"El vampiro de los ojos verdes"

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Arquea el cuello hacia atrás, estirando las vértebras de sus cervicales al ras de su longitud, exponiendo visiblemente sus arterias, sus venas, su sangre.

Sus ojos rojos ingerían todo cuanto miraban, aguardando. Sin dejar de aguardar. La espera solía ser recompensada por la sensación dulce de sus colmillos rasgar la piel, desprendiendo el olor metálico de su sangre, que iban acompañados por los suaves jadeos que brotaban desde su garganta hasta salir de su boca sin ninguna intención de detenerse.

Su corazón bombeaba extasiado, producto de las ansias que vibraban en su cuerpo. Cada partícula de su ser palpitaba por esos ojos que lo estudiaban con fulgurante recato. Se sentía admirado por aquel hombre de las tinieblas. Inconscientemente, el color apareció en sus mejillas, acalorado.

Impaciente por la intensa espera que lo hacía aguardar contra el colchón, frunció aún más su ceño, endureciendo sus facciones alrededor de la escarlata de sus ojos bañados por el rojo de sus mejillas lisas y redondas.

—¿Qué tanto miras?— Bufó. —Apresúrate.

Esos ojos que lo miraban se encendieron chispeantes. El verde de sus orbes fueron todo lo que él observaba.

Tragó saliva.

Aquel hombre de cara infantil, abrió la boca, entreviendo un par de colmillos que adornaban su mandíbula.

—Perdona la intromisión— Murmuró tímido, a la vez que rociaba las células epiteliales de su cuello, las cuales temblaron. La sangre se centró en el torrente de su arteria, corriendo y corriendo, palpitante. El torrente pulsaba a esa sensación acostumbrada que le producía el momento en que sus colmillos se abrían paso, rozando la impecable planicie del sendero de su hombro a la cabeza. —Dolerá un poco.

Katsuki puso los ojos en blanco. Siempre le decía lo mismo antes de morderlo. Cosas como «Perdona la intromisión» «Dolerá un poco» «Si duele mucho, dime y me detengo» «Morderé muy poco».

El extraño e idiota vampiro lo cuidaba mucho. Le murmuraba frases que fingía odiar, pese a que le daban la certeza de que se quedaría a su lado en el antes y el después de beber de él.

El vampiro lo había elegido por el sabor intenso y dulce de su sangre. Decía que era única. Que no todos los humanos poseían una sangre parecida a la suya. Que eran tantos sabores y nutrientes que colisionan entre sí para obtener la formula ideal para un vampiro.

Katsuki era el ideal para Izuku; en el sentido sanguíneo de la palabra, o como fuera. Katsuki no buscaba pensarlo mucho, ni darle una gran importancia en la influencia que esos colmillos podían hacer una vez tocando la extensión de su arteria. O ¿Era parte de su piel? No lo sabía, porque tampoco entendía el resto de sus acciones.

—Te dije que te apuraras— Regañó, sintiendo que aún no lo mordía. ¿Será que ya no lo deseaba? ¿Será que ya había encontrado a alguien de mejor calidad sanguínea que la suya?

Izuku lo mordió.

Sus pensamientos se frenaron en un cortocircuito que cegó toda razón y sentido de sus pesares.

La temperatura corporal subió progresivamente, envolviendo a Katsuki en un cobijo de sensaciones agradables que anestesiaban su cuerpo, haciéndolo perderse en el mar de sus colmillos danzando sobre la piel rasgada y el camino que dejaba su sangre entre la boca del vampiro y él.

Lentamente, las manos de Izuku sostuvieron sus hombros, aferrándose a él con fuerza.

Katsuki no sabía si lo hacía porque no buscaba drenarle la sangre de un arrebato o porque quería sostenerlo. No entendía porqué quería que fuera la segunda.

No asimilaba el hecho de que ese hombre de cabello verde rizado y ojos tan expresivos como un libro abierto, pudieran provocarle la rendición de su orgullo.

Sentía vergüenza. Una emoción de tristeza por quedarse con la primera opción que transcurre por su mente cada vez que bebe de él; otra emoción de enojo contra él mismo por imaginarse cosas que en realidad no pasan.

La sangre se coló por la redondez de sus mejillas, siendo un color obscuro, dominante en los hemisferios de su rostro. Su piel marfil teñida por la ímpetu del líquido rojo que lo alimenta, delata sin pudor lo extático que se pone cuando Izuku lo toca, lo ve, lo escucha, habla.

Le pesa admitir que el orgullo desaparece en esos momentos de silencio, rodeado por aquel hombre de las tinieblas.

De pronto, la razón vuelve a su cerebro, haciéndose cargo de sus reacciones posteriores. Izuku detiene el curso de su actividad, separándose de él. La sensación de frío que le deja después de estar tan cerca, en un contacto íntimo e innegable para él de admitir, frunce el ceño, expulsando a toda costa ese brutal sentimiento que lo aplasta.

Le disgusta que Izuku se separe. Deja un frío crudo en los lugares que estuvo; lugares difíciles de borrar.

Antes de que Izuku dijera algo, se adelantó, empeñado en no dejarlo hablar.

—¿Ya terminaste? Ahora quítate.

Izuku lo mira confundido; quizás desconcertado por el cambio de actitud.

Katsuki lo empuja, tras verlo tardar en reaccionar o mover un centímetro de su cuerpo lejos del suyo. Se va de la habitación, cerrando tras de sí la puerta de un aventón. Permanece con la mano clavada en la manija, con las mejillas ardiendo, los labios entreabiertos en un suspiro que no cesa de ser el único ruido que oye.

Su corazón aún bombea por la adrenalina que los colmillos de Izuku dejan marcados en él como un hueco imposible de ocultar. Se lleva una mano al pecho, sintiendo las vibraciones de su cuerpo y se estremece. Pequeños temblores afloran en sus piernas, subiendo a sus brazos, pasando por sus hombros hasta sus labios.

La atracción que siente por ese vampiro era inevitable.

—¡Maldición…!—Escapó de su boca.

Había caído profundo por ese vampiro.

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NOTA: Este es un borrador corto y sin mucho contexto.