CHICKEN TERIYAKI

por Syb

Capítulo X: Pasado V


—Dos está bien —respondió él, siguiéndole el juego y ella casi se desmaya al instante.

¿Enserio iban a tener dos hijos?

Mimi casi se rió con la boca abierta, por lo que tuvo que prensar sus labios en una delgada línea, asentir con la cabeza y enfocarse en lo que estaba haciendo antes de empezar esa estúpida conversación. El pollo, sí, debía enfocarse en el pollo y la salsa teriyaki y el acompañamiento, aunque sus neuronas entumecidas por Koushiro Izumi y la noche de fiesta no recordaban cómo era la preparación.

No sabía en qué momento los roles de ambos se habían intercambiado y ahora ella era la que estaba nerviosa frente a él. Si bien Koushiro se había sorprendido por ese comentario estúpido y fantasioso apenas lo escuchó, él no pareció particularmente espantado, quizás sí le pareció un poco divertido, pero la escasa emoción la desanimó. Mimi lo había dicho de verdad, aunque estuviese disfrazado de broma.

Su mirada se posó furtivamente sobre el traje y la corbata de Koushiro, y sintió que un suspiro nervioso estaba a punto de escapársele de la garganta. Taichi también se veía bien en traje y corbata, pero había algo distinto en el pelirrojo que la hacía perder la cabeza y no podía explicar por qué.

Nunca se había sentido tan nerviosa frente a alguien, incluso se resentía a sí misma por haber sido tan intensa cuando era Koushiro el que estaba en esa misma situación en el instituto. ¿Cómo podría acercarse a Koushiro, si no podía controlar sus nervios? Odiaba lo fácil que era besar a Michael. Mimi no tenía nada que perder con el rubio, por lo que simplemente presionaba a sus labios con los de él en medio de la noche en Manhattan, luego de que alguna chica en el baño le dijera que lo hiciera porque Barton estaba loco por ella y era difícil enloquecer así a un millonario.

—¡Piensa en la estabilidad económica! —le decía la desconocida de turno del baño.

Sin embargo, Koushiro también debía ser millonario si era el jefe del CITD.

Mimi negó con la cabeza cuando ese pensamiento intrusivo se cruzó por su mente.

—¿Está todo bien?

Mimi aclaró la garganta, no se había dado cuenta que se había quedado callada tanto tiempo y eso no era propio de ella.

—Sí, no te preocupes —resolvió ella con una sonrisa y siguió macerando el pollo en su salsa—. Me distraigo cuando estoy cocinando, eso es todo.

Estaba tan abstraída intentando convencerse a sí misma de que el atractivo de Koushiro no estaba en su dinero, ni oculto en uno de los bolsillos de su traje, que no percibió la vibración lejana de su celular, intentando llamar su atención. Era una vibración demasiado leve e imperceptible porque el aparato había quedado enterrado bajo las toallas húmedas que había dejado en suelo de su baño. Además, para ella nada era más ruidoso que sus pensamientos y seseo del pollo al tocar la plancha caliente.

—¿Mimi? —llamó el hombre de sus fantasías, pero ella estaba demasiado absorta en sus pensamientos materialistas. Taichi quizás no se veía tan bien en traje porque no tenía tanto dinero como Koushiro y su gusto por el pelirrojo no era más que un síntoma de ser una gold digger—. ¿Mimi?

Aunque, pensándolo mejor, le gustaba el sonido de su nombre salir de sus labios.

—¿Sí?

Y si fuera una gold digger, ya se habría casado con Michael para quedarse con su enorme pent-house.

—Alguien está llamándote —dijo él con una sonrisa conciliadora—. Lleva un tiempo sonando, quizás es importante.

Mimi por fin fue consciente de la vibración que salía desde su baño privado. Por supuesto que Michael Barton ya había agotado su paciencia infinita vía mensajes de texto y ahora pretendía convencerla de ir con él a almorzar a China Town con una llamada telefónica. Debía entender de una vez por todas que ignorarlo nunca era la solución a su insistencia.

