Disclaimer: Recuerden que esta historia está basada en un k-drama llamado "I need Romance 2012", pero esta es una transcripción nada fiel, y cuando se den cuenta, estarán muy enojados por no ser fiel a la original. Si alguien quiere verla, escríbanme a claudia punto gazziero, correo de gmail. Los personajes de Inuyasha tampoco me pertenecen, aunque hay tanto OOC que tal parece que solo usé los nombres. Tal vez Kagome sea la más fiel a su personalidad original.
Luego de muchos años, dejo el capítulo final. Lo escribí varias veces, pero pasaba el tiempo, no lo terminaba y lo perdía entre los archivos del trabajo. Ya tengo casi 30 años, la vida avanza y nunca tengo tiempo de escribir. Quería terminarlo porque he recibido reviews y me parece injusto que esta historia no tenga un final. Sé que ha sido una historia dolorosa, tediosa, que da rabia e impotencia. Refleja todo lo que está mal en las relaciones de pareja, por eso me gusta, y tengo confianza en que les gustará el final.
Gracias totales por acompañarme todos estos años. Ha sido un honor escribir para uds.
NECESITO UN ROMANCE
CAPÍTULO 30: MITADES
I
Pesadillas, no las tenía desde la infancia. Había dormido pocas horas, pero sentía que había soñado durante horas. La soledad, la hermana de Sesshomaru, ella misma lanzándose a la piscina en el crucero y sin poder respirar. Cuando despertó, su frente y su ropa estaban sudadas. El sol se asomaba apenas por la ventana, con una inusual calidez para estar comenzando el otoño. Ya se había acostumbrado a las noches frías, a la lluvia tímida que caía y no caía, a las hojas estrellándose contra la ventana.
Judy estaba en los pies de su cama, lo cual era extraño. Porque Sesshomaru siempre la regañaba por meter a los perros adentro. Odiaba los pelos dorados flotando en el aire y brillando a contraluz. Cuando Judy dormía adentro, significaba que algo estaba mal. Que ella estaba. Mal, y que el peliplata había hecho una concesión con su mascota para curar su corazón.
—¿Cómo estás, pequeña? —susurró, estirando la mano hacia debajo y acariciando sus orejitas—, ¿estuviste aquí toda la noche?
Judy apenas abrió los ojos, dormía. No debían ser más de las siete, no había demasiada luz, el invierno estaba cerca, alargando las noches y acortando los días. Con un bostezo, volvió a taparse con el edredón, pero un ruido abajo despertó su curiosidad. Según sus cálculos, era domingo, y Sesshomaru estaba de vacaciones. No tenía sentido.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó al entrar en la cocina, con pijama y el pelo hecho una maraña de pesadillas nocturnas sin resolver.
—Sandwiches, nos vamos de viaje —respondió él, como si nada.
Kagome, que todavía tenía medio cerebro medio dormido, preguntó de inmediato si ella también estaba incluida en esos planes. Había actuado tan erráticamente durante los días anteriores que no le habría sorprendido mucho que Sesshomaru organizara otro de sus viajes, aquellos en los que solía desaparecer sin dar ninguna explicación, por más que ella insistiera.
Pero él respondió. Que sí, que ella estaba incluida. Y Kagome sonrió, por un momento, feliz, porque esta vez no había tenido que rogar. Él la estaba incluyendo, sin presionar, sin insistir, eso tenía que ser bueno.
¿Y si el secreto para llegar a él siempre había sido ese: dejar de presionar?
—Oh, por dios, que me maten si ésta era la forma… —masculló para sí misma.
—¿Qué dices?
—¡Nada! ¿A dónde vamos? ¿Qué debería llevar? – Quiso saber. Si le daban a elegir, prefería playa.
-A la playa.
-Genial, ¡yei!
Sesshomaru la observó marcharse a su habitación y se sintió mejor. Un día de playa siempre mejoraba el humor de Kagome, aunque dudaba que surtiera el mismo efecto si el mal tiempo los acompañaba.
El camino fue estupendo, Kagome llevó una colección de CDs antiguos con mezclas que habían hecho a lo largo de los años para escuchar durante las vacaciones. Como no tenían nombre, cada uno era una sorpresa y una ventana al año y el momento de la vida en que los habían grabado. Había de todo, hasta uno con unas canciones de Kagome que nunca vieron la luz porque eran realmente malas.
