Aclaración: Brawl Stars no me pertenece, es de su creador "Supercell". Solo me encargo de crear la historia de mi fanfic sin lucros de su magistral juego.

Capítulo 02: "Un día cotidiano junto con un inesperado sabor dulce"

La luz del amanecer se filtraba a través de los vitrales de azúcar del castillo de Mandy en Chuchelandia, proyectando destellos multicolores sobre las paredes de su habitación. El sonido de un despertador con forma de galleta musical la sacó del sueño, y Mandy se incorporó en la cama con un gruñido suave. Por un momento, los recuerdos de la noche anterior intentaron colarse en su mente, pero los apartó con decisión. Hoy sería diferente. Hoy iba a ser la reina que todos esperaban, sin distracciones ni autocompasión.

Se levantó con energía renovada, estirándose como si quisiera sacudirse cualquier resto de melancolía. En el baño, se lavó la cara con agua fría, se cepilló los dientes y se miró al espejo con una determinación feroz.

—Nada de tonterías hoy, Mandy —se dijo a sí misma, apuntándose con un dedo—. Eres la reina de los dulces, y nadie, ni siquiera un caballero con un dragón inflable, va a arruinarte el día.

Se vistió con su uniforme característico: una falda de volantes que parecía hecha de capas de glaseado, una blusa con mangas abullonadas y, por supuesto, su corona de caramelo endurecido, que colocó con cuidado sobre su cabello perfectamente peinado. Tomó su bastón de caramelo del perchero y bajó las escaleras del castillo con pasos firmes, el eco resonando como un himno de autoridad.

Afuera, el aire fresco de la mañana en Chuchelandia olía a hierba azucarada y flores comestibles, y Mandy respiró hondo, sintiéndose lista para conquistar el día.

Caminó hacia la tienda con una actitud positiva que no había sentido en días. El sol brillaba, los pájaros cantaban melodías que parecían sacadas de una caja musical, y por primera vez en mucho tiempo, Mandy tarareó una pequeña canción mientras avanzaba. Iba a hacer un nuevo lote de piruletas explosivas, reorganizar las vitrinas y tal vez incluso sonreírle a un cliente o dos. Nada podía detenerla.

Cuando llegó a la tienda, Berry ya estaba allí, barriendo la entrada con su habitual calma. La saludó con un leve movimiento de cabeza, y Mandy le devolvió una sonrisa radiante.

—¡Buenos días, Berry! Hoy vamos a hacer que este lugar brille como nunca —anunció, entrando con un giro teatral.

Sin embargo, su buen humor duró exactamente diez segundos. Chester estaba detrás del mostrador, sosteniendo una bandeja de gomitas con una sonrisa sospechosa. Antes de que Mandy pudiera decir algo, él exclamó:

—¡Oh, Su Alteza ha llegado! Mira, hice un nuevo invento: gomitas "sorpresa". ¿Quieres probar una?

Mandy entrecerró los ojos, su instinto gritándole que no confiara en él. Pero antes de que pudiera rechazarlo, Chester lanzó una gomita directo a su boca. Ella la atrapó por reflejo, masticó… y de inmediato un chorro de jarabe pegajoso explotó dentro, salpicándole la cara y goteando por su barbilla. El sabor era una mezcla extraña de limón y algo que sabía sospechosamente a salsa picante.

—¡CHESTER! —rugió Mandy, limpiándose la cara con furia mientras él estallaba en carcajadas, casi cayéndose del mostrador—. ¡Eres un imbécil! ¡Acabo de ponerme este uniforme!

—¡Vamos, Mandy, es una mejora! —respondió Chester entre risas, esquivando el bastón de caramelo que ella ya había levantado—. ¡Ahora tienes un brillo extra, como buena reina!

Eso fue todo lo que necesitó. Mandy saltó sobre el mostrador con una agilidad sorprendente, blandiendo el bastón como una espada mientras Chester corría alrededor de la tienda, tirándole más gomitas explosivas como si fueran granadas.

—¡Voy a convertirte en un caramelo aplastado, Chester! ¡Esto es guerra! —gritó ella, persiguiéndolo entre las vitrinas.

Berry suspiró desde la entrada, apoyándose en su escoba.

