Sinopsis:
Revisitando las Reliquias de la Muerte y dos obsesiones crecientes e inexplicables.
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"Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. Las personas deben aprender a odiar, y si pueden aprender a odiar, se les puede enseñar a amar, porque el amor es más natural en el corazón humano que su opuesto."
-Nelson Mandela
Algo fundamental había cambiado entre ellos en aquel lavabo del ala sur, aunque Draco no había decidido cuál era el cambio, si bueno, malo o neutro, ya que cuando se trataba de Granger, había muy pocas cosas que entendiera.
Las cosas que no sabía se extendían a lo largo de kilómetros. Por qué Granger seguía descartando la idea de contarle a alguien lo sucedido con los Ucilena, que habían vuelto a mantener las distancias. Tampoco comprendía las líneas generales de su trato con Shacklebolt. El que hizo con un noble propósito que apestaba a martirio. Pero Granger no se comportaba como una soplona aquí más de lo que lo hacía en Hogwarts. No le hacía preguntas que pudieran interesar al Ministerio, ni lo seguía a todas partes. Aunque ahora tampoco lo evitaba. Sus endebles protecciones se habían derrumbado junto a la fingida indiferencia de él. Porque si de verdad le importara un bledo, no se habría quedado en aquel lavabo del ala sur. No habría ido.
En algún momento desconocido, había empezado a proteger a Hermione Granger, lo cual sonaba tan ridículo como parecía.
No se le escapaba la ironía. Recordaba vívidamente aquella conversación con Dornberger en la que le exigió su plan para acabar con el acoso escolar, y en la que ella tuvo el descaro de reírse. Como si la directora supiera un secreto que se negaba a compartir. Ahora empezaba a sospechar que la respuesta estaba en el vapor amorfo que había estado adivinando, pero seguía sin poder establecer una conexión con la rosa roja de cinco pétalos.
Había algunas cosas que sí sabía. Que dormía más profundamente cuando Granger estaba en el dormitorio, o cuando ambos se quedaban dormidos en la sala común. Cómo enviaba demasiadas cartas a sus amigos, la mayoría de las cuales nunca se molestaban en contestar. Cómo, a pesar de no hablar en público, inevitablemente terminaban sus días juntos en la biblioteca, permaneciendo allí hasta minutos antes de que comenzara el toque de queda.
Ahí es donde estaban esta noche: compartiendo mesa en el rincón más oscuro de la enorme sala, que era más bien una alcoba, ya que casi ninguna luz penetraba en las estanterías que los rodeaban como una barricada.
Granger señalaba con la cabeza los pergaminos que había entre ellos.
—¿Puedes traducir también al sueco, o el noruego es todo lo que puedes ofrecer?
Draco inclinó más la silla hacia atrás para mirar las oscuras claraboyas que había sobre sus cabezas.
—Puedo intentarlo. Los dos no son únicos, ya que ambos provienen del nórdico antiguo. Su escritura es casi la misma.
Eso le valió una sonrisa, y Granger cogió los pergaminos mientras volvía a hablar más animadamente.
—Has oído hablar de La fábula de los tres hermanos, ¿verdad? He encontrado una versión sueca que me gustaría comparar con la inglesa, por si da más información sobre las Reliquias de la Muerte. Grindelwald creía que la Piedra de la Resurrección podía crear un ejército de muertos vivientes. Quiero confirmar si eso es cierto.
Draco entrecerró los ojos.
—Primero tienes que explicar por qué estudias nigromancia. Nunca me pareciste del tipo que rompe las reglas, de la naturaleza o algo así, y no hay nada más antinatural que resucitar cadáveres.
En respuesta, Granger murmuró algo ininteligible sobre un Giratiempo y sobre "saltarse las normas", lo que hizo que Draco frunciera el ceño.
—Habla más alto.
Granger le hizo un gesto de impaciencia mientras movía la silla hacia su lado de la mesa. Ahora estaban sentados hombro con hombro, con los reposabrazos tocándose.
—Olvídalo. Más traducir, menos preguntar.
—¿O qué harás? —Draco sonrió satisfecho—. ¿Denunciarme ante Potter por ser inútil, o hacer que Dawlish me sacrifique como a una mascota no deseada?
—No actúes como si no merecieras estar aturdido en esa clase después de las cosas horribles que dijiste, —replicó Granger, acercándole el pergamino.
En lugar de cogerlo, Draco reflexionó.
