Invocaciones a Medianoche.


La sala del cine se iluminó de golpe, revelando los rostros desencantados de cinco chicos que esperaban mucho más de la noche.
—¿Eso fue todo? —gruñó Ryusui, quitándose las gafas 3D con desdén—. ¡Ni una maldita escena con tensión real!
—Predecible desde el minuto tres —añadió Ukyo, cruzado de brazos—. ¿Qué clase de "clímax infernal" era ese?
Chrome suspiró con una mueca amarga.
—Pensé que al menos iba a tener un buen susto. Qué pérdida de tiempo...
Senku, con su típica sonrisa escéptica, levantó una ceja.
—El terror cinematográfico depende de que ignores la lógica. Es ciencia ficción mal ejecutada.
Gen, sin embargo, parecía más entretenido por el drama post-película que por la película misma.
—Ay, qué dramáticos. Admitámoslo, solo queríamos una excusa para salir juntos y comer palomitas horriblemente caras.
—Al menos hubieran puesto algunas escenas de sexo en esta película para hacerla menos aburrida —dijo Ryusui aún más indignado.

Ya en la calle, con el cielo cubierto de nubes como un mal presagio, Ryusui chasqueó los dedos.
—¡Esperen! Ahora que estamos todos desilusionados, ¿qué tal si hacemos algo más interesante esta noche?

Todos lo miraron.

—Hay una historia —empezó con una sonrisa provocadora—. Sobre demonias antiguas, de belleza sobrenatural y poderes prohibidos. Se dice que puedes invocarlas si realizas un ritual específico justo después de la medianoche. Se alimentan de ambición... y deseo.
—¿Y tú lo sabes porque...? —preguntó Chrome con recelo.
—Digamos que lo leí en un libro muy, muy interesante.

Senku resopló.
—No me digas que vas a sacar un pentagrama y velas negras.
—¿Por qué no? —rió Gen—. Esto empieza a sonar como una fiesta divertida. Estoy dentro.
—¿Tú también, Senku?
—Lo haré solo para probar que es una completa estupidez.

Y así, a las 00:00 en punto, en un galpón abandonado al borde del bosque, Gen y Senku trazaron símbolos en el suelo con tiza blanca, rodeados de velas. Ryusui los guiaba entre carcajadas y frases en un latín improvisado.

—¿Listos? —preguntó Ryusui con teatralidad.
Gen asintió, sonriente.
Senku rodó los ojos.
—Vamos a terminar invocando una rata.

Pero el aire se volvió más denso. Más caliente. El suelo vibró apenas... y de pronto, las velas se apagaron al unísono.

Silencio.

Y entonces, la voz.

—¿Quién osa llamarnos desde este plano miserable?

Del centro del círculo, emergieron dos figuras femeninas, etéreas, letales, bellísimas. Una, de cabello dorado como el fuego y mirada feroz. La otra, de ojos azules y sonrisa venenosa, tan serena como peligrosa.

—Soy Ruri —susurró una, caminando hacia Gen con gracia maldita—.
—Y yo soy Kohaku —dijo la otra, aproximándose a Senku con pasos decididos—.
—Nos han invocado. Y ahora... les pertenecemos por esta noche.

Gen abrió mucho los ojos, su sonrisa torcida creciendo.
—Vaya, vaya... Esto sí que no lo vi venir.

Senku, pese a su lógica férrea, sentía su cuerpo reaccionar de formas que la ciencia no explicaba fácilmente.
—Tch... Esto es una alucinación.
Kohaku se inclinó sobre él con una sonrisa oscura.
—¿Seguro que quieres seguir negándolo, científico?

Solo Senku y Gen eran capaz de ver a las demonias que estaban frente a ellos.

Las velas apagadas no dejaron oscuridad, sino un resplandor carmesí que se encendía desde el círculo mismo. Ukyo fue el primero en tambalearse, llevándose una mano a la frente.
—¿Sienten… eso? Es como…
No terminó la frase: cayó de rodillas y se desplomó sin más.

Chrome intentó reaccionar, pero sus piernas flaquearon.
—¡¿Qué diablos…?!
Un segundo después, Ryusui se rió como si aún pensara que todo era parte del show.
—¡Esto es demasiado realista! ¡Estoy—!
Y luego, silencio. Los tres quedaron tendidos en el suelo, respirando, pero ajenos al mundo.

—No están muertos —murmuró Ruri, caminando en círculos alrededor de Gen como un depredador elegante—. Solo dormidos. Este ritual solo era para ustedes dos.
—No necesitan mirones —añadió Kohaku, inclinándose sobre Senku, cuyos músculos tensos delataban su intento por no rendirse al influjo que ella emanaba—. Solo quienes firmaron el pacto con su voz… pueden vernos. Pueden tenernos.

Gen, lejos de escandalizarse, sonrió como si acabara de ganarse el premio mayor.
—Demonias hermosas, despiadadas y peligrosas... justo mi tipo.

Ruri se acercó más, con sus dedos fríos y afilados como hojas de obsidiana deslizándose por su cuello hasta su pecho.
—¿Me llamaste para jugar, mentalista?
—Te llamé… para ver si eras real. Pero esto… —Gen jadeó suavemente al sentir cómo el calor entre ellos crecía de forma antinatural— esto ya no parece un juego.

Mientras tanto, Kohaku empujaba a Senku contra una de las paredes del galpón, con una fuerza que no pertenecía a una mujer normal. Él respiraba con dificultad, su mente dividida entre analizar y ceder.
—Tú quieres saber cómo funcionamos, ¿no es así? Científico curioso...
—Todo esto debe tener una explicación lógica…
Ella rió suavemente, presionando su cuerpo contra el suyo.
—Entonces explícame por qué tiemblas cuando te toco.

