Posesión y Placer.
Ryusui les había dicho que era una simple broma. Que la invocación demoníaca que encontró en un grimorio durante su viaje a Estados Unidos era solo eso: Una broma. Pero aquella noche, todo cambió.
Días después. Senku pensó que tal vez el estrés lo estaba afectando. La vida universitaria, los proyectos, los experimentos...
Pero siempre aparecía ella.
Con su cabello dorado sujetado por una coleta despeinada, ojos azules como brasas encendidas y una sonrisa peligrosa que le hablaba al oído cuando nadie más podía verla.
—¿No crees en lo paranormal? —le murmuraba cuando estaba concentrado en clase, su aliento caliente contra su cuello—. ¿Y esto qué es, Senku? ¿Una ilusión o mi lengua deslizándose por tu clavícula?
Senku se tensaba, apretaba los labios. Al lado, Taiju anotaba sin notar nada. Pero él sentía. Cada roce, cada susurro... cada provocación. Kohaku jugaba con su autocontrol, probándolo cada noche con visitas inesperadas a su cuarto, saltando sobre él, mirándolo con hambre.
Ella quería que se rindiera. Quería poseerlo.
Gen, por otro lado, empezó a soñar con una voz suave que se deslizaba por su mente como terciopelo oscuro. Ruri.
Ella no aparecía con estridencia. Se manifestaba en el vapor de su ducha, en los reflejos del espejo, en el roce de unas manos invisibles que recorrían su pecho cuando él recitaba mentalmente sus discursos para las clases.
—Te observo todo el tiempo, Gen... —decía, apareciendo sentada sobre su escritorio, piernas cruzadas, sin ropa alguna más que la sombra del deseo—. Eres tan bueno mintiendo... ¿por qué no te rindes y me dices la verdad? Que me deseas. Que me necesitas.
Y Gen, el mentalista que nunca perdía la compostura, comenzaba a enloquecer. Durante los exámenes, ella se sentaba sobre su regazo, invisible para el mundo, besándole el cuello, moviendo sus caderas apenas... lo suficiente para hacerle fallar las preguntas.
Ruri lo amaba a su modo. Celosa, dulce, peligrosa. Quería que su corazón —y su alma— le pertenecieran solo a ella.
Lo peor era que ni Gen ni Senku podían hablar de esto con nadie. ¿Quién les creería?
¿Quién creería que dos hermanas demoníacas los seguían a todas partes, los deseaban, los celaban, los provocaban hasta el borde de la locura?
¿Y quién les creería que, en el fondo, ellos empezaban a amar esa condena?
Porque cuando la noche caía, cuando los libros se cerraban y el mundo dormía, el verdadero juego comenzaba.
Y ni la ciencia... ni las mentiras... podrían salvarlos.
Gen intentó seguir con su vida. De verdad lo intentó. Clases, café, sonrisas fingidas.
Pero Ruri no era un recuerdo.
Era una presencia.
—¿Extrañándome otra vez? —le susurró en plena clase, justo al oído. Gen soltó un leve jadeo. Nadie más la veía.
Ruri estaba sentada en su regazo invisible, sus piernas alrededor de su cintura, sus dedos deslizándose por debajo de su camisa como si le perteneciera.
—Vas a tener que aprender a disimular, mentalista mío… porque no pienso soltarte.
—Ruri… —murmuró entre dientes, con los nudillos blancos mientras intentaba mantener la compostura.
—¿Sí, amor? ¿Vas a correrte aquí mismo si te toco un poco más abajo? —Ruri comenzó a frotar su miembro por debajo de la ropa.
—¡Cállate…!
—Hazme callar tú. Con esa boca deliciosa que me suplicaba más hace cuatro noches.
…
Mientras tanto, en el laboratorio de la universidad, Senku trataba de ignorar el extraño zumbido en su oído.
—No lo hagas —gruñó, sabiendo que ella estaba cerca.
—Demasiado tarde —susurró Kohaku desde dentro de uno de los armarios de almacenamiento—. Te dije que no ibas a deshacerte de mí, científico arrogante. Eres mío.
Senku se volvió, y ahí estaba ella, saliendo lentamente del armario con una sonrisa letal.
—Estás obsesionada.
—¿Y tú no? Dime ¿Por qué tienes pesadillas húmedas conmigo cada noche?
Senku apretó los dientes, pero su mirada traicionaba la verdad: deseaba esa pesadilla.
—Viniste por mí otra vez…
Kohaku lo empujó contra la mesa, su rodilla entre sus piernas, su aliento ardiente contra su cuello.
—Voy a seguir viniendo por ti. En tu laboratorio. En tu casa. En tu maldito baño si hace falta.
—No puedes…
—¿No puedo qué? ¿Chupar cada parte de tu cuerpo mientras repites mi nombre como un pecador?
Senku cerró los ojos.
Dios.
Estaba perdiendo el control.
Más tarde en algún rincón del infierno, o quizá entre planos…
Ruri y Kohaku se encontraron en medio de sombras líquidas, compartiendo una calma tensa.
