Capítulo 14: Revelaciones.
«Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.»
«Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado…»
Recuerdo haber intentado morder el brazo a uno de los guardias mientras me arrestaban de regreso. No me golpearon. No fui brutalizado de ninguna manera, pero considero que no fue necesario. Demasiado era ya el daño que me habían causado.
Me lanzaron a la celda como a un saco de papas. Esta vez me reincorporé enseguida y cargué hacia ellos con la sombra de la rabia encegueciéndome. La puerta cerró instantes antes de que pudiese alcanzarlos, dejando que me estampara de lleno contra sus barrotes. Presioné el rostro contra estos, cosa que no consiguió sino despertar las burlas de los carcelarios. Se reían. Señalaban con el dedo, burlándose en idiomas que ni siquiera era capaz de entender.
Sacudí el metal, en verdad intentando arrancarlo de sus hendiduras. Estaba fuera de mí; la razón me había abandonado. Por primera vez en mi vida, sentí… el deseo de ver morir a alguien. No, eso no es correcto. Sentí el deseo de matarlos con mis propias manos. De beber su sangre y la de aquel demonio disfrazado de anciano, de ver sus entrañas colgando como lo hacían aquellos menos afortunados en las afueras. Me perdí, no era yo… O tal vez era más yo de lo que quería reconocer.
—¡ALRIC! —clamé a todo pulmón—. ¡VOY A MATARTE, ¿ME ESCUCHAS?! ¡ESTÁS MUERTO!
Arremetí los nudillos contra el metal. Golpeé la dureza del acero una y otra vez hasta sentir la carne de mis manos desprendiéndose. No había dolor, no sentí la reverberación de los choques hasta que el fluido rojo empezó a gotear. Y poco a poco me detuve. Poco a poco la rabia atenuó, desvaneciéndose en pos de algo más. Encontré su ausencia, y junto a esta un gritando; un chillido que emanaba desde lo más profundo de mi ser, que dejaba salir todo aquello que había aguantado hasta entonces.
Así llegamos a la culmen de todo aquello. Cuando ya no hubo más nada que sacar al exterior, cuando vislumbré por fin el vacío dejado por estas emociones… me desmoroné. Caí de rodillas, presionando la frente contra las rejas mientras las lágrimas rodaran libres por mi rostro.
Desesperación. Desamparo. Tristeza, en su esencia más pura. Jamás, ni en esta vida ni en la otra, había conocido lo que era perder la esperanza; estar devastado, sumido en tinieblas. Tras todo lo vivido, tras tanta lucha y esfuerzo, ¿de verdad iba a terminar así?
«No… No, ¡no!» arremetí una última vez contra el metal. «No ahora… No a expensa suya, por favor.»
De repente, tan inesperado como un ladrón en la noche, fui abordado; no con violencia ni intereses ocultos, sino con una caricia. El suave tacto de unos dedos delgados y lastimeros rozó mi espalda. El gesto, tembloroso pero mas así dispuesto a ofrecer un mínimo de confort, me trajo de regreso a la realidad de la mano de una incógnita; misma resuelta con solo voltear a mirarlos.
Ahí estaba esos tres Marshall, Larion y Hektor. Estaban asustados, mi desacato había causado una reacción entendible en ellos, mas esto no los detuvo. Incluso en la incertidumbre, enfrentándose al peso del pasado visible en sus cuerpos y la desconfianza de acercarse a alguien nuevo, decidieron acudir a mi socorro. Ignoro si esta gentileza fue a causa de nuestra conexión, de si algo en su interior les avisó que teníamos más en común que solo lo aparente. Pero no puedo sino estar agradecido, ahora más que entonces.
—Estoy bien —musité limpiándome el rostro con una manga—. Denme un momento nada más, yo…
Y entonces lo vi. Fue apenas un instante, un atisbo por el cual mis ojos se desviaron hacia el agujero en la pared. Allí, asomándose por un tiempo menor a un parpadeo, reconocí la blancura de unos mechones cortos que volaron en pos de ocultarse para no ser vislumbrados.
—¡Fitts espera!
Supliqué por un momento, más de lo que merecía en ese entonces. Cuando llegué al lugar ella ya había desaparecido; escondida tras la pared que nos dividía como el anciano de mirada indiferente me indicó.
—Por favor… Háblame. Necesito que me hables, si quieres insultarme hazlo, grita, has lo que sea… lo que sea, por el amor de Dios.
Todo en vano. No hubo respuesta. No tenía caso, su corazón se había cerrado a mí. No había nada que pudiese decir que arreglase el desastre que había causado, no podía justificarme de ninguna forma. Sin embargo… tal vez podía hacerle entender. ¿Cómo? Con aquello que había estado ocultando todo este tiempo. La verdad. Una verdad a la cual temía, una de la que llevaba demasiado tiempo escapando y que de alguna forma volvía a encontrarme.
—Está bien. No digas nada si no quieres. Pero… quiero que escuches esto.
Las mentiras me habían metido en este embrollo. No fue Cassandra, no fue Rufford ni mucho menos Alric. Fui yo, yo y mis mentiras. Por lo tanto, si había una forma de empezar a arreglar todo esto, debía ser con la verdad. ¿Y si no? Sino, pues… Al menos lo sabría, y podría culparme con toda razón.
—Antes me dijiste que no somos amigos. Dijiste que no podíamos confiar el uno en el otro, y… y es la verdad. Tenías toda la razón y no voy a excusarme. Lo cierto es que les mentí, con mis razones, sí, pero… eso de nada importa.
