regina corda

Saori/Atenea

Post-canon

Un deseo,

Una disculpa,

Un testamento.


Todo lo que cae, puede volver a levantarse…

Los humanos practican la confesión como profesan sus rezos, son un descargo de emociones que no pueden permitirse contener. Temores existenciales, crímenes imperdonables, sucesos sin relevancia que se niegan a salir de sus cabezas… también son súplicas, la admisión de que no saben qué hacer a continuación; la rendición; sometimiento al dictamen del destino.

No siempre son palabras. El llanto es otra forma de canalizar tales pesares; arrepentimiento, dolor, euforia o enfado.

Los «dioses» pueden oírlo todo, o, al menos, los humanos se han convencido de ello. De que hay, debe haber, algo en el caos del infinito que pueda comprenderlos.

Por supuesto, también están aquellos que prefieren enfadarse con esos mismos «dioses» o arremeten contra el sinsentido universal, sin conseguir dejar de sentirse miserablemente impotentes en el proceso.

Nada de lo precedente es relevante.

Ella puede llorar, puesto que su cuerpo es humano. Asimismo puede maldecir los nombres de todos los dioses, sin conseguir que uno sólo le preste atención o la libre de su dolor. Saori es una «diosa», al fin y al cabo.

Los dioses no rezan a otros dioses.

Ella debería ser autosuficiente.

Tendría que poder apiadarse de sí misma.

Mas ocurre que ella odia, por sobre todas las cosas, su propia divinidad. ¿Qué la diferencia, todavía, de los humanos?, ¿por qué es incapaz de rezar si puede llorar perfectamente?

…Bueno, más o menos.

Las lágrimas de los dioses son una bendición. Son la lluvia en la sequía, el regreso de altamar en mitad de una tempestad, el reflejo de un ser amado en el agua, una premonición en las hojas del té. Las lágrimas de Saori todavía son las de un «dios», incluso si no las precia como dones sino como una expresión de sus sentires.

¿A quién rezan los dioses? A algo más grande que ellos mismos. Algo que ellos no pueden comprender ni derrotar. Algo que esté dispuesto a oírlos sin discriminación.

Saori sabe que ése «algo mayor a los dioses» existe, debe existir. Tan sólo es incapaz de recordar lo que es, si es que alguna vez lo supo.

Como explicara la cosmología de Ra: las cosas sin nombre, no existen.

Una de las creaciones más fantásticas de los humanos, de hecho, sólo existe en nombres. Los números. Y ellos han utilizado su propia creación —originalmente un mero método de clasificación—, para darle nuevos significados a toda su existencia; desde la escuela pitagórica hasta la física cuántica.

Aunque, Saori también ha reconocido las falencias de las «creaciones» humanas y ni siquiera debe alejarse de las ciencias para mostrarlas: armas nucleares. A ella siempre le disgustó el empleo de armas, a diferencia del señor de la guerra… y ni siquiera Ares admiró aquella aberración, «¿Una guerra en donde nadie lucha porque la mitad ya ha muerto? Esa cosa no es un arma, es simple destrucción». Un milagro que, salvando las distancias, al fin conciliaron en algo. Aunque por lo general ellos ven un tablero de juegos, nadie, nunca, da manotazos que derriben las piezas sin ton ni son.

De hecho, fue un tema lo suficientemente serio para que los dioses hicieran un juicio, uno de tantos, en el que al fin se llenó la cámara de reuniones. Saori recuerda aquél tiempo que pasó como Atenea y cuánto le costó posicionarse a favor de la humanidad… también el desagrado con el cual los demás la observaran. Señaló, primero que nada, que la humanidad entera estaba pasando por un momento por el cual todos ellos pasaron, ignorando el hecho de que eran demasiado débiles para poder «jugar» del modo en que los dioses lo hacen. Las personas se habían levantado en nombre de santos mortales y en contra de los dioses una y otra vez, en uno y otro lugar; así ellos quedaron relegados en templos enterrados en la arena u ocultos en el bosque, mas nunca aprendieron cómo «matarlos», ni siquiera a «desterrarlos». La ciencia había llegado a un nivel de avance que superaba su propósito mismo y de un modo tan brutal que, apostó, el miedo los haría retroceder voluntariamente.

¿Debían pagar todos por el crimen de unos pocos?

¿Más de lo que ya lo habían hecho?

De algún modo logró, junto a otros pocos creyentes, que los dioses superiores concedieran el beneficio de la duda a los humanos… de que no tenían la intención ni la capacidad para destruir el tablero de forma irremediable.

Fue tras aquél juicio que buscó por primera vez un nombre ante el cual rezar, mas nadie supo dárselo. A su vez, nadie se atrevió a desalentarla o negar la existencia de su «algo más grande».

Saori Kido, que no Atenea, posee el poder, medios y conocimientos suficientes para dirigir los pasos de la humanidad, jugar a su juego y derrotar a los mejores con facilidad. Mas ello sería injusto. Ella siempre enfrentó aquello que superara a la humanidad junto a sus caballeros y no desea que éstos últimos se pongan de pie en contra de sus propios hermanos.

Los asuntos de los mortales y los divinos deben permanecer divididos.

Ella…

Ella es una abominación. Como humana, solo puede rezarse a sí misma. Como diosa, había perdido el derecho de que «otro» la oyese.

A su vez, sus oraciones aún poseen un poder magnífico. La palabra de un dios transmuta en designio divino.

Hades, el señor del Inframundo, había expresado que aquella sería su batalla final… muy probablemente, no cree que la vida en el planeta aguante hasta el próximo gran eclipse. Sin piezas, no hay juego alguno al que jugar.

Pero ella ganó y él debería mantener su palabra. Si la humanidad encuentra su final de forma natural, encarando el cúlmen de su evolución, Atenea sabe que «ellos» volverán a sus tareas de creadores, porque no pueden vivir sin adoración.

¿Qué se supone que será de ella mientras tanto?

Además de la sabiduría, ella es una deidad de la guerra. ¿Debe alegrarse por haber triunfado finalmente? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cuánto se ha tardado? ¿Los sacrificios valieron la pena?

La humanidad que se pasa los días en una cuenta regresiva hasta la siguiente generación de armas masivas, ¿ha valido el coste de la vida de incontables santos? Caballeros leales, hombres nobles, ¿por tal progreso lucharon?

…¿Realmente «ganó»?

Ni siquiera puede pedirles perdón a los que la acompañaron tanto tiempo atrás.

Debería sonreír por ellos. Debería contar por ellos la victoria final.

Y eso hará.

Secará sus lágrimas y orará por su propio bien hasta que Shun llegue para escoltarla ante su gente. Por primera vez en mucho tiempo, podrá despedirse con propiedad.

Deberá explicarles que pasada su generación, su propio y volátil tiempo de vida, la humanidad ya no necesitará de Atenea. Podrán seguir velando por el planeta como santos si tal es su deseo, y siempre tendrán su bendición, mas ella ya no posee motivos para volver; su guerra ha acabado.

Y eso es bueno.

Han despejado el camino para la humanidad, para bien o para mal.

Sobretodo, desea agradecerles por haberla acompañado hasta allí. No en nombre de la diosa ni de la humana, sino de ella, la «voluntad» que los llevó hasta allí.

Que en su funeral, únicamente se entonen himnos de gloria; que se prohíban las lágrimas.


N/A: puede ser que sonara algo fatalista todo lo expuesto, pero, si les hizo sentir mal de cualquier manera, tengan presente que LA PRESA (Nathy Peluso) y PRESO (La Rosalía) estuvieron alrededor. Para ponernos en contexto y eso, sino ignórenlo.