—Y así empieza otro día… —murmuró, resignado, mientras las gomitas volaban por el aire y Mandy y Chester convertían la tienda en un campo de batalla dulce una vez más.

La actitud positiva de Mandy se había desvanecido tan rápido como llegó, reemplazada por la familiar mezcla de furia y diversión que definía su relación con Chester. Aunque, en el fondo, una pequeña parte de ella agradecía la distracción: al menos, por un momento, Draco y sus complicados sentimientos estaban fuera de su mente.


El mediodía llegó a la tienda de Mandy en Chuchelandia con un bullicio alegre. El caos de la mañana, marcado por la pelea con Chester y las gomitas explosivas, había quedado atrás, aunque todavía había algunas manchas de jarabe pegajoso en el suelo que Berry limpiaba con paciencia.

La tienda estaba llena de clientes: niños que señalaban las piruletas gigantes con ojos brillantes, adultos que buscaban chocolates artesanales y algún que otro turista de Starr Park atraído por la fama de los dulces de la "reina Mandy". El aroma a caramelo derretido y vainilla flotaba en el aire, mezclándose con el tintineo de la campanilla cada vez que la puerta se abría.

Mandy, detrás del mostrador, atendía a cada cliente con una sonrisa radiante que parecía sacada de un anuncio publicitario. Había limpiado el jarabe de su rostro, ajustado su corona de caramelo y recuperado su aire de majestuosidad. Cuando una niña pequeña pidió una bolsa de gomitas arcoíris, Mandy se inclinó con una reverencia exagerada y dijo:

—Para ti, mi querida súbdita, solo lo mejor de mi reino.

La niña rió encantada, y los padres sonrieron, agradecidos por el espectáculo. Con un caballero anciano que compró un bastón de caramelo, Mandy bromeó:

—Esto es digno de un noble como usted, pero cuidado, ¡podría convertirlo en el rey de la pista de baile!

El hombre soltó una carcajada y salió con una chispa de juventud en los ojos.

Cada interacción era impecable, llena de ese carisma que hacía de Mandy una figura tan icónica en Chuchelandia. Se movía con gracia, envolviendo dulces en papel brillante, entregando bolsas con un gesto teatral y respondiendo a los cumplidos con un guiño y un "Solo lo mejor para mis súbditos".

A simple vista, era la reina en su elemento, intocable y segura de sí misma.

Sin embargo, desde un rincón de la tienda, Berry y Chester la observaban con atención. Berry estaba organizando una vitrina de chocolates, pero sus ojos se desviaban hacia Mandy cada pocos minutos. Notaba la forma en que su sonrisa nunca vacilaba, cómo su voz mantenía ese tono alegre incluso después de horas de trabajo. Había algo en su calma que lo intrigaba, como si estuviera esforzándose demasiado por mantener esa fachada.

Chester, por su parte, estaba apoyado contra una pared, comiendo una piruleta robada del inventario y mirando a Mandy con una sonrisa burlona.

—Mírala —murmuró Chester, rompiendo el silencio entre él y Berry—. Toda sonrisas y reverencias, como si nada pudiera tocarla. Pero apuesto a que por dentro es frágil como un dulce derretido. Se muere por ese rockero y su dragón inflable, y lo sabes.

Berry frunció el ceño, limpiando un estante con más fuerza de la necesaria.

—Déjala en paz, Chester. Está haciendo su trabajo. No todo gira alrededor de Draco.

—Oh, por favor —replicó Chester, chupando la piruleta con un sonido exagerado—. ¿Esa cara de reina feliz? Es puro teatro. Está pensando en él, en cómo se fue con la chica de los manguales ayer. Puedo oler el drama desde aquí.

Berry suspiró, negando con la cabeza. No quería admitirlo, pero Chester tenía algo de razón. Había visto a Mandy la noche anterior, saliendo de la tienda con esa actitud distraída, y ahora, aunque parecía en control, había pequeños detalles que delataban su esfuerzo: la forma en que sus dedos tamborileaban en el mostrador cuando no había clientes, o cómo su mirada se perdía por un segundo antes de volver a enfocarse en la siguiente persona. Pero Berry, fiel a su naturaleza reservada, no dijo nada. En cambio, siguió trabajando, dejando que Chester continuara con sus burlas.

