Atención: Pokémon no me pertenece.
Soy un ser humano
Primera temporada
La triste realidad
El pitido constante de la máquina a su costado no era molesto, ni siquiera invasivo, pero tenía la inquietante cualidad de recordarle que estaba vivo. Marcaba un ritmo casi ajeno, como si no perteneciera del todo a su cuerpo, sino a una versión de sí mismo que apenas reconocía. Norberto abrió los ojos con esfuerzo. Todo se sentía denso, borroso, como si emergiera de un sueño muy largo y muy profundo. Cada párpado pesaba toneladas, cada intento por moverse era una negociación entre el dolor físico y una bruma mental que no terminaba de disiparse. La habitación estaba en penumbra, iluminada por la luz pálida que se colaba desde el pasillo y el resplandor frío del monitor que mostraba las pulsaciones de su corazón. El aire olía a desinfectante, a soledad, a madrugada.
A su lado, una figura que primero no supo reconocer permanecía dormida, encorvada sobre una silla de plástico. Eric. Su padrastro. Su presencia no era una sorpresa, pero sí un ancla. Incluso dormido, su cuerpo grande parecía siempre listo para reaccionar, con la chaqueta apretada en su mano como si fuera una promesa de acción. Su rostro estaba endurecido por el cansancio, cruzado por arrugas nuevas que Norberto no recordaba. Había envejecido. O quizás él era quien había despertado diferente. Quiso decir su nombre, pronunciar algo, cualquier cosa, pero su garganta estaba seca, áspera, como si no la hubiera usado en días. Y tal vez era cierto. Tal vez había dormido días. Semanas.
El intento de incorporarse lo llenó de un dolor sordo, profundo, que lo obligó a soltar un leve quejido. Su cuerpo protestó, y cada músculo pareció recordarle que había atravesado algo grave. La confusión se asentó como una sombra encima de él. ¿Qué hacía allí? ¿Dónde estaba exactamente? ¿Por qué ese sabor metálico en la lengua? ¿Por qué esa opresión en el pecho, como si el mundo mismo se hubiera partido en dos y él quedara atrapado en medio? Entonces vino. Un recuerdo. O no, no era un recuerdo cualquiera, era una imagen violenta que lo embistió sin aviso, como si la mente lo castigara por haber despertado sin permiso.
Los faros de un camión. El chillido agudo de las llantas al frenar. Gritos, tan humanos como irreconocibles. El golpe seco del metal al colapsar, el estallido de cristales. El tiempo congelado en el momento exacto en que comprendió que nada volvería a ser igual. Y luego, la sensación de caer, de flotar, de ser tragado por un vacío absoluto. Oscuridad.
El impacto de esa visión lo dejó sin aliento. Jadeaba, y sus manos temblaban con un miedo que no alcanzaba a entender. Era como si lo hubieran arrancado de otro mundo y lanzado de vuelta sin explicaciones. El dolor que sentía no era solo físico. Había una pérdida que aún no sabía nombrar. Algo se había ido con ese accidente, una parte de sí mismo que ahora le parecía lejana, casi ajena. Y sin embargo... algo dentro de él ardía con intensidad, como un eco antiguo, como una vida que había soñado o vivido sin saber cómo. No eran solo los sonidos del hospital los que lo rodeaban. Había otro tipo de silencio también. Uno más profundo. Uno que venía desde adentro.
"¿Fue real?", pensó. No sabía a qué se refería exactamente. Pero la pregunta no se iba.
Y en ese momento, sin saber por qué, sintió el impulso irracional de mirar su reflejo, de confirmar que seguía siendo él. Estiró el brazo, lentamente, hacia el pequeño espejo que colgaba junto al dispensador de jabón en la pared. Y allí estaba. Norberto. Pero había algo distinto en sus ojos. Una sombra, una historia que aún no recordaba, pero que lo había marcado para siempre. Como si en otra parte del mundo —en otro plano, en otra dimensión— hubiera dejado atrás algo sagrado, algo perdido.
Eric se removió en la silla, soltando un murmullo ronco. Se había despertado. Sus ojos se abrieron con lentitud, y al ver a Norberto consciente, el alivio se transformó en lágrimas que no supo ocultar. Se levantó rápidamente, lo tomó de la mano, y por un instante no dijo nada. No hacía falta.
Pero en el fondo del alma de Norberto, la confusión persistía. Porque aunque estaba allí, en un hospital del mundo humano, con Eric a su lado, algo en su interior seguía susurrándole desde otro sitio. Desde un lugar donde el cielo no era azul, donde su corazón latía con la fuerza de otro ser, donde luchó, amó y perdió cosas que no podía nombrar.
