Hermione Granger, ahora una destacada aurora del Ministerio de Magia, trabajaba codo a codo con sus viejos amigos Ron Weasley y Harry Potter, el Niño que Vivió. La guerra había dejado cicatrices imborrables en el mundo mágico, y muchas de las antiguas casas nobles cayeron en desgracia tras la caída de Voldemort. Entre ellas, la familia Malfoy, cuya reputación quedó en ruinas. Para su fortuna —o desgracia, según a quién se le preguntara— a Hermione se le encomendó la tarea de vigilar, supervisar y mantener a raya a Draco Malfoy, quien, tras el conflicto, se encontraba bajo la estricta vigilancia del Ministerio.

Al principio, la asignación le resultó insoportable. Hermione lo consideraba una pérdida de tiempo y un castigo más que una misión, mientras que Draco, con su habitual arrogancia y resentimiento, no hacía más que alimentar su frustración. Sus primeras interacciones fueron un constante cruce de palabras mordaces, miradas cargadas de desdén y enfrentamientos que rayaban en lo infantil. Sin embargo, con el paso de los meses, la hostilidad se fue disipando lentamente. Entre discusiones interminables y silencios incómodos, comenzaron a comprenderse, a notar las grietas en la coraza del otro. Contra todo pronóstico, lo que empezó como una relación forzada terminó transformándose en una amistad inusual pero genuina.

Ni en sus peores pesadillas Hermione imaginó ser amiga de Draco Malfoy, el mismo que le había hecho la vida imposible en Hogwarts, llamándola "sangre sucia" con desprecio. Pero lo más absurdo y doloroso de todo era que lo amaba. No se dio cuenta de este sentimiento hasta que, en una conversación casual, mencionó que Harry y Ginny se habían casado en una isla en Groenlandia. Draco no había sido invitado, por supuesto. Mientras Hermione le narraba la boda con indiferencia, se percató de que Draco había dejado de responder. Su voz se apagó cuando vio el temblor en los hombros del rubio y escuchó el sonido contenido de un sollozo ahogado.

Draco lloraba.

Algo en su interior se rompió. No era un llanto exagerado ni ruidoso; eran lágrimas silenciosas que caían como lluvia en medio de la noche, cargadas de un dolor tan profundo que le resultó insoportable. Cuando Hermione alzó la mirada, sus ojos se encontraron con los de él, esos malditos ojos color plata, ahora opacos, casi grises, llenos de sufrimiento. Sintió que algo pesado se alojaba en su estómago, un mareo repentino la embargó, como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. Fue un golpe directo al corazón.

—Lo amas… —susurró, cubriéndose la boca con las manos, como si pudiera borrar las palabras que acababan de escapar de sus labios, como si pudiera negar la realidad que acababa de descubrir.

Draco no desvió la mirada, no intentó ocultarse ni huir. Solo asintió.

—Sí. —Su voz era seca, carente de toda la arrogancia que alguna vez la había caracterizado, mientras sus lágrimas seguían su curso inquebrantable.

Hermione tragó con dificultad, sintiendo su pecho arder con una mezcla de celos, tristeza y una impotencia desgarradora. Miró a su alrededor, recordando que estaban en la mansión Malfoy, una habitación apenas iluminada por la chimenea. Ver a Draco así, tan frágil, tan vulnerable, la partió en mil pedazos. Lo amaba. Se dio cuenta de que lo amaba justo en el instante en que comprendió que su corazón nunca le pertenecería. Porque Draco Malfoy, el mismo que la había atormentado durante años, el mismo que se había convertido en su inesperado confidente, estaba enamorado de Harry Potter. Su mejor amigo. Su hermano.

—¿Desde cuándo? —preguntó con un hilo de voz, como si la respuesta pudiera cambiar algo.

Draco suspiró con cansancio, limpiándose las lágrimas de forma torpe.

