INUYASHA NO ME PERTENECE. ESTE FANFIC ESTÁ ESCRITO SIN FINES DE LUCRO.


EL ARGUMENTO DE ESTA HISTORIA ESTÁ BASADO EN LA SERIE KOREANA "I NEED ROMANCE", CUYOS DERECHOS PERTENECEN A TVN. SIN EMBARGO, LA ADAPTACIÓN DE ESTA OBRA NO ESTA BASADA EN EL GUIÓN, SINO EN EL ARGUMENTO Y CADA PALABRA ES ESCRITA POR MÍ.


Queridísimas: Quise subir este capítulo el Lunes 27 de Oct, porque era mi cumpleaños... y quería dárselos como regalo en lugar de recibir yo uno... pero brrr, no alcancé, jajaja, mátenme. Pero bueno, lo subo ahora 29/10 a las 4:57 AM. Debo decirles, que desde que estuve enferma el año pasado que no me acostaba tan tarde, pero creo, de verdad, que esta vez ha valido la pena. DEBEN leer este capítulo! Amantes de Inuyasha, amantes de Sesshomaru, quedarán hechas un lío. jajaja. En fin, las amo a todas (y a todos) y muchas gracias por considerar mi petición de reviews del capítulo pasado. Fue genial saber que la gente que lo leía no se había ido y descubrir nuevos fans. Les dedicaré pequeñas palabras a cada uno, no soy muy buena expresándome en primera persona, hablando desde mi percepción, como Claudia, pero bueno.. lo intentaré. DX

GUEST: Querida, aunque no pusiste tu nombre, debes saber que yo también me niego! Maldición! qué rabia con ella!

Sakurasuperotaku333: Me pasaré por tu fic en cuanto pueda, recuerda agregarme a facebook o darme tu correo para mandarte los tutoriales.

Kamisumi Hirohoshi: Síii! este fic es enfermo, creo que por eso me gusta tanto. Estamos locas :c

Kagome Taishou Figueroa: Soy buena, créeme T.T jajaja, gracias por tu review largo, son los mejores 3!

Nenny de Borrego: ¡Bienvenida al fic! Y créeme que entiendo tu disyuntiva :3 Nos leemos en este capi :3

Arii09: ¡Bienvenida al fic! Yo aún no decido con quién quiero que se quede, pero bueno... supongo que será a último momento, jajaja, nah, broma. No sé, todo puede ser. Espero saber de ti en este capi. :)

Sesshomarusama: No sé si me dejaste el review a mí o a Sessh, jajaja, pero lo amé. POR QUÉE mierdis es tan tonto! Agg, me empelota :c

Sasunaka Doki: Primero, gracias por tu apoyo incondicional en este fic... y segundo, espero que te guste mucho este capi :3

Breen Martínez: Linda, no te sientas obligada a escribir reviews jajaja Eres tierna :3 un besito, te adoro, pero debes guardar en secreto todo lo que sabes :v

Maria: Sé que te gustará este capi... y no entres en pánico, no le queda mucho a este fic.

: Linda, bienvenida al fic! Estoy segura de que amarás este capi :3 Espero tu opinión, tomatazos y lo que quieras darme, jaja pero debes saber, que concuerdo totalmente contigo.

Bbkid: Gracias amiga, tocaya de cumpleaños, por seguir fielmente esta historia, aunque no me dejes review siempre, jajaja. Te dedico este capítulo por tu cumpleaños, espero lo disfrutes. :3

Johan Taisho: Linda gracias por tu apoyo siempre y tus palabras en los reviews. Realmente me animan mucho, y me motivan todavía más. Loviu! 3

Andreí ía: Odiarás este capi, ¿o lo amarás? No lo sé, pero gracias por tus palabras y tu apoyo :3 Te mandé un inbox la otra vez :c Snif, T.T

Carol d´Clam: Wou, pensé que no seguías el fic ya! Es una grata sorpresa saber que sí :) Me sentí más animada :v Muchas gracias por dejarme review, un besito y espero que te guste este capi.

Saranghee: Gracias por encontrarme, espero que te guste este capi y sigamos hablando. Y claro, que te anime un poco para que dejes de estar tristona.

José Okanami: Oye! Déjame creerme profesional, ¿okay? jaja Aunque no loc reas, las fickers nos estresamos si subimos algo sin corregir, aunque sabemos que no somos profesionales, jajaja

Elvi: Linda, totalmente de acuerdo con respecto a lo del primer amor, la vida es así, duele, pero hay que seguir :3

GabiiSesshYue: Gracias por tu review! Espero que te guste este capi y realmente espero que no te haya pasado lo mismo que en este capi :c jajaja

Malina Maniac: Te respondí por inbox, pero sé que te gustará este capi... a pesar de todo. Por Sesshomaru, hace algo woo.

José: Gracias por tu palabras, tienes razón, todos merecemos el amor. T.T

Cecil Pierce: TE AMO; bitch.

Andyantopia: A mí también me encantan sus celooos! Lo amo 3

Y, uff, ya son las 5:16. Besitos a todos y no se me pierdan pom!


"No sabía cuándo habían comenzado a verse como hombre y mujer, lo cierto era que a los dieciocho ya estaban profundamente enamorados. En quince años de tormentoso noviazgo, habían terminado cinco veces y regresado solo cuatro. A tres años de romper definitivamente con el hombre que vivía a solo una puerta de distancia, Kagome Higurashi necesitaba un romance desesperadamente".

¡NECESITO UN ROMANCE!

Claudia Gazziero

CAPÍTULO 22

HISTERIA

I

—¿De verdad está bien que venga Inuyasha? No quisiera incomodarte, Sesshomaru.

El aludido bajó las manos del notebook y se volteó, intentando mostrar su mejor sonrisa. —Claro que no, te dije que no me importaba, además es tu novio.

—Está bien… —musitó en un largo suspiro, con la mano en la perilla de la puerta—. Recuerda practicar tu sonrisa, últimamente estás muy raro.

Claro que estaba raro, estaba sintiendo celos por primera vez en sus treinta y tres años de vida y era sumamente desagradable. Eso de ser un hombre débil y con poca confianza en sí mismo se le daba muy mal, casi sentía que se iba a desmayar de frustración.

Quiso darse cabezazos contra el teclado, pero la sola idea le pareció patética, así que reprimió el impulso e intentó usarlo a su favor. Había notado hacía ya bastante tiempo que, cuando estaba triste, su arte era mejor. Era como si la tristeza fuera un combustible para sus historias de amor, drama y olvido.

Sin embargo, cuando quiso volver al guion, el sonido de la aspiradora le arrebató la inspiración de golpe. No porque fuera desagradable, no porque fuera incapaz de trabajar con él, sino porque era Kagome quien estaba usándola… y ella le rehuía a esa máquina más que a la misma lepra.

¡¿Por qué demonios estaba limpiando la alfombra?! Quiso detenerse, pero de igual forma se levantó enojado y salió de la habitación. Ya sabía la respuesta, pero de igual forma quería escucharlo de su propia boca. Era un impulso autodestructivo y masoquista, pero no podía evitarlo.

Cuando entró a la sala se encontró con todas las sillas patas arriba sobre la mesa, los sillones amontonados en una orilla y los muebles, que no se habían corrido en años, esparcidos por toda la planta baja. Sintió rabia, mucha rabia. Envidia, celos, rencor y una docena de sentimientos negativos que no pudo identificar de primeras.

—¿Por qué estás limpiando tan a fondo? —preguntó, masticando lentamente las palabras desde la intersección de ambas viviendas. Quería pelear, por primera vez en su vida, admitía que quería pelear con ella. Quería escucharla gritar, enfadarse, quería que lo golpeara y que lo maldijera, ya que eso era lo único que podía hacer ella por él en ese momento.

—Mañana Inuyasha conocerá la casa y quiero que esté brillante —respondió la chica despreocupada, mientras se agachaba para aspirar el polvo que todavía había debajo del sofá.

—¿No sería mejor mostrarle la verdadera tú y recibirlo con la basura debajo de la alfombra?

Aunque la pregunta fue bastante mordaz, Kagome no entró en su juego. De hecho, rio. —¿Qué? ¡No! Quiero impresionarlo… deberías ayudarme. Inuyasha es la única oportunidad que tienes para librarte de mí.