Y en ese silencio que siguió, entre el pitido de las máquinas y la respiración temblorosa de su padrastro, Norberto comprendió que esta no era la conclusión de su historia. Era apenas el comienzo de una verdad enterrada. De una conexión que desafiaba la lógica. Una que aún debía descubrir.
Una que no lo iba a dejar en paz tan fácilmente.
Eric se incorporó lentamente, frotándose los ojos como si despertara de una pesadilla interminable. Al ver a Norberto despierto, el aliento se le trabó en la garganta. Por un instante, no se movió. Solo lo miró, con esa mezcla imposible de alivio, miedo, y un amor silencioso que pocas veces se atrevía a mostrar. Se acercó con torpeza, empujando la silla, y tomó la mano del muchacho entre las suyas, grande, áspero, tembloroso.
—Estás despierto… —Dijo con un hilo de voz, incrédulo, como si tuviera miedo de que fuera una ilusión—. Pensé que… pensé que no volvería a escuchar tu voz, Norberto.
Norberto parpadeó, sintiendo una oleada cálida y confusa que le humedecía los ojos. Su garganta ardía al hablar, pero logró articular:
— ¿Qué pasó…? ¿Dónde…? ¿Dónde está mamá?
El silencio cayó como un balde de agua helada.
Eric desvió la mirada. Apretó los labios con fuerza. Su mandíbula temblaba. Hubo un momento donde parecía que no sabría por dónde empezar. Pero al final, lo enfrentó. Con el alma en los ojos.
—Iban de camino a casa… en un taxi. Tú te quedaste dormido. Llevabas los audífonos puestos. No supiste nada. —Se frotó el rostro con una mano—. Era de noche. Llovía. El auto que iba delante intentó rebasar en una curva y… un camión venía de frente. El impacto fue brutal y se estrelló contra varios vehículos más. El conductor… y tu madre… —Tragó saliva con dificultad—. No lo lograron.
Norberto sintió cómo el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Un nudo invisible lo estrangulaba por dentro. El aire se volvió denso, imposible de inhalar. Cerró los ojos con fuerza, pero la imagen del accidente volvió como una marea: luces, gritos, el instante suspendido del impacto, y luego… nada. Nada, salvo oscuridad.
—No… —Susurró con una voz que no parecía suya—. No… no puede ser…
Eric se acercó más, su voz quebrada.
—Tú… tú estuviste en coma, hijo. Semanas. Pensaban que no despertarías. Pero lo hiciste. Estás aquí. Estás vivo.
Pero eso no bastaba. Porque aunque su cuerpo seguía latiendo, algo dentro de él se había apagado. Su madre… la risa de ella, su forma de abrazarlo sin razón, sus consejos a media voz… Todo eso se había ido. Y ni siquiera pudo despedirse.
Las lágrimas comenzaron a brotar, calientes, descontroladas. Eric se inclinó y lo sostuvo, fuerte, como si temiera que se rompiera en mil pedazos. Y quizás así era. Porque Norberto ya no sabía quién era, ni por qué seguía aquí. La vida que conocía se había hecho pedazos entre el metal retorcido y la lluvia de aquella noche.
—Lo siento… —Dijo Eric, con la voz ahogada—. Lo siento tanto, hijo. Si pudiera cambiar lugares contigo, lo haría. Lo juro.
Norberto no respondió. Solo se aferró a su padrastro, como un niño perdido, sintiendo que el mundo entero lo abandonaba. Pero incluso en medio del dolor, en medio del abismo, una extraña sensación se agitaba en su interior. Algo más profundo que la tragedia. Una certeza que no sabía de dónde venía, pero que latía bajo su piel.
Como si una parte de él… aún no hubiera regresado del todo.
El llanto de Norberto no era suave ni contenido. Era un desgarro profundo, primitivo, que emergía desde un rincón oculto de su alma. Lloraba con todo el cuerpo, con el rostro hundido entre las manos y el pecho tembloroso, como si la respiración misma le doliera. No había palabras, no había consuelo. Solo esa angustia incontenible que lo arrastraba como una ola violenta hacia un abismo del que no sabía si podría salir.
Eric lo miraba desde el umbral de la habitación, sin saber qué hacer, con los ojos enrojecidos y los puños apretados. Había enfrentado muchas cosas en su vida, desde la rudeza del campo hasta los pleitos con la vida misma, pero ver así a Norberto —aquel muchacho que alguna vez levantó en brazos cuando apenas aprendía a caminar— lo destrozaba en lo más profundo. Pero no dijo nada. No intentó interrumpirlo. Porque entendía que ese dolor no se podía cortar con palabras dulces ni frases bienintencionadas. Era un luto que tenía que recorrer a su modo, a su ritmo.
