Llueve en Santiago de Chile, al tiempo que me pregunto si vale la pena seguir escribiendo una historia que no es original. Pero, por dios, amo esta historia, aunque a algunos les parezca machista y desagradable. Amo a Inuyasha, y amo a Sesshomaru. Por primera vez, una historia me hizo dudar entre uno y otro. Porque siempre tuve preferencias, porque siempre me gustó Kagome para Inuyasha, en lugar de Kikyo, y así con otros triángulos amorosos célebres de las películas, las series, o la literatura. En esta historia, no sabía con quien se iba a quedar Kagome hasta el último capítulo, y el final me dolió, aunque también me hizo feliz. Fue la primera historia en que los personajes recorren un camino tan largo que al final se desconocen. Fue la primera historia cuyo final me sorprendió, porque siempre el final es obvio. Siempre sabemos con quien se quedará el protagonista. Es como la vida, nunca sabemos donde terminaremos, ni cuando, porque hay una infinidad de posibilidades y sólo nosotros podemos decidir qué haremos.
Por eso, dedico este pequeño regreso a Cecil Pierce, mi mejor amiga de fanfiction, a quien estimo, admiro y quiero demasiado.
Kagome Higurashi y sus dos amigas son mujeres en sus treinta con exitosas carreras y que buscan la pareja perfecta. Dos hombres totalmente diferentes para una chica con un solo corazón. ¿Quién es el adecuado? ¿Por qué es tan complicado el amor?
NECESITO UN ROMANCE
CLAUDIA GAZZIERO
CAPÍTULO 26
GOLPES BAJOS
I
—¿Te despertaste hace mucho? —preguntó Kagome al abrir los ojos.
Algo le decía que su intensa mirada la había hecho regresar del mundo de los sueños.
Él no respondió.
—¡Hey! —rio—. ¿Hace cuánto que estás despierto?
—No mucho.
—Mientes, ¿por qué no me despertaste?
—Me gusta verte dormir…
Definitivamente, su sinceridad la descolocaba a veces.
—¿Qué hora es? —estiró los brazos. Afuera había un estupendo día.
—¿Las doce?
—Es una hora razonable para desayunar… —se incorporó.
Sin embargo, él permaneció acostado. Parecía abatido, algo andaba mal.
—¿Sucede algo? —preguntó asustada.
Esa noche había sido la gran prueba, si todo comenzaba a salir mal a partir de ese momento significaba que no estaban hechos el uno para el otro (aunque a ella le había parecido que sí).
Inuyasha dudó al responder. Kagome se incorporó:
—¿Estás bien? —tragó saliva, asustada. No quería escuchar que su performance había sido tan mala que él no quería volver a verla. Aunque claro, de ser así, él no se lo diría directamente. ¿O sí?
—No puedo moverme… —dijo el chico, de pronto.
—¡¿Qué?!
—No te alarmes, solo no puedo mover mi brazo.
—¿Por qué? ¿Hiciste algo mal anoche? ¿Te lesionaste? No me digas que te lesionaste mientras… y no me lo dijiste.
—No —se lamentó el chico—. Disculpa…
—¿Entonces qué…? ¿Cuándo te lesionaste?
—Apoyaste toda la noche tu cabeza sobre mi brazo…
Kagome miró al cielo.
—¡¿Y por qué no me despertaste?!
—Me gusta verte dormir…
Oh, dios… en un momento así, no podía dejar de preguntar:
—¿Eres tonto?
—No, pero tampoco quería molestarte.
—Ni siquiera me hubiera dado cuenta, duermo como un tronco.
—Lo sé.
Bien, eso no sonaba tan estúpido. Probablemente la había tratado de alejar durante toda la noche, sin éxito. Ella y su almohada tenían una relación indiscreta.
—¿De verdad no puedes mover el brazo? —Volvió a preguntar en un largo suspiro, por si las moscas.
—Nada, está muerto.
