Capítulo 6: El reloj del destino

El amanecer llegó con un resplandor tenue que se coló por las rendijas de la cabaña, iluminando el lecho de paja donde Vegeta yacía despierto. No había dormido bien. Las palabras de Lirien de la noche anterior —"No quiero que te vayas, pero sé que es inevitable"— giraban en su mente como un eco molesto que no podía silenciar. No las entendía. Él, un príncipe saiyajin, había irrumpido en su vida con amenazas y desprecio, había usado su casa y su cuerpo sin ofrecer nada más que su presencia. ¿Qué demonios veía ella en él que la hacía hablar así? "Humanos estúpidos," pensó, con el ceño fruncido y un gruñido atrapado en la garganta. "Sentimientos débiles que no tienen sentido." Pero había algo más, una inquietud que lo carcomía, un impulso nuevo que lo empujaba a salir de este planeta lo antes posible. No era solo su ansia de enfrentar a Freezer o reclamar su orgullo; era otra cosa, algo que no podía nombrar y que lo ponía furioso por su propia confusión.

Se levantó de la paja con un movimiento brusco, con más ganas que nunca de escapar de este mundo miserable. La cabaña, Lirien, todo esto era una cadena que lo ataba, y necesitaba cortarla. Decidió ir a la ciudad solo, sin avisarle a ella. "Ese maldito relojero tiene mi scouter," pensó, con la furia creciendo en su pecho. "Si lo arruinó, lo aplastaré antes de que pueda abrir la boca." Sin mirar atrás, salió volando, cortando el cielo gris con un zumbido de ki que dejó un rastro blanco tras de sí. El viento le golpeó el rostro, pero no calmó la tormenta en su interior.

Aterrizó en las afueras de la ciudad con un golpe que levantó polvo, y caminó hacia el taller del relojero con pasos pesados que resonaban en la calle. Entró como un huracán, empujando la puerta con tanta fuerza que el timbre sonó como un grito. El taller estaba igual de caótico: relojes tic-tacando sin orden, mesas llenas de herramientas y artefactos extraños, el aire cargado de aceite y metal. El relojero levantó la vista desde una mesa, con el scouter entre las manos y las gafas torcidas resbalándole por la nariz. Antes de que pudiera hablar, Vegeta lo increpó.

— ¡¿Qué has hecho con mi scouter, viejo inútil?! —rugió, dando un paso adelante con los puños apretados—. ¡Habla antes de que te arranque la cabeza!

El anciano retrocedió un paso, con las manos temblando pero la voz firme.

— Aún no he sacado nada en claro —dijo, ajustándose las gafas—. Pero creo que tengo una idea sobre su funcionamiento. Eso es clave para repararlo —saber cómo opera, para qué sirve—.

Sus ojos brillaron con esa curiosidad suya, y Vegeta gruñó, con la paciencia colgando de un hilo. ¿Una idea? pensó, con una sonrisa torcida de desprecio. "Este débil no tiene idea de lo que está tocando." Pero no tenía más opciones, así que, a regañadientes, empezó a explicarle.

— Es un dispositivo de comunicación y análisis —dijo, con la voz cortante y sin ganas—. Detecta niveles de poder, envía señales a través del espacio. Este botón activa el escáner, este otro la transmisión.

Señaló cada parte con un dedo, gruñendo ante la lentitud del anciano para entender. El relojero escuchaba boquiabierto, con los ojos abriéndose más con cada palabra, como si Vegeta estuviera desvelando los secretos del universo. Luego, el hombre señaló una de las piezas que Lirien le había traído de la nave —un fragmento de pantalla rota con circuitos verdes— y preguntó, con la voz temblando de emoción:

— ¿Y esto? ¿Para qué sirve?

Vegeta lo miró con fastidio.

— Es parte del sistema de navegación —dijo, con un resoplido—. Muestra mapas estelares, calcula rutas. Inútil sin el resto de la nave.

