Capítulo dedicado a MARÍA L. que se tomó el trabajo de contactarme por redes sociales para que esta historia continuara y me recordó que no debemos dejar que la vida adulta nos quite los fanfics.

NECESITO UN ROMANCE

CAPÍTULO 27

EL MISTERIO

Kagome irrumpió en la casa de Sesshomaru a primera hora de esa mañana con una sola misión: sacar todo lo que le pertenecía de la casa de ese hombre. Desde calcetines a discos musicales, una cafetera y una minipimer para hacer mayonesa casera, sabiendo de antemano que la pérdida de esta última le dolería bastante. Por suerte, el hombre no estaba. Según Kagura, el único morador en el lugar, había viajado a una conferencia la noche anterior, pero obviamente era una mentira.

Si conocía a Sesshomaru Taisho como lo conocía, podía apostar su vida a que estaba recluido por voluntad propia en alguna posada en las montañas lamentándose su rechazo. Sintió lástima por él, pero también sabía que era un duelo que él debía vivir para poder estar en paz consigo mismo.

En ese pensamiento, recorrió todas las habitaciones en busca de la última cosa que recordaba haber perdido ahí: su cuaderno de composiciones. El peliplata solía ser muy ordenado, así que seguro la había metido en uno de sus cajones o estantes. Sin embargo, aunque buscó y buscó, no pudo encontrarla.

En su lugar, encontró una caja amarilla que parecía estar oculta y olvidada entre ropa de invierno que jamás utilizaba. La tomó con renuencia, porque sabía que lo que Sesshomaru Taisho había escondido ahí debía ser importante. Él no escondía nada, además de sus verdaderos sentimientos.

En efecto, cuando la abrió, se encontró con ellos de frente: una carta de amor que ella misma le había escrito a los veinte, una fotografía de ellos en la graduación, una carta de despedida que había escrito cuando rompieron por segunda vez… todo estaba ahí. Toda la historia, todos esos sentimientos guardados en lo más profundo de una caja amarilla.

Y abajo… una fotografía de ellos en el crucero. No solo una, sino todas. Imágenes de ellos bailando tango, caminando por los corredores, incluso peleando. Estaban en venta antes de desembarcar, pero a ella no le había dado la gana comprar ninguna. ¿Para qué si… habían roto?

Sesshomaru había sido muy claro: no quería volver con ella porque ya no quería una mujer con su temperamento. ¿Por qué conservar esos recuerdos?

Y para terminar de rematar ese sentimiento de angustia que emergía de la caja, otra caja más pequeña con dos anillos culminó el espectáculo. Eran los anillos de compromiso que se habían dado en la arboleda, cuando él le propuso matrimonio por única vez antes de retractarse.

¿Por qué estaban ahí si los habían tirado a la basura mientras desayunaban en un restaurante barato luego de pasar toda la noche en la carcel por arrojarse todas las verduras del mercado? Recordaba el momento exacto en que los había arrojado, no había forma de recuperarlos… no había forma de que existieran todavía.

Tenía que haber un error. ¿Por qué Sesshomaru Taisho… por qué?

La duda la atormentó todo el día, pero de igual forma tomó el resto de sus cosas y se marchó. Sesshomaru no regresó, así que agradeció el hecho de no verle la cara y ceder a la tentación de preguntarle. Kagome se preguntó entonces si había otras mujeres en su misma situación, y qué hacían esas mujeres para ignorar el misterio. ¿Cómo fingir que no había un misterio entre ellos? Algo, había algo que faltaba en su historia para que tuviera sentido… algo muy importante, tan importante como para que Sesshomaru la rechazara durante más de una década y volviera a ella por impulso, rogando una segunda oportunidad.

No tenía sentido, pero se convenció a si misma de que Sesshomaru no tenía sentido en general y eso era normal en él. Cansada del tema y ansiosa por la llegada de Inuyasha en su primer día como pareja establecida, decidió que la mejor respuesta era… que no había respuesta.