—Si realmente has despedazado este lugar estudiando magia oscura, entonces entiendes sus efectos. La noche antes de que llegara el Ministerio, usé una Maldición Inquebrantable durante mi detención con Sanguini. Cuando te encontré, no era yo mismo.
Ahora Granger parecía escéptica ante una respuesta que podría haber sido ensayada.
—¿Es una excusa?
—No. Es simplemente un contexto añadido a tener en cuenta. No es tan diferente de esas marcas de maldición que tenías por toda la cara la otra semana. La magia siempre tiene un precio, y cuanto más oscuro sea el hechizo, más pagarás.
Granger puso los ojos en blanco, claramente poco convencida. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Draco arrancó el pergamino de la mesa. Traducía mientras leía en voz alta.
—
La fábula de los tres hermanos
Tres hermanos viajaban a medianoche por un sendero solitario y sinuoso. Ya muy avanzados en su viaje, llegaron a un río demasiado profundo para vadearlo y demasiado mortífero para cruzarlo a nado. Sin embargo, estos hermanos eran buenos conocedores de las artes místicas, así que simplemente agitaron sus varitas e hicieron aparecer un puente sobre las traicioneras aguas.
Casi lo habían superado cuando encontraron su camino bloqueado por una figura de capa plateada, cuyo nombre era Muerte. Estaba furiosa por haber sido burlada por tres nuevas víctimas, ya que todos los viajeros estaban destinados a ahogarse en su río. Pero la Muerte era astuta y taimada. Fingió entusiasmo ante el ingenio de los hermanos, alabándoles por su destreza mágica y diciendo que cada uno se había ganado una recompensa por evadirle de forma tan inteligente.
El primer hermano, que era un hombre violento, pidió un arma más poderosa que cualquiera de las existentes en la tierra. Una varita que siempre ganara batallas para su dueño. Una varita digna de un mago que hubiera superado a la Muerte. Así que la Muerte fue a un árbol anciano a orillas del río, fabricó una varita con una rama colgante y se la regaló al hermano mayor. Y en cuanto el hermano mayor la tocó, él y los demás pudieron ver su oscura y terrible fuerza.
El segundo hermano era un hombre codicioso, por lo que decidió humillar aún más a la Muerte, suplicándole el poder de llamar a otros desde el más allá. Así pues, la Muerte arrancó una piedra negra de la orilla del río, que brillaba como una gema sin estrellas, y se la dio al segundo hermano, diciéndole que la piedra tendría el poder de convocar a los muertos desde una orilla que, de otro modo, sería inalcanzable.
El tercer hermano era un hombre humilde y pidió poder esconderse de la Muerte. Y así fue como la Muerte, de muy mala gana, le entregó su propia Capa de Invisibilidad, y el tercer hermano aceptó el regalo de la Muerte.
Salió el sol y los hermanos se separaron, cada uno por su lado. El primer hermano viajó durante una semana o más y, al llegar a una aldea lejana, buscó a un compañero mago con el que se batió en duelo. Naturalmente, con el arma de la Muerte en la mano, no podía dejar de ganar el combate que siguió, y asumió una arrogancia aún mayor. Dejando a su enemigo muerto en el suelo, el hermano mayor se dirigió a una taberna y allí se jactó de la varita invencible que había robado al mismísimo Segador y de cómo le hacía imparable. Esa misma noche, otro hombre violento se abalanzó sobre el hermano mayor mientras este yacía borracho en su cama. El hombre dejó inconsciente al hermano mayor y se llevó la varita. Sin embargo, dejó una falsa en su lugar. Cuando el hermano mayor se levantó, fue engañado por la varita falsa, y esa noche se peleó con un nuevo oponente. Sin la varita hecha de Saúco, el hermano fue fácilmente derrotado.
Y así, la Muerte venció al primer hermano.
Mientras tanto, el segundo hermano regresó a su casa, donde llevaba una vida solitaria. Allí sacó la piedra, que tenía el poder de revivir a los muertos, y la hizo girar tres veces en su mano mientras pronunciaba un antiguo hechizo. Para su asombro y deleite, la mujer con la que una vez había esperado casarse, antes de su prematuro fallecimiento, apareció ante él, aparentemente viva y entera. Sin embargo, estaba triste, vacía y fría. No era la amante que conoció. Aunque había vuelto a la orilla de los mortales, no pertenecía plenamente a ella, y sufría. A su debido tiempo, el segundo hermano, enloquecido por un deseo desesperado, colgó a su amante y luego se ahorcó él mismo para reunirse en la lejana orilla.
Y así, la Muerte reclamó al segundo hermano.