-No estaba inspirada ese día, detesto componer bajo presión. La música no debería ser una obligación.
-Igual salió bien, la serie salió bien.
Efectivamente, la serie que había encargado el opening a Kagome había sido un éxito en el canal estatal, y el coro formaba parte del imaginario popular. Claro que lo que escuchaban en ese momento, camino a la playa, era una versión inmadura de la pieza, diez versiones antes de la pista definitiva, que sí había sido buena.
—Pudo haber sido mejor —rio Kagome—, pero estaba agotada ese año.
—Creo que fue un gran año, ambos ganamos premios.
—Por eso, los premios son agotadores. No basta ganarlos, hay que ir a que te los den —comentó, fastidiada—, hay que usar un vestido, decir algo coherente, lucir despampanante…
—Siempre luces despampanante…
Kagome se volteó a verlo sospechosamente: —¿Estás jugando conmigo, cierto? Adjetivos como "despampanante" no están en tu vocabulario.
—No lo sé, la palabra despampanante es despampanante, pero realmente lucías bien ese día. ¿Te acuerdas que después fuimos a un restaurante de mala muerte y te tomaste toda la cerveza?
Kagome volvió a acomodarse en su lugar, más relajada.
—Sí, recuerdo la sensación al día siguiente. Pensé que la cerveza no daba resaca…
—No da resaca en cantidades normales…
—Dile eso a una chica deprimida.
Silencio.
Kagome había estado deprimida aquel año, especialmente durante ese evento, porque Sesshomaru estaba, supuestamente, saliendo con otra mujer a escondidas, y ella pensaba que él quería romper el compromiso por esa razón. Al día siguiente, se pelearon en el mercado y se lanzaron frutas, terminaron en prisión toda la noche y pagando una fianza ridículamente alta. Los antecedentes penales de Kagome estaba sucios, por una tonta guerra de frutas y verduras en la feria.
Finalmente, las cosas se aclararon. No había otra mujer, pero tampoco hubo compromiso. Kagome y Sesshomaru terminaron por quinta vez y no volvieron a estar juntos en tres años, cuando volvieron a dormir juntos después de ver un partido de fútbol de su equipo favorito. Esa sexta vez había empezado en un affair sin sentimientos de por medio, pero había terminado con ella yéndose de casa para comenzar una nueva vida con Inuyasha.
Inuyasha, todo le recordaba a él. Una mezcla en un CD, sus antecedentes penales, que nada tenían que ver con él, su canción más famosa que por alguna razón había comenzado siendo pésima...
—¿Quieres detenerte ahí?
—¿Qué? —preguntó Kagome, todavía ensimismada.
—Si quieres que paremos ahí —señaló un puesto en plena carretera, con verduras frescas procedentes de los campos aledaños—. Te encanta la sandía.
—La sandía… sí —sonrió—. Vamos.
Rosada, fresca y dulce, la sandía era la mejor fruta de todas. Aunque esa sandía al final del verano no tenía mucho sabor, de todas formas la disfrutó. No podía creer lo rápido que pasaba el tiempo. ¿Cuánto había estado con Inuyasha? ¿Una semana, un mes? ¿Cuánto tiempo se necesitaba para pertenecer a un lugar? ¿Pertenecía a Inuyasha? ¿O pertenecía a Sesshomaru?
Pertenecía a sí misma, y a sus decisiones, y había decidido estar con Sesshomaru, acompañarlo, quererlo, ser la mujer que él necesitaba. Él era tan dulce cuando no lo presionaban, hacía cosas en silencio para alegrarla, como organizar un viaje a la playa, preparar ramén, meter a Judy a la habitación para que custodie su sueño.
Amaba a ese hombre, amaba a Sesshomaru tanto tanto que no imaginaba su vida sin él. Pero también amaba a Inuyasha. Los amaba a ambos, ¿era eso posible? ¿Es posible amar a dos personas a la vez sin morir en el intento? Y sin ser infiel, claro. Aunque, en teoría, no tenía una relación con Sesshomaru, tampoco tenía intenciones de lastimarlo más, así que la doble vida estaba descartada.
Inuyasha tendría que quedar en el pasado.
Inuyasha.
Sesshomaru.
Inuyasha.
