INUYASHA NO ME PERTENECE. ESTE FANFIC ESTÁ ESCRITO SIN FINES DE LUCRO.


EL ARGUMENTO DE ESTA HISTORIA ESTÁ BASADO EN LA SERIE KOREANA "I NEED ROMANCE", CUYOS DERECHOS PERTENECEN A TVN. SIN EMBARGO, LA ADAPTACIÓN DE ESTA OBRA NO ESTA BASADA EN EL GUIÓN, SINO EN EL ARGUMENTO Y CADA PALABRA ES ESCRITA POR MÍ.


NOTA DE LA AUTORA:

Chicas, mil disculpas por la demora... De hecho, subo este capi en bruto porque estoy muy agotada y no quiero esperar hasta mañana para subirlo. Muchas gracias por su apoyo incondicional y pues, lo revisaré mañana, jajaja Las ami :) y gracias por esperarme en mi sequía de inspiración!


"No sabían exactamente cuando habían empezado a verse como hombre y mujer, lo cierto era que a los dieciocho ya estaban profundamente enamorados. En doce años de noviazgo habían terminado cinco veces y regresado sólo cuatro. Hacía tres años que vivir con Sesshomaru Taisho, sin ser una pareja, era una verdadera tortura. ¡Kagome Higurashi necesitaba DESESPERADAMENTE un romance con otro hombre!"

¡NECESITO UN ROMANCE!

Claudia Gazziero

CAPÍTULO 18

RIENDA SUELTA PARA EL AMOR

I

—¿Qué es esto? —inquirió Inuyasha al verla llegar con un pesado macetero entre los brazos.

Como era Lunes, la cafetería estaba abarrotada de personas en busca de una buena dosis de café para comenzar el día. Kagome, con su gran macetero, estaba haciendo un verdadero lío para encontrar una mesa. Luego de golpear accidentalmente a un par de personas y lanzar algunos improperios, logró sentarse en una mesa en el centro del local.

Respiró profundo antes de responder la pregunta de su novio, cargar esa maceta había sido realmente agotador. ¿En qué momento había pensado que llevarlo a pie por seis cuadras sería sencillo? Era una idiota, verdaderamente.

—Es nuestro árbol… —solucionó mientras, prácticamente, se acostaba en el asiento.

—¿Nuestro árbol? —Se emocionó el ambarino, sin darle importancia a las incómodas miradas de las personas—. ¿Lo compraste para nosotros?

Kagome lo pensó un poco más a propósito, le encantaba ver aquella cara de incertidumbre en su rostro. —Sí, creo que estamos capacitados para cuidar de él. Somos una pareja estable y necesitamos experiencia —explicó seriamente.

—Entiendo… —sonrió Inuyasha—. Gracias por lo de "pareja estable", es bueno saber que me consideras como alguien con quien te proyectas…

Kagome sintió una dolorosa punzada en el corazón. ¿Estaba proyectándose con Inuyasha? Y lo que era más importante que eso: ¿Lo hacía de verdad? Lo pensó un momento, pero la respuesta llegó a su cabeza por sí sola.

Sí, por eso había comprado el árbol. Quería tener con él mucho más en común que solo un sentimiento… una familia, quizás. Siempre había querido tener una y estaba comenzando a tener prisa por ello. No era su culpa, era el condenado instinto maternal que la invadía cada vez que veía a una linda pareja con niños pequeños. No podía evitar sentir algo de envidia, ella también quería vivir aquellas cosas, y el hecho de que Sesshomaru se lo hubiera negado siempre la hacía desearlo todavía más.

—¿Es macho o hembra? —la interrumpió el chico mientras limpiaba las pequeñas hojas llenas de polvo.

Kagome se incorporó. —No sabía que los árboles podían ser mujeres y hombres.

—¡Por supuesto que tienen sexo! —rio Inuyasha a carcajadas—. Es como si fueran animales que no pueden moverse.

—Yo creo que es hembra, tiene cara de chica… ¿lo ves? —solucionó la chica, algo desanimada.

El ambarino se inclinó y le acaricio la mejilla, ante el ligero decaimiento de su estado de ánimo. —Hay que esperar a que florezca para saberlo…

—¿Cuánto hay que esperar? Quiero ver las flores ya…

—Pues… por la altura que tiene ahora, yo diría que tiene alrededor de cinco años. Eso quiere decir que debemos esperar quince —sentenció—. ¿Crees que estaremos juntos cuando eso pase?

Kagome sonrió melancólicamente, otra vez. Ese era el tiempo que había estado con Sesshomaru Taisho, aunque no de forma homogénea. No podía siquiera entender cómo había perdido tanto tiempo a su lado. Quizás sus amigas tenían razón y ella era realmente obstinada en cuanto a amor se refería. De alguna forma, había derrochado los mejores años de su vida por un capricho que jamás le fue correspondido. Era duro pensar en eso, asi que cambió de tema en su mente. Todo lo que concernía a Inuyasha era, definitivamente, más interesante y prometedor que su exnovio.

—Creo que podríamos intentarlo —respondió con una energía extrañamente renovada—. Me gustan las relaciones largas… no tiene por qué ser algo malo.

Inuyasha sonrió, aunque sabía que ella estaba pensando en ese hombre. Kagome era como un libro abierto, siempre podía saberse en dónde estaba su cabeza… y en ese momento estaba en el mundo de su anterior relación.

Carraspeó para poder hablar sin que su voz saliera dubitativa. —Si es hembra florecerá y dará frutos; si es macho nunca producirá nada…

—Es hembra —concluyó Kagome decididamente—. ¿Cómo sabes tanto sobre árboles?

—Te dije que este es mi árbol favorito… —le recordó cariñosamente—. Cuidé uno de estos durante años, ¿cómo no voy a saberlo todo sobre él?

Esa mañana, el ambarino le dio una clase tan profunda sobre árboles e insectos polinizadores que Kagome tuvo que admitir, abiertamente y con pesar, que no sabía absolutamente nada sobre el tema. Quizás se había dormido en clases de Biología, o sencillamente nunca había asistido. Su vida adolescente, como su vida en general, siempre había girado en torno a una sola cosa: ese hombre.

