NECESITO UN ROMANCE
CAPÍTULO 26
LA PROMESA
I
Todo lo que dije, lo dije con alevosía. Quería causar daño, quería destruir lo que quedaba entre él y yo en mil pedazos. Él necesitaba vivir, por un momento, el dolor que yo había padecido durante años: el rechazo, la cólera, la desesperación. No mentía cuando decía que no quería volver a él, era tan cierto como lo que nacía en mi pecho por Inuyasha.
En poco tiempo, él me enseñó que el amor es solidario y valiente. Que el que no arriesga no gana, y que la máxima expresión de aprecio es la honestidad. El amor es algo puro que nace de dos personas que están dispuestas a poner su alma en las manos de otro. Y, aunque me costó tiempo y trabajo, mi corazón ya está en poder de Inuyasha.
Sesshomaru no puede hacer nada para remediarlo. Él es una persona que lastima con cada palabra, alguien cuya declaración de amor ya no vale nada para mí. Sin embargo, no puedo evitar sentirme inquieta. El único deseo que tenía en la vida se cumplió: ser amada por él, y lo rechacé.
No estoy feliz, pero tampoco tengo ganas de llorar. Siento lástima por él y la Kagome Higurashi del pasado. Hacerle daño me hiere como ninguna otra cosa en el mundo, porque él fue mi vida durante demasiado tiempo. No obstante, volver con él y fingir que no siento lo que arde en mi pecho por Inuyasha sería mentir, y no puedo hacerlo.
No ensuciaré el amor sincero y desinteresado que le tuve durante décadas de esa forma. Seré fiel a mí misma y, ante todo, seguiré mis sentimientos. La primera persona en mi lista de prioridades soy yo, aunque eso lo destruya.
Respiro profundo, para que los pensamientos fluyan con tranquilidad. Y, cuando veo a Inuyasha esperándome en la marquesina de la cafetería, me desplomo. He dado un gran paso. He cerrado mi historia con Sesshomaru. He puesto en orden mi vida y mis sentimientos.
La Kagome que regresa con él, brincando de felicidad, es otra. Es una Kagome libre, liviana y, por sobretodo, vacía. En el buen sentido de la palabra, claro está. Ya no lleva ninguna carga, es ella y sus ganas de alcanzar la felicidad. No hay pasado, no hay amores perdidos ni desilusiones en el alma.
Este es el fin, y un nuevo comienzo.
Kagome Higurashi
27/11/2016
Por alguna razón, La azabache de dulces ojos avellana, sintió la necesidad de escribir lo que había pensado al rechazar a Sesshomaru. No como un diario, sino como una carta testimonial que daba fin a una historia demasiado larga y complicada de contar.
Una vez terminada, la guardó entremedio de un cuadernillo de música y metió éste dentro de una carpeta. Guardó la misma dentro de una cartera y la escondió en lo más alto del closet. Si alguna vez se encontraba con esa carta, esperaba leerla siendo la esposa de Inuyasha y la madre de sus hijos.
No le importaban las críticas al patriarcado ni la lucha de la mujer moderna por desligarse de la maternidad; aunque fuera incomprensible para otras mujeres, ella quería una familia. No tenía a nadie más en la vida, sólo a una abuela que vivía lejos y jamás veía. Probablemente por eso, sus ganas de establecerse eran más poderosas que en otras chicas, y nadie podía juzgarla por ello.
Además, Inuyasha estaba de acuerdo. Para él, el matrimonio era tan sagrado e importante como para ella. Daba la coincidencia, que Inuyasha tampoco había tenido una familia. Tal vez algún día escribiría un ensayo sobre ello e instalaría una teoría sobre la importancia de la estabilidad emocional en personas sin padres ni hermanos. Sería un tema controvertido e interesante.
En fin, esa noche era el lanzamiento de la nueva colección de Sango y no podía perdérselo. Sólo por eso accedió a pisar su propia casa otra vez, ya que todo lo que había llevado donde su nuevo novio era casual y ligero. Necesitaba un vestido de fiesta elegante y sensual para esa la ocasión, ya que Sango le había pedido que organizara un show musical antes de la presentación oficial de la colección y, para ello, había invitado a la banda de rock con la que trabajaba esa temporada.
Se puso un vestido corto y brillante que jamás utilizaba, ya que le parecía demasiado escandaloso, y se recogió el cabello en un peinado simple, pero sofisticado. Los aretes se los había dado Sango hacía unos años y los tacones, por supuesto que eran de la colección anterior de su mejor amiga.