Efectivamente, Inuyasha no podía mover el brazo ese día, y tampoco podría hacerlo durante toda la semana. El diagnóstico del doctor había sido categórico: si intentaba ejercer cualquier tipo de fuerza, podría nunca recuperarse del todo. El músculo debía descansar hasta sobreponerse a la fatiga… a la fatiga de su cabeza encima durante toda la noche.
Lo que empezó como un vergonzoso accidente pronto se transformó en un impedimento laboral, según las palabras del médico. Inuyasha debía guardar reposo toda la semana, evitar levantar peso con las manos y mantener el brazo quieto, sin ninguna clase de movimiento. El "síndrome del sábado por la noche" era algo bastante común y molesto. El mismo doctor se había encargado de hacer notar que era una afección frecuente en las parejas jóvenes que recién se habían conocido.
Sin embargo, el problema iba más allá de un simple inconveniente, ya que lo más probable es que necesitara ayuda en la cafetería… y como ella había sido la principal responsable de esta estúpida y ridícula lesión, tendría que tenderle una mano (una mano sana). Kagome miró al cielo y barajó sus posibilidades sin encontrar otra solución: se tendría que mudar a la casa del moreno durante un par de días, tal vez una semana. Además, le debía ese pequeño favor, considerando todo lo que él había hecho por ella, y lo increíble que había sido en la cama.
Tal vez, sólo tal vez, debía admitir que ese romance se estaba acalorando. La experiencia había sido muy buena. Hacer el amor con un hombre distinto de Sesshomaru —y sin compararlo en toda la noche— había sido grandioso. Era como si al fin, después de tanto tiempo, estuviera libre de la maldición que suponía ese hombre en su vida.
Sólo Inuyasha Takahashi había logrado dejar a Sesshomaru atrás, y realmente se lo agradecía mucho.
—¿Puedo preguntarte algo? —la interrogó Sesshomaru desde el marco de la puerta, al verla coger su maleta y meter algunas prendas al azar.
Kagome lo ignoró unos segundos. Estaba harta de dar explicaciones sobre su vida, él no era nadie para pedirlas.
—Pregunta —respondió la pelinegra, de mala gana—. De todos modos no te diré la verdad.
—Miente entonces, pensaré lo contrario a lo que digas.
—Pregunta.
—¿Dormiste con Inuyasha anoche?
Kagome lo pensó un momento, sintiéndose poderosa.
—Sí, en su casa.
—Dijiste que ibas a mentir…
—Esa es mi respuesta, piensa lo que quieras —murmuró, colgándose la mochila al hombro y pasando a su lado, sin remordimientos.
Kagura estaba en la cocina, lavando los trastes sucios del almuerzo.
—¿A dónde vas? —Quiso saber el peliplata, siguiéndola.
—Inuyasha está lesionado, debo sacrificarme y ayudarlo con la cafetería.
Sesshomaru ardió en rabia.
—¿Qué harás qué…? —gruñó, jalándola del brazo y obligándola a voltearse.
La pequeña maleta cayó al piso.
—¡¿Qué haces?!
—Repítelo… que te sacrificarás por él.
Kagome lo observó a los ojos sin entender.
—Suéltame, Sesshomaru. ¡Suéltame ahora! —ordenó.
—No puedo creer que esa palabra salga de tus labios, ni siquiera está en tu vocabulario. Tú no eres capaz de sacrificarte por nadie.
—Bien, a mí también me sorprendió. Con Inuyasha soy otra mujer, él saca lo mejor de mí —quiso llorar—. Tú dijiste que era egoísta y que necesitaba corregir ese defecto. Pues, lo estoy haciendo. Mi temperamento ha cambiado.
Sesshomaru la soltó del brazo. Cogió la mochila del piso y la arrojó a la habitación:
—No puedes irte, no saldrás de aquí.
—¿Qué? No tienes el derecho, Sesshomaru.
Kagura se escondió en la cocina, ya que estaban a punto de gritarse otra vez.
—Lo tengo. Si sales de esta casa no volverás a entrar.