¡Qué idiota había sido! En ese momento, sentía que quería recuperar toda su vida en un solo día. Tenía tantas cosas que experimentar con Inuyasha que ya hasta había perdido la cuenta.

Desde que Sesshomaru y Kagura se habían besado todo había cambiado para ella, y para su propia sorpresa, ese cambio había sido para bien. De alguna manera, era como si por fin él le hubiera cerrado, definitivamente, la puerta en la cara para no verla más… y eso la había aliviado como si le hubiesen quitado cientos de toneladas de encima. De repente, su corazón se sentía renovado, joven, con fuerza y entusiasmado por la vida. No le importara realmente si él y ella mantenían una relación, ya no tenía caso pensar en eso. Ese día, su única preocupación era construir una relación fuerte y sólida con Inuyasha.

Con él era una chica joven y con un futuro por delante, con Sesshomaru era una mujer vieja, amargada y con un destino incierto. Le gustaba mucho más cómo era su vida en ese momento, cuando su única preocupación era hasta dónde llevaría su relación ese día.

Estaba decidida a crear con Inuyasha algo que no se desmoronara con el tiempo, algo que superara con creces la soledad y el silencio de un corazón reprimido. Un sentimiento verdadero que antepusiera su propia existencia ante la adversidad y que no se desmoronara ante los problemas cotidianos.

Necesitaba, sobretodo, a alguien que le gustara su personalidad en todas sus versiones. Inuyasha Takahashi era esa persona: alguien que sonreía con cada palabra que salía de su boca y que no le faltaba el respeto aunque lo mereciera de veras.

Respeto…

¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido respetada por un hombre? No lo recordaba. Cuando pensaba en eso podía ver la dura cara de Sesshomaru volteándose y dándole la espalda durante días. Sin duda, era mucho mejor un Inuyasha sonriéndole abiertamente, amándola con devoción y devorándola con su dulce mirada ámbar.

Esos ojos, esa voz y esa sonrisa la habían enamorado… no podía negarlo más.

Estaba enamorada de ese hombre. No era nostalgia, no era arrepentimiento, no era lástima, remordimiento, deseo, ansiedad ni envidia. Era un sentimiento real que se había tomado todo su cuerpo, haciéndola profundamente feliz. Esas semanas habían sido las más maravillosas de su vida, sobretodo porque había descubierto que ella aún era capaz de amar. Con Sesshomaru había creído que esa cualidad se le había ido entre las manos.

A las seis de la tarde, fueron al departamento a pasar el rato juntos. Era genial compartir lo que sobraba del día con él. Su casa era acogedora y siempre había algo delicioso para ella, estaba segura de que pronto toda esa felicidad comenzaría a amontonarse en sus caderas y no le importaba en lo absoluto. De hecho, la obesidad era una forma más de medir la felicidad… y ella había estado delgada durante demasiado tiempo.

Lo miró de reojo mientras él armaba la torre del castillo que estaban construyendo desde el día anterior. Habían ido a la tienda por un juego para pasar el rato y finalmente habían terminado con un rompecabezas 3D que les había partido el cerebro en tres partes diferentes. En el juego, ella era la princesa y él el príncipe, era una historia de amor que prometía transformarse en el clásico de su vida.

Todavía no podía creer que el amor se le hubiera presentado después de tanto tiempo. ¡Era irreal! Esas cosas ya no pasaban en la vida real. El sonido del timbre interrumpió sus pensamientos.

—Debe ser la comida que pedí —murmuró el ambarino, sin despegarse de los ladrillos de cartón.

—Voy a buscarla, espérame aquí —se ofreció en un largo bostezo, mientras se levantaba.

—¡Lleva mi billetera!

Kagome recorrió la sala con la mirada y encontró la pequeña cartera de cuero en su chaqueta. Inuyasha había pedido comida china, su favorita. Era genial que el hombre viviera solo y que, prácticamente, no cocinara. Gracias a eso, siempre podían pedir menús diferentes. En esa relación no tenía grandes responsabilidades: no tenía que cocinar como una esclava todos los días, ni asear la casa entera cada tres días. Inuyasha se encargaba de eso y lo hacía maravillosamente.

¿Qué más podía pedir?

Caminó despacio hasta la estancia, al tiempo que revisaba su billetera como una novia psicópata. No tenía nada especial, solo unas tarjetas de crédito y algunos pases para la biblioteca. Sin quererlo, se detuvo en la fotografía de su identificación; no estaba actualizada, casi parecía tener quince años en esa foto. ¡Era adorable!

—Espera —susurró al ver la fecha de nacimiento—. No puede ser… ¡Eres más joven que yo!

Inuyasha se volteó con la cara azul y corrió hacia ella para arrebatarle la cartera.

—No, es un error. —gritó mientras intentaba arrebatarle el documento—. ¡Dios, no!

—¡Eres dos años menor que yo! —dramatizó la azabache—. ¡No puedo creerlo, he profanado tu inocencia!

—No es cierto, es decir, sí lo es, pero…

—¡Pero nada! —chilló, huyendo de él para proteger la identificación—. ¡Dímelo con tu propia boca!

—¡Kagome, devuélvemelo!

La azabache se detuvo recta, intentando parecer una mujer seria. Fue tanta su agudeza que el ambarino se detuvo y se plantó frente a ella como un niño pequeño.

—Soy casi tres años menor que tú… —admitió por fin, con voz apenas audible.

Kagome se llevó la mano a la cabeza, fingiendo incredulidad. —¿Cómo pudiste engañarme? Ahora todo el mundo se reirá de mí, soy patética…

—No, yo soy patético… tuve que mentir para que me tomaras en cuenta.

—Claro —concedió entre risas—, sino jamás me habría interesado en ti.

—Eres cruel…

—Soy realista, no estaba dispuesta a soportar el peso de la opinión de la sociedad en mi vida —aclaró—. Es genial luchar contra el mundo a los veinte, pero no a los treinta, a mi edad solo es… dramático.

—¿Me dejarás? —titubeó él, a punto de quebrarse.

—¿Dejarte? —rio a carcajadas—. Ya está hecho, ¿qué sacaría con retractarme ahora? Además eres guapo.

—¿Solo porque soy guapo? —Abrió los ojos con reproche.

—Bien, me gustas —cedió antipáticamente—. Me gustas un poco.

Inuyasha sonrió. —¿Cuánto es poco?

