Capítulo 7: El borde del abismo

Lirien yacía en su cama, con los ojos fijos en el techo de madera y las lágrimas secándose en su rostro como un rastro frío. El silencio de su cuarto era opresivo, roto solo por el eco lejano de los golpes de Vegeta entrenando fuera, un recordatorio constante de la tormenta que había desatado en el salón. Sus palabras —"Harto de ti", "No eres nada, no eres nadie"— giraban en su mente como un torbellino que no podía detener. Había soportado mucho: sus desprecios, sus gruñidos, su forma de tratarla como si fuera un mueble más en esta cabaña. Pero esto… esto la había llevado al límite, un borde que no sabía que aún podía alcanzar después de todo lo que había perdido.

"¿Cómo demonios me enamoré de alguien así?" pensó, con las manos apretándose contra la sábana hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Vegeta era destructivo, una fuerza de la naturaleza que arrasaba todo a su paso. Sí, la había salvado —de los ladrones, del vacío que la consumía tras la muerte de su familia—, pero ahora veía que ese salvavidas tenía un precio. Más tiempo con él, así, con su odio y su furia descargándose sobre ella, la arrastraría de vuelta al abismo del que había escapado. "No quiero creerle", se dijo, con el corazón latiendo rápido. No quería aceptar que él realmente pensara que era una traidora, una ramera manipuladora. Pero aunque no todas esas palabras fueran ciertas, una verdad se alzaba entre ellas como una sombra: se había convertido en una molestia para él.

No entendía por qué. Había cocinado para él, había limpiado su caos, había abierto su cuerpo y su alma noche tras noche, no por miedo ni por un plan, sino porque lo amaba. Pero ese amor, ese sentimiento que había descubierto en su dolor, era un arma de doble filo. Él no lo veía, no lo sentía, y en su lugar, la usaría para pagar su frustración, su odio por estar atrapado en este planeta, por no poder liberarse. Cada insulto, cada mirada de desprecio, era un golpe que ella había aprendido a soportar, pero ya no podía más. "Acabo de encontrar fuerzas para seguir viviendo", pensó, con una claridad que cortaba como un cuchillo. "No voy a dejar que él me hunda otra vez".

Sabía que Vegeta se marcharía algún día —lo tenía asumido desde el principio—. Cuando el scouter estuviera reparado, él volaría hacia las estrellas, hacia su destino de sangre y poder, y ella se quedaría atrás. Pero esta espera, estas semanas o meses con él cargando contra ella como si fuera el enemigo, no iba a poder soportarlo. No quería pasar sus últimos días con él siendo un saco de boxeo para su rabia. "Tengo que alejarme", decidió, con una resolución que le tembló en el pecho pero que se solidificó con cada aliento. No podía seguir así, no podía dejar que este amor la destruyera.

Se levantó de la cama con movimientos lentos pero decididos, y empezó a preparar un pequeño equipaje. Tomó una bolsa de tela raída y metió lo esencial: una camisa de repuesto, un puñado de raíces secas, una manta vieja que había cosido ella misma. Sus manos temblaban mientras doblaba la tela, pero no se detuvo. Subió la bolsa al carro que esperaba fuera, bajo el cielo gris que amenazaba lluvia, y ajustó las riendas con una calma que escondía el torbellino en su interior. Vegeta estaba en el claro, entrenando como siempre, con puñetazos que cortaban el aire y ráfagas de ki que hacían temblar la tierra. La observó desde la distancia, con el ceño fruncido y el sudor corriendo por su torso, sin comprender aún qué estaba haciendo. "Que se quede con la cabaña", pensó ella, con una mezcla de tristeza y desafío. "Que se pudra aquí si quiere".

Cuando terminó, caminó hacia él, con el pelo rubio ondeando al viento y los ojos verdes brillando con una determinación que no había mostrado antes. Se detuvo a unos pasos, con las manos a los lados y la voz firme, aunque temblaba en las esquinas.

— No quiero ser una molestia más para ti —dijo, mirándolo directamente a los ojos—. Ni tampoco creo que me merezca que me utilices para descargar tu frustración. Me voy.

Hizo una pausa, tragando el nudo en la garganta, y siguió.

— Puedes quedarte en la casa, hasta que puedas marcharte definitivamente. Volveré cuando ya no estés, y retomaré mi vida.