—¿En qué piensas? —preguntó Sesshomaru, también pensativo, mirando a la carretera. Llevaba una camisa blanca y el cabello suelto. Se veía tan guapo de perfil, los años comenzaban a notarse alrededor de sus ojos. Se acercaban a pasos agigantados a los cuarenta, probablemente esas arrugas pequeñas también comenzaban a formarse en su propio rostro.
—En tus arrugas, me gustan. Vas a ser un viejo apuesto, y malhumorado. Tienes marcado el ceño fruncido.
Él rio en silencio: —A ti no se te nota la edad, tienes la cara hermosa, mientras que yo envejezco rápido…
—Solo somos diferentes, eso es todo. Comenzará a notárseme pronto. Seré muy atractiva, tendré el cabello blanco, no usaré tintes.
—Estoy seguro de que te verás bien como sea.
—Puedes apostar…
El resto del trayecto fue similar, recordando viejos tiempos, planificando el futuro. No hubo mención al matrimonio, ni a la relación, ni a ellos como pareja. Solo una vida juntos, siendo parte el uno del otro, pero sin nombre. Estacionaron en el borde costero frente a un mirador con una banca, pero no se sentaron a mirar abrazados como dos enamorados. Caminaron por el borde de un camino de rocas al costado de la avenida principal durante largo rato, conversando de todo, y de nada al mismo tiempo. Había poca gente, de vez en cuando se cruzaban con un ciclista o con alguien haciendo running.
—¡Qué suerte vivir en la playa! —Estiró los brazos la chica—. Si viviéramos aquí saldría a correr todos los días… deberíamos considerarlo.
—Kagome… —se detuvo Sesshomaru—, y la muchacha supo de inmediato que algo no estaba bien. Lo había percibido en el camino, varias veces, en sus silencios… algo sucedía.
—¿Qué pasa, te quieres ir?
Él la tomó de la mano y la invitó a sentarse en el borde de rocas apiladas. Ella lo siguió con la mirada y con toda su humanidad, se acurrucó a su lado y lo miró desde su pequeña altura. Esta vez, él no estaba erguido, como siempre cuando discutían, estaba casi a su altura, mirándola y aguardando con humildad el momento indicado para decir algo, y ese momento había llegado:
—Se por qué volviste… —dijo por fin.
—Volví porque volviste a gustarme —se apresuró a decir la chica.
Él negó con la cabeza.
—Volviste porque te enteraste de la muerte de mi hermana… —su voz casi se quebró, la sola mención de ella lo derrotaba—, volviste porque sabes que estoy enfermo.
—¿Qué…? —Kagome no supo qué responder, iba a dar explicaciones, pero él se adelantó.
Sesshomaru sonrió, con tanto amor que Kagome calló de inmediato.
—Te lo agradezco mucho. Si no hubieras vuelto, hubiera muerto de dolor. Yo… de verdad te amo mucho. Siempre te he amado, pero no quería casarme contigo y hacerte infeliz.
—No me haces infeliz, soy feliz cuando estoy contigo.
—No, Kagome —acarició su mano—. Tú estabas bien, siempre tuviste razón… yo me equivoqué. Tenía tanto miedo de que resultaras herida que te lastimé con mi distancia. Perdí mucho tiempo alejándote, cuando pudimos ser felices.
—Estuvimos juntos de todas formas, seguimos estando juntos. El tiempo que estés conmigo es suficiente, esta vez no te pediré nada.
—Ese es el problema… tú no me tienes que pedir nada. Yo fallé, al no darte lo que necesitabas, y el algún momento del camino, te perdí.
El corazón de Kagome latió fuerte, con miedo. Por primera vez, sintió que perdía a Sesshomaru para siempre, para siempre, para siempre esta vez.
—No me perdiste, te amo. Voy a estar aquí —sollozó—, no digas eso.
—Tranquila —la abrazó—, no llores. Está bien, es mi culpa. Te perdí porque tenía miedo, fui un tonto y pensé que ibas a estar siempre conmigo, pero ahora no puedo permitirlo.
—¿Qué, por qué?
Sesshomaru acarició su cabello negro: —Porque ya no me amas.
—Sí te amo.
—Pero no como antes.
Kagome se separó de él al instante.
—¿Es por Inuyasha? Ya lo dejé, no volveré con él.