—Bien —tragó saliva la chica—. Entonces es un adiós.
II
—¿Cómo está tu brazo-almohada? —bromeó el asistente de Inuyasha en el restaurante, mientras llenaban una de las cafeteras con granos importados.
—Creo que está un poco mejor, pero no le digas a Kagome—sonrió el peliplata, luciendo como un idiota. Un idiota enamorado.
—¿Por qué? Eso es hacer trampa…
—En la guerra y en el amor todo se vale —dijo, sin poder sacarse la sonrisa de encima.
Su celular vibró en su bolsillo y se acomodó para sacarlo a duras penas.
Era Kagome, que llamaba para avisar que no podía ir todavía, ya que se le había presentado un inconveniente. Su semblante cambió de inmediato a uno de preocupación, y su asistente lo notó de inmediato. Algo había sucedido entre ella y Taisho.
Kagome cortó la llamada sin extenderse en lo que realmente le había impedido salir. Había regresado en medio de una sarta de improperios a buscar su mochila y le había sido imposible volver a salir de la habitación. En la cama, sentada y con el corazón en la mano, trataba de entender qué era lo que realmente había sucedido. ¿Por qué Sesshomaru había reaccionado de esa forma al oír la palabra "sacrificio"? No mentía cuando decía que había mejorado su carácter gracias a Inuyasha, pero no era una razón para actuar de esa forma.
—Él no es nadie en mi vida —se repitió, una y otra vez—. No tiene derecho a preguntar.
Miró el reloj en repetidas ocasiones sin encontrar motivación para irse de aquella casa, que había sido su hogar durante toda una vida. Estaba agotada, y no podía dejar de pensar en lo que Sesshomaru había dicho.
¿Tenía él derecho a correrla? ¿Lo decía en serio? Carajo, necesitaba una maldita explicación.
Se levantó molesta, y dio zancadas hasta la casa de Sesshomaru para aclarar la situación. Ese troglodita debía enterarse de que ella iría y vendría cuando quisiera, porque esa era su maldita casa y él no tenía ninguna puta autoridad sobre nadie, ¡maldita sea!
—Necesitamos hablar —sentenció, al verlo sentado sobre la mesa de la cocina.
Estaba bebiendo.
—Si quieres irte con este estúpido, vete. Deja a tu familia para convertirte en una sirvienta.
—¿Por qué esa palabra te puso tan molesto? —se puso de puntillas, para alcanzar su altura.
Sentirse más grande le daba la fortaleza que necesitaba para encarar a ese condenado sujeto que la tenía harta… tan harta que podía morir.
—Porque te ves patética cuando dices eso… —la miró despectivamente.
Kagome se sintió pequeña e insignificante, otra vez. Él solía tener ese efecto en ella.
—¿Crees que no soy capaz de amar a nadie más que a mí misma?
—Tú misma lo has dicho. ¿Alguna vez te preocupaste de alguien más que no fueras tú? ¿Alguna vez te sacrificaste por mí?
Kagome se llevó la mano a la cabeza, indignada.
—¿Qué…? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¡Por Dios, dediqué mi vida entera a nuestra relación! ¡No pues estar diciendo algo como eso, te regalé los putos mejores años de mi vida!
—Paremos, dejemos esto aquí.
—No juegues conmigo, Sesshomaru —gritó Kagome, perdiendo el control—. ¡Puedes decir lo que sea, pero jamás que no fui buena contigo!
—Tienes una forma bastante condescendiente de ver nuestra relación.
Kagome rió en voz alta:
—No puedo creer lo que estás diciendo, ¡es ridículo!
—Por favor, vete de mi casa.
—Fue mi casa, antes de que tú llegaras. Si alguien debería irse, eres tú.
—¿Lo ves? Eres incapaz de pensar en alguien más que en ti misma.
—Sesshomaru… —suspiró Kagome, intentando calmarse—. Si sólo viste esa parte de mí, fue porque nunca te detuviste a mirar con atención.