Bajé la mirada hasta al suelo; mi frente se presionó contra la roca. Incluso si se mostraba ahora ante mí, no quería ver su rostro. No quería ver el atisbo de la decepción o tal vez… del odio.
—Una mentira es una mentira al fin y al cabo. Pero sí te equivocaste en algo —tragué salida, preparándome para lo siguiente—. Sí somos amigos… o al menos así es como te veo. Sí me importas, Fitts… Me importas porque eres de las pocas personas que se ha mostrado amable conmigo… a pesar de todo. Dicho esto, quiero que sepas la verdad. Quien soy en verdad.
Me aparté de la pared, regresando hacia mis hermanos que observaban atentos y en silencio. Cada uno esbozaba una emoción diferente; incertidumbre, desconcierto y una apatía repleta de dudas. Los miré a cada uno buscando las palabras indicadas para hablar, aspiré profundo, y…
—Mi verdadero nombre no es Filiu Vulture. Yo no fui sirviente de nadie, sino todo lo contrario. Soy hijo de Rufford y Evelynn Vulture… y ellos también
Mi lengua ardió con solo decir esas palabras. El silencio continuó siendo inamovible, mas la reacción de aquellos tres fue inmediata. La sorpresa se dibujó en los rostros de Marshall y Hektor, mientras que Larion no hizo sino fruncir el entrecejo. Suspiré antes de continuar.
—Rufford quería al heredero perfecto, alguien que llenara su expectativa trastornada, pero en su lugar nos tuvo a nosotros. Y no podía dejar que el mundo lo supiese.
—¡M-Mientes! —clamó Marshall—. ¡Padre jamás nos haría esto! ¡Él nos dio la mejor de las vidas hasta que esos malditos nos atraparon! ¡Cuidó de nosotros, nos alimentó con buena comida y nos dio cobijo!
—¡ES UN TRASTORNADO! —rugí de regreso, haciéndole callar—. Éramos seis… Erron me lo dijo. ¿Dónde están los otros? ¿Cuántos años hace que se llevaron al primero, y por qué siguió pasando, eh? Siento ser yo quien se los diga, pero… la única persona buscándolos era yo. Y ahora estamos todos juntos.
Eso lo destruyó. El pobre Hektor vio a los otros dos caer de rodillas, abrazándose mientras el horror se apoderaba de ellos. Estoy seguro de que no fue una novedad. Ellos lo sabían, más de una vez habría pasado por sus cabezas, pero pensarlo es una cosa y saberlo otra. Ahora era consientes, y todo gracias a mí.
—Cassandra me envió a buscarlos —continué—. Ella… Ella no es un monstruo. Es así por mi culpa, por mi puta suerte, ¡porque aparecí en el peor lugar y el peor momento! Lo arruiné todo…
Así como mis hermanos, yo regresé al suelo. Abracé ambas piernas, ocultando el rostro entre mis rodillas en un intento infantil por aplacar el dolor. Apreté los dientes y me golpeé la frente una y otra vez.
—Lo arruiné todo, así como los arruiné a ustedes. Ariel, Erron… tú… A donde sea que voy no hago sino llevar miseria. Y no hay nada que pueda hacer para remediarlo.
«Remediarlo… ¿Remediarlo? No…»
Entre sollozos y llanto, me di cuenta. Estaba equivocado, sí había algo que podía hacer. Podía rebajarme una última vez; darme por completo a él. Un «aliado», el último que me quedaba y estaba seguro de poder acudir.
«Cuando tus decisiones te abrumen, cuando te estén aplastando y hayas perdido el último resquicio de esperanza que te queda… entonces, no dudes en llamarme» su voz retumbó en mi memoria. «Hitogami».
Acudir a él implicaba ponerme a devoción suya; callar, aceptar su guía y hacer frente a cualquier consecuencia que pudiese conllevar. ¿Cuál sería el precio? Eso no importaba, pues no sería una negociación. Él prometió que podría remediarlo todo, volver las cosas como «la historia original», por decirlo de algún forma. Era una mentira, lo más probable es que lo fuese, pero… ¿Qué más daba? ¿Valía la pena si eso significaba sacarnos de aquí?
«Vender nuestras almas por otra oportunidad.»
De cierto modo, ellos no eran tan diferentes. Hitogami y Alric. Ambos servían a sus propósitos, y deseaban algo más allá mi entendimiento; algo que ni siquiera me importaba, a decir verdad. Promesas, eso era lo que ofrecían, resultados a corto plazo.
Miré mis manos, sintiendo desagrado y asco al contemplar la suciedad en estas; la tierra, las cicatrices y el desgaste de la mala vida. Las palmas que alguna vez poseyó mi viejo yo parecían las de una niña en comparación. Qué irónico.
Frente al miedo y la tristeza las junté, ofreciendo un gesto en señal de plegaria. Sentí la pesadez del acto, como si dedo se hubiese tornado de plomo y cada muñeca sostuviese la carga de metálicos grilletes. No quería, pero lo ansiaba. Ansiaba la saciedad, la tranquilidad y seguridad. Acallé entonces lo gritos del alma, apreté los parpados con fuerza, y cuando estuve a punto de decir las palabras… Oí su voz.
—Estás mintiendo…
Abrí los ojos. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Como si de un puro instinto se tratase, separé las palmas y disparé la mirada hacia el agujero en la pared. Mas no encontré sino más tristeza. Unos rostro manchado por el rastro de lágrimas me observaba desde lo alto, juzgando pero a su vez buscando un motivo para no hacerlo.
—No existen herederos de la familia Vulture… ¡Estás mintiendo!