No todos los misterios del mundo deben tener una respuesta… ¿o sí? La ignorancia le hace tan bien a algunas personas… darse por vencida era lo mejor.


El timbre interrumpió su jalea mental, era él, Inuyasha, llegando por primera vez a casa después de un día normal.

—¿Por qué tocas el timbre de tu propia casa, acaso no tienes llaves? —bromeó, mientras se lanzaba a él en un abrazo contagioso.

Inuyasha la cogió y la llevó al sofá:

—Me gusta llegar a una casa iluminada y que me abran desde adentro, significa que ya no está oscura, vacía y solitaria.

—Iluminaré tu casa todos los días, así que tendrás que pagarme tiempo extra —alegó, mientras lo conducía a la habitación para mostrarle lo cambios.

La mitad del closet, la mitad de la cama, y un lugar en el baño para sus champús y cremas corporales. Esos eran, entre otros cambios, los que hicieron a Inuyasha más feliz. Y eso que aún no llevaba la ropa de invierno y su biblioteca de música con una enciclopedia de músicos que cambiaron la historia en orden alfabético.

Ese fin de semana, compraron algunas cosas que faltaban y Kagome se encargó de dar un poco de color a la decoración, porque… aunque la casa de Inuyasha era linda, tenía mucho gris en su opinión. La mañana del domingo, en cambio, la reservaron para una ocasión especial: conocer a la mamá de Inuyasha. Porque Inuyasha sí tenía una madre, una mujer que lo había adoptado algunos años y que, por razones que desconocía, no había podido continuar con la tuición. Sin embargo, ella le había dado tanto respeto, tanto amor… y él estaba muy agradecido.

Esa mañana Inuyasha despertó con temor de que aquella mujercita no lo reconociera, pero Kagome se encargó de darle ánimos, prometiendo que si eso sucedía, le daría el doble de besos y cocinaría cupcakes (aunque le quedaban duros). Él se bajó del auto, temeroso de su respuesta, y Kagome lo observó desde el asiento del copiloto, compartiendo su nostalgia.

Qué no habría dado ella por reencontrarse con su madre…

La mujer pareció reconocerlo a la brevedad y lo acogió en sus brazos, mientras lloraba de alegría. Era el pequeño Inuyasha que volvia para decirle que, a pesar de todo, lo había logrado. Que era un adulto respetable, que se había convertido en alguien y que incluso iba a casarse. Lo notó de inmediado porque ella la observó a través del vidrio con curiosidad e Inuyasha no tuvo más remedio que ir a buscarla y presentarla.

"Una muchacha joven y bonita" sentenció la anciana, y Kagome sonrió porque había pasado la prueba. Inuyasha y la mujer intercambiaron teléfonos y prometieron no perder el contacto. Ella, por su parte, la invitó a la boda y prometió volver a visitarla. Todo salió perfecto, excepto por la parte en que la nostalgia de sus padres invadía su rostro.

—Eres afortunado… —sonrió con tristeza, de regreso a casa.

—Lo soy, pero no sé en qué universo no compartes esta alegría.

—La comparto y soy parte de ella… —respondió—. Es solo que me da un poco de envidia. Es bueno saber que tienes una mamá que te ama, y que sigue entre nosotros.

Inuyasha detuvo el auto en la caletera y se volteó hacia ella.

—Kagome, ¿quieres que vayamos donde tu abuela?

Kagome gritó:

—¿Dónde mi abuela? ¡¿Por qué?!

—Porque también tienes a alguien que te ama, y según recuerdo… siempre está insistiendo en tu matrimonio. Sabes que lo hace por que te quiere bien, ¿verdad?

Kagome asintió.

—Pues… estará muy contenta cuando me vea. Imagínate, de pronto llegas con un hombre apuesto y más joven que tú… eres afortunada.

—¡Qué dices! —se carcajeó la pelinegra—. ¡Estás loco! Ni que fueras la gran cosa…

Él rió.

—¡Lo soy, solo que aún no lo admites!