El peliplata calló un segundo. Aunque dolía aceptarlo, era la verdad. Kagome estaba enamorada de otro hombre, al fin, después de todos esos años. Siempre había creído que ese momento jamás llegaría, que nunca habría un hombre suficientemente bueno como para reemplazarlo. Pero Inuyasha era bueno, aunque odiara darle ese crédito. El chico OST realmente amaba a Kagome… y lo había hecho bien. Era cariñoso, hablaba con el corazón, era persistente, atento y caballeroso. Era un buen hombre para ella, mucho mejor de lo que podría ser él en toda su vida. Negarle eso a Kagome lo convertía en el peor de los egoístas y, a esas alturas, no quería cargar con la culpa de perpetuar su infelicidad.

—Okay, dame eso… —cedió en un largo respiro—. Te ayudaré.

Kagome se irguió y lo miró a los ojos seriamente. —Sabía que querías librarte de mí, pero no sabía que estuvieras tan desesperado como para pasar la aspiradora.

—Solo dámela…

—Está bien, pero no te olvides de los guardapolvos —advirtió mientras corría de regreso a su parte de la casa.

Se veía muy, muy feliz… contenta, radiante, ligera. ¿Cuándo se había vuelto tan hermosa?

—Kagome… —la llamó fuerte, para que regresara. Había algo que tenía que decirle… algo muy importante y que no podía seguir esperando. Quiso hablar, pero se había guardado esas palabras tan profundamente en la garganta que ellas se negaron a dejarlo.

—¿Qué? —se volteó la azabache acelerada, mirándolo con esos insistentes ojos avellana—. ¡Rápido, tengo muchas cosas que hacer!

Y él, aunque sabía cómo empezar, no habló.

No era tan ruín como para arruinar su felicidad, no cuando ella se esforzaba tanto para alcanzar la plenitud. Incluso se había puesto su ropa especial para asear la casa. Se veía tan adorable con ese pañuelo en la cabeza…

—Limpia los baños… —ordenó de improviso, para seguir adelante. Kagome obedeció en seguida y corrió a buscar el detergente clorado.

No alcanzó a pensar en nada cuando la chica regresó envuelta en una estela de incomodidad. —Sesshomaru… —La escuchó decir gravemente—. ¿Qué hay de la pared de afuera?

El peliplata tragó saliva. La pared de afuera… no.

A pesar de que, profesionalmente, él era un experto en amores de novela, una desconocida sensación muy parecida a la agonía lo descompuso. No pudo identificar la naturaleza de ese sentimiento, no era parecido al dolor de la muerte ni a la pesadumbre de la soledad. Kagome seguía viva frente a sus ojos, más feliz que nunca y con un futuro por delante. ¿Por qué sentía, entonces, que la estaba perdiendo?

La observó de reojo, mientras ella intentaba cubrir con diversos objetos las marcas de las paredes. Todavía recordaba el día en que habían grabado sus nombres en aquella pared verde.

"Kagome y Sesshomaru se amarán por siempre"

Rio en silencio, tan melancólicamente que le pareció patético. El corazón que había dibujado Kagome cuando tenía dieciocho años era muy deforme, pero de igual forma se había plasmado en su memoria. Esa desfigurada figura había sellado su amor en las paredes de esa casa… y ese día, trece años después, desaparecería para siempre.

—Rayos, creo que tendremos que volver a pintar —masculló ella, con los dedos en el mentón—. No creo que podamos cubrirlo sin que se note.

—No te preocupes, no creo que lo vea —solucionó él, con la esperanza de que ella desistiera. No estaba listo para borrar el grabado de la pared, necesitaba más tiempo para digerir los cambios que se estaban gestando en las vidas de ambos.

Kagome iba en serio con ese hombre, seguramente terminaría casándose con él. Y él, naturalmente, debía olvidarla. La garganta se le estrechó de incertidumbre. No sabía si podría hacerlo, pero al menos, quería quedarse con ese recuerdo.

—No lo sé —irrumpió la azabache indecisa—. ¿Y si pasa por casualidad? No quiero que se forme una mala idea de nosotros… o que crea que no lo hemos superado.

¡Con qué facilidad lo decía! Era asombroso.

—Está bien… —suspiró—, me encargaré de eso.

—¿Con pintura? —preguntó al instante, emocionada.

—No, le pondré una tabla encima.

Diez minutos más tarde se encontró a sí mismo pegando una tabla encima de esa promesa de amor. Cada clavo le dolía como si le estuvieran clavando el alma, los golpes le martillaban la cabeza y le traían recuerdos amargos. Cuando hubo terminado, se levantó apesadumbrado y subió los tres escalones que lo separaban de su casa. Lo único que quería en ese preciso momento, era encerrarse en su cuarto durante dos semanas y dormir hasta que ese sentimiento hubiera desaparecido.

Y, como si el dolor de ver desaparecer ese juramento plasmado en las paredes de la casa en donde habían crecido juntos fuera poco, Kagome cambió todos los muebles de lugar, sacudiendo totalmente su mundo.

Miró a su alrededor desde la entrada, sin saber qué decir. Ya nada era como solía ser… y los recuerdos de las cosas que habían hecho juntos se desvanecían poco a poco cada vez que volvía a mirar adentro. Cuando llegó la noche, ya no quedaba nada en ese lugar de un amor que había sido más fuerte que una década entera. Kagome se había encargado de limpiarlo todo, de sacarlo a fuera, de hacerlo desaparecer como a un mal recuerdo.

¿Qué cosa seguía a continuación?

La observo fijamente mientras bebía vino y reía sin ninguna razón aparente y quiso pensar que esa felicidad era a causa del alcohol, aunque sabía que no era así. Era otro hombre quién la convertía en una mujer que reía sin motivo, no él. Jamás había sido él.

—¿Sabes… Sesshomaru? —comentó de repente, hundiéndose en los hoyuelos de sus mejillas—. Inuyasha dijo que soy una mujer gentil…

—No lo creo.

—¡Claro que sí! —protestó entre risas—. Él dijo que era amable y gentil. Yo también creí que se había equivocado al principio, pero luego lo pensé y descubrí que sí soy amable… a veces.

—Eso es bueno… —respondió el peliplata vagamente, revolviendo su comida sin hambre.

—No lo sé… —suspiró la azabache, apoyando su cabeza en la mano como si pesara diez toneladas—. Probablemente estará muy decepcionado cuando descubra que soy una perra. Quizás debería tener una pelea con él en el mercado…

Sesshomaru alzó el rostro del plato, sin saber cómo reaccionar ante esa indirecta.

—Nuestra pelea ese día no fue tu culpa, Kagome —respondió sinceramente, luego de pensarlo tiempo insuficiente—. Estabas sensible por el tema del matrimonio y yo solo lo arruiné más. Además, no eras malhumorada y egoísta cuando eras joven… fui yo quien te volvió así.

Kagome dejó el servicio sobre la mesa, confundida.

—¿Cómo… cómo era cuando joven?

—Eras linda y tierna… —sonrió de medio lado—. Definitivamente eras amable y gentil.

La luz volvió al rostro de la mujer, llenándola de energía en el acto. —¿En serio? —chilló emocionada.

Sesshomaru asintió.

—Es bueno que sepas que no fui siempre así, ¿sabes? —Levantó el rostro… como si hubiera recuperado toda la dignidad que había perdido mientras le rogaba—. A veces tengo la sensación de que me obligaste a esconder lo bueno que había en mi personalidad. Con Inuyasha es diferente… cuando estoy con él siento que no existe ninguna cosa en el mundo que pueda hacerme enojar. Es como si el mundo fuera a color otra vez, incluso me siento más joven.

El peliplata la observó absorto sin saber qué responder a semejante confesión. ¿Estaba bien hacerle creer que no había problema con que le dijera esas cosas? ¿Estaba bien fingir que no le importaba? ¿Estaba bien omitir las palabras que quería decirle en ese instante?

—Sessh...

Si estaba bien para ella… entonces, necesariamente, estaba bien para él.

—Sesshomaru —lo interrumpió Kagome—. Las partes de ti que son malas… son mi culpa también.

—¿Qué dices?

—Siempre te obligué a hacer lo que no querías —sonrió tristemente—. Te exigí demasiado y jamás estuve satisfecha con lo que me ofrecías. Yo quería más y más… eso no era saludable para ninguno de los dos.

Él, por supuesto, no respondió.

—¡Dios —explotó Kagome, ya no tenía la paciencia para soportar esos silencios incómodos—, ¿tienes idea de lo difícil que era para mí tratar de entenderte?! Aunque no lo creas, Sesshomaru Taisho, lo intentaba todo el tiempo, solo que a veces era imposible para mí. ¡Y tú ayudabas mucho a que perdiera la cabeza! Creo que deberías reflexionar sobre eso de por vida, puedes comenzar subiendo la escalera del templo de rodillas.