Negación, enojo y desconcierto. Cada palabra brotó con una emoción diferente, como si cada una luchase en su interior por dominar a las demás.
Guardé silencio, pues no había palabras que pudiesen convencerle de lo contrario. En su lugar, me puse de pie y tomé un lugar entre lo que se podría llamar mi familia. Con una mano levanté mi cabello, enseñándole así las raíces color castaño que emergían bajo la negrura del tinte. Así dejé que la realidad hiciera mella, no solo en Fitts, sino en los demás también.
Pude sentir sus ojos inspeccionando cada detalle, realizando verdades que hasta el momento habían pasado como meras coincidencias. Uniendo la línea de puntos. Teníamos diferencias tan marcadas, y a la vez, similitudes tan evidentes. Y uno a uno empezaron a caer en cuenta de ello. Larion bajó el semblante, desolado. Hektor apoyó a los otros dos, afligido. Fitts dejó salir el poco aliento que le quedaba… aceptando el hecho como lo que era; la realidad.
—Entonces es eso. Esto es lo que nos has estado ocultando —masculló con una risa amarga—. Eso… Eso explica muchas cosas, supongo.
Vi entonces a la pobre muchacha a través de aquella cóncava ventana en la pared. Todas las emociones dictadas con anterioridad, uniéndose hasta desvanecer en una sola figura; la angustia. Más su respuesta fue distante a la esperada; muy distante.
—Lo entiendo.
El corazón me dio un vuelco. Creí haber escuchado mal, pensé que sus palabras reales, sus intenciones habían sido opuestas a lo que en verdad habían escuchado mis oídos. Mas entonces realicé el atisbo en su rostro. Realicé la aquel gesto pesado acompañado por una mano posada sobre los ladrillos. Realicé aquella sonrisa forzada que aunque dolida por el engaño luchaba por prevalecer. Realicé… sus intenciones por perdonar.
—No creo ser capaz de confiar en tus palabras. No sé si lo que dices es verdad o solo intentas usarme una vez más —tragó saliva, atragantándose con su propio dolor—. Pero lo que sí sé es que, durante el poco tiempo que estuvimos juntos… me sentí de vuelta en casa. Sentí que, aunque fuese por un momento nada más, podía olvidarme de todo y simplemente… creer que somos «normales», supongo.
No fui capaz de enmendar palabra alguna. No tenía nada preparado para esto. Nunca pensé que, de todos los resultados posibles, este sería el que Fitts elegiría. Pero supongo que eso es en parte mi culpa. Tal vez una parte de mí no podía asumir que esto fuese una alternativa para empezar. Tal vez solo quería que me echase las cosas en cara y ya.
Ella dejó salir una amarga carcajada mientras limpiaba sus lágrimas debajo de sus anteojos.
—Me recuerdas mucho a alguien, alguien… muy especial. Pero no —suspiró—. En realidad, no eres nada como él. Pero eso está bien… porque eres mi amigo. Y por mucho que trate de negarlo, en realidad tú también me importas. Aunque seas un mentiroso.
No había rencor en esas palabras, sino pura sinceridad. Ella no podía confiar en mí; optaba por hacerlo, incluso conociendo los riesgos. Eso me conmovió más allá de lo que mi corazón campestre podía aguantar. Tuve que apartar la mirada para que no me viese llorar, cosa totalmente inútil.
—Eres una tonta sentimental… Siempre con lo mismo.
Escuché entonces una carcajada, un poco más optimista que la anterior.
—Sí, puede que sí. Lo bueno es que se te pegó un poco de eso.
Ante esto, no pude sino reír junto a ella. Una risa que emanó del alma; de una calma que empezaba a alzarse, una chispa de esperanza que nacía de entre las tinieblas. En ese instante, volví hacia ella y repetí lo que venía diciéndole hacía días.
—Lo siento, Fitts. Por todo.
Y esta vez, sí recibí una respuesta.
—Acepto tus disculpas, Filiu Vulture —apartó su mano dando un paso hacia atrás—. Pero unas simples disculpas no solucionarán nada. Si quieres empezar por algún sitio, deja de lamentarte y piensa en cómo podríamos escapar de aquí.
Suspiré.
—Es demasiado para mí, Fitts. Ni siquiera veo luz al final del túnel.
—¿Demasiado para el demente que derrotó a un Luster Grizzly endémico con palos y piedras?
—Bueno… siendo justos no lo hice yo solo.
—Y ahora tampoco estás solo.
Ella me sonrió, y no pude sino hacer lo mismo. Una mejora, algo a lo cual aferrarme en un momento tan difícil. Y si bien, nada de esto nos ayudaba en realidad, se sintió bien recuperar una parte de la moral. Pero claro, este preámbulo estaba lejos de acabar aquí, y tan pronto como el sentimiento fue consumado, Fitts regresó a la seriedad.
—Continuaremos este problema cuando estemos fuera de aquí, ¿está bien?
Asentí un tanto intranquilo, pero dispuesto a ir a por ello.
—¿Terminaron al fin su demostración de afecto? —acotó Hanz desde la otra esquina—. Los dos se quieren mucho, ¡Yuju! Qué emoción… ¿Podemos pasar a la parte en que nos vamos al carajo de aquí?
—Hacía falta arruinar el momento, ¿no? Se nota que no tienes amigos.
—Los tengo. Fuera de este horno de barro, claro.
Suspiré a la par que apretaba el entrecejo. La elfa dejó salir una pequeña carcajada, notablemente agraciada por la actitud tan amarga del viejo. Y a decir verdad, yo también lo estaba; me recordó a uno de mis tíos.