Entre risas, Kagome prometió visitar a su abuela y contarle sobre el compromiso, ya que no quería matarla de la impresión al llegar con un muchacho tan guapo. Y, cuando ella diera la bendición, Inuyasha podría presentarse en gloria y majestad como el flamante marido dos años más joven que Kagome había encontrado para aliviar su eterna soltería. Su abuela, que era machista y tradicional, estaría encantada.

¿Quién no estaría encantada con Inuyasha? Bueno, era algo cursi, pero todas las mamás seguro deseaban un hombre cursi y meloso para sus hijas. Y él… era un dulce.


En su viaje, Sesshomaru Taisho se convenció de una cosa: "la única persona que no te abandonará jamás eres tú mismo". Incluso Kagome, que había prometido estar ahí, aún sin ser correspondida, se había ido. Hubo un tiempo en que eso parecía estar bien, no estaban juntos, tampoco separados; pero incluso alguien tan tenaz y perseverante como Kagome se había cansado… y lo peor era que no podía culparla.

Vivir junto al ser amado sin poder amar… no le deseaba eso a nadie.

—Kagome vino por sus cosas, se fue a vivir con Inuyasha… —musitó Kagura, casi sin voz—, pensé que querrías saberlo.

—¿Ah sí?

—Sí…

—¿Estabas cocinando?

—Caldo de pollo, para que repongas energía.

—He comido caldo de pollo durante los últimos cinco días… para reponer energías.

Ella rió:

—Es lo que la gente come cuando…

—Lo sé, pero no me apetece. Lo lamento…

—Está… ¿bien?

¿Sesshomaru disculpándose? Algo no estaba bien.

Kagura Touma lo observó subir a su habitación ese día, y aunque lo esperó para revisar el avance del proyecto durante ese día y los dos siguientes, él no bajó de su cuarto.


Kagome no perdió el tiempo, se acercaba septiembre y pronto comenzaría la primavera. Si todo salía como estaba planeado, tal vez alcanzarían a casarse en las semanas pico de su estación favorita. Y, aunque lo pospuso lo más que pudo, finalmente tuvo que visitar a su abuela para contarle sobre el compromiso con un hombre dos años menos y que además había sido su alumno en una clase de música que ni siquiera recordaba… El resto de la historia, la simplificaría para que ella no pensara que se casaba por despecho, porque… ¡por dios, no! El despecho no era para los Higurashis.

Cuando llegó la hora, su abuela la encontró más vieja y arrugada que de costumbre. Antes de saludarla, ya la había criticado por su ropa, su cabello y sus supuestas arrugas.

—sí, sí… estoy tan vieja que cuando nos ven juntas, todos creen que soy una de tus amigas —bromeó Kagome, sin tomarla del todo en serio—. ¿Pero sabes qué? Vine a mostrarte esto.

Le extendió una fotografía.

—¿Y este quién es? ¿Es una versión de Sesshomaru más joven? Dime que no es tu hijo.

—¡Abuela!

—Dime ya quien es —quiso saber ella, anticipándose a la noticia.

—Mi futuro marido, ¡me voy a casar!

—¿Este Sesshomaru pequeño será mi yerno?

—¡Por Dios, abuela! No se parecen tanto, mira la mandíbula… y el cabello. Son diferentes.

—Está bien, solo bromeaba… el cabello es lo único parecido. Y es lo más distintivo de ese estúpido.

—Ya hablamos de eso… no lo llames estúpido.

—¿Por qué no? Has perdido los mejores años de tu vida a su lado, me alegro de que hayas encontrado a alguien que te ame y quiera casarse contigo. Por un momento pensé que te casarías con él… eso sí habría sido una tragedia.

—Tragedia tu atuendo… ¿por qué vistes de negro y tan.. formal?

La abuela revolvió su bebida lentamente, hasta que se animó a hablar.

—Kanna falleció.

—Kanna… ¿qué? ¿Por qué? Estaba bien hace unos meses, Sesshomaru dijo que…

—Sesshomaru nada. Él miente, y gracias a dios pudiste escapar de su red.