—¿Qué demonios…? ¿Lo dices como si yo hubiera tenido la culpa de todo? ¡También hice cosas buenas! Es verdad, no me casé contigo… y me arrepiento, ¡me arrepiento mucho! Pero si omites ese pequeño detalle, descubrirás que fui un buen hombre contigo. ¡Incluso prometí que te daría mi hígado si te enfermabas!

Kagome lo observó con desdén, Sessh se había levantado de la mesa de un tirón y ella ya no estaba dispuesta a volver a perder los estribos.

—No correspondiste mi amor en iguales proporciones… —sentenció—, esa es la única razón por la que terminamos… y es tu culpa —sentenció con voz gravísima—. Y desde ahora no me grites más, por favor. Los días en que era una mujer explosiva y violenta acabaron para mí. Soy una persona amable ahora… así que agradecería que no volvieras a levantarme la voz.

—¿Es en serio?

—Sí —guiñó un ojo seductoramente, como si se hubiera olvidado de lo que acababan de hablar—. Quiero llevar una vida saludable y recuperar todo el tiempo que he perdido.

Y, como era de esperarse, esa frase terminó de sacar de sus casillas a Sesshomaru. Una cosa es que Kagome fuera feliz y otra muy diferente era que estuviera comparando esa felicidad con la relación que habían llevado durante más de trece años. Sí, habían discutido mucho, se habían arrojado el mercado entero por la cabeza y habían llorado bastante… pero también habían tenido días felices. Él, al menos, sí había encontrado la verdadera felicidad con ella, muchas muchas veces.

—Me iré a dormir —murmuró abatido, sin ánimos de seguir discutiendo. Ya nada tenía sentido en esa casa del desastre.

—¡Espera! —Lo detuvo la azabache, mientras comía guindas—. Tienes que lavar los platos hoy.

—¿No puedes hacerlo tú esta vez?

—¡Por supuesto que no! Lo detesto…

—Está bien, lo haré más tarde —prometió, mientras arrastraba los pies hasta su habitación. Necesitaba morir durante, al menos, una hora.

—Sesshomaru…

—¡¿Qué?! —gritó nervioso.

¡Necesitaba tiempo, maldita sea!

—¡Shhht! —le indicó Kagome con el dedo índice sobre los labios—. Respira profundo… no más violencia. ¿Recuerdas?

Definitivamente estaba comenzando a molestarse con ella.

II

El sábado por la mañana, Kagome, por fin, fue al estudio a grabar la canción. No podía seguir posponiéndolo, ya había cancelado la cita con los chicos de la banda tres veces y ellos no aceptarían una tercera. Sin embargo, a pesar de que habían tenido más tiempo para practicar, ellos no habían hecho ningún avance desde el último ensayo… y eso definitivamente la enfurecía.

Si había algo que realmente le molestaba, era que los músicos se tomaran la disciplina a la ligera y practicaran solo lo suficiente para no fracasar. La música requería de más empeño que eso, era un arte que debía ser más pulcro que la mismísima pintura al óleo. Al escucharlo, no se podía omitir ningún detalle… no era como mirar un cuadro.

Y ellos, definitivamente no lo estaban haciendo bien.

Prendió el intercomunicador bruscamente y carraspeó para que su voz sonara fuerte dentro de la sala de grabación. —¡Hey, ¿no les dije que practicaran? ¡La batería no está sincronizada! Comiencen de nuevo y esta vez sigan el ritmo, no tengo todo el día.

¡Dios, siempre había odiado el heavy metal! Las bandas que tocaban ese género eran, por lo regular, irresponsables. No era un prejuicio suyo, de verdad había tenido mala suerte con ellos, y eso la había vuelto reacia a contratarlos. Si alguna vez encontraba a un grupo de metaleros realmente profesionales, no los dejaría escapar. El mundo necesitaba de ellos también.

Los muchachos empezaron a tocar desde el principio y Kagome puso oído: el cantante no estaba motivado, el guitarrista se aceleraba, la batería iba retrasada y la chica que hacía la segunda voz estaba desafinada. Para qué hablar del bajista… dudaba que conociera las notas do re mi fa sol.

Volvió a golpear el intercomunciador, esta vez con cizaña. —¡Hey, les dije que se concentraran, maldición! ¿Cómo puede ser tan difícil seguir un maldito ritmo! ¡Miren la partitura y dejen de jugar a ser artistas! —apagó el aparato y miró a Jacken desconcertada—. Están jugando conmigo, ¿verdad? Lo hacen para molestarme.

—Sí… —respondió el anciano, temeroso—. Creo que deberíamos darles un break, se ven muy estresados.

—Tengo algo importante que hacer esta tarde, no puedo retrasarme más —Miró a través del vidrio. No escuchaba nada sin los audífonos, pero sabía que estaban haciéndolo mal, era cosa de verlos con detenimiento. El reloj en su muñeca apuntaba las dos y ya estaba retrasada para llevar a Inuyasha a la barbacoa, ¡esos condenados chicos iban a arruinar su primera comida oficial con su novio!

No, Kagome Higurashi no lo permitiría.

—¡Deténganse! —Les gritó por el micrófono, para que pudieran escucharla fuerte, muy fuerte. Los chicos se sumieron en un oscuro silencio y la observaron a través del vidrio.

Ellos pronto sabrían lo que era disciplina… casi pudo oír una risa maligna siendo expelida de su cuerpo.

Con más fuerza de la que parecía tener y más carácter del que había tenido nunca, entró a la sala de grabaciones y se paró violentamente frente a ellos. Los miró a la cara desde su altura mínima y los dejó pequeños. Ella no era una mujer estúpida, ellos tendrían que compensar las horas que le habían hecho perder.

—¿Cuántas veces les he dicho que esto no es un maldito concierto? ¡Es una sala de grabación, no un show de Iron Maiden y ustedes no son Bruce Dickinson ni mucho menos! —gritó sin reparo ni respeto—. Si siguen así, no los usaré para la película y buscaré una banda amateur que sea más profesional que ustedes.

Los chicos, de negro y con numerosos artículos metálicos incrustados en la ropa, la miraron indignados, pero eso no la desanimó. Si no podía con ellos, ¡entonces no era Kagome Higurashi!

—¡Tú, apréndete las notas antes de tocar! —le gritó al bajista—. ¡Y tú, ¿siquiera comprobaste la afinación de la guitarra? ¡Estás tocando dos notas más arriba! ¡Eso es lo que pasa cuando se fían de la tecnología, desde ahora quiero que afinen a oído!

—¡Oye, escucha…!

—¡Silencio! ¿Quién demonios creen que soy? Si quieren tocar como el maldito infierno entonces vayan al parque y pidan limosna. Yo ya les expliqué el concepto de la película y lo mínimo que exijo es que lo interioricen y lo expresen con exactitud.

—¿Crees que somos novatos? —preguntó altanero el vocalista, indignado con el trato que estaban recibiendo—. ¡Llevamos más de cinco años tocando!

—Pues eso es lo que parece —sonrió arrogantemente—. Si quieres que piense lo contrario, entonces demuéstrame que puedes cantar más de dos compases sin desafinar.

El chico no supo qué decir.

—Esta película no es la gran cosa para nosotros, así que no te creas tanto —argumentó la chica de cabello decolorado.

—¡Entonces retírense y dejen de hacerme perder el tiempo!

—¡Pero firmamos el contrato! —protestó el baterista, desesperado.

—Es cierto, entonces háganlo de nuevo. Tienen cinco minutos para hacerlo bien. Después de eso me iré y denunciaré que no cumplieron con lo acordado.

—Esta mujer, ¿quién demonios se cree que es? —vociferó el baterista, levantándose de su asiento y caminando hacia ella con los casi dos metros de estatura que ostentaba—. Será mejor que dejes de faltarnos el respeto y comportarte como una verdadera zorra, o si no…

—¡¿O si no qué?! —Kagome se alzó en sus tacones para no sentirse inferior. Ellos no ganarían esa batalla, ¡ni mucho menos la guerra!

Entonces, justo antes de ponerlos en su sitio, cierta azabache con repentinos cambios de humor, recordó una promesa que había plasmado con suma decisión en su interior, apenas hacía unos días.

"Ella era amable y gentil."

