¿No me dirás nada?

—¿No? —murmuró confundido.

¡Por Dios! Aunque fuera una versión mejorada de Sesshomaru, de todas formas era un idiota come libros. ¿Por qué tenía que salir con personas tan extrañas?

—Sé que fui yo quien llegó tarde, pero debes tener al menos unos modales para una situación como esta —reclamó, comenzando a molestarse.

Él dejó el libro por completo, y se interesó en la plática. —¿Y qué situación es ésta?

—¡Una cita a ciegas! —exclamó.

Él lanzó una carcajada. —¿Crees que soy la clase de persona que se casaría por una cita a ciegas? —preguntó, sencillamente.

—¿Crees que me casarás por una cita a ciegas? —se defendió Kagome, irritada.— ¡Tengo un montón de hombres detrás de mi! Sólo estoy aquí para cumplir con mi abuela. Aún así tengo buenos modales y te respeto. ¿Por qué no haces tú lo mismo?

—Oye, Kagome Higurashi. Creo que te equivocaste de persona… —murmuró él.

—¡¿Que me equivoqué de qué?! —reclamó la chica. Entonces, sintió que alguien le tocaba el hombro tímidamente. Era un hombre regordete y entrado en años: Hiten.— ¡Oh, discúlpame!

El joven sentado frente suyo la miró con verdadera gracia, mientras se disculpaba una y otra vez con el sujeto de la cita a ciegas. Se cambió de mesa y se marchó con el anciano, sin siquiera decirle adiós. Iba a continuar leyendo su libro, pero al parecer, observar a la chica era mucho más dramático y gracioso.

—Disculpe, comí pizza antes de venir aquí y me cayó un poco mal. Estaba en el baño, por eso no la vi llegar —se disculpó el hombre.

—No se preocupe, también llegué retrasada.

De repente, descubrió que algo iba mal. Si el sujeto de antes no era el de la cita a ciegas, ¿entonces por qué sabía donde trabajaba? ¡Sabía incluso su nombre! La oscura y trágica posibilidad de que ese sujeto hubiera sido también un hombre con el que había estado y no recordaba se hizo presente en su mente. Si había tardado tanto tiempo en recordar a Bankotsu, probablemente también había otros hombres que no recordaba.

—¡No puede ser! —gritó, levantándose de la mesa intempestivamente.— Discúlpeme un momento —le pidió a Hiten, y lo abandonó para sentarse en la mesa de el sujeto de pelo plateado.

—Disculpa, ¿cuál es tu nombre?

El la miró distraído. —Es Inuyasha.

Kagome verificó su nombre en sus recuerdos. No había ningún Inuyasha en su historial de besos furtivos y novios despechados. —¿De dónde me conoces?

El la miró fijamente.

—¿Por qué me estás mirando así? Si me conoces debes saber cómo soy —amenazó.

—Estoy muy decepcionado de que no te acuerdes de mi, Kag.

El mundo de Kagome se derrumbó. Sólo las personas que le tenían mucho aprecio la llamaban así. Después de todo, si había salido con él, quizás se habían besado o incluso habían llegado al sexo. Quiso morir.

—¿Estábamos saliendo antes? —preguntó, temerosa de su respuesta.

—¡Al fin recuerdas! —se alegró él.

—¿Cuándo? —quiso saber más, desesperadamente. Al ver que él sólo la miraba divertido y no le respondía se puso realmente nerviosa.— Eso quiere decir que nosotros… ¿nos besamos?

Él rió, y Kagome descubrió que verdaderamente estaba mal de la cabeza. ¡Cómo podía haber más hombres que no recordaba! En sus treinta y tres años de vida, nunca se había sentido tan perdida y desamparada. ¡Estaba a punto de enloquecer!

CONTINUARÁ…


NOTA DE LA AUTORA:

¡Hola! Este capítulo resultó realmente eterno :B Desde que escribí Amplitud por primera vez, que no escribía algo tan largo. En fin, espero que les haya gustado esta segunda entrega de esta graciosa y dramática historia sobre la vida de Kagome Higurashi.

¡Al fin conoció a Inuyasha! Realmente no les diré con quien se quedará. Si algo tiene de especial esta historia, es que realmente divide tu corazón entre Inuyasha y Sesshomaru, por eso quise adaptarla y traerla al fandom para ustedes.

Espero estar haciendo un buen trabajo.

También los invito a leer el drama romántico Sesshomaru y Rin, llamado Amplitud, que estoy reescribiendo, y mis otros fanfics:

-Olvidarte Nunca y Réquiem para un Vampiro -de Sesshomaru y Kagome.

-Amplitud y Enamorarte otra Vez -de Sesshomaru y Rin.

-La última noche, y El Árbol del Tiempo -de Inuyasha y Kikyou

-Actuación sin Libreto, Sólo Necesitas creer y Olvidarte Nunca -de Kagome e Inuyasha.

-Bohemio -de Sango y Miroku.

Estaré muy feliz si les gusta mi trabajo.

¡Un abrazo a todos y nos leemos en el fandom la próxima semana!

GRACIAS DE ANTEMANO POR SUS REVIEWS!


05/10/2013

Corrección 1: 14/10/2013