Pasaron unos días más. El cuerpo de Norberto, milagrosamente, se había recuperado lo suficiente para recibir el alta. El doctor se lo confirmó con esa voz profesional que siempre intentaba sonar optimista.
—Ya puede irse a casa Dijeron— Como si eso significara algo. Como si hogar aún fuera un lugar al que se pudiera volver.
Eric lo ayudó a vestirse. No se atrevió a decirle que se veía más delgado, más pálido, más… ausente. Lo sostuvo del brazo cuando salieron por los pasillos blancos del hospital, pero Norberto apenas reaccionaba. Se movía por inercia, como un reflejo vacío, con los ojos perdidos en un punto indefinido, como si su mente estuviera en otra parte. Como si aún estuviera flotando entre el recuerdo del accidente y una pesadilla que no podía nombrar.
El camino de regreso fue silencioso. Eric manejaba con los nudillos tensos sobre el volante, mirándolo de reojo a veces. Norberto solo miraba por la ventana, viendo las calles pasar como si no las reconociera. Cada semáforo, cada poste, cada tienda parecía desdibujado, ajeno, como si el mundo hubiera cambiado en su ausencia.
Cuando llegaron a casa, Eric bajó las bolsas con la ropa limpia y los papeles del hospital. Abrió la puerta con su viejo llavero de metal oxidado, y esperó. Norberto no se movió de inmediato. Se quedó en la banqueta, inmóvil, como si sus pies no quisieran dar ese último paso.
—Vamos, hijo… —Dijo Eric con suavidad—. Ya estás en casa.
Norberto levantó la vista. La casa era la misma. El árbol en el patio seguía allí. La bicicleta oxidada, el columpio que crujía con el viento. Pero nada se sentía igual. Ni los colores. Ni el aire. Ni él.
Entró finalmente, como si se arrastrara por dentro. El aroma a madera, a lo familiar, a la comida que alguna vez preparó su madre… lo golpeó con una intensidad devastadora. No resistió más. Cayó de rodillas junto a la entrada, con los puños cerrados y la espalda encorvada, sollozando como si se partiera en pedazos otra vez.
Eric se acercó y lo abrazó, sin decir palabra. Solo lo sostuvo. Como si el silencio fuera el único lenguaje capaz de no romper más lo que ya estaba hecho trizas.
Los días siguientes fueron lentos, pesados como una niebla espesa que no se despejaba del todo. Norberto se movía por la casa como un fantasma de sí mismo, con la mirada perdida, los gestos apagados, el alma colgando de un hilo invisible. Había algo devastador en la ausencia de su madre que no podía explicar con palabras. El olor de su ropa aún estaba en el clóset. Sus tazas seguían en la alacena, su voz aún parecía rebotar por los pasillos en ciertos momentos del día. Pero ella ya no estaba. Y eso lo sentía en los huesos.
Eric hacía lo que podía. Cocinaba lo poco que sabía, limpiaba en silencio y no lo presionaba. Cada tanto, le dejaba una cobija doblada, una comida caliente o simplemente se sentaba a su lado sin decir nada. Sabía que no podía empujarlo a sanar. Solo podía acompañarlo mientras trataba.
Norberto, por su parte, empezó a pasar horas en su habitación, mirando por la ventana sin ver. Pero también —sin saber cómo ni por qué— comenzó a recordar cosas. Imágenes que no tenían sentido en el mundo real: una aldea entre árboles gigantes, un Riolu que caminaba junto a un Pichu y una Staravia. Un Blaziken envuelto en fuego, un Tyranitar desatado o una cruel Espeon.
Recordaba batallas. Cielos rojos. Ruinas olvidadas. Una gema brillante. Un Lucario sabio que lo miraba con respeto. A Eric, pero no como su padrastro, sino como un Arcanine de pelaje dorado que lo entrenaba con dureza.
Al principio pensó que se estaba volviendo loco.
Pero esos recuerdos eran tan vívidos… No eran como un sueño cualquiera. Podía sentir la hierba bajo sus patas, podía recordar el peso de su cuerpo pequeño como Pokémon, el temblor de la tierra cuando un ataque impactaba cerca. Podía oír los gritos, las risas, la música de aquel otro mundo. Y la emoción de las aventuras. El calor de sus compañeros.
¿Todo eso fue real…? se preguntó una noche, acostado de lado, con la luz apagada y las lágrimas secas ya en su rostro.
