Aclaración: Brawl Stars no me pertenece, es de su creador "Supercell". Solo me encargo de crear la historia de mi fanfic sin lucros de su magistral juego.
Capítulo 01: "Emociones con sabor dulce y amargo"
Era un día soleado en el pueblo de Starr Park, y la tienda de dulces de Mandy estaba en pleno apogeo. El aroma a caramelo derretido y chocolate recién hecho flotaba en el aire, mientras los clientes entraban y salían con sus bolsas llenas de golosinas. Mandy, con su característico uniforme de reina del azúcar y su actitud regia, estaba detrás del mostrador, supervisando todo con una mezcla de orgullo y fastidio. A su lado, como siempre, estaba Chester, el bromista incorregible, que no podía resistirse a sacarla de quicio.
—¡Mandy, deberías probar este nuevo chicle explosivo que inventé! —dijo Chester con una sonrisa traviesa, sosteniendo una bola de chicle de color neón que chispeaba sospechosamente—. ¡Es perfecto para una reina como tú, hará que tu corona brille aún más!
Mandy lo fulminó con la mirada, cruzándose de brazos.
—¿Otra de tus idioteces, Chester? La última vez que probé uno de tus "inventos", terminé con caramelo pegado en el pelo durante una semana. ¡No pienso caer de nuevo!
—¡Oh, vamos, Su Majestad! —respondió Chester, exagerando una reverencia—. Solo intento darle un poco de emoción a tu reinado. ¡No seas aburrida!
Ese fue el detonante. Mandy agarró un bastón de caramelo gigante del mostrador y lo blandió como si fuera una espada, mientras Chester esquivaba entre risas, lanzándole gomitas en respuesta. Las golosinas volaban por los aires, algunas rebotando contra las vitrinas y otras cayendo al suelo en un caos dulce y pegajoso.
Los clientes se apartaban, algunos riendo, otros murmurando sobre "esos dos de nuevo".
En medio del desastre, Berry, el tranquilo y paciente asistente de Mandy, suspiró profundamente. Con su delantal impecable y una escoba en la mano, empezó a recoger los restos de la batalla sin decir una palabra. Era un ritual casi diario: Mandy y Chester peleando como niños, y él restaurando el orden con la calma de quien ya está acostumbrado al caos.
Mientras barría un montón de gomitas aplastadas, murmuró para sí mismo:
—Algún día estos dos van a derribar la tienda entera…
Justo cuando Mandy estaba a punto de lanzarle a Chester un puñado de malvaviscos, la campanilla de la puerta sonó con un tintineo suave. El ambiente pareció detenerse por un instante. Allí, en el umbral, permaneció Draco, el caballero rockero de armadura brillante y guitarra al hombro. Su cabello despeinado caía sobre sus ojos, y una sonrisa confiada iluminaba su rostro. Con un movimiento teatral, se inclinó ligeramente y dijo en voz alta:
—¡Saludos, Su Alteza! ¿Interrumpo algo importante en tu corte, reina Mandy?
Mandy se congeló, el puñado de malvaviscos todavía en su mano, y sus mejillas se tiñeron de un leve rubor que intentó disimular con un carraspeo. Chester, por su parte, soltó una carcajada y se apoyó en el mostrador, claramente divertido.
—¿Su Alteza? —se burló Chester—. ¡Oh, por favor, Draco, no le des más ideas! Ya se cree la reina de todo esto.
Draco ignoró el comentario y caminó hacia el mostrador con paso firme, sus botas resonando contra el suelo de madera. Sus ojos estaban fijos en Mandy, y había algo en su mirada (una mezcla de admiración y picardía) que hizo que el corazón de Mandy latiera un poco más rápido, aunque jamás lo admitiría.
—Vine a verte, Mandy —dijo Draco, apoyando un codo en el mostrador y mirándola con esa intensidad que solo un caballero medieval con alma de músico podía tener—. Escuché que hoy tenías un nuevo lote de caramelos de dragón. Pensé que tal vez podrías compartir uno con un humilde caballero como yo.