Vegeta dejó de moverse, con un puño aún alzado y el ki apagándose en su mano. La miró fijamente, con los ojos oscuros entrecerrados y una sonrisa torcida que empezó a formarse pero se desvaneció rápido. "¿Qué?" pensó, con la confusión golpeándolo como un eco. No entendía. Ella se iba, lo dejaba, después de todo lo que habían compartido —las noches, las comidas, las palabras en la penumbra—. "¿Por qué ahora?" se preguntó, con la furia creciendo, pero mezclada con algo que no podía nombrar. No dijo nada, solo la observó mientras ella se giraba, caminando de vuelta al carro con pasos lentos pero seguros. El silencio entre ellos era más pesado que nunca, y por primera vez, Vegeta sintió un vacío que no podía llenar con un gruñido o un golpe.

El shock lo golpeó como un puñetazo inesperado, dejándolo clavado en el suelo mientras la veía caminar hacia el carro con esa calma decidida que lo descolocaba más que cualquier grito. Sus ojos oscuros la siguieron, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, mientras ella subía la bolsa al carro y tomaba las riendas del caballo con manos firmes. "¿Qué demonios está haciendo?" pensó, con la confusión girando en su mente como un torbellino. Nadie lo dejaba así, nadie se marchaba de su presencia sin su permiso. Era el príncipe de los saiyajins, un guerrero que doblegaba mundos, no un débil al que se podía abandonar como si nada.

Pero mientras la veía ajustar las riendas, con el pelo rubio ondeando al viento y la espalda recta, algo más creció en su pecho, algo que no era solo orgullo. Una furia ardiente se alzó, rugiendo en sus venas, pero en el fondo, más allá de la rabia, había un eco que no podía silenciar: no quería que se fuera. "¡Maldita sea!" pensó, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en sus palmas. No iba a reconocerlo, ni siquiera en sus propios pensamientos. Se engañó a sí mismo, aferrándose a la idea de que era su orgullo saiyajin lo que lo movía, la insolencia de que alguien osara dejarlo plantado. "Nadie me abandona", se dijo, con una sonrisa sombría curvando sus labios. Mucho menos iba a admitirlo ante ella, esa mujer humana que había irrumpido en su vida con su terquedad y sus ojos verdes.

El caballo relinchó, y el carro empezó a moverse, con las ruedas crujiendo contra la tierra. Eso fue suficiente. En un segundo, Vegeta se plantó frente al animal, flotando en el aire con el ki crepitando a su alrededor como una aura blanca. El caballo se detuvo en seco, pateando el suelo con nerviosismo, y Lirien levantó la vista, con las riendas aún en las manos y los ojos abiertos de sorpresa. Él la miró fijamente, con la furia brillando en su mirada y la voz cortante como un filo.

— ¿Dónde crees que vas, mujer? —rugió, con un tono que resonó en el claro—. ¿Acaso te he dado permiso para irte? ¡Tú estás aquí para servirme, y no te irás a ninguna parte!

Lirien lo observó desde el carro, con el corazón latiendo rápido y una mezcla de dolor y desafío creciendo en su pecho. Sus palabras eran otro golpe, otro eco de desprecio, pero esta vez no tembló. Había llegado al límite, y aunque lo amaba —un amor que la quemaba por dentro—, no iba a dejar que él la redujera a nada otra vez. Apretó las riendas con más fuerza, con los nudillos blancos, y respondió, con la voz baja pero firme.

— ¿Servirte? —dijo, con un dejo de amargura que no pudo ocultar—. No soy tu esclava, Vegeta. No estoy aquí para que me pisotees cada vez que algo te sale mal.

Hizo una pausa, tragando el nudo en la garganta, y lo miró directamente a los ojos.

— Dijiste que estoy manipulándote, que no soy nada. Si eso crees, entonces no me necesitas. Déjame ir.

Vegeta flotó más cerca, con el ki crepitando con más intensidad y el rostro endurecido por la rabia.

— ¡No te doy órdenes porque seas mi esclava, mujer! —gruñó, con los puños temblando a los lados—. ¡Las doy porque soy un príncipe, y tú eres una débil humana en mi camino!

Pero mientras hablaba, esa punzada extraña volvió, esa sombra que lo había detenido la noche anterior al verla llorar. "¿Por qué demonios me importa si se va?" pensó, con la furia chocando contra algo que no podía nombrar. No era solo orgullo, no era solo control. Era… algo. Y lo odiaba.

— ¡No te irás porque yo lo digo! —rugió, con la voz alzándose sobre el viento—. ¡Así que baja de ese maldito carro antes de que lo haga yo por ti!

