Atención: Pokémon no me pertenece.
Soy un Riolu
Primera temporada
Inicia una leyenda
Era lunes por la tarde. Norberto acababa de regresar del bachillerato, como siempre lo hacía: cansado, desconectado, sintiéndose más un espectador que un protagonista en su propia vida. Recién había cumplido dieciséis años. En cuanto cruzó la puerta de su habitación, lanzó la mochila contra el suelo sin miramientos. Allí quedaría hasta el día siguiente. ¿Para qué moverla? No tenía planes, no tenía con quién hablar, y en su casa todos parecían demasiado ocupados resolviendo sus propios problemas como para notar su presencia.
Se encerraba en su cuarto cada tarde. No estudiaba. No salía. Solo había una cosa que verdaderamente le importaba: Pokémon. Su refugio, su escape, su pasión. Podía pasarse horas frente a la pantalla, sin notar el paso del tiempo. No era por presumir, pero era bueno. Muy bueno. Conocía los tipos, las fortalezas, las debilidades, los sets competitivos. Había formado un equipo tan sólido que parecía invencible: cada integrante cubría a los otros, cada uno brillaba gracias al otro. Se sabía de memoria los ataques más peligrosos de cada especie desde la primera hasta la sexta generación. Se sentía imparable.
No le interesaban tanto las historias de los juegos, ni las aventuras de los entrenadores. A él lo movía el combate puro, el desafío estratégico. Se había volcado por completo al competitivo. Derrotar rivales era su manera de respirar. Su equipo arrasaba a los demás como un tren sin frenos, y aunque ocasionalmente encontraba contrincantes que merecían su respeto, casi siempre salía vencedor. Aquello no era un simple pasatiempo: era su vida. Él no jugaba a ser el mejor, su identidad estaba basado en esto.
Hasta que, una noche, todo cambió.
Aquel combate fue diferente. Un retador desconocido apareció, uno que no retrocedía, que pensaba cada movimiento, que se anticipaba. El duelo fue largo, tenso, brutal. Al final, ambos habían perdido a casi todos sus Pokémon, y solo quedaba uno en pie por cada lado. No había ventajas. Solo voluntad. Fue la batalla más intensa que Norberto había enfrentado en años.
Y ganó. Por un suspiro, por un solo punto de salud. La suerte, tal vez, decidió darle la victoria. Su oponente, lejos de molestarse, lo felicitó con humildad. Dijo que era el primero en vencerlo en mucho tiempo. Norberto, por su parte, le devolvió el gesto. Reconocía a un rival digno cuando lo veía.
Antes de despedirse, aquel extraño le hizo una pregunta. Una que sonaba a juego, o a broma.
—Si pudieras ser un Pokémon... ¿Cuál elegirías?
Norberto se rio. Sintiéndose aún invencible, contestó sin dudar:
—Lucario.
El otro respondió con una sonrisa enigmática:
—Solo sería posible en tu imaginación...
Después, se desconectó. Nunca volvió a saber nada de él.
Pasaron un par de semanas. Todo volvió a la rutina: clases, encierro, batallas. Y esa noche, como tantas otras, se acostó tras horas de jugar. Era medianoche. La casa dormía. Cerró los ojos.
Y entonces... lo sintió; Algo extraño lo envolvía. No era su colchón, no era su cuarto. Su espalda rozaba algo húmedo y suave, como si estuviera recostado sobre pasto. Quiso jalar su cobija, pero no la encontraba. Su almohada también había desaparecido.
Abrió los ojos. Lo rodeaba un bosque inmenso, lleno de árboles que se alzaban como gigantes. Él, en cambio, se sentía diminuto, se incorporó, desconcertado, y bajó la vista hacia sus manos.
No tenía manos. Tenía patas pequeñas, con dedos redondeados. Gritó.
Corrió sin rumbo, sin entender nada. Los árboles pasaban como sombras, el miedo latía fuerte en su pecho. Enseguida, se detuvo frente a un río ancho y bravo, cuyas aguas golpeaban con fuerza las piedras. Al acercarse, vio su reflejo.
Él era un Riolu. La realidad lo golpeó como un trueno. ¿Era un sueño? ¿Un delirio? ¿Un castigo?
Antes de que pudiera procesarlo, la corriente del río arrastró algo —alguien—: otro Riolu, que luchaba desesperadamente por no ser devorado por la fuerza del agua. Norberto, sin saber por qué, sintió el impulso de ayudar. No lo pensó. Corrió junto al río, buscando un punto de acceso. A lo lejos, vio un árbol inclinado hacia la orilla. Corrió con toda su fuerza, más rápido que nunca que incluso no se percató de que paso frente de un Bulbasaur junto a un Turtwig.