—No deberíamos haber vuelto —dijo Kohaku, aunque no sonaba convencida.
—Y sin embargo, lo hicimos —respondió Ruri, con una sonrisa perezosa—. ¿Por qué mientes? También lo sentiste.
—Fue… diferente.
—Fue adictivo.
Kohaku la miró de reojo.
—Ese mortal… Senku… su mente es fuego. Su cuerpo, hielo. Me resiste, y eso me enloquece.
—Y Gen… oh, Gen me mira como si quisiera quemarse conmigo. Nunca nadie me había mirado así. Y cuando me toca…
Ruri se mordió el labio.
—Me hizo gritar. Yo. Una demonía de siglos. Perdí el control.
Kohaku rió.
—Nos estamos descomponiendo.
—No. Nos estamos humanizando. Y eso… eso me excita más que todo el infierno junto.
Se miraron.
—Vamos a destruirlos —dijo Kohaku con calma.
—O dejarlos vacíos de alma y carne —añadió Ruri.
—Pero que giman nuestro nombre hasta el último aliento.
Esa noche…
Gen entró al baño de su departamento, cerró la puerta y se apoyó en el lavamanos. Intentó respirar.
—Solo cinco minutos de paz…
Pero el espejo se empañó. Y tan solo al pensar en ella, RURI apareció.
Ella estaba detrás de él.
—Cinco minutos sin mí, mi amor… ¿y ya me extrañas?
—Esto no es normal…
—No, Gen… es mejor que normal.
Ruri pasó sus manos por todo el abdomen desnudo de Gen. Él lanzó de inmediato un suspiro y, cuando la vio agacharse frente a él y lamerse los labios, supo que estaba perdido.
Y mientras Ruri chupaba a Gen de la forma más infernal posible, Kohaku rompía el pestillo del baño de Senku y lo empujaba contra la ducha encendida. Una cosa quedaba clara:
No se trataba de amor.
No se trataba de sexo.
Se trataba de posesión.
Y nadie escapa de un demonio que te desea tanto como tú deseas perderte en él.
…
Senku y Gen lo sabían, sabían que esto era demasiado, quedaron en encontrarse dentro del pasillo subterráneo, detrás del laboratorio de ingeniería.
Gen cerró la puerta de metal, jadeando. Senku ya lo esperaba dentro, recargado contra una mesa con los brazos cruzados, la mirada fría… y el cuello aún marcado por los labios de una presencia invisible.
—¿Lo sientes también, verdad? —dijo Gen, serio por primera vez en mucho tiempo.
Senku asintió con un mechón de su cabello blanco pegado a la frente por el sudor.
—No es alucinación. No es locura. Son reales. Están aquí.
—Fue por ese ritual que hicimos…
— Sí lo sé, estamos unidos a esas demonias desde entonces.
—¿Y son nuestras? —preguntó Gen con media sonrisa torcida.
—Más bien nosotros somos de ellas…
Hubo un silencio denso. Cargado de deseo, rabia y vergüenza.
Y entonces, una carcajada etérea cortó el ambiente.
—¡Já, pero qué serios se pusieron! —dijo Kohaku, emergiendo desde una sombra en la pared.
—Tan trágicos. Tan lindos —agregó Ruri, apareciendo a su lado, con la elegancia de una reina del inframundo.
Senku se tensó al instante. Gen dio un paso atrás, nervioso.
Pero algo era diferente esta vez.
Ambos las veían.
Ambos las oían.
Y por primera vez… ambos podían verlas en conjunto.
Senku vio a Ruri: alta, voluptuosa, mirada serena pero incendiaria.
Gen vio a Kohaku: cuerpo firme, ojos salvajes, sonrisa de fiera hambrienta.
—¿Son… hermanas? —preguntó Senku con voz ronca.
—Demonias hermanas, sí —respondió Kohaku, acercándose a él con pasos sensuales, empujando su pecho con un dedo—. ¿Sorprendido, genio?
—Mi hermana es deliciosa, ¿no? —susurraba Ruri a Gen, mientras se colocaba tras él, rodeándolo con los brazos—. Esa mente tuya… nos tiene obsesionadas.
Kohaku acariciaba el cabello de Senku con dulzura.
—Senku, te presumo a mi hermana —dijo Kohaku, mirando a Ruri—. Es paciente, traviesa… y ama jugar con chicos mentirosos.
Gen y Senku se miraron. Ambos respiraban rápido. Ambos ya estaban duros.
Y ni siquiera los habían tocado esta vez.
—Esto… esto se nos fue de control —susurró Senku.
—No —dice Ruri con una sonrisa lenta—. Esto apenas comienza.
Kohaku rio y saltó hacia atrás con agilidad demoníaca.
—Nos verán en sueños, en clases, en sus pensamientos más sucios. Nadie los va a tocar como nosotras.
—Y si lo intentan… —añadió Ruri, ladeando la cabeza—. Les cortaremos las manos.
—Ustedes son nuestros —completó Kohaku—. Para siempre.