¿O fue solo mi mente escapando del dolor?
Quizás su mente, rota por el accidente y el trauma, había construido ese otro mundo como una forma de protegerlo. Una fantasía elaborada para no sentir el horror de haber perdido a su madre. ¿Y si todo había sido una alucinación inducida por el coma? ¿Y si nunca hubo ningún Dialga ni ninguna misión para buscar las gemas elementales?
Pero entonces… ¿por qué su corazón dolía al recordar a Rihanna, su compañera Riolu? ¿Por qué sentía una punzada real al escuchar el nombre Rogelio? ¿Por qué extrañaba ese mundo como si realmente hubiese vivido allí?
Esa noche, abrió su cuaderno y comenzó a escribir. Dibujó los rostros de sus compañeros, intentó plasmar las escenas de batallas, las ruinas, los cielos estrellados sobre la cabaña abandonada de Torreón. Escribió nombres. Frases que recordaba. Pequeños detalles.
Era su manera de no olvidar. De dar forma a lo que había sido… o quizá, lo que aún era.
Porque, en el fondo, Norberto aún no sabía si lo que vivió fue real.
Pero sí sabía esto: en ese mundo, había encontrado algo que aquí le faltaba. Valentía. Sentido. Una familia elegida. Y quizás, solo quizás… algún día podría encontrar un puente entre ambos mundos.
El sol caía oblicuo sobre los ventanales del salón de clases, tiñendo de dorado las columnas de polvo que flotaban en el aire. Afuera, el murmullo lejano del tráfico competía con la monótona voz de un ventilador viejo que apenas podía girar. Era una mañana que parecía prometer nada. Ni emoción, ni novedad. Solo otro capítulo gris en el manual de la rutina diaria.
Norberto estaba sentado en su pupitre, con la cabeza recargada sobre la palma de su mano, el codo apoyado en la mesa y la mirada perdida en algún punto entre la pizarra y la ventana. A su lado, Elizabeth garabateaba corazones en la esquina de su cuaderno mientras mascaba chicle con una lentitud pasmosa. Ella parecía ausente, sumida en su mundo, aunque de vez en cuando le lanzaba a Norberto una mirada de reojo, como queriendo asegurarse de que él todavía estuviera ahí, en cuerpo y en espíritu.
— ¿Todavía no duermes bien? —Le susurró sin despegar la vista de su hoja.
Norberto asintió con desgano.
—No es eso. Solo… no sé. Es como si todo esto ya no importara.
Elizabeth frunció los labios.
—Sí. Te entiendo —Dijo, aunque en realidad no estaba segura de entenderlo del todo. Pero sabía que decirlo era mejor que quedarse callada.
Al otro lado del salón, Armando —Con su inseparable sudadera verde manzana y su libreta decorada con dibujos de Ariados y Galvantula— sostenía una conversación entusiasta consigo mismo sobre la biomecánica de los arácnidos. Aunque nadie lo escuchara, eso no lo detenía.
—…y entonces el hilo de seda no solo es resistente, sino también conductor de vibraciones. Imagínate lo útil que sería eso en combate…
—Armando, ya. Nadie te está escuchando —Dijo Elizabeth sin mirarlo.
—No importa. Yo me escucho, y eso me basta —Respondió él con una sonrisa despreocupada.
Fue en ese ambiente semiconsciente, de cabezas ladeadas y bostezos reprimidos, que la puerta del aula se abrió con violencia teatral.
— ¡Buenos días, mis existencialistas favoritos! —anunció con voz triunfal el profesor Thiago, entrando al salón con una energía insultantemente alta para la hora.
Norberto, Elizabeth y Armando se enderezaron de golpe como si alguien les hubiera lanzado un ataque tipo Eléctrico.
—No puede ser… —Murmuró Elizabeth.
— ¿Otra vez? —Gimió Armando.
Norberto solo se quedó quieto, viendo cómo el profesor dejaba caer un fajo de hojas sobre su escritorio con un golpe seco.
—Hoy es un día especial —Dijo el profesor, sacando una hoja y agitándola en el aire—. Hoy… examen sorpresa.
El salón entero soltó un alarido colectivo. Los ojos se agrandaron, los murmullos estallaron, las protestas comenzaron.
— ¡Profe, no! Apenas es martes.