—Como para pasar el día contigo.

—¿Te dije que eres cruel? Eres terrible, Kagome —dijo con esos ojos ámbar llenos de ternura que la enloquecían.

—Soy cruel solo contigo, eso te hace especial para mí… —coqueteó vilmente, al tiempo que se acercaba hacia él y se colgaba a su cuello—. ¿No es suficiente?

—¿Debería serlo? También me gustaría ver tu lado amable.

—Quizás lo veas cuando cumpla los cuarenta. Dicen que los cuarenta son los nuevos veinte…

—También dicen que las mujeres mayores son más apasionadas —comentó despreocupadamente, con un ligero tinte de malicia en sus palabras. Miró el rostro de la chica y sonrió.

—No caeré en tus patrañas, Inuyasha Takahashi… —lo ignoró la chica, sonriendo de medio lado—. De hecho, tú deberías cuidarte de las mías —murmuró acercándose como felina hambrienta. Desde hacía algunos días que se sentía ansiosa por probar sus labios a cada momento.

Cuando estuvo frente a él, lo empujó rudamente y lo hizo caer sobre el sillón. Era genial imitar escenas románticas de sus películas favoritas, se sentía como una heroína sexy seduciendo a un muchacho universitario. En esa idea, se arrojó sobre él y dibujó en su pecho pequeños círculos con su dedo.

—No creo que esto sea una patraña —musitó el chico, casi atorado del nerviosismo.

Kagome sonrió de medio lado y se acomodó el cabello a un lado, dejando fluir todo el olor del shampoo que había comprado el día anterior. —¿Estás nervioso, Inuyasha? —se burló sin piedad—. No puedo creer que te avergüence una chica.

Inuyasha tragó saliva, al tiempo que sentía su corazón bombardeando su oreja. —Es porque soy casi virgen —respondió a penas.

Kagome estalló en risas. —¿Es en serio? Porque no te creo una palabra…

—Es cierto, si quieres puedes comprobarlo…

Ups.

¿Era eso una invitación para que tomara su boca y le hiciera el amor en el sofá?

Era una mujer de treintaytantos que estaba pasando por un largo periodo de sequía sexual. ¿Cómo podía negarse a esa oferta tan tentadora? No era la Madre Teresa de Calcuta, ni la embajadora de la Paz en algún país. ¡Era Kagome Higurashi, la mujer que más necesitaba un revolcón en la vida!

Lo miró a los ojos y se le hizo agua la boca.

—Bien, creo que podría besarte —admitió con la voz entrecortada. Ese podía ser el primer encuentro íntimo con el chico y estaba nerviosa como una colegiala leyendo un comic erótico a escondidas.

Entonces, el ambarino puso sus labios sobre los suyos y desató una ola de sentimientos reprimidos que la encandiló de inmediato. Sus labios eran tan suaves, por dios, ¿cómo podían ser tan suaves? Todo en ese ínfimo contacto olía a Inuyasha. Sus movimientos eran, a veces rápidos, a veces lentos, pero siempre intensos. Abrió los ojos para ver sus ojos ámbar, pero se encontró de lleno con que él los tenía los cerrados.

Cerraba los ojos, como si ese fuera realmente su primer beso.

—Qué dulce… —murmuró sin aliento.

—¿Qué…?

—Tus besos… tú y tus besos son tan dulces —sonrió.

II

—¡Soy tan afortunada! ¿Cómo pudo un hombre tan joven enamorarse de mí? —presumió a sus amigas mientras tomaban helado en el sofá.

Ese día, las chicas habían ido a visitarla para saber más sobre la nueva relación amorosa de Kagome, ya que ella se veía muy alegre y llena de vida. Eso era razón suficiente para querer informarse de todos los detalles de ese nuevo noviazgo, incluso los que eran para mayores de edad.

Siempre se había contado aquellos secretos, cuando una tenía una nueva relación era como si todas se refrescaran con la emoción del primer beso nuevamente. Eso era lo genial de tener amigas como ellas, Kagome necesitaba más tiempo para hablar de lo feliz que era con ese hombre.

—¡Dios, y sus pestañas son tan largas y lindas! —exclamó—. Es genial su doble párpado interior, deberían verlo.

Rin alzó una ceja, mientras Sango dejaba su copa en la mesa de centro, a punto de colapsar. Amaban a su amiga, pero llevaba dos horas hablando de lo grandioso que era el chico. ¿Qué bicho le había picado? Aunque fuera el hombre más guapo del mundo, casi podían apostar que no podía ser tan bien dotado como Sesshomaru. Muy a su pesar, las chicas debían admitir que el peliplata era como un modelo griego deambulando sensualmente por la casa.

—¡Oh, y es tan masculino cuando sonríe! Hace un gesto que es como… así —imitó con un gesto desbordante que a las chicas les pareció completamente normal.

—Es una linda sonrisa —mintió Sango—. Aunque no creo que le hagas justicia con esa imitación —se burló.

—Para ser honesta, a veces creo que es un poco tonto… pero luego me doy cuenta de que solo lo es cuando está conmigo. Que un hombre se ponga así cuando está contigo es adorable, me hace sentir realmente especial. ¿No piensan lo mismo?

—Pues… —dudó Rin.

La azabache la ignoró completamente y se inclinó para revelar un gran secreto. —¡Su trasero es increíble! ¡Esa es la mejor parte! —chilló emocionada.

—Pero si aún no lo has visto… —murmuró la morena, confundida.

Kagome rio. —No lo he visto, pero tengo grandes esperanzas…

—Oh, por Dios… —se quejó Sango, lanzándose hacia atrás.

Su amiga había perdido totalmente la cabeza con ese chico. No estaba segura de si eso era bueno o malo para ella, aunque esperaba de corazón que fuera lo segundo, no quería tener que recoger los pedazos de su corazón con pala y escoba otra vez. Kagome amaba demasiado intensamente y tenía miedo de que algo no saliera como ella esperaba. La quería, por eso tenía dudas sobre esa nueva y abrumadora relación, iba demasiado rápido y con demasiada fuerza. No podía evitar sentir una alarma dentro de sí cuando la escuchaba hablar sobre ese chico.