—Okay… —sonrió amigablemente de pronto. Los muchachos alzaron una ceja—. Por favor, chicos, tengan más cuidado la próxima vez. Me iré a la oficina y lo intentaremos una vez más, ¿están de acuerdo?

—¡¿Pero qué mierda…?! —escupió el más alto, realmente irritado.

El baterista se sentó en su asiento perturbado. —Esta tipa está loca…

—¿No debería disculparse primero? —agregó la mujer.

—Sí, fuiste bastante grosera.

Kagome, en sus treinta y tres años de vida, jamás se había arrepentido de ser ella misma como en ese momento. No porque fuera una chica noble que había recapacitado sobre sus errores, sino porque era terrible, horrible, desmesuradamente orgullosa. Pedir perdón no era precisamente su acción favorita. De hecho… no recordaba haberse disculpado con alguien en mucho tiempo. —Dis… cúl… pen… me… —articuló con dificultad—. No quise ofender su música, pero realmente necesito que lo hagan bien —sonrió, disimulando un incómodo tic en su ojo izquierdo—. ¿Lo intentamos una vez más?

III

Sesshomaru abrió la boca para inhalar toda la brisa fresca que pudiera, pero solo respiró humo. La idea de hacer una barbacoa con ese calor era estúpida, sobretodo cuando tenía que asar la carne para ese hombre. Se llevó ambas manos hacia el cabello y miró a su alrededor: todo estaba dispuesto para un almuerzo familiar entre él, Kagome e Inuyasha. ¡Qué ironía! ¿Por qué lo había invitado, primero que todo? Se sintió como un inútil que no sabía quién era ni qué quería. Un pajarito que no sabía hacia donde volaba con sus alas rotas.

Sin ganas, echó aire al fuego con un periódico y esperó a que las llamas se avivaran y terminaran de asarlo. El día no estaba soleado, pero el aire estaba caliente a más no poder. Esa barbacoa, definitivamente, lo estaba haciendo sudar más de la cuenta.

Y Kagome ni siquiera lo merecía…

Se sentó en una de las sillas y recargó su cabeza sobre la palma de su mano. Kagome estaba tardando demasiado; esperaba que no hubiera tenido problemas con la banda. Esos chicos que encontraba por youtube no siempre eran educados, y ella no tenía demasiada paciencia tampoco. Oh, claro que no… ella se había convertido en una mujer amable, seguramente estaba todo bien, ya que no había cosa en el mundo que pudiera hacerla enojar.

—Patrañas… —refunfuñó, respirando humo—. No durará ni una hora sin gritar…

Su celular comenzó a sonar en su bolsillo. Era Kagome. Miró su reloj y tragó saliva, estaba retrasada. —¿Aló? —respondió ansioso. Kagome jamás lo llamaba por teléfono (siempre usaba mensajes), algo andaba mal.

—Lo siento mucho, Sesshomaru… —Escuchó su voz, sonaba apenada.

—¿Qué pasó?

—Dos de los empleados faltaron al trabajo e Inuyasha tiene mucho que hacer para compensarlo, no creo que pueda ir a la barbacoa…

—Es una broma, ¿cierto?

—No, Inuyasha dice que lo siente mucho… que será para la próxima vez.

—¿Quieres que te vaya a recoger? Comamos solo nosotros…

—No puedo, tengo que ayudar también —dijo acelerada—. Bien, adiós. Tengo que lavar los platos.

—¿¡Estás lavando los platos!?

Aunque Kagome colgó antes de que se lo preguntara, Sesshomaru supo que la respuesta era afirmativa. Ella, que el día anterior había dicho que prefería morir antes de lavar los platos, estaba haciéndolo en el café. Rio irónicamente, Kagome no tenía sentido. Quizás, por eso siempre le había gustado tanto. Ella no era consecuente ni convencional, simplemente decía y hacía lo que le venía en gana… y siempre lo sorprendía. Claro que, a esas alturas, la sorpresa siempre era amarga para él.

—Me siento mal por él… ¿qué puedo hacer para compensarlo? —preguntó Inuyasha al ver a la chica colgar.

—No te preocupes, dejemos que coma solo.

Él la miró intrigado.

—No me mires así, te dije que tenía una mala personalidad escondida en este cuerpo seductor.

Kagura llegó justo para ver al peliplata derrotado sobre una de las sillas de playa del jardín. Judy le lamía los dedos de los pies, pero a él ni siquiera le importaba. Estaba evidente y notoriamente deprimido.

—¿Por qué dejas que se queme toda esa carne? —preguntó la chica, al enfocar su vista en la parrilla, lo cual era difícil con la cantidad de humo que salía de ella—. ¿Acaso el calor te afectó la cabeza?

—Algo sucedió… —respondió él, vagamente, con la cabeza desmayada y sin dejar de mirar el cielo.

La pelinegra sacó el borrador del guion de su mochila y se lo mostró. —Corregí todas las partes que me marcaste… creo que está listo.

—No me importa...

Kagura se llevó la mano al mentón y observó la escena con detenimiento, en busca de una respuesta para semejante comportamiento.

—Tres lugares, tres platos y tres copas… yo te avisé antes que almorzaría en casa y parece que Kagome no está en casa. ¿Acaso la invitaste a almorzar con el chico OST?

—Inuyasha… es Inuyasha.

La chica guardó el borrador y suspiró reprobatoriamente. —Está bien… "Inushaya".

—Creo que no tengo la habilidad para superar un triángulo amoroso… —musitó apenas el peliplata—. El triángulo amoroso es irracional en sí mismo, se basa en la creencia errónea de que existe solo una pareja adecuada para un individio.

—Sesshomaru, no eres sofista… deja de filosofar.

El chico la ignoró. —La vida misma es irracional. Los seres humanos son una masa llena de contradicciones…

Kagura lo observó desde el otro lado de la mesa y sintió pena por él y por ella. Se había enamorado de ese hombre aunque sabía que no era correspondida. ¿Por qué la vida era tan injusta para ambos? Vivir presos de un amor no correspondido no era vivir realmente; los temas del corazón eran mucho más difíciles en la vida real que en las películas.

—¿Cómo puedo amarte si te comportas como un hombre que no tiene dominio de sí mismo? Si sigues así incluso yo me olvidaré de ti… —dijo para animarlo—. Deja de actuar racionalmente y guíate solo por las emociones, seguro entenderás porqué te estás convirtiendo en un perdedor.

—Ya basta… no me hables así.

—Es que me da rabia que no seas honesto contigo mismo…

—Deja de regañarme… —Bajó el rostro—. Este es un momento para ser consolado.

Kagura Touma sabía eso, por eso decidió hacer caso omiso. —Ve adentro… yo me encargaré de limpiar este desastre.

—Muchas gracias —respondió él, mirándola desde la silla. Su rostro estaba magullado de tanto lamentarse.

Sonrió con melancolía. Los triángulos amorosos eran el fraude de la humanidad. —Recuerda que tengo un amor no correspondido por ti… —lanzó antes de que desapareciera por la puerta principal.

Él se detuvo y volteó a mirarla. —¿Qué hay de bueno en tener un amor no correspondido?

IV

—¡Bienvenida! ¿En qué puedo ayudarla?

—¡Quiero ver ese vestido de ahí, por favor! —respondió Rin, animadamente. Durante los últimos días había tenido un éxito laboral sin precedentes y eso requería ser premiado con un vestido nuevo y con el placer añadido del consumismo sin necesidad. La humanidad no podía juzgarla.

Estaba esperando pacientemente a que la vendedora llegara con la prenda cuando vio una oferta de pijamas a un cuarto del precio original. ¡Ese era su día de suerte!

—Disculpe, ¿me puede mostrar uno de esos también? —preguntó a la chica cuando llegó con su pedido.

—Lo siento, solo están en oferta si lleva ambos… —respondió la vendedora.

—¿Ambos? —Rin miró con detenimiento. Justo atrás de la hermosa pijama floreada, había un modelo idéntico, pero azul. Tragó saliva, ¡eran pijamas para parejas! ¡Qué vergüenza!

—¡Deme las dos, por favor! —ordenó sin pensar más sobre ello. Las ganas de pasar como una soltera desapercibida fueron más poderosas. No quería que nadie supiera que era una solterona frígida y sin amor, lo mejor era fingir que tenía una pareja sexualmente ardiente—. Llevaré uno para mi esposo también.

Okay, la palabra esposo no sonaba del todo ardiente, pero al menos ocultaba el hecho de que no tenía con quien compartir su fría y solitaria cama llena de fantasías insatisfechas.