—No te equivoques, Kagome —advirtió el peliplata—. Lo que vi fue lo que eres, alguien incapaz de amar.
—Eres tú el que no sabe amar, Sesshomaru.
Él rio con ironía:
—Y lo haces de nuevo… engañas a ese estúpido sujeto haciéndole creer que lo amas, cuando ni siquiera fuiste capaz de amarme a mí. Decías amarme, pero me olvidaste tan fácil y rápidamente que dudo que haya sido real.
Kagome miró profundo dentro de sus ojos y sólo encontró ira, reclamo y venganza.
—Entonces, ¿tú sí fuiste capaz? Creo que tienes una idea equivocada de lo que es el amor.
Él calló. Kagome arremetió:
—Decías amarme, pero jamás me abriste las puertas. Te mantuviste alejado y me apartaste de todas las formas posibles para que no me acercara.
—Eso es lo que tú piensas…
—No, es la verdad. Te reíste de mis sentimientos toda una vida. Y ahora digo basta, al fin he encontrado un amor que me merece.
—Tú no amas a ese idiota. Es por eso que me rio en tu cara cuando dices la palabra sacrificio, porque el sacrificio es amor.
—Puede que no lo ame, Sesshomaru Taisho, pero tampoco te amo a ti.
Él abrió los ojos. Kagome continuó:
—Y es verdad, puede que nunca te haya amado…
Ella y Sesshomaru habían tenido muchas, muchísimas discusiones en la vida, pero nunca había llegado a decirle que no lo amaba, y había sido liberador. Se sentía molesta, sí, pero también renovada y lista para comenzar su nueva vida con Inuyasha. Él era todo lo que siempre había soñado y más. Era un hombre que no temía decir lo que sentía y que demostraba amor en todo lo que hacía. Su corazón, por primera vez, se sentía correspondido.
Miró las verduras que estaba cortando y sonrió. Se sentía cómoda en la casa de Inuyasha.
El joven peliplata la observó de reojo y sonrió.
—¿Esas zanahorias te están ofendiendo o algo? —bromeó, ya que el cuchillo se incrustaba repetidas veces sobre la loza.
—Sólo estoy algo molesta —respondió, bostezando—. Alguien me hizo enojar.
—¿Alguien? —inquirió Inuyasha.
Kagome recordó su promesa:
—Sesshomaru… él siempre me hace enojar.
—¿Qué pasó esta vez?
—No puedo decírtelo. Pero estoy enojada porque cree que no soy una buena persona.
Él omitió una pequeña carcajada.
—No te rías, es grave —sonrió la azabache—. ¿Crees que soy una buena persona?
—¡Por supuesto! Eres linda y hermosa —le acarició la cabeza.
—Ambas cosas significan lo mismo, y no tienen nada que ver… —señaló Kagome.
—Bien, si tuviera que destacar algo de la increíble persona que eres, es tu honestidad.
—¡La honestidad es un arma de doble filo! Digo cosas de las que me arrepiento luego por ser demasiado honesta.
—¿Qué te parece si trabajamos en tu temperamento? —se abrazó el peliplata a su espalda.
Kagome dejó los utensilios y se volteó de inmediato, abrazándose a su cuello.
—¿Qué tienes en mente?
Él pensó un momento y luego habló, decidido:
—Un manual mudo para manejar la ira —sonrió Inuyasha—. Por ejemplo: si te sujeto el brazo así —puso su mano entre el hombro y el codo de la castaña, suavemente—, significa que debes respirar y pensarlo otra vez. Es una buena medida para que te detengas antes de decir algo que realmente no deseas decir.
Kagome asintió.
—Es una buena idea, creo que puede funcionar.
Inuyasha jaló su brazo suavemente y la miró.
Kagome tragó saliva y lo volvió a pensar: amaba a ese hombre.
—Creo que funciona. Pensar las cosas dos veces me ayudará a dejar de gritar, al menos —sonrió—. Siempre me ha disgustado gritar, después me duele la garganta.
Inuyasha rio con ganas.