"Pérdida de tiempo," pensó, cruzándose de brazos. "Este idiota no va a lograr nada con esto." Pero el relojero no parecía desanimado. Tomó notas mentales, murmurando para sí mismo, y después de un rato, dejó el scouter en la mesa con un suspiro.

— Creo que puedo repararlo —dijo, con una mezcla de cautela y entusiasmo—. Ahora que sé cómo funciona y tengo estas piezas… puedo intentarlo. Pero no será fácil. Llevará tiempo.

Vegeta entrecerró los ojos, con la impaciencia rugiendo en su pecho.

— ¿Cuánto tiempo? —gruñó, dando un paso más cerca, con el ki crepitando en sus manos como una advertencia.

El anciano lo miró, tragando saliva pero sin retroceder.

— Semanas —dijo, con la voz rasposa—. Quizás meses…

Esas palabras cayeron sobre Vegeta como plomo, un golpe sordo que lo dejó inmóvil por un segundo. Su rostro se endureció, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros brillando con una furia contenida. ¿Semanas? ¿Meses? pensó, con la rabia subiéndole por la garganta como bilis. ¡Este planeta miserable me va a enterrar! La idea de estar atrapado más tiempo, encadenado a esta cabaña, a este mundo primitivo, lo golpeó como un insulto a su orgullo saiyajin. Quería agarrar al relojero por el cuello, sacudirlo hasta que las gafas se le cayeran, y arrancarle una solución más rápida. "Soy el príncipe de los saiyajins, no un prisionero de un viejo inútil," se dijo, con los puños temblando a los lados. Pero bajo la furia, había algo más: una resignación amarga que lo enfurecía aún más. No había otra opción. Si el scouter era su boleto para escapar, tenía que esperar, aunque cada día extra fuera un tormento.

Gruñó, un sonido gutural que llenó el taller, y dio un paso atrás.

— Hazlo —escupió, con la voz cortante como un filo—. Pero si fallas, o si tardas demasiado, volveré y este lugar será cenizas.

No esperó respuesta. Se giró y salió, con la puerta temblando tras él, dejando al relojero temblando pero decidido. Mientras volaba de regreso a la cabaña, con el viento cortándole el rostro, su mente giraba. Meses, pensó, con una sonrisa sombría. Más tiempo con ella. Las palabras de Lirien volvieron a él —"No quiero que te vayas"— y por un instante, la confusión regresó. No lo entendía, no quería entenderlo, pero algo en su pecho se retorció, un eco que no podía silenciar. Maldita sea, gruñó para sí mismo, acelerando el vuelo. Solo necesito irme de aquí.

El cielo estaba oscuro cuando Vegeta regresó a la cabaña, con nubes pesadas acumulándose como un reflejo de la tormenta que rugía en su interior. Aterrizó en el claro con un golpe seco que hizo temblar el suelo, levantando polvo y hojas secas en un torbellino breve. Su ki aún crepitaba en sus manos, un blanco tenue que se apagó con un gruñido mientras caminaba hacia la puerta. La madera crujió bajo sus botas, y entró con la misma furia con la que había salido horas antes, con los puños apretados y los ojos oscuros brillando de rabia. Semanas, quizás meses, pensó otra vez, con las palabras del relojero resonando como un insulto. Cada paso era un eco de su frustración, un recordatorio de que este planeta miserable lo tenía atrapado más tiempo del que podía soportar.

Lirien estaba en el salón, inclinada sobre la mesa, ordenando un saco de raíces que había recolectado esa mañana. El fuego crepitaba en el hogar, llenando el aire con un calor suave que contrastaba con la tensión que Vegeta trajo consigo. Ella levantó la vista al oírlo entrar, y sus ojos verdes captaron de inmediato la furia en su rostro: la mandíbula tensa, las líneas duras de su expresión, el modo en que sus músculos se movían como si estuviera a punto de destrozar algo. Dejó las raíces sobre la mesa y se enderezó, con esa calma suya que parecía desafiar el caos de él.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó, con la voz baja pero firme, mientras lo miraba fijamente.

