Atención: Pokémon no me pertenece.


Soy un Blaziken

Primera temporada

Rogelio se enfrenta a la verdad


De pronto, el cielo comenzó a cubrirse con nubes oscuras que anunciaban una inminente tormenta; Sin rumbo fijo, Combusken comenzó a caminar por la montaña, esperando que las cosas mejoraran con el tiempo. Tras varias horas, agotado, se sentó en el suelo. Perdiendo las esperanzas de que alguna vez volvería a ver a su antiguo entrenador, distinguió a lo lejos a una tipo psíquico que le parecía conocida.

—Un momento… creo que conozco a esa Espeon. Sí, me parece que es quien estoy pensando. Ojalá esté mejor —dijo, sintiendo una chispa de esperanza.

Combusken corrió alegre hacia ella. El pokémon sol no le prestó atención al principio, pero cuando reconoció quién era, su expresión se transformó en una mezcla de sorpresa e ira.

— ¡Samantha! Qué suerte encontrarte. No vas a creer todo lo que me ha pasado últimamente. ¿Cómo está Axel? ¿Ya se recuperó? ¿Ha vuelto en sí? —Preguntó Rogelio con entusiasmo, convencido de que por fin regresaría con su entrenador.

Pero Espeon respondió con frialdad:

— ¿Y a ti qué te pasa? ¿Todavía no entiendes que Axel ya no te quiere? Apenas te fuiste, dijo que estaba harto de ti. Lo intenté defenderte, pero ya sabes que es difícil complacer a nuestro entrenador… perdón, a mi entrenador. Te aconsejo que lo olvides y regreses por donde viniste, escoria. Axel nunca fue amable con las palabras.

— ¡No! No puede ser cierto. Él no puede haber cambiado tanto. ¡Axel no es así! No es el que conocí —Negaba el tipo fuego con firmeza, incapaz de aceptar las crueles palabras.

— ¿Tu Axel? No me hagas reír. ¡Él es mío! Acepta que te dejó porque estaba cansado de tus fracasos. No le sirves para nada. Te abandonó cuando se le presentó la oportunidad, y yo me ofrecí a decirte la verdad por él. Así que haznos un favor y desaparece. Ya no hay nada para ti —Dijo Espeon, al tiempo que un trueno retumbaba en el cielo, anunciando el inicio de la tormenta.

La mirada de Samantha era amenazante. Comenzó a rodear lentamente al pollo, mientras las primeras gotas de lluvia caían. Luego, el cielo se abrió en una intensa tormenta acompañada de fuertes ráfagas de viento.

— ¿Por qué me impides verlo una última vez? Fui débil, lo sé, pero ya no lo soy. Y si de verdad ya no me quiere… ¡quiero escucharlo de su boca! Todos merecen una segunda oportunidad, y prometo que no lo decepcionaré nunca más —Gritó con determinación.

El Pokémon ave corral avanzó con paso firme, pero Espeon se interpuso en su caminar. Justo entonces, un rayo iluminó el cielo detrás de ella.

—No lo permitiré. Ya te lo dije muchas veces: déjalo en paz. ¡Él me pertenece! —Gritó, cada vez con mayor agresividad—. Y si tengo que acabar contigo para que lo entiendas… ¡lo haré!

El tipo fuego-lucha lo miró con una mezcla de rabia y claridad.

—Ahora todo tiene sentido. ¡Eres tú quien no quiere que me acerque a Axel! —exclamó, con una mirada encendida de coraje.

—Lo admito —Respondió Espeon con una sonrisa maliciosa—. Nunca te quise cerca. Solo eras una molestia que me quitaba tiempo con mi querido Axel. ¿Y ahora qué? ¿Vas a llorar? —Se burló al ver el rostro desafiante de Combusken—. ¿Acaso crees que puedes enfrentarte a mí? Esto va a ser divertido. Prepárate para tu última batalla, porque no dejaré que sigas respirando.

Sin previo aviso, lanzó un Ataque Rápido, golpeando por sorpresa a su oponente, quien no tuvo tiempo de reaccionar. La lluvia arreciaba con fuerza, y los truenos retumbaban cada vez más cerca.

Rogelio, recuperándose del golpe, contraatacó con Fuego, envolviendo a su adversaria en una espiral de llamas. Esto enfureció aún más a la tipo Psíquico, que respondió con Psicocarga, aunque Rogelio logró esquivarla por poco. Ambos chocaron luego con sus ataques característicos, terminando en un empate. Sin dar tregua, Espeon volvió a cargar con otro Ataque Rápido, dejando a su enemigo sin tiempo para reaccionar. Pero él no pensaba rendirse. Con determinación, lanzó Picotazo, aunque su logró contraria logro defenderse recurriendo a Cola férrea.