Volteé entonces hacia el trío Vulture, buscando su encuentro con un medio gesto.
—Yo sé que nada de lo que dije fue para nada agradable, pero recorrí cielo y tierra para venir a buscarlos, muchachos. No voy a obligarlos a creerme ni a venir si no es lo que quieren, pero al menos les ofrezco lo que Rufford nunca nos dios. Una decisión. Pueden creerme y venir conmigo o… bueno, quedarse aquí y seguir esperando.
El atisbo que recibí a cambio no fue para nada agradable. No había odio en sus miradas, pero sí miedo y preocupación. Les di su debido tiempo. Aguardé a que se calmasen un poco, y a medida que cada uno procesaba lo ocurrido, el ambiente cambió. Ellos cambiaron.
Marshall dio media vuelta, cerrando un círculo conformado por ellos tres y comenzó el debate. Cada uno ayudaba con las falencias del otro. Hektor, explicaba a Larion usando un lenguaje de señas, este último se lo comunicaba a Marshall con palabras, y repetían el ciclo de forma inversa cuando era necesario. Sobra decir que no entendí nada de lo que debatían; mas la conclusión fue bien clara.
—N-Nos cuesta creer que padre sea capaz de exponernos a semejante mal —expresó el menor—. P-Pero Gaucho, o más bien, Filiu, es hermano. Hermanos siempre ayudarnos entre sí, siempre confiar. Y si Filiu vino hasta aquí para rescatarnos, entonces… confiamos en usted, señor Gaucho.
Su buena voluntad logró comprarme otra sonrisa.
—Gracias, muchachos. No los voy a decepcionar, lo prometo. Y me imagino que el vejestorio de la celda contigua también está interesado en ayudar.
Hanz gruñó de regreso.
—¿Seguir a un grupo de chiflados hacia su muerte segura o quedarme aquí a enloquecer y cagar en un agujero del suelo? Creo que mi elección está clara.
Una vez estuvimos todo de acuerdo, di un paso atrás y contemplé el equipo que se acababa de formar. En efecto, éramos todos una panda de buenos para nada, pero tal vez eso sería suficiente. De algo podíamos estar seguros, y es que no pasaríamos el resto de la noche en ese agujero infernal. No vivos, por lo menos.
—Bueno… empecemos la tormenta de ideas.
Había llegado la hora de hacer uso de todo el potencial de la Viveza Argentina. Nos juntamos en son al agujero en la pared y lanzamos las cartas a la mesa en busca de algo cercano a un plan. Por supuesto, les conté con lujo de detalle lo que se encontraba tras bambalinas, cosa que llamó la atención a más de uno; en especial a nuestro compañero el ingeniero. El trio Vulture no ayudó demasiado en este aspecto, pero su aliento moral fue de agradecerse (supongamos). Fitts se encargó de unir varios puntos importantes; contabilizar el tiempo, buscar vías prudentes, y mantener la chance de mortandad al mínimo.
—Parece bastante sólido. ¿Alguna duda? —inquirí forzando el optimismo.
—Sí, una minúscula —apuntó Hanz—. ¿Podemos mandarte al frente en caso de que todo falle?
—¡Bien! ¡Me alegra que estemos todos de acuerdo!
—Verdammtes Arschloch...
Increíble pero cierto, habíamos conseguido algo. Pero del «dicho al hecho hay un largo trecho», y hablar las cosas era muy distintas a ponerlas en práctica. Lo peor siempre estaba presente; la posibilidad de algo inesperado.
Ahora, lo primera era también lo más sencillo; conseguir la atención de los guardias. En base a las palabras del anciano, estos nunca atendían al llamado de los reclusos. No estaban en la obligación de hacerlo, su deber era más de cuidadores del orden. Sin embargo, gracias a mi circunstancia como «huésped honorifico», teníamos a la carnada perfecta. Solo necesitábamos hacer que me escuche, y para esto último dos cosas:
El más alto y fuerte de nuestra celda era Hektor; el tipo me triplicaba la edad y altura. Incluso en su zaparrastrosa condición era lo bastante fuerte para levantarme sin mucho esfuerzo. Lo difícil, en cambio, fue convencerlo de cumplir su rol. Fue complicado, tuvimos que hablarle bonito y explicarle la situación con manzanas, pero al final se dignó a cooperar. Era un gigante noble, de eso no cabía duda.
Tras esto hicimos los últimos preparativos y aseguramos todas las piezas en su lugar. Una vez iniciado el plan no habría vuelta atrás. Debía hacerse bien, y con bien quiero decir «perfecto a la primera».
Iniciamos la primera fase. A mi señal, el grandote me tomó de hombros y me estampó contra el metal como si fuese una bolsa de cemento en una construcción. Dolía, sí, pero la impresión que dimos lo hacía parecer mucho peor de lo que era. Fitts y Hanz ayudaron llamando a la guardia en un disque intento por separar el pleito que transcurría en la celda siguiente, y yo hice mi mejor improvisación de un grito desesperado.
—¡AAAAHHH! ¡GUARDIAAAAAS AYUDA! ¡GUAAAAARDIAAAAS!
Hicimos par de choques hasta que el eco de las armaduras se hizo presente a través del pasillo. Me lancé al suelo sobre mis brazos mientras Hektor fingía presionarme contra los ladrillos y solo se apartó cuando la orden de nuestros captores se hizo escuchar. Las puertas se abrieron de golpe, y el grito de los soldados exigiendo espacio no se hizo esperar. El gigantón se hiciera para atrás a la mínima de peligro, refugiándose junto a los demás en la parte trasera mientras el trio armado venía en mi auxilio.