—Es porque la gente normal no grita.
—¡Oye!
—Ahora dime qué pasó —la miró seriamente el chico.
Kagome suspiró y, luego de un momento, se decidió a hablar:
—¿Crees que los sentimientos cambian? No quiero que mis sentimientos por ti cambien para mal, sólo quiero que se acentúen y crezcan infinitamente.
—¿Eso es lo que te molesta?
Kagome asintió.
—Me gustas mucho, no creo que pueda llegar a odiarte alguna vez —resolvió Inuyasha, fácilmente.
—Honestamente, creo que mis sentimientos cambian con facilidad. Por eso estoy preocupada, no quiero que esto termine. Suelo terminar con mis novios una y otra vez. Específicamente, cada vez que me enojo.
—Incluso si terminas conmigo, volveré a ti —dijo él—. Si no confías en tus sentimientos, puedes confiar en los míos, ya que nunca cambiarán.
—¿Aunque te diga que no quiero volver a verte?
—Aunque lo digas… —sonrió—. Suelo ser muy persistente.
—Creo que alcancé a percatarme de ello —rio Kagome—. No pensé que lo lograrías, ya sabes… que me enamorara de ti. Es extraño.
—Suelo causar ese efecto en las mujeres.
Kagome se lanzó a sus brazos y él gritó de dolor.
—¡¿Qué pasa, no me asustes?!
—Mi brazo… —se quejó, acomodándose en el sillón para recibirla en su regazo—. Estoy lesionado, ¿recuerdas?
Kagome rio:
—Lesionado, y completamente a mi merced —dijo, mientras varios besos bajaban por su garganta.
III
—¿Vas a alguna parte? —preguntó Kagura, al ver al peliplata bajar de su habitación, después de casi medio día. Él no se detuvo a mirarla. De hecho, calzó sus zapatos y salió de la casa sin decir una palabra. La muchacha lo siguió apresurada; no podía dejarlo caminar por la ciudad en ese estado, él no estaba bien. El que Kagome se hubiera ido a vivir con el chico OST había sido un duro golpe para él, aunque no quisiera admitirlo. Temía por él, por su seguridad, por su corazón. Alguien tan intransigente como él, era capaz incluso de acabar con su vida antes de decir la verdad sobre sus sentimientos.
—Sesshomaru, ¡espera! —gritó, acomodándose las zapatillas de levantar.
—No me sigas —ordenó—. Regresa al trabajo.
—¡No puedo! —gritó ella, a unos diez metros de él, distancia que le parecía una eternidad—. Déjame ayudarte.
Él sonrió tristemente y la pelinegra se sintió morir. Su corazón presentía que estaba a punto de ser rechazada por última vez, lo cual la volvió loca. No estaba dispuesta a ser derrotada sin luchar con todas sus fuerzas. Sesshomaru era frágil, aunque aparentaba ser duro y déspota; estaba segura de que con un poco de bondad y amor podía sanarlo.
—No puedes hacer nada por mí, Kagura.
—Puedo estar contigo y esperar a que tu corazón sane.
—Eso no va a pasar —aseguró el peliplata con vehemencia—. Te recomiendo que te alejes lo más posible, y que olvides esos sentimientos —dijo, dándole la espalda y continuando su camino.
—¡No! —Volvió a gritar ella, al borde de las lágrimas y corriendo a su encuentro.
Sesshomaru se detuvo al sentir su brazo cautivo entre sus pequeñas y jóvenes manos.
Ella lloró, no para manipularlo, sino porque el final estaba cerca. Aún así, decidió intentarlo por última vez:
—Puede que no me veas ahora, pero me verás luego...
—A la única persona que veo es a ella.
Acto seguido, se soltó suavemente de su agarre y continuó su camino.
Era hora de que también Kagome lo supiera.