La batalla estaba lejos de terminar, y el destino de Combusken pendía de un hilo.

Mientras la batalla se desarrollaba, una tormenta violenta rugía sobre ellos. Los relámpagos caían sin cesar junto a los truenos que retumbaban con una fuerza abrumadora. Estar al aire libre bajo esas condiciones era peligroso, pero eso no detenía a los dos Pokémon, decididos a no rendirse ni retroceder. Solo uno saldría victorioso, y ambos lo sabían: la contienda acabaría únicamente cuando uno de los dos cayera.

Rogelio lanzó un Picotazo, que su adversaria bloqueó con su movimiento de tipo acero. Hasta ese momento, la pelea se mantenía equilibrada, aunque la lluvia comenzaba a afectar más a uno de los combatientes. De repente, el viento arreció con tal violencia que comenzó a levantar todo tipo de objetos del suelo. Entre los escombros, un pobre Gliscor volaba desorientado, víctima del vendaval que recordaba a un poderoso huracán.

Espeon respondió al ataque de su oponente con un Psicorrayo, y su contrincante contraatacó con Lanzallamas, demostrando gran valentía al no dejarse intimidar por su desventaja. Entre ataques cruzados y esquivas constantes, ambos se desplazaron por el terreno hasta llegar a un gran árbol solitario en lo alto de la pequeña montaña. Rogelio empleó un Giro Fuego, al que su enemiga respondió protegiéndose con su movimiento más fuerte. Aprovechando la situación, el pequeño Pokémon de fuego se lanzó hacia su rival, esperando asestar otro Picotazo; Pero Samantha reaccionó con rapidez ejecutando un Ataque Rápido, produciendo una colisión de fuerza y voluntad entre ambos movimientos físicos.

Combusken volvió a usar Picotazo, pero la evolución de Eevee logró esquivarlo. Luego, la tipo psíquica arremetió con Cola Férrea, aunque su rival lo detuvo una y otra vez con su propio Picotazo. La persistencia de Espeon era notable. Más tarde, Rogelio esquivó con mucha suerte para luego aprovechar la abertura con un Lanzallamas que conecto en el blanco, aunque fue en vano, ya que su adversaria recurrió a usar Ataque rápido para alejarse del peligro justo en el último segundo.

Samantha lanzó otro Psicorrayo, mientras su contrincante optó por cambiar de estrategia: comenzó a esquivar en lugar de atacar, aprovechando su velocidad incrementada. Al principio, Espeon no entendía ese repentino cambio, pero pronto comprendió que quedarse quieta la volvía un blanco fácil para los objetos arrastrados por el viento. La lección fue clara cuando unas piedras la golpearon y una prenda errante terminó atorado en su cabeza. Combusken no desaprovechó la distracción y lanzó un Lanzallamas seguido de un certero Picotazo.

Cansada de no poder terminar el combate, la evolución de Eevee se hartó para desatar toda su furia. Aguantó un Picotazo de su oponente y respondió con un Psicorrayo brutal. Aunque Rogelio esquivó el siguiente, justo como Espeon quería, ella aprovechó para cerrarle el paso con un Ataque Rápido, enseguida lo golpeó con un potente Cola Férrea que lo lanzó por los aires hasta estrellarse contra el único árbol cercano.

A pesar del golpe, Combusken se protegió tras el tronco cuando Espeon lanzó otro Psicorrayo. La tipo psíquico se abalanzó con su ataque de prioridad y trató de rematar con otro Cola Férrea, pero falló el golpe. Asustado, el pokémon ave corral trató de controlar a la implacable adversaria, quien por poco lo impacta con un movimiento que bien podría haber sido letal si no lo esquivaba a tiempo, con otro Giro fuego.

Combusken, más impulsado por el miedo que por el coraje, intentó huir. Sin embargo, su escape fue brutalmente interrumpido por el mismo movimiento de tipo psíquico de siempre, que pasó rozando su plumaje. Jadeando, con los ojos desorbitados, lanzó un desesperado Lanzallamas, pero su oponente, decidida y despiadada, lo atravesó con un Ataque Rápido, como una flecha de furia, y le asestó un Cola Férrea directo al pecho. Rogelio salió disparado, estrellándose contra el único árbol solitario de la planicie. Apenas podía sostenerse en pie. Su cuerpo temblaba. Le quedaba, con suerte, menos de un cuarto de vida.

Enseguida, la sombra de la muerte se le acercó.

Samantha caminaba hacia él, a paso constante, como si disfrutara cada segundo de su inevitable victoria. Sus ojos brillaban con una mezcla de rencor como frialdad.

—No me asustas... —Susurró Combusken, temblando pero digno.