Mirarse en el espejo le resultó un placer y un golpe de energía a su autoestima. A los treinta y tres años, estaba más buena que nunca. Sonrió por eso y se volteó para tantear la vista de su trasero.
—¡Bien! –aplaudió con alegría—. Estoy lista.
Inuyasha, por supuesto, no estaba invitado al multitudinario evento, ya que Sango prefería mil veces contar con Sesshomaru Taisho. La azabache estuvo de acuerdo: era mejor que el peliplata no viera a Inuyasha durante un tiempo. Ella conocía las penas de amor más que nadie en el mundo y no quería ponerlo en esa situación, aunque la merecía.
¡Por Dios que la merecía!
Cuando Sango pasó a recogerla, con Miroku de copiloto y Rin en el asiento de atrás, una terrible noticia se anunció por la radio: Naraku, el esposo de Sango, del que aún trataba de obtener el divorcio, había sido detenido infraganti tratando de huir del país luego de realizar una estafa millonaria.
Miroku observó a Sango y ella a él.
Rin interrumpió:
—¿Esto es bueno o malo para el lanzamiento?
Al aire, estaba la amante de Naraku, la mujer a quien había timado para luego huir con su fortuna:
—Él dijo que se divorciaría y que pronto iniciaríamos una nueva vida juntos. ¡No puedo creer que me haya dejado para huir del país con mi dinero! –lloró.
Kagome respiró antes de preguntar:
—¿Será la misma mujer que vimos en el restaurante hace unos meses?
La castaña apagó la radio, pragmática, al tiempo que su celular comenzaba a sonar.
—Deben ser periodistas… —suspiró Miroku, mirando por la ventana.
—No pasará nada —se incorporó Sango—. Seguiremos con el lanzamiento, como estaba planeado y fingiremos que nada de esto sucedió. ¿A alguien aquí le importa lo que pase con Naraku? –preguntó con voz autoritaria.
Kagome y Rin negaron con la cabeza.
—Bien, sigamos.
—¿Sesshomaru no viene? –preguntó Rin, tímidamente.
Kagome la fulminó con la mirada.
—¿Desde cuándo él es parte de nuestro grupo?
—¡Desde hace diecisiete años! –respondieron sus amigas.
La azabache suspiró con desazón:
—Probablemente usará su propio auto.
—¿Pasó algo? – Quiso saber Sango, sin mucho interés.
—Es una larga historia…
Cuando llegaron al salón donde se concretaría el lanzamiento, se sorprendieron de sobremanera. El estacionamiento estaba lleno de carros lujosos y mujeres y hombres caminaban por la alfombra roja como si se trata de los premios oscar. Sango, en lugar de ponerse nerviosa, recitó sus palabras de la suerte y se bajó del carro gloriosa para saludar a sus colegas del mundo de la moda, periodistas y representantes de grandes marcas.
Los flash de las cámaras no se hicieron esperar, y la castaña supo tomar el control desde el primer momento. Miroku, siempre a su lado, se separó de ella sólo para coordinar que adentro todo estuviese marchando según lo planificado.
Kagome y Rin se miraron orgullosas de su amiga, que literalmente se había levantado de entre las cenizas, tal cual un ave fénix, y la siguieron hasta el escenario, en donde dio un pequeño discurso de bienvenida. Los aplausos resonaron en todo el lugar.
—¿Y Sesshomaru? —insistió Rin, mirando hacia todos lados.
—Sesshomaru qué —resopló la azabache.
Rin se plantó frente a ella y la interrogó:
—Pasó algo entre ustedes, ¿verdad?
—Debe estar ocupado escribiendo su guion, la fecha de entrega se acerca y lleva retraso.
—No creo nada de lo que dices —respondió su amiga—, pero fingiré que sí, porque ahí viene Kohaku.
—¿Invitaste a Kohaku Takeda?
—Sí, tal vez estemos saliendo.
—¡Tal vez!
—No es oficial, pero lo parece —dijo, al tiempo que se iba corriendo en su búsqueda.
Kagome suspiró profundamente. Sabía que Sesshomaru era un gran amigo y soporte para las chicas, pero no podía obligarlo a asistir a un evento social lleno de personas desconocida cuando probablemente su corazón dolía a causa de su rechazo. A pesar de todo el sufrimiento, ella no se convertiría en victimaria.