El silencio que siguió fue eléctrico, con el caballo piafando nervioso y el aire cargado de una tensión que podía cortarse. Lirien lo miró, con las lágrimas amenazando con volver pero contenidas por una fuerza que había encontrado en su interior. Vegeta flotaba ahí, imponente y furioso, pero por primera vez, ella vio algo más en sus ojos —una grieta, un destello de confusión que él no admitiría jamás—. Y eso, más que sus palabras, la hizo dudar, aunque solo por un segundo.

Lirien lo miró desde el carro, con las riendas apretadas en sus manos y los ojos verdes brillando con una mezcla de dolor y determinación. Las palabras de Vegeta —"¡Tú estás aquí para servirme, y no te irás a ninguna parte!"— resonaron en el claro, cargadas de esa arrogancia suya que siempre había usado como un escudo. Pero ella, como siempre, no le tenía miedo. Nunca se lo tuvo. Desde el día en que él irrumpió en su vida, destrozado y furioso tras el accidente de su nave, ella lo había enfrentado sin temblar. Ni sus gruñidos, ni sus amenazas, ni su poder abrumador la habían doblegado. Y ahora, frente a él flotando en el aire con el ki crepitando como una tormenta, tampoco lo hicieron.

Vegeta lo supo en ese instante. Vio la firmeza en su mirada, la forma en que sus labios se apretaron en una línea dura, y entendió que sus órdenes, sus gritos, no tenían el efecto que esperaba. No la intimidaban, no la hacían retroceder como a los soldados de Freezer o los habitantes de mundos conquistados. Ella no era una subordinada que se inclinara ante su voluntad, ni una débil que huyera de su furia. "Maldita mujer", pensó, con los puños temblando a los lados y el ki chispeando con más intensidad. Podía detenerla, claro que podía. Un movimiento rápido, un golpe al carro, un agarre en su brazo, y la arrastraría de vuelta a la cabaña. Pero eso significaría usar la violencia, cruzar una línea que, por alguna razón que no quería analizar, descartó al instante. "No", se dijo, con una punzada de algo que lo enfureció más que su partida. "No voy a rebajarme a eso con ella".

Se quedó parado, flotando en el aire, con el viento agitando su pelo en punta y el rostro endurecido por una mezcla de rabia y confusión. Lirien lo miró un segundo más, con esos ojos que siempre lo habían desarmado sin que él lo admitiera, y luego arrió al caballo.

— ¡Hia! —gritó, con la voz cortante pero firme, tirando de las riendas para hacer girar al animal.

El carro crujió mientras las ruedas giraban en la tierra, levantando polvo, y el caballo empezó a trotar, alejándose del claro con un ritmo constante. Vegeta la observó, inmóvil, con el ki apagándose lentamente en sus manos y el silencio llenando el espacio que ella dejaba atrás.

El sonido de los cascos y las ruedas se desvaneció poco a poco, mezclado con el susurro del viento entre los árboles. Vegeta bajó al suelo, con las botas golpeando la tierra, y se quedó ahí, con los brazos cruzados y la mirada fija en el camino por donde ella había desaparecido. "Se fue", pensó, con una sonrisa amarga curvando sus labios. Nadie lo abandonaba, nadie se atrevía a darle la espalda al príncipe de los saiyajins. Pero ella lo había hecho, sin vacilar, sin mirar atrás. Y eso lo golpeó más duro de lo que esperaba. "¿Por qué me importa?" se preguntó, con la furia rugiendo en su pecho pero mezclada con un vacío que no podía nombrar. Quiso engañarse, aferrarse a la idea de que era solo su orgullo herido, pero en el fondo, algo le decía que no era tan simple. Ella se había ido, y con ella se llevaba algo que él no sabía que tenía hasta ahora.

No la siguió. No gritó. Solo se quedó ahí, con el claro vacío a su alrededor y el eco de su partida resonando en su mente, mientras la cabaña detrás de él parecía más silenciosa y fría que nunca.

Entró a la cabaña con pasos pesados, con las botas resonando contra el suelo de madera y el eco del carro de Lirien aún zumbando en sus oídos. La puerta crujió al cerrarse tras él, y el silencio lo golpeó como una bofetada. El fuego en el hogar estaba bajo, apenas unas brasas que parpadeaban con un resplandor débil, y el aroma del guiso que ella había dejado a medias se desvanecía en el aire frío. Se detuvo en el centro del salón, con los brazos cruzados y una sonrisa torcida amarga curvando sus labios.