Sin decir palabra, Espeon le cruzó el rostro con una bofetada seca, haciendo que se desplomara al suelo por la fuerza del impacto. El tipo fuego la miró atónito. Entonces entendió... ella no mentía cuando dijo que lo mataría.

—Cierra el pico de una maldita vez... No sabes cuánto esperé este momento... ¡Tú final! —Exclamó Samantha, con una voz que quemaba como el mismo infierno.

— ¿Por qué haces esto? ¿Qué te hice? —Murmuró Rogelio, con el corazón roto, pero aún firme.

— ¿De verdad creíste que podías vencerme? —Replicó ella con desprecio—. Me sorprende que aún en desventaja siguieras luchando.

—Porque yo no me rindo. Nunca. Eso es lo que me hace fuerte... ¿Por qué nunca quisiste que estuviera al lado de Axel?

— ¡Deja de luchar! Ya está decidido. Perdedor. Solo alargas tu sufrimiento —Sentenció, ahora más fastidiada que impresionada.

Pero el pokémon ave corral se volvió a poner de pie, tambaleándose. Se lanzó con un Picotazo, que su adversaria bloqueó sin esfuerzo con Cola férrea. Lo volvió a estrellar contra el árbol para esta vez dejarlo sin energía.

—¡Ya basta! ¡Estoy harto de ser débil! —Gritó Combusken con toda su alma, su voz traspasando la tormenta.

—Eres débil. Siempre lo fuiste y siempre lo serás. Un tonto, peleando en desventaja, en plena tormenta. ¿Qué esperabas? Soy más fuerte. Siempre lo he sido. Lo único que lograste fue hacerme perder el tiempo.

Espeon ya no quería seguir. Quería terminarlo todo. Tomó una roca, la levantó con su energía psíquica, y se preparó para aplastar el cráneo de su enemigo... para ponerle fin de una vez por todas.

Pero el cielo rugió.

Un relámpago cayó con un estruendo desgarrador sobre el árbol, justo donde se encontraba Rogelio. Espeon salió volando por la explosión. Cuando abrió los ojos, estaba varios metros lejos, aturdidos. El árbol estaba calcinado. Y allí, en medio del humo... Combusken brillaba: Estaba evolucionando.

Ante la mirada incrédula por el cambio de su contrincante, el inexperto Combusken emergió transformado, imponente y decidido: blaziken había nacido.

—No puede ser... —Susurró Samantha, sin creerlo.

El recién evolucionado Pokémon tipo fuego-lucha estaba completamente recuperado. El fuego en su corazón ardía con más fuerza que nunca.

—No pienso rendirme ante nadie. Soy Blaziken ahora. Y no le temo a nada.

—No sé si ahora eres más fuerte... o más tonto —Respondió Espeon, lanzando un Psicorrayo.

—Tal vez un poco de ambas —Replicó el pokémon llameante, liberando un Lanzallamas que chocó con el ataque enemigo en una explosión colosal.

La batalla reanudó con una furia descomunal.

La tormenta no cedía, o mejor dicho huracán de categoría cinco. El Gliscor seguía atrapado entre las ráfagas salvajes. La evolución de Eevee disparó una lluvia de Psicorrayos, pero su oponente, con sus nuevas estadísticas, tomó un gran tubo metálico que volaba por el viento con la ayuda de su mejorada fuerza para luego usarlo como escudo mientras avanzaba paso a paso hacia su enemiga.

Cuando al fin estuvieron frente a frente, los ataques cuerpo a cuerpo comenzaron: Cola Férrea chocaba contra el tubo de acero. El pokémon sol atacaba con velocidad, pero Blaziken resistía. Luego, con una maniobra inesperada, el tipo fuego-lucha usó toda su furia ardiente para sacar toda sus fuerzas sobre el tubo y golpear con brutalidad el rostro de Espeon. Esta respondió con Ataque Rápido, pero su contrario ni se inmutó.

El combate era brutal, y Rogelio comenzaba a ganar terreno. Gracias a su reciente evolución, logró asestar un Picotazo directo que obligó a su adversaria a retroceder: La verdadera pelea... apenas comenzaba.

Espeon volvió a perder la paciencia lanzando un poderoso Psicorrayo. Aunque su contrario logró defenderse por completo usando el tubo que había conseguido previamente al partirlo por la mitad, no pudo evitar reconocer la fuerza de la agresion, ya que el rayo se había dividido en dos, pasando de manera peligrosa cerca de ambos lados de su cuerpo. De repente, Rogelio le lanzó contra su enemiga con el tubo metálico, y esta reaccionó al instante activando Cola férrea para evitar el golpe. No obstante, el pokémon llameante aprovechó el momento para atacarla con Picotazo. Usando su arma con rapidez logro bloquear un Ataque Rápido por parte de su oponente, quien enseguida contraatacó con su movimiento de tipo acero.