En el café, Kagome celebraba que unos clientes habían creído la mentira de que sólo tenía 25 años, cuando estaba a punto de cumplir los 34 años, e Inuyasha comenzaba a arrepentirse de haberle pedido que lo ayudara a atender a los clientes. Ella era radiante e irradiaba energía en cada sonrisa, en cada palabra y con cada movimiento. Era imposible no quedarse prendado de ella a primera vista. Su cabello negro resbalaba por su espalda y su piel blanca y pálida contrastaba completamente con sus labios gruesos y escarlatas. Kagome era vida, amor y pasión encarnada en una sola persona, una mujer que no encontrabas a la vuelta de la esquina, ni luego de cien citas a ciegas. Ella era la mujer que siempre había querido y, aunque era difícil de tratar a veces, era muy fácil de amar.
Kagome, que coqueteaba deliberadamente con los clientes de la mesa seis, sonrió por última vez ese día antes de verlo. Sesshomaru entraba por la puerta principal sin previo aviso y con el rostro comprimido por la ira. Él nunca había pisado ese lugar, y odiaba a Inuyasha por sobre todas las cosas, su presencia ahí no significaba otra cosa más que problemas.
—¿Te sucede algo? —le preguntó su novio, al ver que su alegría se desvanecía.
Kagome no respondió, sólo miró hacia la entrada, obligándolo a voltearse.
Él estaba ahí, y al parecer, tenía algo que decir.
Algo muy importante.
Su corazón latió rápidamente, porque temía lo que ese hombre había ido a decir. Kagome, en cambio, estaba paralizada. Ese hombre aún tenía un efecto muy fuerte en ella.
Él caminó hasta llegar frente a Inuyasha, y la azabache se escondió tras él, buscando protección.
—He venido a buscar a Kagome —dijo por fin, pasando a Inuyasha y tomándola de la muñeca, como si aún tuviera derecho a tocarla.
—¿Qué? Suéltame —respondió Kagome, soltándose de su agarre y mirando a Inuyasha para que la ayudara a liberarse de él, más que físicamente, sino en todos los sentidos que esa palabra podía tener.
—Ven conmigo, Kag —insistió Sesshomaru.
—No quiero, estoy ocupada.
De pronto, sintió el suave agarre de Inuyasha sobre el brazo, seguido de dos ligeros apretones que indicaban que debía pensarlo otra vez. Lo miró a los ojos, sin poder creer que él le estuviera diciendo que debía ir con él y solucionar los problemas que existían entre ambos. Sin embargo, confió. Confiaba en Inuyasha y en las intenciones que él tenía con ella. Él sólo quería lo mejor para ambos, y sabía que si la historia con Sesshomaru no terminaba, jamás podrían amarse con toda el alma.
—Volveré —susurró, sin romper el contacto visual con él—. Te prometo que volveré.
Inuyasha sonrió con tristeza; Sesshomaru se sintió enfermo ante tal declaración. No tenía idea de que ambos habían llegado al punto de comunicarse sólo con la mirada.
—Vamos —sentenció el peliplata, asqueado, y Kagome se sacó el delantal de servicio para seguirlo. No miró hacia atrás, porque temía dañar a Inuyasha. Odiaba causarle dolor y odiaba a Sesshomaru por causarle dolor al hombre que la había liberado de su amor agonizante.
El camino fue largo y taciturno. Ninguno de los dos mencionó palabra hasta que estuvieron en el parque camino a casa. En ese parque habían roto la primera vez, después de romper la motocicleta, y habían paseado a los perros durante más de seis años, incluso después de romper. Si había un lugar ideal para acabar con todo, era ese: en medio de los alerces y álamos que rodeaban el pequeño camino de arcilla que conducía a una laguna artificial.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó la chica, harta del silencio, del misterio, y de estar siempre a su espalda.
—Vamos camino a casa.
—No voy —se detuvo, mirando su espalda con tanta rabia que él se volteó en seguida, a mirarla—. Ya no vivo ahí.
—¿Qué?
Kagome suspiró, frustrada, cansada, harta de él y de todo:
—Que no volveré contigo. ¿Qué no lo entiendes? ¿Por qué insistes en molestarme? ¿No puedes dejarme en paz por un solo día?