Mandy alzó una ceja, recuperando su compostura.
—Los caramelos de dragón no son para cualquiera, Draco. Solo los verdaderos valientes pueden soportar su fuego. ¿Crees que estás a la altura?
Draco rió, un sonido grave y cálido que llenó la tienda.
—Soy un caballero que ha enfrentado bestias y tocado baladas en los campos de batalla. Creo que un poco de fuego dulce no me hará retroceder.
Por un momento, se miraron en silencio, el aire entre ellos cargado de una tensión que ninguno de los dos nombraría.
Chester, incapaz de quedarse callado, intervino:
—¿Van a seguir coqueteando o alguien va a darme un caramelo a mí también?
Mandy le lanzó un malvavisco directo a la cara, haciéndolo reír aún más, mientras Draco negaba con la cabeza, divertido. Berry, desde el fondo, seguía barriendo, pero una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro al ver la escena.
—Está bien, caballero —dijo Mandy finalmente, sacando una caja dorada de debajo del mostrador. Abrió la tapa, revelando caramelos rojos brillantes que parecían arder con un resplandor interno—. Pero si te quemas la lengua, no vengas llorando a mi reino.
Draco tomó uno con dedos seguros y lo sostuvo en alto, como si fuera una joya.
—Por ti, Su Alteza, cualquier riesgo vale la pena —dijo, guiñándole un ojo antes de meterse el caramelo en la boca.
El resto de la tarde transcurrió entre risas y pequeñas provocaciones. Mandy y Draco charlaron mientras ella le mostraba sus creaciones más recientes, desde chocolates con chispas hasta piruletas que cambiaban de color. Chester intentó interrumpir con sus bromas, pero incluso él notó que algo especial estaba floreciendo entre la reina de los dulces y el caballero rockero. Berry, como siempre, mantuvo la tienda en pie, pero no pudo evitar pensar que, tal vez, este era el comienzo de una historia digna de contarse.
Y así, entre caramelos y acordes imaginarios de guitarra, Mandy y Draco encontraron una conexión que ninguno esperaba. Quizás no era un cuento de hadas clásico, pero en el mundo caótico y dulce de Starr Park, era perfecto para ellos.
La tarde en la tienda de Mandy avanzaba con un ritmo tranquilo después del caos inicial. Draco seguía apoyado en el mostrador, mordisqueando el caramelo de dragón mientras charlaba con Mandy. Entre risas y comentarios sarcásticos, la conversación fluía con naturalidad. Mandy le explicaba cómo había perfeccionado la receta del caramelo, añadiendo un toque de chile para ese "fuego" que tanto presumía, mientras Draco la escuchaba con atención, asintiendo y lanzándole cumplidos que hacían que ella desviara la mirada, fingiendo indiferencia.
—Realmente tienes un don, Mandy —dijo Draco, girando el caramelo entre sus dedos—. Esto no es solo comida, es arte. Deberías venir a uno de nuestros conciertos algún día, te dedicaríamos una canción.
Mandy sonrió, aunque su corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Una canción para la reina de los dulces? Suena tentador, pero no sé si tu público está listo para mi grandeza.
Draco rió, y por un momento, sus ojos se encontraron de nuevo, cargados de esa chispa que Mandy intentaba ignorar. Ella sabía que Draco estaba enamorado de Lumi, su compañera de banda y baterista. No era un secreto entre ellos; lo había visto en la forma en que él hablaba de ella, en cómo sus ojos brillaban al mencionar sus ensayos o las batallas en las que luchaban juntos. Mandy lo aceptaba en silencio, guardando sus propios sentimientos bajo una fachada de orgullo y sarcasmo. No era de las que se confesaban fácilmente, y mucho menos cuando sabía que el corazón de Draco ya tenía un dueño.