La Pokémon psíquica notó que el combate se estaba extendiendo más de lo esperado. No comprendía por qué no podía derrotar a su adversario si, en teoría, tenía la ventaja. Entonces se le ocurrió una idea: tomó una piedra para arrojársela a su oponente. Este bloqueó el proyectil con su tubo, pero eso lo distrajo por un instante. Espeon aprovechó ese momento para acercarse a gran velocidad con Ataque Rápido, golpearlo con Cola Férrea, y sin perder tiempo, rematarlo con otro Psicorrayo; Rogelio cayó al suelo por ese sorpresivo asalto si tregua, exhausto pero aún consciente.

— ¿Cómo es posible que siempre logres tomar la delantera? —Se preguntó mientras se reincorporaba.

—No se trata de fuerza o debilidad, sino de saber colocar las piezas correctamente. El verdadero combate empieza antes de lanzar el primer golpe: es una cuestión mental. En una batalla no gana quien debería, sino quien tiene la ventaja. Ganar, aunque sea de manera injusta, sigue siendo ganar —Respondió Samantha con frialdad.

—Sigues siendo la misma de siempre —Comentó Rogelio con una risa ligera, que rápidamente se tornó en una expresión seria—. Ya lo entiendo todo. No lo puedo creer. Acabas de destruir el poco respeto que te tenía. Me abriste los ojos. Alguna vez te consideré un modelo a seguir, pero ahora veo que fui un completo ingenuo. Dímelo tú, ¿por qué eres tan cruel, tan despiadada?

—Siempre con tus bromas, siempre eras un pequeño Torchic —Respondió la pokémon sol con burla—. Pero tú no has cambiado realmente. Por eso siempre me haces reír... como aquella vez que ni siquiera podías usar Lanzallamas, o cuando perdiste en todos esos gimnasios. —Se echó a reír—. ¿Te acuerdas cuando te derrotó un tipo planta? Yo, en cambio, me fortalecí: vencí a Pokémon de tipo roca, luchadores... Fui y sigo siendo mejor que tú en todos los aspectos. ¿Lo entiendes ahora? Eres y seguirás siendo una decepción.

—Ya no soy el que tú recuerdas. ¡Ahora soy fuerte! Y puedo demostrártelo —Dijo Rogelio mientras recogía el tubo de metal del suelo.

—Sí, claro… ahora eres más idiota que nunca —Le respondió Espeon, con la respiración agitada.

— ¿Cómo puedes seguir siendo la favorita de Axel con esa actitud tuya? Con todos tus engaños... si supiera la verdad, no volvería a verte. Nuestro entrenador...

— ¡Mi entrenador! —Interrumpió Samantha furiosa—. Es mío, y de nadie más.

—Ese sentido de posesión… Llámame loco, pero eso no es amistad. Eso que sientes parece amor. Ese odio tan intenso no nace de la nada. Es enfermizo… ¿Qué fue lo que te hizo así?

Blaziken no solo se había hecho más fuerte, sino también más consciente.

—Eso no te importa —Espetó Espeon, luchando por recuperar el aliento tras la batalla.

—Eres cruel. ¿Por qué no evolucionaste en un Umbreon cuando tuviste la oportunidad? Ese tipo te quedaba mejor.

—¿Crees que nací mala? —Susurró Espeon con rabia contenida—. Solo fui una Eevee que pidió ayuda... y nadie vino. —Recordó algo que no quería recordar — ¿Para qué? Hay que usar la cabeza, Rogelio. ¿Por qué iba a convertirme en un tipo siniestro cuando sabía que mis compañeros serían tipos lucha? Sabía lo que venía, así que decidí obtener una ventaja desde la evolución. Siempre fuiste un ingenuo. Desde el principio quería verte muerto... solo que no podía hacerlo frente a nuestro entrenador. Eso habría arruinado todo.

—Ya basta. No me digas lo obvio. Quiero saber lo que ocultas. Dímelo de una vez: ¿de dónde viene toda esa maldad?

— ¡No! No quiero recordar… lo que viví… —Gritó Samantha, "Los gritos de desesperación de sus hermanos Eevee resonaban aún en su mente, atrapados, uno a uno, en jaulas que nunca olvidaría..."

— ¿Por qué? ¿Qué fue lo que te hicieron?

Blaziken empezaba a comprender que Espeon cargaba con un pasado oscuro.