—Desde finales del primer año…

Hermione sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Por Merlín… —murmuró, pasando una mano por su cabello, enredando los dedos entre sus mechones castaños en un intento desesperado por aclarar sus pensamientos. Draco no solo estaba enamorado de Harry, sino que lo había estado por más de una década. Su amor no era un capricho ni una obsesión pasajera. Era real. Dolorosamente real. Y eso no hacía más que empeorar la situación para ella. Ella en algún punto de su pasado, cuando estaba en segundo año, se enamoró perdidamente de Harry, pero con los años supero esos sentimientos.

—Lo siento tanto, Draco… —susurró, acercándose a él con cuidado, como si temiera que se desmoronara en cualquier momento. Se sentó a su lado en el sillón y, sin pensarlo demasiado, lo abrazó.

Al principio, Draco se tensó. Pero luego, algo en él cedió, y de repente, sus sollozos se hicieron más intensos. Hermione sintió cómo su cuerpo se sacudía contra el suyo, cómo su desesperación se derramaba en sus brazos. "Por Merlín, llora horrible", pensó con una mezcla de tristeza y ternura. Odiaba ver a la gente llorar porque la hacía sentir incómoda, porque la obligaba a enfrentarse a sus propias emociones. Pero con Draco era distinto. Con Draco, quería sostenerlo, quería protegerlo, quería absorber su dolor, aunque eso significara destruirse a sí misma en el proceso.

Las horas pasaron. Draco hablaba y hablaba, desahogando años de sentimientos reprimidos, de amor y celos, de culpa y arrepentimiento. Confesó cómo había sentido celos de Ron y de ella desde el primer día, cómo había intentado sabotear la relación de Harry con sus amigos porque no soportaba la idea de que tuvieran lo que él nunca pudo. Confesó cómo había comprendido, a inicios de segundo año, que su amor por Harry era más que una simple obsesión infantil. Y cómo, en lugar de afrontarlo, lo convirtió en odio.

Hermione solo lo escuchaba, asintiendo de vez en cuando, permitiéndole desahogarse. Se preguntó cómo había sido tan ciega todos esos años. Claro, Draco y Harry. Era tan obvio ahora. Recordó aquel año en el que Harry prácticamente había vivido obsesionado con Malfoy, siguiéndolo con el Mapa del Merodeador, sospechando cada uno de sus movimientos. ¿Y si Harry también había sentido algo por Draco? ¿Y si había sido demasiado testarudo para admitirlo? "Por Merlín, estos dos idiotas", pensó con amargura.

Pero su propia tristeza no tardó en alcanzarla. No solo estaba descubriendo que Draco amaba a Harry. También estaba descubriendo que ella misma lo amaba. Y que, como él, estaba condenada a un amor no correspondido.

Miró el reloj. Eran las cuatro de la madrugada. En dos horas debía estar en el Ministerio. Suspiró, agotada, y dejó a Draco dormido en la habitación principal de la mansión Malfoy. Se dirigió al baño y tomó una ducha rápida, con la esperanza de aclarar su mente. Pero el agua caliente no pudo lavar la sensación de vacío que se alojaba en su pecho.

Cuando salió de la mansión, sentía que algo dentro de ella hervía. Rabia, frustración, tristeza. No sabía qué hacer con todo lo que sentía, y eso la enfurecía. Caminó por las calles y, en un arrebato de ira, pateó una lata que encontró en el suelo. Luego, gruñendo, apuntó con su varita y murmuró "Reparo". Ni siquiera podía permitirse romper algo sin remordimientos.

Cuando llegó al Ministerio, no perdió el tiempo. Se dirigió directamente a la oficina de su prometido.

—Ron, lo nuestro se acabó. —Su voz fue firme, cortante, sin lugar a dudas.

Ron apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella se diera la vuelta y se marchara. No podía permitirse titubeos ni despedidas emocionales. Sabía que, si se quedaba un segundo más, terminaría llorando.

