doble actualización


CHICKEN TERIYAKI

Syb

Capítulo XI: ¿Crees que siga enamorado de ti?


Masami Izumi sí quería a su única nuera, aunque todo el mundo pensara que no. Al igual que su hijo adoptivo, él no era el mejor para abrir su corazón y decir las cosas que se guardaba bien adentro, por eso se había casado con una mujer como Kae. Ella no se dejaba nada para sí misma y, a veces, decía lo que él tenía en la mente y Masami podía asentir con la cabeza y pasar la página. Sin embargo, el día en que Mimi Tachikawa llegó a su vida fue demasiado interesante y lo había sobrevivido solo. Kae nunca supo lo que pasó, ya que él no se lo dijo, y su hijo nunca supo porque, aparentemente, Mimi tampoco se lo dijo.

Ahora, Masami iba de camino a casa de su hijo y su nuera, y el escenario que se daba hasta ese momento era bastante parecido al día que la conoció como el interés amoroso de su hijo. Para su desgracia, Kae no había podido ir con él y Masami tuvo que conducir con el silencio llenándole la cabeza de pensamientos ansiosos, algo que se le hizo un poco desagradable. Intentó poner la radio, pero la música moderna lo ponían incómodo, tal cual su nuera.

Cuando estuvo frente a la casa, notó que la mujer de su hijo sí estaba presente por su automóvil aparcado, tal cual le dijo su querida Kae. "Los viernes no va al canal" insistió su esposa varias veces antes de enviarlo a esa misión desagradable, luego de que él intentara convencerla de que Mimi no necesitaba que le devolvieran los miles de tupperware que salieron de las alacenas, luego de que Kae hiciera la limpieza de primavera. Pasó saliva espesa y decidió que no había nada malo en pasar a visitar a su nuera, tampoco en dejar los utensilios de cocina del mal ni volver a su casa a ver televisión y beber una cerveza para relajarse luego del estrés. Había un punto positivo en todo el asunto: Mimi también se incomodaba cuando estaban solo los dos en una habitación, así que no se ofendería cuando él se fuera raudamente.

Tocó la puerta y esperó con la bolsa de tupperwares en la mano.

—¿Sí? —escuchó a Mimi antes de poder verla y él apretó los labios ante la espera.

Apenas se mostró detrás de la puerta, Masami se sonrojó. Mimi Izumi, antes conocida como Mimi Tachikawa, estaba vestida con una bata de color rosa pálido que simulaba una tela translúcida, mientras que en los puños y en el cuello había plumas sintéticas de un rosa unos tonos más oscuros. Debajo de la bata, estaba completamente vestida, pero no lo pudo notar tan pronto como la vio.

Como siempre, Mimi se incomodó apenas lo vio.

—Mimi, ¿quién es? —oyó a un hombre que no era su hijo—. ¿Mimi?

—Es mi suegro —respondió con un hilo de voz y luego le sonrió a Masami—. ¿Quiere pasar, suegrito?

—¿Mimi? —volvió a insistir el hombre, cada vez más cerca—. No te oigo desde la cocina… —indicó un poco molesto—. ¿Ya llegó Miyako?

El hombre moreno llegó hasta la puerta y vio a Masami Izumi de una pieza con una enorme bolsa entre manos. Si el suegro de Mimi recordaba bien, el hombre era uno de los chicos de la segunda generación que fue a ese otro mundo abstracto del que Masami nunca quería ser parte, aunque su hijo hubiese hecho el trabajo de su vida luego (y con el que le había comprado una casa enorme y ayudado a jubilar). Sin embargo, Masami no era capaz de recordar el nombre de ese hombre moreno.

—¿Señor Masami? —preguntó él—. Soy Daisuke Motomiya, ¿me recuerda?

—Claro que sí, Daisuke.

Era su esposa la que recordaba todos los nombres y apellidos, el de sus madres, los números telefónicos de todos, e incluso las direcciones. Masami Izumi solo asentía y hacía lo que tenía que hacer: lo que Kae Izumi le decía.