El profesor Thiago, con su habitual sonrisa enigmática y una camisa arrugada que parecía haber sobrevivido a más de una guerra escolar, se paseó por el frente del salón como si fuera el anfitrión de un espectáculo de variedades y no un docente de cálculo diferencial. La clase, sumida en el letargo de la segunda hora, apenas si levantó la mirada cuando lo vieron entrar con su paso relajado, una carpeta bajo el brazo y el típico brillo travieso en los ojos. Norberto ya lo conocía. Ese brillo no significaba nada bueno.
—Muy bien, mis queridos luchadores contra el infinito —dijo, dejando la carpeta sobre el escritorio—. Hoy vamos a jugar un pequeño juego llamado: "¡A ver si recuerdan lo que les enseñé!"
Los murmullos estallaron como burbujas de soda. Elizabeth soltó un gruñido. Armando hizo una mueca. Norberto frunció el ceño. Ya lo veían venir.
Thiago levantó la mano como un director de orquesta pidiendo silencio.
—No se quejen. La vida no avisa. La universidad tampoco. ¡Y menos el SAT! —Exclamó con tono dramático, mientras sacaba un fajo de hojas—. Así que… ¡sorpresa!
— ¿Otra vez examen sorpresa? —musitó Elizabeth, llevándose la mano a la frente.
—No estaba ni en el calendario —dijo Armando indignado, como si fuera una violación a los derechos humanos estudiantiles.
—Cálculo debería estar penado con prisión —añadió Norberto en voz baja, sin levantar la mirada.
Thiago ignoró todas las quejas con el profesionalismo de alguien que claramente disfrutaba del sufrimiento ajeno en nombre de la pedagogía. Comenzó a repartir las hojas mientras silbaba una melodía alegre. Cuando Norberto recibió la suya, una especie de escalofrío recorrió su espalda.
Pregunta 1:
Resuelve la siguiente integral definida: ∫(2x³ - 5x² + x - 7) dx desde x=1 hasta x=4.
Pregunta 2:
Determina el valor del límite lim(x→0) (sen(5x)/x).
Pregunta 3:
Una partícula se mueve según la función f(t) = t³ - 6t² + 9t. ¿En qué momentos está en reposo?
Pregunta 4:
Explique el concepto de derivada como razón de cambio instantánea. Use un ejemplo físico.
Norberto tragó saliva. Leía las preguntas como si fueran palabras en otro idioma. Pero algo dentro de él, quizás el orgullo herido o el deseo de demostrar que seguía vivo, lo hizo inclinarse sobre la hoja y empezar a trabajar. No le importaba si estaba bien. Solo quería concentrarse. Callar un poco ese ruido interno que desde el accidente no lo dejaba respirar del todo.
Elizabeth, a su lado, parecía resistirse a toda la idea del examen, pero su lápiz se movía con destreza. Armando murmuraba teorías matemáticas como si fueran mantras, buscando un atajo espiritual para resolver derivadas con el poder del amor a los insectos.
Thiago caminaba entre los pupitres, cruzado de brazos, observando con una sonrisa que nadie sabía si era de orgullo o de sadismo.
—Vamos, vamos, que las matemáticas también son poesía. Solo que en vez de rimar, convergen —Dijo sin que nadie se lo pidiera.
Norberto, por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa mínima de foco. Algo pequeño, frágil, que aún no se atrevía a llamar motivación. Pero estaba ahí. Como el recuerdo lejano de una llama.
Quizá no entendía el mundo. Quizá no sabía si lo que vivió como Pokémon había sido real. Quizá estaba solo, roto, incompleto.
Pero al menos, en ese instante, estaba ahí. Escribiendo, resolviendo. Luchando contra el infinito, como dijo Thiago. Y tal vez, solo tal vez… Ganando.
Armando sudaba. Y no era una exageración. Literalmente, pequeñas gotas de sudor resbalaban por su frente mientras sujetaba el lápiz como si fuera una daga y la hoja del examen como un campo de batalla. Tenía los ojos entrecerrados, los labios fruncidos, y una ceja arqueada de forma casi cómica. Murmuraba cosas sin sentido —o quizás ecuaciones— entre dientes.
— ¿Por qué... derivada... qué es esto, física cuántica? ¿Qué clase de ente maligno pone tres puntos de inflexión en una sola función? —se quejaba con voz baja pero enojada, dibujando líneas nerviosas al margen de su hoja.
A su lado, Elizabeth no iba mal. Llevaba un ritmo constante, ordenado, y aunque su rostro mostraba señales de concentración, no parecía en peligro de combustión espontánea como Armando. Tenía ya dos preguntas completas y estaba escribiendo con determinación, incluso con algo de elegancia. Le lanzaba miradas furtivas a sus compañeros de vez en cuando, pero no para copiar, sino para confirmar que no estaba sola en la lucha.