Cuando llegó, usó un movimiento que no sabía que conocía: Palmeo. Golpeó la base del árbol y lo derribó, formando un puente natural hacia el centro del río. Subió sobre él, firme, decidido. Esperó. Cuando la otra Riolu fue arrastrado hasta su altura, se lanzó y lo sujetó con fuerza: Salvándole la vida.
Ambos se quedaron allí unos segundos, jadeando. La Riolu rescatada —una hembra, como notó por su figura y expresión— lo abrazó. Estaba agradecida. Él, sin pensarlo, correspondió el gesto.
Pero no había terminado. El árbol comenzó a moverse. La corriente lo arrastraba. Una cascada se avecinaba. Saltaron. Lograron alcanzar tierra firme justo antes de caer. Norberto cayó de rodillas, exhausto. Miró sus patas, su cuerpo, el bosque... y comprendió que nada tenía sentido.
Quiso hablar, gritar, preguntar. Pero de su garganta solo salieron gruñidos y sonidos extraños. Lo mismo le ocurría a la otra Riolu, que lo miraba con ojos brillantes, aún temblorosa. Sin saber por qué, Norberto la bautizó en su mente: Rihanna. Y así comenzó su nueva vida.
Hora tras hora, jugaban en el bosque. Aventuras simples, risas sinceras. Se comunicaban sin palabras, usando gestos, emociones... y algo más. Algo que Norberto comenzó a sentir en su interior: el aura. No sabía cómo funcionaba, pero le permitía entender a Rihanna, como si sus emociones se entrelazaran.
Había pasado tiempo desde que se había transformado en un Riolu. Para ese punto, casi había olvidado que alguna vez fue humano. ¿Y cómo no hacerlo? Su mente estaba completamente distraída desde que conoció a Rihanna. ¿Qué estaba haciendo? Ah, sí... estaba contando su historia. Era un muchacho distraído, y eso no cambiaba ni siendo Pokémon.
Rihanna y él jugaban a las escondidas, su juego favorito. A él le tocaba buscar, pero lo que su amiga no sabía era que su habilidad para percibir el aura había mejorado tanto que ya podía localizarla de manera fácil. El mejor de su especie con el control del aura en muchos kilómetros a la redonda; Tal vez incluso superaba a algunos Lucario.
Fingía buscarla torpemente, mientras detectaba con claridad el lugar donde ella se escondía. Cada vez que se equivocaba a propósito, Rihanna soltaba una risita traviesa. Y él se derretía por dentro al escucharla. Nada le hacía más feliz que verla sonreír.
Después de un rato de jugar, decidió sorprenderla. Se lanzó hacia su escondite, y la encontró de inmediato. Ambos rieron a carcajadas. Todo el bosque parecía haberse hecho para ellos. Los Pokémon que habitaban la zona eran pacíficos, y los tipos Bicho no causaban problemas mientras nadie se metiera con ellos.
Todo parecía perfecto.
Después de compartir unas bayas dulces, él se alejó un momento para dar un paseo, y entonces la vio. Una Espeon se presentó frente a él, con una expresión intimidante y desafiante. No tuvo tiempo de reaccionar. Dio unos pasos hacia atrás para esconderse, pero antes de lograrlo, la tipo psquico corrió con una velocidad impresionante. Pasó junto a él como un rayo. Y enseguida lo entendió. Demasiado tarde.
Ese Espeon había atacado a Rihanna; Corrió hasta ella, la encontró herida y temblorosa. La abrazó con desesperación. Seguía consciente, pero estaba gravemente lastimada. ¿Por qué? ¿Por qué la habían atacado?
Una voz aguda, infantil y arrogante interrumpió sus pensamientos.
— ¿Pero qué es todo este drama que está pasando aquí?
Un niño de no más de nueve años apareció entre los árboles. Había algo en él que no inspiraba confianza. Su mirada era vacía, su sonrisa forzada. Todo en su presencia provocaba un escalofrío.
Y entonces, lo entendió. Aquel niño era el entrenador de la Espeon.
—Pensé que te había perdido, Riolu —Dijo el chico con tono burlón—. Al parecer te conseguiste novio. Lástima que ya jamás volverás a verlo.
Sin perder tiempo, arrojó una Pokébola. El rayo rojo atrapó a Rihanna antes de que pudiera reaccionar. Ella desapareció ante sus ojos. Así de fácil. Así de cruel. Él quedó paralizado. Con los ojos abiertos, sin poder moverse. Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Vámonos, Espeon. Debemos irnos a casa. Se está haciendo tarde —Murmuró el niño con indiferencia.
Se marchaba, llevándosela: Norberto se quebró por dentro. Gritó. Un grito tan potente que el bosque entero pareció enmudecer. Un grito que estremecía la tierra.