—¿Los quiere para regalo? —inquirió la muchacha, con una sonrisa y sin sospechar nada sobre la terrible verdad que había detrás de su dulce personalidad.

Diez minutos más tarde la morena se plantó frente al escritorio de su jefe, Kohaku Takeda y le tendió una elegante bolsa de papel con adornos. —Son pijamas —anunció con determinación.

—¿Por qué me das esto a mí…? —Alzó la vista el chico, revisando disimuladamente que la otra chica de la oficina no se diera cuenta de nada.

—Tú me ayudaste cuando estaba borracha… y gracias a ti nuestro cine formará parte de un consorcio internacional y tendrá sucursales en dos continentes. ¿Necesito más razones para mostrarte mi gratitud? —sonrió—. ¡Oh, ¿también estás interesado?! —escudriñó, tomando un folleto que había sobre el escritorio del hombre.

Kohaku se recostó en la silla y la observó. Ella lucía realmente sexy ese día, y el hecho de que le obsequiara un pijama para dormir era bastante excitante. Carraspeó, no quería sonar como un lunático sexual.

—Es un barrio bastante tranquilo… —explicó. Hacía algunos meses que estaba buscando una casa para vivir, no demasiado lejos del centro de la ciudad. Estaba harto de vivir en departamentos, él era un hombre que necesitaba de la naturaleza.

—¡Yo también estuve cotizando ese lugar! —chilló emocionada, al tiempo que sacaba un folleto idéntico de su cartera—. Incluso fui hasta allá y hablé con el agente de ventas…

El chico pareció interesarse.

—Bueno, creo que perdí la esperanza de casarme… Ahora creo que el matrimonio es solo un lavado de cerebro de la sociedad en que vivimos —comentó la morena, más para sí que para él—. ¿Has visto los dramas últimamente? Ya no existen los finales felices ni siquiera en la televisión.

Takeda la escrutó firmemente. —Yo… todavía creo en el amor.

Esa frase fue suficiente para que Rin se sintiera acalorada todo el día. El hecho de que existiera un hombre que creyera en el amor, más que en el sexo, era emocionante para ella, sobretodo cuando padecía de un terrible problema de excitación.

Bien, últimamente la frigidez parecía estar disminuyendo y su energía sexual aumentando considerablemente. Si seguía a ese ritmo, su incapacidad para excitarse sería cosa del pasado. Quizás debía agradecer a Kohaku Takeda por eso, pero la sola idea de que él fuera el responsable de su repentina salud sexual la escandalizó. Se encorvó sobre la alfombra y pasó un pie por encima de su cabeza. El yoga era lo mejor para conectarse con la sensual Rin que yacía escondida en lo más profundo de su ser.

—¡Oh, Dios! ¿En qué momento me convertí en una mujer tan vulgar? —suspiró avergonzada. Su jefe no salía de su mente, se había pegado como un chicle sabor a hombre en su cabeza.

Gracias a Dios, su celular sonó y la sacó de sus ensoñaciones. Abrió la casilla de mensajes con la mejor de las intenciones, pero la fotografía de Kohaku vistiendo el pijama que le había obsequiado la envió de vuelta al mundo del pecado.

Se veía… muy, muy apuesto. Y apuesto era solo un eufemismo para decir que estaba endemoniadamente bueno.

—¿Cómo puede enviarme una imagen en pijama? —exclamó indignada en la bodega de Sango.

Necesitaba compartir con alguien las buenas nuevas sobre su sexualidad, y la persona más indicada para eso era Sango.

—¿Cómo se te ocurre a ti darle una pijama de regalo? ¿Tienes idea de lo que eso significa?

La morena la observó apenada. —¿Que quiero que duerma bien…?

Sango la golpeó en la cabeza, lo suficientemente despacio para que se diera cuenta de que no le creía su presunta inocencia.

—¿Estás diciendo que yo tengo la culpa?

—¡Claro!

Rin se dejó caer hacia atrás y quedó recostada en la cama de su amiga. Miró el techo un segundo, sin saber qué pensar de esa situación. El corazón le había latido fuerte todo el camino hasta allá… y no se detenía.

—¿De verdad vendrá Kagome también? —preguntó Sango, acostándose a su lado y mirando los focos de luz blanca.

Por supuesto, Kagome estaba con Inuyasha a esa hora. Habían pasado todo el día en el café y, al terminar, habían decidido ir a dar un paseo por el lago para descansar y tomar el fresco. Sin embargo, como estaban tan cansados, habían tenido que coger el auto a regañadientes.

A pesar de que Kagome se había acostumbrado a andar en bicicleta de allí para allá, debía admitir que mirar el lago y conversar dentro del auto era bastante romántico. Recordó todas las películas en las que habían sucedido escenas indecorosas en los asientos delanteros y omitió las historias de los asientos traseros. Estar con Inuyasha ahí la ponía un poco nerviosa, sobretodo porque la tensión sexual entre ambos había aumentado considerablemente desde que lo había visto sin camiseta.

Si Inuyasha intentaba algo con ella justo en ese momento, no sabía si podría rechazarlo. Ya habían pasado varios meses desde que se habían conocido y admitía que quería pasar a la siguiente fase. El sexo siempre había sido una parte importante de su vida… y no estaba acostumbrada a posponerlo demasiado tiempo, a menos que algo grave pasara.

—¿Quieres escuchar la primera canción famosa que compuse? —le preguntó de golpe, sacando el reproductor de mp3 de la cartera—. En ese entonces había dejado las clases avanzadas de guitarra y quería dedicarme a otra cosa. Ahora que lo pienso suena tonto, la música es lo único que se me da bien…

—¿Eso quiere decir que estabas lo suficientemente abatida como para querer dejar tu carrera universitaria? —indagó el ambarino, con una sonrisa triste.

—Sí —admitió Kagome—. Era una adolescente y no tenía claras mis prioridades. En ese tiempo que pensaba que todo lo que pasaba en mi vida era definitivo…

—Entiendo… también me pasó.

El celular de la azabache sonó, dándole la oportunidad perfecta para dejarle los audífonos y darle tiempo para que admirara la canción en detalle. Se bajó del auto con una disculpa y contestó. Eran Sango y Rin, se habían reunido de improviso y querían contar con su presencia.

—No puedo ir hoy, estoy con Inuyasha… —les informó a sus amigas, aunque ellas, probablemente, ya lo sabían.

—Te lo dije, está con el chico OST —chilló Rin, junto a Sango.

La castaña le hizo señas para que guardara silencio. —¿Deberíamos ir a conocerlo?

Kagome lo pensó un segundo y, definitivamente, decidió que no. ¡Por Dios, no quería que las chicas empezaran a contarle a Inuyasha todos los secretos que habían prometido guardar!

—¿Están borrachas? —Temió preguntar.

—No aún —rieron ambas, brindando con una copa entre las manos.

—No se les ocurra venir, Inuyasha y yo estamos en una velada romántica.

—¿Harán el amor? —rio Sango.

—¡Al fin lo harán! —Escuchó a Rin, a lo lejos. Seguramente estaba borracha y no lo parecía, como siempre.

Suspiró. —No lo sé…

—¡Vamos para allá!

—Estás junto al lago, tienes encendido el GPS y yo tengo una aplicación muy buena para descubrir dónde estás metida —rio Sango, malévolamente.

—¿Qué?, ¡maldición, eso ni siquiera es legal!

—¡Claro que lo es!

Kagome bajó el teléfono, desesperada, y apagó el GPS, el Wifi y todo lo que pudiera indicar remotamente en qué parte del globo estaba. Lo apagó también por si las moscas. Sin embargo, terribles pesadillas vinieron a su mente. Miró a Inuyasha dentro del auto, aún estaba escuchando la canción. ¿Cuánto tiempo tenía hasta que llegaran las chicas? ¿Debía convencerlo de que se fueran a otra parte?

Una vorágine de posibilidades llegó a su mente.

—¡Oh, Inuyasha! ¡Eres bastante guapo, ¿ya hicieron el amor?!

Casi podía escuchar a Sango preguntando eso, o peor:

Inuyasha… ¿sabías que Kagome es la mujer más terrible que hay en este planeta?

No, ella es amable y gentil. ¿Cómo podría ser mala?

Oh, Inuyasha era lindo hasta en su imaginación.

Exhaló largamente y se metió en el auto. Era imposible que las chicas se aparecieran. Seguramente Sango estaba mintiendo solo para molestarla.