Los labios de Ruri estaban apenas a un suspiro de los de Gen cuando susurró:
—Puedo darte placer, conocimiento… locura. Lo que quieras, si estás dispuesto a pagar con tu alma… o con tu cuerpo.

—Puedo considerar ambas opciones —murmuró él, antes de tomar su rostro y besarla como si fuera a arder si no lo hacía.

El aire se volvió espeso, cargado de vapor y lujuria antigua. Las ropas ardían contra la piel, los cuerpos entrelazados comenzaban a perder su forma bajo la luz roja que vibraba con cada jadeo.

Kohaku mordía el cuello de Senku, y él, por primera vez, dejaba de resistirse.
—Voy a mostrarte algo que ni tus fórmulas pueden explicar… —susurró ella en su oído—. Porque esta noche no es para entender. Es para sentir.

Y en ese rincón olvidado del mundo, bajo una madrugada sin sentido ni ley, Gen y Senku descendieron en un abismo donde lo humano se perdía, lo lógico se disolvía y lo carnal reinaba.

Esa noche, el galpón se convirtió en una jaula de suspiros, risas maliciosas y fuego prohibido. Lo que empezó como una broma... se transformó en una madrugada de piel, deseo y energía demoníaca que dejó a Gen y Senku marcados de formas que ni la lógica ni la magia podrían deshacer.

Dos demonias, dos mortales.
Una invocación...
Un pacto sellado con deseo ardiente y cuerpos entrelazados.
Y cuando la aurora amenazó con despertar al mundo, aún ardían las marcas de lo que sucedió esa noche imposible.


La mañana llegó sin piedad.

Gen despertó primero. El galpón estaba en silencio, bañado por la luz tenue del amanecer que se colaba por las grietas de la madera. Ukyo, Chrome y Ryusui seguían inconscientes, aunque empezaban a moverse ligeramente. Senku, sentado en el rincón más alejado, miraba el suelo con una expresión que Gen jamás le había visto: desconcertado.

—Fue real, ¿verdad? —preguntó Gen, con la voz ronca y una sonrisa torcida aún en los labios.
Senku no contestó. Solo se levantó y caminó hacia la salida.

—¡Vamos, científico curioso, no me digas que vas a fingir que no pasó nada! —insistió Gen, siguiéndolo con paso liviano, pero con los ojos tensos de quien está buscando más que una simple respuesta.

Senku se detuvo sin girarse.
—Lo que ocurrió… no tiene explicación. Y si no puedo entenderlo, no tengo por qué repetirlo.

—Eso es lo más cobarde que te he oído decir —le lanzó Gen, con un tono más filoso de lo normal—. ¿Te asusta que te haya gustado?

Silencio.

—Tch… —Senku se fue sin mirar atrás.

Pero Gen… Gen no podía quitársela de la cabeza.

Ruri.

El calor de su cuerpo.
Su voz deslizándose por su oído como veneno dulce.
La forma en que lo miraba como si lo conociera desde antes de ser humano.
Y el beso. Ese maldito beso que lo había dejado con los labios ardiendo incluso ahora, mientras se duchaba, mientras caminaba, mientras intentaba dormir. No era deseo común. Era algo más profundo. Algo… adictivo.

Pasaron tres noches.

Gen no podía concentrarse en nada, su miembro se endurecía solo de pensar en ella. Todo le sabía a poco. Todo era insípido. Vacío.

Hasta que, en la madrugada del cuarto día, se repitió el calor.

—No puede ser… —susurró, sentado en el borde de su cama. Pero ahí estaba: el aire vibrando con esa misma energía oscura, sensual, poderosa.

—¿Me extrañaste? —susurró la voz de Ruri en su oído antes de que pudiera verla.
Gen se dio vuelta, con los ojos encendidos.

—Ruri…

Ella estaba allí, en su habitación, sin el ritual, sin fuego ni velas. Solo con la voluntad ardiente de regresar.
—No sabía que un mortal pudiera marcarme de esta forma.
Se acercó, rozándole los labios sin besarlo.
—No pensé que querría volver… pero aquí estoy. ¿Me dejarás quedarme esta vez?

Gen la atrapó en un beso que fue más desesperación que pasión, más hambre que lujuria.
—Quédate. Quédate y no te vayas nunca, aunque me destruyas en el intento.

Y al otro lado de la ciudad, Senku soñaba con ojos azules y una fuerza imposible empujándolo contra el muro del galpón… y se despertó empapado en sudor, erecto, con el corazón latiendo como si hubiera corrido kilómetros.

—¿Otra vez tú…? —susurró.
Kohaku estaba sentada en el borde de su ventana, observándolo con una sonrisa salvaje.

—Pensaste que podías ignorarme. Qué tonto eres.
—No te invoqué.
—Pero yo decidí regresar.

Senku se levantó, enfrentándola.
—¿Por qué?
Kohaku sonrió, bajando lentamente hasta quedar frente a él, tan cerca que podía sentir su aliento.
—Porque tú, científico, me hiciste sentir algo que ningún ser inmortal me había hecho sentir jamás. Y eso... me enfurece.
—Entonces vete.
—No. Porque también me excita.

Y ahí estaban otra vez.
Un mentalista encantado con su demonia.
Un científico tratando de negar la pasión de una criatura imposible.
Y dos demonias, peligrosamente humanas, descubriendo que el deseo... puede volverse adicción.