Vegeta se detuvo, con un gruñido atrapado en la garganta, y la miró de reojo.

— ¡Ese viejo inútil! —rugió, golpeando la pared con un puño que hizo temblar las tablas.

Una astilla se desprendió y cayó al suelo, pero él no se inmutó.

— Dice que puede reparar el scouter, pero no está seguro. ¡Y que le llevará tiempo! —Escupió la última palabra como si fuera veneno, girándose para enfrentarla con los brazos cruzados—. ¡Semanas, quizás meses! ¡Meses atrapado en este maldito planeta por culpa de un humano débil que no sabe lo que hace!

Lirien no se movió, pero sus manos se apretaron ligeramente contra la mesa mientras procesaba sus palabras. Meses, pensó, con un destello de alivio cruzando su mente antes de que la culpa lo apagase. Había temido que el scouter estuviera listo pronto, que él se fuera en días, dejándola sola otra vez. Pero ahora, meses significaban más tiempo con él —más noches, más conversaciones, más de esa intensidad que la mantenía viva—. Sin embargo, verlo así, furioso y atrapado, le apretó el pecho. Sabía cuánto odiaba estar aquí, cuánto anhelaba escapar.

— Pensé que te alegraría que pudiera repararlo —dijo, con cuidado, probando el terreno—. ¿No es lo que querías?

Vegeta soltó una risa seca, cortante como un filo.

— ¡Claro que quiero que lo repare, mujer! —gruñó, dando un paso hacia ella—. ¡Quiero irme de este agujero asqueroso, contactar a Nappa y Raditz, y salir de aquí para aplastar a Freezer como el gusano que es!

Su voz se alzó, resonando en la cabaña, y el ki crepitó brevemente en sus manos antes de apagarse.

— Pero meses… ¡Meses son una eternidad para un príncipe saiyajin! ¡No voy a pudrirme aquí mientras ese idiota juega con mi scouter!

Se giró, pateando un taburete que rodó contra la pared con un golpe sordo, y se quedó ahí, jadeando, con la espalda tensa.

Lirien lo observó en silencio, con el corazón latiendo rápido. La furia de él llenaba el espacio, pero también había algo más en sus palabras, una desesperación que no había visto antes. No soporta estar atrapado, pensó, con una mezcla de compasión y tristeza. Para él, este planeta era una jaula, un insulto a su orgullo, y cada día extra era una cadena más. Pero para ella, esos meses eran un regalo, un tiempo robado que no quería desperdiciar. Dio un paso hacia él, con las manos temblando ligeramente, y habló otra vez.

— ¿Y si no funciona? —dijo, con la voz más suave esta vez—. ¿Qué harás entonces?

Vegeta se giró de golpe, con los ojos entrecerrados y una sonrisa amarga en los labios.

— ¿Qué voy a hacer? —repitió, con un tono que destilaba desprecio—. ¡Seguiré entrenando, seguiré buscando una forma de salir! ¡No me rendiré por un trasto roto o un humano inútil!

Hizo una pausa, mirándola fijamente, y por un instante, las palabras de la noche anterior —"No quiero que te vayas"— cruzaron su mente. Gruñó, sacudiéndose el pensamiento.

— No voy a quedarme aquí para siempre, mujer. Eso tenlo claro.

Esas palabras cortaron a Lirien como un filo frío, aunque no lo mostró. Lo sé, pensó, con el nudo en la garganta creciendo. Nunca te quedarías. Había visto su orgullo, su fuego, su ansia de libertad desde el primer día. Él no era de este mundo, no era suyo para retenerlo, y aunque cada noche lo sentía más cerca, sabía que su partida era inevitable. Pero escuchar esa certeza en su voz, esa determinación brutal, le dolió más de lo que esperaba. Meses, se repitió, aferrándose a la idea como un salvavidas. Tendré meses para vivir esto, para sentirlo todo antes de que se vaya. No lo amaba como a su marido, pero lo que sentía por él —deseo, gratitud, una conexión sin nombre— era tan real que le quemaba el pecho.