— ¡Ya basta! ¡No puedo soportarlo más! —Gritó, al borde de un colapso, mientras una lágrima le rodaba por la mejilla—. ¡Te odio! ¡Muérete! —Recobrando fuerzas de golpe, lanzó un Psicorrayo potenciado directo a su enemigo quien apenas logró protegerse con su arma de metal.

El ambiente estaba cargado de tensión. El cielo nublado parecía anticipar lo que estaba por ocurrir. Rogelio, ahora como un imponente Blaziken, se mantenía firme, con el puño ardiendo, la mirada seria y el cuerpo herido pero aún en pie. Frente a él, Espeon, jadeando por el desgaste, pero con los ojos encendidos de rabia, orgullo... y algo más profundo, oculto bajo la superficie de su elegancia psíquica.

—No importa cuánto hayas cambiado, siempre serás tú contra mí —Gruñó Samantha.

—Y tú seguirás huyendo de lo que fuiste... pero ya no más —respondió Blaziken con voz decidida.

Sin previo aviso, rugió lanzando un poderoso Lanzallamas que arrasó con todo a su paso. Su adversaria esquivó hábilmente con un veloz Ataque Rápido, apareciendo a su lado como un destello púrpura. Giró sobre sí misma y golpeó con Cola Férrea justo en el abdomen de su contrincante, haciéndolo retroceder.

Pero este no se dejó intimidar. Sus ojos ardían con furia. Saltó alto en el aire, más de lo que parecía posible, y descendió con una violenta Patada Salto Alta. Espeon apenas alcanzó a evadir, pero el golpe provocó una explosión que levantó una nube de polvo.

Aprovechando la confusión, Samantha cargó un Psicorrayo y lo lanzó con precisión. El rayo golpeó directamente, pero Blaziken resistió, su cuerpo cubierto de brasas. Contraatacó con Picotazo, sorprendiendo a su enemiga: haciéndola tambalear.

Ambos sabían que el próximo intercambio sería el último.

—Esto... se acaba ahora —Murmuró Blaziken.

—Que así sea... —Susurró Espeon.

El tipo fuego-lucha se envolvió en llamas para luego con su devastadora Patada Ígnea, correr a toda velocidad hacia su oponente; Espeon concentró toda su energía en su sombra, invocando una intensa Bola Sombra.

Ambos ataques colisionaron con una explosión ensordecedora.

La onda expansiva barrió los árboles cercanos, la tierra tembló, y el cielo pareció iluminarse por un segundo como si se tratara del último destello de una estrella moribunda.

Cuando el polvo se asentó, el silencio reinó.

Ambos contendiente yacían en el suelo, inconscientes, exhaustos, sus cuerpos cubiertos de rasguños, quemaduras y heridas. Pero en sus rostros había algo más que dolor: una extraña y profunda comprensión.

Ambos habían dado todo. No hubo un ganador. Fue un empate. Un doble debilitamiento.

Desde la distancia, el eco del viento se llevó las palabras de Espeon, apenas audibles, en un susurro final:

—Al final... no era odio...

Y entonces, todo quedó en calma.

En medio del silencio, solo interrumpido por el susurro del viento entre los árboles y el crujido de las hojas caídas, una figura humana emergió corriendo desde la distancia. Era su antiguo entrenador, con el rostro tenso, los ojos cargados de preocupación.

— ¡Samantha! —Gritó, arrodillándose junto a la pokémon caída.

La cargó con cuidado, acariciando su cabeza suavemente. —Lo hiciste bien... tranquila, estoy aquí...

Sus palabras resonaban con cariño genuino, con esa conexión que solo un entrenador y su pokémon pueden compartir. Pero entonces, al levantar la vista, su mirada se posó sobre el cuerpo maltrecho de Blaziken, que apenas lograba moverse.

Los ojos de Axel se tornaron fríos.

—Tú... fuiste tú, ¿verdad?

Sin pensarlo dos veces, arrojó una Pokébola al aire. Un destello rojo iluminó el lugar y de él surgió un Weavile, quien al instante adoptó una postura defensiva, sus garras brillando con filo.

— ¡Apártate de ella! —Ordenó con voz firme, sin reconocer en aquel Blaziken ninguna familiaridad.

Rogelio se incorporó con dificultad. Por un instante, una chispa de esperanza brilló en sus ojos al ver a su antiguo entrenador frente a él. Se aferró al momento. El tono de su voz, la forma en que decía su nombre, la manera en que siempre lo alentaba a seguir…

— ¿Axel...? —Murmuró con la voz quebrada, dando un paso al frente.

Pero la mirada de aquel joven no cambió. No hubo rastro de reconocimiento, ni de emoción. Para él, Rogelio ya no era nada. Solo un enemigo que había herido a su querida Espeon.

El corazón del pollo se hizo trizas. Toda esa lucha, todo ese deseo por demostrar que era fuerte, por volver a ser alguien digno de su entrenador… había sido en vano.