—No, es más que eso.
—Mientes, es por Inuyasha, crees que lo amo y quieres dejarme para que vaya con él.
—No, Kagome… —Sesshomaru se llevó la mano a la cabeza, complicado—, es por mí. No mereces un amor mediocre. Yo no he hecho más que lastimarte todos estos años, y te pido perdón por eso.
—Y te perdono… Te perdoné en el momento en que volví a ti.
—Pero ya era tarde, Kagome… —Tragó saliva—, el cuerpo comienza a pesarme, me duele cada músculo de mi cuerpo. No solo voy a envejecer antes, también quedaré incapacitado y eventualmente moriré. El tiempo que tuvimos juntos, ya lo desperdicié, y no puedo pedirte que desperdicies más tiempo conmigo… tienes que hacer tu vida: casarte, tal vez tener hijos, tal vez cambiar de trabajo o irte a componer a Broadway. Tu talento se desperdicia aquí, conmigo.
—Yo decido eso.
—¿Qué?
—Que yo decido eso —se levantó, enojada—. Yo decido con quien desperdiciar mi tiempo y mi vida. No puedes decidirlo por mí.
—Kagome.
—Yo —levantó la voz—, decido qué hacer. Si decido dejarte, te dejo, y si decido volver por ti y amarte, es cosa mía. Debes dejar de intervenir.
—Lo sé, solo te daré la mano esta vez. Porque sé que no desistirás. Dijiste esa vez, en el crucero, que llegarías hasta el final conmigo, no importa adónde te llevara…
La chica recordó ese momento, y dolió.
—Este es el final. El día llegó.
Kagome miró el auto, a lo lejos. El atardecer, la playa, los recuerdos en el camino: era una despedida. Sesshomaru la estaba dejando, otra vez.
—Llevas maletas en la cajuela, ¿verdad?
Sesshomaru asintió, cabizbajo.
—Bien.
No sabía qué pensar, pero su cerebro y sus sentimientos corrían a mil por hora, con miedo, ansiedad, tristeza, rabia, incluso alegría. Sesshomaru la dejaba y ella estaba alegre, ¿y esa necesidad de correr era tristeza o temor? Estaba tan enfadada, ¿qué demonios sucedía con ella? No lo sabía, pero si estaba segura de algo, era de que Sesshomaru no decidiría el final de esa historia, no cuando había dejado a Inuyasha por estar con él, no cuando había pasado por tanto para ver sus verdaderos sentimientos. Las lágrimas se desparramaron por sus mejillas: Sesshomaru estaba enfermo, él la amaba, ella lo amaba, iba a morir, ¡tal vez ya estaba muy enfermo y lo escondía!
Alcanzó el auto y Sesshomaru la alcanzó a ella. Tomó su mano antes de que abriera la puerta del copiloto.
—¿Qué haces? No...
—No me digas "no", Sesshomaru —lo encaró desde su metro sesenta. Sesshomaru pareció encogerse—. Yo sé si te amo, y decido si estoy contigo, con Inuyasha o con alguien más. La pregunta es, si tú decides estar conmigo.
Lo miró a los ojos.
—¿Te quedas conmigo?
Él calló.
—No puedo hacerte esto…
Kagome soltó su agarre, abrió la puerta del auto y sacó su mochila.
—Tomaste tu decisión, y yo la mía. No olvides que fui yo quien te dejó partir.
Dicho esto, arrojó las llaves a sus pies y se largó caminando por el mismo camino costero, con las manos en los tirantes de su bolsa y tragándose el llanto.
II
Cuando iban hacia la playa, a Kagome no le pareció demasiado largo el viaje, aunque tardaron varias horas en llegar. Como hicieron varias paradas, no alcanzó a darse cuenta de que estaba a cientos de kilómetros de su casa, una distancia que le parecía larga, durante las mañanas, y corta durante las tardes. Y es que, por más que retrasaba su llegada a casa, la ciudad se acercaba a cada paso. ¿Era posible retrasarlo más?