—¿Red? ¿Qué está pasando? ¿Por qué?

De pronto, su estómago se revolvió. ¿Por qué Kanna estaba muerta? ¿Por qué Sesshomaru mentía? ¿Mentía sobre Kanna?

—Dime qué pasó.

—Sesshomaru es quien debe decírtelo. A mí no me corresponde, y te recomiendo que no se lo preguntes. Quédate afuera y aléjate de él, como te lo he pedido todos estos años.

Entonces, por primera vez, Kagome entendió por qué su abuela detestaba a Sesshomaru, por qué insistía en que lo dejara, por qué se había alejado al obtener negativas de su parte. Kanna estaba enferma… y Sesshomaru no quería decírselo. Él la había ocultado, la mantenía oculta de todos… en el campo, en un lugar lejano en donde siempre había una complicación para llegar.

—¿Qué tiene Kanna, abuela? ¿Se golpeó la cabeza ese día en la arboleda? Esa fue la última vez que la vi, la extraño… quise visitarla, pero… ¡Sesshomaru ni siquiera me dijo que había muerto!

—No, querida. Kanna tuvo síndrome Steele-Richardson-Olszewsky, al igual que su padre, al igual que Sesshomaru…

—¿Qué…?

—Se desarrollo a temprana edad, vivió diez años con la enfermedad hasta que finalmente nos abandonó. Fue muy agresivo, al final ella…

—No quiero saber.

—Kagome…

—¡Que no me digas! —gritó—. ¡Es Sesshomaru quien debe darme una explicación!

Dicho esto, tomó el auto rentado y se encarriló en la autopista en dirección a la casa de un hombre que le había ocultado que estaba enfermo por alguna razón, ¡una razón que de seguro era tan estúpida como él!

Según Google, el síndrome Steele-Richardson-Olszewsky es una enfermedad rara, degenerativa que involucra el deterioro y la muerte gradual de áreas selectas del cerebro, causando estragos en todas las funciones musculares y neuronales. Es hereditaria, casi todas aquellas personas que tienen PSP han recibido una copia de esa variante de cada padre, lo que hace muy propensos que los hijos de dos padres con genes activos con la enfermedad, compartan la enfermedad.

En medio de la noche, en la carretera, Kagome descubrió todo de pronto… y se sintió incapaz de reclamarle una sola palabra a Sesshomaru Taisho. Lloró, gritó, golpeó el manubrio con su cabeza y volvió a llorar. Lo entendía, lo entendía todo… todo era claro y dolía, dolía tanto.

Miles de recuerdos incomprensibles de pronto se volvían tan claros que podía ver la verdad surgir de ellos.

¿Acabas de decir sacrificio? ¿Tú, la mujer más egoista del mundo, la que solo piensa en sus sentimientos ha dicho que se "sacrificará" para cuidar de un hombre enfermo? —Había dicho él cuando Inuyasha se lastimó el brazo.

Y dolió, porque Sesshomaru creía que ella jamás podría sacrificarse para cuidarlo a él.

¿Quieres casarte conmigo? —Dijo esa tarde en la arboleda, cuando todavía eran jóvenes, antes de que Kanna enfermara—. Nos casaremos y seremos felices, ¿quieres?

Y luego…

Nunca prometí casarme contigo…

¡Pero yo me quiero casar!

Entonces hazlo…

¡¿Con quién si no es contigo?!

Por eso había cambiado de idea…

Kagome Higurashi siempre había querido conocer los verdaderos sentimientos de Sesshomaru Taisho, pero cuando se revelaban ante ella de esa forma tan cruel, deseó… por un momento, volver atrás, porque la ignorancia era tanto mejor que ese dolor, que esa agonía.

¿Quién amaba más? Se preguntó, una vez más, y la respuesta fue diferente esta vez. Sesshomaru amaba más. Amaba tanto, que había renuciado a ella para no arruinarle la vida.