Pero el tercer hermano era el más sabio de los tres, por lo que la Muerte lo buscó durante muchos años, pero nunca pudo encontrarlo. No fue hasta que el tercer hermano alcanzó una edad respetable cuando finalmente se quitó el manto regalado por la Muerte, que más tarde fue encontrado por su hijo. Cuando el tercer hermano volvió a cruzar el puente sobre el río, saludó a la Muerte como a una vieja amiga, yéndose con él de buen grado.
Y así, la Muerte se llevó al tercer hermano de este mundo como su verdadero igual.
—
Siguió un largo silencio y Draco se encontró agarrando los bordes del pergamino con tanta fuerza que el amarillento pergamino se arrugó. Aunque conocía el cuento desde la infancia, leerlo de nuevo esta noche le parecía algo diferente. Algo equivocado . Podía ser que esta versión sueca fuera más oscura, o tal vez había traducido mal y lo había cambiado sin darse cuenta.
Se giró para preguntarle a Granger qué pensaba, pero se dio cuenta de que la silla de al lado estaba vacía. Su pluma yacía abandonada sobre la mesa; ni siquiera se había dado cuenta de que se había marchado, demasiado absorto en la lectura y en una repentina e inexplicable sensación de malestar que no hizo más que aumentar con su desaparición. Era como si hubiera dejado de existir entre su primera frase y la última.
Entonces, un susurro procedente de cerca de sus pies hizo que Draco bajara la mirada.
Granger se arrastraba sobre manos y rodillas por debajo de la mesa, haciendo algo que él no podía distinguir a través de la tenue luz de la biblioteca. Buscando, posiblemente. Algunos mechones de pelo se le habían enganchado en la áspera superficie inferior, tirándole dolorosamente del cuero cabelludo.
Intentó ponerse de pie y se estremeció.
Al instante siguiente, Draco también estaba arrodillado a cuatro patas. Su rostro se cernía sobre el de ella mientras cogía los rizos y Granger lo miraba a través de la oscuridad. Viéndole desenredar como un pescador suelta una red.
—Levántate del suelo y siéntate, —dijo Draco en voz baja, una vez liberada.
Granger resopló, como si le hubiera contado un chiste en vez de darle una orden. Siempre tan poco colaboradora.
—No. No hasta que lo encuentre.
—¿Encontrar qué? —preguntó Draco razonablemente. Pudo ver a Granger arañando los montones de libros esparcidos alrededor de las patas de la mesa, rozando con las yemas de los dedos los lomos en relieve para leer los títulos. Por supuesto, lo que ella quería era un libro.
Una vez que Granger tuvo en sus manos la destartalada funda de cuero, se arrastró hacia delante para emerger al otro lado de la mesa, se limpió el polvo del uniforme y regresó a sus sillas.
Los cuentos de Beedle el Bardo
—Esta es la copia que el profesor Dumbledore me legó cuando falleció, —explicó Granger mientras hojeaba las páginas del índice—. Quería que yo aprendiera sobre las Reliquias de la Muerte antes que Harry y Ron, porque sabía que los distraería de las otras cosas que nos dejó a cargo. De nuestra búsqueda de Horrocruxes.
Granger se mordió el labio, pensativa. Entonces se inclinó para susurrar.
—Los Horrocruxes son fragmentos de un alma dañada, creados a través de actos imperdonables, como el asesinato. Pasamos la mayor parte del año pasado buscando los que pertenecían a Voldemort...
—Sé lo de los Horrocruxes, —interrumpió Draco, mientras el aire entre ellos se enfriaba. Ese era el tipo de comentarios improvisados que nunca dejaban de pillarle desprevenido.
Granger lo valoró un momento y luego continuó con más dudas.
—La mayoría de los cuentos de hadas de la antología de Beedle no son originales, incluido este. La fábula de los tres hermanos se basó en la familia Peverell, que, según la leyenda, creó artefactos mágicos capaces de hacer lo imposible. Antioch Peverell fue el primer poseedor de la Varita de Saúco, y Cadmus tenía la Piedra de la Resurrección. El hermano menor, Ignotus, creó la Capa de Invisibilidad. Con el tiempo, se formó el rumor de que cualquiera que poseyera las tres Reliquias al mismo tiempo se convertiría en inmortal: el llamado Maestro de la Muerte. A Grindelwald le bastó con dedicar toda su vida a buscarlos para morir encerrado en su propio castillo.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó Draco—. Todo el mundo sabe que la historia no es real, y Grindelwald recibió su merecido por pensar lo contrario. La muerte no tiene amo.