Escuché sus voces hablándome inquiriendo sobre mi situación, a lo cual preparé nuestro único boleto del escape. Sentí sus manos tanteándome la espalda previo a que ejercieran fuerza para darme la vuelta. Me giraron noventa grados y sus miradas se encontraron con un atisbo muy distinto al que esperaban; una sonrisa, burlona y poco sincera. Pero la confusión no les duró mucho, pues a pocos segundos de que mostrase lo que tenía entre manos, esta emoción fue reemplazada por el pánico. ¿Qué era esto? Un regalito nada más; una piedra-sonora, sobrecargada y lista para detonar.
El chirrido fue atronador. Retumbó a nuestro alrededor como el devastador rugido de un relámpago. Si bien, esta explosión no fue tan importante como la que Fitts provocó en el claro, el espacio reducido y el eco en la prisión se sumaron para multiplicar su impacto. El efecto en el escuadrón fue casi inmediato. La onda sónica sobrecargó sus sentidos y los hizo desplomarse en el acto. Incluso nosotros, que con tapones de musgo en los oídos logramos evitar el shock sonoro, fuimos capaces de sentir el golpe. Fue doloroso y repugnante, pero nos ayudó a no desmayar.
Con la puerta abierta y los guardias fuera de combate, tomamos el llavero, nuestras armas y corrimos fuera dejando a los pescadores colgados en su propia caña. Así fue que entramos a la segunda fase.
Tomé entonces la llave de la celda continua y dejé las demás en manos del Trio Vulture. Sin tardarme un segundo, liberé a Fitts y a Hanz de su encierro. De esta última, recibí una recompensa muy especial; una bofetada.
—Lo siento pero te lo mereces.
—Sí… no voy a decir que no. Pero creo que tú te mereces esto —le extendí su varita.
Fue como si la vida le hubiese regresado al cuerpo cuando vio ese viejo pedazo de madera. Me la arrebató de las mano y presionó la gema contra su rostro con un afecto que dejaba atrás a cualquiera. Incluso creo recordar que le dio un par de besos antes de seguirle el rastro al grupo.
«Mierda… Espero que nunca le den a elegir entre salvarme la vida y salvar esa cosa.»
Solo puedo imaginarme la sorpresa de los soldados al ver el desmadre que un niño y sus hermanos discapacitados acababan de crear. Uno a uno empezamos a liberar a los demás reclusos de la prisión, dejando que vagasen libres por el lugar al entremezclado grito de «LIBERTAD». Decir que fue un caos sería quedarse corto. De repente no había fatiga ni desgane en sus cuerpos, sino un fuerte sentimiento de salir corriendo en la dirección que fuese. Parecían gallinas sin cabeza, hubiera sido gracioso si no fuese yo quien se encontraba en su misma situación.
Nadie ahí tenía intenciones de ningún tipo con nosotros, pero solo por si acaso preferimos quedarnos tan lejos del pandemonio como fuese posible. Una vez preparado el escenario, lo siguiente era esperar.
Según lo explicado por Hanz, el calabozo se encontraba más o menos a mitad de torre, posicionado en medio de dos cuarteles; el superior, destinado a deberes de guardia en la estructura y el inferior, donde se reunían los soldados del exterior. A pocos minutos de comenzada la figura, las alarmas comenzaron a sonar. Esto hizo que todas las unidades disponibles se centrasen en detener a la banda de psicópatas que en estos momentos corría escaleras abajo. Ahí está el punto «escaleras abajo». La salida más lógica era bajando, por lo que tanto soldados como prisioneros se dirigían allá, dejando vía libre hacia nuestro verdadero objetivo; el hangar.
Imagino que te darás cuenta de hacia dónde van las cosas. Oh sí… estábamos a punto de robarle al padre Alric su queridísima nave. O bueno, al menos ese era el plan.
A la mínima que tuvimos la oportunidad segura de hacerlo emprendimos la subida tan rápido como nos fue posible. Usar el ascensor estaba fuera de discusión, era la principal vía de transporte para soltar tropas a diestra y siniestra. Tocaba patear, lo cual en sí mismo representaba el primer gran desafío. Mira, tanto yo como Fitts teníamos la aptitud física necesaria para lograrlo, pero no puedo decir lo mismo de nuestros compañeros. Hanz era un viejo meado, y Marshall, Larion y Hektor apenas tenían carne en los huesos. El tener que forzarlos a través de una escalada quilométrica fue la situación más estresante de mi vida; lo cual no es decir poco.
El retumbar del ascensor subiendo y bajando no dejaba de impacientarme. Era un lugar inmenso, mucho más de lo que me pareció al subir la primera vez. No solo esto, la cantidad de soldados que subía y bajaba de ese cajón de metal era abrumadora. Parecían no terminarse, como peces arrastrados fuera del agua. El maldito subía y bajaba, subía y baja sin detenerse, y cada vez más de ellos se percataban de nuestra posición.
Agradezco el hecho de que hubiésemos parecido tan patéticos, de lo contrario estoy seguro que habrán mandado un batallón entero a buscarnos. Tardamos alrededor de veinte minutos en subir todas las escaleras. Si las piernas me dolían a mí, imagino que los otros habrán sentido que se les estaban por caer. Sin embargo, con dolor y todo me permití el lujo de respirar un poco más tranquilo al ver el corredor que llevaba al hangar.
—¡Falta poco, muchachos! ¡Un último empujón!