El show musical fue todo un éxito, los muchachos estuvieron fenomenales y, por fin, lograron tocar sin desafinar al principio del estribillo. Kagome se sintió aliviada y orgullosa a la vez, como si sus hijos por fin comenzaran a dar sus primeros pasos sin su ayuda. Pronto tendría que dejarlos para tomar a un nuevo grupo de novatos y componerles su primer éxito. Así era la industria de la música y no había nada que pudiera hacer, más que pulir las alas de sus discípulos para que volaran con libertad.
Al final de la canción, Sango se subió al escenario, con su vestido fantástico y sus tacones brillantes, para presentar su trabajo: una colección de zapatos que incluían cristales, piedras preciosas y polvo de diamante en hebillas y accesorios.
—Nicole Kidman, mientras grababa Moulin Rouge, dijo que la joyería es la mejor amiga de una mujer sensual. Sus palabras inspiraron "Tesoro", una línea de zapatos femeninos difíciles de conseguir y proteger, para mujeres que merecen ser tratadas como una joya —habló Sango, mientras los modelos de la temporada eran proyectados en una gran pantalla a su espalda.
Kagome supo entonces que su inversión, los ahorros de toda su vida, retornarían a sus manos gracias al talento y la dedicación que Sango y Miroku habían puesto. No pudo más que sonreír y aplaudir a su mejor amiga cuando la presentación llegó a su fin.
Durante el cóctel, la castaña fue secuestrada por inversionistas nacionales que querían llevar su marca a sus tiendas departamentales y, con Miroku a su lado, los atendió a todos y cada uno de ellos en un perfecto inglés.
Sango había dejado bastante atrás la sombra oscura de Naraku.
II
Entrada la noche, y ya de regreso en el piso de Inuyasha, la azabache colgó su vestido de fiesta en el armario y observó su nueva habitación. Era amplia y no tenía nada que ver con su cuarto lleno de pegatinas, peluches y cojines de animales. Eso la hizo suspirar con nostalgia, era difícil acostumbrarse a la vida de adulto, a la cama matrimonial y a la eterna compañía de un hombre.
—¡Voy a sacar la basura! —comentó, al tiempo que agarraba las bolsas negras y abría la puerta de una patada.
Bajó las escaleras con calma, sintiendo en su rostro la fría brisa nocturna y sonrió. Todo en casa de Inuyasha era muy diferente a la suya, partiendo desde el hecho de que él vivía en un departamento. Siempre había querido tener una buena vista de la ciudad, pero había desechado esa idea hacía mucho, y ahora se hacía realidad tan fácilmente que…
Paró en seco: afuera, plantado como un poste, estaba Sesshomaru Taisho. Su presencia la sorprendió tanto que no pudo decir palabra alguna. Él se acercó despacio y, sin decir nada, le quitó las bolsas de las manos y caminó los diez metros que los separaban del basurero común. Luego, regresó a su lado y la observó largo rato, acarició su mejilla tímidamente y sonrió con tristeza.
El corazón de Kagome latió rápido, pero no de amor. Confusión, tristeza, lástima. Muchos sentimientos pasaron por su mente cuando él tocó su piel. El frío se apoderó de ella cuando él retiró la mano y, a paso tranquilo, se dio media vuelta para regresar a casa.
Todo aquello sin decir nada, absolutamente nada, porque las palabras que Kagome tanto había querido escuchar durante años, ya no eran dignas de salir de su boca. Entonces, Sesshomaru comprendió que aunque estuviera dispuesto a decir "te amo", "lo siento", "te extraño"; ella no querría escucharlo.
La oportunidad de decir todo aquello había quedado en el pasado.
Sabiendo ésto y sintiéndose completamente derrotado, caminó a través del parque sin destino fijo. No le importaba el frío de la noche ni la oscuridad del camino. Sólo quería saber exactamente cuánto tiempo le tomaría olvidar a Kagome Hisgurashi; por cuantas lunas se arrepentiría de guardar silencio y si alguna vez podría volver a tenerla cerca como antaño.
Todo aquello era demasiado para un hombre cuya existencia estaba en jaque desde el momento de nacer. Kagomeera, tal vez, la única razón por la cual una persona como él podía vivir una vida normal. Cuán tonto había sido al tratar de renegar un amor como ese, cuán iluso había sido al pensar que el amor de Kagome persistiría en el tiempo a pesar del silencio.