—Puede que no, pero la Muerte puede manipularse, —dijo Granger, señalando una línea que había resaltado con tinta amarilla—. Compara esto con la parte que acabas de traducir, y verás que podría haber más en la Piedra de la Resurrección de lo que Beedle describió. Solo nos ha contado la mitad de la historia.
Draco se inclinó para leer.
—
Entretanto, el hermano mediano llegó a su casa, donde vivía solo. Una vez allí, cogió la piedra que tenía el poder de revivir a los muertos y la hizo girar tres veces en la mano. Para su asombro y placer, vio aparecer ante él la figura de la muchacha con quien se habría casado si ella no hubiera muerto prematuramente.
Pero la muchacha estaba triste y distante, separada de él por una especie de velo. Pese a que había regresado al mundo de los mortales, no pertenecía a él y por eso sufría. Al fin, el hombre enloqueció a causa de su desesperada nostalgia y se suicidó para reunirse de una vez por todas con su amada.
Y así fue como la Muerte se llevó al hermano mediano.
—
Granger cerró el libro, cogió su pluma y empezó a tomar notas.
—¿Has notado las diferencias?
—Sí, —respondió Draco de inmediato, sintiendo que lo estaban poniendo a prueba—. El segundo hermano de la versión sueca utilizó la Piedra de la Resurrección y un hechizo para resucitar a su amante, a la que se describía como triste, vacía y fría, aunque seguía siendo una mujer humana. No solo la sombra de la mujer que amaba.
Granger asintió, con la pluma corriendo tan deprisa por el cuaderno que emborronaba la tinta. Su cara se había llenado de salvaje excitación.
—También tienen dos finales diferentes, —sonrió—. Según Beedle, Cadmo fue llevado a acabar con su propia vida. Mientras que, en la traducción sueca, Cadmo ahorcó a su amante y luego a sí mismo. Ambos murieron, y partieron juntos hacia la lejana orilla, sugiriendo...
—Sugiriendo que Cadmus la devolvió a la vida, —terminó Draco con gravedad.
—Sí.
—
Siguieron volviendo al mismo rincón apartado durante el resto de la semana. Granger seguía revisando la colección de pergaminos y libros con más meticulosidad que un bibliotecario haciendo inventario, mientras Draco la estudiaba. Interesándose en silencio por todo lo que hacía.
Esta noche había un trabajo de Pociones sobre la mesa que no había tocado y que siempre podía terminar mañana. Sus notas habían mejorado desde que cayera en picado durante su suspensión, y ahora rivalizaba con las de Granger en la mayoría de las asignaturas. Incluso la superaba cuando el profesor Kuytek le restaba puntos sin más motivo que reírse.
Afortunadamente, Kuytek no estaba en la biblioteca: un lugar que parecía estar a cientos de kilómetros del resto de la escuela.
Aquí, no había nadie alrededor para ver cómo observaba a Granger. Ver cómo apoyaba la mejilla en una mano mientras mordisqueaba la punta de una pluma. Era un hábito que Draco había observado a menudo a lo largo de las semanas.
Él notaba cosas así en Granger. La forma de masticar la pluma. Cómo sacudía las rodillas bajo la mesa de estudio cada vez que leía. Su tendencia a elevar ligeramente el tono de voz al final de una frase, independientemente de las palabras. La sutil curva de su sonrisa cuando él llegaba a su alcoba y tomaba asiento enfrente. Era imposible no reconocer patrones cuando se sentaban siempre tan cerca.
Excepto que ahora había otras cosas que notaba. Cosas que no debería haber notado. La humedad de sus labios entreabiertos mientras masticaba esa maldita pluma. Cómo, al mover las rodillas, la falda se levantaba lo suficiente como para ver los muslos, y a veces otras cosas. El contorno de su...
—Malfoy. ¿Me has escuchado?
Levantó la vista.
Granger enarcó las cejas mientras esperaba una respuesta.
—Repítelo otra vez, —entonó Draco, echándose hacia atrás. Definitivamente se había perdido la pregunta.
—¿Por qué aprendiste noruego?
Draco respondió inclinándose para coger la pluma de su mano. Pasó un pulgar por el borde húmedo y emplumado donde acababan de estar los labios de ella. No le gustaba que se distrajera cuando hablaban, y esta era la mejor manera de recuperar su concentración. Un pequeño juego que evitaba que lo ignorara.