—No, claro que no es importante —resolvió ella.

—¿No lo es?

—No.

—¿Ni siquiera tienes curiosidad de saber quién es?

—Tampoco.

—Podría ser de tu trabajo —respondió él y ella quiso reírse.

Mimi por fin sintió curiosidad, pero no tenía que ver con el culpable de la vibración de su celular. Ella quería saber cómo era que Koushiro balanceaba su trabajo con el amor y la vida en pareja siendo un trabajólico sin remedio. No era que no se lo hubiese preguntado antes, siempre lo hacía cuando no podía dormir en la noche, pero ahora lo tenía enfrente y podía preguntarle. Obviamente, no lo haría, no sabía cómo se preguntaba algo así. Mimi solo podía bromear y esperar a que él le contestara con seriedad. Si tenía pareja, ¿cómo actuaba él? Sintió celos por esa mujer hipotética.

—Algo relacionado con tu programa, quizás —complementó cuando la vibración persistió.

Parecía estar programado para atender rápidamente cuando se requería de su presencia directa e indirectamente. ¿Estaría igual de programado cuando tuviesen una familia o la ignoraría como en el laberinto?

—¿Sabes que tengo un programa de televisión? —preguntó enternecida y le dio vuelta al pollo en la plancha caliente con una sonrisa tan amplia que mostró sus dientes blancos—. Un recepcionista pensaba que seguía trabajando en la tienda online, todo es culpa de Takeru porque no publica el segundo tomo de su trilogía con un par de actualizaciones. Por ejemplo, podría poner que Ken y Miyako se casaron…, aunque no tiene sentido porque ellos no aparecerán hasta la siguiente trilogía, si es que se digna a escribirla… No puedo creer que Hikari todavía no salga mencionada, ¿será que sigue enojado por no ser el padre de su bebé? En fin, ese recepcionista prácticamente pensó que era una impostora y que había sacado toda la información de la estúpida novela. ¿Puedes creerlo?

Koushiro aclaró la garganta, en su rostro había una mueca que iba desde la incomodidad a la risa.

—Lo siento, sé que no es de mi incumbencia, pero…

La vibración solo se detuvo un momento cuando el conserje llamó al citófono y Mimi quebró su compostura al rodar los ojos solo por un instante, antes de volcar toda su atención a Koushiro y sonreírle como si no estuviesen sumidos en el caos de la llamada telefónica y la del conserje del edificio. Michael realmente debía pensar que estaba muerta o no podía justificar su paranoico actuar.

—Pero ¿qué? —preguntó ella.

—Yo…, no puedo concentrarme.

Koushiro se llevó la mano a la boca para ocultar su mueca y levantó ambas cejas al entender que, quien trataba de llamar su atención, no se detendría hasta captar la atención de la mujer que había sido la princesa del Digimundo. Solo una princesa tendría fans así de persistentes, pero Mimi solo quería el fanatismo de uno solo (y estaba sentado frente a ella).

Mimi tensó la mandíbula, sabía que ya no era una princesa, pero sí se había coronado como la reina de la evasión. Para su espanto, sintió que la devoción de Koushiro estaba escapándosele de las manos, ya que tanto caos debía estar volviéndola cada vez menos atractiva para los ojos del jefe del CITD. Él era ordenado y centrado, y ella solo era un desastre. Si no le había quedado claro al verla llegar a media mañana a su apartamento, la sinfonía telefónica de Michael lo habría hecho.

—Dame un segundo —le dijo y fue tan rápido como pudo al citófono—. Diga.

—El señor Barton está aquí —murmuró el conserje con una voz monótona y aburrida—. Él pide subir.

—Dile que no estoy aquí —indicó, lista para colgar y volver al hombre que sí le interesaba, pero que no había besado aún.

—¿Qué le diga que no está aquí? —repitió con lentitud como si quisiera demostrar un punto—. Y si no está aquí, ¿con quién estoy hablando?