—Sus dedos son tan largos… —suspiró nuevamente la azabache, sumida en el mundo de Inuyasha—. Cuando me toma de las manos me siento tan… no sé cómo explicarlo, es…

—Si escucho algo más sobre Inuyasha me volveré loca —se quejó abiertamente la castaña—. ¡La golpearé, juro que la golpearé!

—No me mires a mí —respondió Rin—. Yo también la mataré.

—Están envidiosas porque tengo un novio joven, guapo y con unas manos perfectas para el amor… —masculló entre dientes, incorporándose ante la señal de alerta peliplateada.

Sesshomaru entró con una bandeja con cuatro vasos llenos de jugo de naranja, el favorito de Kagome, y se sentó en el sofá junto a ellas. La azabache puso mala cara de inmediato y lo observó molesta, esperando que esa mirada fulminante lo obligara a levantarse e irse. ¡Esas eran sus amigas! No tenía nada que hacer ahí con ellas. ¡Necesitaba privacidad para hablar sobre Inuyasha!

—Gracias a Dios que llegaste, Sessh —lanzó Sango—. Kagome no deja de hablar de su nuevo amor.

—Lo sé, vivo con ella… —respondió él, saludando a las chicas con un beso en la mejilla.

Aunque la azabache tratara de evitarlo con todas sus fuerzas no podía negar el hecho de que ese hombre también pertenecía a su grupo de amigos. Los cuatro había vivido muchas cosas juntos, incluso cuando estaban separados. Habían vacacionado todos juntos, esa era la prueba más fehaciente de que no podía apartarlo de las chicas, ellas lo adoraban, a pesar de todo lo que había sufrido por su culpa.

Tomó la última cucharada de su helado y lo dejó sobre la mesa con fuerza, haciendo notar su incomodidad ante ese comentario. —Inuyasha no se molestaría conmigo por algo tan simple, él siempre escucha todo lo que digo… —suspiró—. ¡E hizo el granizado Ka—go—me! ¿Pueden creerlo? ¡Tengo mi propio granizado!

—¡Oh, por Dios! No lo soporto más… —gritó Sango con las manos al cielo. Rin y Sesshomaru se levantaron para ir a la sala del peliplata a conversar sobre cualquier otra cosa que no fuera Inuyasha Takashi. Estaban hartas de escuchar sobre sus maravillosas cualidades, la chica se había excedido.

Aunque Kagome había intentado cambiar de tema durante toda la noche, siempre volvía, de una y otra forma, al tema de su nuevo novio y lo grandioso que era. Luego de varias horas escuchando la misma historia, las chicas habían terminado por aburrirse…

Al día siguiente, como no había nadie más interesado en los detalles escabrosos de su relación, Kagome había terminado hablando, solemnemente, con los perros. Lo había hecho antes, sí, siempre conversaba con Judy sobre sus problemas amorosos. Sin embargo, ese día y con ese meloso tono de voz, se veía como una verdadera loca.

—Inuyasha crió a un perro que se había perdido en el parque, tenía diecisiete años… —le contó a su perra, mientras Kagura y Sesshomaru tomaban el desayuno en la terraza.

Kagura estaba confundida, jamás había visto a la azabache enloquecida de esa forma. —¿Era así cuando salía contigo? —preguntó, temiendo incomodar al peliplata.

Sesshomaru suspiró incordiado. —Creo que era peor… cuando se enamora no descansa hasta que esa persona está harta de ella. No hay nada que el chico OST pueda hacer para librarse.

—¿Crees que se le pase rápido? —volvió a preguntar, esperando que la respuesta fuera negativa. Si Kagome olvidaba a ese hombre, sus probabilidades de éxito con Sesshomaru disminuirían considerablemente.

—No hay forma de saberlo, puede durar hasta quince años…

Kagura lo observó taciturna, sabía muy bien a qué década y media se refería. Suspiró resignada, harta de intentar entender cómo organizaba sus sentimientos ese sujeto, era demasiado extraño.

—Tienen que tratarlo bien cuando venga a la casa, ¿de acuerdo? —continuó Kagome—. No quiero saber que mordieron su precioso trasero…

—¿Lo traerás acá? —alzó la voz su exnovio, mientras bebía cómodamente de su café. Kagura levantó la vista y lo observó expectante.

—No lo sé, tal vez lo haga… —respondió Kagome, levantándose y sacudiéndose la tierra de los pantalones—. Tengo que irme, Inuyasha y yo…

—No me interesa lo que hagas con el chico OST —sentenció el peliplata.

La azabache se molestó ante ese pesado tono de voz, pudo verlo en sus destellantes ojos chocolates. De hecho, caminó violentamente hasta la mesa donde estaban y se plantó frente a él:

—No se llama chico OST, su nombre es Inuyasha… Inuyasha Takahashi, recuérdalo —dijo duramente.

—Está bien, Inushaya… —respondió Sesshomaru, sin ganas.

—Inuyasha —insistió ella.

—Inuyasha…

—Bien —cerró el tema, volviendo a la felicidad de siempre—. ¡Nos vemos!

—¿No llevarás paraguas? Dicen que lloverá esta tarde —gritó Sesshomaru.

Kagome, que ya se había montado en su bicicleta, respondió que ya lo sabía y partió calle abajo. Cuando desapareció de la vista de ambos, el peliplata negó con la cabeza y sonrió.

—No puedo entenderte… —comentó Kagura mordazmente, pero Sesshomaru no le tomó importancia. No entendía qué era lo que le gustaba de ese estúpido hombre, mientras idiota era más se enamoraba de él.

—No me entiendas… ya te lo dije —respondió él, volviendo al periódico.

El muy tonto había fingido que leía toda la mañana, pero ella sabía que había estado escuchando lo que azabache decía del chico OST. ¡Era inútil intentar negarlo! Kagome, al parecer, era la única que no se percataba de que ese hombre estaba loco por ella, muy a su manera, pero loco al fin y al cabo.

III

Como Kagome Higurashi era la mujer con menos suerte del mundo, llegó empapada al café de su novio. Claro, habían predicho que llovería en la tarde, pero a las nubes se les había apetecido explotar justo cuando ella montaba la bicicleta. Había tenido suerte de no tener un accidente en el camino, ¡gracias al cielo había llevado su viejo impermeable! Aunque, por lo mojada que estaba, podía concluir que le había quedado pequeño hacía mucho tiempo.