Mimi aclaró la garganta.

—Masami, esto no es lo que parece —advirtió su nuera, luego de que Daisuke pasara por alto todo lo que tenía frente a su nariz.

—¿Qué parece? —preguntó Masami—. Mi esposa me dijo que tienen una cena hoy en la noche, viene otro elegido, pero no recuerdo su nombre. Daisuke es cocinero como tú, ¿no? Me imagino que vino a ayudarte con todo lo relacionado a la cena.

—Sí, Mimi, ¿por qué pensaría algo más? —murmuró Daisuke, ofuscado, como si Mimi lo hubiese avergonzado terriblemente ante otro hombre—. Masami, estoy cocinando pollo teriyaki. Tu nuera olvidó comprar el pescado. ¿Tienes tiempo? Puedes beber una cerveza conmigo mientras vemos el partido en la televisión. Mimi no es una gran compañera para verlo, Sora lo disfruta más, pero ella no llegará tan pronto como quisiera.

Masami asintió y siguió al moreno por la casa que no le pertenecía a ninguno de los dos.

Mimi los siguió con curiosidad, su suegro sí era…, indescriptible. No sabía si la odiaba mucho, o si estaba bien con ella o si solo era neutral (o quizás hubiese querido a Miyako o Mina de nuera). Sí era lógico como su marido, porque por qué otra razón estaría un chef en la casa de una chef, si no es un asunto de cocina. Además, quizás Masami sí estaba enterado de que ambos habían vivido juntos en Nueva York. No tuvo otra opción que seguirlos a su propia cocina y verlos interactuar.

Quizás, pensó Mimi, Masami no sabía cómo actuar en frente mujeres y, tan pronto como Osen pasara a la adolescencia, su abuelo paterno se quedaría mudo y Ben sería su intérprete.

—Masami, eres perceptivo como tu hijo. No sabía eso de ti… —insistió ella apenas los vio abrir unas latas de cerveza—. ¿Cómo explicas la bata?

—Mimi… —reprendió Daisuke, pero Masami solo se encogió de hombros y preparó su respuesta.

—Se ve nueva —murmuró lentamente como si estuviese paladeando la respuesta—. ¿Quizás se la muestras a Daisuke?

—¡Exactamente!

—Pero… ¿por qué haría eso? ¿Por qué Daisuke tendría que verla?

—¡Mimi!

—No lo sé —murmuró Masami con una sonrisa queda, como si tener a Daisuke a su lado le arreglara la vida y recuperara la habilidad del habla—. En mi tiempo libre, disfruto de resolver acertijos en el periódico.

Mimi asintió, pero Daisuke chilló y lo felicitó como si fuera un pasatiempo de alto impacto para un tipo como él. Lo que nadie sabía era que Masami Izumi disfrutaba del true crime y soñaba con resolver el misterio que rodeaba al asesino de Zodiac, pero nadie debía saber su inquietante pasatiempo, ni siquiera Kae Izumi, ya que ella le entraría la histeria y pensaría que estaba casada con un asesino serial. Los acertijos del periódico era lo que podía decir en público, nadie de la edad de su hijo compraba el periódico como para saber que ya no existía esa sección.

—Está bien, Mimi está mostrándome la bata porque no puede mostrarme una foto que sacó… —formuló Daisuke y le dio el pase a Masami para que resolviera el acertijo de la bata de Mimi.

La señora Izumi, esa que no era Kae Izumi, apretó los labios con incomodidad cuando Masami hizo el gesto característico de su esposo para analizar datos: su mano cubriendo su boca y mentón. Si bien Mimi no quería darle espacio a su suegro de que pensara cosas terribles de ella como su nuera (como que ella fuese capaz de engañar a Koushiro Izumi), tampoco quería que Masami supiera detalles de su vida sexoafectiva con su hijo.