Norberto, en cambio, simplemente miraba la hoja con los ojos perdidos. Como si la tinta se deshiciera ante él, como si las palabras y los números flotaran desconectados del mundo. No podía pensar. No podía recordar los pasos. Tenía la mente inundada de neblina. Y aunque la mano le picaba por hacer algo, cualquier intento de resolver una integral le parecía tan ajeno como entender un idioma muerto. Dejó el examen en blanco. Cerró los ojos un momento y se concentró en respirar. Estaba allí, pero no estaba.
Y entonces, como si el universo decidiera que aún había espacio para el desconcierto, se escuchó el arrastre leve de una silla. Rodolfo, un chico delgado, siempre impecablemente peinado, con un aura fría y calculadora, se puso de pie sin decir palabra. Caminó hacia el escritorio de Thiago y dejó su examen con serenidad. No se notaba altanero, ni desafiante. Solo… seguro.
El salón se quedó en silencio.
Thiago, aún con las manos detrás de la espalda, parpadeó un par de veces.
— ¿Tan rápido, Peña? —Preguntó, tomando el examen entre sus dedos.
—Todas las respuestas tienen su lógica, profesor —Dijo Rodolfo con voz seca, sin mirarlo.
Thiago hojeó el examen por encima. Sus cejas se levantaron levemente, y luego chasqueó la lengua con un sonido breve.
—Vaya… esto sí que parece interesante —Comentó mientras sus ojos recorrían los trazos firmes y limpios de las respuestas—. Bastante prometedor. Muy bien, puedes retirarte si así lo deseas.
Rodolfo solo asintió y volvió a su lugar, sentándose en completo silencio. No miró a nadie. Pero no le hizo falta. Su aura de logro llenó el salón como una neblina fría.
Armando lo vio con la mandíbula caída.
— ¿Qué clase de robot humano fue ese...? —Susurró.
Elizabeth bufó, sin detener su lápiz.
—Debe estudiar todo el día. O venderle el alma a algún profesor.
Norberto ni siquiera reaccionó. Pero algo en él, al ver esa escena, se movió ligeramente. Como una semilla. Una sensación incómoda, mezcla de admiración, frustración… y ese viejo conocido: el deseo de pertenecer. De no quedarse atrás.
Aunque su examen estuviera en blanco. Aunque su mente estuviera hecha pedazos. Seguía aquí. Y eso, en algún rincón, seguía contando.
El comedor de la escuela bullía con ese caos cotidiano de charlas cruzadas, risas dispersas, charolas golpeando las mesas y el inconfundible sonido de bolsas de papas siendo abiertas con violencia. Norberto, Armando y Elizabeth habían conseguido una mesa junto a una de las ventanas, donde la luz de la tarde entraba tímida entre las cortinas grises.
Norberto apenas había tocado su comida: una hamburguesa escolar que parecía más una prueba de laboratorio que alimento. Jugaba con las papas frías con el tenedor, sin ganas. Armando, en cambio, devoraba su ensalada de atún con una expresión existencial en el rostro.
—Yo solo quiero saber por qué, por qué, si íbamos a tener un examen sorpresa, no nos dieron una sorpresa bonita —refunfuñó Armando, con la boca llena—. No sé, un pastel. Una carta anónima. Un galvantula que te canta las respuestas.
—Fue infernal —Admitió Elizabeth, abriendo su jugo con un clic preciso—. Pero no estuvo tan mal. La tercera pregunta era tramposa, eso sí. Te pedía derivar una función implícita pero luego tenía un cambio de variable oculto. Bien sucio.
— ¿Tú la respondiste? —Preguntó Norberto, aún sin levantar la vista de sus papas tristes.
—Sí. Creo que bien —Respondió Elizabeth, sin arrogancia, pero con la confianza tranquila de quien se había preparado—. A ver, estudié tres noches seguidas, era justo. Tú ni siquiera escribiste nada, ¿o sí?
Norberto hizo una mueca.
—No. Me bloqueé. Todo me pareció... ruido. Como si no entendiera nada. Como si no supiera ni dónde estaba.
Hubo un silencio. Armando dejó su tenedor en la charola y lo miró con una mezcla de empatía y resignación.
—Te entiendo. Yo sentía que me estaba leyendo un hechizo antiguo y si lo resolvía, abría un portal a otra dimensión.
Elizabeth rio suavemente, aunque había ternura en su mirada.
—Supongo que todos lidiamos con el caos a nuestra manera. Yo escribo. Por cierto...
Ambos chicos levantaron la cabeza.