El niño se detuvo, extrañado. Y fue en ese momento que el Riolu se lanzó con todo el impulso de su cuerpo. Saltó, y con una patada brutal, golpeó al niño en el estómago; El cuerpo del pequeño voló varios metros y se estrelló contra una cerca de madera. El niño se levantó con dificultad, furioso.
— ¡No debiste haber hecho eso! ¡Me las vas a pagar!
El Espeon se adelantó usando Psicorrayo para la ocasión. El ataque fue tan potente que dejó al Riolu tirado en el suelo. No podía moverse, pero aun así, se obligó a levantarse. Apenas logró ponerse de pie, el niño le dio una patada en el rostro, y luego otra. Le pisó el pecho, una y otra vez.
El cuerpo del infortunado dejó de responder. Ya no tenía fuerza, no tenía nada.
El niño, al ver que no reaccionaba, lo arrastró hasta el río cercano. Y sin mostrar la menor emoción, lo lanzó al agua.
—Basura —Sentencio con desprecio.
El cuerpo del Riolu flotó río abajo, arrastrado por la corriente. Perdió el conocimiento antes de caer por una cascada.
Luego, despertó estando en su cama. Todo parecía… normal. ¿Había sido un sueño? La confusión lo invadió por completo. Pero como solía hacer siempre, no le dio mucha importancia. Evadir era su manera de vivir.
Miró el reloj ¡Se le hacía tarde para el bachillerato!
Saltó de la cama, se vistió a toda prisa y salió corriendo. La escuela quedaba a dos kilómetros de casa. Tenía que tomar el camión, y faltaban exactamente cuarenta minutos para que empezaran las clases.
Y claro, el primer profesor era el más estricto con la puntualidad.
En el camión, como siempre, no encontró asiento. Iba parado, apretado entre desconocidos. Tenía cuarenta minutos por delante. ¿Estudiar? No. Prefería sacar su Nintendo Switch para jugar Pokémon. Eso lo tranquilizaba. Aunque no podía dejar de pensar en ese extraño sueño. Tan vívido. Tan real.
Después de un rato, logró atrapar un Riolu hembra. Por alguna razón, le puso nombre, cosa que rara vez hacía, la llamó: Rihanna. Apenas lo hizo, una avalancha de recuerdos invadió su mente. Todo lo que vivió con ella. Todos los sentimientos que creyó haber olvidado. Apagó la consola de inmediato.
Pero no pudo borrar lo que sentía.
Ya en clase, su cuerpo estaba presente. Pero su mente, en otro mundo. Si ya le iba mal antes, ahora todo sería peor. No podía concentrarse, estaba ausente. Quizá necesitaba ayuda. Quizá se estaba volviendo loco.
Al llegar a casa, su madre ya se iba a trabajar. Siempre con prisas, ella mantenía a la familia sola desde que su esposo los abandonó. La comida estaba servida, como siempre. Pero él no necesitaba solo comida, necesitaba afecto.
No tenía amigos, ni redes sociales, ni siquiera correo electrónico: Estaba solo.
Tan solo, que ya se había acostumbrado. El amor era un concepto extraño, lo veía en los demás y sentía rechazo, no lo comprendía, solo quería desaparecer. Siendo única forma de escapar de todo eso… era jugar Pokémon, no mentía cuando decía que estaba completamente solo, aun así, algo dentro de él pedía ser escuchado; Aunque nadie estuviera allí para hacerlo.
Habían transcurrido otro aburrido día escolar, la vida se había tornado gris y monótona, como la de cualquiera. Podría ser que estaba malinterpretando lo que realmente significaba vivir un infierno. Con el tiempo, comprendió que la auténtica pesadilla no eran aquellas emocionantes, aunque peligrosas aventuras vividas como un Riolu, sino la vida vacía y aburrida que llevaba ahora. Eso sí que era horrible. No tenía idea de qué se suponía que debía hacer.
Las clases pasaban para nada cambiar. Aquella experiencia como Pokémon, que una vez creyó real, parecía no volver jamás. Lamentable, esa vía de escape a su realidad se le hacía cada vez más inalcanzable. Sin embargo, contra todo pronóstico, de pronto ocurrió algo esa noche.
Despertó desorientado a la orilla de un río, le sorprendía estar con vida después de haber caído por una enorme cascada. Estaba tan débil que no podía levantarse, así que comenzó a arrastrarse por el campo hasta llegar a una zona boscosa. Pasó la mañana, recuperándose poco a poco, hasta que recobró todas sus fuerzas; De inmediato intentó utilizar su aura para localizar a Rihanna, pero por más que lo intentó, no sentido su presencia, eso solo podía significar una cosa, estaba demasiado lejos.