No dijo más. Asintió lentamente, con los ojos bajos, y volvió a la mesa para seguir con las raíces, aunque sus manos temblaban mientras las cortaba. Vegeta la miró un segundo más, con el ceño fruncido y una punzada de algo que no podía identificar —no era culpa, no era apego, pero era algo—. Gruñó otra vez, girándose hacia la puerta.

— Voy a entrenar —rugió, saliendo al claro sin esperar respuesta.

El eco de sus golpes pronto llenó el aire, más fuertes, más furiosos, mientras Lirien se quedaba sola, con el peso de la conversación colgando entre ellos como una sombra.
Dos semanas habían pasado desde que Vegeta dejó el scouter con el relojero, y la espera lo estaba destrozando. No había noticias, ni un mensaje, ni un indicio de progreso, y su paciencia —si alguna vez la tuvo— se había reducido a cenizas. Durante el día, entrenaba con una furia que rayaba en la locura, arrancando árboles del suelo y dejando el claro lleno de cráteres humeantes. Sus gruñidos resonaban en el bosque, y el ki crepitaba en sus manos como un fuego que no podía apagar. Quería irse, escapar de este planeta miserable, contactar a Nappa y Raditz, y seguir su camino hacia Freezer. Eso era obvio, una constante en su mente desde que llegó. Pero había algo más, algo que lo carcomía en silencio y lo ponía al borde de un abismo que no entendía.

Esa mujer, Lirien, se había metido bajo su piel de una forma que lo descolocaba. Sus ojos verdes, brillantes y tranquilos incluso en su caos; su mirada, que lo seguía sin miedo ni juicio; las noches de pasión que compartían, intensas y salvajes, donde sus cuerpos se entendían sin palabras; su sonrisa, rara pero cálida, que aparecía cuando le dejaba comida o lo veía entrenar; la forma en que cuidaba de él, sin pedir nada a cambio, a pesar de cómo la había tratado desde el principio —con desprecio, con brusquedad, como un intruso en su mundo—. Nadie, en toda su vida, había hecha eso por él. Ni en Vegetasei, ni bajo el yugo de Freezer. Todo lo que había recibido —sumisión, obediencia, favores— venía del miedo o de órdenes con consecuencias mortales si no se cumplían. Pero ella… ella no temblaba ante él, no seguía reglas, no actuaba por temor. Lo hacía porque… ¿Por qué? "No lo entiendo", pensó, con la mandíbula tensa y un gruñido atrapado en la garganta. "Y no quiero entenderlo".

Esa idea lo enfurecía más que la espera misma. Entenderla, aceptar lo que ella le daba, significaría abrir una grieta en su armadura, un punto débil, una debilidad que un saiyajin no podía permitirse. "¡No!" se dijo, con la rabia creciendo como una marea. "¡No voy a dejar que esto me consuma!" Había sobrevivido a la destrucción de su planeta, a la traición de Freezer, a una vida de sangre y lucha, y no iba a caer ahora por una mujer humana y sus malditos sentimientos. Necesitaba salir, cortar esto de raíz, y el silencio del relojero solo avivaba el fuego.

Aquella tarde, mientras el sol se hundía tras los árboles, Vegeta irrumpió en la cabaña con la furia de una tormenta. Lirien estaba en la cocina, cortando raíces para la cena, con el aroma del guiso llenando el aire. Él entró pateando la puerta, con las botas resonando contra el suelo y los puños apretados.

—¡Maldito planeta! —rugió, con la voz cortando el silencio—. ¡Maldito viejo inútil! ¡Maldito scouter que no sirve para nada!

Golpeó la pared con un puño, dejando una marca en la madera, y se giró hacia ella, con los ojos oscuros brillando de rabia.

—¡Estoy harto de esperar, harto de todo esto!

Lirien dejó el cuchillo sobre la mesa y lo miró, con esa calma suya que siempre lo desarmaba.