—No puede mostrártela por el contenido de esa foto —indicó su suegro lentamente—. Quiere una opinión masculina, quizás…

Mimi no logró mantenerse en paz por más tiempo y simplemente se retiró sin mirar atrás, sintiéndose ajena en su propia casa. Tampoco era como si Daisuke se ofendiera por dejarlo en paz con el partido, la cerveza y su suegro. Sin embargo, no alcanzó a estar tanto tiempo sentada en el sofá de la sala, observando la tela rosada de su bata caer elegantemente por sus piernas, mientras intentaba ignorar la conversación entre Daisuke y su suegro, cuando el timbre sonó, anunciando la llegada de sus amigas.

—¡Dile a Sora que venga a ver el partido! —oyó a Daisuke, pero claro que no compartiría a su mejor amiga.

Mimi corrió hasta la puerta y la abrió tan rápido cómo pudo.

—¡Hola! —exclamó Miyako cuando la vio—. Me gusta la nueva bata. ¿Dónde la compraste?

—Hola —saludó Sora con una bolsa de tela colgando de su hombro—. Traje lo que me pediste.

Mimi asintió y Sora le extendió la bolsa con una botella de vodka en su interior. Al ver el contenido de la bolsa, Miyako sintió cómo su garganta se le cerraba y su corazón daba un vuelco, como si el vodka fuera el presagio de algo que nadie más entendía (y el jugo de naranja solo era una distracción del destino). La señora Ichijouji permaneció en silencio mientras Mimi las invitaba a pasar al patio, donde aseguraba que nadie las interrumpiría.

—Está mi suegro y Daisuke viendo un partido —explicó la dueña de casa y Miyako tragó espeso cuando, efectivamente, los vio mirando una pequeña pantalla que seguramente Daisuke había traído consigo—. Creo que estaremos más cómodas aquí. No me atrae nada el fútbol, ni a mi padre ni a Koushiro no le gusta, así que no entiendo lo que está pasando en la cocina.

Miyako no entendía nada de lo que ocurría, pero no tenía nada que ver con Daisuke o el señor Masami Izumi. Este último parecía odiar a Mimi, pero no era lo más extraño del día. Al menos, no para Miyako.

—Pensé que el vodka era para la cena —murmuró Sora con gracia, luego de ver a su mejor amiga destapando la botella y sirviendo un poco en las tres copas que las esperaban en el patio. Repitió el proceso con la botella de jugo de naranja—. ¿Estás nerviosa porque viene Michael?

Miyako abrió la boca y luego la cerró para fingir que todo estaba bien. Si Sora la miraba en esos momentos, la reprendería con su mirada. No debió haber llamado a la pelirroja con las esperanzas de que le dijera algo de ese chisme sabroso que parecía ser inventado, pero no tanto. Sora era la persona menos chismosa del universo.

—Sí —respondió Mimi con desprecio—. Quiero decir, Michael fue mi mejor amigo por mucho tiempo…, pero es raro por cómo terminó todo en Nueva York.

—¿Qué? ¿C-cómo terminó todo en Nueva York? —preguntó Miyako mientras tomaba asiento en las sillas y recibía el vodka con naranja por parte de la señora Izumi.

—Ya sabes, raro —resolvió ella y luego se derrumbó en su asiento para no decir nada más.

Miyako miró a Sora, pero la pelirroja solo se encogió de hombros, incapaz de proveerle más información con respeto al caso de Koushiro, Mimi y Michael, y su posible triangulación en temas amorosos y reproductivos. El misterio del padre del bebé de Hikari era dolorosamente sabroso, pero en este té de chismes, había más protagonistas.

—¿Llamaron a Hikari? —preguntó Miyako.

—Todavía está trabajando —respondió Mimi, sin salir del estado dramático en el que se encontraba—. Ya saben, es la maestra de Osen.

Si Osen no estaba, menos estaría Hikari. Miyako tendía a olvidar que la que tenía horarios más estrictos era la maestra, ya que Mimi trabajaba en el programa de lunes a jueves; Sora era la dueña del atelier así que podía cerrar a voluntad; y ella trabajaba mayoritariamente desde casa, ya que solo necesitaba su computadora y conexión a internet (además, su jefe no podía decirle nada porque era su esposa la que la invitaba a salir).