Horas después, aceptó el ascenso que había rechazado previamente. Se iría lejos, a una misión peligrosa, a desmantelar artefactos mágicos malditos alrededor del mundo. Necesitaba distraerse. Necesitaba olvidar. Porque si algo había aprendido esa noche, era que el amor no correspondido era una maldición de la que ni la magia más poderosa podía salvarla.

Hermione recorrió el mundo durante meses, viajando con otros aurores, destruyendo e investigando artefactos oscuros que amenazaban al mundo mágico. Era un trabajo peligroso, pero necesario, y ella lo abrazó con una devoción casi autodestructiva. Recibía cartas de sus amigos preocupados por su bienestar, pero la mayoría permanecían sin abrir. No tenía el valor de enfrentarse a su antiguo mundo. Las únicas que leía eran las de Harry. Él no insistía demasiado en el tema de su ruptura con Ron, solo le ofrecía su apoyo incondicional y le contaba sobre su vida de casado. Incluso mencionó que estaba considerando postularse como Ministro de Magia. Hermione sonrió con tristeza al leerlo; Harry Potter siempre había sido el héroe, incluso cuando ya no había una guerra por luchar. Se alegraba por él, pero esa alegría era lejana, como si perteneciera a otra persona.

A pesar de la distancia, seguía a cargo de Draco. Intentaron asignarle otro auror para su vigilancia, pero Hermione se negó rotundamente. Se aferró a esa responsabilidad como a un ancla. No podía estar siempre con él, pero cuando más la necesitaba, ella estaba ahí. Hasta que un día, la noticia llegó como una maldición. Draco Malfoy se había suicidado.

Hermione se encontraba en las ruinas de una antigua civilización mágica. Se había vuelto experta en leer runas ancestrales y aquella expedición la tenía absorta. Las ruinas estaban cubiertas de musgo y el aire olía a magia antigua, como a polvo estancado y relámpagos contenidos. Había entrado en una cámara secreta y, sin darse cuenta, había activado un mecanismo de defensa. De repente, se encontró en otra dimensión, un lugar oscuro donde el suelo era un líquido plateado y brillante. En el centro de la cámara había un trofeo antiguo, dentro del cual descansaba un ave de la misma sustancia luminosa. Hermione intentó descifrar las runas, pero solo logró entender una advertencia: "Quien abra la Cámara de la Luz obtendrá lo que desea, pero deberá pagar un precio". Extendió la mano hacia la criatura y, de inmediato, un sonido atronador la golpeó. Luego, la oscuridad.

Despertó dos días después, rodeada de rostros preocupados. Sus compañeros aurores le informaron que había estado en coma. También le dieron la noticia de Draco. Hermione sintió que el aire le abandonaba los pulmones. No podía respirar, no podía moverse. Su mente se resistía a aceptar lo que le decían.

Apareció en la Mansión Malfoy a través de la Red Flu. El lugar estaba enlutado, la decoración elegante contrastando con la pesadez de la muerte. La sala estaba llena de magos vestidos de negro. En el centro, rodeado de flores blancas, yacía un ataúd. Hermione caminó hacia él con pasos vacilantes, como si flotara en un sueño. Allí estaba Draco, inmóvil, con su piel pálida aún más translúcida en la penumbra de la estancia. Sus labios estaban pálidos y finos, su cabello meticulosamente peinado, pero lo que más llamó su atención fueron las marcas en su cuello: sombras verdosas y amoratadas que contaban la historia de su último instante.

—Se ahorcó… —susurró, su voz apenas un soplo de aire.

—Mione… —Harry apareció a su lado, con ojeras tan profundas como su propia tristeza.

—¿Qué pasó? —susurró ella. Sus labios temblaban. Sus dedos se aferraron al borde del ataúd. —Lo dejé y estaba bien…

Harry la llevó a un pasillo menos concurrido y le explicó con voz cansada que Draco había estado bajo la vigilancia de Ron. Que había sufrido ataques de pánico cuando le prohibieron verla. Que un día, sin previo aviso, lo encontraron colgado en su habitación. Nadie sabía por qué lo había hecho, pero todos intuían la razón.