Cuando llegó a casa, se encontró a Kagura Touma llorando como una niña pequeña sobre el sofá de la sala. Al verlo aparecer por la puerta, esta se irguió lentamente y le dio el teléfono sin hacer contacto visual.
—¿Qué ha pasado? —Quiso saber el peliplata, extrañado ante la actitud de la chica.
—Será mejor que llames a tu madre… —murmuró ella, en un hilo de voz.
—¿Por qué? No me gusta llamar a mi casa —dijo, mientras se quitaba la chaqueta y la arrojaba sobre la mesa—, siempre hay malas noticias.
La pelinegra dejó escapar un sollozo:
—¡Solo llama!
Sesshomaru, que estaba bebiendo un vaso de agua en la cocina, se volteó sabiendo que algo andaba mal.
—¿Quién ha llamado? —preguntó, temiendo lo peor—. ¿Ha sido mi madre?
Kagura bajó la cabeza nuevamente:
—Tu hermana… —dijo suavemente— ha fallecido.
Sesshomaru Taisho dejó el vaso de agua sobre la mesa de la cocina y se perdió en sus pensamientos. Finalmente había llegado ese día, y no podía ser en peor momento. ¿Qué debía hacer? ¿Qué debía decir en una situación como esa? Se había preparado durante años y aun así, dolía.
—Escucha… —ordenó con voz dura y el rostro constipado—. Si le dices de esto a Kagome estás muerta.
—¿Qué?
—Pase lo que pase, no se lo digas. Incluso si pregunta.
—¿Por qué?
—¡No lo entiendes! Ella no puede saberlo, ¡nunca! Si le dices te expulsaré del proyecto. Tampoco le digas a los de la producción. Estaré de vuelta mañana para el revisor final, así que no habrá problema.
—¿Te estás escuchando? ¡Tu hermana acaba de morir! ¿Acaso no tienes sentimientos? ¿Por qué finges que todo está bien?
—Pase lo que pase… —repitió—, no se lo digas a Kagome.
Dicho esto, subió las escaleras y desapreció en su habitación.
—¡Qué demonios! —gritó Kagura, sin comprender nada.
¿Quién era Sesshomaaru Taisho? ¡Por qué no podía entenderlo?
III
—Es la misma enfermedad, ¿verdad?
Su madre asintió, en medio de un largo sollozo.
—¿Qué pasará ahora?
—No lo sé —respondió la mujer.
Sesshomaru golpeó la mesa.
—¡No es verdad! Lo supiste todo el tiempo y nos lo ocultaste.
—Lo hice para protegerlos, para que llevaran una vida normal.
—¿Y te parece esto normal? —gritó el peliplata, desesperado—. Kanna nunca podrá ser una niña normal…
—¿Y qué quieres que haga? ¡Ya no hay nada que hacer!
—Bien, entonces déjala morir lenta y dolorosamente mientras finges que todo está bien…
—No seas atrevido con tu madre, Sesshomaru.
El peliplata se agarró el cabello con fuerza y suspiró:
—¿Para qué nos tuviste? ¿Para qué traer a dos personas al mundo en estas condiciones?
—Yo no sabía que esto pasaría hasta que tu padre enfermó…
—¡Nos condenas a vivir en un infierno! —explotó el peliplata.
—No digas eso, ni siquiera has desarrollado los síntomas. Puede que…
—Pero lo haré, tarde o temprano enfermaré y viviré una vida de mierda hasta que mi cuerpo no lo resista más.
—Yo estaré ahí entonces, y te cuidaré hasta el último día.
Con una pena más grande que la vida misma, un Sesshomaru de veintitrés años miró el anillo de compromiso en su dedo anular y lloró, porque la promesa que había hecho a esa mujer en el arboreto, no podría cumplirse jamás. No había un futuro para él y Kagome así. No podía condenarla a vivir junto a un hombre que era una bomba de tiempo.
En cualquier momento él…
Habían pasado diez años desde ese día, y el dolor de una promesa rota todavía dolía en el pecho como el primer día. En el auto y con el celular en la mano, le pidió a su madre que no llorara, mientras él mismo se deshacía en lágrimas al pensar que la misma enfermedad que había acabado con la vida de Kanna, comenzaba a hacer estragos en lo poco que quedaba de él.
CONTINUARÁ…