El tintineo de la campanilla interrumpió el momento. La puerta se abrió de golpe, y allí estaba Lumi, con su energía vibrante llenando el espacio al instante. Su cabello corto y despeinado estaba adornado con pequeñas cadenas, y sus manguales (esas armas medievales que usaba tanto para pelear como para tocar la batería) colgaban de su cinturón, chocando entre sí con un sonido metálico. Vestía una chaqueta de cuero gastada, y su postura era la de alguien que siempre estaba lista para la acción. Sin embargo, al cruzar el umbral y notar las miradas sobre ella, su expresión cambió. Sus hombros se encorvaron ligeramente, y un rubor tímido tiñó sus mejillas.
—Eh… hola —murmuró Lumi, jugueteando con una de las cadenas de su mangual—. Draco, te estaba buscando. Tenemos que ensayar para el concierto de mañana.
Draco se enderezó de inmediato, su rostro iluminándose con una sonrisa que hizo que el pecho de Mandy se apretara un poco más de lo que quería admitir.
—¡Lumi! Justo estaba probando algo increíble aquí. Mira, Mandy hizo estos caramelos de dragón. Deberías probar uno.
Lumi se acercó con pasos cautelosos, echando un vistazo rápido a Mandy y luego al caramelo que Draco le ofrecía.
—Oh, um… gracias —dijo, tomándolo con dedos temblorosos. Su voz era suave, casi un susurro, tan distinta de la fuerza apasionada que desataba cuando tocaba la batería o entraba en batalla.
Mandy la observó en silencio, notando cómo Lumi parecía otra persona fuera del escenario: tímida, reservada, casi frágil.
—Espero que te guste —dijo Mandy, manteniendo su tono neutro aunque por dentro sentía una punzada de envidia. No por Lumi en sí, sino por lo que representaba para Draco.
Lumi asintió y se metió el caramelo en la boca, sus ojos abriéndose un poco al sentir el picor.
—¡Wow, esto sí que tiene fuego! —dijo, y por un instante, su timidez se desvaneció, reemplazada por un destello de entusiasmo—. Me recuerda a cuando tocamos "Furia del Dragón" la semana pasada.
Draco rió, claramente encantado.
—¡Esa fue una gran noche! Deberías haber visto a Lumi con sus manguales, Mandy. Los usa como baquetas y hace temblar el escenario. Es una bestia cuando toca.
Mandy forzó una sonrisa, asintiendo.
—Suena impresionante. Tal vez algún día los vea en acción.
La conversación continuó por unos minutos más, con Draco y Lumi discutiendo detalles del ensayo mientras Mandy se mantenía al margen, ocupándose de ordenar el mostrador.
Finalmente, Draco se despidió con un gesto galante.
—Nos vemos pronto, Su Alteza. Gracias por el caramelo.
Luego, con Lumi a su lado, salió de la tienda, dejando tras de sí el eco de sus risas y el tintineo de los manguales de Lumi.
El silencio que siguió fue roto rápidamente por Chester, quien había estado observando todo desde un rincón con una sonrisa burlona.
—Bueno, Mandy, otra oportunidad perdida, ¿eh? Draco se va con su baterista estrella y tú sigues aquí, reinando sobre tus caramelos sin decir una palabra.
Mandy giró sobre sus talones, sus ojos entrecerrados con fastidio.
—¿Quieres callarte de una vez, Chester? No todo el mundo anda gritando sus sentimientos como tú con tus chistes malos.
—¡Oh, vamos! —siguió él, imitando un suspiro dramático—. "Oh, Draco, mi caballero, llévame en tu dragón rockero…" Si no le dices algo, nunca sabrá que estás loca por él.
Eso fue suficiente. Mandy agarró su bastón de caramelo gigante y, con un movimiento rápido, lo estrelló contra el hombro de Chester, haciéndolo retroceder entre risas y quejas fingidas.
—¡Auch! ¡Eso duele, Su Majestad! Pero no cambia la verdad.