—Ella no vendrá. Creo que excedí al decir que sabía dónde estaban… —comentó la castaña mirando el celular fijamente. Ya estaba ebria.

—No importa, dejémosla sola para que pueda tener sexo…

—Está bien —suspiró Sango.

—¿Debería pasar la noche aquí contigo? —preguntó la morena sin reparos, volviendo a recostarse sobre la cama.

—¡Claro! Hace tiempo que no tenemos una pijamada…

Rin contuvo la respiración. —Además… quiero saber qué se siente dormir en este lugar.

Era duro para la morena de intensos ojos negros ver a una de sus mejores amigas vivir en un lugar como ese. Al menos, si se quedaba, podía apoyarla moralmente en esa extraña causa sin pies ni cabeza que se había autoimpuesto Sango, solo para castigarse por haber escogido a Naraku en lugar de Miroku.

No lo entendía, pero de igual forma, la apoyaba. La castaña era la única que sabía cuán arrepentida estaba por haber preferido el éxito al amor… y si ella decidía que esa la forma para expiar sus pecados, entonces era.

—Rin… te dije que no era la gran co… sa… —se paralizó Sango en cámara lenta.

Frente a ella, estaba Miroku Asakura, la única persona que no debía saber que ella vivía en ese lugar. Rin se levantó de golpe y dejó la cerveza sobre el buró.

—¿Cómo supiste que estaba alojando aquí…? —tartamudeó Sango, sin quitarle la vista de encima. Estaba impávida, el color se le había ido de la piel y la voz de la garganta.

—¿Realmente el problema es que estés alojando en un galpón…?

No, el problema era que no se lo había dicho. El problema era que había rechazado su propuesta de vivir junto para castigarse en ese lugar. El problema era que, aunque se lo explicara, él no lo entendería. El problema era que ni siquiera ella lo entendía del todo.

—Creo que me iré por esta noche… —disimuló Rin, perdiéndose en la entrada del recinto—. Nos vemos mañana, Sango. Miroku, buenas noches…

El chico no le respondió, ni siquiera la miró. Tenía la mirada fija en Sango. Parecía como si le hubiera caído un balde de agua fría sobre la cabeza.

—¿Quieres… una cerveza? —preguntó la castaña incómoda. Le transpiraban las manos, estaba asustada. Había defraudado a Miroku una vez más y no sabía si él se lo perdonaría. No quería perderlo, lo amaba. Había descubierto que lo amaba más que a todas las personas en el mundo.

Maldijo en voz baja, solo le quedaban unas semanas ahí. Cuando tuviera su departamento de soltera de nuevo, el asunto habría llegado a su fin sin que Miroku siquiera sospechara. Sintió, de pronto, unas terribles ganas de pedirle perdón. Estaba arrepentida por creer que superaría esa etapa sin que él sospechara. Sentía haberle mentido de esa forma, lamentaba haberlo defraudado otra vez.

—¿No quisiste vivir conmigo para quedarte aquí? —inquirió Miroku, con la garganta apretada—. ¿De verdad preferiste esto a compartir un hogar junto a mí?

—No lo entenderías…

El rechazo la bebida. —Claro que lo entiendo —sentenció duramente—. Entiendo que no me amas, que solo juegas conmigo y que esperas que yo esté contigo aunque me traiciones una y otra vez.

Sango se levantó de la cama e intentó abrazarlo, pero él la rechazó. —No es así, Miroku… escúchame, te lo explicaré todo. Yo solo quería…

—Terminemos con esto.

No, no, no, ¡no! Sango no podía perder a ese hombre otra vez.

—Miroku…

—No, Sango —negó con la cabeza. Tenía los labios fruncidos de tanto negar lo que estaba viendo—. Cuando estoy contigo… me siento miserable.

La castaña abrió los ojos desmesuradamente y, a pesar de que se moría por responder, decidió callar. Era cierto, había sido egoísta con él. Era una mujer mezquina, alguien que no sabía entregar amor, una chica incapaz de expresar con acciones sus propios sentimientos.

—Adiós.

Lo escuchó despedirse… pero no lo detuvo. Quizás, lo mejor que podía hacer por ese hombre que le había dado todo a cambio de nada, era dejarlo ir. Lo vio caminar hasta la salida y cerrar la puerta tras su espalda. Rápido, lento, sin mirar atrás, sin arrepentirse.

—Adiós, Miroku… —siseó conteniendo las lágrimas. Acto seguido, un mar de sollozos de abalanzó sobre ella.

Había demasiadas cosas por las cuales llorar esa noche.

V

—Mierda —masculló Rin una cuadra más debajo de la bodega. Había llamado a cuatro servicios de taxis, pero ninguno llegaba a esa zona. Como Sango vivía en un barrio comercial, la locomoción se suspendía durante la noche, ya que nadie transitaba por ahí a esas horas.

Odió el hecho de no tener auto, no tener saldo en el celular y ser pobre. Odio a Miroku, quien seguramente, además de haber arruinado la pijamada, había hecho llorar a su amiga. Y odió a Kagome, simplemente por no haber ido a la reunión y por no llevar el auto de Sesshomaru.

Caminó dos cuadras más, estaba comenzando a hacer frío y ella apenas vestía un vestido formal y un bolero que no abrigaba nada. Gracias al cielo, su celular sonó en ese momento. Mientras lo sacaba de su bolso, lo cual, generalmente, era una tarea que tardaba varios minutos, prometió que le pediría ayuda a la persona que estuviera llamando. No importaba quien fuera, era su única oportunidad de salir viva de esa zona.

—¿Aló? —contestó sin mirar el número.

—Señorita Rin, ¿va a ir mañana a la piscina?

Era Kohaku, Kohaku Takeda. Se sintió morir, ¿por qué precisamente tenía que ser él?

—Ni siquiera sé si podré llegar a mi casa hoy… —lamentó sinceramente—. Así que no lo sé.

—¿Dónde estás? ¿Quieres que vaya por ti?

—No quiero, pero eres la única oportunidad de salir de aquí.

Lo escuchó reír. —Está bien, dime dónde estás…

Luego de cortar la llamada, el chico se tardó solo quince minutos en llegar a recogerla. Aún vestía la ropa de la oficina, aunque estaba recién bañado y olía a jabón de chocolate, un aroma muy peculiar en un hombre.

—Estaba practicando natación para mañana, todos los empleados irán a la piscina y no quiero dar un espectáculo.

—¿Practica natación? —preguntó la castaña, curiosa. ¡Amaba la natación!

—No, practicaba en la Universidad… he perdido el training.

—¡Yo también! Es decir, también practicaba en la Universidad… pero no he perdido la práctica.

—¿En serio? —Se volteó a verla con una sonrisa—. Quiero verlo.

El auto se tambaleó de pronto, Kohaku se había salido de la pista. —¡Cuidado! —Alertó la chica, evitando que un camión los golpeara por el costado—. ¡No te distraigas!

—Lo siento… —murmuró el chico apenado.

Era difícil no distraerse si Rin estaba en el asiento del copiloto, vestida solo con un vestido de verano y la piel de gallina.

El resto del camino le pareció eterno, ya que la chica no volvió a decir palabra alguna. Cuando llegaron, descubrió que era porque estaba dormida… y que se habría ahorrado miles de teorías sobre su silencio si hubiera vuelto a mirarla. Suspiró complicado. ¿Debía cargarla hasta su departamento o llevarla al suyo? No sabía si era decente sacar las llaves de su cartera, ni siquiera sabía si las guardaba ahí.

Ella era linda, lo admitía. Era tierna, sencilla y simpática. Recordó a su exnovio, quien la había llamado gran roca, y la curiosidad lo invadió. ¿De verdad era tan frígida como una gran roca al hacer el amor? Porque a él le parecía una mujer bastante caliente. Miró sus largas piernas expuestas y la sangre se le fue a algunos músculos que no debían. Definitivamente, ella era sexy.

Temeroso de caer en tentación, se sacó la chaqueta del traje y le cubrió toda la piel descubierta. Volvió a mirar y descubrió que su respiración hacía que sus senos subieran y bajaran frenéticamente, en un compás bastante alentador. Decidió cubrirlos también, pero al hacerlo se destaparon las piernas otra vez.