Así que decidió emprender la marcha. Durante el trayecto, entrenó sus movimientos y perfeccionó su control del aura. Aunque ya se encontraba a kilómetros del río donde comenzó su aventura, no dejaba de buscarla. Entonces, de la manera inesperada posible, la sorpresa lo sacudió: por fin pudo sentir su presencia. Aún estaba lejos, pero al menos sabía dónde se encontraba. Sin perder tiempo, corrió con todas sus fuerzas a esa ubicación.
Más tarde, llegó a una pequeña granja alejada de la civilización, comenzó a escuchar gritos desgarradores que reconoció al instante: eran de Rihanna. Sonaban a sufrimiento, como si estuvieran torturándola. Con cautela, se acercó al granero, y lo que vio lo dejó paralizado: era el mismo niño que le había arrebatado a su amiga. Solo con verlo, una furia indescriptible lo invadió. Estaba maltratando a Rihanna como si fuera un objeto.
¿Qué clase de entrenador podía hacer algo así?
A cada instante, el muchacho le ordenaba a su Espeon que la atacara con Ataque Rápido, en reiteradas ocasiones. Rihanna, paralizada por estar sumergida en miedo extremo, temblaba ante cada orden. Era evidente que su terror hacia su entrenador era profundo y justificado.
— ¿Por qué te escapaste? ¿Acaso no te gusta estar conmigo? Pues por eso, ahora los castigos se duplicarán. ¿Qué opinas, Espeon? ¿Estás de acuerdo?
La evolución de Eevee parecía disfrutar del tormento que infligía. El niño rio de forma escalofriante. Poco después, apareció un pequeño Torchic, otro de sus Pokémon, para su sorpresa, el tipo fuego mostraba afecto hacia el infame entrenador. ¿Cómo podía quererlo? El bebe pokemón se frotó contra la pierna del muchacho.
— ¿Otra vez tú, Rogelio? Qué molesto eres...
Era evidente que al niño se le había olvidado alimentalo. Era un pésimo entrenador, fue que Norberto decidió actuar. Entró en escena acando con un Palmeo directo al infame, tomándolo desprevenido.
— ¿Qué…? ¿Cuántas vidas tiene un Riolu? No importa. ¡Espeon, usa Psicorrayo! ¡No dejes que esa molestia sigua respirando!
El ataque resulto ser un fastidio para el protagonista, otro bien dado de esos para quedar noqueado en el suelo, pero aún logró mantener la valentía. Sin dudarlo, devolvió la agresión usando: contraataque, un solo golpe fue suficiente para dejar fuera de combate a la tipo psíquico. El infante, sorprendido, tardó unos segundos en reaccionar para acto seguido llamar a su Pokémon de regreso a la Pokébola.
— ¡Espeon! No lo puedo creer… ¡Regresa! Vamos, Rogelio ¡usa Bala Semilla!
Torchic lo miró perplejo, como preguntándose qué le pasaba. Incluso Riolu quedó asombrado por la torpeza del chico.
—Esperen… No sabes Bala Semilla. ¡Era Lanzallamas!
El pokémon polluelo comenzó a lanzar llamaradas con rapidez, mientras su contrincante hizo lo posible por esquivarlas. Uno de esos ataques acertó, y aprovechando de prestancia el ataque más de cerca Norberto recurrió a Copión; Lanzó una poderosa llamarada directo al rostro del mocoso, que quedó atónito al ver que un Riolu lo atacaba con un movimiento así. El fuego le quemó tanto el rostro como el cabello. El niño, desesperado, intentó regresar a Rihanna y Torchic a sus Pokébolas; su agresor adelantándose a los hechos, le propinó un golpe en la mano, haciendo que esos objetos cayeran al suelo antes de ejecutar el debido llamado.
Enseguida, miró al menor directo a los ojos, con un rostro cargado de furia. Usó su aura para transmitirle todo el rencor que sentía, dejándole claro que, de tener la oportunidad, no dudaría en acabar con él. El chico, traumatizado, comenzó a correr llorando, gritando por su madre como el niño que era. Riolu no sintió ninguna pena por él. Después de ver cómo maltrataba a sus Pokémon, consideraba que lo merecía. Sin dudar, destruyó ambas capsulas, liberando tanto a Rihanna como al Torchic. En ese momento no imaginaba las consecuencias de lo que acababa de hacer.
Luego, cargó a Rihanna, quien apenas podía mantenerse en pie. Ella, al ver que la alejaba de aquel lugar horrible, le dedicó una sonrisa sincera y agradecida. Sin embargo, el pokemon polluelo los miraba desde la distancia, con una expresión de profunda ira. No le había gustado nada que destruyera su Pokébola; Su entrenador nunca lo había querido, y ahora que ya no formaba parte de su equipo, no parecía haber intención de volver a capturarlo. Rogelio, con un deseo de venganza ardiendo en su interior, lo observó alejarse: su jurado archienemigo.