Sabiendo esto de la forma en que lo sabía, entró en casa de sesshomaru y lo observó. Ninguna réplica salió de su boca, solo compasión, cariño y ternura por ese hombre solitario.

—¿Kanna está bien? —preguntó por fin, mientras Sesshomaru servía dos platos, uno para él y otro para Kagura. La muchacha más joven se volvió pequeña ante la mirada de Kagome: profunda, brillante.

Sesshomaru se sentó y bebió una cucharada.

—Sí, ¿por qué?

—Dale mis saludos. Dile que yo también estoy bien… y que lo lamento.

Acto seguido, se fue a su cuarto y cerró la puerta tras de sí.

Volver a verlo y ver al verdadero Sesshomaru, descubierto, sin su coraza construida de silencio y secretos la desarmó.

Después de la cena él tocó la puerta y suavemente se sentó sobre su cama.

—¿Estás bien? —preguntó con dulzura.

—¿Crees que estoy bien?

—¿Por qué preguntas por mi hermana?

—Porque la extrañé… De pronto, solo la extraño —titubeó.

—Bueno, pronto podrás verla…

—¿Cuándo?

—No lo sé, algún día.

Kagome lo odió, lo odió tanto que quiso golpearlo y luego llorar en sus brazos. Pero su celular la volvió a la realidad. Era Inuyasha, no se había dado cuenta de que era más de medianoche.

—¿Viniste a buscar tu guitarra?

—Sí —mintió Kagome—. No sé por qué la dejé en un principio…

—Me gusta cuando tocas la guitarra, tus canciones son más alegres que cuando compones en el piano…

—Sí.

—¿Te llevo a casa?

—¿A casa de Inuyasha?

Sesshomaru guardó silencio, y Kagome asintió.

La casa de Inuyasha era su hogar, no debía olvidarlo.

Ese secreto… Sesshomaru no debía enterarse de que ya lo sabía.

El camino transcurrió en completo silencio, solo un "adiós" de despedida y una sonrisa vaga que no mira hacia atrás. Esa noche, le pidió a Inuyasha que le acariciara el cabello hasta que estuviera dormida, necesitaba tanto eso, tenía miedo.

—¿Me cuentas de nuevo la historia del árbol… y de cómo descubriste lo que era el amor?

Inuyasha la abrazó:

—Cuando era niño… vivía en un orfanato. Afuera, había un gran abeto, verde verde verde, y entonces, un verano, la sequía golpeó con fuerza la región. Cada día yo…

Al día siguiente, fue imposible levantarse a trabajar. Le pesaba el cuerpo, le dolía la cabeza. Inuyasha le dio una aspirina, pero no se pasó el malestar. El desayuno estuvo bien, pero no ayudó con el vacío en el estómago.

—¿Le caí mal a tu abuela? —preguntó, asustado—. Estás muy pensativa desde tu viaje.

—No, ella te amó. Y mientras más te conozca, más te amará.

Él sonrió:

—Lo sabía —suspiró—. ¿Entonces qué?

—La hermana de Sesshomaru falleció.

Inuyasha dejó de comer, no hizo falta decir nada.

Kagome se incorporó, mientras una lágrima se deslizaba por su rostro. Entonces dijo parte de la verdad, la verdad que Inuyasha quería escuchar:

—Esta cicatriz, la de la mano… fue por Kanna, la hermana de Sesshomaru —comenzó a hilar cada palabra—. Estábamos en el arboleto en una cita, pero debíamos recoger a Kanna en la cafetería. Cuando íbamos llegando, vimos un tumulto en la puerta de la cafetería, era ella… que había sufrido algo así como una convulsión. Se la llevaron en la ambulancia y entre el gentío, me caí y me lastimé la mano. No pude decirle a nadie, porque lo de Kanna era mucho más grave que una pequeña herida en la palma de la mano… La última vez que la vi me quedé tranquila porque el mal de Parkinson fue descartado, ella volvió al campo a vivir una vida con menos estrés y yo me quedé en la ciudad preparándome para aplicar a la universidad.