— Mejor —gruñó en voz alta, con la voz cortante rompiendo el mutismo—. Prefiero estar solo. Esa mujer solo era una molestia.

Las palabras salieron rápidas, como un escudo que alzaba contra el vacío que empezaba a crecer a su alrededor.

Pero en el fondo, él sabía que no era así. Lo sabía, y eso lo enfurecía más que cualquier enemigo que hubiera enfrentado. Se dejó caer en el taburete junto a la mesa, con los codos apoyados y las manos apretadas en puños, y miró la madera astillada como si pudiera encontrar respuestas ahí. "No lo voy a admitir", pensó, con la mandíbula tensa y un gruñido atrapado en la garganta. Ni siquiera a mí mismo. Ella había sido una distracción, eso era todo. Una humana débil que lo había sacado de foco con sus ojos verdes y su terquedad. Si no hubiera estado aquí, revoloteando a su alrededor con su comida y sus noches de pasión, quizás ya habría encontrado una solución para salir de este planeta miserable. "Sí, eso es", se dijo, aferrándose a la idea como un clavo ardiendo. "Ella me distrajo. Sin ella, habría reparado el scouter yo mismo".

Pero eso tampoco funcionó. La mentira se deshizo en su mente tan rápido como la había construido, y la verdad se alzó como una sombra que no podía ignorar. Por alguna razón, sentía algo por esa mujer. Esa mujer que nunca le había temido, que lo había mirado a los ojos desde el primer día sin retroceder ante su furia o su poder. Que lo había ayudado cuando estaba herido y perdido, que había compartido con él todo lo que tenía —su casa, su comida, su cuerpo— y más aún, sin pedir nada a cambio. "¿Qué es esto?" pensó, con el ceño fruncido y una punzada extraña en el pecho. ¿Eso que llaman amor? La palabra cruzó su mente como un relámpago, y la rechazó al instante con un rugido interno. ¡NO! ¡De ningún modo! Un saiyajin no amaba. El amor era una debilidad humana, una cadena que ataba a los débiles, y él era el príncipe de una raza forjada en sangre y orgullo. No podía ser eso.

Entonces, ¿qué era? Se quedó inmóvil, con la mirada perdida en las brasas agonizantes, y dejó que la idea se asentara. "Tal vez… agradecimiento", pensó, probando la palabra con cautela. Sí, eso sonaba diferente. Ella lo había salvado, en cierto modo —curando sus heridas, dándole de comer, la soledad de este planeta—, y él, por primera vez en su vida, tenía algo que agradecerle a alguien. No era amor, no era una grieta en su armadura; era un reconocimiento, una deuda que podía soportar sin sentirse débil. "La única persona en mi vida a la que tendría que agradecerle algo", se dijo, con una sonrisa torcida más suave esta vez. No era tan malo. No suponía tanto una vulnerabilidad como había temido. Era más fácil de tragar que cualquier otra cosa.

Se levantó del taburete con un movimiento brusco, caminando hacia la ventana para mirar el claro vacío. El carro ya no se veía, y el bosque estaba silencioso, salvo por el susurro del viento. "Que se vaya", pensó, cruzándose de brazos otra vez. "No la necesito". Pero el silencio de la cabaña, la mesa sin comida, el lecho de paja que aún olía suavemente a ella, decían otra cosa. Gruñó, sacudiéndose esos pensamientos, y salió al claro para entrenar, decidido a ahogar ese eco de agradecimiento —o lo que fuera— con cada golpe que daba a la tierra. Sin embargo, mientras el ki crepitaba en sus manos, una parte de él sabía que el vacío que ella había dejado no se llenaría tan fácilmente.

El amanecer llegó con un resplandor pálido que se coló por las rendijas de la cabaña, iluminando el suelo frío y vacío. Vegeta se levantó del lecho de paja, con el cuerpo rígido y la mente aún pesada por la noche anterior. La soledad lo recibió como un golpe silencioso: no había pasos suaves en la cocina, ni el aroma de comida llenando el aire, ni la presencia de Lirien moviéndose por la casa. Gruñó, sacudiéndose esos pensamientos, y buscó algo para desayunar. Encontró un puñado de raíces secas en un saco, las masticó con desgana y las tragó sin saborearlas. "Mejor así", pensó, con una sonrisa torcida amarga. Sin distracciones. Pero el silencio de la cabaña pesaba más de lo que quería admitir.