Después de varias horas de cuidado constante, Rihanna se había recuperado por completo luego de comer un banquete de bayas que se sabían eran curativas. Con su energía restablecida, los juegos y las risas infantiles entre ella y su compañero volvieron a llenar sus días, como si todo volviera a su cauce natural.
El bosque en el que se encontraban no solía ser transitado por entrenadores, así que se sentían seguros… al menos de los humanos. Sin embargo, esta vez la amenaza no vendría en forma de una PokéBola, sino de un viejo conocido: un travieso polluelo que antes había sido propiedad de alguien con fama bastante dudosa. Ese Torchic, que ahora recibía el nombre de Rogelio, los había encontrado.
Sin previo aviso, un feroz Lanzallamas fue ejecutado con mucha furia hacia ellos, tomándolos desprevenidos. ¿Por qué los problemas siempre parecían seguirlos como si fueran imanes de desastre? Norberto no tuvo más opción que entrar en combate. Rogelio parecía empeñado en destruir todo a su paso y, en medio de su ofensiva, comenzó a incendiar el bosque —el mismo que el pokémon emanación llamaba hogar— Movido por la rabia aunado al instinto de protección, se deslizó sigilosamente entre los árboles, acercándose por la retaguardia mientras su adversario escupía fuego a diestra como siniestra. Entonces, le propinó un certero Palmeo en la espalda; su enemigo no se lo esperaba.
El cielo, como si compartiera la preocupación del joven Riolu, comenzó a nublarse, la lluvia no tardaría en llegar. Con suerte, apagaría el fuego que consumía el lugar. Pero Rogelio, herido y enfurecido, cambió de táctica y se lanzó sobre su contrincante con una ráfaga de Picotazos, golpeándolo en reiteradas ocasiones, sin quedarse atrás, respondió con Copión, imitándolo y devolviéndole cada picotazo con la misma furia.
El combate era brutal. Ambos estaban exhaustos, ninguno dispuesto a retroceder.
El viento del bosque aún llevaba el olor de la ceniza, como si la tierra recordara las llamas que habían arrasado su piel. Bajo un cielo gris, cargado de lluvia próxima, Norberto tensó los puños. Frente a él, con el plumaje revuelto y los ojos brillando de furia, se alzaba Rogelio, el Torchic renegado. Su aliento salía caliente, y cada paso que daba dejaba un leve crujido en las hojas chamuscadas.
No hubo aviso. Solo un rugido ardiente que desgarró el aire:
—¡Lanzallamas!
La llamarada cruzó el campo en un instante. Norberto apenas tuvo tiempo de rodar hacia un costado, sintiendo el calor lamerle los talones. Se impulsó con fuerza entre las raíces carbonizadas, cerrando la distancia.
— ¡Palmeo! —Gritó con el alma, su aura concentrada en un golpe certero.
Impactó el pecho de Rogelio con fuerza, haciéndolo tambalear. Pero el Torchic no era ningún novato. Con un chillido agudo, giró sobre sí mismo y liberó un remolino abrasador.
Enseguida una espiral llameante rodeó a Norberto, era Giro fuego, atrapándolo en un círculo de calor que no dejaba escape. Tosió, sintiendo el ardor en su pecho, pero no retrocedió. Sus ojos se clavaron en los del enemigo.
—No me vas a ganar… no esta vez —Murmuró entre jadeos.
Con el aura chispeando a su alrededor, imitó el brillo de las técnicas que lo habían golpeado; usando Copión.
Una danza de llamas giró a su alrededor, reflejo exacto del Giro Fuego de Rogelio, y lo lanzó de vuelta al Torchic, empujándolo fuera del anillo de fuego. Rogelio se arrastró por el suelo, el humo saliendo de su plumaje.
Ambos jadeaban. Los dos cubiertos de ceniza, heridos, tosiendo. No había vuelta atrás.
— ¡Picotazo! —Gritaron los dos al mismo tiempo.
Golpeándose de manera simultanea, como dos flechas de energía opuestas. Picos chocando, chispas volando, zarpazos, empujones. Una danza feroz, casi animal. Cada golpe de Rogelio era más salvaje, más desesperado, pero Norberto resistía con una tenacidad casi suicida.
Rogelio retrocedió solo un segundo para lanzar su ataque final.
— ¡Lanzallamas!
La llama fue directa, gigantesca. Norberto apenas lo esquivó, pero el calor le quemó el brazo. Sabía que no resistiría otro.
— ¡Vamos, cuerpo, no falles ahora! —Gritó, y con su último aliento, se lanzó con todo lo que tenía.
Dio una vuelta en el aire, como si flotara por un segundo en cámara lenta. Las nubes comenzaron a llorar, y en medio del vapor, Norberto apareció tras la espalda del Torchic conectando un duro Palmeo.