La realidad lo golpeó con más fuerza que cualquier ataque.

—Ya veo… —Susurró mientras bajaba la mirada, su silueta rodeada por las últimas brasas de su cuerpo agotado.

Entonces, lentamente, Rogelio giró y comenzó a alejarse entre la neblina que se levantaba con la brisa. No había odio en sus pasos, solo resignación. Sabía que, desde ese momento, no le quedaba más opción que desaparecer.

Una última lágrima ardiente se deslizó por su mejilla mientras se desvanecía en el bosque, llevándose consigo el recuerdo de quien fue, y el peso de todo lo que no pudo ser.

Axel no dijo nada. Ni siquiera miró atrás. Solo abrazó a su Espeon, sin saber que había dejado atrás a quien una vez creyó su compañero más fiel.

La tierra de Sinnoh se extendía frente a él como un libro abierto que no tenía interés en leer. Las sendas entre los árboles de Ruta 210 eran estrechas y húmedas por la niebla persistente. El Blaziken apenas distinguía el camino frente a él, pero eso ya no importaba. Nada importaba. Desde que su cuerpo cayó exhausto junto al de Espeon, desde que sintió el peso de la derrota y el frío del rechazo en los ojos de quien más amaba, la vida dejó de tener dirección. Ya no era un Pokémon de nadie, ni un compañero, ni un luchador… solo un viajero sin causa, una antorcha apagada bajo la lluvia constante de su pesar.

A veces creía escuchar el eco de su nombre. "Rogelio", susurrado entre las hojas, como si la misma naturaleza quisiera recordarle que aún existía. Pero no era real. El único que solía decir su nombre con esa mezcla de cariño y autoridad era Axel, su entrenador, su amigo, su mundo entero. Y ahora… ahora era solo un extraño más. Lo miró, lo vio caer, y aun así lo dejó allí, como si nunca lo hubiera conocido. No le dijo nada. No le tendió la mano. No lo reconoció. Ese instante había sido más cortante que cualquier ataque, más cruel que cualquier derrota en combate. Había algo en ese rechazo que dolía más que el olvido: la certeza de que había sido reemplazado. Que, tal vez, nunca fue suficiente. Que nunca lo amó de verdad.

—Yo creí… que luchaba por él. —Murmuraba Rogelio a la nada, cada vez que el silencio lo oprimía demasiado—. Cada combate. Cada herida. Era por él.

No podía olvidar su expresión. Ni sus palabras. Ni siquiera el momento en que sacó a Weavile, su nuevo compañero, para amenazarlo como si fuera un enemigo. Esa mirada… esa frialdad. Rogelio no necesitó escuchar más. Supo que todo había terminado.

Caminaba con los pies quemando la hierba, pero su fuego era débil, pálido, como si su alma no tuviera ya energía para alimentarlo. Se detenía a veces bajo los árboles para dejarse caer, acurrucado en silencio, como si el mundo le pesara sobre los hombros. En ocasiones, veía a otros Pokémon compartir comida, reír, entrenar juntos… y solo se alejaba en silencio, con la capucha de su melancolía cubriéndole el rostro.

Había días en los que su mente volvía a aquellos momentos con Axel. Cuando todavía era un Torchic torpe que no podía aprender Lanzallamas. Cuando perdía una y otra vez en los gimnasios, pero su entrenador siempre se reía y le decía: "Lo hiciste bien, campeón". ¿Dónde había quedado eso? ¿Cuándo dejó de ser suficiente?

La evolución, la fuerza, la estrategia, los combates ganados… todo lo que logró como Blaziken, ¿fue en vano?

A veces pensaba que sí. Y otras… que tal vez la fuerza no era el camino que debía seguir. Quizá su error fue creer que ser fuerte significaba ser amado.

La noche caía y los cielos de Sinnoh se teñían de rojo púrpura. El viento soplaba como una canción vieja que nadie recuerda cómo empezó. Rogelio encendió una pequeña fogata, más por costumbre que por necesidad. Se sentó frente a ella, con la mirada clavada en las llamas, intentando encontrar en ellas una respuesta. Pero solo veía reflejos distorsionados de sí mismo.

—¿Por qué me olvidaste… Axel? —Susurró, la voz quebrada, la garganta cerrada por el nudo del llanto contenido.

Las lágrimas no caían. No porque no quisiera llorar, sino porque ya no tenía más.

Y sin embargo, algo dentro de él seguía latiendo. Muy profundo. Algo que aún se negaba a apagarse por completo. Quizá era rabia. Quizá era amor. Quizá era ese deseo inquebrantable de demostrar que valía la pena seguir adelante, aunque nadie más lo creyera.