—Voy a unirme al periódico escolar —dijo ella, como si acabara de dejar caer una bomba con suavidad—. Elizabeth Hernández, reportera en prácticas. Aceptaron mi solicitud hoy.
— ¿¡El club de periodismo!? —Exclamó Armando, tragando saliva—. ¿Tú? ¿Pero si odias los chismes de pasillo?
—Precisamente por eso —Replicó ella—. Quiero contar historias reales. No solo tonterías de quién se besó con quién en los baños del segundo piso. Además, necesito puntos extra si quiero esa beca. Y... me gusta escribir. Me ayuda a poner en orden lo que siento.
Norberto la miró más tiempo del que pretendía. Le parecía raro. Extraño. Pero también... admirable.
— ¿Y si escribes sobre el examen del terror? —Bromeó—. Lo titularías: "Thiago, el tirano del cálculo".
Elizabeth sonrió.
—Ya lo pensé. "El día que el aula se volvió una trinchera."
Armando levantó su jugo como si fuera una copa de vino.
— ¡Brindemos por la nueva cronista del apocalipsis escolar!
Chocaron los vasos de cartón en un gesto teatral, y por unos segundos, se olvidaron del caos de los exámenes, del vacío existencial, incluso de los recuerdos que Norberto aún no sabía si eran reales o sueños. Por un momento, fueron solo tres adolescentes compartiendo la mesa, la tarde y la complicidad de sobrevivir a otra jornada escolar.
Esa noche, la familia Peña se reunió en el comedor principal, un espacio opulento iluminado por un imponente candelabro de cristal que colgaba del techo alto. Una larga mesa de caoba estaba dispuesta con fina porcelana y cubiertos de plata, y en el centro de la mesa, un festín de platos exquisitos estaba preparado: filete miñón, langosta, verduras asadas y una variedad de postres lujosos.
Don Julio y Amelia se sentaron en la cabecera de la mesa, mientras que Rodolfo se sentó a un lado, tratando de ocultar su nerviosismo. Amelia, con su porte seguro y encantador, comenzó a relatar sus recientes logros.
—Con mi tesis realizada, estoy a punto de titularme y obtuve el puntaje más alto de mi generación, por lo tanto, no hay nadie que se me igual —Se regocijaba la joven, eufórica como si hubiera ganado la lotería.
—Excelente hija, espléndido trabajo, de lo tienes bien merecido —Don julio se maravilló por tener a la hija perfecta según él— Por eso, pronto te regalare el auto que tanto querías.
—Ay, ¡gracias papi! —Amelia lo abraza y le da un beso en la mejilla, de improviso tan solo por la emoción que no podía contener en absoluto.
—Bien familia, cambiando de tema. Hoy en el trabajo, logramos cerrar un trato millonario con una empresa internacional —Sentencio don Julio con una sonrisa de satisfacción—. Fue un proyecto muy desafiante, pero al final, todo salió a la perfección como debe de hacerse. También he sido invitado a dar una charla en una conferencia importante el próximo mes, por lo que no verán seguido durante ese lapso de tiempo.
—Eso es increíble, papa —Dijo Amelia, visible su orgullo—. Sabía que lograrías grandes cosas. Tu dedicación y esfuerzo siempre dan frutos.
—Gracias, hija —Respondió este, disfrutando de la atención y los elogios.
Rodolfo, sentado en silencio, sentía la creciente presión en su pecho. Sabía que la conversación gradual giraría hacia él, y no tenía nada que ofrecer que pudiera compararse con los logros de su hermana o de su padre. Estaba por encima del promedio en sus estudios, sin ninguna actividad extracurricular destacable ni logros sobresalientes que mereciera ser nombrado, no era el mejor en nada, solo segundo en todo para su desdicha.
— ¿Y tú, Rodolfo? —Preguntó don Julio, volviéndose hacia su hijo—. ¿Cómo van tus estudios? ¿Algo emocionante en tu vida últimamente?
Rodolfo tragó saliva, sintiendo las miradas de su padre y su hermana sobre él.
—Bueno, he estado trabajando en un proyecto de cálculo con mis compañeros de clase —Comentó Rodolfo, tratando de sonar entusiasta—. Estamos haciendo un buen progreso y espero que nos vaya bien.
Don Julio asintió, pero Rodolfo pudo ver la ligera decepción en sus ojos, un reflejo de las altas expectativas que tenía para ambos hijos.
—Eso es bueno, hijo —Dijo don Julio—. Es importante hacer bien tus tareas. Pero recuerda, siempre debes esforzarte por sobresalir, no solo conformarte con lo promedio.