El golpe cayó con un eco profundo, como un tambor de trueno. Rogelio fue lanzado contra un árbol humeante, donde se quedó tirado, sin fuerzas para levantarse; había quedado debilitado.
El fuego se apagaba, la lluvia caía, Norberto apenas podía mantenerse en pie, pero lo había logrado. Con la respiración entrecortada, se tambaleó hacia Rihanna, quien lo esperaba con ojos preocupados.
—Fue por poco... —Susurró, y luego, todo se volvió oscuridad.
Justo entonces la lluvia comenzó a caer a cantaros. Las llamas retrocedieron, apagadas por el agua que caía desde el cielo gris. Pero el daño ya estaba hecho. El bosque, antes lleno de vida, estaba ahora calcinado y en ruinas.
Con tristeza, Riolu y Rihanna comprendieron que ya no podían quedarse allí. La única opción era buscar un nuevo hogar. Aunque eso significaba acercarse a la civilización y correr el riesgo de cruzarse con entrenadores, no había alternativa. Emprendieron el viaje, desanimados pero determinados.
Durante horas caminaron río arriba, sin un rumbo claro, solo guiado por la necesidad de avanzar. A cada paso, el terreno se elevaba poco a poco, hasta que se cruzaron con el río, que se hundía en las faldas de un acantilado que se elevada varios metros. El cauce era ahora más angosto, pero también más traicionero. Saltarlo representaría un riesgo considerable: una caída sería dolorosa, incluso fatal.
Decidieron seguir caminando, esperando encontrar un punto más seguro para cruzar. La suerte, por una vez, les sonrió: descubrieron un puente colgante que cruzaba el río. Sin embargo, ese puente había sido olvidado por el tiempo. Algunos tablones que habían desaparecido, otros estaban podridos o resquebrajados. Aun así, era su única opción.
Norberto, fiel a su espíritu impulsivo, decidió cruzarlo. Observó a Rihanna, que dudaba, paralizada por el miedo. Él sabía que su mejor amiga era tímida, pero su reacción fue más intensa de lo normal. Y lo comprendió: había algo más detrás de su temor.
Usando su aura, el pokémon emanación escaneó los recuerdos de Rihanna. Descubrió algo que ella nunca le había contado. Tiempo atrás, durante su huida del infame entrenador junto a su cruel compañera, había intentado cruzar ese mismo puente. Falló… y casi se ahoga. Desde ese momento, no solo temía al puente: tenía un miedo profundo al agua. No quería volver a andar.
Con esa verdad revelada, Riolu cambió su actitud. Le habló con calma, reconociendo su miedo, diciéndole que no tenía por qué avergonzarse. Rihanna, conmovida, le regaló una sonrisa y dejó de resistirse.
Pero, aún con todo su afecto, seguía siendo él. Sin pensar dos veces, la empujó con suavidad al puente colgante y luego la siguió. La fue guiando, jalándola con cuidado mientras ella temblaba del miedo. Con cada paso, el puente crujía, pero resistía.
Ya casi llegaban al otro extremo cuando, de pronto, una llama ardiente atravesó el aire, incendiando el último tramo del puente. Las cuerdas se sacudieron violentamente, y ambos fueron lanzados contra la pared del barranco. Colgaban del puente, ahora en ruinas, con el río traicionero rugiendo bajo ellos.
Allí, desde las alturas, apareció Rogelio, con su carita de ángel y sus intenciones asesinas. Usó Picotazo para romper el poco soporte que les quedaba.
Y así, sin más opción, Ambos cayeron, directo a los rápidos salvajes, sin saber qué les esperaba… solo la certeza de que ese Torchic no pensaba dejarlos en paz tan fácil.
El rugido del río se tragó sus gritos, cayeron como dos sombras desamparadas, envueltos en el estallido de espuma y rocas. El agua los engulló sin compasión, arrastrándolos en su furiosa corriente como si fueran hojas caídas en una tormenta.
El frío fue como un zarpazo en el alma.
Rihanna sintió que el miedo la devoraba desde adentro. Su cuerpo temblaba, sus patas apenas lograban mantenerse a flote, su mente era solo un torbellino de recuerdos y terror. Las risas crueles del pasado, las órdenes gritadas, los grilletes invisibles que la ataban aún. Todo volvió. Todo.
Pero esta vez… no estaba sola. Entre la espuma, una garra azul tomó la suya.
— ¡Rihanna! ¡Respira! ¡Estoy contigo! —Gritó Norberto, luchando contra la corriente con todo lo que tenía.
Las ramas se estrellaban a su alrededor. La espuma salpicaba como cuchillas. Una piedra chocó contra el hombro de Norberto, y él soltó un gemido, pero no la soltó a ella; Jamás.