Maldijo su suerte, ese saco era demasiado pequeño para cubrir las bondades de la chica. Cuidadosamente, lo acomodó de la forma más seductora que pudo y logró respirar en paz. Asunto resuelto, solo faltaba bajar el asiento para que ella pudiera dormir cómodamente. Sin embargo, la manilla estaba al lado de la puerta del copiloto, lo cual significaba que, para jalarla, tendría que acercarse mucho, mucho a ella.

Tímidamente, buscó con la mano la dichosa pieza, intentando no voltear el rostro, ya que si lo hacía quedaría de frente con ella, y eso era demasiado inapropiado para un momento como ese. No obstante, la respiración de Rin en su oreja despertó todos sus sentidos… y poco a poco, lo condujo a la locura.

Volteó el rostro y la observó a una distancia de dos centímetros. Era tan hermosa que le provocaba intensas ganas de besarla —y un sin número de cosas más—, pero no podía. No era correcto, estaba dormida, hacerlo era como violar su intimidad. Sintió su corazón saltar en su boca y su cuerpo moverse por inercia hasta sus labios.

Si la besaba en ese momento, ella jamás se enteraría.

VI

No puedo vivir pensando que esta podría ser la última vez…

Estoy tratando de vivir con la idea de que mañana no estarás en mi vida…

Y vienes de pronto… a verme llorar.

¿Te arrepientes ahora? ¿Lo lamentas ahora?

Entonces… ¿por qué no te detuviste antes?

¿Por qué no estuviste a mi lado?

Hoy quiero preguntarte solo una vez más:

¿Extrañas esos días en que éramos felices tú y yo?

Yo, más que tú, recuerdo cada instante… cada segundo.

Ese lugar, tus besos, tus dedos… y la calidez restante de tu cuerpo.

Hoy quiero preguntarte solo una vez más…

Inuyasha cortó la canción de improviso y miró hacia el lago, taciturno.

—¿Por qué la cortaste? Es mejor conforme avanzan los compases… —aseguró la azabache.

—Tú… de verdad amaste mucho a ese hombre, ¿verdad?

Kagome quedó petrificada en su lugar. ¿A qué iba esa pregunta? ¿Cuál era el objetivo de preguntarle eso?

—Escribí la canción luego de que terminamos por tercera vez, pero no es esa la razón por la que te la mostré —dijo. Estaba segura de eso, no mentía—. Con esta canción me instalé dentro de las tres mejores canciones del año 2005 en este continente, y como la número uno a nivel nacional. Es cierto que está basada en mi experiencia con ese hombre, pero eso fue hace mucho tiempo, Inuyasha. Los sentimientos cambian, las personas maduramos.

El chico miró hacia el piso, abatido.

—Inuyasha… ¿no estás curioso sobre cómo viví mi vida antes de conocerte? Puedes saberlo a través de mi música, sinceramente y sin mentiras. Amé durante mucho tiempo a Sesshomaru, pero no fui correspondida. Terminamos hace más de tres años y ahora sé que los sentimientos que tenía por él eran más fraternales que cualquier otra cosa —suspiró complicada—. Escucha, tengo una abuela en el campo, en el pueblo natal de mis padres, pero en la práctica, mi única familia es ese hombre. Él es la única persona que ha estado conmigo toda la vida… y lo valoro por eso, nada más. Entendí hace mucho tiempo que lo nuestro, como pareja, es una mala idea. —Lo obligó a mirarla a la cara—. Necesito que me creas para que esto pueda funcionar…

—Te creo —aseguró él, acariciándole el rostro y acomodándole el cabello, con todo el amor del mundo—. Creo en ti…

Kagome sonrió, sintiéndose amada, realmente amada. Esa era la sensación que quería contarle a sus amigas, pero sencillamente no podía describirse con palabras de ese mundo.

—Además —agregó—, es tu culpa por aparecer tan tarde en mi vida. Debiste venir a mí cuando salvé tu vida en África, no entiendo por qué tardaste tanto tiempo.

Inuyasha se carcajeó.

—No te rías —lo golpeó en el brazo—. ¿Sabes lo difícil que fue para mí todos estos años? Mereces ser golpeado y apedreado por tu tardanza.

—No es mi culpa, yo no sabía que nos volveríamos a encontrar, pensé que solo eras una fantasía…

—La persona que primero gusta de la otra es la que debería buscarla. ¿Cómo iba a saber yo que existías? No es mi culpa por haber amado trágicamente a otro hombre en tu demora.

—Está bien… es mi culpa —cedió el ambarino con una sonrisa.

—Te golpearé de nuevo —rio Kagome, mientras se dejaba abrazar por ese hombre que era más dulce que cualquier otro.

Con él, no había cosa en el mundo que pudiera hacerla infeliz, ni siquiera Sesshomaru. Su nombre ni siquiera se aparecía en su mente cuando estaba junto a él. Era como si los treinta y tres primeros años de su vida, se hubieran desvanecido con un solo beso.

—Quedémonos juntos esta noche, Kagome —susurró él, en medio de un abrazo fuerte y apretado, mientras le acariciaba la cabeza como si temiera perderla.

Mientras tanto, en una casa esquina verde y con las luces del jardín aún encendidas, Sesshomaru miraba la hora sin siquiera parpadear. Habían pasado las ocho, las nueve, las diez, las once y las doce… y ella seguía sin aparecer. No podía concentrarse en el guion, menos cuando estaban trabajando en el último borrador y había que corregir solo nimiedades.

¿Dónde estaba Kagome? ¿Se había reunido con las chicas? Imposible, habrían decidido terminar la juerga con una pijamada en casa de la azabache. Ella estaba con Inuyasha, seguramente se quedaría a dormir allá. El corazón le pesó una tonelada y sus ideas cayeron en un abismo. No podía lidiar con la idea de que la azabache hiciera el amor con ese hombre.

Se llevó la mano a la cabeza y se irguió en el sofá, desesperado.

—Sesshomaru… —preguntó Kagura, traviesamente—. Soy tu coescritora, ¿verdad?

—Así es… —respondió el peliplata sin ganas.

—Entonces… ¿puedo cambiar el primer acto y posponer la entrada de Alicia?

—Está bien.

—Genial… ¿puedo también cambiar el orden de los hechos al que, originalmente, tenía mi borrador?

—Hazlo.

—Bien. También sacaré algunas escenas de Alexander, me parece irrelevante y apático.

—Okay.

—¿Quieres echar un vistazo? —le preguntó la pelinegra de ojos pardos, dándole la laptop.

Sesshomaru la recibió sin ganas y comenzó a leer:

PRÓLOGO

La música ligera y el suave compás de la guitarra en el recinto eran el condimento perfecto para una velada romántica. Acababa de conocerla, pero estaba seguro de que ya la amaba. No todos los días un hombre despreocupado y sin interés en los compromisos encontraba a una diosa para compartir su cama durante una noche, o quizás dos.

Ella reía gracias al efecto de varias copas de más sobre su cuerpo y su cordura. Su mirada coqueta no hacía más que encenderlo por dentro, quemarlo y hacerlo retorcerse de ansias. La deseaba cada vez más y, al parecer, ella estaba sintiendo el mismo fuego sobre sus pezones erectos.

Entonces, se acercaba despacio… despacio —musitó Kagome. Usaba sus dedos para caminar sobre la mesa y llegar seductoramente hasta su mano para acariciarla. Ella también quería terminar la cita en otra parte, podía asegurarlo solo con mirar sus sonrojadas mejillas saturadas de excitación. Le arrebataba la ropa con su mirada brillante y el contacto de su piel contra la suya hacía se le erizaran todos los músculos. La acarició también, suavemente hasta tomar su mano por completo.

No necesitaba más pruebas para saber con certeza que ella también lo quería en su cama, haciéndole el amor como nunca ningún hombre se lo había hecho. Solo estaba esperando a que él tomara la iniciativa, anhelaba que la invitación saliera de sus labios, los miraba como si quisiera devorarlos de una sola vez.

Iba a invitarla a un lugar más privado cuando la música dejó de sonar y el efecto se rompió completamente. El resto de las mesas comenzó a aplaudir y ella retiró la mano agitada. Levantó el rostro aturdida, estaba ruborizada.

¡Oh, creo que se nos hizo tarde! —rio, sin estar consciente de lo que había provocado su ardiente juego. Era una mujer que mezclaba en perfectas proporciones la inocencia con la osadía; decidida y arriesgada, su tipo de mujer favorita. Su voz sonaba como si la borrachera hubiera menguado de improviso, lucía totalmente lúcida y dispuesta para siguiente fase.