—Señor Gaucho, me falta el aire… —rezongó Marshall.
—¡Bueno aguántate, hay aire de sobra ahí afuera!
—¿L-Lo hay? Gracias al cielo…
De momento las cosas habían ido muy bien; demasiado, en realidad. Claro, esto no tardó mucho en cambiar, pues tras adentrarnos en el tramo final del recorrido, dimos de cara con la primera complicación de la noche.
Como mencioné anteriormente, teníamos la esperanza de que, debido a la magnitud del problema, fuesen a recurrir a toda la guardia disponible para detener la fuga. De todos los lugares posibles, no creí que de verdad fuesen a mantener posición justo allí. Otra vez, ¿qué chances había de que alguien de verdad quisiese arriesgarse a venir hasta aquí? Pues tal parece que al régimen poco le importaba esta lógica, porque a la mínima de mostrarnos frente a la entrada del hangar, los dos miserables cumpliendo horario nos apuntaron con sus armas.
—¡ALTO! —clamaron al unisón levantando escudos y espadas.
Reconocí sus posturas; formaron una guardia cerrada, cubriendo ambos laterales mientras clavaban mirada sobre nosotros. Podría decirse que estábamos lejos, a al menos unos seis metros de distancia, pero el factor sorpresa y la superioridad numérica nos hacía ver más peligrosos de lo que en verdad éramos.
Manteniendo formación y a paso precavido, comenzaron a avanzar. Estaban nerviosos; podía ver su titubeo a través del temblequeo de sus hojas y el brillo indistinto en sus ojos. No eran los únicos, sin embargo. Hektor empujó a nuestros hermanos hacia atrás, y Hanz no dudó en posicionarse como el último en fila. Solo éramos Fitts y yo en el frente, los únicos que de verdad podían pelear.
—¡Están pisando zona restringida! ¡Solo el Padre Alric tiene permiso de venir aquí!
—Saben cuál es la pena por infligir la ley del Padre, ¿no? —dejó salir una carcajada insegura—. Oh, se van a divertir mucho con ustedes, es todo lo que diré…
—No es momento para estupideces —musitó el primero—. ¡Será mejor que tiran sus armas y se entreguen! ¡El Padre Alric no tardará en llegar!
Tenían buen equipo, pero no eran fuertes. Era evidente que no tenían mucho experiencia en peleas reales; conocía esa duda muy bien. En situaciones normales no me cabe duda de que hubiésemos podido despacharlos sin problema. El problema era que estábamos muy cansados y que Fitts ni siquiera podía usar su magia. Esto último, por lo menos, fue lo que pensé en un principio. Pero resulta que mi amiguita tenía otros planes.
—Escucha, yo al de la izquierda y tú al de…
Ni siquiera me dejó terminar. En lugar de retroceder, la elfa dio un paso hacia adelante y se posicionó frente a mí. Apuntó entonces su varita en dirección al dúo, arrugando el entrecejo en un gesto de concentración absoluta. Confundido a la par que inquieto, no pude sino cuestionar.
—Hey, Fitts… El anillo, recuerda.
—¡Dije que bajen las armas! —insistió el soldado alzando la voz.
—Ellos vienen buscando muerte… Filiu.
La frialdad con la que esbozó mi nombre me heló la sangre. Tragué saliva mientras el sonido de su voz entonaba el cantico del viento por todo lo bajo. Y frente a nosotros, el caminar del dúo no hizo sino apresurarse.
—BAJEN. LAS ARMAS.
—¡Fitts!
La gema de la varita destelló con un brillo rojizo a la par que el pulso de la chica comenzó a temblar, mas el conjuro no se detuvo; al contrario, empezó a recitarlo más alto y más rápido. Pocos metros nos separaban de ellos cuando el segundo soldado decidió abandonar posición. Envistió en dirección a Fitts, levantando el escudo y rugiendo un grito de guerra. Y el ardor de la gema se intensificó una vez más.
—¡FITTS BASTA!
Me lancé hacia adelante con la intención de detener su avance… mas no hizo falta.
—Wind Slice.
Oí entonces la barrera del sonido romperse junto a mí. El ataque no me golpeó, pero el origen del mismo alcanzó empujarme un poco hacia el lado. Viento, eso fue lo que emergió de la gema. Una ráfaga aguda, vorpal como el filo de una navaja, lo suficiente para cortar a través de madera, piedra y sí… metal también.
Fueron un total de cuatro ondas. El escudo de aquel pobre muchacho se partió al medio con el primer impacto. Los otros tres le rebanaron brazos, piernas, y abrieron su cabeza como si fuese una sandía. Fue apenas una fracción de segundo, tal vez ni siquiera lo sintió. El cuerpo se desplomó en pedazos, sin siquiera dejar salir el poco aire que quedaba en sus pulmones. Y la sangre, la salpicadura de semejante obra, cayó sobre mí cual balde de agua caliente.
—¡MIERDA!
—¡HERMANO NOOOOO! —la voz del pobre sujeto rompió en horror.
La sustancia rojiza apenas salpicó a la elfa. La varita cayó de sus manos mientras su piel se tornaba blanca como la nieve. Su semblante flaqueó, sugería estar al borde del colapso.
Su compañero se sumió en el pánico absoluto. Retrocedió, siguiendo el impulso de intentar escapar mientras aún podía. Mientras tanto, Fitts cayó de rodillas junto a mí, apenas, apenas alcanzando a poner sus brazos para evitar golpearse contra el suelo. Miré mis manos, cubiertas ahora por aquel líquido brillante y por pedazos de carne y hueso que salpicaron en el instante en que la ráfaga de aire arrancó la vida de su ser. Estaba en shock. Ni siquiera pude reaccionar cuando Hanz me empujó hacia el lado.