—Ten paciencia —dijo, con la voz suave pero firme—. Ya te dije que el relojero es honorable. Solo necesita tiempo.

Esas palabras fueron la chispa que encendió la pólvora.

—¿Paciencia? —rugió Vegeta, dando un paso hacia ella con una mueca de desprecio—. ¡Cállate, mujer! ¡Siempre dices lo mismo! ¡Estoy harto, harto de esta mierda, de este planeta, harto de ti!

Su voz resonó en la cabaña, y el aire se cargó de una tensión que cortaba como un filo. Lirien se quedó callada, mirándolo fijamente, con los ojos verdes abiertos pero sin parpadear. Pero él no se detuvo, dejando que la furia lo llevara.

—¡Empiezo a pensar que tú y ese viejo estáis compinchados para retenerme en este planeta inmundo!

Ella parpadeó, con un destello de dolor cruzando su rostro.

—¿De verdad piensas eso? —dijo, con la voz baja, casi un susurro, pero cargada de una incredulidad que lo golpeó.

—¡Sí, por qué no?! —escupió él, sin vacilar, acercándose más—. ¡No es la primera vez que me traicionan! ¡He vivido con cosas así toda mi vida! ¡No tienes ni idea!

Su voz se alzó, un rugido que llenó el espacio, y sus manos temblaron de rabia.

—¡No entiendes nada, mujer estúpida! ¿Crees que no sé que muchas hembras se meten en la cama de un hombre para manipularlo? ¡Eso es lo que tú haces, o intentas conmigo! ¡Pero no vas a conseguir nada, mujer! ¡No eres nada, no eres nadie!

El silencio que siguió fue ensordecedor, un vacío que tragó el eco de sus palabras. Vegeta respiraba pesado, con el pecho subiendo y bajando, y entonces se fijó en ella. Lirien lo miraba, inmóvil, con las lágrimas rodando por sus mejillas en silencio. No había sollozos, no había gritos, solo esas gotas brillantes cayendo una tras otra, marcando su rostro como huellas de algo roto. Sus ojos verdes, siempre tan firmes, estaban nublados por el dolor, y su boca temblaba ligeramente mientras lo observaba. Él se quedó ahí, atrapado en esa mirada por un segundo, con la furia aún ardiendo pero algo más creciendo en su pecho —una punzada que no podía nombrar, que lo incomodaba más que cualquier golpe recibido en batalla.

Lirien no dijo nada. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, un gesto lento y deliberado, y luego se giró. Caminó hacia su cuarto con pasos pausados, con la espalda recta pero los hombros temblando apenas, y desapareció tras la cortina sin mirar atrás. Vegeta la observó irse, con el silencio pesando sobre él como una losa. Sus palabras resonaron en su mente —"No eres nada, no eres nadie"— y por primera vez, sintió un eco extraño, una sombra de algo que no era orgullo ni rabia. "¿Qué demonios me pasa?" pensó, con el ceño fruncido y los puños aún apretados. No entendía por qué su llanto lo había detenido, por qué no podía simplemente ignorarlo como siempre había hecho con todo lo débil. Pero no se movió, no la siguió. Se quedó ahí, solo en el salón, con el aroma del guiso enfriándose y la cabaña más vacía que nunca.

Lirien cruzó la cortina hacia su cuarto con pasos lentos, como si cada movimiento le costara más de lo que su cuerpo podía soportar. La madera fría bajo sus pies descalzos apenas la sintió, y cuando la cortina cayó tras ella, el silencio la envolvió como una manta pesada. Se detuvo en el centro de la pequeña estancia, con las sombras de la lámpara de aceite danzando en las paredes, y se llevó una mano al rostro, limpiando las lágrimas que aún rodaban por sus mejillas. El aire olía a humedad y a la paja de su cama, pero todo eso se desvanecía bajo el peso de lo que acababa de pasar. Se dejó caer sobre el borde del lecho, con las manos temblando en su regazo, y cerró los ojos, dejando que las palabras de Vegeta resonaran en su mente como un eco cruel.