Hermione sintió cómo su estómago caía al suelo. Sus piernas flaquearon y se desplomó. Ni siquiera notó cuando Ron apareció en la habitación. No hasta que lo escuchó sollozar.

—Es mi culpa… —susurró Weasley. Su rostro estaba pálido, sus ojos rojos e hinchados. —Yo… le dije que Hermione había muerto. Le mentí… le dije que todo era culpa suya… Lo culpaba porque creía que él fue el causante de la ruptura de nuestro compromiso, verlo mal me hacía sentir… bien, feliz.

Un silencio helado se extendió entre los tres. Hermione sintió que su cuerpo entero se tensaba, la furia encendiéndose en su interior como un incendio incontrolable. Estaba a punto de golpear a Ron, pero Harry se le adelantó. Su puño chocó contra la cara del pelirrojo, enviándolo al suelo.

—Eres un asqueroso asesino —escupió Hermione, su voz quebrándose por el dolor. —¡Lárgate!

Ron no dijo nada. Se puso de pie lentamente, con la sangre escurriéndole de la nariz, y se marchó. Hermione no sintió satisfacción al verlo irse. Solo vacío.

Volvió a la sala principal, incapaz de apartarse del cuerpo de Draco. En algún momento, Pansy Parkinson se acercó a ella.

—Hola Granger—saludo una pelinegra. — ¿Admirando el buen trabajo que hice? Draco se volvería a morir si lo enterramos desalineado… ya sabes era presumido…

—Sí, se moriría —sonrió recordando el carácter particular del rubio— y nos llevaría con él…

—Lo conocías —dijo Parkinson.

—Sí, fui su… protector y…

—Su amiga, Draco raramente me enviaba cartas, pero en las pocas que llego a enviar siempre hablaba de ti.

—¿Sí?

—Gracias por cuidarlo y que bueno que estes viva, Draco creía que estabas… muerta…

—Eso me dijeron.

Pansy asintió y sacó un fajo de cartas de su bolso.

—Draco me las dio para ti. Intentó enviártelas, pero nunca se las dejaron enviar…

Hermione tomó las cartas con manos temblorosas. Las acarició con los dedos, como si fueran frágiles. Sabía que esas cartas contenían palabras que nunca podrían ser respondidas. Las guardó en su abrigo sin atreverse a abrirlas.

—Mione, tenemos que irnos —la voz de Harry era firme, pero su tono dejaba entrever preocupación. Tomó a Hermione del brazo con suavidad y, en un parpadeo, desaparecieron del lugar.

Esta vez, cuando reaparecieron, estaban en la antigua casa de los Granger. La estancia estaba en penumbra, silenciosa, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento en que ella se marchó.

—No es bueno que estés ahí —continuó Harry, soltándola con cuidado—. Estabas empezando a tener un ataque de pánico.

—Gracias… —murmuró Hermione, bajando la mirada hacia sus manos. Le temblaban. Quería llorar, pero algo dentro de ella se lo impedía. Sus dedos intentaron acomodar su cabello por inercia, pero entonces se percató del vendaje alrededor de su cabeza.

Harry suspiró y pasó una mano por su desordenado cabello negro.

—Lo siento tanto, Mione. No supe lo que estaba pasando hasta que fue demasiado tarde… Estuve contigo mientras estuviste en coma, pero cuando me enteré de lo de Draco fui a buscar respuestas. Si lo hubiera sabido antes, habría hecho algo… Sé que Draco era tu amigo.

Hermione levantó la vista, clavando sus ojos en los de Harry con intensidad.

—A ti te gustaba Draco.

No era una pregunta, sino una afirmación.

Harry parpadeó, desconcertado.

—¿Qué?