—¡Du! ¡Waffen nieder! ¡GEHEN SIE KEIN RISIKO EIN!
No sé qué demonios salió de su boca, pero pareció que el soldado sí. Lanzó las armas al suelo, aun temblando mientras bajaba la cabeza y posicionaba ambas palmas en su nuca.
—¡Vamos ustedes, corran! ¡No nos queda mucho tiempo!
Sentí la sombre de mis hermanos corriendo a ambos lados, pero no pude corresponder al llamado. Oía el constante latido de mi corazón en mi oído, retumbando a cada instante mientras intentaba procesar lo que acababa de ocurrir. No podía reaccionar, no podía ni siquiera moverme. Pero eso no pareció importarle a ella.
Sentí el peso de unas mano trepando por la parte trasera de mi gabardina; unos dedos que tiraron de la tela hasta lograr enganchar ambos brazos alrededor de mi cuello. Y tras esto su voz, que llegó a mí como una suave y cansada brisa.
—La vista… en el camino… montaraz. Tenemos que movernos… reacciona, por favor.
Sentí unas leves palmadas en el rostro, mismas que poco a poco me arrastraron de regreso a la realidad. Solo entonces me di cuenta. Los demás se estaban yendo, corrían hacia el Ausmerzer dejándonos a ambos atrás.
—¡Carajo, Fitts! ¡¿Qué mierda fue eso?! —me puse de pie de un salto.
—Ya me lo… echarás en cara después… ahora corre.
Estaba más que solo enojado, estaba al borde de un ataque cardiaco, pero lo cierto era que no podía sentirme más contento por el hecho de que ella decidió quedarse atrás y ayudarme. Ahora solo faltaba la fase tres, y con ella, llegaron más imprevistos.
Tomé una de las espadas y alcancé a bloquear la entrada con ella. Tras esto, nos dispusimos a hacer frente a aquel gigantesco pedazo de ingeniería. Hanz apuntó hacía la proa; había unas escaleras de mano forjadas en el armazón. Di la orden al Trío Vulture para que subiesen y dejé a Fitts en manos de Hektor. Con ellos asegurados, la tarea de poner en marcha ese cacharro quedó mis manos las del viejo.
—¿Ahora qué?
—Tenemos un problema. Necesitábamos a tu amiga la psicópata para abrir el puente y encender el sistema de lanzamiento.
—¿Y qué? ¿No podemos hacerlo nosotros?
—Ah, pues claro que sí. Solo un pequeño inconveniente, ¡que uno de los dos deberá quedarse abajo para hacerlo! —exaltó con molestia.
—¡¿QUÉ?!
—¡Pues sí, mein Idiot! ¡Es un proceso que requiere de varias personas!
—¿Y no puedes hacerlo tú?
—¡Yo debo poner en marcha el maldito barco! Pero si quieres podemos hacer bajar a uno de tus hermanitos y estar treinta minutos explicándoles qué deben hacer. ¡Seguro que tenemos tiempo de sobra para eso!
Como si aquello fuese una maldita broma del destino, escuchamos entonces el sonido de las alarmas apagándose. La fuga había acabado, ya no nos quedaba tiempo.
—¡¿Por qué me persigue la desgracia?! —alcé la mirada reclamándole a Dios.
Di un rápido vistazo a los alrededores, tratando de buscar una salida con las pocas alternativas disponibles.
—¡¿Y bien?!
—¡YAAAAA, SUBE Y PON EN MARCHA EL CACHIBACHE ESTE! Yo me encargo… ¡Yo me encargo de todo!
No muy contento con mi resolución, Hanz señalizó a hacia los puntos de interés. A un lado del portón doble se encontraban las palancas del portón y en dirección opuesta la cabina para el sistema de lanzamiento. El viejo se lanzó sobre la escalera mientras explicaba y yo corrí a abrir las compuertas.
—¡Libera el combustible con la manivela, cuenta hasta diez y presiona el botón rojo!
Solo quiero aclarar que yo nunca traté de hacerme el héroe. Fue algo que simplemente salió de mí, supongo. El punto es que solo caí en cuenta de lo que hacía cuando los engranajes crujiendo y contemplé el velo nocturno en todo su esplendor. Demasiado tarde, sin embargo, pues ya estaba en ello. Corrí hacia la cabina antes de siquiera permitirme dudar, tiré de un par de manivelas, conté hasta diez y golpeé el maldito botón con la fuerza necesaria para agrietarlo.
En ese momento, vi a través de la ventana el problema en que me había metido. Las poleas del techo tiraron del barco mientras los motores internos se encendían. Fuego, una llamarada de tinte azulado emergió de los escapes de calor mientras la bestia se movía. Lo vi entonces, el Ausmerzer siendo catapultado fuera de la torre mientras dejaba atrás un rastro de humo, silencio, y un pobre gaucho con mala fortuna.
«Ay Dios mío… ¡Ay mamita querida en qué me metí ahora!»
Salí de la cabina para apreciar la situación. Vi la sangre en mis manos, la maquina más importante del reino alejándose, la ausencia de un escape, y un destino peor que la muerte acercándose con cada segundo.
«Ay mierda mierda mierda mierda, Fitts la puta que te pario, ¡esto es todo tu culpa!» me agarré la cabeza con ambas manos.