Rodolfo asintió, sintiendo una punzada de tristeza y frustración. Sabía que su padre tenía razón, pero también sabía que no todos podían ser como Amelia, con su talento natural y su capacidad para destacar en todo lo que hacía. La cena continuó, pero para Rodolfo, cada bocado sabía a cenizas, el peso de la expectativa y la comparación siempre presente en el aire.
Cuando la cena terminó y Rodolfo se retiró a su habitación, el peso de la noche lo aplastó. Se sentó en la oscuridad, sintiendo el eco de las conversaciones y los logros que había escuchado. Las sombras en las paredes parecían ser una extensión de su propio desasosiego, un reflejo de la lucha interna que enfrentaba.
Se preguntaba si alguna vez podría salir de la sombra de los logros de su padre y su hermana. Rodolfo entró en su cuarto con un portazo que resonó por toda la casa, el eco de su frustración. Sin detenerse, arrojó su mochila hacia un rincón, sin importarle dónde o cómo caía. Se quedó de pie, mirando por la ventana un cielo gris, cargado de nubes pesadas y feas que parecían reflejar su propio estado de ánimo.
Durante un minuto completo, observó aquel paisaje sombrío, sintiendo cómo el esfuerzo sobrehumano que hacía cada día lo apuñalaba sin piedad. Su cuerpo dolía como si cada músculo, cada hueso, estuviera siendo destrozado desde adentro. El dolor de cabeza, causado por tantas noches sin dormir, su corazón latía fuerte, como un martillo implacable que no dejaba de golpearlo.
En la soledad de su habitación, en el clímax de su desesperación, Rodolfo volcó su furia sobre los objetos que adornaban su morada. Desordenó su escritorio, arrojó libros y papeles al suelo. Cada acción era una manifestación física de la tormenta interna que lo consumía, un intento de encontrar algún tipo de liberación a través del caos.
El eco de sus gritos y el ruido de los objetos rompiéndose le proporcionaban una breve sensación de control, pero tan pronto como el silencio comenzó a instalarse de nuevo en su cuarto, el peso de la realidad lo volvió a abrumar. La habitación, ahora en desorden, se convirtió en un reflejo de su mente: desordenada, agitada y en estado de caos.
Mientras la ira se disipaba, Rodolfo se desplomó en el suelo, entre los escombros de su propio desahogo. Las lágrimas comenzaron a fluir sin previo aviso, mezclando el sudor frío en su frente con el rastro de su furia. Se quedó allí, respirando pesadamente, sintiendo la combinación de agotamiento físico y emocional que lo había llevado al borde. El dolor de cabeza se mantenía, pero ahora estaba acompañado por una sensación de vaciamiento, como si toda la energía y la determinación que solía tener se hubieran ido con sus gritos y su descontrol.
Rodolfo se quedó tendido en el suelo, mirando el techo con una mirada vacía, sin saber cómo avanzar. Se dio cuenta de que no podía seguir así. Necesitaba encontrar una manera de enfrentar sus problemas, no solo de reaccionar ante ellos. Su lucha interna no se resolvería a base de frustración y desesperación. Necesitaba un plan, un enfoque más constructivo para manejar sus emociones y sus desafíos.
Se levantó lento, el cuerpo dolorido y la mente aún turbulenta. Comenzó a recoger los objetos del suelo, devolviéndolos a su lugar mientras se forzaba a calmarse. La habitación seguía en un estado de desorden, pero ahora había un pequeño atisbo de resolución en su corazón.
Se sentó en su escritorio, mirando los papeles dispersos, y se preguntó qué podía hacer para mejorar, qué pasos podía seguir para no sentir que siempre estaba al borde de la derrota. Su mente comenzó a formular planes y estrategias, buscando un camino hacia adelante que, aunque incierto, le ofreciera al menos una chispa de esperanza en medio de la oscuridad.
Aunque no lograba aliviar su dolor por completo. Su energía, ya casi inexistente, se desvaneció con rapidez. Sin fuerzas para continuar, Rodolfo se dejó caer en la cama. El cansancio lo golpeó con la fuerza de una tormenta, cerrando sus ojos antes de que pudiera siquiera intentar luchar contra él. Se desmayó, entregándose al agotamiento, su cuerpo y mente por fin cediendo a la necesidad de descanso, aunque fuera solo por un breve instante en ese estado tan lamentable.
Esta historia continuará…
Nota inicial: Aunque originalmente Amelia y Rodolfo son huérfanos, creo que la trama de vivir con su padre Don perfecto es mas interesante.
Nota final: Espero que les haya gustado, y nos leemos otro día.