—Hubo un tiempo en el que parecías obsesionado con él —continuó ella, con la voz monótona pero afilada—. Me pedías que lo espiáramos, estabas siempre atento a cada cosa que hacía…

Harry abrió y cerró la boca varias veces, como si intentara buscar una respuesta adecuada. Al final, dejó escapar un suspiro y asintió con la cabeza.

—Lo sabía —susurró Hermione—. ¿Por qué nunca se lo dijiste?

—Porque es absurdo. Él me odiaba —respondió con frustración, señalando su alianza matrimonial—. Además, ya no importa, estoy casado con Ginny. Te recuerdo que Draco era sospechoso de ser un mortifado y tuve razón.

Granger ignoro lo último—Sigues sintiendo algo por él —sentenció Hermione, sin apartar la mirada—. Tus ojos no mienten. Y la forma en la que golpeaste a Ron… Nunca te había visto así. Excepto con Voldemort.

Harry apretó la mandíbula.

—No sé de qué hablas, Hermione.

—Claro, claro… No sabes de qué hablo.

La castaña empezó a temblar. Su respiración se volvió errática, entrecortada. Harry no lo pensó dos veces y la abrazó con fuerza, susurrándole palabras tranquilizadoras. No entendía por qué su amiga decía aquellas cosas, pero lo único que tenía claro era que no iba a dejarla sola.

Desde aquel día, Harry se esforzó por estar presente en su vida. Junto con Ginny, pasaba por su casa con frecuencia, intentando brindarle apoyo. Su vida como auror era demandante, pero hacía lo posible por cuidar de Hermione. Sin embargo, ella nunca volvió a ser la misma.

Poco a poco recuperó su funcionalidad, pero se movía como un autómata. Se reincorporó al Ministerio, retomó su puesto como aurora, pero su brillo se había apagado. Sus ojos, antes llenos de determinación, ahora estaban vacíos, perdidos en un horizonte inalcanzable.

Y entonces, comenzó su obsesión.

Aquella ruina.

Aquel maldito lugar que la había dejado en coma.

La estudiaba día y noche, buscando la manera de destruirla, como si al hacerlo pudiera borrar todo lo que había sucedido. Odiaba a aquel pájaro plateado con cada fibra de su ser. Lo culpaba. Culpaba aquel sitio, aquella dimensión extraña… porque, si no hubiera entrado en ella, nada de esto habría pasado.

Durante los años siguientes, se convirtió en una sombra de sí misma. Se sumergió en su trabajo como aurora. Buscó respuestas, buscó una manera de deshacerse del pájaro plateado que había encontrado en esa dimensión extraña. Se alejó de sus amigos, se volvió más fría, más sarcástica… más parecida a cierto rubio que había amado y perdido.

A los 25 años, era una experta en runas antiguas, implacable en su trabajo. Pero dentro de ella, un vacío se había instalado, un dolor que nunca desapareció. Hermione Granger, la más brillante de su generación, seguía atrapada en el pasado, en el recuerdo de un amor imposible y en la culpa de no haber estado allí cuando más la necesitaban.

El viento ululaba entre las ruinas antiguas, un eco lejano de un tiempo olvidado. Las piedras, gastadas por siglos de abandono, estaban cubiertas de inscripciones en lenguas muertas, apenas visibles bajo la luz mortecina que se filtraba por la entrada de la estructura. La atmósfera era pesada, sofocante, como si la propia magia del lugar intentara aferrarse a cualquier ser vivo que se atreviera a perturbar su letargo.

Hermione estaba de pie en la entrada, su varita firmemente sostenida en su mano derecha mientras repasaba sus notas con la izquierda. Su respiración era controlada, pero su pecho subía y bajaba con rapidez. Sabía que aquel lugar maldito había cambiado su vida, que dentro de esas paredes sombrías, había perdido lo que más amaba. Pero hoy, hoy sería diferente.