—Aprendí noruego gracias a Durmstrang. Mientras crecía, mi padre siempre tuvo la esperanza de que eligiera venir aquí en lugar de Hogwarts, pero al final estaba demasiado lejos. Aun así, ocho años de clases particulares de idiomas no se esfuman de la noche a la mañana.
—Entonces debe de estar orgulloso de que al final hayas llegado hasta aquí, —replicó Granger, con los ojos clavados en su pulgar mientras alisaba la pluma. Sus labios se habían separado medio centímetro.
—Ya nada hace feliz u orgulloso a ese hombre, —reflexionó Draco—, así que hablemos de otra cosa. Es mi turno de hacerte una pregunta.
Sus ojos se entrecerraron al ver su pulgar desviarse.
—¿Qué tipo de pregunta? —dudó.
—Viniste a Durmstrang porque todo el mundo decía que los nacidos de muggles no estaban permitidos, porque juraban que no podías , —recitó Draco, recordando la conversación que habían mantenido en el dormitorio la primera vez que vio sus moratones—. Y viniste a reportarnos para el Ministerio, lo que llamaste tu tercera razón. Pero aún no me has dado la segunda. Lo único que hiciste fue señalar la carta de cumpleaños que no me dejaste abrir. Explicar lo que había dentro y cómo se relaciona con la magia oscura.
Pudo ver cómo los engranajes giraban lentamente en el cerebro de Granger, hasta que ella anunció con obstinación:
—Aún no estoy preparada para decírtelo.
Draco dejó la pluma en la mesa y miró las claraboyas. Aunque esta negativa no era inesperada, sí era decepcionante.
La pluma permaneció sobre la mesa menos de un minuto antes de que oyera a Granger cogerla para reanudar la escritura. Sin embargo, ahora había sacado el diario negro puro que utilizaba para escribir cartas, en lugar de notas.
Draco echó una mirada de reojo, preguntándose si la carta iría dirigida a Kingsley, pero sus arañazos de gallina eran demasiado difíciles de leer.
Así que se deslizó más cerca en la silla, bajando la mejilla hasta el hombro de ella sin prisas. Apoyándose en la correa de cuero de su capa.
Aunque la pluma de Granger vaciló un instante, pronto continuó escribiendo. Prefirió ignorar cómo el puente de su nariz le rozaba el cuello. Cómo se le erizaban los pelos de la nuca cuando él respiraba sobre ellos.
El propio Draco se relajó una vez que no encontró rastro de su nombre en ninguna parte de la página. En su lugar, parecía estar relatando los detalles mundanos de su último viaje a Longyearbyen.
Sin embargo, cuanto más leía Draco, más se enfadaba. Su negativa a mencionarlo parecía casi intencionada. Como si estuviera creando a propósito una versión alternativa de Durmstrang en la que él tampoco estuviera. No tuvo ningún problema en hablar de una sesión de Adivinación con Renée Dolohov, de un encontronazo con Wolf e incluso en quejarse de lo fuerte que roncaba Theo. Sin embargo, no hubo ni una sola mención a Draco Malfoy.
Excepto, que ella repetía otro nombre una y otra vez. Uno que nunca había visto usar para una persona. O al menos no que él recordara.
—¿Quién es Callejón Knockturn?
Sintió que el hombro de Granger se tensaba.
—Averígualo tú mismo, —respondió con rigidez.
—A menos que el Callejón Knockturn también fuera suspendido por acoso sexual y duelos, entonces me habrás puesto un mote, aunque no veo por qué. ¿Y por qué ponerme el nombre de una calle?
Granger mordisqueó la pluma.
—La verdad es que no lo sé. Simplemente parecía encajar.
Draco frunció el ceño, viéndola arrancar la página completada del cuaderno, antes de doblarla en ordenados tercios. Luego sacó un sobre y le puso la dirección.
Victor Krum
Se sentó erguido.
—¿Todavía le escribes?
—¿Por qué no iba a hacerlo? —respondió Granger con evasivas, inspeccionando su reloj de pulsera de plástico mientras se ruborizaba aún más.
—Es casi el toque de queda. Deberíamos irnos antes de que la profesora Ivanov nos vuelva a encontrar aquí, —dijo poniéndose de pie.
Entonces, con un movimiento de la varita prestada de Granger, la mesa empezó a limpiarse. Libros, diarios y pergaminos volaron de vuelta a los estantes; los tinteros volvieron a taparse. Al cabo de un momento, había desaparecido.
Draco la siguió hasta la puerta.
—¿No me digas que él es la segunda razón por la que viniste?