Oh shit —dijo ella entre susurros y se volteó a ver a Koushiro, aún estaba sentado en la isla de la cocina. Incluso su espalda le era atractiva (y ella quería adornarla con sus uñas)—. Dile que me siento enferma —se corrigió y esperó a que el conserje le transmitiera el mensaje a Michael con una lentitud exasperante.

—Él pregunta si necesita que él suba con medicinas. Quizás acompañarla a la sala de emergencias —respondió el conserje esta vez.

—No, estoy bien. Es solo la resaca —mintió con impaciencia y volvió a esperar al conserje.

—Pregunta si necesita bebida isotónica.

—No, no necesito nada de él —indicó y luego cortó más fuerte de lo que hubiese querido.

Quizás así se sentía Daisuke Motomiya cuando no soportaba a Michael.

Mimi sintió el corazón zumbar en sus oídos al cernirse el silencio en el todo el apartamento, como si fuese una capa de polvo. Si antes estaba nerviosa, ahora respiraba a duras penas y tuvo que llevarse las manos a las mejillas para comprobar que no se había muerto del espanto. Por alguna razón sentía que ese era el momento de besarlo en los labios y dio un paso adelante. Si dejaba pasar más tiempo, quizás Koushiro meditaría sobre los acontecimientos de ese día y decidiría que ella no era una buena pieza para la estrategia de su vida. Si no podía concentrarse estando en su territorio caótico, seguramente no querría volver nunca más. Dio otro paso adelante.

—¿Está todo bien? —preguntó él.

Mimi sintió que no podía más cuando él se volteó a verla. Sin embargo, no se veía particularmente asqueado por su estilo y manejo de vida, al menos no todo estaba tan mal. Quería decirle que llegar de fiesta al otro día era un caso aislado (de varios días ese mes) y que dejaría en silencio su teléfono y el citófono descolgado cuando él estuviese presente.

—Es Michael —resopló con culpa, no quería que Koushiro pensara que había algo entre ella y el rubio (algo que sí era real, no como la novia hipotética de Koushiro)—. Y sí, todo está bien. Ayer salí de fiesta con él. El problema es que él es un poco dramático, si no le contesto el teléfono una vez, piensa que estoy muerta, en eso se parece a mi padre. No puedo culparlo, él es mi contacto de emergencia y les prometió a mis padres que me cuidaría bien.

—¿Y por qué no le contestas y ya? —respondió él con una pregunta.

Él era lógico, calmado, resolutivo; ella no.

Mimi tragó saliva y se detuvo en medio del citófono y la isla de la cocina. El apartamento no era tan grande (ni estaba bien distribuido, como la mayoría de los apartamentos de Nueva York), pero en esos instantes la distancia se le hizo enorme. Sintió como si Koushiro estuviese sentado al fondo del pent-house de Michael y ella estuviese en medio de la calle al otro lado de la ciudad.

Eran dos personas bastante distintas como para que no fueran como el agua y el aceite; azúcar y sal; montaña y playa; verano e invierno, y un sinfín de metáforas de cosas que no hacen sentido juntas.

—Es complicado.

—Siempre puedes decirle que no —opinó él como si hablara de cualquier cosa.

Lo sabía, pero…

—Es complicado —volvió a decir mientras caminaba de vuelta a la cocina para salvar el pollo teriyaki de la plancha. No sabía si era su imaginación, pero, quizás, Koushiro estaba hablando de cualquier persona. Ella era fantasiosa, sí, aunque también sabía bastante de la ambigüedad como herramienta para coquetear. No, no podía ser cierto, ¿o tal vez sí? —. Michael puede ser demasiado insistente.

Era solo su imaginación, debía serlo.

—Es un adulto —razonó con sus ojos negros puestos en los de ella y Mimi pasó saliva en su garganta apretada. Koushiro seguía con los codos apoyados en la isla, pero con una postura más relajada—. Debería entenderlo.

Sin duda, no conocían al mismo Michael Barton y quiso reírse mientras emplataba el pollo teriyaki y arroz blanco que tenía guardado del día anterior, pero por supuesto no estaban hablando del rubio, ¿o sí? No estaba segura.