Durante interminables segundos —O fueron minutos—, la corriente los azotó, los arrastró, los retorció sin piedad. Pero entonces, el río empezó a calmarse. Las aguas, aunque aún bravas, se abrían hacia un claro entre los árboles… y por fin, con un último esfuerzo, Norberto logró aferrarse a una raíz que emergía de la orilla.
Con un jadeo desgarrador, arrastró a Rihanna fuera del agua. Ambos se desplomaron en el barro, temblando, empapados, magullados… pero vivos.
El peligro inmediato se había ido, pero el trauma, el cansancio, el dolor… no. Rihanna, aún temblorosa, se volvió hacia él. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, no solo de miedo, sino de alivio. De algo más profundo.
—Gracias… por no soltarme.
Norberto asintió, exhausto. Con una leve sonrisa, le respondió entre jadeos:
—Nunca lo haré.
Enseguida, un crujido sobre las rocas los hizo levantar la vista. Allí, entre la bruma que subía del río, Rogelio seguía en pie. Chamuscado, mojado, respirando como un demonio cansado, pero con la mirada encendida por el odio. Los había seguido. Y no se detendría.
— ¿Qué… eres? —Susurró Norberto, incorporándose con movimiento lento mientras ayudaba a Rihanna a ponerse de pie.
El Torchic no respondió. Solo bajó la cabeza. Su cuerpo comenzó a brillar con una luz anaranjada... una evolución a punto de desatarse.
—No puede ser… —Murmuró Rihanna, retrocediendo.
Pero Norberto entrecerró los ojos. Estaba herido. Cansado. Casi sin energía. Y aun así, dio un paso adelante. Porque si Rogelio se convertía en Combusken en ese instante, probablemente ya no habría escapatoria.
—Rihanna… corre.
— ¡No te voy a dejar! —Gritó ella, con una mezcla de furia combinada con amor en su voz.
—Entonces… vamos a detenerlo juntos. —Solo sonrió con tristeza, mientras una chispa de aura se reflejaba en sus ojos.
Rogelio brillaba. El fulgor de la evolución lo envolvía como una antorcha encendida desde adentro. Su silueta se alargaba, sus patas crecían, las llamas giraban a su alrededor como una danza salvaje. Ya no era un simple Torchic. Era un monstruo en ascenso.
— ¡Corre, ahora! —Gritó Norberto mientras el aire se llenaba de electricidad estática y fuego.
Pero Rihanna no se movió. Cerró los ojos, concentrándose, y su cuerpo comenzó a emitir un leve resplandor púrpura. Su mente se conectó con la de su compañero. Unir sus fuerzas era su única opción.
Rogelio terminó su transformación con un grito gutural. Ya no era un adorable pollito. Era un Combusken, y quería sangre.
El suelo tembló cuando se lanzó a toda velocidad, girando con Giro Fuego. Una espiral ardiente se formó a su alrededor, devorando ramas, piedras y barro. La temperatura subió con violencia, evaporando la lluvia antes de que tocara el suelo. Norberto sintió que se asfixiaba.
Pero no estaba solo.
— ¡Ahora! —Gritó Rihanna.
Norberto imitó al enemigo con Copión, absorbiendo el fuego y formando su propio torbellino ígneo. Las dos espirales se chocaron en medio del bosque como dos huracanes colisionando. La explosión fue tan violenta que los árboles más cercanos se doblaron por la onda expansiva.
Ambos fueron lanzados por los aires.
Combusken se enderezó en medio del humo, jadeando, pero con los ojos encendidos. Abrió el pico para lanzar un Lanzallamas directo a Rihanna. Ella no tuvo tiempo de esquivar.
Pero antes de que la alcanzara…
— ¡Noooo! —Norberto se interpuso.
El fuego lo golpeó de lleno. Su grito de dolor partió la relativa tranquilidad del lugar por completo. Su pelaje azul se ennegreció, sus patas flaquearon. Pero no cayó.
Con los ojos llenos de lágrimas y rabia, corrió a través de las llamas, sus patas envueltas en una luz blanca. Palmeo.
Saltó. Giró en el aire. Y golpeó al Combusken con todas sus fuerzas justo en el rostro.
El impacto fue tan brutal que Rogelio fue lanzado hacia atrás, estrellándose contra una roca y rebotando como un muñeco de trapo. Intentó levantarse… pero cayó de rodillas. Su cuerpo humeaba, su energía se agotaba. Dio un paso más… y colapsó; Inconsciente, de todos modos no tenía buenas estadísticas que digamos.
Todo volvió a estar en silencio, salvo por los jadeos entrecortados de ambos Riolu. El bosque, aunque herido, se mantenía en pie.