Habló sin darse la vuelta, con los brazos cargados de los muchos libros que no había devuelto y que probablemente se quedaría leyendo hasta tarde.
—No, la verdad es que no. Viktor ha sido útil diciéndome qué esperar, enviándome sus viejos mapas de la escuela, ese tipo de cosas.
Como para demostrar lo que decía, Granger se desvió hacia la izquierda para entrar en un pasadizo oculto que nadie, excepto ella, parecía saber que existía. El aire de su interior estaba viciado mientras ella lo conducía por un túnel tan empinado que parecía más una escalerilla que una escalera, pero que les permitía eludir el tráfico peatonal del Gran Salón.
Sin embargo, era una ruta larga y tortuosa, lo que le dio a Draco tiempo para pensar demasiado. Granger debía de estar igual de distraída y se había equivocado de camino, porque el túnel empezó a bajar bruscamente cuando debería haber subido. Serpenteaba cada vez más bajo a través de la fortaleza en espirales, callejones sin salida y pasillos que no llevaban a ninguna parte.
Finalmente, el interminable laberinto de túneles los liberó en un lugar que no era la sala común de Soscrofa. Se trataba más bien de una muralla cerrada, con una mitad construida en la ladera de la montaña y la otra expuesta a los elementos a través de ventanas con almenas iluminadas por la luna.
—Esto no es la torre norte, —dijo Granger, girando en círculo y sacando la varita para iluminar el oscuro entorno.
—Así que estamos perdidos, —resopló Draco.
—No, solo estamos un poco desviados. Dame un minuto para orientarme.
Estaba a punto de responder cuando alguien gritó.
—¡Oye, Malfoy!
Blaise se había detenido en un pasillo contiguo tan bruscamente que Goyle chocó contra él, haciendo que ambos tropezaran. Las chicas estaban allí al instante siguiente. Cinco pares de ojos se movían entre él y Granger, notando cómo debían de venir de la misma dirección y lo juntos que estaban.
Draco se tensó.
—¿Qué haces con ella ? —resopló Goyle. Señalando a Granger, que estaba de pie a espaldas de Draco con la varita iluminada.
—Nada. Me encontré con que la Sangre sucia me seguía otra vez, —dijo Draco, la mentira brotando por instinto.
La luz de su varita se atenuó.
Y ahora Pansy se dirigía a los demás con una voz lo bastante alta como para atravesar la sala helada.
—Me enteré de que el único fabricante de varitas de la ciudad se negó a hacerle un sustituto para la ramita que le prestaron en el colegio. Iba por la mitad del trabajo cuando reconoció a Granger y rompió la varita en pedazos, diciendo que él no vende a los de su clase, así que sería mejor que ella engañara a otro.
—No puedes culparla por intentarlo. Se rumorea que las varitas que Durmstrang deja prestadas a los alumnos son de gente que ha fallecido , así que nunca funcionan muy bien, —respondió Astoria.
Pansy ahogó una carcajada.
—Qué lástima para ella que Ollivander se retirara, ya que siempre estaba dispuesto a vender a casos de caridad si con ello ganaba galeones. Sin sentido de la conservación, ese hombre.
—Es mestizo de una línea familiar mixta, —explicó Daphne, a lo que Astoria asintió.
—Claro que sí, —dijo Pansy, desviando de nuevo los ojos hacia Granger, que seguía su intercambio en completo silencio y con una expresión enmascarada que no se quebró. Ni siquiera cuando las chicas empezaron a reírse detrás de sus guantes, intentando provocar una reacción de Granger que nunca llegó, porque aquello no era nada nuevo.
Entonces Draco se alejó.
Un movimiento, una elección, que no pasó desapercibida para Granger, que lo miró fijamente. Como si por un momento hubiera creído que él iba a ofrecerse a llevarle los libros o a cogerle la mano. Como si aquello fuera de algún modo una traición a una confianza que él no se había ganado y que nunca había deseado.
—La sala común de Soscrofa está dos pisos más arriba, en esa dirección, —señaló Blaise, saliendo del grupo para sonreír con fuerza a Draco y agarrarle del brazo. Lanzándole una mirada que los demás no captaron desde donde acechaban en el pasillo—. Será mejor que te vayas ya, Malfoy. No querrás dar al Ministerio una excusa para visitarnos. Esta vez subiremos contigo.
Draco se sacudió para liberarse, cruzando para unirse a los demás sin una segunda mirada. Toda la corta distancia, sintiendo los ojos de ella clavándose en él como dagas.
Perforando directamente en su espalda.