—¡Kagome, por Dios! —gruñó Inuyasha, al verla llegar—. ¿Por qué montaste la bicicleta con esta lluvia?

Kagome dejó que el chico la ayudara a estacionarse. —Tú me dijiste que la usara cuando viniera a ti, asi que eso hice.

El chico abrió el paraguas para ambos y la acompañó los dos metros que faltaban para la entrada. Obviamente, tuvo que cerrar el artefacto en un segundo.

—Pudiste pescar un resfriado —insistió mientras le preparaba un chocolate caliente.

Aunque hacía frío afuera, el recinto estaba bastante agradable para Kagome; además olía a café y a Inuyasha, amaba ese olor. Recibió la taza humeante entre sus manos y entró por la pequeña puerta corredera hasta el mesón central. —Decidí que voy a tomarme un tiempo en el trabajo, no tengo mucha inspiración para escribir canciones nuevas, es como si solo hiciera obras maestras cuando estoy triste.

El ambarino no supo si sonreír o darle una palmada en la espalda, lo que decía era sumamente melancólico.

—Puedes sonreír, eso significa que estoy feliz —sonrió también—. Además es solo un bloqueo pasajero, por mientras trabajaré aquí de medio tiempo.

Inuyasha dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia ella sorprendido. —¿Qué? ¿Lo dices en serio?

—¡Por supuesto! ¿Cuánto me pagarás por hora?

—¿Cuánto debería pagarte?

Kagome se cruzó de brazos pensativa. —Pues, creo que 20.000 besos al día estarían bien —respondió risueña.

—Okay… pero no creo que seas capaz de recibirlos todos…

Kagome borró su sonrisa al ver al asistente de Inuyasha mirarla fijamente. ¿Acaso él estaba sintiendo vergüenza ajena por ella?

—Tus prejuicios no me avergüenzan, realmente estoy disfrutando al enseñarle a este hombre los placeres de la vida mundana —le dijo con voz altanera.

El muchacho volvió a su lugar e Inuyasha rio. —No seas mala con él, es que cree que le quitarás el empleo…

La azabache rio abiertamente. —Aunque me gustaría, tengo una gran carrera a la que no puedo renunciar. Sería una gran pérdida para el mundo de la música, ¿lo sabes, verdad?

El ambarino le cambió el tema. —¿Quieres salir? Podemos ir a ver una película…

—No, dije que trabajaría aquí —respondió huraña—. Aprendí a hacer café en tu clase, ¿no soy lo suficientemente buena para ti?

Él rio. —Por supuesto que sí… empecemos entonces —la animó, llamándola con un dedo para que fuera hasta él.

Kagome obedeció sin chistar, le encantaba cuando ese hombre la llamaba para llenarla de besos. Quería estar con él todo el día, simplemente no podía dejarlo solo. Cuando no lo veía casi parecía que no existía, y eso la atemorizaba. No quería vivir en una vida sin Inuyasha nunca más, sus sentimientos se estaban volviendo demasiado reales e intensos, no podía detenerlos.

Inuyasha la envistió en un lindo delantal rosa y la abrazó por la espalda, para sentir el olor de su cuello. Toda esa relación estaba comenzando a volverse muy sensual.

—Págame por adelantado —exigió, e Inuyasha le plantó un largo beso en el cuello.

—Ahora solo quedan 19.999 besos.

La azabache se volteó y tomó su rostro entre sus manos. Acto seguido, depositó un fino y tierno beso en sus labios. —Ahora faltan 20.000 otra vez. Los números están a mi favor…

El día con Inuyasha fue maravilloso. Trabajar en ese lugar era sencillo, solo había que ser muy gentil con los clientes y llevarles los pedidos hasta la mesa. Las personas fueron muy agradables con ella, incluso le habían preguntado desde cuándo trabajaba en ese lugar. Era increíble la sensación de dar a las personas algo delicioso y un momento agradable que los hiciera regresar y les alegrara el día. Le gustaba eso de atender a las personas, quizás había sido mesera en su anterior vida, esa era la única explicación.

Cada vez que podía, se giraba para mirar a Inuyasha intensamente hasta que él volteaba a verla por la fuerza de su mente. Entonces, le guiñaba un ojo y se marchaba, dejándolo completamente flechado con el encanto femenino que florecía en su cuerpo a montones. Se estaba volviendo una mujer muy sensual, a ese ritmo su primera noche con Inuyasha sería su mejor noche.

—¿Realmente no te importa? —preguntó Kagura mientras secaba los platos que Sesshomaru lavaba muy calladamente. No resistía el hecho de no entender los sentimientos de ese hombre que, muy a su pesar, le gustaba demasiado.

—¿Qué? —respondió él, desinteresado.

—Que Kagome esté con ese hombre. Dijiste que te gustaba, ¿cómo puedes dejar que ame a otro? —inquirió indignada—. Me gustas… y por eso una parte de mí quiere que seas correspondido.

El peliplata se secó las manos y salió de la cocina. No quería escuchar otra palabra sobre ese tema, Kagura jamás entendería sus razones. Él estaba al tanto de que era una persona sumamente extraña, pero eso jamás había impedido que hiciera su vida como una persona normal. ¿Por qué no podía dejarlo en paz?

—¿En serio no te importa? —repitió la chica, agarrándolo de la camisa.

Él se volteó, completamente hastiado de la situación. —¿Y qué quieres que haga? —respondió enfadado—. Además te dije que te mantuvieras a un metro de mí, un beso no significa que seamos íntimos.

Kagura retrocedió un pasó y lo miró enfurecida.

—No te besé porque quería hacerlo, fue porque…

—¿Por qué? ¿Porque Kagome y el chico OST se estaban besando también? —se burló él—. ¿Te preocupaban mis sentimientos?

—¡Por supuesto que sí! Me gustas… no quiero que estés triste.

—No estoy triste —sentenció secamente.

La pelinegra negó con la cabeza y lo miró con sus tristes ojos avellana. —No puedo entender por qué no estás celoso, si me lo explicaras tal vez podría dejar el tema… pero no dices nada.

—¿Sabes lo que significa estar celoso? —alzó la voz—. Es cuando alguien está tan celoso de otra persona que quiere tener su vida. ¿Hay alguna razón para que yo quiera tener las cosas que tiene ese tipo?