Avanzó con paso firme, su capa ondeando a su alrededor mientras cruzaba el umbral de piedra. La familiar sensación de estar siendo observada la invadió de inmediato, pero no titubeó. Comenzó a conjurar un hechizo antiguo, una letanía en una lengua que pocos podían comprender. Las palabras salían de sus labios con precisión, resonando en la estructura con un eco inquietante. La magia pulsaba a su alrededor, vibrante y expectante, como si la propia ruina estuviera reteniendo el aliento.

El aire se volvió denso, la presión sobre su cuerpo aumentó. En el centro de la cámara oscura, sobre el pedestal de piedra, la criatura atrapada dentro del trofeo se agitó y fue liberada gracias a la magia de la muchacha. El ave, de un material líquido plateado que brillaba con una luz etérea, tembló antes de alzar la cabeza. Sus ojos, dos orbes sin pupilas, parecían escudriñar directamente el alma de Hermione.

—Sé lo que planeas, niña —dijo una voz en su cabeza.

Su cuerpo se tensó, inmovilizado por una fuerza invisible. Trató de moverse, pero fue inútil. Un escalofrío le recorrió la espalda. "Mierda, mierda, lo que faltaba", pensó.

—Los niños de ahora son groseros... y con intenciones oscuras —continuó la voz, con un tono que sonaba a burla. El ave se posó en su cabeza con una ligereza inquietante—. Ya veo… crees que soy el causante de tu dolor. Entiendo… supongo que no quieres la recompensa que iba a darte por liberarme.

Hermione sintió una oleada de furia, su corazón golpeando con fuerza contra su pecho.

—Estúpida ave —espetó con veneno— Me arrebataste lo que más quería.

—No lo hice, la vida es así. Injusta —rió la voz con un matiz cruel—. Tu vida es peculiar. Salvaste incontables vidas, pero no fuiste recompensada adecuadamente… qué lamentable… Si te preguntas porque sé lo que piensas es evidente que puedo leer tu mente niña—escupió sus palabras aquella voz.

La burla no hizo más que avivar la ira de Hermione. Sus ojos castaños ardían con resentimiento.

—Si puedes leer mi mente, entonces ya sabes qué quiero —replicó con frialdad.

—No puedo traer de vuelta a un muerto—sentenció la criatura.

El estómago de Hermione se contrajo dolorosamente. No era sorpresa, pero dolía escucharlo. Dolía saber que la única cosa que anhelaba estaba más allá de su alcance.

—Entonces no quiero nada —murmuró con amargura.

—Pero puedo darte algo mejor —dijo el ave, su voz teñida de emoción.

Hermione arqueó una ceja, sin fiarse. La criatura se elevó, sus alas espectrales agitándose con gracia mientras la magia revoloteaba a su alrededor. La castaña sintió cómo el agarre invisible sobre su cuerpo desaparecía y cayó de rodillas, jadeante. Se puso de pie con dificultad, sin apartar la mirada de la criatura.

—¿Qué es mejor que traer a la vida a Draco? —preguntó, con el ceño fruncido.

El ave se transformó en un ciervo de tonalidad plateada, más alto que ella, con astas que parecían absorber la luz.

—Volver al pasado —respondió con deleite—. Así podrás cambiar tu presente y tu futuro. Pero tendrás que pagar un costo muy alto. Podrás salvar a tu amado.

Los labios de Hermione se separaron en una exhalación silenciosa. Su mente corría a mil por hora. Lógica, siempre usaba la lógica para tomar decisiones, pero en este momento, la lógica le decía que no tenía nada que perder. Su vida ya estaba en ruinas. Y si había una posibilidad, una sola, de salvar a Draco…

Asintió sin dudar.

El ciervo se movió con una agilidad imposible, saltando en círculos antes de embestirla sin previo aviso. Hermione sintió el impacto de las astas atravesando su pecho. Gritó, tratando de liberarse, pero no podía. Su sangre teñía el suelo de un rojo oscuro y espeso.