—¡Fuera de mi vista antes de que te convierta en un caramelo aplastado! —gruñó Mandy, aunque una pequeña sonrisa traicionó su enfado. Chester se alejó riendo, dejándola sola con sus pensamientos.
Mientras Berry terminaba de limpiar el último desastre del día, Mandy miró por la ventana hacia donde Draco y Lumi habían desaparecido. Sabía que él estaba enamorado de la baterista apasionada y tímida, y aunque dolía, no podía evitar admirar la forma en que sus mundos encajaban. Tal vez algún día encontraría el valor para hablar, pero por ahora, su reino de dulces seguía siendo su refugio, y eso tendría que bastar.
El sol comenzaba a ponerse en Starr Park, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados mientras la tienda de Mandy llegaba al final de otra jornada caótica. Mandy estaba detrás del mostrador, contando las ganancias del día con una precisión casi mecánica. Las monedas tintineaban en sus manos mientras las apilaba, y las facturas crujían al ser ordenadas en montones perfectos. A pesar de la pelea con Chester, los caramelos voladores y la visita de Draco y Lumi, el negocio había ido bien. Sin embargo, su mente estaba en otra parte, perdida en el eco de la risa de Draco y la tímida sonrisa de Lumi.
Chester, como era de esperarse, no podía dejarla en paz ni siquiera en ese momento. Apoyado en una escoba que claramente no estaba usando, empezó a lanzar sus bromas habituales.
—¿Sabes, Mandy? Si sigues mirando esas monedas con esa cara de reina destronada, van a empezar a pedirte autógrafos. "Oh, gran Mandy, ¿por qué tan triste? ¿Es porque tu caballero se fue con la chica de los manguales?"
Mandy ni siquiera levantó la vista del dinero. Sus dedos seguían moviéndose, contando, mientras su expresión permanecía impasible.
—Cierra la boca, Chester, o te juro que te hago tragar esas monedas una por una —dijo con un tono frío, aunque sin verdadera amenaza. Estaba demasiado cansada para pelear otra vez.
Chester soltó una carcajada, pero al ver que no obtenía la reacción habitual, frunció el ceño, un poco desconcertado. Normalmente, Mandy le habría lanzado algo o al menos le habría respondido con un comentario mordaz. Esta vez, sin embargo, simplemente terminó de contar, guardó el dinero en una caja metálica y cerró la tapa con un golpe seco.
—Cierren la tienda por mí —dijo de pronto, levantándose del taburete y quitándose el delantal con movimientos rápidos—. Me voy a casa.
—¿Qué? —Chester parpadeó, sorprendido—. ¿Tú, la reina del control, dejándonos a cargo? ¿Estás enferma o qué?
Berry, que estaba limpiando una vitrina cercana, levantó la mirada con una expresión de leve preocupación. Mandy no respondió. Simplemente tomó su bastón de caramelo (más como un símbolo de autoridad que como arma en ese momento) y caminó hacia la puerta trasera sin mirar atrás.
—No hagan destrozos, o mañana los convierto en gomitas aplastadas —fue lo único que dijo antes de salir, dejando que la puerta se cerrara con un golpe suave.
Chester y Berry se quedaron en silencio por un momento, mirándose el uno al otro con una mezcla de confusión y curiosidad. La actitud distraída de Mandy no era habitual. Normalmente, ella era la última en irse, asegurándose de que cada detalle estuviera perfecto antes de cerrar.
Berry dejó el trapo sobre la vitrina y se cruzó de brazos.
—¿Crees que es por Draco? —preguntó en voz baja, rompiendo el silencio.
Chester resopló, aunque su tono era menos burlón de lo habitual.
—¿Tú qué crees? Se fue con su dragón inflable y su baterista estrella, y nuestra reina se quedó aquí contando monedas como si fueran lágrimas. Claro que es por él.