Ya casi se había acostumbrado a sus desprecios, a esa forma suya de tratarla como si no fuera más que un estorbo en su camino. Desde que llegó, sus gruñidos, sus insultos, su arrogancia habían sido una constante, un ruido de fondo que ella había aprendido a ignorar. En las últimas semanas, incluso, habían bajado de intensidad —o eso quería creer—. Las noches de pasión, las conversaciones en la penumbra, la forma en que él aceptaba su comida y su cuidado sin rechazarlos del todo… Había pensado, tontamente, que algo estaba cambiando, que él la veía, aunque fuera un poco, como algo más que una molestia. Pero esto… lo de hoy… lo que acababa de suceder era diferente.

Ese odio en su mirada, afilado como un cuchillo, la había cortado más hondo de lo que esperaba. "Harto de ti", había dicho, y cada sílaba había sido un golpe. Esa insinuación de llamarla ramera, de acusarla de meterse en su cama para manipularlo, había sido un veneno que se le clavó en el pecho. Y luego, esa desconfianza brutal, esa idea de que ella y el relojero estaban compinchados para retenerlo aquí… Eso la hundió. "¿De verdad piensa eso de mí?" pensó, con el corazón latiendo rápido y un nudo creciendo en la garganta. Había cocinado para él, había limpiado su sangre y su barro, había abierto su cuerpo y su alma noche tras noche, no por miedo ni por un plan, sino porque… ¿Por qué? La pregunta la golpeó como un relámpago, y entonces, en la soledad de su cuarto, lo supo.

Estaba enamorada. Amaba a ese tipo despreciable, que la humillaba con sus palabras, que la usaba como un escape para su furia y su frustración. La verdad cayó sobre ella como una losa, pesada y fría, y las lágrimas volvieron, más rápidas, más calientes, deslizándose por su rostro sin que pudiera detenerlas. "¿Cómo?" se preguntó, con las manos apretándose contra el vestido raído hasta que los nudillos se le pusieron blancos. "¿Cómo puedo amar a alguien así?" Él no era como su marido, con su bondad suave y su risa cálida, un hombre que la había hecho sentir segura y amada hasta que la fiebre se lo arrancó. Vegeta era un torbellino de ira, un príncipe de sangre y destrucción que no conocía la ternura ni el cariño. Y sin embargo, lo amaba.

Amaba su fuerza, esa energía salvaje que llenaba el aire cuando entrenaba o cuando la tomaba en la cama. Amaba sus ojos oscuros, duros pero vivos, que la atravesaban como si pudieran ver más allá de su piel. Amaba la forma en que, sin saberlo, la había sacado del vacío, dándole un motivo para levantarse cada día. Pero también lo odiaba —odiaba cómo la hería, cómo la miraba como si no valiera nada, cómo su desprecio podía reducirla a esto, a una mujer llorando sola en su cuarto—. "No eres nada, no eres nadie", había dicho, y esas palabras se repetían en su mente, cortándola una y otra vez. "Tal vez tenga razón", pensó, con una amargura que le quemó la lengua. "Tal vez no soy nada para él".

Se tumbó en la cama, con el cuerpo pesado y la respiración entrecortada, y miró el techo de madera como si pudiera encontrar respuestas ahí. Había jurado vivir cada momento con él sin remordimientos, aprovechar el tiempo que le quedara antes de que se fuera. Pero ahora, ese tiempo se sentía como un filo que la cortaba más profundo con cada día. "Lo amo", pensó, con una certeza que la asustaba, "y él nunca lo sabrá. Nunca lo entenderá". Porque Vegeta no era de los que amaban, no era de los que se quedaban. Él se iría, con o sin el scouter, y ella se quedaría aquí, con este amor roto y estas lágrimas que no podía detener.

Enterró el rostro en la sábana, dejando que el llanto la consumiera en silencio, y se preguntó cuánto más podría soportar antes de que el peso de todo esto la rompiera del todo.