—Te digo, Berry —siguió Chester, bajando la voz para que Mandy no lo oyera—. Nuestra reina puede gobernar Chuchelandia, pero cuando se trata de Draco, es un desastre. Un día va a romperse como una galleta mal horneada, y yo estaré ahí con palomitas para ver el show.

Mandy, ajena a la conversación, seguía atendiendo a una pareja que pedía un surtido de trufas. Les entregó la caja con un floreo y una sonrisa que habría convencido a cualquiera de su absoluta confianza. Pero en el fondo, cada risa, cada gesto, era una forma de mantenerse ocupada, de no dejar que su mente regresara a Draco, a su sonrisa confiada o al dragón inflable que escupía fuego a su lado. Chester podía burlarse todo lo que quisiera, pero Mandy estaba decidida a no dejar que nadie viera las grietas en su armadura de caramelo.

Por ahora, la tienda era su reino, y ella iba a reinar, aunque fuera solo para probarse a sí misma que podía hacerlo.

El sol estaba en su punto más alto en Chuchelandia, bañando la tienda de Mandy con una luz cálida que hacía brillar las vitrinas de dulces como si fueran joyas. El flujo de clientes había disminuido un poco tras el ajetreo del mediodía, dándole a Mandy un momento para respirar. Estaba ajustando una pila de chocolates en forma de estrella cuando la campanilla de la puerta sonó con un tintineo enérgico, seguido de una voz infantil y llena de entusiasmo que resonó en la tienda.

—¡Mandy! ¡Tu reina favorita ha llegado! —gritó Bonnie, irrumpiendo con una sonrisa que dejaba ver el diente faltante en su dentadura de niña. Su cabello corto y rosa brillante rebotaba mientras saltaba hacia el mostrador, seguida de cerca por Janet, que entró con un paso más tranquilo pero igual de confiado.

Mandy levantó la vista y una sonrisa genuina se dibujó en su rostro. Bonnie era una de sus mejores amigas, una pequeña torbellino de energía que siempre lograba sacarla de cualquier mal humor.

—¡Bonnie! ¿Qué haces aquí? Pensé que estarías volando por ahí con Clyde —dijo, apoyando las manos en el mostrador.

Bonnie se subió de un salto al borde del mostrador, balanceando las piernas.

—¡Nah, Clyde está tomando un descanso después de nuestro último espectáculo! Pero Janet y yo teníamos antojo de dulces, así que aquí estamos. ¿Tienes algo nuevo y explosivo para mí?

Janet, que se había detenido junto a la entrada para mirar las vitrinas, se acercó con una sonrisa tímida. Su cabello largo y rosa, del mismo tono vibrante que el de Bonnie, estaba recogido en una coleta alta que se balanceaba con cada paso. Llevaba su mochila propulsada a la espalda, un artilugio brillante que zumbaba suavemente, listo para lanzarla al cielo en cualquier momento.

—No la dejes comer demasiado, Mandy —dijo con un tono de hermana mayor—. La última vez que probó tus gomitas explosivas, intentó dispararse desde Clyde tres veces seguidas. Fue un desastre.

—¡Fue épico, querrás decir! —protestó Bonnie, cruzándose de brazos con un mohín.

Mandy rió, sacudiendo la cabeza. La dinámica entre Bonnie y Janet siempre le parecía divertida. A pesar de sus diferencias (Bonnie, la niña temeraria que volaba por los aires dentro de su cañón, Clyde, y Janet, la adolescente acrobática que danzaba en el cielo con su mochila propulsada), las dos compartían una pasión por la adrenalina y una lealtad inquebrantable.

—Tranquila, Janet, tengo algo perfecto para las dos —dijo Mandy, agachándose para sacar una caja de debajo del mostrador. Abrió la tapa, revelando un surtido de piruletas que cambiaban de color y pequeñas bombas de chocolate rellenas de polvo efervescente—. Estas son mis últimas creaciones. Las piruletas son para ti, Janet, porque sé que te gusta lo elegante. Y las bombas… bueno, Bonnie, creo que estas gritan tu nombre.

Bonnie aplaudió emocionada, alcanzando una bomba de chocolate antes de que Mandy pudiera detenerla.

—¡Eres la mejor, Mandy! Sabía que mi reina favorita no me decepcionaría —mordió la bomba de chocolate, y un estallido de polvo azul salió de su boca, haciéndola reír y toser al mismo tiempo.