—¿Y cómo está Osen? —preguntó Miyako, intentando alejar el chisme de su vida.

—Hoy pidió la copia de la novela de tío Takeru, ¿pueden creer que no podía encontrar mi copia o la de Koushiro? Creo que desde que la leí hace diez años, no veía mi copia —murmuró Mimi como una melancólica diva de la época dorada de Hollywood, con su vaso en la mano—, no sé por qué se interesó de pronto en eso, pero dijo que lo leería durante los recesos. A veces no puedo creer que sea mi hija —indicó con una sonrisa—. Es la hija de Koushiro, por supuesto.

—Quisiera que Mayumi leyera como Osen.

—Debiste casarte con Koushiro y no Yamato —resolvió con una risa—, sus hijos son pequeños genios. Al menos Osen, sí. Benji se parece más a mí, no es que sea del todo mal. Tengo el carisma.

Miyako casi se atragantó con el contenido de su copa.

—Ben no tiene ni una pizca de Koushiro —dijo Mimi y luego suspiró, como si algo la acongojara, para quedar desplomada sobre la mesa del patio.

Miyako Ichijouji de pronto se sintió en la sala de interrogaciones que veía siempre que iba a visitar a su esposo en la estación de policía. Mimi era una sospechosa que acababa de derrumbarse, luego de que su historia inventada fuese desacreditada por las pruebas que tenían entre manos.

—¿Qué pasó, Mimi? —preguntó Sora con tranquilidad, como si estuviese acostumbrada a ese tipo de reacciones por parte de la señora Izumi—. ¿Qué hiciste? ¿Tiene que ver con Michael?

—Le envié una foto —respondió con la frente aún pegada en la mesa—, fue sin querer.

—¿Qué clase de foto?

—¿Las fotos que le envías a Koushiro en el trabajo? —se adelantó Miyako.

Esta vez, Sora estaba confundida al no saber parte de la historia.

—Sí… —murmuró otra vez—. Era muy buena.

—¿Por eso estás con esa bata? —preguntó Sora.

—Sí —dijo Mimi y por fin las miró a los ojos—. Me saqué una foto en bata para Koushiro, pero Michael me enviaba demasiados mensajes, ya saben cómo es: manda cientos de textos, sin importar que no le conteste. Envió un mensaje al mismo tiempo que Koushiro y me confundí. La foto terminó en la conversación equivocada.

El silencio que se formó en el patio solo fue interrumpido por la celebración de Daisuke y Masami por un gol que vieron en la pequeña televisión en la cocina. Sora aclaró la garganta, pero no dijo nada y decidió beber un poco de la copa que tenía enfrente. "Estas cosas solo le pasan a Mimi", pensó Miyako y siguió el ejemplo de la pelirroja y bebió también de su boca.

—¿Cómo lo tomó, ugh, Koushiro? —preguntó entre susurros Miyako.

—Quizás se enojó un poco al principio, no lo sé —respondió Mimi—, según él, Michael debería entenderlo si se lo explico yo, pero él no conoce a Michael, no como yo.

—¿Crees que siga enamorado de ti? —preguntó Sora con sensatez.

—¿Me vas visto con esta bata? —contra preguntó Mimi, mientras señalaba lo bien que se veían sus curvas con esa bata rosada, cual Afrodita—. Koushiro no se cansa de mí y sigo haciendo estupideces como enviarle fotos a mi ex, bueno, no ex. Michael no es mi ex, al menos no lo veo así.

¿Era Michael el ex novio de la señora Izumi? Miyako sorbió de su copa como si estuviese viendo un dorama romántico en vez de su amiga teniendo un ataque de ansiedad.

—¿Crees que venga por Benji? —preguntó Miyako con algo que no se le parecía en nada a la sensatez de Sora.

—¿Qué? —preguntó Mimi.

—¿Qué? —repitió Miyako.