Fuera de la tienda, Mandy caminaba por las calles de Starr Park con pasos rápidos, el bastón de caramelo golpeando el suelo rítmicamente. No quería admitirlo, pero las palabras de Chester resonaban en su cabeza. Pensó en Draco, en cómo había llegado esa tarde con su dragón inflable adherido desde los pies hasta la cintura. Ese extraño compañero, una criatura de goma con ojos brillantes y conciencia propia, siempre lo acompañaba. No hablaba, pero tenía una personalidad propia: movía la cabeza con orgullo, escupía pequeñas llamaradas cuando estaba emocionado y parecía adorar a Draco tanto como él a Lumi. Mandy lo había visto esa tarde, cuando Draco salió con Lumi, el dragón inflable rebotando a su lado y soltando un pequeño chorro de fuego como despedida.
Sacudió la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos. No tenía sentido darle vueltas. Draco estaba enamorado de Lumi, y ella… bueno, ella tenía su tienda, su reino de dulces, y eso era suficiente. O al menos, eso se repetía mientras se dirigía a su hogar.
Mientras tanto, en la tienda, Chester y Berry terminaban de cerrar. Chester apagó las luces con un silbido despreocupado, pero Berry seguía pensativo.
—Espero que esté bien —murmuró, más para sí mismo que para Chester.
—Estará bien —respondió Chester, aunque su voz tenía un toque de duda—. Es Mandy, la reina más terca que conozco. Solo necesita un poco de tiempo… o un milagro con ese caballero rockero.
Con la tienda cerrada y la noche cayendo sobre Starr Park, el dragón inflable de Draco probablemente estaba descansando junto a su guitarra, Lumi practicando con sus manguales en algún rincón, y Mandy, yendo a su hogar, preguntándose si algún día su propio cuento tendría un giro inesperado. Por ahora, el silencio era su único compañero, y el dulce sabor de la derrota, uno que ni sus caramelos podían disfrazar.
El castillo de Mandy se alzaba imponente en el corazón de Chuchelandia, una región de Starr Park donde los colores vibrantes y los aromas dulces impregnaban el aire. No era un castillo medieval al uso, sino una estructura extravagante que combinaba torres puntiagudas con detalles de caramelo endurecido y vitrales que parecían hechos de azúcar glasé. Era su hogar, su refugio, un lugar que gritaba su personalidad regia y su obsesión por los dulces. Sin embargo, esa noche, mientras Mandy cruzaba el puente levadizo que llevaba a la entrada principal, el castillo le parecía más frío de lo habitual, como si su brillo habitual estuviera opacado por su propio estado de ánimo.
Dentro, el vestíbulo estaba decorado con lámparas de araña que parecían piruletas gigantes y paredes cubiertas de mosaicos que imitaban golosinas. Mandy dejó su bastón de caramelo en un soporte tallado con forma de cupcake y subió las escaleras hacia sus aposentos privados, ignorando el eco de sus pasos en el suelo pulido.
Chester y Berry también vivían en Chuchelandia, pero en casas más modestas al pie del castillo: Chester en una cabaña desordenada llena de trastos y Berry en una casita impecable con un jardín de flores comestibles. Mandy, en cambio, había elegido el castillo, no solo por su grandeza, sino porque le permitía sentirse como la reina que siempre proclamaba ser.
Entró en su cocina privada, un espacio más acogedor que el resto del castillo, con electrodomésticos modernos escondidos tras paneles de madera tallada. Sin mucho ánimo, sacó un plato de pastel de chocolate que había sobrado de la tienda y lo calentó en el microondas. Mientras comía sentada en una mesa decorada con servilletas de encaje, sus pensamientos seguían dando vueltas a la visita de Draco. El dragón inflable, la risa de Lumi, la forma en que él la miraba… Todo se repetía en su mente como una melodía que no podía quitarse de la cabeza.