Janet puso los ojos en blanco, pero tomó una piruleta y la giró entre sus dedos, admirando cómo pasaba de verde a morado bajo la luz.

—Gracias, Mandy. Siempre sabes cómo sorprendernos —hizo una pausa, mirando a su alrededor—. Oye, está muy tranquila la tienda hoy, ¿no? ¿Todo bien?

Mandy mantuvo su sonrisa, aunque la pregunta la tomó por sorpresa.

—Todo perfecto, como siempre. Solo estoy reinando sobre mis dulces, ya sabes —su tono era ligero, pero desde el fondo de la tienda, Chester, que estaba apilando cajas de gomitas, soltó un bufido audible. Mandy lo ignoró, pero Berry, que seguía limpiando una vitrina, levantó la vista con una expresión que decía que no se creía del todo la fachada de su jefa.

Bonnie, ajena a cualquier tensión, siguió parloteando sobre su última aventura con Clyde, describiendo cómo habían volado sobre el estadio de Starr Park y casi chocado con un dron publicitario.

—¡Deberías venir a vernos algún día, Mandy! Puedo dispararte desde Clyde, te juro que te encantaría.

Mandy rió, imaginándose a sí misma saliendo disparada de un cañón.

—Tal vez algún día, Bonnie. Pero por ahora, me quedo con mis dulces. Son menos… riesgosos.

Janet sonrió, pero sus ojos seguían estudiando a Mandy con una curiosidad tranquila.

—Bueno, si cambias de idea, avísanos. Nos vendría bien una reina en el equipo de acrobacias.

La conversación continuó con Bonnie probando más dulces y Janet intentando mantenerla bajo control. Mandy se sentía más ligera con su compañía, como si la energía de las dos hermanas pudiera disipar, aunque fuera temporalmente, los pensamientos sobre Draco que aún rondaban en su cabeza.

Desde el fondo, Chester seguía lanzando miradas burlonas, murmurando algo sobre "reina frágil" a Berry, quien solo negaba con la cabeza, deseando que por una vez Chester cerrara la boca.

Pero para Mandy, en ese momento, la risa de Bonnie y la calma de Janet eran suficientes para recordarle que, incluso si su corazón estaba enredado, aún tenía un reino que valía la pena gobernar.


La noche había caído sobre Chuchelandia, envolviendo la tienda de Mandy en un silencio suave interrumpido solo por el zumbido de las luces fluorescentes y el crujir de las bolsas de dulces que ella ordenaba. El día había sido largo, lleno de risas con Bonnie y Janet, clientes satisfechos y las inevitables burlas de Chester, pero ahora, con la tienda vacía, Mandy sentía una calma extraña. Estaba detrás del mostrador, revisando el inventario final mientras Berry barría el suelo y Chester, para variar, jugaba a lanzar gomitas al aire y atraparlas con la boca.

Mandy ajustó su corona de caramelo, que empezaba a pesarle después de tantas horas, y comenzó a contar las ganancias del día. Estaba a punto de apagar la caja registradora cuando la campanilla de la puerta sonó con un tintineo inesperado. Sin levantar la vista, asumiendo que era un cliente despistado, dijo con firmeza:

—Lo siento, ya estamos cerrando. Vuelve mañana.

—Vaya, Su Alteza, ¿ni siquiera un caramelo para un caballero tardío? —respondió una voz grave y familiar, cargada de esa mezcla de burla y calidez que Mandy reconocería en cualquier parte.

Su corazón dio un vuelco, y la pluma que sostenía se le resbaló de los dedos, cayendo sobre el mostrador. Levantó la vista lentamente, y allí estaba Draco, apoyado contra el marco de la puerta con esa sonrisa confiada que siempre lograba desarmarla. Llevaba su chaqueta de cuero gastada, la guitarra colgada al hombro y el cinturón donde guardaba su dragón inflable, ahora desactivado y reducido a un pequeño dispositivo esférico. No estaba en modo de batalla, así que el dragón no hacía acto de presencia, pero Mandy podía imaginarlo rebotando a su lado, escupiendo fuego con orgullo.