Salió al claro, con el aire fresco mordiéndole la piel, y empezó a entrenar. Sus puñetazos cortaron el viento con zumbidos feroces, y el ki crepitó en sus manos, dejando marcas humeantes en la tierra. Cada golpe era un intento de ahogar el eco de la partida de Lirien, de llenar el vacío con la furia que siempre lo había sostenido. Pero entonces, un sonido lo sacó de su ritmo: el crujir de ruedas y el trote de un caballo acercándose por el camino. Detuvo su entrenamiento, con el sudor corriendo por su torso, y entrecerró los ojos hacia la figura que emergía entre los árboles. Era un carro, y en él, una silueta conocida: el viejo relojero. "¿Qué demonios quiere este ahora?" pensó, cruzándose de brazos mientras esperaba, con la impaciencia ya creciendo en su pecho.

El carro se detuvo frente a la cabaña, y el anciano bajó con pasos torpes, apoyándose en un bastón de madera gastada. Sus gafas torcidas brillaban bajo el sol débil, y llevaba una bolsa de tela colgada al hombro. Vegeta lo miró con desprecio, pero no dijo nada hasta que el hombre llegó a la entrada.

— Entra —gruñó, girándose sin esperar respuesta, y caminó hacia el interior.

El relojero lo siguió, con el crujir de sus botas resonando en el suelo, y ambos se sentaron frente a la mesa, con las brasas del hogar aún humeando débilmente a un lado.

El anciano ajustó sus gafas y miró alrededor, notando el silencio y la ausencia.

— ¿Dónde está Lirien? —preguntó, con la voz rasposa pero curiosa, inclinándose ligeramente hacia adelante.

Vegeta frunció el ceño, con una sombra cruzando su rostro.

— Se fue —respondió, con la voz cortante y seca, como si la palabra misma le irritara.

— ¿A dónde? —insistió el hombre, con las cejas alzadas tras las gafas.

Vegeta golpeó la mesa con un puño, haciendo temblar la madera.

— ¡Basta ya de preguntas, anciano! —rugió, con los ojos oscuros brillando de furia—. ¡Has logrado algo útil o solo vienes a perder mi tiempo otra vez?

No estaba de humor para curiosidades humanas, no cuando el scouter —su boleto para salir de este planeta— seguía siendo su única esperanza.

El relojero retrocedió un poco, pero no se inmutó demasiado.

— Bueno, eso tendrás que comprobarlo tú, si funciona o no —dijo, con una calma que contrastaba con la tormenta de Vegeta.

Sacó el scouter de su bolsa con manos temblorosas, lo colocó sobre la mesa y presionó un botón. Mágicamente, el dispositivo se encendió: el cristal emitió un brillo verde tenue, y un zumbido bajo llenó el aire. Vegeta se lo arrebató con un movimiento rápido, con el corazón latiendo más rápido por un instante, y empezó a manipularlo. Presionó botones, giró diales, intentando captar alguna señal, algún eco de Nappa o Raditz en el espacio. Pero nada. El brillo parpadeaba, el zumbido seguía, pero no había voces, no había conexión.

— ¡Esto no funciona, viejo inútil! —gruñó, arrojando el scouter sobre la mesa con un golpe que hizo saltar astillas.

El anciano se rascó la barbilla, imperturbable.

— Bueno, por eso precisamente he venido —dijo, ajustándose las gafas otra vez—. He logrado que encienda, pero como no sé usarlo, quería que tú me dijeras si funcionaba o no. Ahora ya lo sé, así que me voy y seguiré investigando con él.

Vegeta gruñó, con los dientes apretados y la impaciencia rugiendo en su pecho como un animal enjaulado.

— ¡No! —rugió, levantándose de golpe y señalando al hombre con un dedo—. ¡Déjamelo aquí! ¡Yo trataré de que funcione!

Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de una furia mezclada con algo más —una necesidad desesperada de tomar el control, de no depender de este humano débil ni de nadie más—.

El relojero parpadeó, sorprendido, pero asintió.

— Muy bien, como quieras —dijo, empujando el scouter hacia él con un movimiento lento.

Se levantó, apoyándose en el bastón, y se dirigió a la puerta. Pero antes de salir, se giró y añadió, con una leve sonrisa:

— Si no lo consigues, llévalo de nuevo.

No esperó respuesta, solo salió al carro y se alejó, con el crujir de las ruedas desvaneciéndose en la distancia.