Terminó de comer casi por inercia y se dirigió al salón, donde un televisor enorme ocupaba una pared. Encendió el aparato y zapeó sin prestar atención, pasando de un reality show sobre peleas de robots a un documental sobre la historia de los caramelos. Nada lograba captar su interés. Finalmente, apagó el televisor con un suspiro y se levantó, sintiendo el peso del día sobre sus hombros.
En su habitación, se quitó el uniforme de reina del azúcar con cuidado, colgando la corona en un perchero especial y doblando la capa con un mimo que contrastaba con su humor. Se puso una pijama sencilla de algodón, de color rosa pálido con pequeños estampados de caramelos, un recordatorio sutil de quién era incluso en sus momentos más vulnerables. Luego, se dirigió al baño, un espacio amplio con un lavabo de mármol y un espejo enmarcado con luces que parecían chispas de azúcar.
Mientras se cepillaba los dientes, Mandy se miró fijamente en el espejo. Sus ojos, normalmente llenos de determinación, ahora parecían apagados. Escupió la pasta dental y, apoyando las manos en el lavabo, murmuró para sí misma:
—Cobarde. Eres una maldita cobarde, Mandy.
La palabra resonó en el silencio del baño, cargada de frustración. Sabía que no había hecho nada para cambiar las cosas con Draco, que había dejado que sus sentimientos se quedaran atrapados en su pecho como caramelos olvidados en un frasco. Pero decirlo en voz alta no hacía que fuera más fácil.
Terminó de cepillarse, se lavó la cara y apagó las luces del baño con un movimiento brusco. Caminó hacia su cama, una estructura enorme con dosel decorado con telas que parecían algodón de azúcar. Se dejó caer sobre el colchón, mirando el techo donde había mandado pintar un mural de nubes y estrellas hechas de glaseado. Mientras se cubría con las sábanas, su mente volvió a Draco sin permiso.
Pensó en cómo había llegado a la tienda esa tarde, con su dragón inflable moviéndose a su ritmo, escupiendo pequeñas llamas como si estuviera presumiendo. Pensó en la forma en que hablaba de Lumi, con ese brillo en los ojos que Mandy deseaba, en algún rincón egoísta de su corazón, que fuera para ella.
Se giró en la cama, golpeando la almohada con un puño.
—¿Por qué no puedo simplemente olvidarlo? —gruñó, su voz amortiguada contra la tela—. Es un idiota con una guitarra y un dragón ridículo. No debería importarme.
Pero sí le importaba. Le importaba demasiado. La imagen de Draco riendo, de su voz llamándola "Su Alteza" con esa mezcla de burla y cariño, se negaba a desvanecerse. Y luego estaba Lumi, con su timidez que se transformaba en fuego cuando tocaba, alguien que encajaba perfectamente en el mundo de Draco de una manera que Mandy sentía que nunca podría. La frustración creció, mezclándose con un cansancio que finalmente la empujó hacia el borde del sueño.
Mientras se quedaba dormida, el castillo de Chuchelandia permanecía en silencio, sus torres brillando bajo la luz de la luna. En algún lugar, Chester probablemente estaba planeando su próxima broma, y Berry, ordenando su casa con la misma calma que traía a la tienda. Pero para Mandy, esa noche, el mundo se reducía a un solo pensamiento: que tal vez, algún día, encontraría el valor para reclamar algo más que su trono de dulces. Por ahora, sin embargo, el sueño la reclamó primero, llevándola a un lugar donde los dragones inflables y los caballeros rockeros no podían alcanzarla.
Notas del Autor:
Y aquí empiezo con una historia encantadora sobre Dracandy, mi segunda pareja favorita de Brawl Stars. Debo admitir que estoy muy emocionada de escribir esto, con el importante detalle de que Draco este enamorado de Lumi para darle un toque picante a la historia. Les aseguro que habrá muchas sorpresas, y voy a incluir a otros brawlers para alimentar mi fanfic de momentos divertidos y románticos entre Mandy y Draco.
¡Comenten que les pareció el capítulo!
Emilion se despide de ustedes, lectores, hasta la próxima.