—¿Te estoy molestando?
—¡Por supuesto que sí! Estoy feliz con Inuyasha, me gusta. Estamos saliendo y tenemos pensado casarnos. Me da igual si te ríes de mí o crees que es ridículo, estoy enamorada y al fin soy correspondida.
—¿Es por el matrimonio? Sigues pensando en casarte como si fuera la única cosa que importara en el mundo.
Kagome lo observó con melancolía:
—No es el matrimonio, Sesshomaru. Es la vida, es el amor. Quiero casarme y tener hijos, quiero ver crecer a mi familia y sentirme orgullosa del legado que le he dejado al mundo.
—No lo entiendo —resopló él, molesto—. No entiendo por qué el matrimonio y la familia son tan importantes para ti.
—El que no lo entiendas no significa que no puede ser importante para los demás y para mí. La gente llama a eso "una vida normal", algo que definitivamente tú no quieres tener.
Él guardó silencio.
—Escucha, Sesshomaru —prosiguió la chica—. Casarte con una mujer con la que saliste doce años no es normal, para las personas normales. Para mí, al menos, es un rechazo. Significa que no fui ni seré nunca lo bastante buena para ti. Y quiero estar con alguien que me considere como una opción. El matrimonio es importante para mí porque significa que alguien me ama tanto como para desear estar conmigo toda su vida.
—Empecemos de nuevo…
El corazón de Kagome se detuvo por un instante.
—¿Qué…?
—Empecemos de nuevo —repitió él—. No puedo vivir sin ti.
—¿Es una broma?
Sesshomaru ignoró su pregunta, iba en serio esta vez:
—Cambiaré de mí las cosas que no te gustan, y seré honesto con mis sentimientos. Te diré que te quiero, que me gustas y te amaré todos los días de mi vida. Te diré "te amo" tantas veces como quieras escucharlo y pensaré de nuevo en el matrimonio.
—Ahora soy yo quien no lo entiende, Sesshomaru. ¿Por qué esto? ¿Por qué ahora? —Kagome quiso llorar, porque sus oídos escuchaban de pronto algo que había querido escuchar toda la vida, precisamente en un momento en que no quería oírlo.
Él insistió:
—Olvidemos todo y empecemos de nuevo, Kagome. Voy a ser el hombre que quieres que sea.
—Dijiste que era ridícula y que las mujeres como yo te parecíamos patéticas —recordó con rencor, porque sus palabras la enfurecían. No estaba dispuesta a volver con un hombre que la había dañado de esa manera, aunque dijera amarla, aunque luciera desesperado y estuviera al borde de las lágrimas. Su historia con Sesshomaru había acabado mucho antes, en el preciso momento en que había declarado su amor a Inuyasha.
Y ese amor había sido real.
Por eso, avanzó con paso firme hasta posicionarse frente a él y extendió la palma de su mano izquierda frente a sus ojos.
—Mira, Sesshomaru —ordenó, apuntando la cicatriz que se extendía de extremo a extremo—. Cicatrices es todo lo que me dejó tu amor. Algunas son visibles, como ésta, pero la mayoría están dentro de mí.
Y no, no era un ataque de ira como otras veces. Esta vez había pensado cada palabra, y quería mostrarle cuánto la había dañado su amor. No iba a perdonarlo por eso nunca, Sesshomaru estaba muerto en su corazón y también su memoria. Los sentimientos por él ya no tenían valor.
—Esta herida requirió 17 puntos —sonrió tristemente—. Sola, en la sala de emergencias, sin saber de ti ni de lo que estaba pasando. No volveré a sentirme así. A tu lado, nunca estaré lo suficientemente cerca como para tocar tu corazón, y por eso mi respuesta es "no".
Él guardó silencio, silencio absoluto.
—No volveré contigo, Sesshomaru. Nunca lo haré.
Dicho esto, dio la vuelta y caminó a paso firme al encuentro de Inuyasha.
CONTINUARÁ…