Vegeta se quedó solo otra vez, con el scouter en la mano y el zumbido del dispositivo resonando en el silencio. Lo miró fijamente, con el brillo verde reflejándose en sus ojos, y gruñó por lo bajo. "Funcionará", pensó, con una determinación que rayaba en la obsesión. "Tiene que funcionar". Pero mientras manipulaba los botones, una parte de él —una que enterró bajo su orgullo— sabía que el vacío de la cabaña no se llenaría con esto, por mucho que lo lograra.

Otro día amaneció en la cabaña, con el sol filtrándose por las rendijas y el silencio pesando como una losa. Vegeta se levantó del lecho de paja, con los ojos rojos de cansancio y la mente agotada tras una noche manipulando el scouter sin descanso. Lo había probado todo: cada botón, cada combinación, cada ajuste que su memoria saiyajin podía recordar. El dispositivo zumbaba y brillaba con su luz verde tenue, pero no captaba señales, no transmitía nada. La frustración lo había consumido hora tras hora, y ahora, sentado a la mesa con el scouter frente a él, empezaba a rendirse. "Maldito trasto inútil", pensó, con los puños apretados y un gruñido creciendo en su garganta. "Voy a llevárselo a ese viejo y que lo arregle de una vez o lo aplaste con mis propias manos."

Pero justo cuando iba a arrojar el scouter contra la pared, una idea cruzó su mente como un relámpago. "Espera", pensó, entrecerrando los ojos mientras miraba el dispositivo. Ahora que tenía energía, que estaba encendido, quizás podría alimentar algo más. Recordó los restos de su nave, ese montón de chatarra destrozada en el cráter donde había caído. "El identificador de señal", se dijo, con el corazón latiendo más rápido. Si lograba conectarlo al scouter, podría emitir una señal de su posición al espacio. O tal vez la consola de mandos —si encontraba los circuitos adecuados, podría enviar un mensaje a Nappa y Raditz directamente—. No sabía qué funcionaría, pero tenía que probarlo todo. Era su última esperanza antes de rendirse del todo a este planeta miserable.

Sin perder un segundo, salió volando de la cabaña, con el scouter en la mano y el ki crepitando a su alrededor. El viento le golpeó el rostro mientras cortaba el cielo, dirigiéndose al cráter donde había caído semanas atrás. Aterrizó en el borde con un golpe sordo, levantando polvo, y bajó la mirada hacia los restos de su nave. Pero lo que vio lo dejó paralizado. El cráter estaba casi vacío. No había circuitos, no había pantallas rotas, no había cables ni piezas electrónicas. Solo quedaban el armazón de metal retorcido, el asiento destrozado y algunos fragmentos oxidados que no servían para nada. "¿Qué demonios…?" pensó, con el shock deteniendo su respiración por un instante.

Entonces, la furia explotó.

— ¡¿Dónde cojones está todo?! —rugió, con la voz resonando en el bosque y el ki estallando en sus manos como una llamarada blanca.

Golpeó el suelo con un puño, abriendo un nuevo cráter dentro del cráter, y el eco de su rabia asustó a los pájaros que huyeron de los árboles. Su mente giró, buscando respuestas, hasta que un recuerdo lo golpeó como un martillo. Lirien. Ella le había dicho, hace semanas, que había vendido piezas de su nave al relojero para comprar comida. "No, no, no", pensó, con los dientes apretados y los ojos oscuros brillando de furia. ¡Maldita sea! Había olvidado ese detalle, lo había enterrado bajo su orgullo y su obsesión con el scouter, pero ahora lo veía claro. Todo lo que necesitaba —el identificador, la consola, cualquier cosa útil— estaba en manos de ese viejo.

"Espero que ese inútil no las haya destrozado", pensó, con la rabia subiéndole por la garganta como bilis. O peor, que las haya vendido como chatarra. La idea lo enfureció aún más. Esas piezas eran su tecnología, su boleto para salir de este planeta, y ahora estaban perdidas por culpa de ella. "Esa mujer…" gruñó mentalmente, con una mezcla de furia y algo más que no quería nombrar. Ella lo había hecho para sobrevivir, para alimentarlo a él también, pero eso no calmaba su ira. Voló de vuelta a la cabaña en un instante, con el scouter aún en la mano, y se detuvo frente a la mesa, jadeando. "Tengo que ir a la ciudad", decidió, con una determinación que rayaba en la desesperación. "Ese viejo tiene mis piezas, y si las arruinó, lo aplastaré junto con su maldito taller".