Buen punto, pero eso era solo racionalismo exagerado.

—Dime —exigió a la chica—. ¿Es más inteligente que yo? ¿Es más atractivo que yo? ¿Es mejor que yo? No lo es, no tengo por qué estar celoso de un sujeto así. Es él quien debería estar celoso de mí.

—No lo entiendes, ¿verdad? —comentó ella—. La mujer que amas está enamorada de ese hombre… ¿Cómo puede no importarte?

—Tú no sabes cómo amar a alguien por la sencilla razón de su existencia…

—No, no lo sé.

—Es aceptar a alguien por cómo es y amarlo sin reglamentaciones —se explicó él, sin mucho éxito—. Es amor por amor, nada más… es la forma más pura de hacerlo.

—No lo entiendo.

—Debes dejar de lado tus expectativas, no se trata de ser posesivo con la persona que amas sino de dejarlo ser. Eso es el amor, tú eres quien tiene una visión deformada de lo que es amar.

—Pues… es similar a la teoría de Anthony Giddens[1] sobre el amor, aunque muy pocas personas lo toman en serio. No puedo creer que me enamoré del único sujeto que sí —suspiró frustrada—. "Respeta la libertad de su ser querido y, en lugar de dominar, crea una mutua satisfacción" El amor se centra en el bienestar de la otra persona… —citó al autor.

—Si lo sabes por qué insistes tanto en ello —inquirió el peliplata, dando pesados pasos hasta el sofá.

Kagura lo siguió y se sentó en la mesilla frente a él. —Es normal que estés celoso, no tiene nada de malo… —dijo por fin—. No eres menos hombre por eso, tampoco más débil.

Él bajó la cabeza.

—Creo que te has vuelto un poco loco —comentó la pelinegra al verlo callar de esa forma—. Estás avergonzado de estar celoso… por eso no quieres admitirlo. En ese sentimiento, la teoría de Giddens es tu refugio.

—No estoy celoso.

—Es muy poco atractivo que actúes de esta forma… eres un hombre que no admite sus propios sentimientos, casi siento algo de lástima por ti. Cuando te des cuenta de tu error, sin duda dolerá mucho.

—Date prisa y ve a buscar el primer borrador, la compañía cinematográfica llamó esta mañana… debemos apresurarnos.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Inuyasha a cinco cuadras de ahí. Kagome y él habían terminado la jornada laboral sin altibajos y ya los muchachos se estaban yendo a sus casas.

—Bastante bien —respondió la chica—. Es entretenido trabajar aquí, además los clientes me aman…

—¿Quieres ir a mi casa?

—¿A tu casa por qué? —Alzó una ceja, expectante.

El ambarino rio. —Un hombre increíble te invita a su casa en la noche… ¿qué crees que quiere?

Kagome sonrió malévolamente. ¡Al fin había llegado el momento! Ella e Inuyasha tendrían una noche caliente, muy caliente. ¡No podía creer que haría el amor después de tanto tiempo! De solo pensarlo, todo su cuerpo se erizaba. La cercanía con ese hombre estaba afectando demasiado a sus hormonas.

—¡Un bocadillo de media noche! —celebró Inuyasha con dos platos en las manos. La mandíbula de Kagome cayó al piso. ¿La había invitado a cenar? ¿Dónde estaba el sexo ardiente? Inuyasha era más tonto de lo que esperaba y, aunque era genial que toda esa inocencia simpatizara con ella, también era frustrante.

Se sentó en la mesa de mala gana y lo miró fijamente servir los platos hasta que él se sintió incómodo. —¿Tienes algún problema de salud? —preguntó indignada.

—No, ¿por qué? ¿Me veo enfermo?

Kagome suspiró. —No…

—¿Estás esperando algo? —se burló él.

¡Dios, Inuyasha era el maestro del tira y afloja!

—No.

—Si quieres algo en especial, yo podría hacerlo.

La chica levantó la vista por fin, el tema comenzaba a interesarle.

—Te estás sonrojando de nuevo —acusó Inuyasha.

—Sé que no me estoy sonrojando —volvió a enojarse.

El ambarino se carcajeó. —Eres tan linda… —comentó entre risas.

—Tú eres más lindo —respondió a regañadientes. Objetivamente, era verdad. Ella no era la gran cosa, ni siquiera tenía busto.

—No soy lindo, soy masculino y varonil… —negó con la cabeza—. ¿Te dije que soy cinturón negro n Taekwondo?

Kagome ya lo sabía, de hecho, tenía grandes expectativas en lo que ese cuerpo atlético y vigoroso podía brindarle. El problema era que él no lo sabía aún y alguien debía hacérselo notar. Por eso, se sacó el zapato con el otro pie y comenzó a acariciarle la pierna por debajo de la mesa, lentamente, desde el tobillo hasta arriba…

Inuyasha casi se atragantó con esa contundente caricia. —Cuando me vaya, deberías analizar muy bien por qué los hombres increíbles invitan a las mujeres guapas como yo a sus casas a medianoche. Hay cosas más deliciosas que los bocadillos de media noche…

Sonrió satisfecha al ver la incomodidad y el nerviosismo del muchacho.

—Yo… es decir, ¿qué tengo que hacer ahora?

—Si no lo sabes olvídalo —sentenció, cerrando el tema y volviendo a la comida. Tuvo que aguantar la risa al verlo atorarse una y otra vez con la comida, hasta el agua parecía negarse a avanzar por su garganta.

El panorama había cambiado, Inuyasha no era un vigoroso cinturón negro atrevido y adicto al sexo… y eso lo volvía aún más excitante. Se moría de ganas de enseñarle lo que una mujer de verdad podía hacer con él.

—¡Tengo que seducirlo lentamente! —gritó en medio de la sala.

Al día siguiente, sus amigas habían acordado ir otra vez a su casa para repetir la velada anterior. La vez pasada había sido un verdadero fracaso, asi que Kagome había prometido que se comportaría y hablaría de todos los temas, no solo de Inuyasha.

—¿No pueden hacerlo de forma natural? El sexo es algo que debería darse entre los dos por arte de magia —dijo Rin, inocentemente, mientras comía palomitas de maíz.