—¿Draco? —dijo, intentando mantener la compostura mientras sentía su pulso acelerarse—. ¿Qué haces aquí tan tarde? Pensé que estarías ensayando con… tu banda —la palabra "Lumi" casi se le escapó, pero se mordió la lengua, enderezándose para recuperar su aire de reina.

Draco entró con paso relajado, deteniéndose frente al mostrador.

—Quería pasar antes de que cerraran. Tengo algo para ti —sacó un sobre de su chaqueta y lo deslizó hacia ella con un gesto teatral—. Tres entradas para nuestro concierto de mañana. Para ti, Berry y el bromista de Chester. Por esos caramelos de dragón que me diste ayer. Son… bueno, digamos que me inspiraron una nueva canción.

Mandy parpadeó, sorprendida, mientras tomaba el sobre con dedos ligeramente temblorosos. Abrió el sobre y vio las entradas, brillantes y decoradas con un diseño de llamas y guitarras. Su mente daba vueltas: Draco, aquí, invitándola a su concierto. Intentó ignorar el calor que subía por sus mejillas y forzó una sonrisa profesional.

—Vaya, eso es… generoso de tu parte. No tenías que hacerlo, solo eran caramelos.

—Eran tus caramelos —corrigió Draco, inclinándose un poco más cerca, su voz baja y sincera—. Y créeme, Su Alteza, eso no es poca cosa. Además, quiero verte en primera fila, reinando sobre el público como solo tú sabes.

El corazón de Mandy latió con tanta fuerza que temió que él pudiera oírlo. Por un momento, se perdió en sus ojos, en esa chispa de picardía que siempre la hacía querer decir más, hacer más. Pero entonces recordó a Lumi, la forma en que Draco hablaba de ella, y la realidad la golpeó como un balde de agua fría. Carraspeó, retrocediendo un paso para poner distancia.

—Bueno, gracias. Veré si puedo ir. Tengo… mucho que hacer en la tienda, ya sabes.

Draco arqueó una ceja, como si notara el cambio en su tono, pero no insistió.

—Espero verte allí, Mandy. Sería un honor tener a la reina de Chuchelandia en el show —le guiñó un ojo y se giró hacia la puerta, deteniéndose solo para añadir—. Oh, y dile a Chester que no tire gomitas al escenario, ¿sí? No queremos otro incidente como la vez anterior.

Mandy soltó una risa breve, más por nervios que por diversión.

—No prometo nada con él.

Draco rió y salió, dejando la tienda en un silencio que se sintió demasiado pesado. Mandy se quedó mirando el sobre en sus manos, las entradas asomando como una promesa y una amenaza al mismo tiempo.

Berry, que había observado todo desde el fondo, dejó de barrer por un momento, sus ojos fijos en ella con una mezcla de curiosidad y preocupación.

Chester, por supuesto, no perdió la oportunidad.

—¡Vaya, vaya! —dijo, acercándose con una gomita entre los dedos y esa sonrisa burlona que Mandy ya quería borrar con su bastón—. El rockero te visita solo en la noche y tú te pones más roja que un caramelo de fresa. ¿Cuándo vas a admitir que estás loca por él?

Mandy lo fulminó con la mirada, apretando el sobre contra su pecho.

—Cierra la tienda, Chester, o juro que te hago limpiar el suelo con la lengua —su voz era cortante, pero no tenía la energía para pelear. Guardó las entradas en un cajón, apagó las luces del mostrador y se dirigió a la puerta trasera sin mirar atrás.

Mientras Berry y Chester terminaban de cerrar, Mandy salió al aire fresco de la noche, el castillo de Chuchelandia alzándose en la distancia. Las entradas quemaban en su mente, un recordatorio de Draco, de su sonrisa, de todo lo que no podía tener. Mañana sería otro día, otro concierto, otra oportunidad para enfrentarse a sus sentimientos… o para seguir escondiéndolos bajo su corona de caramelo. Por ahora, solo quería llegar a casa y fingir que su corazón no estaba latiendo al ritmo de una guitarra lejana.

Notas del Autor:

Y seguimos con más tormento emocional para la dulce Mandy. También les cuento que publicaré cada dos capítulos por semana, dependiendo de la interferencia de asuntos familiares u otros.

¡Comenten que les pareció el capítulo!

Emilion se despide de ustedes, lectores, hasta la próxima.