El peliplata acomodó su cabello detrás de la oreja y la observó con aquellos ojos dorados que eran capaces de derretir hasta a la más cauta de las mujeres. Cuando se dispuso a proponérselo, sus palabras chocaron. ¿Quién sería el primero en arriesgarse?

Espera…

Para ser honesto, no quiero despedirme así —admitió él—. ¿Qué tal si nos tomamos una taza de café y recuperamos la sobriedad… en mi casa?

Ella rio en voz alta y tomó la copa otra vez, relamiéndose los labios.

No estoy tan borracha… —bromeó, intentando tomarse con renovado humor el hecho de que esa cita terminaría en la cama.

Diez minutos más tarde estaban en la puerta de su departamento, intentando encontrar las llaves perdidas entre besos y caricias desesperadas.

La levantó a horcajadas y le besó la boca, el cuello, el pecho. Le arrancaba la ropa prenda por prenda, mientras avanzaba con dificultad hasta la habitación sin lograr llegar a ella. Se detenía en el camino para perderse en el valle de sus senos, ahuecarlos con sus manos, apretarlos, sacudirlos, juguetear con ellos y lamerlos hasta encontrar su esencia.

Por el camino arrojó su vestido rojo, sus zapatos y sus medias. Despeinó su cabello, la quería salvaje, desvergonzada, alocada. Recorrió la línea de sus piernas cuando ella las arrimó a su cintura y decidió quedarse ahí, meciéndose con toda la fuerza que su peso le permitía. Era perfecta, simplemente perfecta para recibirlo.

¡Espera! —logró articular con dificultad la chica, que casi se había perdido completamente en el vaivén de sus caderas. Tomó su rostro entre sus manos y lo separó de sus besos—. No sabes lo que me gusta… ¡ni lo que me preocupa!

El volvió a apoderarse de su cuerpo y la arrinconó contra la pared, encarándola a solo un centímetro de distancia y disfrutando de su aliento lleno de pasión.

¿Qué te gusta?

Ella se arrimó con más fuerza a sus caderas y unió su sexo con su miembro palpitante.

¡Los besos!

Rio de medio lado, evitando besarla y haciendo que ella se retorciera de ansiedad.

¿Y qué te preocupa?

La contaminación… —reveló ella mientras le quitaba la chaqueta—. ¡La falta de agua en África! —siguió deshaciéndose de su camisa y de su corbata, como si de ello dependiera la sobrevivencia de la humanidad entera.

¿Qué más? —la instó él, envistiéndola contra la pared, sin penetrarla. Quería volverla loca, que la contaminación le importaran una mierda y que cambiara el último vaso de agua del mundo por una envestida de su hombría.

Los niños que mueren de hambre, el maltrato infantil… ¡La paz mundial! —suspiró mientras lo recibía con las piernas abiertas.

No pudo evitar reír, antes de arrojarla sobre la cama con fuerza y posicionarse sobre ella como una bestia sobre su indefensa presa. Kagome se revolvió bajo él intentando recuperar protagonismo.

Tomó sus manos y lo obligó a mantenerlas a un lado con solo una mirada autoritaria. Terminó de arrebatarle la camisa y recorrió con sus dedos traviesos todo su torso hasta llegar a su ombligo, luego bajó lentamente… lentamente, y se quedó en su cinturón.

Entonces, en un solo movimiento, le arrebató el accesorio de golpe y le bajó los pantalones, incluyendo los boxers.

Esta es mi parte favorita, Inuyasha…

—No, Kagome… no el cinturón. Por favor… —murmuró Sesshomaru entre sueños. Kagura lo observó con el corazón apretado. Siempre había sabido que esa escena era sobre Kagome…

—¿Te gustaron los cambios que le hice? —preguntó por fin, despertándolo en el acto.

—Ni una palabra, lo borraré todo y lo volveré a escribir —sentenció el peliplata, sin animarse a incorporarse.

La pelinegra refunfuñó frustrada. —¿Qué es lo que te desagrada tanto de mis escenas? ¿Todo esto es por Kagome?

—Kagura… —dijo con voz neutra—. Ve a casa esta noche.

—¿Por qué otra vez? —se atoró la chica—. Es tarde para salir a la calle.

—Solo vete, pide un taxi o lo que quieras…

La chica lo escrutó intensamente. Iba a protestar, pero él se levantó de improviso y subió la escalera rápidamente hasta su habitación, sin decir una miserable palabra.

—¿De verdad quieres subir? —preguntó Inuyasha, temeroso, al llegar al estacionamiento del edificio.

Kagome asintió con la cabeza, sin mirarlo.

—Vamos entonces —sonrió el chico, tomándola de la mano.

Esa sola acción le confirmó que Inuyasa era, sin lugar a dudas, el hombre que había deseado desde niña para ella. Un tipo gentil que había esperado por ella durante más de tres meses. —Vamos —respondió animada.

El ambarino no prendió las luces al entrar, en su lugar, la guio por la oscuridad hasta el cuarto y la invitó a entrar. Y, a pesar de que Kagome había creído que dudaría en ese momento, no lo hizo. Quería estar con Inuyasha, lo había elegido de entre sus dos posibilidades.

Al contrario de lo que creían sus amigas, Kagome jamás había hecho el amor con otra persona que no fuera Sesshomaru… y eso, en ese momento, le provocaba una felicidad sin precedentes. Sesshomaru había sido su primera vez, pero Inuyasha era la vez definitiva. Celebraba la opción de no haberse metido en la cama con cualquiera, ya que así, tenía solo recuerdos de lo que significaba tener sexo con amor. No le interesaba otra cosa, ella solo quería sentirse amada.

Y, mientras divagaba, Inuyasha la besó en los labios y la asió hacia su cuerpo. Fue un beso suave, dulce, como solía besar él… un beso con ganas, con intención, con deseo. Ese beso se volvía poderoso, empoderado, grande e intenso… hasta que se transformaba en un beso desesperado. Uno que no estaba satisfecho con abarcar solo los labios, que se expandía por todo el rostro, que se escapaba hasta el cuello y que bajaba traviesamente hasta los senos. Un beso que se aliaba con las manos para seducir, un beso que necesitaba de caricias, que abarcaba el cuerpo entero, los sentimientos y el corazón en su totalidad.

Las mariposas de su estómago despertaron y volaron con ganas hasta su entrepierna, desatando un flujo de energía y excitación que alertó todas las células de su cuerpo. Entonces, sintió de pronto que quería sus manos en ese lugar secreto. Los besos y las caricias se volvieron insuficientes a medida que pasaban los segundos; la necesidad la traicionaba, la obligaba a chocar sus caderas contra las de él en un ritmo frenético.

No quería exigirle nada, pero lo hacía de todas formas. Quería sus besos en los senos, en el vientre, en su sexo; lo quería sin ropa y con la piel expuesta, caliente, palpitante y bañado en sudor. Quería oler el aroma de su transpiración, bañarse en la esencia de su cuerpo junto al suyo y recordarlo para siempre.

Anhelante, lo abrazó por la espalda y lo obligó a caer junto a ella sobre la cama. Abrió las piernas para recibirlo a gusto, ya no quedaba ropa, ya no quedaba cordura. No quería soltarlo, le gustaba la sensación se tenerlo encima, de sentirlo mecerse sobre ella sin atreverse a penetrarla y de desearlo profunda y desesperadamente.

—Kagome —Lo sintió suspirar—. Kagome…

—Di que me amas —demandó antes de dejarlo entrar. Su miembro estaba duro, húmedo, dispuesto, podía sentirlo entre sus piernas a punto de entrar.

Pero el celular interrumpió ese momento que debía ser el mejor de todos. Suspiró complicada y se incorporó, completamente desnuda frente a sus ojos, casi perdida en la oscuridad. Cogió el ruidoso aparato solo para hacerlo callar, el ruido había irrumpido en el cuarto como una máquina de doscientos kilos trabajando a toda intensidad.

Supo que era Sesshomaru nada más mirar su foto en la pantalla. ¿Qué debía hacer? No lo pensó, ya los había interrumpido de todas formas.

—¿Qué pasa? —preguntó hastiada. Escuchar su voz en ese momento era como un accidente de tránsito en medio de una autopista a toda velocidad.

—Debes regresar, tu cocina… se está incendiando.

—¿¡Qué!?

CONTINUARÁ…


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Espero que hayan disfrutado el capítulo tanto como yo al hacerlo, y les mando un besito a todos, en la boca... no, mentira, jaja no se asusten. :3


Publicación: 29/10/20114

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