—¡Maldito traidor! —jadeó, sus manos aferrándose a las astas con desesperación.

—Podré ser cualquier cosa menos un traidor —respondió con gravedad—. Esto es parte del trato. Debo reemplazar tu sangre con la mía.

Hermione sintió su cuerpo convulsionar con el impacto de cada embestida. Intentó conjurar un hechizo, cualquier cosa, pero la magia se negó a responderle. Su vista se nubló y su cuerpo comenzó a ceder. Justo cuando creyó que moriría, el ciervo volvió a cambiar de forma y le vertió un líquido negro en la boca. La sustancia era densa, fría, como si se tragara la propia luz. Se resistió, pero no tenía fuerzas.

—No olvides venir a buscarme —susurró la criatura—. Me necesitarás si quieres aprender a usar tu nueva magia. Serás la nueva Gaunt de la familia, al fin dejaras de ser una sangre sucia y evolucionaras a un sangre pura, al fin conocerás lo que es usar magia de verdad y no esa mediocridad que conjuras.

La morena estaba muriendo, no podía hablar, pero pensó que aquello era una estupidez, ella lanzaba hechizos poderosos y letales pese a ser hija de muggles.

Aquel ser empezó a reír— ser sangre pura no solo es honor y clase, todo tiene que ver con la magia, y aunque reconozco que eres buena bruja, lo serás más porque ahora eres una sangre pura y debes compórtate como tal.

Las palabras se desvanecieron junto con la conciencia de Hermione. Lo último que sintió fue la oscuridad abrazándola.

Cuando despertó, su vista fue recibida por el techo del Gran Comedor de Hogwarts. Un cielo encantado reflejaba el anochecer. Hermione parpadeó, desorientada. Luego, sintió una punzada de vértigo al escuchar una voz infantil junto a ella.

—Mia, deja de estudiar tanto, te hará daño —regañó un pequeño Harry Potter, con sus grandes ojos verdes llenos de preocupación.

Hermione giró la cabeza bruscamente. Frente a ella, un joven pelirrojo devoraba piernas pollo con avidez.

—Sí, vas a morirte joven —dijo Ron despreocupadamente.

Hermione sintió cómo su estómago se hundía. Su corazón latió frenéticamente mientras observaba a su alrededor. El bullicio del Gran Comedor la envolvía. Las risas y conversaciones de cientos de estudiantes llenaban el aire. Las velas flotaban sobre las largas mesas, proyectando una luz cálida y titilante. El aroma a pan recién horneado y carne asada la envolvió con una familiaridad casi asfixiante.

Sus ojos recorrieron la sala con desesperación, buscando alguna señal de que esto no era real. Entonces, lo vio.

Allí estaba Draco Malfoy, sentado en la mesa de Slytherin, su cabello platino brillando bajo la luz de las velas. Conversaba con sus amigos con la misma altanería de siempre, completamente ajeno a la conmoción interna de Hermione.

Su respiración se detuvo.

—Por la santa mierda… —susurró, sintiendo cómo la sangre abandonaba su rostro—. Regresé.

Ron y Harry intercambiaron una mirada.

—Siempre se pone rara cuando estamos próximos a los exámenes —murmuró Ron con indiferencia, encogiéndose de hombros antes de llevarse otro muslo de pollo a la boca.

Pero antes de que pudiera dar otro bocado, un pesado libro de texto impactó contra su cabeza.

—¡Loca! —se quejó, frotándose el lugar del golpe mientras miraba a Hermione con el ceño fruncido.

Harry arqueó una ceja, pero decidió no darle mayor importancia. Simplemente suspiró y volvió a su comida, como si las excentricidades de su amiga fueran algo completamente normal.

Mientras tanto, Hermione trataba de controlar su respiración. Su mente trabajaba a toda velocidad, tratando de procesar lo imposible.

Había regresado en el tiempo.

El asqueroso pájaro decía la verdad.

Podía salvar a Draco.