—Los adultos también tienen sentimientos, Koushiro —indicó mientras dejaba el plato frente a él—. ¿O acaso el presidente del CITD no tiene?

—Claro que sí —respondió con la boca fruncida, intentando cubrir una sonrisa—. Sí me sentiría mal si dijeras que no, pero no sería lo peor que podría pasarme.

La distancia entre ellos se hizo ínfima, como si ocuparan el espacio de dos hormigas. Mimi ya no estaba segura de querer comer, las mariposas en su estómago se agolparon en la garganta, pero como no las dejó salir en la forma de un suspiro, sintió sus alas acariciar su entrepierna. Si Koushiro prestaba atención, se daría cuenta de lo mucho que apretaba sus piernas.

Una leve vibración salió del cuarto de baño, indicando la entrada de un mensaje de texto, Michael nunca tendría el poder que tenía Koushiro sobre su cuerpo y él nunca la había tocado.

—Claro que te diría que sí, serás el padre de mis dos hijos, ¿recuerdas?

Koushiro soltó un amago de risa y, en vez de responder el atrevimiento, le agradeció por la comida. Ella lo vio tomar los cubiertos occidentales que tenía a un lado del plato, sin darse cuenta de que no estaba respirando. Si le gustaba lo que comía, ella se subiría a la mesa y lo besaría en los labios.

—Está delicioso —dijo él, parecía que él también se sorprendía de lo que estaba diciendo.

Mimi no se movió, en vez de eso, asintió con una sonrisa.

Sin querer, recordó las veces en que encontró a su madre en éxtasis solo porque Keisuke Tachikawa disfrutaba de una de sus preparaciones excéntricas. Sintió asco de sí misma al parecérsele tanto a la mujer que le dio la vida, ya que ella había jurado que jamás caería en esas cursilerías típicas de Satoe. Sin embargo, sí estuvo tentada a comparar a su padre con Koushiro, aunque el dramatismo de su padre estaba calcado al de Michael. Necesitaba comprobar que no era ni el dinero ni el traje lo que la mantenía obsesionada por el presidente del CITD, sí, pero tampoco quería demostrar que estaba caminando sobre los pasos de Satoe. Keisuke Tachikawa era cursi, dramático y ansioso, mientras que Satoe Tachikawa también era cursi, dramática y atolondrada.

No, ella era todo eso, Koushiro era calmado, estructurado y resolutivo. Sus emociones no eran lo suficientemente caóticas como para que levantara los pies de la tierra, en cambio Mimi, tenía el cráneo lleno de pensamientos intrusivos que la hacían quererse ir volando al espacio sideral.

—¿No tienes hambre? —Mimi sintió que Koushiro rompió la burbuja en la que estaba distraída—. ¿O es la resaca?

—No tengo resaca…, aún —indicó ella con gracia y se llevó un poco de arroz a la boca para demostrar su punto. No tenía ese tipo hambre, al menos.

¿Cuánto tiempo habría pasado? No quería que se fuera a esa estúpida reunión porque podrían llamarlo de improviso, tal cual la vez anterior, y desaparecer de su vida. No sabía cuánto tiempo aguantaría sin verlo. Podría considerarse afortunada de que solo tuvo que esperar cerca de un mes para que volviera a Nueva York, algo que seguramente no se repetiría en mucho tiempo. Si pasaban meses, Mimi podría caer en las redes de Michael tantas veces que Sora seguramente se convertiría en la tía de un chico rubio y dramático, porque si a Hikari le podía pasar, ¿por qué no a ella? Perdería a Koushiro como la hermana de Taichi perdió a Takeru en un abrir y cerrar de ojos.

Sin embargo, con aquella nueva información de Koushiro, al ser adoptado, él no debería tener problemas de ser padrastro de alguien. La respuesta que podría encontrar en bolsa dentro la cesta de ropa sucia era algo que no le provocaba ni una gota de curiosidad. Prefería tener hijos pelirrojos a rubios.