Tres días caminando por la caletera y aún no aclaraba ni uno solo de sus sentimientos. Los pies le ardían, el estómago crujía. Había pocos negocios de comida, o estaban a gran distancia uno del otro, el agua apenas le alcanzaba para llegar al siguiente. Las suelas de sus zapatos se habían gastado tanto que dudaba si resistirían. ¿Y si no volvía? ¿Para qué iba a casa, después de todo? ¿Y si volvía, y Sesshomaru no estaba ahí? O peor aún, ¿y si volvía, y él todavía estaba ahí? Y si era ella quien debía abandonar la casa, en primera instancia. No, porque era la casa de su familia, Sesshomaru y su familia eran los extraños.
Cuando tenía cinco años, una familia se mudó al ala izquierda de su casa. Sus padres recibían a una amiga de ka infancia cuyo esposo acababa de morir. Tenía dos hijos, el mayor era un muchacho de su edad y, aunque al principio se llevaron mal, terminaron siendo novios a los dieciocho. Al poco tiempo, la hermana de Sesshomaru enfermó y su madre decidió volver al campo para darle un tratamiento holístico. El muchacho, que estaba en la universidad, se quedó.
Antes de morir su madre de cáncer, encargó una remodelación de la sala, y dividió la casa en dos, dejando una parte para Kagome y otra para Sesshomaru. Así, ella nunca estaría sola. Esa fue la herencia de su madre, un compañero en el ala este para nunca jamás sentirse sola. Pero, a pesar de ello, se había sentido sola durante mucho tiempo. Sesshomaru estaba a una puerta corredera de distancia, pero a la vez, estaba lejos. Tal vez su madre se había equivocado, y perseguir a Sesshomaru era un capricho para demostrar que ella estaba en lo correcto.
Kagome no solo había heredó la mitad de una casa, también heredó la mitad de un hombre. El peliplata no había estado para ella en un cien por ciento, y ella no estaba ahora al cien por ciento con él. Con Inuyasha en el pecho, en el cuerpo, o sin él, Kagome estaba a la mitad. No solo era una mujer sin un hombre, sino una mujer que se había perdido a sí misma. Perder a Inuyasha y perder a Sesshomaru era lo mismo, a fin de cuentas.
¿Quién era Kagome detrás de esa soledad y esa necesidad pusilánime de tener a alguien?
Con la ropa sucia, el cabello enmarañado y los pies hinchados, llegó al café de Inuyasha una noche de noviembre. Las personas ya se habían marchado y solo quedaba él haciendo la limpieza, lograba verlo a través de las vitrinas. También estaba su planta, la que habían escogido juntos, y la bicicleta ahora adornaba una de las paredes de ladrillo. Como si la esperara, él levantó la cabeza y miró justo en su dirección, descubriéndola. Y, aunque se ocultó de inmediato, de todas formas la notó.
Fueron los segundos más largos de su vida. Él venía, Inuyasha venía y ella todavía no tenía una respuesta. Él salió ansioso y ella se arrojó a sus brazos.
—Vine porque te extrañé —musitó, débilmente—, necesitaba verte.
—También te extraño —dijo él, separándose para poder ver su rostro.
Kagome lo observó. Era tan dulce, tan hermoso y amable. Podía perderse en él tan fácilmente que corría el riesgo de nunca más volver a encontrarse. No podía volver a permitírselo.
—Te extraño —sonrió con tristeza—, te extraño todo el tiempo y es realmente difícil estar lejos de ti.
—Entonces no lo estés, quédate conmigo.
Kagome retrocedió un paso, fue sutil, pero Inuyasha lo notó. Le había tomado cinco días caminando llegar hasta ahí, a sus brazos, y… en el momento de la verdad, dudó.
Kagome dudó.
—Te extraño —repitió—, pero debo aprender a vivir así.
—Kagome…
—Inuyasha —sonrió amargamente—, yo te lastimo, igual que él me lastima a mí. No quiero.
El semblante del chico se escureció, pero de todas formas, Inuyasha esbozó una pequeña sonrisa.
—Okay, ¿estarás bien?
—Sí, solo vine porque te extrañé.
—También te extraño…
Kagome tomó sus manos y las besó. Sintió el calor de su piel por última vez y supo que hacía bien, porque Inuyasha era el mundo perfecto para ocultarse.
Y Kagome Higurashi era una mujer maravillosa que solo necesitaba tiempo para descubrirse.
Cuando llegó a casa, sonrió al notar que Sesshomaru se había mudado, llevándose con él todo lo que alguna vez le perteneció.
FIN
09.06.2020
03:35