Luego de una pausa, continuó:

—Nunca más volví a verla, yo pensaba que ella estaba feliz entre la naturaleza, los animales, pero ayer me enteré de que falleció…

—Entiendo… —respondió Inuyasha—. ¿Quieres que me quede contigo?

—No —se limpió las lágrimas—. Debes ir a la cafetería, eres el jefe.

—Si quieres voy a abrir y luego regreso.

—Por favor no lo hagas —sonrió Kagome—. Esta pena es normal, pasará.

—¿Él está… bien?

—Tan bien como puede estar una persona con la misma enfermedad…

Inuyasha guardó silencio.

—No sabía que estaba enfermo… —mencionó—, nunca me lo dijiste.

—Porque no lo sabía…

Más silencio. Kagome lo miró a los ojos y sintió que debía decirle lo que estaba pensando, aquello en lo que no podía dejar de pensar:

—Él no terminó conmigo porque no me amara… —dijo simplemente, mientras bebía su café—. Terminó conmigo para evitarme este dolor.

Inuyasha no estaba convencido de irse luego de las palabras de Kagome, pero finalmente accedió. Prometió volver a la hora de almuerzo con comida tailandesa, pero ella no estaba cuando llegó. La esperó, pero ella apagó su teléfono. Frustrado y con temor, preparó la comida y dejó una nota en el refrigerador.

Kagome aprovechó el día para visitar el cementerio y disculparse con Kanna por haber creído en Sesshomaru y no visitarla durante diez años. Sango y Rin se tomaron su hora de almuerzo para acompañarla.

Rin la animó a volver con Sesshomaru y comenzar de cero, pero Sango la golpeó con el codo.

—No puedo… jamás le di el amor desinteresado que él necesitaba. ¿Por qué lo querría ahora?

Sin embargo, y a pesar de sus palabras, cuando volvió a casa no pudo más que sacar la maleta de closet y empacar. Empacar su nueva vida, empacar su amor por Inuyasha, empacar sus sueños de matrimonio y demostrarle a Sesshomaru que ella sí era capaz de sacrificarse por alguien y preocuparse por alguien más que de ella misma.

Porque su amor todavía estaba ahí, era como un fuego pequeño a punto de extinguirse, pero todavía había esperanza.

Cuando Inuyasha llegó a casa por la noche, una atmósfera extraña invadía el apartamento. Pero eso no fue lo más perturbador de esa noche, sino las dos maletas grandes que esperaban en la entrada.

—Vine a almorzar, pero no estabas…

—Fui al cementerio con mis amigas.

—Ah…

—Inuyasha… —musitó—. Siéntate, porque voy a hablar contigo.

Él obedeció sin decir una palabra. Ella prosiguió:

—Desde este momento… —lo miró a los ojos—, voy a lastimar tu corazón.

—No importa lo que digas, entenderé que quieres protegerme.

—Voy a volver con Sesshomaru.

Él soltó su mano.

—Puedes quedarte en tu casa, te esperaré. Cuando nos casemos podemos cambiarnos a una casa más grande.

—No volveré, voy a comenzar con él desde cero.

—¿Estás segura? ¿Es por su enfermedad?

—No, es porque ahora veo sus sentimientos, y quiero ser testigo de ellos. No quiero perderme mi vida estando lejos.

—No estarás lejos, estarás viviendo una vida conmigo.

—Ya tomé una decisión… y si te es más fácil, puedes odiarme. Odiame todo lo que quieras y al final déjame ir.

Él se incorporó y lo pensó un momento:

—Dame un día, solo un día y te haré cambiar de opinión. Podremos con esto… Sesshomaru puede ser parte de nuestra familia, él siempre será importante para ti…

Pero no, no existe un universo en donde todos son felices y nadie sufre. Inuyasha era la víctima y no podía ser de otra forma. Por eso, y aunque prometió 24 horas, acarició su mano en la penumbra de la noche y se marchó, porque el árbol a quien ella llevaba cubetas y cubetas de agua, era Sesshomaru Taisho.

CONTINUARÁ…