Porque aunque todo le dolía —Los músculos, el pecho, el alma—, seguía caminando.

Tal vez el camino de redención no era para que alguien más lo viera.

Tal vez… era solo para él.

El amanecer era una cruel burla para Rogelio.

Un nuevo día... ¿para qué? ¿Para seguir arrastrando su sombra por senderos indiferentes? ¿Para ver cómo el mundo sigue girando mientras su corazón permanece detenido desde aquel momento en que Axel lo miró sin reconocerlo? Había perdido tanto más que un entrenador: había perdido su propósito. Su razón. Su centro. Ya ni siquiera odiaba a Weavile, ese frío reemplazo que ocupó su lugar con una sonrisa arrogante. El rencor requería fuerza, y Rogelio solo tenía vacío.

El bosque donde se encontraba era denso, húmedo y espeso, como si la tristeza del Blaziken hubiera contaminado el ambiente mismo. Las hojas no susurraban, callaban. Los árboles no lo cobijaban, lo encerraban.

Caminó sin dirección, solo con una idea dando vueltas en su cabeza: terminarlo todo.

No era cobardía, pensaba. Era liberar al mundo de una presencia inútil. ¿Qué sentido tenía seguir ardiendo si ya no calentaba a nadie? ¿Qué valor tenía el fuego si solo le quemaba a él?

Se acercó al borde de un risco que daba hacia un valle profundo, donde el río se curvaba entre las piedras con un murmullo sereno, casi burlón. El viento soplaba con fuerza, revolviéndole el plumaje. Cerró los ojos. El recuerdo de Axel lo asaltó, no con violencia, sino con la tristeza dócil de quien ya se rindió. Susurró su nombre. Una última vez.

De pronto, lo sintió. Una presencia. Dos, en realidad. Ocultas. Oscuras. Observando.

Se volvió lentamente, sin prisa, sin miedo. A lo lejos, entre los árboles, en un claro donde apenas llegaba la luz del sol, vio figuras translúcidas, difusas. Gengar flotaba con su sonrisa permanente, aunque no parecía divertida. A su lado, Chandelure danzaba en el aire, emitiendo un leve resplandor morado, etéreo, fantasmal.

—Hmmm... ¿Qué tenemos aquí? —Ronroneó Gengar, sin dirigirse directamente a Rogelio—. El pollito caído de la gloria. Qué patético sería si no fuera tan... útil.

Chandelure no dijo nada. Solo giró sobre sí misma y apuntó con su fuego hacia un punto lejano, más allá del valle.

Rogelio parpadeó. Se acercó unos pasos, aún sin comprender.

Entre los árboles al otro lado del claro, como si el destino se hubiera burlado de su intento de morir, divisó a Norberto. El Riolu. Caminando junto a su extraña comitiva de aliados: un Pichu, una Staravia y una Riolu. Todos juntos, desprevenidos. Conversaban. Reían, incluso.

Felices. Vivos. Llenos de propósito; Gengar soltó una carcajada baja, retorcida, como un niño malicioso.

— ¿Qué ironía, no? Tú a punto de saltar al olvido, y ellos ahí… creyéndose invencibles. Supongo que no importa. Chandelure y yo tenemos planes más interesantes.

La tipo fantasma-fuego soltó una chispa oscura y el aire se volvió denso. Había intención. Había algo en marcha.

Rogelio no dijo nada. Solo observó. El fuego dentro de él tembló. No por rabia, no por justicia, por impulso; Algo se movió dentro, algo que creía muerto.

Un deber. No hacia Axel. No hacia sí mismo. Sino hacia el equilibrio.

Tal vez aún era un despojo. Tal vez no valía nada.

Pero si ese Gengar se atrevía a poner una garra sobre esa Espeon…

Si ese fuego púrpura tocaba a Norberto, o a cualquiera de los suyos…

—…Entonces aún tengo algo que hacer. —Murmuró Rogelio, con la voz seca, ronca.

Dio un paso atrás, alejándose del risco.

Otro más.

Y luego giró por completo. El aire cambió.

Gengar lo notó y entrecerró los ojos.

— ¿Y tú qué haces, Blaziken? ¿No ibas a saltar?

Rogelio encendió una flama débil en su puño, una chispa nada más… pero firme.

—Después. Primero, los saco a ustedes del camino.

El viento se espesó. Una neblina tenue comenzó a reptar entre los árboles como si la presencia de Chandelure y Gengar estuviera alterando la propia naturaleza del bosque. Rogelio se quedó quieto, observando cómo Chandelure se acercaba flotando con elegancia, sus llamas moradas oscilando como si bailaran al ritmo de una música inaudible. Su mirada era inquisitiva, casi… lastimera.