—Lo sé, soy una mujer honesta… es él quien saca la malicia en mí.

—Lo único natural es el instinto deshonesto —aclaró Sango, atiborrada en golosinas.

Kagome asintió con la cabeza. —Es verdad…

—¿Estás loca? —se quejó la morena—. El sexo debería ser controlado por el gobierno.

La castaña rio. —¡Tú pagas pocos impuestos y exiges muchas cosas!

—El Gobierno debería hacer un manual de las citas promedio —continuó Rin—. La primera vez que se encuentran solo pueden mirarse…

Kagome miró a la pelinegra seductoramente.

—La segunda vez pueden tomarse de las manos por consentimiento mutuo —dijo dándole la mano a Sango—. ¡La tercera vez se abrazan! —chilló, abrazando a la modelo por completo—. Cuando se encuentran por cuarta vez…

—¿Cuándo tendrán sexo? —interrumpió Sango indignada.

—¿Luego de seis meses? —solucionó la inocente chica.

—¡Es demasiado! —se escandalizó Kagome—. ¡No puedo esperar tanto!

Mientras tanto, en el departamento, Inuyasha comenzaba a acalorarse. No podía reflexionar sobre lo que un hombre increíble quería realmente cuando invitaba de noche a una mujer majestuosa a su casa y respirar a la vez. Todo era muy… confuso.

—Las personas deberían dormir juntos la primera vez que se ven, asi no hay que esperar tanto para saber si se es compatible con otra persona —argumentó Sango, bastante tajantemente.

—No siempre… —dudó Kagome—. Inuyasha es de los que esperan… y yo quiero romper ese pensamiento y seducirlo como si fuera su primera vez.

—¡Hey, Kagome! —exclamó Sango emocionada—. Eres una mujer malvada, al fin aprendiste algo bueno de mí.

—Yo creo que se están excediendo —se ofuscó la morena. Rin era demasiado conservadora para esas cosas.

—¿Por qué te enojas? —preguntó Kagome con las mejillas sonrosadas—. ¿Te avergüenza tener una amiga adicta al sex…?

No pudo terminar la frase, porque Sesshomaru abrió la puerta corredera que separaba ambas casas de golpe y se plantó con sus dos firmes pies en la intersección.

—¿No pueden bajar el volumen? Intento trabajar —dijo furioso—. Cada vez que se reúnen hablan más fuerte que la vez anterior.

Kagome y Rin voltearon a verlo con las palabras en la boca. Sango, sencillamente, aplicó la estrategia ninja de desaparecer de escena y dejar a los demás discutiendo.

—Creo que me iré, mañana tengo mucho trabajo —mintió descaradamente.

—¿Ir a dónde? Dijiste que te quedarías esta noche… —le recordó Kagome.

—Duerman aquí —hablo el peliplata con una voz más humana y se acercó para sentarse junto a ellas. Había sido demasiado duro con las chicas—. No puedes irte a esta hora de la noche, es demasiado tarde…

—Traje carro, no hay problema. Puedo llevar a Rin a casa…

—Yo dormiré aquí —sentenció Rin, negando la posibilidad de levantar su trasero de ese sillón.

—¡Pijamada, pijamada! —aplaudió la azabache, intentando animarla.

—¡Solo duerme aquí! —dijeron los tres al unísono, a punto de perder la paciencia.

Sango los miró absorta. —Hacen todas estas pijamadas porque no quieren que vaya a dormir a la bodega, ¿verdad? —suspiró resignada.

—Así es —respondió la dueña de casa—. Al menos aquí estamos juntas…

A penas cabían las tres en la cama de Kagome, pero era confortable saber que Sango dormiría en un lugar cálido y ameno como su habitación. A Kagome realmente le dolía el alma saber que mientras ella dormía plácidamente en su cama King, su amiga estaba pasando frío en ese lugar. ¡Sencillamente no podía conciliar el sueño!

—Hoy recibí un microondas y dos pares de frazadas… —reveló Sango, al medio de la cama. Kagome y Rin voltearon a verla—. Cuando vi la ficha de despacho supe que lo había mandado Sesshomaru, él también está preocupado por mí.

—Mañana recibirás una cama… —admitió la morena con pesar.

Sango se inclinó hacia su lado. —¿Me enviaste una cama?

—Tienes que dormir bien para estar bien —solucionó Rin con una sonrisa.

—Muchas gracias.

Kagome suspiró al verlas abrazarse cariñosamente y se sentó. —¿Por qué tienen que organizar esas cosas a mis espaldas? Yo también quiero comprarle algo, pero no sé qué…

—No recibiré nada más de tu parte… —Se sentó también Sango—. Tú fuiste la que puso más dinero en mi empresa, te lo debo todo —agradeció con otro abrazo.

Kagome rechinó los dientes. —Acabo de tener una sensación, abrázame otra vez.

—¿Por qué hacen eso delante de una mujer sexualmente frígida? No tienen compasión por mi incapacidad para excitarme con un hombre —murmuró Rin de mala gana.

Entonces, las dos se lanzaron sobre ella y la abrazaron repetidas veces para estimular el deseo por el contacto físico en ella… y molestarla por su aflicción.

Esa noche, Kagome durmió sin ninguna preocupación. Su futuro era esperanzador y tenía a sus amigas consigo. ¿Qué más podía pedir para ser feliz?

IV

Sango y Miroku visitaron todas las sucursales de zapatos en donde vendían los zapatos Shoezzle, diseñados por la chica. Al parecer, las ventas no habían disminuido, eso era mejor que el decrecimiento que la empresa había sostenido desde la infidelidad. Tenían grandes expectativas para el futuro, la marca, sin duda, se levantaría otra vez.

Sin embargo, la alegría disminuyó considerablemente cuando fueron a almorzar a un pequeño restaurant en el centro de la ciudad. Todos ahí reconocieron a la modelo e hicieron sus juicios de valor en voz alta. El mundo realmente empatizaba con Naraku y su sufrimiento, todos creían que ella era una zorra.

—No les hagas caso —la reprendió Miroku al verla sin apetito—. Si te preocupas por ellos perderás tu esencia.

—Preferiría ir a otro lugar… —respondió ella, apesadumbrada. Era increíble cómo los prejuicios devolvían a las personas a la edad media.