—¿Enserio no sabes quién es el padre del bebé de Hikari? Sé Taichi debió decirte algo, quizás te invitó a golpear o hackear a alguien.

—Claro que no —indicó él con una sonrisa—. Sé que Sora la acompaña al obstetra, quizás ella te ha dicho algo.

—Ella nunca me dirá nada, odia los chismes y con justa razón.

—Tendremos que esperar a que el bebé nazca y ver a quién se parece —respondió risueño y ella se rio de su comentario de investigador empírico—. O esperar a que Miyako descubra algo más, quizás convence a Ken para que la ayude.

—No puedo esperar tanto tiempo.

Hablaba de volver a ver a Koushiro, no del bebé de Hikari. No quería que llegara el momento en que Koushiro se fuera a la reunión y ella tendría que lo verlo alejarse desde el ventanal del apartamento. Si bien se hospedaba en el hotel cercano, no sabía cómo saltarse la recepción ni cómo buscaría su habitación si era como buscar una aguja en un pajar.

—Podrías preguntarle —opinó él con calma.

En su plato ya no quedaba ni pollo ni arroz, lo que la hizo sonreír como tonta.

—Taichi seguro se molestaría —dijo solo por responder. No estaba segura si él entendía que ella no estaba tan interesada en Hikari como sus palabras insistían.

—Lo dudo —murmuró por lo bajo y Mimi no supo qué más decir.

Koushiro miró su reloj de pulsera y suspiró. El momento había llegado demasiado rápido y Mimi no había sido capaz de ser clara con él, ¿de qué habían servido todas esas noches en vela, imaginando cada escenario posible, si ella no hizo nada?

—¿Tienes que ir a la reunión? —preguntó con el corazón roto.

Él asintió.

—Debo prepararme para ella —le dijo con una voz plana y pragmática, como si volviese a ser el ente trabajólico que estaba programado a ser—. Gracias por el almuerzo.

Ojalá sus hijos no se sintiesen tan desgraciados al verlo irse al trabajo, tal cual se sentía ella en esos momentos.

—Sí, claro —recitó ella con una sonrisa amena, intentando no perder la cabeza al verlo tomar el abrigo y ponérselo con lentitud—. Al menos pude verte esta vez.

Koushiro asintió y ella lo siguió hasta la puerta como si ningún tormento estuviese eclipsando cráneo lleno de pensamientos intrusivos. ¿Y si se interponía entre él y la puerta? Sí, lo haría, y luego cerraría con llave y le diría que debía besarla en los labios si quería salir alguna vez de su apartamento.

—¿Hasta cuándo te quedas? —preguntó ella mientras abría la puerta en contra de todo pronóstico—. Podría mostrarte la ciudad.

—Tomaré un vuelo mañana.

No sabía cómo no estaba llorando por su triste destino. Apenas Koushiro cruzara por la puerta, debía arrojar el celular por la ventana para no llamar a Michael para que la llevara a beber su pena con negroni.

—¿Tan pronto?

—Honestamente, esperaba que Miyako hiciera esta parte del trabajo.

—Sí… —suspiró, sentía que sus ojos ardieron, quizás por el cansancio o sus fantasías hechas añicos, no lo sabía a ciencia cierta—. Bueno, gracias por venir a verme. Solo lamento que haya sido tan breve.

Koushiro asintió y se tomó unos segundos para responder.

—Podemos vernos esta noche —sugirió—. Toma una siesta y nos encontramos en unas horas.

No podría dormir ni con morfina a la vena.

—¿Cuál será el dress code?

Koushiro repasó rápidamente su Black Little Dress y sonrió con las cejas contrariadas, como si ella estuviese bromeando.

—Así estás bien.

Mimi se mordió el labio inferior de la impresión y él lo notó, ya que sus ojos negros se detuvieron un instante sobre ellos. Él debía saber por lo que estaba pasando, Koushiro era un genio y ella muy obvia. Maldición, hasta Michael se daría cuenta que sus labios se separaron para dejar escapar un suspiro, listos para que Koushiro la besara ahí mismo.