Después de esa manifestación, Gen y Senku empezaron a volverse sombras de sí mismos, obsesionados, inquietos, siempre al borde… mientras Ruri y Kohaku se dedicaban a hacerlos estallar en los peores momentos posibles. Y los amigos, claro, no eran ciegos.
—¿Qué carajos les pasa a esos dos? —Ryusui lanzó la pregunta sin filtros mientras dejaba su bandeja de comida en la mesa.
Chrome frunció el ceño, mirando hacia el otro lado del comedor universitario.
Gen estaba sentado, con los labios entreabiertos, sudando frío, los dedos tamborileando con desesperación.
Senku, a su lado, tenía las piernas tensas y la mandíbula apretada, con un tic involuntario sacudiéndole el ojo izquierdo.
Ukyo observó en silencio, pero finalmente habló.
—Están… raros. Desde esa noche. Y ellos dicen que al igual que nosotros no recuerdan lo que pasó, pero estoy seguro que algo pasó.
—No es solo raro. Es como si algo los estuviera carcomiendo desde adentro —añadió Chrome—. Gen no ha hecho un solo comentario sarcástico en días… y Senku no ha dormido bien. Se le nota en la cara.
Y tenían razón.
Porque justo en ese momento, debajo de la mesa, Ruri estaba sentada en el regazo de Gen, invisible para todos menos para él y Senku, con su lengua trazando círculos lentos y húmedos en su cuello.
—¿Te gusta cuando te susurro así, Gen? —jadeó suavemente, apenas audible para él—. ¿Quieres que te la chupe ahora?
—No… por favor… ahora no… —murmuró entre dientes.
—Oh, pero estás tan duro… tan caliente. Podría beberte aquí mismo y harías que todos te miren, ¿te gustaría eso?
—¡Gen! —Chrome lo llamó desde la mesa, asustado por su expresión.
—¿Eh? ¡Ah! ¡Estoy bien! Solo… estaba pensando en una canción ridícula.
Mientras tanto, Senku agarró con fuerza los bordes de la mesa.
Kohaku estaba detrás de él, solo visible para él y Gen, con la mano dentro de su bata de laboratorio, susurrando groserías con cada palabra.
—Te gusta cuando soy sucia, ¿no? Cuando te susurro cómo quiero sentarme sobre tu cara y que me ruegues por respirar… ¿eh, científico?
Senku apretó los dientes, la cara roja, y soltó un gemido mínimo que casi nadie notó… excepto Ukyo.
—¿Senku…? ¿Estás…?
—¡Cállate! —espetó, mucho más fuerte de lo necesario.
Silencio incómodo en la mesa.
Gen se levantó de golpe.
—Voy al baño.
—Otra vez… —murmuró Ryusui, cruzando los brazos.
Minutos después, en el baño…
Ruri se estrelló contra él apenas cerró la puerta, mordiéndole el labio con una necesidad inhumana.
—Estoy harta de que me ignores todo el día.
—¡Estás apareciendo en medio de clases, por el amor de—!
—Te quiero gimiendo para mí en la biblioteca. En el pasillo. Sobre la mesa de salón si hace falta.
—¡Ruri!
—¡¿O qué?! —le gritó, mirándolo como una fiera celosa—. ¿Me vas a exorcizar, mentalista? ¿O vas a abrirme las piernas aquí mismo y hacer lo que ambos estamos deseando?
Y sí, Gen lo hizo.
En ese mismo baño se hundió dentro de ella.
Ya no resistía más.
Mientras tanto, en uno de los pasillos del campus, Senku caminaba tenso, intentando calmarse.
—Déjame en paz. No voy a dejar que me rompas mentalmente.
—Ya lo hice —dijo Kohaku con una sonrisa, apareciendo a su lado con las piernas abiertas, montando el banco del pasillo con descaro—. Te rompí la primera noche y te encantó. ¿Quieres que te recuerde cómo me rogaste que no parara cuando montaba sobre tu pene como una bestia salvaje?
—¡Cállate!
—¿O qué? ¿Me vas a clavar otra vez en el baño de tu casa mientras me dices que nunca habías sentido algo tan rico, tan sucio, tan jodidamente adictivo?
Senku la empujó contra la pared. Ella solo sonrió.
—Te estoy consumiendo, científico. Y tú lo sabes. Lo peor… es que te encanta.
Senku tampoco resistió más.
Buscaron el armario más cercano y lo hicieron salvajemente.
Esa noche, en un rincón oculto del campus...
Ruri y Kohaku se encontraron entre sombras. Compartían risas oscuras y miradas cargadas de fuego.
—Los tenemos al borde, hermana —dijo Ruri, chupándose los dedos como si aún saboreara a Gen.
—Ya no se resisten —respondió Kohaku, relamiéndose los labios—. Senku… gime mi nombre con los dientes apretados.
—Gen me dijo que se correría si le volvía a susurrar en clase… y lo planeo hacer, quiero hacer que se corra delante de todos.
Ambas se carcajearon con una lujuria vieja como el infierno.
—Vamos a romperlos.
—Y cuando ya no puedan más…
—Les daremos el cielo.
—Después, el infierno.
—Y al final… solo les quedaremos nosotras.