Rihanna se acercó a él, temblando, y lo abrazó.
—Lo lograste… lo hiciste…
Norberto, con una sonrisa rota, apenas pudo decir:
—Lo hicimos… juntos.
Y allí, entre los árboles mojados, las cicatrices del pasado, y un enemigo derrotado, supieron que habían sobrevivido a lo imposible.
Pero también sabían algo más: Rogelio volvería. Y la próxima vez, no dudaría en matar, porque en la mente de aquel enemigo habai quedado grabado en su recuerdo lo siguiente:
Hace unos días, un Torchic de nombre Rogelio vagaba sin rumbo por el bosque, con la mirada caída y el corazón roto. Rememoraba cada que podía los momentos felices que había compartido con su entrenador, aunque su versión de esos recuerdos era muy distinta a la realidad. Para él, cada imagen de ese pasado era un puñal al alma.
—¡No! —Gritó, dejando escapar una lágrima por su ojo izquierdo.
Llevaba días sin comer, su estómago rugía con fuerza. Rogelio había perdido el deseo de vivir; el dolor de haber sido separado de su mejor amigo lo había sumido en una tristeza tan profunda que comenzó a rozar la locura. En su mente, la única forma de liberarse del sufrimiento era desaparecer por completo. Las lágrimas fluían sin control desde sus ojos, justo cuando, a unos metros de distancia, Norberto y Rihanna compartían un momento alegre mientras comían juntos, sin notar su presencia.
Oculto detrás de un árbol grueso, el polluelo los espiaba. Ver a los dos Riolu sonriendo y riendo entre ellos avivó en él un sentimiento oscuro. La tristeza y el dolor se transformaron rápidamente en odio. Norberto, gracias a su sensibilidad al aura, detectó la presencia de alguien oculto en los alrededores.
— ¿Quién está ahí? —Preguntó, alerta.
— ¡Púdrete! —Respondió una voz furiosa desde el bosque.
Un poderoso Lanzallamas salió disparado, tomando a Norberto por sorpresa. Sin embargo, Rihanna reaccionó al instante, protegiéndolo al interceptar el golpe que provoco que quedara tirada en el suelo bien mal herida.
Norberto, al analizar el aura, reconoció al atacante.
— ¡Rogelio, sal de una buena vez! —Exclamó.
El Torchic salió de su escondite al verse descubierto. Lo miró fijamente con rencor.
—Me la vas a pagar, Riolu hijo de Ditto —Respondió con desdén.
—Basta, Rogelio. ¿Por qué siempre estás atacándonos? —Preguntó Norberto, frustrado.
— ¿Por qué? ¿En serio quieres saberlo? ¿Recuerdas al entrenador que atacaste por tus propios deseos egoístas? ¡Lo arruinaste! ¡Te atreviste a separarme de mi mejor amigo! Desde ese día, ese niño no ha vuelto a ser el mismo. ¡Lo dejaste marcado para siempre! ¡Te odio por destruir mi felicidad! ¡Ojalá te mueras!
Lleno de furia, Rogelio lanzó un Lanzallamas con toda su fuerza hacia Norberto. Este respondió con un Palmeo, deteniendo parcialmente el ataque.
— ¿Todo esto solo por eso? Deberías calmarte. Ese niño se ganó lo que le pasó —respondió Norberto con firmeza.
— ¡No! ¡El equivocado aquí eres tú! —Replicó el tipo fuego con un tono sarcástico
Acto seguido, atacó con un Picotazo, al que Norberto respondió con un Copión.
El cielo se cubrió de nubes negras, anunciando una inminente tormenta. Rogelio, enceguecido por la sed de venganza, lanzó múltiples Lanzallamas, decidido a ver arder a su adversario. Este, en más de una ocasión, volvió a usar Copión para devolverle el ataque. Pronto, el fuego comenzó a devorar el bosque a su alrededor.
En uno de sus intentos, su enemigo intentó golpear con Palmeo, pero el polluelo esquivó el ataque, que impactó directamente en el tronco de un enorme árbol. El tronco se partió, cayendo con estrépito entre las llamas, avivando aún más el caos. Ambos combatientes estaban al límite, ninguno dispuesto a ceder.
Pero justo cuando Rogelio parecía tener la ventaja, fue tomado por sorpresa por Rihanna, quien le propinó un fuerte mordisco, obligándolo a retroceder de inmediato.
—Norberto ¿te encuentras bien? —Comento Rihanna.
—Gracias Rihanna estoy bien —Respondió Norberto.
Esta historia continuará…
Nota inicial: Para celebrar el decimo aniversario de esta gran historia, he decido darle una buena editada, puliendo la historia, quitando tramas inconclusas para darle prioridad a lo importante.
Nota final: Espero que les haya gustado, y nos leemos otro día.