Una vez más frente al destino. Una vez más era presa de la mala fortuna, de las decisiones tomadas sin pensar y sin ver a futuro. Y sin embargo… no se sentía tan mal esta vez.
En ese instante dejé de pelear. Me dejé caer de rodillas, viendo la silueta del barco alejándose poco a poco, y no pude sino… reír. Me reí del hecho, o tal vez hasta de mí mismo. Aunque sea por ese mero suspiro, por esa situación que ahora sí prometía ser la última, decidí… dejar que todo pase.
«Y bueno… ¿Qué se le va a hacer? Al menos no te estás llevando a nadie con vos, gauchito. No es tan malo.»
¿Me di por vencido? Sí. De verdad, si ese hubiese sido el final; si de repente los hombres de Alric hubiesen llegado y me hubiesen atrapado o matado en el acto, no me hubiese importado. Hasta cierto punto, debo admitir que… tal vez lo prefería. Al menos así no seguiría arruinándole a la vida a nadie.
Pero entonces mi sonrisa desapreció. En un momento de lucidez, una idea tan loca como podía serlo, me alcanzó. Llevé la mirada hacia el techo, dejándola caer sobre uno de los «adornos» del Padre. Uno de sus cañones.
«Ahí está… ¡Ahí está!» clamé en mi interior con la llegada de la Viveza Argentina.
Lancé a Faca'lis hacia el agarre en el techo. Las cuerdas eran demasiado duras, pero tras unos intentos conseguí desengancharlo. El suelo vibró tras el ponderoso descenso del arma. Me armé luego con una de sus balas, el pedazo de cable, y una de las antorcha de los alrededores.
Lo bueno de estar completamente desesperado, es que ya no te importan los riesgos a tu propio bienestar, lo que te permite pensar de manera más abierta tus salidas.
El eco de la puerta resonó en el hangar; un forcejear en la entrada. Esta no aguantaría mucho, por lo cual me dispuse a triplicar mis esfuerzos. Alcancé a preparar el arma, apuntándola en dirección al Ausmerzer mientras oía las bisagras resquebrajándose a cada segundo.
«Vamos, Fil… Nunca disparaste una de estas pero tampoco has fallado un tiro en tu vida y hoy no será el día. CONCENTRATE POR TU BUENA MADRE.»
La mecha ardió, y las puertas cedieron en un mar de polvo y graba. Un escuadrón de al menos veinte soldados emergió de aquella nube, cubriendo la zona y apuntando sus lanzas hacia mí. El dueto de elite habían llegado; Alric y Orsted.
En ese momento, crucé miradas con ambos. El tamaño de su descontento solo era equiparable al desconcierto presente en sus rostros. No tardaron nada en darse cuenta de lo que había hecho, pero eso no hizo que fuese más sencillo de procesar. No puedo ni imaginar lo que habrá pasado por sus mentes cuando vieron a un niño atado a una bola de cañón a punto de ser disparada.
Y solo entonces, oí las únicas palabras que recibiría del Dios-Dragon:
—Estás demente…
A lo cual, no pude sino sonreírle de regreso.
—Y es una suerte, porque si no nunca funcionaría.
El estruendo del arma atronó a mitad de la noche. Mi peor o mejor idea hasta el momento, posiblemente; seguida de cerca por mirar hacia abajo durante el vuelo. Pude ver toda la ciudad mientras surcaba el cielo; los edificios hasta parecían hormigas. De no haber sido por la adrenalina, tal vez me habría desmayado antes de llegar a la mitad del transcurso.
Me acerqué raudo hacia la embarcación. Alargué la compañía de la bala lo más que pude, y una vez estuvo a punto de empezar su descenso, desenvainé a Faca'lis y corté el cable que nos unía. Gracias a la diferencia de peso, logré conseguir algo más de distancia hasta empezar a caer; cosa que me brindó la salvación.
A lo cual, no pude evitar gritar desde el fondo de mi alma:
—¡SOY UN GENIOOOOO!
Vi el rostro de mis compañeros mientras me acercaba, tan atónitos como sus quijadas les permitían parecer mientras contemplaban al idiota volador a punto de estrellarse contra la vela del barco. Me deslicé por la tela como si fuese un tobogán, apenas consiguiendo sostenerme del mástil y cayendo sobre el tieso suelo de la proa. Y ahí estaban los cinco, mirándome de la misma manera que mirarían a un fantasma.
—¿Vieron eso? Porque no lo voy a repetir… —sonreí alzando el pulgar.
—¡ERES UN IDIOTA!
De repente, todo el cansancio que hubiese podido estar sobre los hombres de la elfa desapareció. Ella me tomó por los hombros, sacudiéndome mientras gritaba una mescla de preocupación y enojo.
—¡NO ERES UN GENIO, ERES UN DESQUICIADO! ¡A QUIEN SE LE OCURRE HACER ALGO ASÍ! ¡AUNQUE SEA NOS HUBIESES AVISADO! ¡HABRÍAMOS PENSADO EN ALGO! ¡¿QUÉ TIENE HAY DENTRO DE ESA CABEZA TUYA?!
—Fitts. Estoy a nada de sufrir un paro cardiaco. Dejemos los reclamos para después, ¿sí? Ahora… déjame respirar, por favor.
Tras esto, el alevoso vitoreo de mis hermanos, opacó el ronroneo de los motores. No dudaron en lanzarse sobre mí, sus brazos me enroscaron como una araña a su mosca. Debo admitirlo, tras tantísima mierda junta… se sentía bien.
—¡Viejo! ¡A toda máquina hacia el sur! ¡Volvamos a Runoa!