—Mimi… —empezó él con el entrecejo fruncido ligeramente, mucho más serio de lo que se había permitido en esas pocas horas que había compartido con ella. Su voz salió un poco oxidada, como si se le hubiese secado la garganta de pronto—. ¿Qué es lo que quieres de mí, Mimi?

Mimi se quedó muda, sin siquiera saber a qué se refería.

—Te quejas de mí con Taichi y Miyako, pero nunca me hablas directamente.

—Son solo bromas —indicó fingiendo una risa mientras que sus cejas la delataban al estar contrariadas—. No me tomes enserio. Si no me quejara de ti con Taichi, seguramente él no me hablaría o vendría a ver. A menos que Sora se separara, empezara una relación con él y volviera a dejarlo por Yamato…

No podía explicar por qué también lo hacía con Miyako, pero Koushiro no necesitaba excusas de su parte. Lo conocía lo suficiente como para entender que no quería escuchar ninguna.

—Vengo a verte y empiezas bromear con tener hijos juntos y… —murmuró frustrado y luego suspiró sin poder seguir hablando—. Intento mantener la compostura cuando estoy cerca de ti, pero me haces las cosas imposibles.

—¿Quieres decir que…, todavía… te gusto? —Koushiro suspiró como si no pudiese creer que ella estuviese preguntando esa tontería, Mimi nunca lo había visto tan frustrado en su vida. Ni siquiera cuando no podía entender alguna simbología perdida en el laberinto de mierda, o cuando intentaba entender la emocionalidad dramática que la llevó a internarse y perderse en él en primer lugar—. Pensé que ya no te gustaba, te comportabas tan serio y distante cuando diseñabas la tienda online.

Koushiro exhaló todo el aire que tenía en sus pulmones y apretó los labios.

—Puedo comportarme como un adulto, Mimi —se explicó y Mimi entendió que estaba desmarcándose de lo que Michael había demostrado con su sinfonía de la miseria hace un rato—, pero entenderás que es un poco más complicado cuando bromeas así.

—No estoy bromeando —le dijo al instante a lo que él la miró confundido—. No estoy bromeando porque sí quiero hacer cosas contigo. ¿Dos hijos? Puedo tener tres, pero podríamos empezar con besarnos y ver cómo resultan las cosas. Si quieres, no le decimos a nadie por el momento, así si no resulta, podemos pretender que nada pasó, tal cual hacen Taichi y Sora hasta el día de hoy. No le diremos nada a nadie, especialmente Takeru, para que no escriba nada que nos perjudique. Nadie dirá nada en las revistas rosas, para que no te preocupes por la exposición que tendrá el CITD en caso de que todo esto sea una pésima idea. Lo que quiero decir es que… me gustas…, y si me quejo con Taichi y con Miyako es porque estoy molesta porque no te veo. Sé que puedo parecerte infantil, pero...

Koushiro levantó una mano para que se detuviera ahí, ya que ya había demasiada información en el aire y empezaba a abrumarlo.

—¿Desde cuándo te sientes así?

—No sé…—Sí lo sabía y no podía engañar a Koushiro—, desde que diseñaste la tienda.

—¿Por qué no me dijiste?

—Pensé que ya era demasiado tarde. Oh God, ¿es demasiado tarde? No me digas que lo es —dijo sin detenerse a respirar—. ¿Tienes a alguien? No, no me digas. No lo soportaría.

El celular de Koushiro empezó a vibrar en uno de sus bolsillos del abrigo, indicando que la reunión estaba por comenzar y alguien empezaba a impacientarse de no ver al jefe en la sala de reuniones del hotel, mientras él seguía en el apartamento de Mimi Tachikawa. Buscó en la pantalla del aparato el nombre de quién quería comunicarse con él y lo dejó pitar más tiempo de lo que debería.

—No hay nadie más —respondió, pero el sonido de la vibración comenzó a estresarlo y no pudo dilatar más la llamada y la reunión—. Nos vemos en unas horas.

Mimi asintió, le sonrió como pudo y vio cómo Koushiro desapareció en la puerta del ascensor.