Gengar dio unos pasos hacia el Blaziken, sus patas apenas tocando el suelo, y se detuvo justo frente a él. Su sonrisa torcida seguía ahí, pero sus ojos… sus ojos ya no se burlaban. Había una sombra más profunda que el sarcasmo. Una convicción.

— ¿Crees que somos los malos? —dijo con tono curioso, casi paternal—. No todo es blanco y negro, Blaziken. ¿Alguna vez has sentido que este mundo… esta existencia… no tiene sentido? ¿Qué estamos atrapados en una rueda que gira y gira sin destino, sin libertad?

Rogelio no respondió. Seguía con los ojos clavados en él, el fuego temblando bajo su plumaje.

Gengar levantó una mano, señalando el horizonte, donde apenas se alcanzaba a distinguir la silueta del Monte Corona.

—Allí. Más allá de esas montañas, donde el velo entre dimensiones es más delgado, duerme el verdadero amo del equilibrio. Giratina. Encerrado. Silenciado. Olvidado. No por elección propia… sino por castigo. Por haber cuestionado el orden.

— ¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —soltó Rogelio, con voz grave, ronca por el dolor.

Chandelure se colocó a un lado de su pareja, y por primera vez habló, con una voz como eco entre campanas de cristal:

—Porque tú también fuiste castigado por cuestionar. Por desear algo más. Leal. Valiente. Y sin embargo, sustituido. Como si nunca hubieras existido. ¿No lo ves? Este mundo odia a los que sienten demasiado. A los que no aceptan su lugar.

Gengar asintió, acercándose otro paso, su tono tornándose casi compasivo.

—No queremos destruir el mundo, Blaziken. Solo… reformarlo. Despertar a Giratina. Romper las cadenas. Pero para eso… necesitamos a alguien especial. Un catalizador.

Y entonces señaló a lo lejos, justo al centro de aquel grupo que no sabía que estaba siendo observado.

—Norberto. Ese Riolu no es solo un Pokémon más. Su sangre, su origen, sus decisiones… lo convierten en una llave viviente. El mundo Distorsión lo reconoce. Lo llama. Pero está atrapado en trivialidades, en misiones de "valor" y "amistad". Si logramos llevarlo al otro lado… todo puede cambiar.

Rogelio entrecerró los ojos, su expresión endurecida.

— ¿Y quieren que los ayude? ¿Yo?

Chandelure descendió un poco, casi a su altura.

—No te pedimos que confíes. Solo que observes. Que entiendas. El mundo ya te falló, ¿no? ¿Qué más tienes que perder?

Gengar extendió una mano, la sonrisa convertida en una línea tensa.

—No hay redención en seguir las reglas de los que te descartaron. Solo en romperlas. Únete a nosotros, Rogelio. Sé testigo de un nuevo amanecer… o arde inútilmente por un mundo que nunca te amo.

El silencio se hizo espeso. El Blaziken miró la mano extendida. Las flamas de su plumaje se avivaron brevemente, luego descendieron. Su mente era un torbellino de dolor, de traición, de cansancio… y por primera vez, de duda.

¿Y si Gengar tenía razón?

¿Y si liberar a Giratina era la única forma de arreglar lo que se había roto en él?

Pero aun así… aun así, en algún rincón oscuro de su corazón herido, la imagen de Norberto seguía brillando. Un Riolu que alguna vez le había mostrado respeto. Que no lo veía como herramienta, sino como ser. ¿De verdad entregarlo? ¿Dejarlo caer en manos de estos dos?

Rogelio apretó los puños. Y aunque no dio su respuesta aún, su mirada oscura se desvió del ofrecimiento. No lo rechazó… pero tampoco lo aceptó.

—Déjenme pensarlo.

Gengar sonrió, esta vez más ancho.

—Eso es todo lo que necesitamos, amigo. Solo tiempo.

Y con eso, ambos espectros se desvanecieron en la niebla, dejando al Blaziken solo… con más preguntas que respuestas.

Rogelio miró sus propias garras envueltas en ceniza, sintiendo el eco de batallas pasadas y promesas rotas. ¿Había sido un guerrero por justicia o solo un peón buscando afecto? Cada paso que dio lo alejaba más de la luz, pero también lo acercaba a una verdad que ya no podía negar: el mundo no le debía nada, y él ya no debía lealtad a nadie. Si liberar a Giratina era el único acto que podía darle sentido a su existencia rota, entonces que así fuera. Aceptó su destino no con entusiasmo, sino con la calma resignada de quien ya lo ha perdido todo.


Nota inicial: Voy a incluir a Rodolfo como personaje principal.

Nota final: Espero que les haya gustado, y nos leemos otro día.