—Aquí la comida es exquisita y estamos juntos, ¿qué más podrías querer? —sonrió Miroku, acomodándose el cabello detrás de la oreja.

Sango suspiró. Era tan guapo y brillante que, simplemente, lo amaba.

—¿Cómo pueden ser tan descarados? No puedo creer que haga engañado a Naraku con ese sujeto, ni siquiera es apuesto. —Escuchó una leporina lengua a sus espaldas. Era una chica que estaba comiendo con su novio en la mesa de atrás.

Miró a Miroku y él le sonrió de nuevo, fingiendo no haber escuchado nada. No obstante, la situación empeoró cuando la mesera puso los platos sobre la mesa, casi arrojándolos, y sintonizó el canal nacional. Naraku estaba dando las noticias con un rostro macilento y apenado, ¿cómo podía fingir de esa forma? ¡Y peor! ¿Por qué a la gente le importaba tanto lo que sucedía en la vida de ambos?

—No sé cómo pueden comer tranquilamente. —Volvió a escuchar.

Bien, quizás habían logrado su cometido. Se sentía realmente mal, pero no por Naraku, sino por Miroku. Quería ser una mujer digna de él y no lo estaba logrando, su pasado no se lo permitía. ¿Cómo podía amarla a pesar de todo lo que le había hecho? Lo observó con una lágrima reprimida.

—Está delicioso… —comentó alegremente—. Deberías probarlo también.

Era cierto, a pesar de los comentarios mordaces que las personas lanzaban a sus espaldas, la comida estuvo deliciosa. Sango intentó no sentirse afectada por eso, pero lo logró a penas. Era muy difícil cargar con el rechazo de una sociedad entera, sobretodo si la causa de ese odio era justificada.

Al salir, la misma mujer que había lanzado los improperios la empujó, obligándola a correrse del camino. Tuvo que afirmarse de Miroku para no caer de bruces al suelo, los zapatos de tacón no estaban preparados para ese tipo de problemas.

—¿No se va a disculpar con la señorita? —preguntó Miroku duramente.

La mujer se volteó y sonrió. —¿Por qué debería? No veo ninguna señorita aquí, solo a una zorra.

El hombre que la acompañaba rio y Sango quiso morir.

—Discúlpese ahora. —Volvió a exigir su novio, ignorando las silenciosas protestas de la castaña.

—Lo siento, ¿satisfecho? —se disculpó la pareja de la desagradable mujer, obligándola a retirarse de escena.

Sango suspiró larga y complicadamente al verlos lejos. —No debiste hacer eso… —lo reprendió—. Enojarte por esas no va contigo.

—¿Quieres que permita que te llamen zorra? —se indignó el pelinegro—. Olvídalo.

—Pero…

—Pero nada, tengamos una cita.

Sango se echó para atrás. —¿Una cita?

—¡Una cita, claro! —exclamó él—. Quiero que todos vean lo felices que somos y que se desangren de envidia. ¿Te apuntas?

Sango no pudo no sonreir ante la belleza de ese hombre. —Me apunto —respondió.

Ese día, el mundo vería que una mujer no debía sentir vergüenza por sus sentimientos.

Como era de esperarse, pronto la prensa fue alertada de que Sango, la modelo y diseñadora de zapatos, estaba teniendo una cita en público con un sujeto que no era su exmarido… y eso no hizo más que alentarlos a disfrutar del encuentro. Sonrieron felices y posaron frente a todos los fotógrafos que aparecieron, mientras las personas se detenían en un semicírculo a verlos.

Esa fue la mejor cita que habían tenido jamás… una cita de redención, de aceptación y de verdadero amor.

—¡No puedo creer que tuvieron una cita en público! —chilló Kagome al teléfono—. ¡Estoy tan emocionada, están en todos los noticieros y los programas de prensa rosa! Y ni mencionar Internet, ¡hay millones de fotografías que las personas subieron de ustedes!

—¿Es en serio? ¿Qué dijeron sobre nosotros?

Kagome obligó a Jacken a mostrarle todas las pestañas de la Tablet y leyó:

—"Sango Taijiya en una cita con un desconocido"; "La increíble sonrisa de la zorra más grande del país"; "Este es el hombre con que fue engañado Naraku G., el presentador de noticias".

—Interesante… —comentó con una sonrisa. Miroku la observó de reojo, mientras analizaba unos papeles. Era genial cuando Sango estaba feliz.

—Espera, aquí hay otra: "Los zapatos de una mujer malvada", es un reportaje sobre tus zapatos.

—Tengo una idea… —dijo Miroku de repente.

—Espera…

—¡Tengo una idea! —celebró el pelinegro.

Ante tanta alegría, La castaña tuvo que despedir a su amiga y prestarle atención a su novio y publicista. —Te escucho… —lo animó.

Él sonrió de medio lado. —Zapatos de zorra.

—¿Qué?

Zapatos de zorra… si no puedes posicionarte en el mercado como una marca para mujeres elegantes, entra como una marca para zorras: mujeres sensuales, audaces y sin temor por la opinión de la sociedad. Nadie lo ha hecho antes, serás la primera.

No era mala idea… de hecho, era la mejor idea que ese hombre había tenido después de decidir amarla por lo que era y no por lo que no era.

—Creo que puede funcionar… —Alcanzó a decir antes de que sonara el celular del chico.

—Sí… ¿qué? —dijo Miroku Asakura al teléfono—. Claro que tenemos más stock… está bien, coordinaré la entrega para esta misma tarde… okay, nos vemos.

—¡¿Qué pasó?! —clamó Sango con el corazón en la mano. No quería malas noticias, rogó porque no fueran malas noticias… ¡si eran malas noticias saltaría de un puente!

—No lo creerás, los zapatos que usaste hoy en nuestra cita… ¡están agotados!

Sango quedó de piedra. —Oh… my… God…

—Llamaré al almacén para coordinar la entrega —solucionó Miroku—. Te lo dije, era una buena idea…

—Lo sé, confío en ti… —respondió la castaña—. Y te amo, realmente te amo mucho…

CONTINUARÁ…


Reviewwwwwwwwwwwwwws! :3 jijij esperu sus palabras, estoy amocionada por Sango jujuju


Publicación: 31/08/2014

Corrección: Pendiente